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La calle estaba vacía. El reflejo luminoso de las farolas rebotaba sobre el suelo mojado. La noche se había quedado fresca y agradable y la humedad no empapaba gracias al ligero viento que se había levantado. Acostumbraba a dar paseos taciturnos mientras reflexionaba e intentaba poner en orden de nuevo su vida.

Mientras caminaba solía chutar las botellas, latas y otros desperdicios que transeúntes impresentables, esos que se creen que la ciudad es una especie de vertedero, habían abandonado o tirado sobre la calzada a la espera de que al día siguiente los barrenderos se ocuparan de ellos. Aunque sabía que no debía hacerlo, la pierna actuaba por su cuenta y sacudía cuantos obstáculos se le cruzaban por el camino. El ruido característico del metal rodando por el suelo era su compañía mientras avanzaba por el callejón. Sabía distinguir el tipo de envase por su sonido aunque estuviera abstraído. 

Esos paseos nocturnos no eran una costumbre arraigada , sino que los hacía desde que se había visto forzado a huir aquella noche después de ver como asesinaban a su amante. El pánico se apoderó de él y su cobarde reacción fue la de salir corriendo de su propia casa abandonando sus pertenencias, las fotos, el cadáver y a la asesina. Llevaba tres semanas malviviendo en un cuartucho con la única compañía de las cucarachas y los mosquitos. La habitación tenía el lujo del aire acondicionado pero en cambio no tenía lavabo y éste era compartido por los huéspedes del mismo pasillo. El hostal era un lugar discreto situado en una calle silenciosa , sin el bullicio del centro aunque no estaba alejado de él. Por las noches era ocupada por parejas deseosas de entregarse al amor impaciente , yonquis que al amparo de la oscuridad se arrancaban la vida a golpe de jeringa y también putas que ejercían allí, con algo de pudor, su publica profesión, observadas desde la esquina por su “chulo” que flanqueaba la salida para que ningún cliente se fuera sin pagar o estropea la mercancía. Pero eso ocurría más tarde. Mientras Jean Claude paseaba después de cenar y con la intención de fatigarse un poco antes de meterse en aquel asqueroso camastro, todavía no se hacían visibles esas criaturas de la noche.

Levantó la cabeza y a unos pasos vio un par de cajas rectangulares , más grandes que una caja de zapatos , en medio de la calle. Parecía que alguien las hubiera colocado a propósito , pues estaban bien alineadas y centradas. Estaban envueltas con papel recio de color marrón con un número escrito sobre cada una de ellas: uno y dos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca , tuvo el deseo de despejarlas como había hecho con las latas, pero al verlas tan grandes y con aquellos números pintados de color rojo intenso, sintió curiosidad. Cogió la primera y la desenvolvió con cuidado. A su mente vinieron escenas de películas donde artefactos explosivos era camuflados como regalos. Ignoró esa alarma y siguió con la maniobra. Abrió la primera caja y dentro había una cámara de fotos reflex digital de la marca Cannon. Asombrado , estuvo por unos instantes paralizado hasta que se fijó en una nota que había justo al lado: “Para que puedas inmortalizar el crimen que va a suceder”. ¿Qué crimen? ¿Quién había dejado allí aquella máquina que parecía ser completamente nueva? ¿Quién conocía su profesión? Y lo que más le preocupaba: ¿Quién conocía su identidad y donde se encontraba escondido? La cogió , la inspeccionó y comprobó que funcionaba. Notó otra vez como la sangre le hervía de nuevo de emoción al tener una cámara de fotos en sus manos. No era su Hasselblad, pero era suficiente para arder en deseos de disparar con ella. Observaba por el visor, enfocaba, encuadraba y disparaba repetidamente. El corazón se le había acelerado y por un momento se olvidó de la sordidez de aquel callejón. Cuando recobró la serenidad, se colgó la máquina en el cuello y se concentró en la caja con el número dos. Después de deshacerse del papel , sobre la caja había un sobre con otra nota dentro: “Bajo ningún concepto debes abrir esta caja”.

-Ni que esto fuera la caja de Pandora -se dijo para sí mismo en voz alta.

De repente se encontraba volando por el aire, de espaldas y dibujando un parábola producto de la onda expansiva. Se sorprendía al comprobar que seguía vivo y rezaba, aunque no sabía, para que fuera a aterrizar en algún lugar blando que pudiera amortiguar la caída. “Ya que no me mata la explosión, que no lo haga una caída tonta”, pensaba. Aunque eran segundos aquel lapso se le estaba haciendo larguísimo. Recordó como de joven tuvo un accidente de coche donde dio dos vueltas de campana y le parecieron más de diez. Quedó el coche depositado en medio de la carretera y a punto estuvo de completar la faena un camión que circulaba por allí en esos momentos. Se salvó sin un rasguño aquella vez y esperaba que esta no fuera menos. Le sorprendía no escuchar nada. Silencio absoluto. Ni el viento, ni la explosión, ni siquiera sus gritos de pánico. Miró hacia abajo y vio como se alejaba cada de más del suelo. Una pequeña columna de humo se desprendía de donde se supone que se había originado la explosión. “Menudo porrazo me voy a dar“. Sobrepasó un edificio de tres plantas y pensó que era el mejor momento para caer pues naturalmente la altura del mismo hacía que la distancia del suelo de la azotea fuera mucho menor. Giró un poco la cabeza para ver hacia donde se dirigía y lo que vio fue un soporte inclinado de una antena, como si fuera una lanza con la punta bien afilada y que estaba en medio de la trayectoria que estaba describiendo. “¡Maldita sea mi suerte, joder, joder…!”, gritaba mientras esperaba notar cómo el dolor se le insertaba por la espalda…

-¡Señor, señor, despierte!

-¡Joder, joder…-seguía gritando Jean Calude-. ¿Dónde estoy qué pasa?

-No se preocupe. Está en el Hospital….

Hizo un intento de incorporarse pero se lo impidieron los cables y tubos que lo tenían conectado a un montón monitores y un intenso y profundo dolor en la espalda que no le dejaba ni respirar. Levantó ligeramente la cabeza y a sus pies vio a un hombre desonocído con un enorme bigote que ocupaba la mayor parte de una cara redondeada. Tenía una mirada inquisidora a la vez que un rictus irónico y de satisfacción.

-¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

-¡Me ha costado mucho encontrarte! -le contestó Mendoza

Dejó caer la cabeza sobre la almohada y volvió a cerrar los ojos con la vana esperanza de desaparecer de allí, de que todo era una ilusión producto de su cerebro o simplemente estaba soñando.

-Me llamo Rigoberto Mendoza. Soy el inspector de policía encargado del caso de la muerte de Alma Vllanuena… ¿o debo decir Jacobo Villanueva ?, que fue hallada en su estudio fotográfico.

Jean Calude permaneció callado como un niño con los ojos cerrados creyendo que así tampoco podría escuchar lo que no quería. Estaba cansado de esconderse, fatigado mentalmente, perdido y ahora con un dolor insoportable. Lo que menos le apetecía ahora era hablar de los sucedido tres semanas antes.

-Sé que ahora no es el momento , pero tiene muchas cosas que aclararnos. Dejaré un hombre vigilando día y noche la habitación, para evitar que se fugue otra vez y sobre todo para evitar que alguien acabe lo que empezó.

Jean Claude quiso contestar preguntándole qué tipo de amenaza era aquella, pero notó tanta sequedad en la boca que tenía la lengua pegada al paladar. Se concentró en recordar cómo había llegado allí. Se vio a sí mismo caminando cabizbajo por el callejón, le llamó la atención una mujer que se encontraba debajo de una farola. La luz se proyectaba sobre ella produciendo un cono de iluminación cálida. Fuera de él la oscuridad. Aquella silueta vista desde lejos le pareció sugerente y estética. Había algo en ella que le era familiar y le producía una atracción que no podía resistir. A medida que se aproximaba a ella y aun siendo una sombra podía apreciar la sensualidad del contorno de aquel cuerpo. Pero no era eso lo que le llamaba la atención, lo que lo hacía era ver como una áurea la bordeaba creando una barrera protectora y manteniendo aquella belleza aislada de la corrupción que la rodeaba y del tétrico callejón donde ejercía. En esos momentos Jean Claude hubiera dado lo que fuese por tener su cámara de fotos para poder congelar aquella imagen. La magia no le había abandonado y todavía era capaz de distinguir la extraordinaria singularidad de una mujer celestial. Sin pensar en las consecuencia aceleró para aproximarse como un poseído. Cuando estaba a pocos metros y por fin podía apreciar la figura con volumen y la luz le permitía poder observar la belleza de su rostro , a pesar de los labios pintados de rojo intenso y la cantidad de maquillaje, notó una punzada en la espalda que lo dejó paralizado. Lo último que vio fue la confirmación de que aquellos ojos tenían la mirada que buscaba.