SUGESTIÓN (quinta y última parte)

SUGESTIÓN (quinta y última parte)

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– No. Estás en trance de ello, respondió la pastelera, pero te puedes salvar si haces lo que te digo.
– Lo haré, lo haré, aún quiero terminar mis días organizando mi colección de sellos, es la ilusión de mi vida.
– Pues vivirás, tienes una razón importante para seguir en este mundo. – – Sólo debes purgar tu falta ayudando a prosperar a los muchachos dependientes de tí y procurarles un trabajo fijo.
– Schssssss, se escuchó bajito, acuérdate de lo del sueldo.
– Y subirles el sueldo, claro, apuntó Elenita.
– Lo haré sin duda, hablaré con el mismísimo Ministro si es preciso, pero quiero vivir.
– Pues que quedes en paz y cumplas tu promesa. Vivirás muchos años.
– Gracias, gracias, pero no te vayas sin aclararme el misterio de que hayas venido en espíritu tú precisamente que eres el motivo de mis sueños.
– ¿Yo, Don Fernando? Bueno ¿mi cuerpo humano, o como se diga?
– Sí, tú, la mujer que ha provocado esta catástrofe por tenerme loco de amor. Pienso que han enviado un espíritu con tu rostro para hacerme comprender mis debilidades y mi soberbia. Amo a mi pastelera con su carne prieta.
– Don Fernando, no puedo hacer nada por usted, soy etérea . Mi misión ha terminado pero si se lo dice a ella, tal vez….
– Lo haré hoy mismo y no le diré que el cielo me mandó su rostro para iluminarme y hacerme ver como realmente soy.
– Maldita suerte la mía, murmuró Leo, me levantó a la chica.
– ¿Y lo bien que hemos quedado, eso no vale? Respondió el asistente. Tío, fijos y sin oposición.
– Pero…¿eso se puede hacer?
– Pues claro, así se obtienen los mejores puestos.
– Laurita ya se había marchado con su minifalda puesta más contenta que un cascabel. Por otra parte Don Fernando recobró la compostura y volvió a hablar con la dignidad que requería su estatus.
– Por favor, diganle al cura que no venga y llamen al electricista. Quiero mi lámpara cuando vuelva de resolver unos asuntos.
Mientras tanto, escriban sus nombres y apellidos en un papel. Los necesito para mañana a primera hora.

Y así, sin más incidentes, terminó este pequeño sainete que esperamos haya distraído a nuestro querido e incondicional público.
Gracias por su entusiasmo (aplausos).

P.S. Los tres capítulos primeros contaban con la colaboración de Goya y sus Caprichos. El cuarto fue decorado por Edward Munch y este quinto y último por Alphonse Mucha.

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Sugestión (cuarta parte)

Sugestión (cuarta parte)

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– Pues ahora ¡inventemos un milagro!.La ventaja de que nos paguen tan poco y suframos por si nos ponen en la calle es que tal cosa nos agudiza la imaginación.
Rieron todos estrepitosamente.
– ¿Qué pasa ahí? ¿no ven que me estoy muriendo? ¡Socorro! -gritó Don Fernando-
Allí acudieron todos a ayudarle a poder sentarse nuevamente en ese sillón, en el que ya sólo le descansaba la cabeza en el lugar de las posaderas.
– No ven que estoy muy mal? La debilidad se apodera de mí y no puedo sostenerme.
– ¿Llamamos a un médico? , preguntó uno de los jóvenes malandrines.
– Prefiero a un confesor, suplicó Don Fernando entre sollozos,
– He pecado grandemente buscando saber lo que sólo el Cielo conoce y el destino nos depara. Y ahora….ya suenan los claros clarines.
– Ni en sus últimos momentos deja de ser pedante, comentó uno de los chicos empujando a otro con el codo.
-Esto se alarga y hoy tengo una cita- dijo Leo (Leopoldo, claro).
– ¿Con quien? Le preguntaron ansiosos mientras la curiosidad asomaba a sus pícaros ojos.
– Pues, con la chica de la pastelería de enfrente, me gusta más que cualquiera de sus productos.
– ¡No digas más! Interrumpió el asistente. Es la mujer que sorbe los sesos de mi jefe y ella nos puede ayudar.
– Oye, oye, cuidao. Esa morena es para mí.
– No digas tonterías, nadie te la va a quitar pero se me ocurre que un cable si que nos echaría ¡somos clientes!
– No sé qué pensar, dijo Leo, a lo mejor sería posible, pero sin tocar ¿eh?
– Vale, anda ya, vete y dile que es un caso de muerte porque casi la está palmando ¡tío tan histérico!
El dolente ya casi ni se quejaba, más bien parecía que estaba aceptando su próximo final y oraba por su salvación. Acertó a decir el pobre ¿viene el cura o no?
– Ya va, Don Fernando, en cuanto acabe la misa.
– Cuando llegó la Elenita ya tenían preparado el hábito que le pensaban poner. Era propiedad de la madre de uno de ellos y del que se había provisto hacía tiempo por si se moría a causa de una bronquitis que la tuvo postrada.
– Cuidad la ropa, dijo, no quiero enterrar a mi madre con algo que se note estrenao.
– ¿Tu madre? Pero si la vi entrar al bingo anoche con gafas de sol.
– Bueno, pa cuando toque.
– Dejémonos de tonterías, dijo el asistente. Tú, Elenita, ponte eso.
– ¿Eso? Pero si es para alguien muy gordo, me veré fatal.
– Oye, sin ofender, respondió el amante hijo.
El caso es que la Elenita, siguiendo el guión que acababan de preparar y con una linterna debajo del hábito entró en la estancia del afligido moribundo que, a causa de haber hecho desterrar la lámpara, se encontraba en total oscuridad.
– ¡Pardiez, la Elenita! dijo superando su debilidad, seguro que ya me he muerto.

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Sugestión (tercera parte)

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Llegó al despacho livido, sudoroso, balbuceante y pronunciando palabras incoherentes.
Su auxiliar no salía de su asombro y, por más que lo intentaba, no sabía a que correspondía tal actitud, dado que ni siquiera tenía constancia de su visita matutina.
Don Fernando ordenó en un tono casi agónico que quitaran la lámpara de bronce de ocho magníficos brazos con sus correspondientes tulipas que pendía sobre su cabeza y, asimismo, pidió que, bajo ningún concepto abrieran sus ventanas a fin de evitar corrientes de aire.
Al pobre no se le ocurrieron más cosas y, cuando su asistente terminó con las tareas encomendadas, se despidió de él hasta el día siguiente.
– Noooo, gritó Don Fernando. No me dejen solo, por piedad. Puede acontecer una catástrofe que termine con mi vida en cualquier momento.
El muchacho le dijo que se ausentaba un momento y fue a hablar con sus compañeros del café
– Me parece que nos hemos pasado un poco con mandarlo al Gundemaro y él debe haber sido muy cruel para provocarle semejante estado. Deduzco que fue a visitarlo.
– No hombre, no, dijo uno de ellos. Acabo de hablarle y me ha dicho que, como convinimos, no le ha anunciado nada truculento, sólo que le iba a pasar algo.
– ¿Será animal? ¿eso le parece poco? Pues a este hombre le ha dado la hipocondría y no hay quien lo calme.
– El Gundemaro dijo que no le pudo aclarar más cosas porque no le pagamos la sesión entera y que él vive de eso, así que, o le damos lo que falta o no le arregla el porvenir, dijo aquél chico cariacontecido.
– El caso es que no se lo podemos contar. Haría que nos tiraran. Vaya una broma más tonta por darle un escarmiento. A fin de cuentas a mi no me molesta que nos mire como si fueramos gusanos, yo casi lo soy, afirmó contrito.
– Pues a ver qué hacemos pero yo no pago un céntimo más, ni siquiera ha sido divertido.
El cadavérico Don Fernando, lejos de conocer los malévolos planes que habían dado lugar a semejante desgracia, convulsionaba de tal forma que repiqueteaban en el suelo las patas del sillón donde seguía postrado.
-¿Y ahora qué hacemos?, preguntó uno de los muchachos.
– Pues un milagro, respondió el pelirrojo mientras sorbia con ansia su café con leche.
Todos volvieron sus rostros hacia él y quedaron petrificados durante unos instantes.
– ¿Lo dices en serio?-,preguntó uno de ellos.
– Bueno. … sólo era una broma.
– ¿Una broma? ¡una genialidad!

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Sugestión (segunda parte)

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– Pues, dijo, quiero saber si conseguiré que la mujer a la que amo quiera compartir su vida conmigo de buen grado.
Gundemaro se puso manos a la obra y distribuyó los naipes como le vino en gana.
– Aquí veo un impedimento, dijo.
– ¿Cual? Respondió Don Fernando, atribulado ya.
– Pues que es posible que en los próximos días tenga usted un percance que se lo impida.
– Un percance? ¿de qué tipo?
– Las cartas no saben tanto y ahora…váyase. ha sido un gran esfuerzo para mi ver su futuro. Si acaso y puede, en unos días vuelva.
– Pero. …
– No hay más que hablar, Marujin le acompañará a la salida.
Don Fernando no daba crédito, y aún le supo peor cuando la escuálida muchacha no quiso cobrarle por expresa orden de su jefe. Ya se veía absolutamente desahuciado.
Salió a la calle presa de una gran perturbación. Su cabeza daba vueltas a aquél galimatias en el que se había enredado en un instante y del que su suspicacia estaba haciendo un drama de proporciones ilimitadas.
Recordaba perfectamente las palabras del vidente: podía surgir un ¿un que? un percance, creía recordar, pero el fulano no aclaró de qué tipo.
¿Sería una enfermedad que repentinamente le atacara a pesar de su férrea salud y los cuidados que le prodigaba?
Sería tal vez un ataque repentino que acabará con él de una manera fulminante?
O…. por el contrario… ¿sería un fatal accidente lo que iba a sucederle? .
Cosas así ocurren a diario. Una cornisa en un día de viento que le destrozara el cráneo, una moto que, alocadamente se saltara el semáforo. … era incontrolable la lista de sucesos dramáticos que podían ocurrirle y no sabía cómo defenderse de ellos. Si por lo menos supiera de qué se trataba… procuraria protegerse del peligro acechante.

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Sugestión (Primera parte)

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Era un hombre pusilánime, pero, caso extraño, al mismo tiempo curioso del avenir. No le daba miedo. Debía estar convencido de que la vida le iba a sonreír siempre. Que su figura de estirado caballero era tan atractiva que esa chica a la que saludaba todos los días y le respondía con una encantadora sonrisa, caeria desmayada en cuanto él le propusiera tomar un café.
Era una antiguaya de hombre y, en el despacho que tenía asignado en el Ministerio no había nada que pudiera resultar innovador.
Un día, tentado por la modernización de la máquina expendedora de café, se colocó delante de ella y, mientras encontraba la moneda y averiguaba por donde caia el objeto de su deseo, oyó hablar a unos cuantos chisgarabis de poca monta que esperaban su turno.
Comentaban de una persona que adivinaba el porvenir y decian que su vaticinio era tan certero que no podían por menos que alabar sus cualidades.
Se separó ya con su colación y, apoyándose en una diminuta barra al efecto, siguió escuchando las maravillas de las que era capaz ese ser dotado de tal clarividencia.
Dado que entre los componentes del grupo se encontraba su asistente personal, cuando llegó a su despacho lo mando llamar y, carraspeando un poco, le preguntó.
-¿De qué chisme estaban ustedes hablando que les parecía tan interesante? Creo debe tratarse de una banalidad, pero les tenía tan entusiasmados que han conseguido intrigarme.
-Pues verá, dijo el muchacho, estamos todos sorprendidos de cómo ha logrado saber cierta persona que al compañero Lorente le iban a ingresar los atrasos que le debían y que ya daba por perdidos. Aún más, continuó, lo más extraño de todo es que le dijo con todo lujo de detalles el día y la hora en que los percibiria ¡sorprendente diría yo! Siempre si usted me lo permite, Don Fernando.
– Sí lo es, caramba, contestó el interfecto, tanto que, a modo de diversión y sin creer en esas paparruchas dignas tan sólo de los menos iluminados por la diosa Atenea, voy a conocer a esa persona.
– En primer lugar, deseo saber a qué sexo pertenece.
– Pues se trata de un hombre, según tengo entendido, y se llama Gundemaro.
– Bien, procedamos ahora a conocer su domicilio.
– Con su permiso, se lo pregunto a Lorente y vuelvo enseguida.
– ¡Alto ahí, jovencito! Debe prometerme por su honor que no le va a decir que lo hace en interés mío
– Descuide Don Fernando, no pase cuidado, queda prometido.
Al momento volvió el muchacho portando una nota que entregó a su responsable antes de abandonar el despacho.
A la mañana siguiente, a la hora en que normalmente interrumpía su trabajo y estiraba las piernas a modo de higiene revitalizante, tomó la nota y se dirigió al domicilio allí indicado.
Se sorprendió al ver que habían varias personas esperando pero, muy a su pesar, recurrió al remedio del enchufismo y dió el nombre del tal Lorente a la pequeña escuálida que atendía en Recepción como secretaria.
Dicho y hecho, fue llamado al instante y no sin la consiguiente sorpresa por parte de aquél heterogéneo y paciente grupo, que continuó con su contemplación de los carteles con cábalas que proliferaban en la sala.
Carraspeando, se presentó a aquél hombre entrecano con tal brillo en los ojos que podía fundir el hierro y, pasados los preliminares, se acomodó en el sillón forrado de terciopelo; éste tan rasurado por el roce que, ni en sus más terroríficos sueños habria situado en parte alguna.
Aquella criatura de dedos manchados por la nicotina tenía ante sí un taco de cartas que movía sin parar, produciendo un ruido que, combinado con el ambientador y el olor a tabaco, le provocaban una sensación malsana que, aún a su pesar, le resultaba atractiva.
– dígame ¿es usted consciente de lo.que arriesga?, preguntó Gundemaro
Esa frase ya le impresionó un tanto, y respondió escuetamente con un “si”.
– Entonces, procedamos ¿qué es lo que quiere usted saber del porvenir en lo que respecta a su vida?.

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