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Aquel año, desde principios de junio, la chiquillería del barrio andaba revuelta con los preparativos para la hoguera de S. Juan. Cierto día, en la campa que se encontraba frente a mi casa, un zarzal que nadie cuidaba ni se encargaba de él, apareció clavado el palo central alrededor del cual se irían acumulando todas las cosas susceptibles de ser quemadas. Esto debió ser idea de alguno de los padres, supongo, porque los niños no tenían fuerza para colocarlo en la forma que estaba. Habían despejado la zona central y formado la  base de la futura fogata con unos cuantos neumáticos gastados. Los críos, después de salir de la escuela, pasaban por las casas pidiendo cartones, revistas viejas, ropa en desuso, tablas de madera, muebles retirados en los camarotes o lonjas…. en fín cualquier cosa de la que necesitasemos desprendernos. Asomada al balcón les veía acarrear cajas, arrastrar improvisadas carretillas sin ruedas, cargar entre dos algún cabezal o larguero de  cama antigua y todo lo iban acumulando alrededor del palo central para que los mayores lo colocaran en forma de pira. Creo que en el barrio y alrededores todos los vecinos limpiaron sus casas y camarotes de cosas que no les servían. Cuando ya no encontraron nada o aparecían con muy pocas cosas, se dedicaban a hojear las revistas que les habían dado y que las tenían apartadas para poder prender bien la hoguera. Desde donde yo estaba no se veía cual era el tema, pero por los gestos y los aspavientos de los críos, niños en su mayoría, debían de ser  mujeres desnudas, esperaba que no fuesen pornográficas aunque no las tenía todas conmigo.

 

Por fín llegó el día 23. La hoguera era inmensa y la coronaba un muñeco de trapo. Esa tarde vi trabajar a los mayores, padres jóvenes de algunos de los niños, colocando ramas de pino secas y algunos troncos, sujetando bien contra el palo central todo lo que se había acumulado para quemar. Los chiquillos más mayorcitos se hicieron con palos  largos para azuzar el fuego. Se regó con un líquido inflamable para que todo ardiese bien, pues unos días antes había llovido y la humedad amenazaba con no prender suficientemente  el fuego. Las madres preparamos tortillas, chocolate, chorizos para asar, sangría y refrescos. Todo estaba listo. Para las diez de la noche, los niños ya estaban locos perdidos por encender su gran fogata. Desde algunos caseríos en el monte llegaba el olor del humo y se veían las columnas grises elevarse hacia el cielo. Sonó la música de un radiocasette y por el altavoz alguien dijo que ya era el momento de encender nuestra hoguera.

 

Todos nos pusimo alrededor en media luna, pues la parcela estaba delimitada por un murete que la dejaba como a un metro más baja de donde nos encontrábamos y a una distancia de unos cinco metros por seguridad. Solo estaban abajo, media docena de padres y algunos muchachos. Se prendió primero un palo y después se introdujo con cuidado en el centro lo que hizo saltar al instante,  un enorme fogonazo y retroceder a los responsables hacia sitio seguro. De todas las gargantas surgió un enorme «¡Ooooohhh….!» y nos quedamos mirando cómo las llamas lamían el interior del montículo crematorio y seguían subiendo por los costados prendiendo en las ramas y palos secos elevando el fuego y el humo al cielo que ya comenzaba a oscurecer en una pira ardiente y luminosa. Los niños más pequeños se pegaban a las faldas de las madres, asustados por el espectáculo, los medianos querían bajar cerca de la hoguera para atizar con los palos al igual que veían hacer a los más mayores. De pronto comenzamos a sentir chillidos angustiosos y carreras enloquecidas de bichos escapando del infierno que se había desatado en su lugar de residencia habitual. Las ratas, lagartijas, sirunes y otros seres  escondidas entre la maleza de alrededor y que se habían ocultado aún más asustados por la algarabía de los días anteriores, al sentir el calor del fuego salieron disparadas en todas direcciones haciendo que por un momento aquél espectáculo festivo se convirtiese en una algarabía de gritos y carreras por parte de mujeres y niños y también de algún que otro hombre musculoso y atlético tan asustado como los pobres animalitos.

 

Pasada la primera impresión, y desaparecidos los bichos enloquecidos y perseguidos por los más valientes, la fiesta continuó, no sin antes retirarse convenientemente del enorme fuego que se había declarado en todo el terreno al prender las chispas en las zarzas resecas. Alguien dijo que quizá sería conveniente llamar a los bomberos, por si aquello se desmadraba, pero otros pensaron que no era mala idea si el zarzal desapareciese. Los entendidos dijeron que al no haber viento, el problema de que el fuego se extendiese era improbable menos aún, estando rodeado por el asfalto en dos de sus partes y en otras dos por el muro de piedra y un riachuelo. Así es que se dejó estar, aunque bien vigilado ya por personas acostumbradas a quemar rastrojo y desechos del caserío. Como era imposible acercarse por el calor se decidió coger unas cuantas ramas y preparar una pequeña fogata arriba, en un rincón de tierra, para poder asar los chorizos pinchados en palos Se repartieron las tortillas con unos buenos trozos de pan que varios también acercaron al fuego para tostarlo. Corrió la sangría entre madres y padres y algún que otro hijo ya cumplida la edad reglamentaria; los refrescos y las patatas fritas de bolsa; las golosinas para los niños; el queso y el jamón y todo lo que cada cual había aportado al festejo. Se cantaron canciones típicas de esta noche y las conversaciones fueron aumentando de volumen; los críos jugaban al escondite y a pillar; los chicos y chicas se sentaban alejados de sus padres a charlar o bailar esperando que la fogata disminuyese su furia para poder saltar por encima de las llamas; los hombres discutían de fútbol, como siempre y las mujeres con los más pequeños en brazos medio dormidos se iban retirando o se sentaban en corro como brujas en akelarre iluminadas por el fuego y la luna llena. Yo era de estas últimas, porque aunque joven y con ganas de juerga, debía ocuparme de mi pequeño de tres años y la niña de cinco, que aunque andaba de aquí para allá de la mano de alguna amiguita mayor, de vez en cuando venía por ver si su mamá se había marchado o seguía todavía allí.

 

Mientras escuchaba a mis vecinas y acunaba suavemente a mi niño sobre el regazo, tuve una especie de recuerdo o ensoñación o no sé qué….  

 

«Me ví en otro tiempo, en otro lugar y con otra gente. La aldea era pequeña y se celebraba el solsticio de verano. Todos los vecinos estábamos reunidos junto al fuego encendido para alejar a los malos espíritus de la oscuridad y dar fuerza al sol con el fin de que no nos abandonase durante los meses siguientes para poder recoger la cosecha de los campos. Dábamos gracias a la luna por ofrecernos su luz en las noches oscuras; a la tierra por la fertilidad que mostraba en nuestros campos; al agua que hacía crecer nuestras plantas. En el centro de la hoguera hervía un gran caldero con carne, verduras y hierbas aromáticas. Una comida ritual elaborada con el carnero ofrecido a los dioses en sacrificio y del que solo se habían utilizado las vísceras para que la hechicera pudiese leer los malos o buenos presagios que nos esperaban durante esta nueva época en la que los días se hacían más cortos hasta la llegada de la Gran Noche. Los jóvenes de la aldea, hombres y mujeres, danzaron alrededor del fuego con sus máscaras de la luna, ellas y del carnero, ellos. Era una danza de fertilidad en la que se pedía a la Madre Tierra fuese propicia con la procreación tanto de animales como de personas y demás seres vivientes. Era una ritual donde se elegía pareja para formar una familia. Las sombras de los danzantes iluminadas por el fuego, semejaban dioses y diosas volando sobre sus largas varas de sauce en las que se apoyaban para saltar sobre las llamas. Llegada la medianoche, hora álgida de la fiesta,  los jóvenes se despojaron de sus vestiduras para para fundirse con el mar en una comunión sagrada bendecida por la Luna llena. En ese momento fue cuando el estruendo se escuchó a lo lejos y cada vez  más fuerte. Los cascos de los caballos resonaban en la noche semejante a una tormenta que amenazaba con arrasar todo a su paso. Casi no tuvimos tiempo de recoger a los más pequeños y refugiarnos en nuestras chozas Sabíamos quiénes eran. Desde hacía tiempo, el culto a la Diosa estaba prohibido por la nueva religión  y quienes practicasen sus ritos eran condenados a morir en la hoguera. Aterrorizada, sujeté al hijo que tenía en mi regazo y llamé con desesperación a mi hija la mediana, la mayor no podía escucharme estaba en el mar con el resto de sus compañeras…..»

 

Volví al momento presente y la fiesta, por momentos, se  hizo insoportable. Miré a mi pequeño dormido en el regazo y me levanté del suelo para buscar a mi niña, quería marcharme a casa. Mis vecinas, extrañadas, preguntaron si me encontraba bien. Les contesté que sí, que solo estaba algo cansada. ¡Cómo explicarles que, aquello que estábamos haciendo era una parodia del culto que nuestros antepasados dedicaban a la Madre Tierra, al Sol, a la Luna, al Fuego y al Agua, a toda la Naturaleza en su benevolencia y crueldad! Habrían pensado que la sangría se me subió a la cabeza, o que añoraba a mi marido muerto hacía muy poco en el mar. Yo solo recordaba algo que pasó en mi aldea en una época muy, muy lejana cuando vivíamos en las  montañas perseguidos por los conquistadores de nuestra tierra que querían abolir nuestra religión tan antigua como el mundo. Que escuchaba los gritos de la gente de mi clan, aquella que no quería renegar de sus creencias quemándose en la hoguera acusados de practicar la brujería. Y oía  las súplicas de clemencia de mi familia y mis propios propios chillidos junto a los de mis hijos ardiendo en nuestra choza el día de la celebración del Solsticio de Verano.

 

 

Photo by hugomunoz