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I
No recuerdo si alguna vez deseé de forma inconsciente convertirme en un cabrón.

Recuerdo aquella mañana de Julio en la que estuve a punto de cometer un crimen, o dos. Puede que tres. No estaba dentro de mi categoría, de hombre políticamente correcto, cometer tal brutalidad. Fue la primera vez que noté mis músculos en tensión. Mi mujer tenía un secreto que guardaba entre sus piernas mientras yo me ausentaba por trabajo.

Regresé a casa temprano.
-¡Juan! ¡¿Qué haces en casa tan temprano?! -Exclamó al verme aparecer- Aquel grito era un aviso.
Se llevó una mano a la frente. Llegue a pensar que había ocurrido algo trágico.Vi cómo se le desencajaba la expresión de la cara.


Natalia, mi mujer, había preparado el desayuno para dos. Su amigo salió de nuestra habitación de matrimonio, llevaba puesta mi bata de estar por casa. Mis zapatillas, le quedaban pequeñas. Cerré ambas manos en un puño para controlar las ganas de atizarle. 
No sé qué me dolió más, ver al tipo ese con mis cosas o imaginar qué habían hecho durante toda la noche.
Mi mujer entró en un estado de pánico. Quiso pedir perdón entre 
lagrimas y sollozos. Pero la hice callar con un fuerte alarido que salió de mis cuerdas vocale con el efecto del inframundo. Mi cabeza se saturó en decimas de segundo. Preguntas sin respuesta. Miserias ocultas. Ignorancia de mi propia realidad.  

¿Qué ve en ese neocutre salido de otro planeta?

Pasé dieciocho años de nuestra vida en común corrigiendo nuestros desafíos literarios. Me costaba entender el motivo por el cual ella no quería saber nada de mí. aunque tenía una clara idea. Se había cansado de mi. Me he convertido en un neoindi.

Aquél tipo adoptó una postura rígida. Le faltaba la respiración, dificultad que bien podía haberlo asfixiado allí mismo con un repentino ataque de asma.


Aturdido salí del edificio con intención de no volver. Total ¿Qué había perdido? No era dueño de nada. Bajé las escaleras sin perder de vista mis zapatos. Dí varias vueltas por el parque. Caminé sin sentido.  Sin destino fijo.  Cambié de calle varias veces dirección sur, siempre. Me detuve frente a un escaparate. El reflejo de mis ojeras teñían un morado ennegrecido. Desaliñado, con la camisa fuera del pantalon. Me pareció no reconocerme. Aquel no era yo. Quise despertar de aquel maldito sueño. Se estaba convirtiendo en una obsesión, parecía inventado por el brujo de las pesadillas y los engaños.
Caminé hacia ningún lugar “Encabronado” Así transitaron cuatro lentas horas hasta que decidí sentarme en un banco de un parque. Observé el rotulo de una agencia de viajes.“Villa Perdida de las Torres” Un p
araíso al mar. Mi lugar de descanso. Pensé que quizá todo no estaba tan perdido.