La llama de la soledad. Capítulo 28. La historia se repite

La llama de la soledad. Capítulo 28. La historia se repite

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Me dejaron ingresada todavía unos días más. En apariencia, había superado la crisis y me estaba recuperando bien de la intentona de suicidio, pero dado mi historial, la psiquiatra quiso asegurarse de que yo comprendía bien cuál era mi situación real. Entre otras cosas también intentaba asegurarse de que no tuviera una recaída de mi enfermedad. Con toda sinceridad, no creo que yo fuese muy proactiva con mi recuperación en aquel momento. Además de no recordar en qué momento decidí atentar contra mí misma tampoco estaba especialmente sensible con el tema de mi anorexia. Créeme si te digo que puedo comprender a cualquier adicto, ya sea al alcohol a cualquier tipo de sustancia. Ellos no piensan nada más que en consumir, y no hay nada en el mundo que les importe más que conseguir su copa o su dosis. Siguiendo con la analogía, yo o tan solo quería que me dejaran en paz para dormitar a toda hora. Tal vez no quería morir, pero está claro que tampoco quería enfrentarme a mi vida, que pasaba por vicisitudes que me resultaban muy incómodas de afrontar. La esperanza de que si dormía no tendría que enfrentarme a ese desafío me llevaba a mantenerme en aquella actitud absurda, lo reconozco.

Una de aquellas tardes en que Raquel y tú protegíais mi duermevela, oí que murmurabais entre pesados silencios el nombre de Ricky y al instante me di cuenta de que me ocultabais algo muy gordo.

—Mamá, Raquel, ¿qué estáis hablando de Ricky? ¿No os dije que no quería volver oír su nombre nunca más?

Era cierto. Lo último que sabía de él era que dos días después que yo y tras pagar una suculenta fianza había salido en libertad con cargos.

—Nada —salió al quite Raquel—. Has debido de entenderme mal. Le decía a mamá que tu sobrino Iván se ha vuelto un friki de los videojuegos, que de repente se ha hecho mayor.

—¡Y un cuerno! —contesté yo, que para bien o para mal siempre tuve el oído muy fino—. Has nombrado a Ricky. ¿Por qué?¿Qué ha pasado?

—Nada, Sandra. ¿Qué va a pasar, hija? Anda, duérmete un rato más hasta que te traigan la cena, que hoy has tenido un día de mucho trajín con todas las pruebas que te han hecho.

Y eso me lo decías tú, la que siempre me animaba a permanecer más tiempo despierta, a levantarme de la cama, a dar una vuelta por el pasillo, a hablar con otras pacientes. Entonces tuve claro que sí, que había sucedido algo con Ricky que no me queríais contar.

Insistí:

—Quiero que una de las dos me cuente ahora mismo qué pasa con Ricky. ¿Por qué hablabais de él hace un instante?

—Pero, hija… En tu estado no conviene que te den disgustos.

—Ah, no. Ni hablar. Ahora no podéis dejar así. No os dais cuenta de que cualquier noticia que me deis por mala que sea no puede serlo tanto como dejarme en la incertidumbre. Venga, ya estáis largando…

Entonces vi como las dos torcíais el gesto, pero como tú no te decidías fue Raquel la comenzó con pies de plomo.

—Mira, Sandra. Ha sucedido una desgracia. Ricky por lo visto no ha podido con la presión…

—¿Qué insinúas?

—Hoy han abierto todos los telediarios con la noticia.

—¿Con qué noticia? ¡Suéltala ya por favor, que no puedo ya con tanto misterio!

—Que…que lo han encontrado ahorcado en su casa.

Me quedé muda el resto de la tarde. Yo había conocido a ese hombre, me había acostado con él, casi podía decirse que lo había querido y ahora también estaba muerto.

La llama de la soledad. Capítulo 27. Nada puede cambiar el pasado

La llama de la soledad. Capítulo 27. Nada puede cambiar el pasado

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Tras mi paso por el calabozo el tiempo se me congeló. No encontraba la tan anhelada paz. Me sentía atrapada en aquella pesadilla que no me dejaba vivir. Tenía la necesidad de expiar una culpa abstracta que me carcomía sin cesar y me obligaba sin remedio a la autopunición. No me consideraba digna de nada, ni de un mísero trago de agua que aplacara mi sed. Me abandoné por completo y dejo de importarme todo. Tan solo encontraba satisfacción en recrear los acontecimientos que tanto daño me habían causado, ya fuera despierta o más bien dormida, para lo que abusaba sin control de los tranquilizantes que me habían recetado. Trataba de revivir en un bucle constante la despedida de Carlos, atormentándome con la idea de que si le hubiera confesado mi amor en aquel momento jamás se habría marchado y que en tal caso mi relación con Ricky no hubiera seguido adelante. Por tanto, él nunca habría tenido ocasión de enredarme en sus corruptelas y mi detención jamás hubiera tenido lugar. En ese caso sería posible que la vida aún me tuviera guardada una oportunidad. Pero luego me daba cuenta de que todo aquello ya era pasado y nada de lo que hiciera o dejar de hacer podría cambiarlo y acaba más hundida si cabe en el agujero que yo misma había cavado. Entonces, si estaba despierta no quería otra cosa que volver a dormirme. Si por el contrario me encontraba dormida no deseaba despertar jamás.

No soy consciente de en qué momento cometí la estupidez suprema de atentar contra mi vida. Tan siquiera recuerdo que pensara en hacerlo, mucho menos que lo hiciera, pero sé que aquello ciertamente ocurrió. El envase de pastillas y el estado de inconsciencia en que me encontrasteis Raquel y tú aquella tarde en que os presentasteis en mi casa alarmadas porque no cogía el teléfono así lo atestiguan. Trato de imaginarme vuestro miedo a perderme de aquella manera, la voz temblorosa de alguna de vosotras mientras llamaba al 112. Ya en la ambulancia la sirena camino del hospital y no, no consigo recordar nada de aquello. Tampoco el lavado de estómago y ni mi breve por la UCI. Me desperté dos días después como si me hubiera pasado una manada de elefantes por encima.

—Mira, mamá —te dijo Raquel en susurro—. Ya tenemos de vuelta a la bella durmiente.

No fue un reproche como tal, pera la frasecita tenía su retranca, de eso no cabe duda.

—Ay, Raquel, hija. No digas eso que por poco se nos va —le reprochaste mientras me dabas un achuchón que casi me dejó otra vez sin respiración.

—¿Qué me ha pasado? —Ya sé que entonces no lo creísteis, pero de verdad que no me acordaba y a día de hoy sigo teniendo en mi memoria un vacío de más de cuarenta y ocho horas. Tan solo sé lo que vosotras me contasteis entones.

—¡Que me vas a matar a disgustos, hija! ¡Eso es lo que te ha pasado! Que tienes menos sesera que un mosquito. ¿A quién se le ocurre tomarse todas esas pastillas de golpe? ¿Qué es lo que pretendías, hija mía?

Entonces no te contesté. No pude porque en el fondo supe que tú tampoco querías saber la verdad, que a tu hija le dolía tanto la vida que le resultaba insoportable continuar viviendo. Era mejor que siguieras pensando que aquello no había sido más que un descuido, una imprudencia o una chiquillada.

 

La llama de soledad. Capítulo 26. Bien por ti, mal por Raquel

La llama de soledad. Capítulo 26. Bien por ti, mal por Raquel

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Ya has salido de la UCI y estoy muy contenta porque por fin te puedo visitar en la planta. Todo marcha sobre ruedas. Has superado muchas complicaciones, muchos obstáculos y trampas que ese cuerpo tuyo, todavía joven, pero tan cansado, te había puesto para impedir que te restablezcas. Pero no. No me hago ilusiones, sé que esto te ha dejado muy tocada y que la recuperación no va a ser cosa de cuatro días. Raquel y yo tenderemos que ayudarte mucho para que vuelvas a ser la de siempre: nuestra mamá querida. Pero aun así me siento feliz. Feliz porque sigues aquí, con nosotras, que es lo que más deseo en el mundo. Eso y que Carlos vuelva de Grecia, claro. Pero como esto último no depende de mí sino del propio Carlos, prefiero centrarme en ti. Los médicos me han advertido de que hoy todavía estarías medio grogui, porque la medicación te la irán retirando poco a poco. Así que no me extrañaría nada que no recordaras nada de lo que te estoy contando.

¿Sabes, mamá? Tienes las manos muy frías. Voy a echarte una manta por encima, no vaya a ser que te enfríes y perdamos todo lo que hemos adelantado, que miedo me da si tenemos que empezar otra vez. ¿Quieres un poco de agua? ¿No? ¿Seguro que no necesitas nada? Vale, continúo entonces. No puedo parar de pensar en lo afortunada que me siento de tenerte tan cerca de nuevo. Los días de la UCI han sido muy duros, pero ahora todo irá mejor. Podré estar más tiempo contigo, todo el que necesites, mamá. Yo me encargaré de todo para que Raquel, pobre Raquel, se pueda dedicar por un tiempo a arreglar sus asuntos. Y es que no te lo habíamos dicho aún, pero se va a divorciar de Iván. Sí, a mí también me pilló por sorpresa, porque es tan reservada para sus cosas… Cuando éramos pequeñas ella y yo siempre nos lo contábamos todo, pero luego nos fuimos distanciando hasta convertirnos casi en extrañas. A cada golpe que nos daba la vida el abismo se iba haciendo mayor: primero la muerte de papá, luego la de Elena, mi trastorno de alimentación… Sin embargo ha sido tu enfermedad la que nos ha vuelto a unir. Y eso también me hace feliz, aunque como es lógico,  me duele lo que ese canalla de Iván le ha hecho a nuestra Raquel. Ya ves, toda la vida teniendo celos de ella, de su matrimonio perfecto, de su vida de película, y ahora solo siento mucha pena por lo que le ha sucedido. Ojalá no hubiera tenido que pasar por este trago. Y es que no se puede ser más sinvergüenza. Un lobo con piel de cordero, eso es lo que es Iván. Un miserable disfrazado de hombre encantador y pluscuamperfecto. Resulta que se la llevaba pegando a Raquel con una chica de su oficina, una tal Martina, desde ni se sabe. ¡Y la pobrecita mía sin enterarse! Hasta que a raíz del último viaje de negocios Raquel, que se ve que ya a última hora se olía la tostada, destapó todo el pastel con unas cuantas llamadas de teléfono. Y una vez descubierto el tema, pues que si te he visto no me acuerdo, que lleva viviendo con la otra desde que volvieron del viaje. Parece que ni siquiera le importan ya sus hijos y ni a recoger sus cosas ha pasado, que yo de Raquel las ponía todas juntas, las rociaba a base de bien con gasolina y les prendía fuego. ¡Qué falla más bonita se le iba a quedar! Oye, que para ella mejor, no te creas que no le he pensado. Porque está tan enamorada y lo quiere tanto que si volviera con las orejas gachas pidiéndole perdón, ella le daría otra oportunidad, estoy segura. Aunque en el fondo de su corazón supiera que quien lo ha hecho una vez ya no es de fiar. Así que, por muy grande que haya sido el golpe, un tío así cuanto más lejos mejor. Aunque claro, ahora mismo se encuentra destrozada y echa un mar de lágrimas y sin poder parar a respirar y coger fuerzas porque tiene que seguir en la brecha, ya sabes ocupándose de su casa y de sus hijos, porque el otro pasa de todo… ¡Qué gran mujer es mi hermana! Siempre la he querido y la querré, eso ni se discute. Pero te das cuenta de la diferencia: durante mucho tiempo me comparaba con ella, envidiaba todo lo que ella tenía; ahora sencillamente la admiro.

 

La llama de la soledad. Capítulo 25. Buenos propósitos

La llama de la soledad. Capítulo 25. Buenos propósitos

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En un principio, como te he dicho, agradecí que me dejaran sola y en paz. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, las horas que pasé allí encerrada se me hicieron eternas. Estaba asustada, no tenía ni idea de en qué líos andaba metida, de las consecuencias futuras que podrían derivarse de todo aquello. Me aterraba la posibilidad de acabar en prisión, yo, la hija de un honesto inspector de policía que durante toda su vida no había hecho otra cosa que defender la justicia y la ley. ¿En qué lugar me dejaba aquello? Acaba de convertirme en la oveja negra de la familia. Y no, no por ser una rebelde o una inconformista. No por pelearme contigo o con Raquel. Era porque presuntamente había cometido algún delito de cual ni siquiera consciente. Intentaba poner en orden mis ideas, pensar, pero no podía. Hubiera querido llorar, aunque tampoco me salían las lágrimas. Tenía instalada en mi cabeza una madeja de ideas, borrosas y desordenadas de las que era incapaz de extraer conclusiones que me ayudaran a sobrellevar aquella situación. El único pensamiento que consiguió abrirse camino dentro del caos era que Ricky había hecho conmigo algo mucho peor que ponerme cuernos y partirme el corazón. De alguna manera que yo todavía no alcanzaba a comprender me había involucrado en alguno de sus chanchullos. Tal vez no hubiera sido a conciencia, solo tal vez. Aun así creí que lo odiaría para siempre por haberme arruinado la vida de aquella manera tan espantosa, por haberme señalado con esa mancha que no podría lavar ni en cien años. Si papá levantase la cabeza… Aquel pensamiento me sumió en una profunda tristeza. De ninguna manera merecía que nadie ensuciará su memoria y muchísimo menos una de sus hijas, precisamente yo, su preferida. En mi imaginación lo vi echándome un sermón por mi mala cabeza, por juntarme con quien no debía. Pero aquella ilusión no duró mucho. Papá no podía ser duro conmigo ni siquiera en mis delirios. Entonces recordé que la noche en salí con Ricky por primera vez me habló en sueños:

—Cuidado, Sandrita. Ten mucho cuidado —fue todo lo que me dijo.

Y en aquel momento sus palabras se me revelaron en todo su significado: jamás de los jamases debí aceptar el dinero de Ricky. Jamás. Un dinero sin duda ilícito y quién sabe si incluso manchado con la sangre de Elena y de otros inocentes como ella. Aquella idea terminó de hundirme.

Cuando vinieron a buscarme para llevarme ante el juez me sentía absolutamente rota. No tenía ni idea del tiempo que había pasado encerrada en el calabozo. No recuerdo siquiera como llegué a la sala y me presenté ante el juez. Todavía con el vestido de fiesta que se me había desgarrado por una costura, y los tacones en los que apenas podía sostenerme. Me sentía sucia. Sucia por fuera, pero mucho más sucia por dentro. El abogado que me envió Raquel cumplió hizo bien su trabajo y tras un interrogatorio que a mí me pareció largo, pero que seguramente hubiera podido serlo muchísimo más, su señoría consideró que no había motivo para retenerme más tiempo y me dejo en libertad sin cargos. Si fuera necesario me llamarían para declarar como testigo en la causa abierta contra Ricky. A la salida me esperaba Raquel con cara muy seria y los ojos rojos de haber llorado. Tuvo el buen tino de no preguntarme nada. Tan solo me abrazó como solo una hermana puede hacerlo y luego casi en volandas me metió en el coche donde tú también con impaciencia esperabas mi salida. Me acurruqué en tu regazo y por fin rompí a llorar.

Ya en casa un baño bien caliente para quitarme toda la mugre acumulada, un vaso de leche, porque el estómago no me admitía nada más, y un tranquilizante para entregarme a un sueño largo y reparador —o quizá no tanto—. En todo caso me metí en la cama con la esperanza de que al día siguiente podría ver lo sucedido con otros ojos, dejar aquella pesadilla atrás para comenzar con una nueva vida. Y en cierto modo así fue, porque la nefasta experiencia marcó un antes y un después en mi trayectoria vital.

La llama de la soledad. Capítulo 24. La vergüenza

La llama de la soledad. Capítulo 24. La vergüenza

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—¡¡¡Corre, Sandra!!! ¡¡¡Pon la tele que los de la UDEF se están llevando a Ricky esposado!!! —fue todo lo que Amalia pudo decirme por teléfono antes de que alguien aporreara la puerta de mi casa como si aquello fuera el fin del mundo.

—¡Policía! ¡Abra! ¡Abra ya o tiramos la puerta abajo!

Yo no entendía nada. ¿Por qué se llevaban detenido a Ricky? ¿Por qué tenía a la policía en la puerta de mi casa. ¿Qué era lo que estaba pasando? A pesar de que el sol llevaba horas tendido me acaba de levantar de la cama con una resaca mortal y un tremendo dolor de cabeza. Aún no me había vestido, ni siquiera me había dado tiempo a quitarme las legañas. Ya de haberme tomado un café para despejarme ni hablamos. Al principio no relacioné la detención de Ricky con lo que me estaba sucediendo. Se me pasó por la cabeza que algo habría pasado en la escalera: que habría habido algún altercado; que algún ladrón se habría colado para hacer una de las suyas; que se habría cometido un homicidio o una violación. En el peor de los casos podía pensar que nos buscaban a Amalia y a mí por alguna supuesta tropelía cometida durante nuestras andanzas nocturnas. Todo menos pensar que aquello estaba relacionado con Ricky.

A la segunda vez que insistieron le colgué el teléfono a Sandra sin muchos miramientos «están aquí» es lo único que acerté a decirle. Luego, completamente aturdida por la situación corrí a abrir la puerta.

—¿Es usted Sandra Rojas? —preguntó uno de los agentes.

—Sí. ¿Qué pasa, oficial? ¿Estamos en peligro? —le pregunté yo a mí vez con toda mi candidez.

—¿Estamos…? —por un momento pareció dudar—. ¿Qué hay alguien más en la casa?

—No. Estoy yo sola. Lo decía en general, por los vecinos… —Puso cara de extrañeza ante mis palabras. Pero para extrañeza la mía, que seguía sin comprender nada de lo que pasaba.

—Tenemos una orden de detención para usted y otra de registro para su domicilio —dijo mientras me mostraba unos papeles que ni siquiera atiné a leer de lo nerviosa que estaba—. Le damos cinco minutos para vestirse y acompañarnos a comisaría.

Obedecí —qué remedio—. Me lavé la cara y los dientes lo más rápido que pude, me puse la ropa que encontré más a mano —la misma que había llevado la noche anterior— y me peiné las cuatro greñas que tenía desparramadas por la cara. Después me di cuenta de que el vestido de coctel y los zapatos de tacón que no eran lo más cómodo ni apropiado para que te lleven detenida, pero me sentía tan intimidada que no me atreví a pedirles que me dejaran volver para cambiarme.

Ya en comisaría, mientras una agente femenina me leía mis derechos sentí como me recorría un sudor frío y el estómago se me apretaba en un nudo que me dolía como si me estuvieran atravesando las entrañas con un puñal. Lo demás lo recuerdo vagamente: la toma de las huellas dactilares, la foto para la ficha policial, la llamada que le hice a Raquel muerta de vergüenza y la entrada en el calabozo. El hecho de que por fin me dejaran sola aunque fuera en un lugar tan solitario e inhóspito como el calabozo me supuso un pequeño alivio, dentro del infierno que estaba padeciendo. Jamás pensé que pisaría la comisaría donde trabajaba papá como una detenida más. ¿Pero en qué mierda había convertido mi vida?

La llama de la soledad. Capítulo 23. Quemando la noche

La llama de la soledad. Capítulo 23. Quemando la noche

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Ves, mamá que ruptura tan triste y descafeinada. Ni una discusión, ni una palabra más alta que otra. En mi recuerdo quedarían tan solo mi indiferencia y su traición como una mancha difícil de borrar. En el fondo todo quedaba resumido en un amor sin historia que me dejaba el alma vacía y que me arrancaba de cuajo la poca ilusión que me quedaba. Porque una cosa era que yo dudara de mis sentimientos hacia él hasta el punto de plantarme la ruptura y otra muy distinta que me lo hubiera encontrado en una situación tan comprometida por decirlo finamente. A saber cuántas veces lo habría hecho con anterioridad. Con todas las advertencias que había recibido por parte de Carlos, de ti misma o incluso de Amalia, ¿cómo podía haber sido tan ilusa de creerme la dueña de su corazón? Entonces pensé en la cantidad de mujeres guapas —algunas mucho más jóvenes que yo— que pululaban a su alrededor: secretarias, becarias, compañeras de partido, militantes de jóvenes generaciones, etc.— y comprendí con amargura que ocasiones no le habrían faltado. Demasiado tarde me había dado cuenta de que tenía bien ganada la fama de conquistador.

Me volvía a casa con una extraña mezcla de sentimientos: alivio por un lado, a qué negarlo, pero también humillación por la escena vivida, celos, rabia, qué sé yo… Me sentía a punto de explotar y necesitaba desahogarme con alguien. Como por entonces las relaciones contigo y con Raquel no pasaban por su mejor momento, recurrí a Amalia. Le telefoneé para contarle lo ocurrido con pelos y señales y tengo que decir que no me respondió con el consabido «ya te lo dije», que por otra parte hubiera sido merecidísimo por mi parte. Al contrario, fue todo lo comprensiva que se puede esperar de una buena amiga. En un abrir y cerrar de ojos se plantó en casa y me abrazó en silencio durante un buen rato. Cuando juzgó que ya había llorado lo suficiente secó mis lágrimas y me obligó a arreglarme para salir, algo a lo que yo en principio me opuse. Tras un tira y afloja me convenció y nos fuimos juntas a quemar la noche valenciana. Todavía me aflora una sonrisa al recordar aquella noche en la que comimos algo y bebimos mucho, muchísimo, a lo largo de un rosario de tugurios de los peorcito que he pisado en toda mi vida. Nos reímos como nunca y sí, mamá, nos emborrachamos como dos adolescentes, no me vayas a echar la bronca ahora, que ya sabes que estas cosas están a la orden del día. Pero era sin duda lo que necesitaba en aquel momento: una buena juerga entre amigas para pasar una página de mi vida de la que todavía me sigo avergonzando. Y eso que todavía no sabía lo que me esperaba a la mañana siguiente.

Photo by Víctor Gutiérrez Navarro

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