Porque quiero estar aquí, estoy. Estoy con hambre, con sed. En silencio. Estoy estática junto a la ventana de la estación que está mojada de lluvia. Escucho los truenos. Sonoros rugidos al otro lado de las paredes. Invaden los rincones de las casas. Los pasillos de los edificios. Las calles del pueblo o ciudad, a lo lejos. Penetran. Después los rayos, al alcance de cualquiera. Nadie podrá decir que estoy huyendo asustada, porque estoy quieta, esperando. Sin miedo. Que no es lo mismo que estar pre-ocupada. Me preocupa la idea de no poder irme de aquí cuando quiera. Siento el agua que corre arrastrando las reses río abajo. Lodo.

El ruido aprieta mis pulmones, dejo de respirar hasta que pasa lo inevitable.

Recuerdo la tormenta del setenta y tres. Fecha de inundaciones. Las más importantes del siglo veinte. A mediados de octubre, una gota fría produjo riadas catastróficas en el sureste. Originó dramáticas consecuencias. Aquella trágica noche tuvo lugar el taponamiento del puente que pasaba justo por encima del pueblo. Toneladas de agua, grava y fango se habían arrastrado. Originó una gran presa. Los muros de contención se rompieron debido a la presión de agua. Las toneladas de sedimento se desviaron hacia el pueblo arrasando todas las viviendas que encontraron a su paso. Aquellas olas de agua y fango podían medir perfectamente tres o cuatro metros de altura, convirtiéndose en la catástrofe más recordada. Afectó a ciento una viviendas. Llevándose la vida de casi un centenar de personas. (“Una historia muy famosa en el pueblo y alrededores es la de una anciana y su marido que vivían en una casa al lado del cauce de la rambla. Se cuenta que la inundación se llevó toda la casa excepto un rincón de la primera planta donde había una silla en la que la anciana estaba sentada con su marido detrás. Este hecho conmovió a los vecinos. Pudo ser causa de un “milagro” comentaron.”)

Aquello fue una hecatómbe humana; eso pensé.

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