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– Je, je, je, ¡Qué cachondo!…orugas y gusanos dice – dije muerta de miedo pero intentando mantener la dignidad.
A veces, el silencio es más ensordecedor que las palabras y Matías y el escarabajo se mantenían callados, como si mi bromita no se hubiera oído.
Algo menos divertida y con más miedo volví a preguntarle a Piku sí de verdad era carnívoro, – yo creía que los escarabajos eran vegetarianos. – añadí.
-Hay de todo, colega, pero a mí me gusta más la carne. Me llena más. Tengo algunos conocidos vegetarianos y se pasan el día comiendo porque eso no alimenta nada. ¿Tú has visto las vacas, que no hacen otra cosa en todo el día?
– Y esos amigos… ¿no te han contado las ventajas de comer hojas y frutos? No tendrías que cazar, que debe ser un rollo. Las plantas no huyen y siempre están a tu disposición.
– Yo no he dicho que fueran mis amigos. A un amigo no se le come – contestó sonriendo como los malignos de las películas.
– Glup.
Matías y yo escuchábamos al escarabajo mientras sin darnos cuenta íbamos retrocediendo al rincón opuesto en el que Piku, recostado en una hoja de lechuga con forma de hamaca, se dedicaba a rechupetearse sus patas.
La tapa de la caja se abrió. Cuando esto pasaba era un incordio porque los ojos se habían acostumbrado ya a las tinieblas y, de pronto, un chorro de luz te dejaba ciego. Era “rizitos de oro” que, muy contenta con su fechoría, venía a preguntar.
– Hola babosina, ¿te gustan tus nuevos amiguitos?
-Si bonita, te voy a presentar un tigre de bengala que conozco a ver si te gusta – dije ofuscada mientras la niña seguía contándome cosas como el que ve llover.
– No hagáis ruido que mi mamá no sabe que os tengo aquí.
– Tranquila “milady” que en cuanto se despierte el otro, cogemos una guitarra y nos arrancamos por Los Panchos.

“Si tú me dices ven, lo dejo todo
si tú me dices ven, será todo para ti…”

– Hacer ruido…- mascullé irritada.
No sé si recordáis que la niña trajo al escarabajo junto con dos caracoles, Matías y otro que aún no había salido de su caparazón.
– El “otro”, como tú le llamas, no se va a despertar – dijo Piku con el mismo aire interesante que un agente de la CIA comenta algo que sólo él conoce.
– ¿Nooo? ¿Por qué? – canturreamos a dúo Matías y yo.
La niña se despidió cerrando de nuevo la tapa. Nos quedamos a oscuras y en silencio. Mientras tratábamos de acostumbrar nuestros ojos a la penumbra oímos a Piku que decía.
– Es una cáscara vacía. Cuando la mocosa me capturó estaba terminando de comérmelo para almorzar.
Tengo suerte de no tener dientes y piernas, porque con los temblores que me entraron hubiese parecido un sonajero. Tan sólo se me volvió a escapar un cuesco. En un ataque de supervivencia traté de mantener la calma debatiendo con el psicópata.
– Pero tú no dijiste que comieses caracoles – protesté.
– No me gusta mucho la carne tan ácida, pero si no hay otra cosa…- dijo Piku.
-Emm, esto colega… ¿Y tú cuanto tiempo tardas en hacer la digestión?
– Bueno, un caracol grande como ese, llena como un cocido madrileño con sus tres vuelcos, su café y su copa.
– ¿Y eso en tiempo es….?
– Ufff, no sé. No creo que tenga hambre hasta mañana por lo menos. Me voy a echar un sueñecito – contestó el escarabajo mientras bostezaba y se acomodaba en la hoja de lechuga.
Me acerqué a Matías y, casi en un susurro le dije…
– Ya lo has oído socio, tenemos un día para pensar en cómo salir de aquí.
Continuará…

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luisa

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