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Saúl venía de la comandancia.
Esperaba encontrar muchas respuestas.
Nada le solucionaron allí,
sus problemas se quedaron iguales
después de poner un pie fuera de ella.
Él había imaginado que allí,
en medio de tantos uniformados,
en el corazón de la burocracia,
todo quedaría solucionado.
No fue de ese modo, nada cambió.
Cuando volvió a su casa, deprimido,
con rabia intensa y desilusionado,
fue y se sentó… se acostó en el sofá,
ese sofá que siempre lo esperaba,
y nunca le hacía ningún reproche.
Antes, había ido hasta la nevera,
agarrado y abierto una cerveza;
la bebía cómodo en su sofá,
en su sofá eterno y de soledad.
«¿Y ahora qué tendré que hacer?». Pensaba.
«¿Será que más bien me voy?». Se indagaba.
Trataba de hallar una solución.
y por más que procurara encontrarla,
al final quedaba con dos opciones,
dos únicas y dispares opciones.
Situado entre la espada y la pared,
sabía que debía decidirse,
y entre más rápido, mucho mejor,
pues sus enemigos no esperarían,
ellos estarían dispuestos siempre;
tal vez ya irían en ese momento
tras su sombra y él no se percataba,
solo se concentraba en sus opciones:
huir y dejar atrás su propia casa,
suprimiendo su nombre de la historia,
eliminando todo rastro suyo,
y terminar perdido en el olvido;
o decidirse a enfrentar su destino,
batiéndose en una guerra sangrienta,
queriendo recobrar su libertad.
«¿Me quedo a luchar… o más bien me voy?».
Se reprochaba no tener valor.
Quería encontrar la salida y rápido.
Se empezó a intranquilizar, a inquietarse,
de pronto se levantó del sofá
y deseó fumar un cigarrillo,
tembloroso, sacó su cajetilla,
dio varios golpes al encendedor
hasta que al fin salió la llama azul,
y logró aspirar una bocanada,
dejando salir la humareda, oscura,
soltándola por su nariz y boca,
mientras aprisionaba al cigarrillo,
fuerte, en la comisura de sus labios.
Se tranquilizó y se volvió a sentar.
Dando un último sorbo a la cerveza
y dejando quemar el cigarrillo
entre dos dedos de su mano izquierda,
rebuscó la lucidez en su mente,
dirigiendo la mirada al vacío,
abstraído de la realidad,
mirando, sin percibir, la pared,
la que tenía en frente de sus ojos
y marcaba el límite de la casa,
la que se extendía desde la puerta
hasta el final en donde estaba el patio.
Detrás de Saúl y su sofá eterno,
había otra pared, tal cual la previa,
que encerraba a Saúl con su existencia
en un corredor muy corto y estrecho.
Así permaneció por un buen rato,
inmerso en un mundo de fantasías,
librando y ganando batallas fácilmente,
esfumando sus problemas de un golpe,
de un solo y certero golpe en sus sueños,
en los cuales vivía libremente,
disponiendo todo a su conveniencia.
Se levantó de nuevo del sofá
convencido de que lo que iba a hacer
era ya la mejor resolución.
Entró en su cuarto y se sentó en la cama,
apoyó los brazos sobre el colchón
y observando la mesita de noche,
se deslizó para llegar hasta ella;
de un color de marrón oscurecido,
pesada y maciza, hecha de cedro,
estaba situada a la cabecera
de su cama doble en donde dormía,
cada noche y cada vez que podía,
sin más, al amparo de sus nostalgias.
Agarró la empuñadura redonda,
brillante y metálica del cajón,
del primer cajón de un total de tres,
y haló de ella, ensimismado en su pánico.
Pero no estaba así por el asombro
de lo que en el cajón encontraría,
pues ya sabía lo que allí hallaría.
Todavía quedaba luz del día,
no necesitaba encender la lámpara.
Tomó el revólver con su mano diestra,
empujó de una palanca pequeña,
salió el tambor con sus celdas vacías,
mandó su otra mano a hurgar el cajón
y sacó una caja llena de balas.
Por un momento contempló el revólver,
admirando su fuerza y hermosura.
Volvió al asunto que le competía.
Llenó las seis recámaras con balas,
aunque esperaba precisar solo una,
y de un golpe el tambor volvió a su sitio.
«Si van a venir por mí, pues que vengan,
aquí los estaré esperando» rio.
Recordó con nostalgia su pasado,
sus hijos que estaban en la distancia,
en la lejanía de años y millas;
la esposa rubia que alguna vez tuvo.
Sus ojos empezaron a anegarse,
su respiración se dificultó.
Rio para sí, luego un poco más fuerte,
se limpió los ojos y la nariz
con la manga izquierda de su camisa.
«Si van a venir, pues que vengan ya»
volvía a estar sesudo y sosegado.
«ya vamos a ver qué van a encontrar.
Imbéciles, no pudieron conmigo»
presionó sobre su sien el cañón,
sintió el orillo sólido y muy frío,
y recordó sus ganas de orinar,
se paró rápidamente y fue al baño,
apremiado por concluir su tarea,
antes de que alguien se le adelantara,
retornó y se sentó precipitado,
con afán de no encontrar más obstáculos.

Saúl se disparó bajo su oído,
fue un estallido sonoro y certero.
El arma quedó tirada en el suelo,
en frente de la mesita de noche;
las colchas fueron rociadas de sangre,
y alrededor de su cabeza inmóvil,
se marcaba despacio un río oscuro.

Saúl ya podría reír de nuevo,
a grandes carcajadas si quería.
Su cuerpo era la evidencia del triunfo.
Su victoria yacía inerte y plácida;
nadie se la podía arrebatar,
ni la policía en su negligencia,
tampoco la mafia con sus venganzas.
La deuda estaba con creces saldada
y su dilema al fin finiquitado.
Saúl se perdería en el olvido,
pero aquello ya no le importaría,
en un universo inmenso de estrellas,
y en la infinidad de millones de años,
ciertamente ya no le importaría.