Yo no sabía quién era ni lo que hacía allí. Me envolvía un plácido silencio en total oscuridad y olvido.
De improviso, volaba ingrávido y sin sentir aire alguno hacia una inmensa mariposa de belleza indescriptible y de alas verdes. Emanaba luz de todas las partes de su cuerpo. Sola e inmóvil, parecía perdida en ese vacío acogedor que nos envolvía.
Yo sabía que estaba viva, sabía que captaba mi presencia y que se alegraba de ello, aunque no se movía… o quizá sí: en su vastísimo cuerpo vibraba la vida.
Cuanto más me aproximaba, más gigantesco me parecía su cuerpo. Deseé posarme en un punto situado poco más arriba del centro de su ala izquierda… y hacia allá viré en mi ágil vuelo. Ahora sentía el aire cálido, la atmósfera que envolvía a la mariposa, que friccionaba mi cuerpo con fuerza, por eso reduje mi velocidad. La débil atracción gravitatoria de esa especie de planeta alado me permitía planear con mis piernas, tronco, brazos y manos en ese aire denso, mejor que una ardilla voladora en el planeta Tierra. Eso me estremecía de placer. Al mismo tiempo, admiraba allá abajo prados verdes, colinas rocosas, bosques de elevados árboles de asombrosa variedad. El canto de los pájaros era armonioso, el colorido y los olores me embriagaban… y reí. Descendía lentamente, vibrando en la onda Alfa, el nivel de la vida animal, el de la Mariposa.
Pero comencé a sentirme solo cuando por fin aterricé en un llano con rocas sueltas, cerca de la linde de uno de esos bosques.
De un lugar lejano, que supuse próximo a la cabeza de la Mariposa, se me acercó volando rauda una joven, en posición vertical, sin planear. Frenaba y descendía. Pronto se posó sobre la hierba, delante de mí. Me miraba a los ojos con seriedad. Su aspecto era muy juvenil y alegre, pero ahora la admiraba como toda una mujer adulta y sabia, esbelta y de sobrecogedora belleza.
—Bienvenido, querido José.
—Gracias, hermosa dama. ¿Qué hago aquí, eeeh…?
—Llámame Mariposa.
—¡Ah! ¿Qué hago aquí, querida Mariposa? Es todo tan perfecto… ¿Qué es? Yo…
—No te preocupes, en este estado de tu ser no puedes hacer nada malo. Tú no lo recuerdas, pero elegiste venir aquí a purificarte. Cuando, en parte, lo consigas, deberás continuar limpiándote en otro estado…
—Me falta alguien… ahora recuerdo algo… Él… ¡Quiero volver con él! No te enfades, Mariposa. Eres preciosa, maravillosa, pero Él me espera.
—Tranquilízate. Te espera nuestro amantísimo Padre, con los brazos abiertos. Tú le pediste purificación, no soportabas tu indignidad en su presencia. Él te lo concedió, por eso estás en este lugar.
—Ahora lo recuerdo. Bien, no tengo tiempo que perder: ¿sabes tú en qué consiste la pena que he de cumplir?
—Sí. Todos los que a mí llegan han de purificar su apego a las bellezas naturales y el despego a sus hermanos, los demás hombres. Tu primera pena, como la de todos tus compañeros en cualquier nivel de purgación, es la que ya estás padeciendo: vivirás largo tiempo sin nuestro Padre. —Lloré largamente, con tremenda amargura, deseando estar con nuestro Creador más que nunca había deseado ni añorado nada en toda mi vida en la Tierra.
Ella me abrazó para consolarme. Y casi lo consigue, más que por su agradable compañía porque noté por un instante la presencia del Padre en ella. Pero no estaba seguro:
—Una pregunta, ¿tú estás con Él? —Mariposa cerró sus hermosos ojos y me contestó:
—Yo vivo en Él. —Me dio la espalda y se elevó en el aire. Sentí que me invitaba a acompañarla.
—Si vienes conmigo, te llevaré junto con tus hermanos de suplicio, pues debes superar tu aislamiento, como ellos, con ellos. Pero eres libre de quedarte aquí o pasear por donde quieras. —La seguí en su raudo vuelo, pues sentí que de lo contrario retrasaría mi liberación. Con ella podía levitar con total soltura.
Sobrevolamos ese bosque a baja altura, casi rozando las ramas de los árboles más altos, para escuchar los trinos y cantos de las variadas especies de aves, pequeñas y grandes, que habitaban esa fronda llena de vida. Noté las emociones de las plantas, de los árboles, pues ahora estaba relajado en su nivel de vibración, el Zeta.
Sentí envidia de esa maravillosa mujer: ella no sufría, seguro que disfrutaba más que yo de toda esa belleza, porque moraba en el Padre… en cambio yo… en ese momento voló muy cerca de mí, ya no en vertical sino hombro con hombro conmigo, en horizontal, como yo volaba. Me sonrió como en la Tierra lo hacía mi hermana más querida y me cogió de la mano.
—Hermano, pronto te fundirás con Él en un abrazo perpetuo, pero antes debes purgar los restos de tu egoísmo. —Asentí, y, ya a punto de llorar de nuevo a pesar de su muy agradable compañía, a pesar de la brisa y el maravilloso vuelo… sobrevolamos un nuevo bosque, diferente y más hermoso, que me embelesó, también con su música.
La melodía era bellísima y múltiple, como hecha de muchos cantos, aunque todos con tintes dramáticos que la hacían más apasionante; me hizo olvidar mi desconsuelo. La música brotaba del rastro luminoso, de color verde-plateado, que dejaban tras de sí unos hermosos seres humanos que bailaban en un extenso prado de magnífica hierba salpicada de rocas, formando un enorme claro más o menos en el centro del bosque.
Ora saltaban para volar un poco, ora bailaban unos con otros… ora se apartaban del jolgorio y lloraban solos.
Aterrizamos por fin junto a ellos y, por vez primera, escuché la melancólica armonía de mi canto, de mi música en el halo que me seguía cual bella sombra.
Caminando dados de la mano sobre la hierba, Mariposa me llevó junto a una chica joven que lloraba, sentada en una roca del llano, junto a la linde interna del claro del bosque. Después me soltó de su cálida mano.
La muchacha secó sus lágrimas en una de las mangas de su túnica, tan blanca como la mía, se levantó y me saludó:
—Hola, hermano.
—Hola, linda hermana. No llores, tenemos con nosotros a Mariposa.
—Gracias por tu consuelo, hermano. Gozaste de su compañía por unos momentos. Mira: ya no está.
—¡Mariposa!
—No la llames, no la verás más, aunque quizá se despida de ti cuando te vayas. A todos nos ha pasado lo mismo que a ti. Pero podrás sentirla en lo que nos rodea, pues moramos en ella como en un planeta en medio de la nada.
—¿Quién es? —Ella se encogió de hombros.
—No lo sé, supongo que es un Ángel.
—Sí, seguro que ella es un Ángel Bienaventurado. Bendita sea por su servicio al Padre y a nosotros.
—Bendita sea. —Entonces fue cuando se me abrieron los ojos…
—¡María!
—¡José, por fin nos hemos reconocido!
—Te veo tan joven y guapa como cuando me pediste ser tu novia… perdóname.
—Te veo tan joven y tan guapo como cuando me rechazaste.
—Yo no quería compromisos, fui un imbécil. —Ella me sonrió por primera vez y me dijo:
—Te perdono.
—Gracias… hermana. —Ella rió fuerte y me propuso:
—Ven, bailemos con nuestros hermanos al son de sus distintas músicas. Todos seremos grandes amigos. —Yo añadí:
—Y amando a nuestros hermanos estaremos más cerca del Amor.

Estudios: Ingeniero Técnico Eléctrico, especializado en Electrónica Industrial. Profesión: Prejubilado de Telefónica, desde diciembre de 2007. Ocupación: Colaboro como voluntario en el Banco de Alimentos de Córdoba, de programador en servicio de este banco de alimentos, el del Segura, Murcia, el de Huelva y el de Málaga. Diseño aplicaciones web y de escritorio desde hace más de treinta y cinco años. Y en ratos libres escribo fantasía épica y ciencia-ficción. Escribo poemas y cuentos, sobre todo novelas de fantasía épica y ciencia ficción. Amo leer o escribir libros hermosos, grandes historias cargadas de valores éticos y lingüísticos, aventuras de fantasía épica, de ciencia ficción. Cuando escribo, aspiro a seguir la estela de las maestras Margaret Weis, Tracy Hickman, Ursula K. Le Guin y J.K. Rowling, y de los grandes maestros J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis y Michael Ende. Siempre he sido de ciencias, pero no dejo de leer y cultivar el conocimiento de la hermosa lengua española. Comencé a escribir meses después de prejubilarme, y desde entonces esta actividad y la promoción de mis libros consume buena parte de mi tiempo.

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