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El “Star tribune” de Minneapolis informaba en la sección de sucesos que un falso Jesucristo organizó una buena función en Beltrami Park, y yo que estuve allí, no sé bien aún lo que presencié. El diario contaba como alguien que decía ser el hijo de Dios organizó un atasco de tráfico monumental al congregar cientos de personas en el parque. Los coches reducían la marcha para ver qué era ese tumulto y tuvo que venir la policía a poner orden.
Era la hora de volver a casa desde la oficina y a mí me pilla a tres manzanas, así que lo hago caminando. La tarde era gris y el cielo amenazaba con volver a nevar. La calzada ya estaba llena de cordilleras nevadas en miniatura de la semana pasada. El termómetro marcaba -2º, lo cual por estos pagos en Noviembre no está mal. Nada comparable a los -30º que se alcanzan en lo más crudo del invierno.
Me llamó la atención un hombre de pelo largo, barbudo y delgado, vestido con una túnica cruda que se dirigía a un grupo de unas diez personas y me acerqué un poco para escuchar. La verdad, es que la indumentaria era perfecta si hubiera salido de un cuadro de Rafael. El tipo hablaba, efectivamente como si fuera el enviado de Dios en la tierra, pero más que un sermón, parecía que mantenía un diálogo con el público.
– Y si eres quién dices ¿Por qué has tardado dos mil años en volver? ¿No te pareció buen momento lo de Hitler? – le increpaba, más que preguntaba, un anciano con aspecto de haber luchado en el segunda guerra mundial.
– He vuelto a vosotros para que volváis los ojos al señor – contestó el barbudo.
– Pues a mí me parece muy mono con esa barba tan a la moda. – comentaba una chica joven cargada de libros a su amiga.
– Pero le afea un poco esa nariz tan grande y puntiaguda ¬– respondió la otra chica.
– ¿Tenéis algo en contra de las cosas grandes y puntiagudas? ¬– terció riendo y sonrojándose una señora de mediana edad que estaba junto a ellas como su hubiese sido el comentario más pícaro y atrevido que hubiera hecho en su vida.
– ¡Escuchar la palabra del señor hermanos! Él ha venido para redimiros de vuestros pecados y su amor es infinito¬ – declamaba el barbudo mientras la gente comentaba entre sí, más que hacerle caso.
– Dios nos hizo a todos a su imagen y semejanza – prosiguió el tipo barbudo.
– ¡Ah!, ¿sí?…pues mi amigo salió un poco tostado ¿no crees? – comentó un chico rubio que reía junto a su amigo afroamericano.
– Todos sois iguales a los ojos del señor – contestó el barbudo.
– Pues ese señor debería pasarse por una óptica – volvió a contestar el chico rubio mientras seguía burlándose.
Un señor de unos cincuenta años se les encaró recriminando su conducta. El barbudo podía ser un charlatán pero él no iba a permitir que se hablara de Dios con esa ligereza en su presencia.
La gente se fue congregando a medida que pasaban los minutos y ya eran un centenar los que allí estábamos. Ocupábamos la esquina del parque que da a Broadway con Fillmore Street. Los coches empezaban a colapsar el cruce.
– No sé si te has dado cuenta que hace frío para llevar esas ropas, vas a coger una pulmonía hijo – le dijo una abuelita que había a mi derecha.
– Dios padre me da calor, no necesito nada más – replico el barbudo.
El barbudo siguió contestando preguntas absurdas por espacio de más de media hora. Un señor de tez negra y pelo blanco se le acercó increpándole a grito pelado.
– No sé si sabes que necesitas un permiso para poder predicar. Yo pago mis impuestos para hacerlo en mi parroquia ¿lo haces tú? Éste es un país libre. Aquí sí que somos iguales todos… ¡pero pagando nuestros impuestos! ¿Tú los pagas?
El pastor protestante le hizo una nueva observación sin dejar que contestase.
– Haz un milagro si eres quién dices ser y si no lárgate o yo mismo te daré una patada en el culo. ¡Me espantas los feligreses!
– Tú Andrew, hombre de poca fe, eres quién menos deberías usar el nombre de Dios en vano. – ¿Quién te dijo mi nombre? – preguntó el pastor protestante extrañado.
– Padre, obra en tu pueblo una señal, dales esperanza – dijo el barbudo levantando los brazos en cruz y mirando al cielo.
Las nubes que cubría el cielo se abrieron dando paso de forma casi inmediata a un soleado día primaveral. La temperatura subió veinte grados de golpe y el sol brilló en lo alto. La gente prorrumpió en aplausos complacida.¬
– Buen truco, si señor – gritó un señor delante de mí mientras que otro a su lado le restaba importancia.
– Yo estuve en Nueva York en el ochenta y cuatro cuando Copperfield hizo desaparecer la estatua de la libertad, eso sí fue grande – apostilló.
Un señor trajeado se acercó al barbudo con una tarjeta en la mano. – Si va por Las Vegas, llámeme. Tengo un par de locales dónde me gustaría que actuase. ¿Qué más sabe hacer?
– Padre, tu pueblo aún no está preparado – gritó mirando al cielo, brazos en cruz de nuevo.
Acto seguido se elevó por los aires unos dos metros. La gente aplaudía a rabiar el truco de la levitación cuando el barbudo se esfumó en la nada. Fue entonces cuando llegó la policía a dispersar el gentío. Han pasado dos semanas y aún no sé qué vi.

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luisa

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