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El amanecer se extiende por el horizonte pintado de naranjas, rosas, amarillos… El lago se cubre con un manto de bruma que se eleva en gráciles volutas de vapor hacia el cielo de la madrugada. El  viento, frío y ligero, maneja a su antojo las formas abstractas  dando vida y movimiento a lo que solo son vapor de agua. Pero… ¿podemos estar seguros? Los habitantes del lugar les llamaban “Los fantasmas del lago” y cuentan historias fantásticas de aparecidos, hermosas mujeres vestidas de blanco que pasean por el bosque y que desaparecen inexplicablemente al llegar a la orilla. Algunos pescadores han abandonado su trabajo al escuchar murmullos de voces surgiendo de las aguas… Puede que todo sean leyendas para atraer a los turistas, pero conozco una historia que un anciano, con un ajado violín entre sus brazos, cuenta por unas pocas monedas, a todo aquel que le quiera escuchar.

Otto Bauer, un violinista de Berlín que se había instalado en una de las casitas que se alquilaban en el pueblo huyendo de los terrores de la guerra, salió a dar su paseo diario por el camino que corría a la orilla del lago. Los lugareños le habían advertido sobre los peligros de andar sin compañía alguna por aquella zona, de los aparecidos que surgían de la nada, de historias terroríficas ocurridas a personas solitarias, pero él no creía en fantasmas, era demasiado racional. La vida le había enseñado que los muertos eran inofensivos. Había que esperar más amenazas de los vivos.

Al girar en uno de los recodos del camino vio delante de él a un hombre con la impedimenta de paracaidista. Le extrañó encontrarse allí  un soldado, teniendo en cuenta que estaban muy alejados del frente, y que no se  había escuchado  el ruido de ningún avión. Aceleró el paso, y cuando se acercó a su altura, pudo ver que, lo que había tomado por un hombre, era en realidad una hermosa joven cuyas facciones se le hicieron reconocibles.

Se saludaron y al preguntarle Otto qué hacía tan lejos del frente, la mujer que dijo llamarse Mía, contestó que durante la noche había descendido un comando de paracaidistas a la que ella pertenecía pero por algún motivo había perdido el contacto con ellos yendo a parar a aquel lugar.

Otto le ofreció su casa hasta que consiguiera reunirse con el resto del grupo de norteamericanas que según comentó Mía, habían llegado a Alemania para una misión especial que acabaría con la guerra. Por el camino hacia el pueblo habló al violinista de sus ilusiones de sus sueños. Era bailarina, pero se había alistado por patriotismo, y pensaba continuar su carrera cuando aquella guerra terminara y pudiera regresar a casa. Él le habló de su huida de Berlín escapando de los nazis por su condición de judío. Cuando llegaron a la entrada del pueblo dejando atrás el camino del lago, inesperadamente Mía se desvaneció en el aire. Otto quedó mudo de asombro sin poder dar explicación a lo que había sucedido.

La historia que contaba este personaje acompañado de su violín, era más larga y salpicada de alguna que otra canción de su repertorio, pero yo la he resumido en este relato. El final me resultó escalofriante por lo que tenía de especial. Mientras Otto y Mia charlaban animadamente paseando por la orilla del lalgo en E.E.U.U. la familia de Frank Bauer recibía un escueto telegrama:

“”Mía Bauer ha fallecido en Alemania en acto de servicio””

Por lo visto, Otto había perdido la pista de su hermano mayor que emigró a Alemania después de la primera gran guerra y no sabía de la existencia de su sobrina Mía.