Clica para calificar esta entrada!
[Total: 1 Promedio: 4]

 

Había sido fácil cuando íbamos juntos. Era como si cada uno adivinase el momento en que tendría que actuar, el preciso instante en que se cambiaban los papeles para que alguno de los dos actuase,  por separado o al unísono. Todo era perfecto, no había problemas y se conseguían los objetivos marcados. Libertad de movimiento, de acción, sin artificios ni intrusiones hasta llegar a la meta. Solo nuestra astucia y capacidad de improvisación.

Ahora tocaba el turno de ir en solitario. Ellos salieron, todos menos yo. Me faltaba la inspiración para poder hacerlo. Cada uno parecía que tenía muy claro qué y cómo debía realizar el trabajo.  No había reglas ni límites. Estábamos reunidos en una gran habitación presidida por Él. Comenzaron a salir uno a uno, recibiendo como testigo un vástago del ramo principal. Todos desaparecieron en muy poco tiempo. Tenían la seguridad de cómo debían resolver la situación. Yo no sabía cómo hacerlo. Permanecí quieta, sentada en mi sillón, esperando. El tiempo pasaba y me sentía vacía de ideas. Mientras, Él me miraba fijamente, en silencio, sin expresión alguna en la cara.

De pronto llegó… Una ráfaga de viento golpeó la pared y el gran ventanal. Lo sentí en mi mente y recorrió todo mi cuerpo. La luz iluminó las tinieblas.  Aquí está, dije. Ya llegó mi musa. Y Él me dio la parte del ramo que me correspondía. Pero no fue solo un vástago como a los otros, sino una horquilla con tres ramificaciones. Mi cuerpo se elevó casi hasta tocar el techo y salí flotando  de la habitación arrastrada por el viento, cual frágil mariposa que no puede luchar contra él. No necesitaba sujetarme a nada. Me deslizaba suavemente siguiendo la  línea de la barandilla de los balcones,  las cornisas de los tejados, las esquinas de los edificios. Apoyaba suavemente mis dedos sobre ellos para sentir que seguía el camino correcto, al mismo tiempo que impulsaba mi vuelo flotando como una pluma, como una semilla de diente de león, frágil pero segura de a dónde me dirigía. La sensación de libertad  era indescriptible e increíblemente placentera. Conseguí el objetivo propuesto sin casi darme cuenta. No necesité apoyarme en los otros. Ni siquiera me encontré con ellos. El camino a recorrer era, definitivamente, en solitario.

Diciembre 2013