Nunca había manzanas en el frutero cuando las necesitaba. Tengo costumbre de morder y masticar lento mientras leo los relatos en sttorybox. Casi siempre caigo en el primer bocado. Como ocurría en aquel cuento. Pero yo no muero. Yo, me duermo. Sueño con un príncipe que besa mi frente y despierto. Con el trozo de manzana dentro de la boca, guardado debajo de la lengua como hacía de pequeña con los chicles que masticaba en clase, hacía pompas enormes. La seño siempre los quería ver. Me ordenaba, con la regla en la mano, “abre la boca y enseña el chicle”. Al despertar, con el trozo de la manzana ensalivado, continúo con la lectura de los rollos «rollos que escribe la gente» como diría Flaneta. Él, Flaneta, no es un príncipe de verdad. Pero te despierta. Él no besa como lo haría uno de esos princesuchos, él reparte comentarios.
Flaneta, el principe literario. Es un avispado lector que dice lo que piensa sobre lo que lee. Sin tapujos, sin trampas. Con la verdad que todos conocemos. Sin miedo al efecto que pueda causar. Flaneta es de color verde. No tiene un pelo de tonto. Sus grandes ojos negros te miran de forma descarada. Con la mano derecha levantada, sus dedos, índice y corazón, dibujan en un gesto, la v de victoria. Es un conquistador. Reventador de cajas.
Sus palabras, no aptas para sensibles, son como puñales que lanza al aire. Vuelan como mariposas en el estómago, pero, pueden hacer que te retuerzas de sufrimiento. Puñales que se clavan en el centro del corazón, pues, Flaneta sabe de lo que habla. Sus comentarios, capaces de matar de un solo tajo a cualquier osado imitador chino literario. Lo descubrí en una impactante frase cuando se dirigía al autor de un texto “esto es una patata” -dijo- Se trataba de una caja con un par de frases. Era una poesía. Después, con sus palabras, dibujó en mi cabeza un campo sembrado de patatas con sus raíces, hojas y flor. No estaba nada mal, me dije. Sus comentarios despertaron mi curiosidad. Me emocioné de tal forma que aumentó mi pasión por leerlo todo. Decidí no morder la manzana. El poeta no encajó bien la crítica. Hubo una ligera exaltación. Con los nervios crispados, al principio, se enfadó. Pero después se esforzó quizá por complacer al crítico literario, y, en su última caja enmendó el texto de forma magistral. Entonces se llevó una buena crítica del príncipe. El resultado final me hizo sentir contenta. Fue entonces cuando mordí la manzana, cerré los ojos, y, recostada sobre mi almohada dormí siete horas seguidas. Al despertar a la mañana siguiente puede recordar el sueño en el que me encontraba. Estábamos en clase. En la hora de lengua castellana. Debíamos escribir lo que habíamos hecho aquel verano. La seño leía las historias en voz alta para todos. Nos comentaba de forma constructiva. Con mi redacción en la mano, la clase se llenaba de silencio. Con la mezcla de vergüenza y emoción yo enrojecía hasta las pestañas. En ese espacio dedicado a mí no se oía ni una mosca volar por el cielo de la clase. De una primera ojeada al texto, la seño me gritaba: ¡Los puntos! Ni seguidos ni aparte -mascullaba- ¡Las comas! Entre dientes se preguntaba por las tildes. Levantaba la vista del papel y volvía los ojos inyectados de rabia para preguntarme a gritos: ¡¿Dónde están las tildes?! A la hora del recreo me dejaba castigada en clase corrigiendo mis vacaciones.
De repente me invadió el pánico por culpa de aquel sueño. Me acordé de Flaneta. Comparado con la insufrible seño de mi sueño, o mejor dicho, de mi pesadilla, él es un cerebro inteligente. Un ente pintado de verde. Un cuerpo etéreo que brillaba con su propia luz, mi color favorito.
Por cierto, está cayendo una tormenta otoñal. Los rayos iluminan el cielo y el mar. Vivo muy cerca del mediterráneo. El agua torrencial me acojona, sólo un poco. He despertado al oír el zumbido de un trueno. Pareció que el cielo se abrió por la mitad. He sufrido un corte de luz. Ha saltado el automático dejándome a oscuras. No le di a guardar los cambios al archivo y he perdido parte del texto. Reescribir todo tal y como lo había escrito me llevará tiempo. Me ha dado un bajón de ánimo. Necesito un café caliente.
Me gusta la visión singular de Flaneta con los relatos. Trata a los escritores de forma cordial y con distanciamiento. Recuerdo que en quinto de primaria nos daba clases un viejo profesor que estaba a punto de jubilarse. Repetía a diario la misma retahíla, “jamás aprenderéis a escribir correctamente” decía, con voz temblorosa, cantarina, como cuando aprendíamos las tablas de multiplicar. Con el brazo alzado, apuntando con el dedo índice al fluorescente del techo, entonaba la frase con un ritmillo pegadizo. Cuánta razón tenía. Porque parece que no, pero sí. Deberíamos estudiar el motivo por el cual el tiempo le ha dado la razón. Nadie sabe si fue por culpa de nuestra autosugestión con aquella potente frase hipnotizadora que se introdujo en nuestro cerebro como un virus instalándose para quedarse de por vida. La hicimos nuestra o quizá fue que en realidad intuyó nuestro futuro.
El tiempo se va. Los años vuelan. Pasamos la vida buscando sin encontrar y desaparecimos. Algunos no saben qué cosa buscan. Otros, lo tienen muy claro. A todos nos gustaría realizar una cosa importante, transcendente. Todo el mundo busca un tesoro. Los grandes tesoros están muy escondidos. Piratas, pintores, payasos de la tele, músicos, artistas. Los escritores dejan una huella impresa. No se borrará si la escriben con la mejor tinta. He elegido dejar mi huella con tinta de colores. Por eso escribo. Esto que aquí cuento puede ser una “Morcilla pinchá en un palo” casi siempre son lectores impertinentes quienes lo piensan. Pero eso no me importa.
Ya está bien de enrollarme. Lo que realmente quiero decir es que tengo un libro sin dueño, sin autor. Lo encontré en el fondo de un baúl el día que hicimos el traslado de muebles antiguos de casa de mi abuela a mi almacén. Hemos vendido la casita.
El baúl huele a madera polvorienta. Contiene vestidos de mujer. Si te acercas notas que desprende un ligero aroma a jabón casero a perfume añejo. A baúl cerrado. A alcanfor. Dentro hay joyas. Algunas de valor. La mayoría, son bisutería. Una bolsita de tela con monedas antiguas; un cofre lleno de papeles viejos, cartas y dos libros escritos a mano. La tinta seca llena de líneas rectas cada hoja. Más de trescientas páginas amarillentas escritas a mano. En los bordes externos se distinguen unas manchas de color marrón que dibujan huellas oscurecidas por los años. Son la marca de los dedos que abrieron y cerraron demasiadas veces el libro. Visiblemente deteriorado. Le faltan las tapas externas. Las primeras hojas tienen el filo inferior derecho doblado hacia arriba. Las tiene arrugadas y rotas por los filos. Las ultimas también. Es un trabajo artesanal, casero. La red deshilachada con el que se unieron las hojas tiene un acabado en rojo y amarillo en la parte inferior y superior del lomo. Pero se nota que es hilo de calidad, resistente. Al pasar las hojas con mi dedo gordo, de forma rápida, he visto un papel suelto, escrito con la misma grafía que el libro. Se puede leer “Querido amor: Hoy he soñado contigo. Te quiero tanto como la caseta de grande. Te espero detrás de ella a las siete, amor. Te daré un beso”
No está ambientado en ninguna ciudad importante. Es un libro que se supone no existe. Es de los pocos libros que contiene una de las historias que a mí me encanta leer. No habla de amor. El tema principal es otra cosa. Son historias inéditas contadas por un aventurero Inglés. Un rollo que a mí me interesó desde el principio.

“Hijo de un oficial del ejército, Fran McLaren se graduó como capitán general en la primera Guerra mundial. Al concluir ésta, huyó de su país y de la encorsetada sociedad inglesa de su tiempo. Trotamundos incorregible buscó un país barato. (No existe otro mejor que el mío). Necesitaba sentirse libre y tranquilo para leer, formarse y escribir. Su destino lo trajo a España. Una de las cartas enviadas a su familia de Manchester, contiene un comentario sobre cómo llegó al destino soñado. “Así, cruzando Las Alpujarras acerqué lentamente la ciudad de Almería del suya aeropuerto pronto tendría de salir para Manchester, Inglaterra. Esta ciudad tranquila y amigable se sienta orgullosamente por la orilla del mar mediterráneo en donde esta abrigada por el poniente por la sierra de Gador y tiene la desembocadura del río Andarax en su costado del oeste. Fundado por los Finícanos y desarrollado por los Romanos quien puso el nombre Portus Magnus la ciudad eran conquistado en el año setecientos trece por el sultán Ab dar-Rahma I quien empezó un gran programa de construcción, incluyendo unos arsenales al lado del puerto. La ciudad era nombrado Al-Maryiat ([El espejo del mar] y era como una ciudad moro llegó a ser importante”” ¡ya he aprendido el idioma Español!” Exclamó al final de su carta, como quien gana una medalla.
Vivió en un pueblo de la sierra Granadina. Escribió relatos e historias inéditas. Viajó por pueblos y ciudades cercanas al lugar que eligió como residencia. Fruto de sus vivencias y observaciones público un libro. La censura del General Franco prohibió su venta en España. Años después, al estallar la segunda guerra mundial, marcharía de nuevo rumbo a su país para volver a vestir el uniforme militar del ejército inglés. Abandonó aquí sus enseres personales, libros, el baúl con sus manuscritos, una historia de sexo, un hijo que jamás llegó a conocer, y un mundo encantador que le dio mucho y al que le agradeció todo hasta el día que murió.
McLaren entregó las llaves de su casa y el famoso baúl, a Martina. Ella guardó la casa, y las cosas del “extranjero” como ella lo llamaba.
-Martina, he de volver a mi país, –dijo, preocupado- te entrego mis pertenecías. Prométeme que las cuidarás y protegerás como a tu vida misma.
-Lo juro por la virgen. Vaya usted tranquilo. –Respondió Martina al tiempo que llevaba su mano derecha al pecho, golpeando la parte de su corazón y con la mirada levantada hacia cielo estrellado. El juramento ocurrió una noche de luna nueva. Al día siguiente el inglés se marchó del pueblo. Entonces Martina, entró en la iglesia y juró ante la virgen que nadie abriría aquel baúl.
Acabada de segunda guerra mundial, Fran McLaren se acordaba de sus cosas. Quiso recuperarlas. Envió cartas a España dirigidas a Martina. En ellas se interesaba por su salud y por su familia; preguntó por sus libros y otras cosas.
Martina, conforme las recibía, las guardaba dentro del baúl, sin leerlas, no sabía leer ni escribir. No respondió ninguna.
Con los años, Fran desistió, sin olvidar aquel pueblo y su casita de planta baja pintada de cal blanca. Lo que más añoraba era la respuesta que jamás obtuvo. Al final dio por imposible recuperar sus pertenencias. Aunque le quedaba una esperanza. Su hijo Rúben McLaren. Fruto de su matrimonio con una escritora americana.”

El día que Fran McLaren murió contaba noventa y tantos años. Se celebró un funeral de estado en su honor. Dieron su último adiós. Arropado por familiares, amigos, y los pocos compañeros de batalla que quedaban vivos. Sus restos mortales fueron incinerados.
Durante el velatorio, su hijo Rúben McLaren reprodujo en su mente, como si de una película se tratase, escenas de su vida junto a su difunto padre. Allí, frente al féretro le invadieron los recuerdos. Volvieron con la misma claridad que pueden verse las sombras que nunca desaparecen. Sufrió una mezcla de sentimientos contradictorios. Entre lágrimas de dolor por la pérdida. Y el alivio de su marcha: ya descansaba tranquilo. Le apenaba sobremanera, no volver a verlo más. Sus labios dibujaban, de vez en cuando, una sonrisa. Efecto causado por la imagen que se repetía en su cabeza. Veía a su padre junto a él. Unas veces enfadado. Cuando alguno de aquellos aviones caía en picado reventando en mil pedazos del impacto en el suelo. O, a carcajadas de risa cuando no conseguían levantar el vuelo. Eran juguetes que ellos mismos construían en el garaje de su casa, en Manchester. “Algún día serás un gran piloto” Vaticinó Fran McLaren dirigiéndose a su hijo Rúben. Cuando conseguían levantar unos segundos el vuelo, quedaban satisfechos.
Abrumado por la claridad con que su padre adivinó su futuro, sin margen de error. Rúben McLaren me contó aquel episodio de su vida.
“Sandy, a ti también te ha pasado alguna vez. Me llegaba la imagen de un Baúl. Un tesoro. Días soleados, playa. Gente que tocaba la guitarra. Eran las historias que yo escuchaba de pequeño. Sentía impotencia al intentar retener en la mente algo importante que tienes en la punta de la lengua, pero no acaba de salir. Palabras sueltas, imágenes incompletas. Flashes. Se enciende y se apaga. Si mujer, tú sabes de eso.”
A Rúben McLaren le conocí una tarde de noviembre en un café Español, en el pueblo donde su padre dejó una huella imborrable.
Con la ayuda de viejos mapas, anotaciones históricas, y el deseo de viajar, Rúben McLaren hizo las maletas. Sacó un billete con destino al aeropuerto de Almería. Buscando las huellas de su padre, Fran McLaren.
Rúben McLaren viajó para quedarse.

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