Una palabra cálida, vestida de días antiguos me vino a visitar, traía manta y vino para compartir, cruzando mis umbrales se arrebujó conmigo, dijo que quería buscarse en un libro solitario y de hojas sepias que estaba en un cajón en el más profundo olvido, un poco apenada, no se atrevió a decir que hacía mucho tiempo que se sentía exiliada de mi repertorio, tenía aspecto descuidado como si la espera hubiera marchitado su frescura, la acompañé con un trago y mi nostalgia moribunda. Se miró en el alma-espejo, y una tristeza que conmovería al más desalmado invadió su semblante, el libro tenía arrancada la hoja donde supuso podría encontrarse, estaba herida de muerte, y una letanía de consuelos se escuchó con la tristeza de un madrigal que ya conocía, cuando alguien que componía versos, pretendiente de la luz y aspirante de su norte, la cuidaba de la intemperie, del desamparo contra el relámpago y otras furias imprevistas, que se aposentaban al acecho rondando los tejados los días de truenos que no había luna. Sin saber cómo tomé pluma y papel, y ensayé al azar una lista de posibles compañeras, su sonrisa transformó el semblante y la hoja resplandeció; cuando vió que aún la recordaban, palpitó vigorosa simulando el vuelo del colibrí; ahí estaba rozagante y fresca, humilde y empoderada, presta para servirle a cualquier desamparado, con la tibieza de la tinta recién vertida contagiada de latidos; se descubrió vigente. Esperanza se llamaba.

Heredero anónimo de la herencia anímica de los Migueles (Cervantes, Unamuno, Hernández y Ahumada), aunque éste último era campesino resultó ser un padre sabio y mi "Arcángel" de la guarda. Precoz en el arte de salir adelante, aprendí a capotear temporales y empecé a trabajar a los 8 años, en múltiples tareas locales: Pastor, lustrador de zapatos, pizcador de algodón y un largo etcétera. A los 11 años ya era económicamente avieso, "autosuficiente", o al menos eso creía. Soy inmigrante en mi propio país, residente desde los 15 años en tierras lejanas a las que me vieron nacer y, en vez de “rayo”, tengo una "estrella que no cesa", casada conmigo, 3 hijos que son mi mayor orgullo. Benedittiano químicamente impuro, por Mario; quién más. Ingeniero Civil, con 3 especialidades de postgrado, en distintas disciplinas correlacionadas por diseño propio a mi profesión; amo la arquitectura, soy constructor por necesidad, convicción y por terco. Las letras son mi pasión, desayuno y ceno proyectos, de comida tomo agradecido todo lo que Dios pone en mi mesa, soy de carnes magras y huesos malagradecidos, Insomne antes que "soñador" y arreglo "mi" mundo un día sí y, el otro también. Autor de 5 libros de poesía, y una novela inédita, actualmente diseñador de Modelos de Gestión en Políticas Públicas, Asesor de gobiernos locales, con logros nacionales e internacionales, aporte aprendiz de los Derechos Humanos aún zurdos. Admirador incondicional de todos los que hacen y construyen con su letra, amante de la poesía musicalizada, pienso en verso y la rima me gobierna. Amigo dispuesto y solidario a carta cabal y eterna.

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