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En la página de Facebook “Eres escritor, éste es tu grupo” se ha creado un divertimento hace un par de semanas. Es un duelo de relatos cortos. Dos rivales se enfrentan cara a cara con un relato. Ninguno sabe la identidad de los desafiantes. Los relatos están colgados unos días y la gente vota con un comentario sobre lo que le parecieron y da su voto a uno de ellos.
En el primer duelo, presenté el relato que ahora os presento y que resultó ganador frente a un muy buen trabajo del escritor David Lizandra. Gracias a todos. Os presento a Marvin…

EL PRIMER DÍA

Hoy era el día para Marvin, el primer día. Comenzaba un nuevo trabajo después de dar tumbos quince años por los más insospechados oficios. Por fin le habían concedido la plaza por la que tanto luchó. El horario no era el mejor posible. Turno de noche, de diez a seis de la mañana. No podía quejarse, sabía esto de antemano.
Se despidió de los niños con un beso en la frente. Ya dormían. La pequeña Lizzie abrazada a su osito de peluche. John, el mayor de cinco años con las sábanas en los pies. Lo arropó con amor de padre. Ellos eran su vida. Valía la pena luchar por verlos licenciados y felices. Que no tuvieran que pasar por lo que él pasó.
Susan, su mujer, esperaba abajo en la sala. Se habían mudado a esa casa de San Rafael al ganar la plaza. Ella encontró acomodo en aquel lugar trabajando en casa, como había hecho en Seattle. Tenía una página web de distribución de moda y complementos por internet. No daba para mucho pero era un suplemento al dinero que entraba en casa y no quería renunciar a ello sólo porque Marvin fuera a ganar tres veces más que hasta ahora.
Le había preparado en una bolsa un par de sándwiches de carne asada con crema de cacahuete. Lo despidió con un beso, una sonrisa y deseándole la mejor de las suertes.
Condujo su coche los escasos cinco minutos que le separaban de su destino. Lo cierto es que el imponente recinto le impresionó al principio, pero encontró la complicidad inmediata de quienes serían sus nuevos compañeros de trabajo. Le explicaron todo lo que había que saber. Dónde están las taquillas, las duchas, el comedor de empleados. Ya había estado dos días la semana anterior en el centro de trabajo, familiarizándose con todo lo que iba a constituir su desempeño pero, como le dijeron, no está de más que lo repasemos.
– Empiezas hoy a la una en punto – le dijeron mientras lo conducían a la sala de control.
– Es fácil. Lo único que tienes que hacer es estar atento a la orden que te darán desde allí – dijo aquel veterano señalando al frente.
– Entonces acciono éstas dos palancas y pulso el botón rojo. La maquinaria ya hace el resto. ¿Verdad?
– Así es, no tienes que preocuparte de nada.
Cuando llegó el momento, todo el mundo estaba preparado, Marvin también. Alguien hizo una llamada telefónica. Colgó y miró en dirección a Marvin.
– Proceda – dijo.
Marvin accionó las dos palancas y el botón rojo. Al frente, detrás de ese cristal que lo protegía, alguien que juró ser inocente hasta el último segundo lo miraba suplicante hasta que sus ojos se cerraron por efecto del sedante. No quiso que le cubrieran la cara. La segunda inyección, la letal, comenzaba a invadir sus venas.
Marvin había hecho su trabajo. Hoy era el día, su primer día como verdugo en el penal de San Quintin.