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En cuanto bajamos la pared de la caja, enfilé hacía mi derecha, hacia la ventana, rauda como un caracol (que viene a ser equivalente a “paso de tortuga”). Pero es que una no se puede convertir en gacela de la noche a la mañana, ¡qué más quisiera!
– ¡Vamos Matías, a la derecha, a la ventana! – apremié a mi compañero.
Yo iba todo lo rápida que podía, pero había que llegar al final del sinfonier. Al final del mismo, se podía acceder a una repisa con muñecos de peluche y alguna otra cosa. Y al final de la repisa, estaba nuestra ventana abierta. Había calculado que había unos tres metros hasta ella, pero me preocupaba que fueran más. Sobre todo por mi torpeza para contar hasta más allá de tres.
– Vamos Matías, hay que darse prisa. ¿Sabes lo que….? ¿Matías…? ¿Dónde…?
De pronto, me di cuenta de que mi compañero no estaba a mi lado. Pensé que me había adelantado demasiado, pero al girarme más, pude ver que él iba corriendo en dirección contraria.
– Psss, pssss, oye chico, por ahí no vas bien – le chisté con aire condescendiente.
Matías seguía avanzando como un poseso en dirección al abismo, pues por el otro lado del sinfonier no había nada.
– ¡Matíaaaaasss! – le grité con todas mis fuerzas. Cosa ésta que hizo que, por fin, frenara en seco. Ni siquiera se volvió, sino que giró su ojo derecho hacía atrás para ver de dónde provenía la voz.
–- ¿Qué haces ahí? – me preguntó algo confuso.
– ¿Tú qué crees, majete?, no es por ahí.
– Pero me dijiste que fuéramos a la derecha – objetó sin mucha convicción.
– Ya chico, perdona, me refería a “tu otra derecha” – dije ya un poco cansada de su poco cerebro.
– ¿Y qué hago? – preguntó.
– A ver, merluzo… ¿Ves ese cuernecito que tienes y que acaba en un ojo que ahora tienes vuelto hacía mí?
– Si.
– Pues bien, esa es tu derecha, no tenías más que haberla seguido y estarías a mi lado ahora y no a dos palmos de distancia.
– Ah vale, comprendo – dijo girando sobre sí noventa grados y lanzándose hacia adelante en dirección al frontal del sinfonier, justo hacía la televisión en una nuevo error de orientación.
– Grrrr, éste tío es tonto – bramé ofuscada.
– ¡Alto ahí!, ¡Olvídate de tu derecha, tienes que venir a dónde estoy yo! – le volví a gritar.
Cuando por fin Matías estaba a mi lado, le dije que mejor no le daba instrucciones complejas.
– Mira socio, tú lo único que tienes que hacer es ir por dónde yo vaya ¿de acuerdo?
– De acuerdo Robin – aceptó sin reparos.
Con éste retraso, me fijé que en la tele del salón de la familia, Leonardo DiCaprio ya había salvado a una suicida Kate Winslet de caer por la borda.
– Hay que darse prisa, esos dos ya se han conocido. Así que nos quedan dos horas y media de película para llegar a la ventana ¬– comenté preocupada.
– Me dijiste que me ibas a contar por qué sabes tanto de cine – dijo Matías algo desbordado y con ganas de conversar como forma de disculparse.
La verdad, es que en ese momento y por primera vez, lo vi como un niño pequeño más que cómo el cernícalo cabeza hueca que era hasta ese momento.
– Verás ¬– empecé a contarle. – Yo vivo en el jardín de ésta familia. En un hueco que hay en el muro justo al lado de la boca de riego. Allí siempre hay humedad y se está divino. Pues bien, ésta gente tiene una pantalla gigante y un proyector, que sacan al jardín muchas veces para ver una película al fresco antes de acostarse. Hoy debe de estar lloviendo ¿no hueles la humedad? Por eso quizás no salieron fuera. He visto cientos de películas de esa manera. Titanic es la preferida de la señora y la habrán puesto tres o más veces – conté mientras avanzaba lo más rápida que podía sorteando osos de peluche.
– Ya decía yo…– dijo Matías. – Yo, como vivo al otro lado del muro no me entero – dijo un poco apesadumbrado por lo que suponía que se estaba perdiendo.
Cuando el barco se acababa de hundir y Leo DiCaprio se disponía a convertirse en bombón helado, llegamos al borde de la ventana. Gracias a la noche clara de luna llena que había, se recortaba en el horizonte, al frente, la silueta nítida y majestuosa del Teide. Por ello, supe orientarme y saber hacia dónde debíamos ir, ahora que ya estábamos en el alfeizar.
Continuará…

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