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La puerta entreabierta del cuarto de la niña, permitía que la luz del salón se colara tímidamente por los agujeros practicados en la tapa de nuestra prisión. Llevaba encerrada pocas noches, dos o tres. Se me hacía difícil de saberlo con certeza debido a los problemas que os conté con la rubita de los rizitos de oro y además, como ya os dije, tengo serios problemas para contar más allá de tres y nunca sé, si detrás viene el siete o el cuatro…por no hablar de lo que viene más allá.
No obstante en ese poco tiempo si me había percatado de que la familia se sentaba frente al televisor después de cenar y que cuando acababa lo que estuvieran viendo, el papá traía a rizitos de oro, que ya estaba en brazos de Morfeo, a la cama. Y desde que a la niña la avisaban para cenar ya no volvía sino a seguir durmiendo.
Esa noche oí claramente a la rubita protestar porque mamá le había puesto acelgas rehogadas para cenar. Ella se quejaba y decía que no tenía mucha hambre y que le diera las salchichas.
– Jo mamá, me duele la barriga y sólo me entran las salchichas – protestaba la mocosa.
– Si no te comes la verdura no hay salchichas – sentenció la madre.
He de confesar que sentí una satisfacción interior. Ahora recibía su castigo por la “dieta de la lechuga” a la que nos había condenado.
– “Si sigo comiendo lechuga voy a parecer un dirigible con tanto gas”- pensé para mis adentros.
– Matías, es la hora de empezar con nuestro plan. Hay que darse prisa – le dije a mi “compañero a la fuerza”. – La niña no volverá por aquí en algún tiempo. Todas las noches lo hacen así. Es el momento de huir – añadí resuelta.
Trepar hasta el borde de la caja no nos costó gran esfuerzo. No somos ningún Ferrari, somos caracoles, así que vamos a nuestro ritmo, pero tampoco un Ferrari treparía por un ángulo recto. Aunque, bien pensado, un Ferrari no estaría encerrado en ésta caja. Bueno talleristas, que me distraigo con media albóndiga y me disperso…el caso es que llegamos arriba sin novedad.
Una vez arriba, había que colocarse como yo había planeado. Matías, que era más fuerte, se colocaría debajo de mí y me empujaría con todas sus fuerzas, mientras intentaba seguir trepando para ayudar en la labor y hacer más presión. Yo me colocaría arriba procurando que mi nueva concha arrebatada al pobre devorado quedase en contacto con la tapa de la caja. De ésta manera, cuando Matías empujase desde abajo, mi concha presionaría la tapa que iría cediendo.
No hagáis líos los argentinos. Cuando digo concha quiero decir cáscara, caparazón Que visto con otros ojos, tanto Matías, tanto empujar y tanta concha pareciera que estoy describiendo una postura del Kamasutra y no van los tiros por ahí.
– Ahora Matías empuja con todas tus fuerzas – le dije.
Él empujó con fuerza y constancia pero se le notó que se había atiborrado de lechuga poco antes en el sonoro pedo que se le desencajó del cuerpo. Aquello era las cloacas del infierno. Y, por si lo habéis olvidado, el gas tiende a subir. ¿Y quién estaba arriba?… ¡Habéis acertado!…La que se comió todo el regalito no sin proferir varios insultos que iban desde el suave “puerco” hasta acordarme de su parentela.
Salvado ese imprevisto mi plan surtió efecto y la caja fue cediendo hasta dejar una abertura por la que cabían nuestros cuerpos. En el momento en que ya estábamos arriba, oímos cómo Piku se despertaba no se bien si por el alboroto causado o por el aroma dejado por Matías en el ambiente.
– ¡Eh, esperarme! ¡Ayudarme a subir! ¡No os vayáis sin mí! – gritó el escarabajo.
– ¡Y una mierda, ahí te quedas!- dijimos a coro los dos.
Al salir, vi que estábamos en lo alto de un sinfonier del Ikea. A la derecha, a unos tres metros había una ventana abierta que parecía dar al jardín. Por ahí debíamos ir. En la televisión se veía cómo Leo DiCaprio acababa de ganar dos pasajes para el “Titanic” en una mano afortunada a las cartas.
– ¡Perfecto! Grité. – Tenemos tres horas para huir.
– ¿Por qué tres horas? – inquirió Matías.
– Es lo que dura la película.
– Oye, ¿Tu por qué sabes tanto de cine?
– Te lo cuento por el camino, no hay tiempo – zanjé la cuestión.

Continuará…

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luisa

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