Retal III

Retal III

4.00 Promedio (80% Puntuación) - 1 voto

A merced del viento, a bordo de alguna hoja de otoño que se ha separado de la primavera para dejarla partir, para dejarla libre y despedirse con colores de la última puesta de sol. Hoy anochece más tarde.

Primavera baila desnuda bajo la mirada inquieta de un otoño furtivo que no se atreve a acercarse, que debe irse pero es incapaz de no mirar. Entonces el olor a tierra mojada, el cantar de los grillos y las bicicletas que pasean con el buen tiempo son la prueba evidente. Debe irse y quizás jamás volver.

Es extraño no mirar atrás, pues en sueños te veo e inundas mis días como si se tratara de un eterno argumento al que recurro para no olvidar; como el mes de abril que llora siempre mirando al ayer; el mes de los poetas, de lo que fue y no será. Hoy ya no me lamo las heridas, rastreo tu olor y solo me lleva a la tierra más honda y al barro, a un lamento de cinco minutos que tiñe el cielo de negro, aunque ya no le temo.

A merced del viento me siento aquí en medio, del verde de mayo, del contar largo de las horas aunque con el recuerdo del otoño en las pestañas, como el rocío en las flores de madrugada que juega a caer o no caer, a irse, a volver…

4.00 Promedio (80% Puntuación) - 1 voto
El espejo maldito

El espejo maldito

1.00 Promedio (20% Puntuación) - 1 voto

Aquel verano prometía ser espectacular para Elisa.
Con unas notas bastante aceptables, había conseguido que sus padres dieran el consentimiento  para marcharse con su pandilla a una casa rural.
Rodrigo, uno de los  chicos que la integraban, la vio a través de una agencia en internet y se lo comentó al resto.
A todos les pareció una idea estupenda.
¡Era increíblemente tenebrosa! Justo lo que a él le gustaba, pues era un fans perdidamente enamorado de todo lo exotérico.
La mansión de los espejos, llamada así por la gran cantidad que se hallaban en su interior, era una casona del siglo diecinueve, residencia habitual de unos señores vascos, que pasaban los veranos en Asturias, una tierra a la que adoraban. Construida entre montaña y bosque, el paisaje era idílico.
Aquella tarde se habían reunido los seis en casa de Marta, para ultimar el viaje.
Se decidió llevar ropa cómoda y mochilas amplias para transportar víveres, algún pc portátil para pasar el rato y libros…total, la estancia sería de cuatro días.
Aquella mañana del mes de agosto, Elisa estaba radiante.
Se despidió de sus padres y de su hermana pequeña y se montó en el bus junto a sus amigos.
El viaje duraba como cuatro horas y para entretenerse, cogió un libro de una saga que estaba leyendo.
Después de llegar a la estación, tuvieron que andar como un kilómetro, para llegar al lugar.
Cuando las chicas vieron la mansión, se quedaron boquiabiertas.
Marta, quería volver y los chicos se empezaron a reír.
—Ya basta— dijo Elisa.
—La verdad es que da un poco de miedo. Pero bueno, hemos venido a divertirnos y eso es lo que haremos.
—Rodrigo, saca las llaves por favor—ordenó Elisa.
Este, metió la mano en un bolsillo de su mochila y sacó una enorme llave.
Todos se empezaron a reír, al ver semejante tamaño.
Accedieron a la mansión abriendo el portón de madera vieja.
El chirrido de la puerta, hizo que se les erizarán el vello a todos.
Elvira, otra de las chicas creyó que su corazón se paraba del susto.
Por dentro, era de una belleza que producía escalofríos.
Se podía entender los lujos con los que vivieron en aquella época los dueños.
Si algo llamó la atención de los chicos, era la cantidad de espejos que había por todos los rincones, incluidas las escaleras que accedían a la segunda planta.
—Guau— dijo David ¡esto es otra historia!
—¿ Por qué no subimos a escoger habitación?— preguntó Marta.
— Ok— contestó David.
Todos subieron rápidamente.
Había ocho enormes habitaciones.
Todas ellas disponían de chimenea, con un cesto de leña al lado.
— ¿Para que habrán dejado leña ?—preguntó Lucas. ¡Si estamos en verano!
Rodrigo explicó que ponía en la agencia que allí las noches eran bastante frías, puesto que la casona estaba rodeada de montañas.
Después de dejar cada uno el equipaje en la habitación escogida, bajaron a cenar.
Prepararon una selección de embutidos, de los que dieron buena cuenta. Pues las emociones les habían abierto el apetito.
— ¿Qué os parece si nos acostamos, para madrugar mañana y salir de caminata? —preguntó Elisa.
Todos aceptaron y fueron acomodándose.
Lucas, sintió sed en mitad de la noche y bajo las escaleras para beber agua.
Al día siguiente todos se despertaron temprano, y bajaron a desayunar. Todos, excepto Lucas.
— Se le habrán pegado las sábanas. Es dormilón por naturaleza— apostilló Rodrigo.
Justo se disponían a subir a buscarlo, cuando Marta dijo: mirad chicos, al lado de aquel espejo, en el suelo.

—¡Es el pijama de Lucas!— dijo David.
Todos se acercaron hasta allí para comprobarlo, mientras gritaban su nombre.
__ ¡Efectivamente, es su pijama!— dijo Rodrigo.
Corriendo escaleras arriba pudieron ver, que su amigo no estaba en su habitación; salieron de la casa y empezaron a buscar por los alrededores. No lo encontraron y fue Elisa la que propuso marcharse de allí, para avisar a la policía más cercana.
Volvieron a entrar para recoger todo, incluido la mochila de Lucas y marcharse. El pánico se había adueñado de ellos.
Subieron todos juntos y cada cual recogió rápidamente sus cosas.
Estando ya abajo, se dieron cuenta de que Elvira no estaba.
Gritaron su nombre, pero nadie contestó.
—¡Oh dios mío!— dijo Marta, apuntando de nuevo al espejo.
— Es la mochila de Elvira—volvió a decir Marta.
Se acercaron despacio, aterrados por lo que estaba sucediendo.
Rodrigo, el más sagaz del grupo, empezó a tocar el maldito espejo.
Era grande, con un marco de pan de oro bellísimo, que llegaba hasta el suelo.
—Venga, vámonos de aquí— habló David. ¡Estamos corriendo un gran peligro!
Justo en ese momento, todos pudieron ver como una gran nube blanca absorbía el cuerpo de Rodrigo y su mochila caía al lado.
El miedo paralizó a los presentes.
Todos presenciaron como su amigo en un instante había atravesado el espejo. Fue David, el que gritó: ¡No os acerquéis, vamos, fuera todos!
__ No podemos irnos de aquí y abandonarlos. ¡Son nuestros amigos!— dijo Elisa, aún paralizada por lo acontecido.
—Llamaremos a la policía ¡vamos salir!— dijo David.
—¿Crees que alguien nos va a creer?— contestó Elisa. Es una historia… ¡nos tomarán por locos!!
—Tomaros de las manos y coged las mías. Los tres unidos sin soltarnos, podremos acercarnos al espejo. ¡Con los tres no podrá!—  propuso Elisa
— Estás loca—dijo Marta.
—Haced lo que digo y confiad en mí.

David y Marta obedecieron. Al fin, ¿qué otra cosa podían hacer?
A un metro de distancia, frente al espejo maldito, los tres jóvenes se colocaron agarrados de las manos. Lo que vieron sus ojos, les dejo sin reacción alguna.
Sus tres amigos, junto a muchos otros jóvenes, estaban frente a ellos, cada uno con su cabeza en la mano. Era como una gran pantalla, donde podían ver lo que parecía una película de terror.
Las cabezas tenían vida propia. Hablaban y reían. Los ojos estaban abiertos pero ensangrentados.
—Entrad, les dijo Lucas. Estamos impacientes de teneros con nosotros. Ja,ja,ja, ja,ja,ja.
—¡Dios mío!— dijo Elisa.
—Elisa, Elisa, despierta o perderás el bus para ir a la casa rural. Era su madre quien la llamaba.
Elisa, estaba blanca y el corazón le iba a cien por hora.
— Que ocurre hija?
Elisa no contestó. Tan solo se tapó la cabeza con las sábanas y empezó a temblar.

 

Carmen Escribano.

 

1.00 Promedio (20% Puntuación) - 1 voto
Primer lunes sin mí

Primer lunes sin mí

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

 

No fue al irme a dormir, fue al despertar. No fue el mismo día que me fui sino cuando que me di cuenta que no habías vuelto. Yo misma me construí una muralla para estar preparada, lista para una huida a toda prisa sin más preámbulo que el echar a correr.

Te merecías una respuesta, porque a pesar de que no se me dé bien el punto y final, este punto y coma me ha dejado en ascuas, supongo que en la misma situación en la que te quedaste tú. Sin embargo, todo son breves conjeturas, comparaciones que no debería hacer porque ni tú sabes que siento ahora ni yo qué sentiste ayer. Quizás un golpe de puerta y un silencio demasiado eterno, como si el día y la noche se juntaran, pero eso no importara demasiado.

Han pasado casi cuatro meses y este es el primer lunes sin ti. No es la primera vez que esta soledad me golpea más tarde de lo esperado, será porque yo también envejezco y aunque digan que el tiempo te hace fuerte, a veces no es más que un eufemismo para no hacer frente al dolor; un dolor que se ha acostumbrado a vivir en mis bolsillos desde hoy y no sé hasta cuándo.

Quizás siento culpa más que melancolía, pero me pregunto porque llama ahora a mi puerta después de tanto tiempo. Luego yo misma me respondo que el corazón no tiene una mirilla para ver quien le querrá visitar hoy, así que cojo las llaves de cualquier puerta desde la que se pueda ver algún recoveco de mi alma y las lanzo a no sé cual lugar.

Quisiera hablarte, decirte que te echo de menos, pero solo estaría mintiendo una vez más, mintiéndome a mí y mintiéndote a ti, por no haber sido capaz antes y culparme por no serlo ahora, pero sí darme cuenta de ello. Ojalá aprendiésemos al momento, así como cuando te cortas o te golpeas; no existe un medio corte o un medio golpe, en cambio, existe mucho tiempo hasta que una herida llegue a sanar.

Algún día te querrán como te mereces, alguien que no seré yo. Hoy ha sido el primer día sin mí, porque no he dejado de pensar en cómo estarías sin mirarme una sola vez al espejo y preguntarme: “¿Cómo estás tú?”.

Este es el primer lunes sin mí, ni sin ti y sin nada de nosotros, pues yo misma así lo decidí, con una frialdad que, aunque quiera negar, supe que algún día se convertiría en humo, en agua hirviendo en mis sienes, en recuerdos a fuego lento de esos que te hacen mudar la piel. Al final, has sido tú más fuerte que yo, que no te fuiste, que aguantaste y hasta cuando te eché, respetaste mis palabras; mi punto y coma que hoy he tenido que transformar en un punto y final, pero con la certeza que hoy es lunes y no será nunca domingo.

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos
El noveno pasajero

El noveno pasajero

3.71 Promedio (1039% Puntuación) - 14 Votos

Mientras que en la pantalla principal se apagaba y se encendía una ‘W’ amarilla, la voz de metal de Virnav, la inteligencia artificial que controlaba la nave, ametralló el aire en la cabina del transporte espacial ‘Sweet Home’.

—Comandante Beñes, consumo de oxigeno por encima del nivel óptimo de producción. Solicito permiso para reajustarlo.

De inmediato, la comandante Consuelo Beñes, la ingeniera aeroespacial a cargo de la nave, se giró hacia donde venía el aviso. A la vez que se pasaba la mano izquierda por el pelo, intentando que su media melena rosa quedara por detrás de la oreja, con la otra mano fue accediendo a varias pantallas. Todo parecía en orden. La presión y la temperatura eran estables. Los indicadores de hibernación de los otros ocho miembros de la tripulación eran correctos; sus propios signos vitales, también. A través de las cámaras saltó de una a otra y observó los nichos ocupados por sus compañeros, el sillón de descanso todavía en la posición de cama, la taza de café sin lavar, la toalla térmica tirada por el suelo. Todo estaba como debía estar: solitario y en silencio. Igual que ella lo había dejado al despertarse.

—Virnav, haz un doble cálculo de ese dato —dijo levantando la cabeza hacia el techo y girando el cuello a derecha e izquierda como si buscara un punto en concreto al que dirigirse mientras hablaba.

Sabía que Virnav la escucharía sin necesidad de esa manía suya de tratarlo como si fuera un compañero más. Pero no podía evitarlo.  A punto estuvo de no ser incluida en la misión del año 2118 y no ser la primera tripulante hacia Tau Ceti, uno de los candidatos para la migración de la humanidad. Los neuro-psicólogos de la agencia espacial europea habían detectado la relación ‘humana’ que ella forjaba con los asistentes virtuales de navegación durante la instrucción. Tuvo que controlarse en esa fase,  pero ahora ya nadie la estaba evaluando.

La respuesta de Virnav fue inmediata.

—Doña Consuelo, ya lo hice por partida triple.

No le gustaba nada que usara el ‘Doña… ‘ y esa maldita máquina lo sabía. Pero debía reconocer lo ineficaz de su primera orden.

—De acuerdo, de acuerdo. Reajusta la producción de oxigeno… —dijo la comandante y durante unos segundos se pensó si le devolvía la ironía llamándolo ‘Navegador virtual Sx7 avanzado’ que era el nombre completo de la inteligencia artificial con la que conviviría hasta ser relevada dentro de diez meses por el holandés Smits.

Finalmente, se dio cuenta que todavía le quedaban muchas horas soportando aquel mal carácter virtual; solo le preguntó:

—Virnav, ¿alguna teoría de porqué tenemos un consumo tan elevado de oxígeno?

—Mi comandante…  —cuando la llamaba así, Beñes se echaba a temblar. —el déficit de oxígeno empezó con el despegue. Hasta ahora, no fue crítico, pero sin su orden, yo no podía ajustarlo más salvo dejar sin aire respirable la sala de los trajes exteriores donde se encuentra el noveno pasajero.

—¿El noveno pasajero? ¿De qué me estás hablando, Virnav? 

En ese momento, Virnav conectó la cámara de esa sala y se vio a un hombre de raza negra; dormitaba sobre el suelo y llevaba uno de aquellos trajes llenos de botones y tubos. 

—¿Qué hace aquí? ¿Quién es usted? ¿Cómo ha conseguido… ? 

Beñes disparaba preguntas como una ametralladora pero al polizón le costaba abrir los ojos y solo acertó a sentarse en el suelo pidiendo calma con las palmas de las manos abiertas.

Era un cuarentón guapo, pensó la comandante. Cuando se medio incorporó, le pareció que su corpulencia era considerable. De hecho, entraba sin que le sobrase nada dentro del traje de Stavros, el gigantón griego. El pelo lo llevaba muy corto y rizado, y las manos eran huesudas de dedos interminables. La palma blanquecina destacaba del ébano del  dorso. 

—Lo siento… Me llamo Dosu, Dosu Dembélé. Intenté pasar desapercibido. 

Consuelo Beñes cerró los puños y se clavó las uñas para reprimir las ganas de abofetearle. Así, sintiendo el pinchazo  en la base del pulgar, pudo recuperar algún latido. No obstante, necesitó llenar sus pulmones de todo el aire que pudo antes de responderle.

—No ha contestado a casi ninguna de mis preguntas… —Dosu abrió mucho los ojos y desde abajo los dirigió como un láser hacia los de Beñes que continuó preguntando:

—¿Es consciente de lo que ha hecho? No sabemos si volveremos algún día a la Tierra y me responde que ‘intentó pasar desapercibido’… No sé lo que voy a hacer, pero, bajo ningún concepto, abortaré la misión. 

Con un movimiento repetido de la muñeca y la mano, la comandante le pidió que se levantara. Mientras tanto, fue repasando todas las contingencias que habían simulado. Incluso en alguna estaba previsto regresar con alienígenas, pero ninguno de los cientos de cerebros que planificaron el proyecto pensó en polizones. 

—No tiene que preocuparse. Mi trabajo en la base consistía en supervisar los programas de aprendizaje de su asistente virtual. No me fue difícil entrar y pasar desapercibido —dijo Dosu ya una vez en pie.

—No me diga… — respondió Beñes en medio de una carcajada. —Dosu, ¿Es Dosu, verdad? ¿Pensó en el consumo de oxígeno, en las raciones de comida? ¿Qué hará cuándo lleguemos a Tau Ceti? Ah, ya sé, como en los barcos antiguos le haremos trabajar sin descanso de grumete. Usted está loco. Cada uno aquí tenemos una misión, nos hemos preparado durante años para ello, hemos pasado innumerables controles médicos y psíquicos… Ganas me dan de seguir el ejemplo de los piratas y tirarlo por la borda… 

La mirada de la comandante parecía echar un pulso a la de Dosu.

—Aunque no lo crea, me necesitan. A pesar de mi piel, soy tan europeo como usted. Mi abuela parió a mi padre cruzando el estrecho en una patera. Ella siempre le habló de sus amigas las estrellas, y yo no he hecho otra cosa en mi vida que prepararme para viajar hasta ellas. Mi primer trabajo fue como experto en lenguaje máquina, luego me doctoré en medicina aeroespacial y astronomía, pero mi origen no gustaba al comité de selección. Un negro y descendiente de emigrantes para salvar a la humanidad, ningún político hubiera destinado un eurodolar al proyecto. Y no se dan cuenta que quien más sabe de migraciones es quien lo lleva en los genes. 

Según le escuchaba, la comandante fue buscando recostarse en la pared que tenia a su espalda. Tanto por el tono empleado por Dosu como por las palabras en sí, el enfado inicial al descubrirlo se estaba diluyendo. Debía pensar, casi a la misma velocidad que viajaban, qué hacer con él pero Dosu continuó hablando:

—No informe de mi presencia hasta estar en el planeta al que vamos, se lo ruego. Virnav logrará llevarnos sanos y salvos, está preparado para hacerlo.

Beñes llevó su mano hasta el pelo y se arrascó la nuca varias veces. No sabía que hacer. Estaba entrenada para la soledad del viaje pero detrás de aquellos ojos negros veía otra vida, otro reto distinto y tan interesante como el que le había llevado a dirigir la nave. Lo mejor de todo, era que llevar un noveno pasajero le parecía cada vez mejor idea.

—Lo que no entiendo es cómo pudo saltarse los controles, cómo ha podido pasar desapercibido el mes y medio que llevamos de viaje.

Antes de que Dosu le contestara, por todos los altavoces de la nave se escuchó a Virnav decir:

—Mi comandante, fui yo quien le pedí a Dosu que viniera. Sabía cuanto lo deseaba pero es que, además, yo no podía dejar en la tierra a quién me creó y me enseñó desde el principio a pensar.

        ***

3.71 Promedio (1039% Puntuación) - 14 Votos
Solo billete de ida

Solo billete de ida

5.00 Promedio (300% Puntuación) - 3 Votos

No era un viaje más entre los muchos que había hecho. Ni el placer ni el trabajo subían con Abel a ese vagón. Un billete de ida, el único que había comprado, fue lo que mostró  al entrar al anden. 

Se acomodó en el asiento. Unos minutos después todas las puertas del largo convoy se cerraron a la vez. Escuchó aquel silbido seco que le pareció un último aliento y comprendió que jamás volvería atrás. Nada ya sería igual. Toda su vida anterior, todas sus risas y lágrimas,  estarían huérfanas desde ese instante. Sabía que los anteriores amores, las luchas, los deseos y los sufrimientos formaban parte de una corriente que, como la de un río, nunca  vuelve hacía atrás por donde ya ha transcurrido, sea este un remanso o un  rápido. 

Siempre buscó imposibles, y no le preocupó que lo fueran. Una y otra vez, luchaba por volver a sentir la emoción de las primeras veces: el primer scalextric, el primer viaje en avión, el primer libro que leyó, el primer viaje a París; y cómo no, el primer palpitar al compás de una piel desnuda sabiéndose deseado por otros labios. Le parecía que  jamás había atravesado por completo aquellos territorios. Por eso y de forma recurrente, los perseguía. Era inútil. Nunca se repiten.

Aquel día, al mismo tiempo que escuchaba el crujir de las traviesas y los largos pitidos de la locomotora, se vio circulando por una vía férrea pero de un único sentido. Con  pocas estaciones donde parar, pensó también. Empezaron a cerrársele los ojos, el sueño ganaba terreno y cada pensamiento pesaba demasiado. 

Dejaba un paisaje de montañas verdes y nubes que parecían miga de pan, para adentrarse en un horizonte sin obstáculos con un cielo pintado de azul de un solo brochazo. Era la propuesta a la paz interior que necesitaba. 

Recostó la cabeza en el cristal de la ventana. Sintió que el sol era como un buen jugador de póquer. Aquel día, ese círculo dorado aparentaba tener cartas que no llevaba porque era todo un farol la calidez que mostraba. Afuera, el frío seco del invierno acuchillaba gargantas y pulmones. Abel se arrebujó entre la chaqueta como si fuera una manta cuando el tren entró en un largo túnel. Aquella oscuridad lo acabó por narcotizar. Se durmió y soñó con lagos helados, con interminables laderas nevadas en las que esquiaba y con un anochecer en el que las estrellas se veían cada vez más lejanas.

Al terminar la cabezada se sentía renovado, inmaculado como el azul eléctrico bajo el que circulaba por esa llanura. Era una interminable e hipnótica recta con campos sembrados de trigo a ambos lados y donde se alcanzaba la mayor velocidad de todo el recorrido. Igual de rápido, las anteriores dudas, el sentir el pecho a punto de estallar, se había transformado en un baile lento de sus latidos. Dejó de preocuparse cuando comprendió que si solo nos es posible recorrer un camino, si no hay alternativa, es imposible equivocarse.

No sabía a qué se enfrentaría al día siguiente. Era curioso, una primera vez pero de esas por la que nunca deseas transitar. 

Una pareja de ancianos cruzó por el vagón camino de la cafetería. Mientras que el hombre utilizaba una de sus manos para apoyarlas en cada asiento como si fuera una escala, con la otra sujetaba a la mujer. Esta, al rebasar a Abel, se giró y le dio las ‘buenas tardes’ como si le conociera de toda la vida. Usó esa misma fórmula para devolverle el saludo pero el aire volvió a escasear a su alrededor. Añoró durante unos segundos sentir otra mano sujetando la suya. 

Sin embargo, aquella soledad en la que viajaba era a propósito. Nadie sabía de ese viaje. Había ocultado tanto a la familia como a los amigos, los motivos e, incluso, el mismo hecho de realizarlo. Era lo mejor, ciertos actos deben abordarse en la más absoluta intimidad, se había dicho cuando tomó la decisión. Cara a cara con el destino, mirándose a los ojos, desafiándolo como haría cualquier héroe de película. En su caso, sin espectadores ni aplausos cuando acabara la función.

Al anochecer llegó al hotel. Se procuró una buena cena y no le importó conseguir una mejor compañía. Cuando se metió entre las sábanas, era de madrugada y estaba exhausto; no tardó ni un segundo en dormirse. 

Descansó en la habitación hasta cerca del mediodía. Sin desayunar, no podía hacerlo, el taxi le condujo hasta su destino. Allí pasaría las siguientes semanas, o tal vez ninguna. 

Entre las amables palabras de bienvenida, las bromas de unos y otros, consiguió que los segundos no se atropellaran y que su paso fuera como navegar en un mar sin oleaje. Mientras esperaba a que se lo llevaran, estuvo leyendo ‘Las aventuras de Tom Sawyer’. Fue el primer libro que acabó cuando tenía once años. Ojalá fuera un bumerán y sus ojos volvieran, igual que entonces, a abrirse a la vida, pensó cuando llegó el enfermero y le sacó de la habitación empujando su cama.

Completamente tumbado, la luz de los focos lo incomodaba un poco y apenas dejaba una rendija abierta en los párpados. Llevaba unos minutos conversando y eso le mantenía la mente ocupada. 

—Empieza a contar hacia atrás desde cincuenta, mejor en inglés, si sabes— le dijo el anestesista. 

Y ni la primera decena concluyó. Un plácido sueño, con el runrún de voces e instrumentos electrónicos como fondo, invadió su cuerpo. Por delante tenía varias horas en el quirófano mientras le trasplantaban un nuevo corazón. Le aguardaba una nueva vida.

 

                  ***

5.00 Promedio (300% Puntuación) - 3 Votos
A %d blogueros les gusta esto: