ÁGATHA, LA VECINA X

ÁGATHA, LA VECINA X

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 2 Promedio: 5]

 

Tan entusiasmado estaba con los volcánicos mordiscos de Minerva, que no escuché los golpes en la puerta. Ni siquiera pensé en el peligro que suponía ser descubierto, pero al momento surgió la inevitable pregunta… ¿Y ahora qué, chaval?

¡Con el trabajo que me había costado conseguir un puesto en el periódico! Y allí estaba yo, cagándola una vez más en mi vida, con los pantalones en el suelo. Maldiciendo mi mala suerte y esperando a ser pillado in fraganti por los socios inversores.

No sabía qué era peor, si desperdiciar el apoteósico temblor de los labios de la italiana en mi ingle, o perder el trabajo y ser despedido con honores de idiota. Necesitaba un sueldo, pagar el alquiler.

Llevaba pocos meses viviendo en Madrid. compartiendo piso con una chica..

Candela, era actriz. Alguien que intentaba hacerse un hueco en la ciudad de las mil oportunidades. Lo cierto es que éramos unos “mataos” sin dinero, pero vivíamos en la gloria. Ahora lo veo con más claridad que nunca. Juventud, libertad, independencia. Una gran ciudad, y todos los sueños por estrenar. Sin duda, fue la mejor época de mi vida.

Candela, trabajaba por las mañanas como camarera en un VIP`s, y por las tardes, asistía a clases de interpretación. Algunas noches acudía a estrenos de teatro o cine, donde se relacionaba con gente del mundillo. Y otras noches, me las dedicaba a mí. Casi nunca estábamos en casa. Pero cuando coincidíamos… era algo especial. Esa sensación de hogar fresco, sano y ventilado. Nuestra amistad estaba blindada, a salvo de cualquier inclemencia.

Lo cierto es que en medio de esa sana amistad, también existían momentos de enorme tensión sexual. Momentos descalzos, en el sofá, o en la cocina. Candela era melosa, entregada a los placeres de las delicias más dulces. No era raro encontrar en casa cuencos de higos, nubes, uvas y dátiles dorados. Pero no le gustaba comerlos a solas. “Las cosas dulces a medias, las amargas… en solitario” Ese era su lema. A veces tomaba una nube entre sus labios, y me ofrecía morder el otro extremo empujando con su lengua. O sostener racimos de uvas por encima de mi cara, para que yo los atrapase con mi boca al vuelo. Le gustaba acariciarme los pies, mientras veíamos alguna peli. Amorosamente, sin prisa. Entusiasmada, como si comiese algodón de azúcar o una piruleta en el cine. Me tenía siempre con el mástil tieso. Ella parecía no darse cuenta, pero sonreía y luego seguía chupando mis dedos… desde el pequeño al más gordo.

No pasábamos de ahí. Era un momento perfecto, relajante. Solo eso.

Pensé que, si nos enrollábamos, nuestra amistad acabaría por estropearse. Aquellos momentos de intimidad entendida y compartida, eran únicos. Difícilmente de explicar a otros.

Pero nosotros nos entendíamos de maravilla. Incluso sin hablarnos. Encendíamos varillas de incienso, y velas por toda la casa. Creábamos belleza en espacios efímeros, decorados mágicos de un solo uso… Una de esas noches enmeladas, de cine y chupeteo, sucedió algo… Algo inesperado.

Candela, se sentó, en una esquina del sofá, con las piernas cruzadas como los indios, y tomó mis pies entre sus manos. Besó cada uno de mis dedos, y pasó su lengua por ellos. Yo estaba encantado. Tumbado. Totalmente relajado. Candela conseguía hacerme olvidar mis pequeñas preocupaciones, y yo me recreaba en el rojo intenso de su cabello, o me perdía en el misterio de sus enormes ojos verdes.

—Candela, he pensado muchas veces en ti. En lo agradable que es volver del trabajo y encontrarte en casa.

—No creas, yo también lo he hecho, dijo mientras mordía un regaliz. Pero te confieso algo, no solo he pensado en volver a casa y encontrarte. A veces he fantaseado con la idea de enrollarnos. Incluso he llegado a imaginar que al llegar a casa te encontraría en la cama con una mujer. ¿Te imaginas?

—Ah, ¿si? No sabía. Y ¿qué sientes cuando piensas en esas cosas?

—¿La verdad? La verdad es que cuando lo hago, solo veo una opción posible. Desnudarme y unirme a vosotros, Candela sonrió guiñándome un ojo.

—¿En serio? ¿Has fantaseado en hacer un trío? ¿conmigo? Nunca dejas de sorprenderme, niña. Pero me halaga. Me gusta que imagines cosas así. Me pone. ¿Lo has hecho antes?

—No, no ha surgido la posibilidad con nadie más. Tuve ofrecimientos, sí, pero gente que no me interesa para nada.

—Y cuando imaginabas verme con otra chica… ¿le ponías rostro?

—Sí, siempre es la misma chica.

—¿En serio? ¿te has enrollado ya con ella? ¿La conozco? ¡joder, Candela! Quiero saber quién es… ¡Cuéntamelo todo! No sé cómo te las apañas, pero siempre acabas poniéndome de aquella manera.

—Bueno, ella es muy cariñosa. Es como una cachorrita suave y juguetona. Siempre está dispuesta, esperando el momento de acariciarte, o enjabonarte. Le gusta que nos duchemos juntas. Sí, eso le encanta. También hemos probado algún que otro juguete sexual, dentro y fuera del agua. Pero no hemos llegado a otros extremos.

—¡La hostia, Candela, calla ya! ¡Calla ya, alma de Dios! Tú sabes lo qué estás diciendo? ¿Tú sabes el efecto que causa en un tío, oír algo así? Es demasiado calenturiento imaginarte hacer esas cosas con otra chica. ¿La conozco?

—Sí, te he hablado de ella, pero nunca os habéis visto. Es Liu, mi hermana adoptiva.

—¡¡Joder!! ¿La filipina?

—No es filipina, ¡es thailandesa!

—¡Joder, joder! ¡¡Mira lo que has conseguido!!

Allí estaba yo,  como un quinceañero. Con la tienda de campaña montada en todo lo alto. Recreándome en las imágenes que me venían a la mente… Las dos hermanitas y yo…. Esto no iba a quedar así. Ya no. Ni hablar. NO…

Candela empezó a reírse, sin dejar de chupar mi dedo gordo del pie, diciéndome…

—Me gustas, pequeño saltamontes. Me gusta cuando callas, cochino, porque imagino lo que piensas. Me gustas cuando te descalzas y saboreo tus dedos, y las cosquillas que siento en los labios, mientras te pruebo. Me pregunto: ¿A qué sabrá el más gordo de tus dedos?

Por cierto, mañana por la noche viene Liu a cenar en casa. Llegará antes que yo, a eso de las ocho. Espero que la trates especialmente bien.Ya sabes, será nuestra invitada…

Continuará…

ÁGATHA, LA VECINA IX

ÁGATHA, LA VECINA IX

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 2 Promedio: 5]

 

Debería escribir mis memorias. Sí, debería hacerlo como un bien social. ¡Cuántos hombres y mujeres me estarían agradecidos! La naturaleza humana es sencilla. Se reduce a tres placeres primitivos y un solo placer verdadero. Ejem, ejem y ejem. Todo se reduce a eso. Solo eso. De cintura para abajo seguimos siendo prehistóricos en las cavernas. Es la puta realidad.

Decía que, nuestra naturaleza es sencilla, básica, salvaje. Yo, por ejemplo, estoy deseando meterla en el huequito de Ágatha. No puede ser que esté solo en casa durante cinco días, que tenga a una vecina joven y potente pidiéndome  a gritos que la estampe contra el cabecero de la cama, y que se pasen los días sin lograrlo.

Cuando me pregunto, cuál de mis historias ocuparía el primer capítulo en mis memorias, siempre me viene una a la mente. La de Minerva, la viuda de Ristendi, mi compañero de necrológicas, en Milán.

Recuerdo cuando Minerva llegó a la redacción. Yo era un joven becario, demasiado novato en todo. Un tímido enamoradizo e inexperto, que se sentía terriblemente atraído por unas piernas bonitas y una señora bien vestida… Minerva era como esas actrices italianas de los 50. Maciza e imperiosa. Sensual e inalcanzable. Una exuberante diosa romana de la fertilidad. Viuda a los ocho meses de celebrar una lujosa boda en Milán, y con demasiada tristeza que soportar, pidió traslado urgente de oficina, y de país.

Y allá que apareció para deleite de los simples mortales. Pequeños hombrecillos que jamás habíamos visto una mujer así, más que en el cine.

Tenía todas las curvas del mapa encerradas en su cuerpo. Era fácil marearse con tan solo mirarla. Curvas, y más curvas… Todos estábamos hipnotizados, idiotizados con el vaivén de su caderas. Su curvilíneo trasero enmarcado siempre en faldas rectas. Nos invitaba a soñar con sus muslos duros y torneados. Malabaristas en equilibrio sobre tacones de vértigo. Pronto olvidó su pena, todos la mimábamos demasiado. Y ella… ella se dejaba querer en su afán por salir de la tristeza.

Su puesto como secretaria de dirección potenciaba su estilo. Siempre tan atractiva, tan educada en el trato. Con ese dominio de lenguas, seis idiomas nada menos. Yo soñaba con sus clases privadas de francés, de griego, de ruso, y hasta de cubano. Minerva se convirtió en un deseo ardiente y codiciado por todos nosotros, que nos matábamos a pajas en el baño, tras verla caminar por los pasillos de la redacción. Se trataba de una fantasía recurrente. Hasta aquel día, el día en que…

Siempre recordaré que era viernes. Fue una mañana de locos en la que esperábamos la visita de unos inversionistas interesados en impulsar el periódico, darle un giro al contenido y una mayor proyección de futuro. Todo debía estar en perfecto orden de revista si no queríamos que el socio inversor saliese huyendo.

Mi jefe inmediato me mandó al cuarto de los ratones, a desatascar la fotocopiadora. El trabajo de los becarios es así de ingrato. Al parecer, alguien la había atrancado de papel al darle varias veces a imprimir sin lograrlo. Tuve que desenchufarla, abrirla y meter mi cabeza hasta el fondo.

Cuando estaba afanado, con la cara llena de tinta y sudando como una foca en un pajar, sentí abrirse la puerta del cuartillo. Tenía la cara hundida dentro de la fotocopiadora, solo pude girar un poco el cuello y mirar hacia el suelo.

Lo que vi fueron unos sugestivos tobillos y unos tacones de charol rojo… ¡Dios! Ese color impactó de lleno en mi cerebro. Imaginé que ella estaría observando mi trasero, por la postura que yo tenía, con la cabeza hincada en las entrañas de aquella maquinaria.

Mi imaginación se disparó, pude sentir hasta el roce de la palma de su mano en mis nalgas. Se me puso dura al momento. Y no era plan de girarme a saludarla. Durante cinco absurdos minutos ella me hablaba y yo le contestaba de espaldas, con el pulgar hacia arriba… Sin sacar la cabeza de la fotocopiadora.

Me puse nervioso, ahora sudaba como un cerdo. La oía hablar, y yo solo contestaba con un: Aham, ahamm, aaham. Mi nivel de timidez resultaba patético, decidí sacar la cabeza y dar la cara.

Pero al girarme e incorporarme, se me enganchó la cremallera en el tirador, ¡¡lo que me faltaba!!

Ahora me encontraba intentando desengancharme. Dando saltitos con la “estrella del rock” dura como una banana verde. Enganchado a una puta fotocopiadora. Minerva se tapaba la boca para que las carcajadas no alertaran a los demás… Ni en mis peores pesadillas habría imaginado que mi primer encuentro con ella, sería así. Después de unas risas, ella se puso más sería y me dijo…

—¿Necesitas ayuda?

—Joder, sí nena… ¡vamos!

Eso, eso es lo que yo habría querido decirle de ser un tío duro, y no un gili con la verga tiesa y atrapada en el pantalón. Me contuve.

—Sí, claro. Te lo agradecería, es una situación incómoda… Te lo ruego, ¡¡¡ Ayúdameeeeee!!

Me faltó echarme a llorar. ¡Qué desastre!

Y Minerva sin dejar de sonreír se acercó peligrosamente para soltar mi cremallera. Fue mucho peor, creí que el pantalón estallaría. Me estaba mareando. Normal, la sangre no me llegaba al cerebro precisamente. Me daba cien vueltas la habitación por cada roce de sus manos en plena maniobra de salvamento.

Por fin pudo liberarme…

Le di las gracias sin dejar de mirarla a los ojos… Y se fue sin decir ni adiós, pero dejándome el espléndido paisaje del contoneo de su trasero en equilibrio con sus zapatos rojos. Suspiré viéndola marchar… Imaginando como sería tenerla en la cama. Era una mujer volcánica, que siempre me ponía a punto erupción.

Intenté volver en mí mismo, dejar de soñar despierto. Como pobre mortal.

Pero, para mi asombro, Minerva no salió del cuarto… La diosa italiana echó el cerrojo de la puerta, y se dio la vuelta caminando hasta mí. No sabía si gritar o correr… o quedarme a morir de pie y de gusto.

Un hombre puede estar encantado, con todas las señoras, es cierto… Pero con Minerva, mucho más.

Se acercó a mi cara, hasta rozarme con sus gruesos labios, respirando cerca, sin llegar a besarme… Repasó el perfil de mi boca con su lengua caliente, en una especie de cata o degustación… Y después se fue deslizando hasta el suelo, pasando sus manos por mis hombros, pecho, cintura, y ponerse al fin, de rodillas frente a mi…

Rodeó mi trasero con sus brazos para acercarme a su boca. Y con la pericia de un taimado ladrón, atrapó entre sus dientes la cremallera, bajándola del todo… Mi verga salió disparada, dándole una buena cachetada en toda la boca. Me miró divertida y  encantada de conocerla. Acto seguido, hundió su cara en mis ingles, besándolas muy despacio, poco a poco, a pequeños mordiscos.

 

Y entonces, la puta comisión de inversores en pleno, llamó a la puerta… ¡¡¡JODERRRRR!!!

Continuará….

ÁGATHA, LA VECINA VIII

ÁGATHA, LA VECINA VIII

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 1 Promedio: 5]

 

Son las dos de la tarde. La hora perfecta para bajar a casa de Agatha. Tomaremos algo ligero. Porque digo yo, que dirá ella: “el pobrecito vendrá hambriento”… Y algo me ofrecerá. Momento en que yo aceptaré su propuesta y después, en los postres… ¡Zas!

Y a volar, que ya está bien. Que llevo dos días recalentao y en remojo.

A ver si me va a tener esta, como la mujer de Avellaneda, el farmacéutico de la esquina.

Y mira que la estaba viendo venir, «Apolito, que no es mujer para ti, que esa sabe latín y fórmulas magistrales». Pero a veces la polla se me pone tonta, y me consume toda la energía y se pone a pensar por sí sola… Y me monta cada sarao, que no puedo con la vida.

Yo había ido por un encargo que no era para mí, pero quién le explica eso a Pilar, con la farmacia llena de abuelos con tos-ferina y mamás con cangrejera. Esa es otra…. las mamás, que me comen con la mirada. ¡Y ya está bien! yo no soy ningún muñeco de tarta, no tengo que salvarlas a todas, ni hacerles sus fantasías realidad. Joder, que soy un hombre sano. No un adicto como Michael Douglas. Que yo no estoy todo el día chingando por vicio. A lo mejor hay ratos que me destrozo a pajas, eso es verdad, pero luego paro… Y picoteo algo de comer y veo algunas series. Que lo mío es por diversión sana. Y no puedo estar aliviando a todo el barrio.

El descaro de Pilar creció por momentos. Fui por un lubricante que el ginecólogo le había recetado a mi mujer, para los ejercicios con las bolas chinas. Y Pilar, con esa cara de vicio, me dijo que pasara más tarde a recogerlo, cuando lo tuviese listo. Y Prudencio, su marido, al lado. ¡Yo no tengo edad de estar partiéndome la cara con señores del barrio!

Dejé de ir a la farmacia durante dos semanas y en lugar de olvidarme, empezó a mandarme notitas. Al principio me las pegaba en el cristal del coche, pero viendo que no le hacía caso, empezó a dejármelas en el buzón de casa.

Tengo todo el lubricante en el almacén. Ven para que veas”

¡Lo que me faltaba, tirármelas y después hacerles una auditoria!

En vista de que no le hacía caso, se fue crispando poco a poco. Una mujer desatendida es un detonador nuclear en manos de Homer Simpson. Las notitas fueron subiendo el tono, pero en plan violento. Sus mensajes eran cada vez más agresivos, y me advirtió que no pararía hasta que se la metiese. Que ¿cómo se me ocurría abandonarla y sacársela, sin habérsela metido? Y que si no lo hacía, me atuviera a las consecuencias. Tuve que tomar una decisión. ACEPTÉ la misión.

Pero eso sí, tomé mis medidas. Le propuse una escena de película, que no podría rechazar. Yo llevaría un maletín con una serie de utensilios para satisfacerla. Me encargaría de que ella cumpliera su fantasía. Pero todo tendría que ser con los ojos tapados, y sin hablar. Accedió encantada. Le pareció incluso más morboso.

Y entonces llamé a Vicenzo, el redactor jefe de deportes de La Roma. que estaba pasando unos días en Madrid. Y en agradecimiento por su silencio y discreción respecto a la videoconferencia con Sonia, lo invité al juego.

Le advertí, que la señora en cuestión deseaba cumplir una fantasía. Pasar una noche con un hombre sin verlo, con los ojos tapados. En silencio, sin hablar. Y que estaba dispuesta a todo. No había ninguna otra restricción respecto al encuentro.

A Pilar la cité en un edificio de apartamentos muy chic. Se alquilan por noches completas o por horas, pero yo tengo tarifa plana que renuevo cada año. Para esta ocasión pedí el estudio del ático, y allí la llevé.

Entramos discretamente. Iba explicándole algunas curiosidades del edificio, pero ella no mostraba el más mínimo interés. Y nada más cruzar la puerta de la habitación, se encaramó a mi cuello y me aprisionó con sus piernas. Casi me tira. Agarré su culo a dos manos para que no se cayera, y la llevé a la cama directamente.

La lancé con fuerza al colchón, me sentí como si fuese Tarzán. Su minúsculo vestido me dejó entrever que no llevaba ropa interior. Me acordé de Instinto básico, encima la puñetera se parecía a la protagonista. Rubia y maciza, con mirada de bruja que quiere cobrarse algo.

Me la habría tirado cien veces seguidas, pero me molestaba que quisiera manejarme. Que fuese capaz de amenazarme tan fácilmente. No me gustan ese tipo de mujeres, por muy buenas que estén. No disfruto el momento, no me divierte, y pierdo el interés.

Pero con ella tenía que quedar bien, y la intervención de Vincenzo iba a ser providencial.

Acaricié los tobillos de Pilar, y fui subiendo hasta las rodillas. Con su lasciva mirada y sonriendo, se subió el vaporoso vestido hasta la cintura. Y yo se lo subí un poco más, hasta tapar su cara con él.

A partir de ahí le pedí silencio. Ya no estaría permitido hablar, ni ver. Tapé sus ojos con una cinta ancha, y até sus manos como cautiva, por encima de su cabeza. Hice pasar al erecto Vincenzo, que aguardaba la señal para entrar, escondido en el rellano de la escalera.

De nuevo extasiado, con aquellos ojos abiertos, grandes como huevos. Se relamía desnudándose impaciente, sin esperar a que yo saliese de la escena. Miré por última vez a Pilar, que se retorcía y mordía los labios, tendida y atada en la cama. Moviendo las caderas, reclamando. Esperando ser ensartada por un misterioso hombre silencioso.

ÁGATHA, LA VECINA VII

ÁGATHA, LA VECINA VII

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 2 Promedio: 5]

Hace dos días que Amelia se fue a Sigüenza.

Hace dos días que conocí a Ágatha en la piscina.

Hace dos putos días que intento bajar a su casa, pero aquí sigo, recordando toda mi vida sumergido en la bañera. Espuma y sales aromáticas. Tengo los dedos arrugados. Parezco un arándano seco… Aunque sé que detrás de estas grietas estoy yo. “No más me arrugué” que diría el magnífico poeta “Ahumada”.

Nunca he sido un mujeriego, esa es la verdad. Yo jamás he ido a buscarlas, todas han venido a mi encuentro. Atraídas y casi hipnotizadas. Parece que tengo un atractivo demoledor. ¡Qué le voy a hacer!

Porque los mujeriegos son otra cosa. Ellos van disparando aquí y allá, a ver que pichón cae del nido con cada perdigonazo. Se esfuerzan en conquistar a la ligera. En sumar recompensas sin el más mínimo sentimiento.

Pero yo no, yo las recuerdo a todas, y a todas las venero con cierto afecto. Las quiero, un poco. Es la puta realidad. Incluso a las que nunca he llegado a conocer en persona. Como a Sonia, la chica de Internet por la que estuve muy colgado.

Sonia era informática, trabajaba desde casa. Se encargaba del diseño y mantenimiento de la web del periódico. Mi columna había quedado aislada, perdida en vete tú a saber dónde, tras un ciber ataque. Así que durante algunas tardes hablé con la chica, dándole instrucciones precisas de cómo quería que quedase mi sección.

Era algo tímida, pero efectiva. Sabía captar rápidamente mis ideas y trasladarlas a la web. Después de varias conversaciones sobre el tema, tuvimos una reunión por videoconferencia para rematar algunos detalles meramente estéticos del trabajo.

Fue extraño lo que nos sucedió, muy extraño. Al vernos nos quedamos en silencio un buen rato, sin ni siquiera saludarnos. Dos hambrientos tímidos al descubierto. Lo cierto es que no teníamos casi nada en común, excepto el tema laboral y nuestra educación en el trato. Pero nuestro silencio nos unió de golpe en ese momento. Una corriente de aire cálido derribó el semblante de timidez que nos protegía.

Al finalizar la silenciosa reunión, y tras una sonrisa cómplice, Sonia se desnudó para mí, delante de la cámara. Fue un momento íntimo de proporciones planetarias. Su cuerpo menudo y su mirada frágil me inspiró gran ternura. Desprendía soledad. Necesidad de muchas variantes de cariño.

Tan absorto estaba en mis pensamientos que olvidé por completo advertirle a la chica que tenía otra llamada conectada. Estábamos en multiconferencia con la sede de nuestro diario en Roma, para ajustar unos titulares de última hora.

—¡¡Mannagia, che figo!! se atrevió a entonar exaltado, Vincenzo, el redactor jefe de deportes de “La Roma“, desde el otro lado de la cámara, con los ojos tan abiertos como dos huevos de avestruz en una sartén. Cerramos la llamada de golpe, igual que dos niños que han sido descubiertos.

Durante meses estuvimos quedando los viernes por la tarde, para tomar café. Cada uno en nuestra casa. Hablábamos de como nos había ido la semana, del tiempo. Ella desnuda, y yo vestido. Ella caliente, y yo encendido. Al terminar la conexión me hacía unas pajas memorables, y después me iba a correr unos cuantos kilómetros.

Necesitaba airearme, tomar oxígeno. Pensar hacía donde iba mi vida. Un hombre no puede estar parado mucho tiempo en el mismo lugar. Me planteé seriamente aceptar el cargo que me habían ofrecido en la sede de Milán. Pero lo mejor iba a ser pensar las cosas con calma, y nada mejor que acabar mis caminatas con un final feliz, en el Harlem. El salón de masajes de mi amiga Liu, la explosiva thailandesa de tetas de mandarina y culo de melocotón.

Joder, ¡¡qué batidos nos hacíamos!!

Continuará….

ÁGATHA, LA VECINA VI

ÁGATHA, LA VECINA VI

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 2 Promedio: 5]

 

La noche tiene razones, que la razón no entiende…

Sí, Amelia es la esposa perfecta. Cuando decía que conozco sus debilidades, me refería a estos deleites del alma humana que solo alguien como ella conoce y sabe gozarlos sin miedo. Amelia es franca, natural. Sin falsos prejuicios. Ella sabe dar y pedir de la misma manera.

Y es que Amelia, disfruta sin miedo de sus sueños, de recrearse en ciertas fantasías. Ya desde joven, sus primeras experiencias fueron encerrada en los baños del colegio. Juegos que iban más allá del puro conocimiento anatómico. En más de una ocasión Sor Virtudes, la jefa de estudios, la sorprendió en estas guisas. Y acto seguido, su madre recibía una carta en la que se le daba aviso del grave peligro en que estaba la muchacha al ser presa de la tentación del mismo demonio.

Mi suegra, una señora de rancio pueblo y misa diaria, no comprendía cual era la advertencia de aquella nota, pero pensó que rezando y masticando despacio, cualquier pequeño vicio podría disiparse. Y así, la chica volvería derechita y juiciosita por el camino de la luz bendita. Tan solo le reclamaba y le pedía a su hija que no jugase más con las niñas en los baños. Que eso no era de muchachas respetables. Y Amelia, por la salud mental y espiritual de su madre, adoptó el papel en casa de abnegada santa y mártir. ¡Ay madre! que usted no sabe como está el mundo ahí afuera. Por si acaso usted no salga, madre… No sea que me vea…

A Amelia la conocí de noche, a oscuras y en la cama..

En aquel tiempo yo solía frecuentar cierto tipo de bares, de curiosos ambientes. Y descubrí por azar a Emanuel, la chica libanesa  que trabajaba de camarera en uno de ellos, concretamente en el Club Alexander. Un lugar de intercambio de parejas de alto poder adquisitivo. Me gustaba tomar una copa y ver el ambiente que se manejaba. Me daba cierto morbo, lo justo. Un suave toque caliente que no quemaba, pero que me ponía a tono para mantener una placentera charla con una mujer.

Nunca accedí al interior del garito, siempre acudía solo. Prefería quedarme en la zona de la barra, charlando con ella. Y para tríos, ya me lo montaba bien en casa, a mi manera. No necesitaba el juego intermediario del local. Nos hicimos amigos, manteníamos largas y profundas charlas, pero sin penetraciones. Confesiones que solo se hacen de noche y en la barra de un bar. Ella era la encargada de cerrar el negocio cada noche. Cuando todos se iban nos quedábamos tras la puerta y teníamos lo nuestro. Aunque, “lo nuestro” era un tanto especial, ya que Emanuel tenía algunas manías, a las que yo accedí sin contemplaciones, por supuesto. Me molaba darle ese gusto, satisfacer sus rarezas. Me advirtió desde el primer momento que podría hacer de todo con ella, excepto penetrarla.

Creo que eso me ponía más cachondo todavía. Era la primera vez que una mujer me pedía algo así.

Emanuel solo quería disfrutar de su clítoris frotándose con otro clítoris. Una guerra cuerpo a cuerpo, de igual a igual. Y para ello siempre contaba con alguna complaciente y experta amante clitoriana dispuesta a jugar.

Fue así como conocí a Amelia, mi esposa… “La experta amante clitoriana de Emanuel”

ÁGATHA, LA VECINA V

ÁGATHA, LA VECINA V

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 2 Promedio: 5]

 

Perdí la noción del tiempo. Las horas con Carmencita pasaban sin darnos cuenta. En casa y en el trabajo la gente empezó a reclamarme.

Y es que cuando uno ha cogido vicio, se pierde sin remedio.

Decidí que lo mío con la sobrina de Pérez debía terminar. Había que zanjar el tema por completo. La chica ya conocía la ciudad y sus garitos más oscuros. Era el momento de dejarla marchar. Le iría bien, estaba seguro de ello. Durante algunas semanas estuvo buscándome. Intentando soliviantarme con algunas mamadas dentro del coche, aparcado en el garaje de casa. Me asombraba la soltura, la destreza con la que se comunicaba conmigo sin palabras, tan solo con los golpecitos de lengua en mi verga. Y me admiré de mí mismo, del febril dominio adquirido, a la hora de traducir los mensajes en mis dos cabezas.

Dije adiós a Carmencita, sin remordimiento, aunque con cierta pena. Era mi criatura, la que había creado con cada encuentro en la trastienda, pero todo maestro sabe que sus alumnos son gente de paso, y que hay que dejarlos marchar para que evolucionen con naturalidad.

“Regresé” a casa con mi señora. Ciertamente la había desatendido en el último mes y decidí recompensarla. Le propuse llevarla el fin de semana a la casa de la playa. Nuestros polvos allí, siempre han sido memorables. Y en cuanto le dije de irnos, preparó la maleta. En dos horas estaba sentada en el asiento del copiloto. Esperando impaciente, como aquel chiste de las ovejas tocando el claxón.

Amelia es la esposa perfecta. Comprende cada uno de mis defectos y los tolera de forma comprensiva. Me admira, y yo la admiro a ella. Se siente segura a mi lado, porque yo también conozco sus debilidades… y las alimento sin temor.

Salimos a cenar al restaurante del acantilado. La noche parecía amenazada por una de esas tormentas de verano, con viento, truenos y rayos. Me agradaba. Me pareció el escenario perfecto para retomar con fuerza lo nuestro. Las noches en el CocoBonGo Sound Machine son todo un espectáculo. La esplendida orquesta al más puro estilo west coast jazz de los 50, ameniza con elegancia las veladas, envolviendo la cena de un aire muy cinematográfico, muy chic.

Aunque a mí, lo que más me gusta del CocoBonGo, son los bongos de Monny, la atractiva cantante de jazz. La Gilda de mis sueños.

Ordenamos pronto la cena. Dos langostas a la parrilla y dos botellas de Champagne, francés, of course. Siempre pedimos lo mismo, es un clásico nuestro. Eso y el postre de chocolate tibio que acabamos por terminar… en el ascensor.

Amelia estaba muy guapa, como de costumbre. Llevaba puesto, a petición mía, uno de esos vestidos lenceros de seda salvaje, sin ropa interior, que resaltaba e insinuaba aún más sus magníficas formas. Y entre sorbo y sorbo, el fino tirante caía deslizándose como una pluma sobre su hombro. Y ella me miraba expectante, resoplando su flequillo. Sumisa, esperando que yo la rescatase con un dedo, para recompensarme presurosa, por debajo de la mesa. Masajeando, presionando mis atributos con su pie descalzo. Y yo extático, la miraba… entre descansos de mi intenso espionaje a Monny.

Esa noche, quise regalarle a mi esposa algo que no olvidaría jamás. Uno de esos regalos que marcan un antes y un después en la historia de nuestras vidas. Invité a Monny a nuestra mesa, y pedimos otra botella de Champagne. Las dos mujeres no paraban de reír con mis ocurrencias. Saqué de mí caja de sorpresas varias de mis mejores historias y me esmeré en aliñarlas con cierto aire picante. Fui dirigiendo con maestría el tono y el fondo de la historia, hacia una calle  que solo puede tener dos salidas… y un salido.

Las chicas se fueron animando. Sus miradas chisposas y llameantes me pedían que fuese más allá con mis cuentos. Me fijé en sus bocas, el modo en que se entornaban esperando ser mordidas… Las miré sonriendo, complacido por su disposición al juego. Y extendiendo mis brazos, acerqué cada una de sus cabezas  hasta unir sus vertiginosos labios… Se besaron ante mis ojos, y pedí la cuenta…

Continuará…


 

A %d blogueros les gusta esto: