El fantasma del pan  10  último capítulo

El fantasma del pan 10 último capítulo

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El fantasma del pan 10

Tras una semana de trabajo en el ferrocarril Pepe se presentó en casa con un paquete de comida. Andrea quedó sorprendida cuando lo vio entrar por la puerta sonriente y con la caja bien atada. Los críos se arremolinaron alrededor de los padres que la habían colocado sobre la mesa de la cocina. Los alimentos eran básicos, garbanzos, lentejas, habichuelas, arroz, harina, manteca, una cola de bacalao seco y una lata grande de sardinas en aceite. Aquello era una bendición para la familia que estaban muy necesitados. La mujer interrogó a su marido sobre aquello y él dijo que se lo habían dado en el economato de la ferroviaria con cargo al sueldo que cobraría al final del mes.

—Pero esto es mucho gasto… —protestó la mujer

—No te preocupes. El economato es más barato que la tienda, me lo han dicho los compañeros que llevan más tiempo en el trabajo. Además, los niños necesitan comer y nosotros también. Todavía faltan quince días para que me paguen y mientras podemos arreglarnos con esto.

—Sí, claro que sí… —dijo ella comenzando a guardar todo en la alacena que estaba completamente vacía. Por fín podría hacer un buen potaje para su familia y llenar con algo más que pan y tocino seco la capacha de su marido.

Pasaba el tiempo. Las noticias de la guerra llegaban al pueblo sobre todo por los contingentes armados que solían atravesar sus calles y el alboroto que esto suponía entre los habitantes, aunque cada vez se sentía más los efectos de ésta cuando, alguno de los jóvenes que luchaban en el frente, volvía a casa maltrecho o directamente le llegaba a la familia la desaparición de su hijo, hermano o marido.

Pablito había recuperado las ganas de jugar y bromear con su hermano. Se enzarzaban en peleas cada dos por tres sin causa aparente. Desde que su padre trabajaba en el ferrocarril no tenían que ir a mendigar y la madre pasaba más tiempo en casa, aunque ahora tenía que ir a la escuela, cosa que antes no había hecho y en realidad no les gustaba demasiado aquello de aprender letras y dibujarlas en la pizarra. Pero su madre insistía: «Leer y saber de cuentas le abriría muchas puertas en el futuro» les repetía cuando se hacían los remolones por la mañana. Además, tenían que llevar también a sus hermanas pequeñas y cuidarlas lo que les dejaba menos tiempo para disparar sus tirachinas contra pájaros, lagartijas o cualquier otro ser volador o reptante.

El fantasma que asustaba al niño atenazando su garganta, desapareció poco a poco, gracias a la pócima y el buen hacer de la hechicera que le curó de sus pesadillas y también al uso del hábito tanto que, estaba deseando llegase Navidad para deshacerse de él. Estaba harto de llevar faldas como las niñas ya que le impedían subir a los árboles y correr sin engancharse en cualquier arbusto que se encontraba en su camino.

Fué, precisamente cercana la Navidad, cuando una tropa de soldados llegó al pueblo y esta vez no pasó de largo sino que, ocuparon diferentes casas, el cuartel de la guardia civil, el ayuntamiento y la escuela. Los habitantes del pueblo se dieron cuenta de, que aquello que tanto temían, la guerra, había llegado y se quedaba. A partir de ahora, la historia iba a adquirir matices sangriento y diferentes que nada tendría que ver con «El fantasma del pan», o quizás ¿sí…?

Yo, por mi parte termino, la mía aquí.

 

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El Fantasma del pan  9

El Fantasma del pan 9

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La madre de Pablito consiguió la tela del hábito a buen precio, aunque se podría decir que casi se la regaló Don Antonio, el dueño del comercio cuando le dijo que era para su hijo. Sabía de los problemas económicos de su familia y si tenía que confeccionar un hábito para el chiquillo debía de haber un buen motivo. No le preguntó cuáles eran, eso no importaba. Le regaló el cordón que tendría que llevar arrollado a la cintura y Andrea se lo agradeció con lágrimas en los ojos. Era uno de los pocos hombres que tenía buena posición económica en el pueblo y ayudaba a personas que lo necesitaban cuando iban a su tienda buscando tela para confeccionar la ropa.

Pablito tuvo que sufrir algunas burlas de los amigos por su indumentaria, pero lo supo asimilar gracias a la ayuda de Inesa y su familia que le apoyaba y ayudaba a soportar aquel sambenito que debía llevar si quería librarse del molesto «demonio» que le acosaba. Sus visitas semanales a la curandera producían un cambio beneficioso en su persona tanto que, a las pocas semanas, ya lucía una piel lustrosa y sus mejillas comenzaban a mostrarse sonrosadas y rellenas bajo la piel. Cuando sus padres le preguntaban qué hacía en casa de la hechicera, él les contestaba que nada especial. Inesa le pedía ayuda para recoger hierbas por los alrededores y después se sentaban a la puerta de la cueva, cuando hacía buen tiempo, y dentro de la casa si llovía. Le preparaba un tazón de leche de cabra con pan y queso o embutido del que tenía colgado en la chimenea después de asegurarle que no era de niño, sino de los cerdos que a veces le regalaban por su trabajo.Le obligaba a tomarse una especie de pasta dulce y amarilla que no era muy agradable por su textura pero a la que acabó acostumbrándose. Pablito también dijo a sus padres que le acompañaba algunas veces a una cueva pequeña que estaba rodeada de abejas. Él no entraba y siempre se quedaba fuera,  pero la curandera se protegía  la cara con un velo y las manos con unos guantes. Prendía una lámpara que humeaba abundantemente y se adentraba en el interior sacando unas chapas amarillentas y pegajosas que se rompían fácilmente. El niño las sujetara con cuidado y las introducía en una orza de barro para llevarlas después a la casa de la bruja.

Andrea comprendió que la curandera estaba alimentando a su hijo con algún producto de la colmena. Sabía que Inesa usaba la miel desde hacía mucho tiempo y eso era posiblemente lo que le estaba dando al niño el lustre que no le había tenido nunca.  Lástima que sus otros niños no pudiesen beneficiarse del alimento mágico que estaba curando a Pablito.

Pasaba el tiempo, y los problemas de los jornaleros del campo no mejoraron, al contrario, la situación llegó hasta un punto casi insostenible por la tensión que se respiraba en todo el pueblo y  el resto de la provincia. Cada poco pasaban por el pueblo gente armada que reclutaban a jóvenes para unirlos a sus filas. Las revueltas iban en aumento y el descontento general se respiraba en el ambiente. Llegaron noticias de que los mineros del norte se habían sublevado siendo reprimidos brutalmente por la policía, aunque no estaba claro si se había conseguido sofocar la rebelión. A la quema de iglesias y conventos siguieron otros actos que no todos los partidarios de izquierdas aprobaban. Se recrudecieron los ataques y el gobierno no se vio con fuerzas para pacificar todos los conatos de rebelión que se producían. Acabó por declararse una guerra abierta entre el pueblo llano y los terratenientes, militares y religiosos.

Sucedió que, para el movimiento de tropas y material bélico se comenzó a reforzar el pequeño tranvía que unía el pueblo con la capital. Necesitaban trabajadores para ampliar el firme de la vía para que trenes de mayor anchura y capacidad pudiesen circular entre las poblaciones que el trenecillo recorría. Como era normal, los jornaleros se presentaban en la plaza a diario, y entre ellos Pepe que llevaba casi dos meses sin trabajo porque el capataz de la Veguilla no quería contratarlo. Después de que los jornaleros fueron seleccionados, los demás se quedaron como siempre a charlar un rato sobre la situación del país. Algunos se fijaron en un hombre de mediana edad vestido al estilo de la capital que subía por la cuesta que abocaba en la plaza.

Caminaba erguido, tieso como un palo a pesar de la inclinación de la calle. Se apoyaba sobre un bastón y vestía sombrero. Cuando llegó a la altura de los hombres que le observaban saludó con un gesto de cabeza y acto seguido preguntó:

—¿Alguien quiere quiere trabajar en el ferrocarril…?

Los trabajadores se miraron desconcertados. No habían escuchado nada de que el ferrocarril necesitase trabajadores.

—Será un trabajo de ocho horas, seis días a la semana y se cobrará a fin de mes, los días que hagáis en la vía.

Un murmullo desaprobatorio se escuchó entre los jornaleros. Ellos, como mucho, cobraban a la semana, pero lo normal era al día, cuando terminaban su jornada.

—Es demasiado tiempo sin ver el jornal…— dijo Pepe después de mirar a sus compañeros y comprobar que podía hablar en nombre de todos.

—El trabajo que os ofrezco no es como el campo— Aquí el que demuestre que tiene ganas de aprender y trabajar, tiene sueldo y trabajo asegurado para el tiempo que dure la obra.

Otro murmullo en la plaza, esta vez de sorpresa e incredulidad. A la mayoría de ellos jamás le habían ofrecido un empleo fijo y para largo. Estaba el problema del cobro del salario. La mayoría vivía al día y no se podía permitir estar todo el mes sin llevar dinero a casa.

Se hizo un corrillo. Hablaban acaloradamente, gesticulando con manos y cabeza en sentido afirmativo o negando con fuerza. El trajeado habló de nuevo:

—Si no queréis venir no pasa nada, me acercaré al siguiente pueblo.

Este comentario hizo callar a los hombres y se miraron unos a otros con preocupación. No estaban las cosas como para negarse a trabajar y que  la posible ganancia se la llevase el pueblo vecino.

Pepe fue el primero en aceptar. Dijo que le daba igual estar otro mes sin cobrar nada si al final le pagaban, de todas formas, el capataz de la Veguilla no le llevaría más a la finca. Otros le siguieron y algunos prefirieron esperar a que les avisasen del campo.

El contratante les dijo que podían comenzar inmediatamente pero antes tendrían que desplazarse en el pequeño tranvía hasta la estación de partida situada en la capital. Allí debían firmar un contrato de trabajo por el que ellos se comprometían a trabajar los seis días de la semana teniendo libre el domingo, y la empresa ferroviaria les pagaría un sueldo a final de mes. No iban muy convencidos, aunque no les quedaba más remedio puesto que sus familias se encontraban en bastantes malas condiciones.

Cuando Pepe volvió a casa por la tarde su mujer ya estaba preparando la cena: sopa de pan con un par de huevos que le habían dado en la casa a la que llevó la ropa limpia y planchada. Miró expectante a su marido pensando que quizá podría ir a la tienda a comprar algo más con el sueldo que le traía. Él se sentó a la mesa y le dijo:

—Me han contratado para el ferrocarril, pero no cobraremos hasta último de mes….

Andrea abrió los ojos como platos y se derrumbó sobre una silla secándose las manos con el delantal de forma nerviosa pues estaban limpias y sin una gota de agua.

—¿Has trabajado todo el día gratis….?

—Gratis no, mujer. Cobraré todo lo que trabaje desde hoy hasta el día treinta de golpe.

—¿Pero qué vamos a hacer  mientras tanto….? Ya debemos mucho dinero en la tienda y no me fían… Lo que yo gano da solo para pocas cosas… El pan que traen los chicos no es suficiente y a tu amigo Paco le debemos la leche de dos meses y ellos tampoco están muy bien de dinero….

—Ya lo sé… me lo dices todos los días… Has visto que el de la Veguilla no me ha dado un solo jornal y hoy se ha presentado esta oportunidad y la he aprovechado…

—¿Estás seguro de que te van a pagar todo a final de mes….?

—Espero que si… Hemos firmado un contrato entre la empresa y nosotros…

—O sea, que no has ido tu solo, por lo que dices…

—Mujer… hemos formado una cuadrilla tres compañeros más y yo. Vamos a trabajar levantando las traviesas viejas y agrandando la vía. ¿Sabes que amplían el trenecillo….? Lo necesitan para mover material de guerra….

—¡Ay, Dios…! ¿Te han reclutado para el ejército…? ¡Qué vamos a hacer si tu te vas a la guerra…! Ahora sí que no vamos a poder vivir…

Pepe se levantó dirigiéndose hacia su mujer que con las manos sobre la cara y  tapándose  con el delantal  comenzaba a llorar mientras repetía continuamente:

—Dios nos ampare… Dios nos ampare….

La alzó por los hombros y la abrazó con fuerza…

—Tranquilízate, mujer… no me han reclutado los militares. Esto es un trabajo civil, solo que no lo cobraré al día como se hace en el campo. Además, aquí ya ves que no tenemos militares, pasan de largo hacia otros sitios, de momento podemos estar tranquilos.

—Pero… —levantó la cara llena de lágrimas— pero…¿seguro que cobrarás…?

El hombre, ahogando sus dudas fijó la mirada en su esposa y con una seguridad que no sentía le dijo que sí. El día treinta le traería el sueldo íntegro y podrían comenzar a pagar las deudas y vivir un poco mejor, pues el trabajo era fijo y a largo plazo.

Las risas de los niños que en ese momento entraban de la calle, hizo que Andrea limpiase rápidamente las lágrimas que cubrían su rostro y separándose del marido recibió a sus hijos como si nada hubiese pasado. Venían acompañando a Pablito que acababa de volver de la casa de Inesa y le preguntaban cosas sobre lo que había estado haciendo. Sabían, además, que ese día  su  madre les daría la ración de sopa que su hermano no comería pues ya lo había hecho en casa de la bruja.

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El fantasma del pan 8

El fantasma del pan 8

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Andrea sentía el dolor de su hijo y lo acarició con ternura acunándolo  como a un bebé, mientras pensaba la mejor forma de ayudarle. No parecía que Pablito estuviese enfermo aunque no sería mala idea llevarle a la curandera para que le viese. Ellos no podían permitirse los honorarios del médico y la bruja les aconsejaría sobre la mejor forma de tratar al niño.  Pensó también en acudir al párroco aunque esto  lo borró enseguida de su mente. Tendría que contarle lo de la muerte del mendigo y para estas cosas era más fiable la sanadora que el cura. Cuando la mujer vio que su hijo se había tranquilizado, lo dejo en la mecedora y fue a preparar unas rebanadas de  pan con aceite y azúcar para la merienda los niños.  

Después habló con su marido sobre lo que había pensado y él estuvo de acuerdo. Irían a la cueva donde vivía la Curandera.

Aquel día amaneció nublado, algo que no era muy frecuente teniendo en cuenta que se encontraban a primeros de julio. Andrea dejó a las niñas con la mujer del cabrero y con Pablito y su marido emprendieron camino hacia la cueva de Inesa que así se llamaba la hechicera . Llegaban ya a su casa cuando comenzaron a caer las primeras gotas de agua. La mujer se encontraba entretenida recogiendo los manojos  de hierba que colgaban sobre la puerta para meterlos en el interior evitando que se mojasen pues corrían el riesgo de pudrirse.

—Buenos días Inesa— saludo Andrea

Ésta volvió la cabeza y ante la visión de los visitantes sonrió

—Cuanto tiempo sin verte amiga. Ya pensaba que te habías olvidado de mí — contestó la curandera extendiendo las manos hacia ella.

Después de abrazarse efusivamente, Inesa saludó al marido y besó al chiquillo que la miraba asustado. Les hizo pasar al interior ya que la lluvia había comenzado a caer con intensidad.

—¿Y qué os trae por aquí…? — preguntó mientras acercaba el puchero del café al fuego y una cacerola con leche.

—Quiero que veas a Pablito—dijo Andrea—Le están pasando cosas muy raras… no sé…. como de brujería…

Inesa que alcanzaba unas tazas de la alacena se volvió hacia el niño y lo miró fijamente

Éste se encogió arrimándose a su madre. Aquella mujer le intimidaba pues a pesar de que parecía normal, la idea que tenían los chicos de ella en el pueblo era la de una bruja que se comía a los niños si se atrevían a merodear alrededor de su cueva. Cuando entró en la casa miró por si había alguna jaula, pero no vio nada. La habitación era completamente normal, a no ser por la cantidad de tarros de cristal sobre estanterías de madera y hierbas colgadas en ganchos del techo. También había embutidos por lo que tuvo la idea de que quizás eran de carne de chiquillos y que no se los comía asados sino en chorizos y morcillas. En una de las esquinas, una cama apenas cubierta por la cortina que separaba la habitación. Tampoco allí se veía ningún indicio de restos de críos. La voz de la mujer le sobresaltó y dio un respingo asustado saliendo de sus tétricos pensamientos.

—¿Has hecho alguna trastada Pablito…?

El niño se puso blanco y unas lágrimas comenzaron a bajar por sus mejillas. La madre miró a Inesa abrazando a su hijo.

—Fue en defensa propia. Él no tuvo la culpa  y ahora ese viejo no le deja en paz. Es el mismo demonio.

La mujer colocó las tazas sobre la mesa camilla y fue sirviendo el café añadiendo la leche en la medida que sus invitados se lo indicaba. El café con leche era un lujo que se podía permitir gracias al rebaño de cabras que tenía. Fabricaba también queso para vender en el pueblo a los que lo podían comprar y por el que cobraba buenos dineros. Al niño le sirvió una gran taza de leche manchada solamente con un poco del líquido marrón añadiendo dos cucharadas de azúcar.

Puso en la mesa unas tortas dulces de aceite y ajonjolí que ella había hecho y dejó que la familia tomasen este desayuno poco habitual para ellos.

Hablaron de chismes del pueblo y de cómo estaban sucediendo cosas que no gustaban demasiado a ninguno de ellos pues suponían que las revueltas y descontento de la gente tendría un final no deseado por nadie pues abocaba a una revolución que todos temían. Algunos pensaban que   los sucesos que estaban ocurriendo acabaría en una guerra entre distintas fuerzas políticas del gobierno que no acababa de coger las riendas de la situación que vivía el país.

Cuando terminaron el almuerzo Inesa recogió la mesa y colocó sobre ella un tapete. Trajo unas velas que encendió y dispuso una vasija con agua entre ellas. Después echó sobre ésta los posos del café y se quedó mirando la forma que tomaban en el recipiente después de agitar enérgicamente con una cuchara de palo.

Pablito miraba con curiosidad los manejos de la bruja, pero cuando se acercó hacia él con las manos extendidas para tocarle, se escondió detrás de su madre. Andrea lo empujó suavemente hacia Inesa y le dijo que no tuviese miedo.

La curandera puso sus manos sobre la cabeza del niño y cerró los ojos. Después las bajó por todo el cuerpo analizando el campo energético del chiquillo comprobando al mismo tiempo la extrema delgadez de éste. Cuando terminó se acercó a las velas y las pasó por encima de ellas mirando al mismo tiempo  los posos del café que habían cambiado la figura en el contenedor de cristal.

Luego habló dirigiéndose a los padres.

—El niño está poseído por un demonio que le está consumiendo la energía. Debemos ayudarle y protegerle..

La madre se quedó mirando fijamente las velas y después preguntó angustiada:

—¿Y qué podemos hacer nosotros contra un demonio….? ¿Hablar con el cura para que le practique un exorcismo…?

— No hace falta — dijo Inesa. Vamos a defender al niño con un hábito y unas hierbas que deberá tomar todos los días. ¿De qué santos sois devotos?

—Del Señor de la Buena Muerte— habló el padre.

—De la Virgen María y de San Dimas— dijo la madre

—¿Y tú…?

Pablito asustado y tartamudeando logró decir:

—Co.. ..mo mi.. pa…dre.

—Pues ya tenemos el remedio— dijo Inesa— Vas a llevar el hábito del Señor de la Buena muerte durante un año y medio. Recuerda que no te lo puedes quitar, ni en invierno ni en verano, ni aunque los demás niños se burlen de ti. Eso y las hierbas que te daré, más una visita a la semana que me harás durante ese año, harán que el demonio salga de tu cuerpo.

El niño miró a sus progenitores y los dos asintieron. Entonces él también movió la cabeza afirmativamente.

—Tienes que prometerme que harás todo lo que te pido y sobre todo, venir a visitarme sin perder un día. Es importante para curarte.

Inesa y su marido se despidieron agradecidos de la hechicera con la promesa de entregarle algún dinero cuando Pepe encontrarse un trabajo. Andrea dijo que confeccionaría el hábito de su hijo y quedaron en que los viernes subiese a ver a la mujer en su cueva.

Photo by M. Martin Vicente

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El fantasma del pan  7

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Cuando Andrea miraba a Pablo lo veía más pálido y delgado que al resto de sus hijos. Caminaba con la espalda encorvada como un anciano, llevándose a menudo las manos al cuello como si le ahogase una cuerda invisible. La pesadilla que le asustó tanto el día que apedreó al mendigo le asaltaba cada noche, aunque ya no gritaba para no amedrentar a sus hermanas, se acurrucaba junto a Pedro y abrazado a él lloraba en silencio hasta que se volvía a dormir. Había veces que el hermano se despertaba y le consolaba, pero no llamaban a su madre que bastante tenía con trabajar, cuidar de las niñas y preocuparse por la salud del padre que había salido de la cárcel muy desmejorado, amén de que no encontraba trabajo y cada vez volvía de la plaza más alicaído y cansado.

 

Los niños tenían por costumbre extender una manta en el portal para echar la siesta todos juntos. Era un momento en que  la familia compartía esa estancia: Los pequeños dormían en el suelo y los padres, cada cual en su mecedora, observaban a los chiquillos mientras daban alguna que otra cabezada. En las tardes calurosas adormecerse después de la comida era inevitable y qué mejor lugar que el zaguán con las baldosas de piedras recién fregadas  para refrescar el ambiente y el sonido de las chicharras en el exterior ambientando el mediodía.

Una de estas tardes en que todos dormían Andrea abrió los ojos pasmados de horror. En su pesadilla el hijo menor desaparecía ante ella arrastrado por las garras de un demonio que se lo arrebataba del regazo. Buscó a Pablo en la manta  para comprobar que se encontraba bien y lo que vió la hizo palidecer. Su hijo se encogía poco a poco sobre el jergón adoptando la postura del feto en el vientre de la madre y le pareció que su niño estaba desapareciendo poco a poco.  Un grito desgarrador escapó de su garganta despertando a los demás que se frotaban los ojos soñolientos y asustados ante la imagen de la madre gritando desesperada señalando a su hermano. El niño parecía una bolita enroscado sobre sí mismo,al igual que las cochinillas, daba la impresión que de un momento a otro se iba a volatilizar en el vacío. El padre se abalanzó sobre la manta para cogerlo en brazos, pero se estrelló contra un muro invisible que le hizo rebotar hasta caer al suelo, quedando tirado como un fardo, sin fuerzas  para levantarse y recuperar el aliento.

 

Andrea se sobrepuso al temor y corrió escaleras arriba hasta su altar rogando a la Virgen a Dios y a todos los santos que se le ocurrieron que protegieran a su hijo del diablo porque se lo quería llevar con él a los infiernos. Cogió la botellita de agua bendita y bajó a zancadas los peldaños esparciendo inmediatamente el líquido sobre  Pablo que prácticamente había desaparecido del camastro.

 

—Padre nuestro que estás en los cielos…. —dijo a su familia que rezaran con ella— santificado sea tu nombre…. — la voz asustada de sus hijos sobrecogió aún más a la mujer, — venga a nosotros tu reino…..— el vozarrón de su marido se impuso en la estancia…..

—Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…. — el llanto de Andrea distorsionaba su voz pero siguió rezando junto a sus hijos y su marido sin dejar de regar agua bendita sobre Pablito y alrededor de él. Un vapor espeso y maloliente comenzó a subir hacia el techo como si bajo la manta se cociesen huevos podridos o como si las puertas del Averno se hubiesen abierto bajo los cimientos de la casa.

Que el líquido tenía poderes sobrenaturales quedó demostrado plenamente cuando el pequeño comenzó a surgir de entre el vaho en su forma y tamaño original. Se extrañó del mal olor que reinaba en el portal y de ver a su familia mirarle con ojos llorosos y expectantes.

—¿Te encuentras bien….?— preguntó su madre con ansiedad yendo hacia él con los brazos extendidos en actitud protectora.

—Estoy bien pero, ¿qué ha pasado….? ¿Ardió alguna cosa…?

Los chiquillos se movieron con nerviosismo y la más pequeña con voz de pito le dijo señalando la manta

—Tú echabas humo en el suelo….

Ante el asombro de Pablito se escucharon unas risillas nerviosas de parte de sus hermanos….

Levantó la cara hacia su madre deshaciéndose del abrazo y comprobó que sí, que lo que decía Librada tenía sentido, sus ojos lo confirmaban y entonces algo dentro de él se rompió recordando el sueño que había tenido.

 

Unas manos con uñas como garras y fuertes igual que tenazas le arrastraban del cuello hacia la profundidad de la tierra donde un calor asfixiante amenazó a derretir su cuerpo y hacerlo  cada vez más pequeño….

 

Se estremeció de miedo y apoyando la cabeza contra el seno de su madre comenzó a llorar con desesperación….

Photo by Manel

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El fantasma del pan 6

El fantasma del pan 6

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Cuando Pepe entró por la puerta de su casa su familia estaba preparándose para comer. Andrea y sus hijos le miraron como si no le reconocieran antes de lanzarse a sus brazos y rodearlo mientras le hacían preguntas de todas clases. Se le veía muy delgado y envejecido, la piel de las mejillas estaba pálida como la de un muerto y tenía los pómulos hundidos y marcados como una calavera.

Andrea miraba a su marido con los ojos anegados en lágrimas de alegría por un lado pero por otro, de pena al ver en lo que se había convertido el hombre al que amaba tras su encierro.

—No te han dado de comer— aseveró con voz angustiosa

El hombre la miró y asintió con la cabeza. También él tenía un nudo en la garganta al ver cómo los niños agarrados a sus piernas le miraban con rostros sonrientes, contentos de que el padre estuviese otra vez con ellos en casa y ajenos al sufrimiento que todo su cuerpo transmitía a través de él.

—¡Niños, a la mesa…! — habló de nuevo Andrea—Dejad que vuestro padre se siente y descanse. Ya tendréis tiempo después de preguntarle cómo lo ha pasado en la casa grande y os cuente historias de lo que queráis.

Revoloteando todavía, los niños se fueron colocando alrededor de la mesa dejando Pablo el sitio de su progenitor libre pues era el que había ocupado los días en que él no estuvo en casa.

La madre colocó el puchero de garbanzos en la mesa. Los niños aplaudieron. Ya les había llegado el olor a cocido mientras estaba preparándose en el fuego. Eso suponía que hoy era un día de fiesta aunque el calendario marcaba martes además de que podían llenar sus estómagos con una rica sopa de pan hecha con el caldo y después, comerían la legumbre con un trozo de costilla de cabrito y tocino, todo un festín en honor a su padre.

Comieron pausadamente y en silencio como era costumbre en la casa, saboreando cada cucharada del plato que tenían frente a ellos y dando gracias a dios los mayores por poder estar de nuevo  reunidos y a salvo de lo que sucedía en el exterior.

Andrea se permitió descansar ese día y todos pasaron juntos el resto de la jornada para resarcirse de la angustia y el miedo que habían pasado sin el cabeza de familia, pilar de la estabilidad emocional y económica junto con el apoyo de su mujer y la ayuda de los mayores.

Al despuntar el alba del día siguiente, la rutina se instaló otra vez en la familia. Paco el cabrero pasó por delante de la casa como hacía a diario y asomó la cabeza por la ventana saludando a todos que en ese momento saboreaban su tazón de leche con pan.  Sabía que Pepe estaba en casa, pero no quiso importunar al amigo para que éste pudiese disfrutar de su mujer y sus hijos. Quería hablar con él de los últimos acontecimientos que se habían ido sucediendo en el pueblo y en los alrededores de éste así como en la capital y el resto del país. Llegaban noticias de otras revueltas en las fincas, jornaleros que se negaban a trabajar, mineros que se revelaban contra las condiciones de su trabajo, huelgas de los obreros en las fábricas, movimientos de protesta, ataques a iglesias y estamentos sociales….. La sombra de la guerra se iba perfilando en el horizonte de un país dividido entre ricos y pobres donde el gobierno, demasiado progresista para la época había, querido unificar o limitar las diferencias tan acentuadamente marcadas entre la población. Eliminar el analfabetismo de la clase trabajadora y el poder excesivo de los terratenientes sobre sus jornaleros; hacer una sociedad más justa con los pobres y menos permisiva con los ricos; igualdad de derechos para todos….. Pero entre los que detentaban el poder había muchos que no estaban  de acuerdo con la eliminación de sus prerrogativas y los movimientos de protesta se habían generalizado por toda la región. Las noticias que llegaban del resto del país no eran mejores, se respiraba en el ambiente aires de revuelta, ansias de justicia llamando a las armas a la población.

—¿Tan grave es la situación?— preguntó Pepe al cabrero cuando éste le contó lo que estaba sucediendo

—Muy grave amigo—contestó Paco. Hace un par de día, llegó al pueblo el hijo de Angustias, ya sabes Jerónimo que marchó a la ciudad para trabajar en una fábrica de zapatos. Consiguió que le contrataran pero tuvo que regresar, igual que todos, cuando le despidieron alegando que el trabajo se había terminado. Dice que allí se habla de revolución, de guerra. Parece que por el norte el problema es todavía mayor. En algunos sitios han comenzado a quemar iglesias y conventos.

 

—¿Y quienes se dedican a hacer esa barbaridad?—dijo Pepe  mirando fijamente a su amigo

—Pues…. parece que….. dicen que son grupos de jóvenes incontrolados…. Culpan a los curas de estar compinchados con los empresarios y los terratenientes que explotan a los obreros. Pero tengo mis dudas de que actúen solos….

—¿Ha pasado algo en la Iglesia….?

—No, aquí no, pero pueden venir en cualquier momento. Los que hacen eso no son gente del pueblo  o la ciudad. Son grupos que se presentan en los pueblos, organizan el escándalo y luego se marchan.

—Pues si llegan aquí no quemarán nuestra iglesia. Una cosa es el trabajo y otra las cosas de Dios.

 

Los dos amigos siguieron hablando, mientras las cabras ramoneando las hierbas que nacían entre el adoquinado de la calle tomaron el camino de la salida del pueblo. Paco las detuvo con un silbido y como si una pared se hubiese interpuesto entre ellas y el campo, quedaron quietas donde estaban. Se despidieron y Pepe se dirigió hacia la plaza a pesar de las advertencias de su amigo. Quería conocer de primera mano lo que se rumoreaba por el pueblo y cómo se encontraban sus compañeros, aquellos que habían participado con él en la revuelta de la Veguilla.

 

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EL FANTASMA DEL PAN  5

EL FANTASMA DEL PAN 5

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Algunos jóvenes del pueblo que habían emigrado a la capital, regresaron al no  encontrar trabajo en ninguna de las fábricas que visitaron, por lo que el número de jornaleros que esperaban en plaza para ser contratados pasaba ya de un centenar. Al aumentar la oferta de trabajadores, el sueldo diario bajó de cinco pesetas al día a cuatro cincuenta, con las mismas horas de trabajo. Los hombres, descontentos, se rebelaron dejando de ir al campo, pero el capataz de la Veguilla consiguió mano de obra en los pueblos de alrededor. A las rencillas irreconciliables que existían entre los distintos municipios, el hecho de que viniesen a quitarles el trabajo, aceptando el precio que El Señorito había fijado, acabó indignando los nativos que se presentaron en la finca para disuadir  a los forasteros de trabajar las tierras. Portaban palos, navajas y alguna que otra escopeta de caza dando lugar a una trifulca, donde más de uno acabó malherido y en el cuartelillo de la Guardia Civil. Las escopetas y armas blancas era bastante normal llevarlas al campo por si se encontraba alguna pieza de caza para llevar algo de carne a la familia. Entre los detenidos se encontraba Pepe a quien, después de curar una  herida en la cara, le mantuvieron encerrado durante una par de semanas ya que la Guardia Civil le  consideraba el cabecilla de los jornaleros del pueblo.

Andrea, agotado el dinero que sus hijos habían conseguido con la venta de los espárragos y teniendo al marido en la cárcel, tuvo que multiplicarse para lavar y planchar más cantidad de ropa de lo habitual. Pablito y su hermano le ayudaban en las tareas de casa y por la noche se encargaban de sus hermanas, mientras la madre entregaba las prendas limpias y cobraba el escaso dinero que le daban por su trabajo. Fueron dos semanas terribles para la familia, ya que en el cuartel no permitieron  a la mujer visitar a su esposo, por lo que ésta se temía lo peor.

Desde que Pablito  sufrió su pesadillas, en casa no se había vuelto a hablar más del mendigo, pero él seguía inquieto. Comía poco y se asustaba por cualquier cosa, volteando la cabeza hacia atrás continuamente como si alguien le siguiese. A menudo se pasaba la mano por el cuello, o se quejaba a su hermano de que no podía respirar. Todos  estaban muy delgados, pero Andrea se asustó cuando vio a su hijo con la piel pegada a las costillas el día que todos se bañaron en la alberca. Junto con las cestas ajenas de ropa sucia, llevó una con ropa limpia para ella y sus hijos. Las niñas necesitaban un buen fregado, sobre todo en el pelo que aparecía enmarañado, sucio y sin brillo. Pepe había cumplido el tiempo de su encierro y saldría al día siguiente según le informó el guardia que la atendió en el cuartelillo, pues todos los días pasaba por allí por si le daban alguna noticia. Quería que su  marido  viese a la familia presentable, sin rastro del sufrimiento que habían pasado desde que fue encerrado, y perfectamente limpios y aseados. Cuando Andrea preguntó a Pablo si le pasaba algo, éste contestó con evasivas, pero ella conocía a sus niños como «si les hubiese parido» decía a menudo. Era una frase que había heredado de su madre y la utilizaba muy a menudo cuando sabía que sus hijos le ocultaban algo. Lo dejó pasar, ya hablaría con él por la noche, en casa cuando todos estuviesen en la cama y pudiera concentrarse únicamente en él.

 

Continúa….

 

Photo by Manel

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