La casa del cerro encantado 12  por Nicole Regez

La casa del cerro encantado 12 por Nicole Regez

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Pepe abrió la puerta del desván cuyos goznes chirriaron desagradablemente. Desde el techo tres claraboyas, con los cristales casi opacos por la suciedad, filtraban los últimos rayos de sol haciendo que el desván polvoriento y atiborrado de cosas viejas adquiriese un halo fantasmal, como si estuviésemos viendo una película de miedo. En aquel lugar solo faltaba el fantasma y no estaba muy segura de que no apareciese alguno en la estancia, yo iba preparada para cualquier imprevisto. El olor acre de los años se mezclaba con el ambiente de un sucio rancio y antiguo, debido a que este  lugar no había conocido escoba ni fregona durante mucho tiempo. Gruesas telarañas colgaban de los rincones y se extendían de pared a pared formando cortinas de una trama fina, enmarañada y etérea.

Pepe encendió la linterna ya que la luz era escasa aunque, además de las pequeñas ventanas, se filtraba algo de claridad por las rendijas del entramado del techo y las uniones entre el tejado y las paredes. Con la seguridad de un guía se introdujo en aquel laberinto de sillas rotas, maletas de cuero antiguas, lámparas viejas, una estantería repleta de libros desordenados, algunos rasgados y carcomidos por la polilla; un montón de cajas de embalar apoyadas contra la pared, un encerado de escuela colgado, con tizas y el borrador de fieltro; una gran arca de madera llena de ropa,  otra con una vajilla que tenía un grabado azul de época y ribetes dorados agrietada por los años; alfombras enrolladas, una cómoda a la que le faltaba una pata, colchones, un par de somieres oxidados, un gran espejo de pie cuyas manchas abrían puertas a la imaginación; juguetes de madera y hojalata, un caballo de madera con balancín, una noria metálica a la que Pepe hizo girar y que emitió un quejido musical; utensilios para la matanza y elaboración de embutidos, cuadros ajados por el tiempo, una cuna… en fin, restos de historias y vidas que habitaron alguna vez esta casa.

Yo le seguía de cerca pero ya empezaba a ser mareante. La continua cháchara del chico explicándome qué  era cada cosa, pienso que para cerciorarse de que las veía y las exclamaciones de asombro cada vez que alguno de aquellos cachivaches le traía recuerdos de la niñez, resonaban en mi cabeza como un eco. Escuché unos pasos tras de mí y volví la cabeza para ver si alguien más estaba con nosotros en el desván. Toqué el brazo de Pepe.

—¿Has escuchado eso…? —le dije—. Alguien nos está siguiendo, he oído unos pasos…

— Yo no he advertido nada.

Dio un barrido con la linterna y dí un grito al mismo tiempo que retrocedía.

—¡Allí…!

—¿Dónde…?

—¡Allí, en aquel rincón… he visto una sombra que se movía!

—No… ¿en cuál…?

—¡Vuelve a pasar la linterna… ¡Allí hay  alguien! ¡Bajo la mesa…!

 

Aquello no me gustaba nada. No pensé en fantasmas, sino en algo que me daba mucho más miedo:

—«¡Ratones! O lo que era peor. ¡Ratas!»

Me coloqué detrás de Pepe y entonces vi unos ojos enormes que me miraban fijamente sin pestañear.

—¡Ahí está…! —chillé en su oreja.

—¿Dóndeeee…? —dijo él dando un respingo— ¡Contrólate Sandra que me vas a dejar sordo con tanto grito…!

—¡Me está mirando, es una rata enorme…!

 

En ese momento el haz de luz de la linterna se detuvo iluminando una cara redonda que inmediatamente cerró los ojos. La carcajada de Pepe y mi grito sonaron al mismo tiempo.

 

—¡Vaya por Dios! —dijo—. Una lechuza.

—¿Una lechuza…?

—Sí, una inocente lechuza que está más asustada que tú. Seguramente duerme aquí por el día y se estaba preparando para salir a cazar.

—Pensé que…

—Con la lechuza por aquí no hay ratones ni ratas. Es mejor que un gato, así es que ya podemos seguir viendo el desván tranquilamente, ¿no?

—¿Falta mucho? —pregunté un poco avergonzada por mi falta de control ante el inofensivo animalito. La casa y sus historias ya me tenían los nervios de punta, y eso que me considero una chica valiente para estas cosas.

—Casi está todo visto, pero ya que estoy aquí voy a subir allí arriba para mirar cómo está esa parte del tejado, es la que da al huerto. Ahora que sabes que no hay ratones, quédate por aquí  si quieres y trastea un poco entre todo esto,  puede que encuentres algo que te guste y que quieras tener de recuerdo. Quédate con la linterna, yo me arreglo con el teléfono.

Llevarme algo de lo que allí había no parecía una opción muy probable, pero agradecí que me diera la oportunidad de hacerlo si algo me interesaba. Como me encontraba cerca de la estantería que sustentaba precariamente los libros, opté por echar un vistazo a ver si encontraba algo interesante. Estaban muy estropeados y algunos se veía claramente que les habían arrancado la mayor parte de las hojas. Casi todos eran volúmenes de texto para estudio: una enciclopedia de medicina, libros de contabilidad, un diccionario al que le faltaban bastantes hojas, cuadernillos de los que se usan para aprender a escribir, una selección de cuentos para niños y otra para adultos, novelas de amor estilo folletín…  Me alcé un poco sobre los pies para alcanzarla y echarle una ojeada. Tuve que dejar la linterna en una balda de la estantería sujeta entre el Diccionario y un libro Mayor para que iluminase las páginas y poder ver de qué trataba. Leí el título en letras grandes «Martirio de un Ángel», no se distinguía el autor pero sí el año de publicación y la editora. Era bastante antigua. Comencé a pasar las hojas y de entre ellas algo cayó al suelo. Me agaché para cogerlo y vi que era una foto. Un reflejo en la distancia me hizo mirar al frente y comprobé que me encontraba frente al espejo donde se reflejaba mi imagen iluminada por la linterna aunque bastante distorsionada por la falta de claridad y el ángulo de luz.

Por un instante tuve la sensación de que  aquella no era mi imagen si no la de otra persona que  me observaba tras el cristal manchado. Miré la foto. El papel había envejecido y presentaba manchas de humedad, pero se distinguía la figura de una joven vestida como para una  fiesta que se mostraba feliz y sonriente ante el fotógrafo. La tenía esa pátina entre decolorada y sepia que poseen las fotos de las primeras cámaras desfigurando un tanto los rasgos. Aún así y por algún motivo, la cara de la muchacha se me hizo conocida, como si fuese un recuerdo de alguien lejano o algo parecido. La volví a guardar donde estaba y miré hacia el espejo antes de comenzar a leer algo de aquella novela para ver de qué iba la historia. Allí seguía yo, con un libro en las manos y el reflejo de la linterna iluminando solo la mitad de mi cuerpo. Algo hizo que no pudiese despegar los ojos de la escena que se presentó ante mí cuando el interior comenzó a reflectar algo distinto a lo que miraba solo hacía un instante.

El espejo, ahora brillante y pulido reflejaba una estancia muy diferente al desván donde yo me encontraba. En el gran salón iluminado por la luz reverberante de una araña de cristal,  gente engalanada de fiesta se movía de uno a otro lado, conversando, tomando copas  y canapés que les presentaban los criados en bandejas o bailando en el centro  al compás de la música que una orquestina tocaba sobre el estrado. Me quedé paralizada por lo que estaba contemplando y  también muda para llamar a Pepe, que además no sabía dónde estaba aunque le sentía trastear por la parte de arriba. Quería llamarle  para que viniese a ver la escena del espejo, más que nada, por si solo estaba sufriendo una alucinación, quizá  él me pudiese aclarar algo, pero ningún sonido surgió de mi garganta, lo que me hizo sentir aún más vulnerable.

Seguí con la mirada fija en la escena que se desarrollaba frente a mí, con un pánico que por momentos se apoderaba de todo mi cuerpo subiendo hacia la garganta y amenazando con ahogarme, pero sin atreverme a dar un paso hacia ningún sitio, más que nada, porque las piernas me temblaban y no era capaz de moverme. Comenzó a disminuir la intensidad de la luz y todos miraron en la misma dirección. La joven vestida de blanco hacía su entrada  por una de las puertas del salón. Todos comenzaron a aplaudir mientras la orquesta entonaba unas notas que sonaron en mis oídos como «Feliz cumpleaños». Al momento siguiente, la luz se desvaneció quedando la escena casi en completa oscuridad, solo con el aura de un leve resplandor que se movía vacilante hacia donde esperaba la joven. El motivo de esta claridad parecía ser la gran tarta que transportaba una doncella, iluminada en su cumbre por velas encendidas. La música cesó de repente y la protagonista de la fiesta se acercó hacia el pastel que se posaba sobre una mesita, alentada por la señora joven que estaba a su lado, pensé que sería la madre quizás. Mientras iba al encuentro del suculento postre, el resto de la sala desapareció tras el espejo, solo la muchacha caminaba hacia mí. Su melena negra y ondulada había sido adornada con lazos y flores diminutas de seda de color azul, que resaltaba la belleza sonrosada de su cara. Extendió una mano como invitándome a participar en su fiesta.

Sus grandes ojos azules me hipnotizaron. Miraban profundamente dentro de mí y reconocí quién era… « la misma joven de la foto que había encontrado en el libro» y en ese mismo instante también recordé a quién se parecía…

Retiré la mano que casi tocaba la suya sobre el cristal del espejo y la sonrisa amable se borró del rostro de la muchacha convirtiéndose, primero, en una súplica ansiosa en sus ojos claros y después, en un rictus de sufrimiento y amargura en la cara. Un grito de terror brotó inconteniblemente de mi garganta al mismo tiempo que la mueca de la muerte se apoderó de la cara, ahora grotesca, de la mujer del espejo que intentaba salir de la cárcel donde se encontraba.

Conseguí tomar el control de mi cuerpo y tiré al suelo lo que tenía entre las manos retrocediendo y tapando mi ojos  para no seguir viendo aquello que me espantaba, cuando sentí que unas manos se posaban en mis hombros sujetándome. Seguí gritando y llamando a Pepe aterrorizada mientras me giraba golpeando con todas mis fuerzas a aquel ser infernal que quería arrastrarme con ella hacia las profundidades de…

—¡Para, Sandra, para… no me pegues… ¡Soy yo! ¿Qué te ha pasado? Me has asustado con los gritos… Pensé que…

Era él y  me sujetaba las muñecas para evitar que le golpeara el rostro. Al reconocerle me abracé a su cuerpo sollozando y aliviada momentáneamente…

—El espejo… el espejo… la mujer en el espejo… quería arrastrarme con ella…

—Tranquila cariño, no pasa nada, ya estoy aquí. Respira tranquilamente y cuéntame qué es lo que ha sucedido…

Temblorosa, seguí aferrada a su cuerpo como si fuese un náufrago a la deriva y él mi tabla de salvación. Sentí que me besaba y acariciaba como se hace con un niño para que se calme y salimos de aquel, para mí, tétrico desván. Nos sentamos en las escaleras y mientras yo le contaba lo que había visto él me miraba incrédulo.

—Tenemos que hablar con mi abuela —dijo.

Y comenzamos a bajar las escaleras de aquella casa que quería perder de vista cuanto antes. Mis ansias de conocer lugares raros estaban suficientemente cubiertas por esta temporada, además de que solo me quedaban un par de días de vacaciones y quería disfrutarlas con aquel joven  sumamente atractivo, fuerte y amable que me llevaba casi en volandas hacia la salida y que despertaba en mí sensaciones mucho más placenteras que descubrir misterios en lugares donde la realidad no es lo que parece.

Y aquí termina la primera parte de «La casa del cerro encantado». 

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La casa del cerro encantado  11 por Nicole Regez

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Me desperté con la alarma del móvil y miré la hora.

—« ¡Las seis de la tarde y yo con estos pelos…!» —pensé. Mi abuela repetía a menudo esta frase que yo he heredado. Acabo de soñar con ella… Algo de un cuadro y un pozo aunque no se porqué me pasa tanto últimamente, creo que es a causa de la casa que estoy visitando, me recuerda mucho a la suya. Después de que acabe  de conocer la historia, creo que iré al pueblo para rememorar también algo de mi infancia  y puede que anime a mi madre a que venga conmigo, no ha vuelto por allí desde que murió la abuela…

—«¡Cállate que ya te voy a dar de comer…!»  —Esta vez hablé a mi estómago que reclamaba insistentemente algo de  comida puesto que, prácticamente, no había probado bocado durante todo el día aparte, claro está, del aperitivo con Pepe. Me dí una ducha y bajé al bar para ver si podían ofrecerme algo para cenar.

Diego estaba al pie del cañón y bien despierto, ya que enseguida llegaría la clientela de la tarde noche cosa que pasaba a diario a partir de las siete más o menos y esa era la hora en aquel momento.

—¡Hola Diego, buenas tarde!

—¿Ya descansó Sandra?

—Sí, pero estoy muerta de hambre —dije—. ¿No tendrá algo consistente para comer?

—¿Cómo de consistente…? — preguntó él con una sonrisa.

—Pues… —dije pensativa llevándome la mano a la parte de mi anatomía que ante la inminente perspectiva de llenarse rugía  como un tigre— ¿Algo así como un plato de legumbres, sopa… o pasta…?

Se rió divertido, seguramente por la cara de incredulidad que puse en previsión de una respuesta negativa.

—¡Claro que sí…! —dijo—. Le puedo ofrecer sopa de picadillo, lentejas y guisado de carne con patatas y verdura, albóndigas en salsa, pollo asado, calamares fritos, gazpacho, y si quiere, una ensalada. ¿Qué  le apetece…?

—En este momento, me lo comería todo —dije con  evidente alivio—. Pero creo que tomaré la sopa, la ensalada y el pollo.

—Pues no se hable más, vaya para el comedor y siéntese en la mesa que más le guste que en un momento  llevaré su comanda.

Hice lo que Diego me dijo y entré en la sala donde unas cuantas mesas bien dispuestas se encontraban a la espera de comensales. Por supuesto a aquella hora estaba desierto, así es que tenía sitio de sobra para elegir donde acomodarme y lo hice justo en un rincón desde el cual podía ver la terraza. Al poco rato apareció Diego con la sopera que dejó sobre la mesa junto con un cestillo de pan y una botella de vino, más otra de gaseosa que ya le había pedido antes. Siempre  me asombra la capacidad de los camareros para llevar platos, vasos y otros utensilios en las  manos como si en vez de poseer dos, como todos los mortales, tuvieran una tercera y una cuarta escondidas en algún lugar para materializarse en el momento más inesperado.

Di las gracias y me serví un abundante plato de  sopa que, prácticamente, engullí; estaba riquísima y atemperó  mi estómago inmediatamente. Después llegó la ensalada y el pollo hecho a la parrilla, yo había entendido que era pollo asado pero daba igual porque olía divinamente y estaba torradito como a mí me gusta. Acababa de hincar el diente a un muslo al que  había untado de alioli  cuando vi a Pepe que aparcaba el coche y se dirigía hacia la entrada del bar. Un minuto después ya estaba sentado frente a mí con una jarra de cerveza y una platillo de camarones cocidos.

—¡Ya veo que no te privas de nada —dijo a modo de saludo— y que te gusta comer bien… y yo que pensaba invitarte a cenar!

—Pues hoy va a ser que no… pero puedes invitarme a un café con hielo —dije dando otro mordisco al  suculento y jugoso muslo de pollo que tenía en mi plato.

—Me gustan las mujeres que comen como Dios manda; no las tiquismiquis que siempre están a dieta con una hoja de lechuga…

—También tengo lechuga… —dije señalando el bol de ensalada.

—Sí, ya veo… ¿la estás dejando para el final, no? —y soltó una carcajada.

—¿Y cómo lo has adivinado…? —también yo me puse a reír y casi me atraganto…

Se levantó para darme unas palmaditas en la espalda, hasta que le dije que parase de atormentarme entre toses, risas y lágrimas en los ojos. Cuando se me pasó el ahogo seguimos charlando mientras yo terminaba de cenar y él consumía su cerveza con camarones.

Eran ya más de las ocho cuando llegamos a la casa con la luz del atardecer rondando por sus muros. En el interior el ambiente era diferente al de la mañana, más misterioso y lúgubre, quizá en previsión de la oscuridad de la noche que aún faltaba por llegar pero que llegaría en solo un par de horas. Una cosa eché en falta, la música de suspense que ponen en las películas de miedo ante  la llegada del protagonista al lugar del crimen.  Desde luego, estábamos en el mundo real y la única música que se escuchaba era la de las chicharras del huerto y nuestras palabras. Miré con aprensión hacia el rincón de la escalera por la que teníamos que subir al piso de arriba donde se encontraban las habitaciones, porque no me apetecía para nada nada toparme de nuevo con el perro medio invisible. Aunque no sucedió nada, todo parecía tranquilo, demasiado, pensé. Las escaleras eran de madera y ascendían en forma de caracol, bastante bonitas pero algo claustrofóbicas pues daba la sensación de estar ascendiendo por un agujero, lo que realmente es cierto, pero me dieron algo de miedo, no sé, como mal presentimiento, sobre todo en uno de los recodos de la espiral. Me recordaron a las del  campanario de la Iglesia del pueblo cuando unos cuantos críos de mi edad y yo subíamos para asustar a las palomas. Más de una vez, el susto nos lo llevamos nosotros al aparecer el sacristán por una puerta abierta hacia la mitad y nos amenazaba con contárselo al párroco. Entonces bajábamos a trompicones gritando: «¡Sálvese quién pueda!»

Llegamos a un amplio descansillo donde se distribuían las habitaciones que eran tres en total. Pepe me iba explicando:

—Ésta es la alcoba principal. ¿Ves la cama qué altura tiene?

Yo la miré sin asombrarme demasiado, aunque también vi las dos alacenas que se abrían a cada lado. El corazón me saltó dentro del pecho tan solo con pensar en dormir allí con los huecos aquellos mostrando su oscuridad y sin nada que los tapase. Imagino que quizás los cubriesen con cortinas, aunque no se veían por ningún lado, y sin embargo, sobre el cabecero colgaba un stor amarillento de encaje raído, como el sudario roto de un ahorcado pendiente de una destartalada barra de madera. El pequeño balcón con cortinajes oscuros abiertos hacia los lados, mostró su claridad mortecina cuando Pepe tocó la borla que daba fin a un grueso cordón que tiraba de los paños. A la izquierda se encontraba un aguamanil o lavabo antiguo de madera con su jarra de loza y la palangana algo desconchada. Bajo ella, una bacinilla de porcelana recogía el agua que caía por el agujero que  presentaba la jofaina en la parte baja. Toda una obra de artesanía que a cualquier anticuario le hubiese encantado tener en su tienda y por la que seguramente pediría una cantidad enorme en ese afán de la moda por colocar en las  casas cachivaches «demodés» o «vintages»

Al lado, una abertura sin puerta daba acceso a otra habitación. La escasa luz que entraba por la ventana daba un aspecto sombrío a ésta de paredes totalmente lisas, sin huecos como la principal, aunque sí contaba con una cama parecida y una enorme arca de madera sin barnizar aunque oscurecida por el paso del tiempo. El colchón mostraba enormes lamparones y huecos, típico de los que se usaban antiguamente rellenos de  lana o borra.

—Esta es la habitación donde la abuela veía caminar al perro invisible —comentó Pepe— y también se escuchaba a menudo el tic-tac de un reloj inexistente pues jamás hubo en esta casa tal artefacto por la superstición que tenía el tío de ella por estos artefactos de medir el tiempo.

—¿Otra historia de fantasmas…? —pregunté.

—No. Eso no tiene ninguna historia, simplemente, y eso también lo escuché yo de pequeño, algunos días por la noche sonaba un reloj por toda la casa, pero donde más se escuchaba era aquí.

—Quizás fuese el de algún vecino que resonaba en las paredes —sugerí.

—Nadie de los que viven o vivían alrededor poseía un reloj de este tipo. Cuando más silencio había también se escuchaban las cadenas y el vaivén del péndulo, además de los cuartos y las horas. Realmente era escalofriante, aparte de que nada más conciliar el sueño, sonaba de nuevo, despertándote al instante. Otras veces se paraba definitivamente y no se le escuchaba  durante bastante tiempo.

—Realmente raro —dije.

Abandonamos las dos habitaciones y salimos de nuevo al descansillo de la escalera donde, a mano derecha se abría la entrada de otra habitación, la cual se veía bien iluminada ya que daba al patio interior. Sus ventanas formaban una galería por  la que trepaba la flor de la pasión, con sus grandes flores abiertas y los estambres y el pistilo formando una cruz, de ahí el nombre. Es una planta que siempre me gustó, porque también mi abuela la usaba como seto de separación en su jardín. Más que una habitación, parecía haber sido usada como salita de estar, por la mesa camilla con la funda ajada y las sillas de enea apostadas a su alrededor con cojines de colores comidos por el sol. Un par de  mecedoras, también de enea, y una cómoda con la figura de una bailarina sin las manos, una caja de costura sin tapa donde los carretes de hilo se confunden en una maraña de colores raídos y agujas mohosas.

—Debió de ser un lugar agradable —comenté yo.

—Sí —afirmó Pepe. Aquí debieron cuidar a todos los bebés de la casa. Era el cuarto de costura por la luz que entra en él y cuenta la abuela que el sitio donde  los niños jugaban, incluido yo cuando era solo un bebé. En el patio, jugaban los más mayores, porque desde aquí se les podía vigilar. Recuerdo una cuna, pero no parece que está.

Salimos de allí, Pepe sacó la linterna del bolsillo.

—Ahora nos toca el desván— dijo mirándome fijamente—solo tiene unas ventanucos que dan al tejado y por eso traje la linterna. Además, hay muchos trastos y es mejor prevenir ya que, si nos entretenemos, nos servirá como iluminación para salir. Ya ves que aquí no hay luz eléctrica.

La puerta estaba cerrada y le costó abrir el picaporte. Empujó hacia adentro y las bisagras chirriaron desagradablemente. Un olor a polvo y cosas viejas inundó mis fosas nasales. Desde el techo se filtraban tres rayos de sol, cada uno desde  un agujero distinto en el tejado cubierto con los cristales llenos de suciedad. La imagen era fantasmal. El lugar parecía de pesadilla…+

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La casa del cerro encantado 10

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«El idílico paisaje en el que me encontraba hasta este momento, cambió drásticamente haciéndose más patente el abandono del huerto, las zarzas se arrastran sobre el suelo y llegan hasta  mis piernas, trepan por ellas como una liana hasta rodearme todo el cuerpo; la parra retorcida contra el muro de piedra en mil formas diferentes, extienden sus zarcillos hacia mí, amenazantes; las ramas de la higuera descienden hasta el tronco de madera en el que estoy sentada oscureciendo la claridad del día.  Siento que la angustia atenaza mi garganta y me falta el aire. Boqueo como pez fuera del agua intentando respirar, pero yo me encuentro  dentro de ella, bajo ella, sumergida en el líquido espeso y oscuro de la alberca cubierta por la gruesa capa de algas  que los rayos del sol no pueden traspasar. Tengo miedo y quiero gritar, salir afuera; mis manos y mis pies se mueven sin control para ganar la superficie, pero algo me sujeta fuertemente y no deja que me vaya. Cansada e inerme voy cayendo cada vez a más velocidad en el abismo. Siento como giro rápidamente dentro del   torbellino que me arrastra y abro los ojos: «Quiero saber hacia donde me lleva». Al fondo veo  una luz brillante  y voy hacia ella. Ya no estoy asustada. El miedo ha desaparecido. Floto en el aire y la sensación es muy agradable. Caras conocidas a mi alrededor me sonríen desde la niebla. Estoy en mi  habitación y desde el cuadro de la pared una dama vestida de seda avanza hacia donde yo me encuentro. Es etérea, con una melena negra y sedosa al viento. Se acerca y su voz suave me recuerda a la abuela:

— ¡Niña ten cuidado…! —pasa junto a mí dejando en el ambiente el aroma de las lilas, su perfume favorito.  Después se aleja tras la puerta cerrada…

Alguien golpea mi cara y la siento húmeda. Esa voz …».

—¡Sandra… despierta… Sandra…! ¿Te encuentras bien…?

—¿Qué… qué… pasa…? —el rostro preocupado de Pepe se inclina sobre mi cara —¿Eres tú quien me golpea…? ¿Cómo quieres que me encuentre con las bofetadas que me estás dando…?

He gritado enfadada y se queda cortado ruborizándose visiblemente.

—¡Chica, me has dado un susto de muerte! Te has caído redonda al suelo y menos mal que estaba aquí para sujetarte si no, habrías ido a parar a la alberca…  ¡Y no me apetece para nada bañarme en ese nido de ranas…! —soltó una risilla nerviosa, visiblemente aliviado.

Le miro incrédula.

—¿Qué dices…? ¿Qué me ha dado un pasmo…? Yo no…

—Oye —dijo él a la vez —deberías ir al médico si te pasa esto a menudo. Anoche también… 

—Lo de anoche fue distinto —dije, aunque no muy convencida —habrá sido porque estoy muerta de hambre. O será por el calor. El sol ya está muy alto. ¿Qué hora es…?

Mira su reloj.

—Pues va a ser que sí, que ha sido por el hambre. Se nos ha pasado el tiempo volando. ¿Sabes qué hora es…?

—Eso es lo que te he preguntado ¿no…?

—Es la hora del aperitivo. Vamos a tomar algo a ver si recuperas el color. Te has quedado blanca como una muerta… Como la de la alberca…

—¡Anda, déjate de tonterías que bastante susto he pasado con esa historia…!

Él ríe de buena gana. La preocupación por mi «supuesto mareo» se ha esfumado por completo.

—Pues todavía nos quedan las habitaciones y el desván. ¡Ése sí que te va a asustar! Sobre todo porque está lleno de trastos viejos.

—A mí me encantan las cosas antiguas…

—Ya veo… ya… y los misterios. Pero te asustas tanto que te desmayas…

Y echó a correr hacia la salida…

—¡Esperaaa… no me dejes aquí…!

Salgo disparada tras él, no tengo intención de permanecer más tiempo en este huerto.

Cuando le veo parado en mitad del camino, no me da tiempo a frenar, la inercia me hace chocar contra el pecho de Pepe y él me rodea con sus brazos para evitar que caiga al suelo… o eso creo.

—¿Pero… qué haces parado en mitad del camino como un poste…?

—¿No me has gritado que te espere…? Pues eso, esperarte…

—Pero…

Sus ojos de un marrón profundo están clavados en los míos y siento un bote en el estómago. Ya no sonríe y sus brazos me rodean fuertemente contra su cuerpo con lo que puedo apreciar el latido de su corazón tan acelerado como el mío.

—Eres preciosa —susurra acercando su cara a la mía.

—No… —digo haciendo presión con las manos sobre su pecho para separarme de él.

Suavemente deshace el abrazo y la sonrisa pícara ilumina de nuevo sus pupilas y se extiende por sus labios, borrando el mohín de disgusto.

—¡Vaya..! Bien… ¿Entonces tomamos ese aperitivo…? Hay un sitio que hace los mejores caracoles del pueblo.

—¡No!— exclamo— ¡Caracoles no, por favor…! ¿Es que aquí no hay otra clase de tapa que no sean caracoles…?

Pepe ríe de buena gana, y me contagia su alegría. Bajamos las escaleras, yo con cuidado, él de dos en dos saltando como un crío. El momento de embarazosa intimidad ha quedado olvidado.

Salimos a la calle y noto en la cara el choque de calor que en el huerto se diluía entre los árboles y la frescura del agua. La estrecha calleja que baja hasta la plaza parece un horno, ni una brizna de aire sopla en el ambiente.

—Esta tarde veremos el resto de la casa— dice —después de la siesta que aquí es sagrada.

—¡No me digas que todos echáis la siesta… ¡Vaya lujo de pueblo…!

—Pues sí, raro será quien no la duerma de una u otra forma. Mira ya hemos llegado.

Después de saludar al que imagino es el dueño del bar me pregunta.

—¿Qué te apetece tomar…?

—Pues… una cerveza y un bocadito de jamón. Tienen buena pinta.

Dirigiéndose a la barra pide

—Juanito, dos cervezas, un bocadito de jamón y una tacita de caracoles.

Me coge del brazo y vamos hacia una mesa cerca del ventanal. Agradezco el ambiente fresco del bar, aunque el aire acondicionado, a veces, me produce cierta alergia por el cambio repentino de temperatura.

El camarero nos trae la consumición y cada uno damos cuenta de nuestra tapa. Yo miro a Pepe cómo sorbe el caldillo del caracol y con un alfiler agarra al bichito medio introducido en la concha y lo come entero como si se tratase del mejor  manjar. Hay más gente a nuestro alrededor, la mayoría con la consabida tapa de cornúpetas minúsculos y la refrescante cerveza. Yo pido otro bocadito de jamón porque realmente mi estómago estaba bastante vacío y enciendo el segundo cigarro de la mañana. Incomprensiblemente, no he fumado nada durante todo este tiempo. La conversación gira en torno a la casa, y quedamos para terminar de verla a la tarde, a eso de las ocho.

—¿No será muy tarde? —digo yo.

—No, tenemos tiempo de sobra para terminar de verla antes de que sea de noche. De todas formas, llevaré un par de linternas porque el desván está algo oscuro, y da igual la hora en la que lo veamos. Además, luego te puedo enseñar el pueblo por la noche, que es cuando más animado se encuentra. No es que se pueda comparar con la capital, pero hay un par de pub que están bien y tienen buena música.

—De acuerdo —digo— Ya he visto que aquí la vida se hace por la noche.

—Eso es ahora porque estamos en verano. En invierno la cosa cambia. Vamos, te acompaño al hostal.

Se acerca al mostrador y paga la cuenta, haciendo caso omiso de mis protestas.

—Estás en mi pueblo —dice— Cuando me invites a conocer el tuyo te dejaré pagar a ti.

Le miro interrogativamente y él me guiña un ojo.

Llegamos al hostal empapados en sudor, y eso que hemos cogido un atajo entre las casas del pueblo para aprovechar algo la sombra de los edificios. Nos despedimos hasta después en que vendrá a buscarme con el coche.

Subo a mi habitación me doy una ducha y me tiro en la cama. Estoy cansada y enseguida me llega el sueño.

«Me encuentro en una habitación en penumbra, soy pequeña pero hay una cuna y alguien la mueve desde una mecedora. Ahora veo la escena desde afuera, la mujer coge al niño y se lo coloca en el pecho. Está contando una historia a la nena y le muestra un cuadro colgado en la pared. Es la pintura de una mujer joven y muy guapa con el pelo suelto y negro como el azabache…

—Ella es la madre de mi abuela—me dice. Tu antepasada era una mujer guapísima y el cuadro lo pintó su  marido cuando la conoció en casa de unos amigos. Estaba como doncella de la señora y quedó muy sorprendido por su belleza…

Entonces mi abuela me cuenta una historia terrible.  A la niña la encontró el amo, cuando estaba de caza, en una choza del bosque junto al cuerpo de un hombre al que habían apuñalado y que pensó sería su padre. Estaba muy débil y desnutrida, pero en vez de llevarla a la inclusa, el ama se quedó con ella. Le puso de nombre Cristina y cuando tuvo edad para trabajar la convirtió en su doncella. Nunca se supo quiénes habían matado al padre ni jamás se tuvieron noticias de la madre. Tampoco hubo denuncias de desaparición. Cuando se casó, con el pintor quisieron averiguar algo de su familia sin resultados. Su marido compró esta casa  y aquí hemos vivido desde siempre.

El niño dejó de mamar y la madre lo acostó de nuevo en la cuna. Yo me levanté y fui hasta el pozo que había en el patio. Me incorporé sobre el bozal y vi mi cara reflejada en el agua que estaba muy cerca. Era como la imagen de la señora del cuadro…

—Sandra, no te asomes al pozo que te vas a caer…—

Era la voz de mi abuela desde su habitación en la otra esquina de la casa. ¿Cómo podía saber ella que yo estaba asomada al pozo si estaba muerta…?

Un sonido intermitente se incrusta en mi cabeza no sé de dónde viene… Tengo la terrible sensación de que algo malo está por pasar…»

 

Me despierto con la música de la alarma del móvil….

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La casa del cerro encantado  9

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El sol ya estaba alto y calentaba demasiado. Decidimos que lo  mejor era protegernos bajo la higuera que se levantaba junto a la alberca. Desde allí podíamos divisar el huerto completo al mismo tiempo que mirábamos como la superficie verde de las algas, sobre el agua daba cobijo a mosquitos y gusarapos.

—Este es un buen sitio para las ranas —dije yo—. Se ven gran cantidad de crías.

—Tienes razón —sonrió—. Esas sí que son los verdaderos habitantes de la casa en estos momentos. Aquí las he cazado de crío, siempre que acompañaba a mi abuela cuando venía para dar un repaso a la casa, limpiar, mirar los desperfectos… esas cosas. Ahora ya, esto está algo abandonado. En la época de verano, los primos de vacaciones y ella  preparaba la casa  y lo disponía todo, para que la estancia aquí fuese lo más agradable posible, ante la carencia de comodidades de la que disfrutaban en la capital. Después todos se hicieron mayores y dejaron de venir, ya no les apetecía pasar las vacaciones en el pueblo. ¡Cuántas veces nos hemos bañado en la alberca…!

—Pues es un sitio muy tranquilo y a pesar de estar rodeado de casas, es como un oasis de silencio. Además,  ese agua tan limpia se ve que viene de algún manantial bajo la roca.

—Así es. Ahora está todo lleno de hierbajos y los árboles no se podan, ni la parra del muro, pero cuando mi abuela era más joven, el huerto parecía un vergel lleno de flores, hortalizas, las uvas, los higos…

—¡Qué ricos…! Se me hace la boca agua —dije mirando hacia arriba, donde ya se veían los frutos aún verdes pero que, en poco tiempo, se podrían comer.

Pepe también alzó la vista…

—A estos todavía les falta bastante para que maduren. Pero las brevas de  aquellas higueras de abajo, enseguida se podrán recoger pues ya casi están maduras. ¡Y no veas lo ricas que son recién cogidas del árbol…!

Se estaba bien allí.

—Hablando del manantial —dijo—, ¿sabes que viene de muy lejos? De niños nos intrigaba saber qué había en la cueva por donde nacía el agua. Alguna vez, a escondidas, porque nos tenían prohibido introducirnos en ella, nos fuimos siguiendo el camino del riachuelo, pero este se estrecha hasta el punto que, aunque éramos pequeños, no pasábamos por el agujero. Además, nos daba miedo por lo que siempre se adelantaba uno de nosotros para mirar por él y demostrar que era el más valiente. Nadie decía si había visto algo tras el hueco, pero generalmente escapaba corriendo y los demás le seguíamos muertos de miedo. Uno de los días me tocó ir a mí. Estaba aterrado porque no sabía qué me podría encontrar. Arrastras llegué hasta el final rasguñándome las rodillas y todo empapado por el agua. Mis primos gritaban tras de mí que me asomase para ver qué había detrás. El corazón me latía como si quisiera salirse del pecho, pero tomé aire y en un ataque de valentía acerqué la cabeza y miré por el hueco.Todos se habían callado esperando mi reacción. Me llegó a la nariz un olor que no conocía mezclado con el del agua. Sentí que algo chapoteaba en el riachuelo entre las piedras y abrí los ojos. Ante mí cara aparecieron unos puntitos brillantes que se movían nerviosos lanzando chillidos que al momento reconocí… ¡Eran ratas…! Retrocedí espantado pues me dan mucho repelús esos bichos y en cuanto pude ponerme de pie, salí pitando de allí y jamás volví a entrar. Mis primos se reían de mí, pero yo no les hacía caso.

Me entró una risa tonta, ya que yo también tenía pavor a las ratas y miré con aprensión hacia la cueva por si se escapaba alguna para ver quién andaba por allí.

—No te rías que no tuvo ninguna gracia —dijo Pepe, pero acabó por soltar la carcajada él también—. Lo mejor de todo es que la abuela y nuestros padres lo sabían, porque ellos habían «explorado» la cueva cuando eran pequeños haciendo caso omiso de sus mayores, al igual que nosotros.

Siguió hablando de sus travesuras de niño, con emoción desbordada igual que si lo viviese de nuevo, pero a mí me interesaba ver el resto de la casa antes del mediodía aunque estaba disfrutando del momento y me sentía muy bien junto al chico por su desbordante vitalidad.

—Será mejor que me enseñes el resto de la casa —dije haciendo ademán de levantarme del tronco de madera donde nos habíamos sentado.

—Espera un poco, que todavía tengo que contarte lo de la alberca.

—¿Otra travesura tuya…?

—No. Lo que te voy a decir ahora cuenta la abuela que le pasó a unos de sus primos, y da un poco de miedo.  

—¿Más «miedo»…? —dije yo.

—Sí, pero no ha vuelto a suceder nunca más desde entonces. Por lo menos, nadie ha dicho nada más sobre ello. Te cuento…

—Mi abuela se crió con unos tíos, pues sus padres, los verdaderos dueños de esta casa, murieron después de la guerra, aunque esa historia ya la conocerás más tarde. A lo que iba. Mi abuela y sus primos se bañaban en la alberca igual que todos los que hemos pasado por aquí. Uno de ellos pasaba mucho tiempo dentro del agua y se sumergía a menudo bajo ella aguantando bastante la respiración. Un día tardaba demasiado en salir y su hermano mayor vio cómo que en el fondo de la alberca su hermano agitaba las piernas desesperado pero que no conseguía ascender a la superficie. Entonces se lanzó a por él y lo sacó casi inconsciente ya que había tragado bastante agua. Su madre, que estaba ocupada tendiendo la ropa, mientras el padre trabajaba en la huerta, acudieron enseguida al escuchar los gritos de los críos, y reanimaron al chiquillo no sin antes echarles a todos una buena bronca.

—No me extraña —dije yo—. ¡Menudo susto se llevarían…!

—Lo peor no es eso —siguió—. Después de dejar de toser y soltar todo el agua que había tragado se reunieron todos bajo la higuera ya que, por ese día les habían prohibido a  volverse a bañar, el chico les contó algo que  los demás desconocían. Él pensaba que era algo normal y que sus hermanos también la veían.

—¿Verla…? —pregunté con aprensión mirando hacia la alberca. No me apetecía nada encontrarme allí con otro fantasma. Una cosa es el misterio, y otra muy distinta que se me aparezcan espectros a cada paso…

—¡Tranquila, que desde entonces no volvió a pasarle a nadie, de momento…! —y soltó una carcajada ante mi cara de susto—.  Sigo…

El primo de la abuela dijo que se quedaba bajo el agua porque veía a una niña vestida de blanco muy guapa pero triste, y le pedía que se quedase a jugar con ella. Se quedaban a ratos en un rincón hasta que él tenía que salir a respirar, aunque la niña parecía no necesitarlo.  Nadie hizo caso de lo que estaba contando, más bien, se rieron de él pues los demás no habían visto nada semejante. Él insistió una y otra vez en que era verdad y  que ese  día la niña se había comportado de un modo diferente, estaba más triste y hablaba de sus padres. Quiso que la siguiese por un hueco que se abrió bajo la alberca en el sitio donde solían jugar. Él la siguió, pero de pronto sintió que le faltaba el aire e intentó soltarse de la mano para subir a respirar como otras veces, pero ella no le dejaba marchar. Cuando su hermano apareció para sacarlo del agua, la pequeña desapareció, pero ya no era una niña guapa, se había convertido en un esqueleto repulsivo…

Sentí que un escalofrío recorría mi columna vertebral de arriba a abajo, a pesar del calor. Me había imaginado la escena y desde luego pensé: «No seré yo quien se bañe en esta alberca por muy inocente que parezca ahora».

—¿Y… dices que esa aparición no la volvió a ver nadie, nunca más?

—Pues eso parece. Después del incidente, y aunque no le creyeron ni los pequeños ni los mayores, el tío mandó vaciar la alberca por completo y la limpiaron. En el rincón encontraron un boquete que se había abierto al desprenderse una de las piedras.  Quedaban al aire las aristas de hormigón, por lo que arreglaron el desperfecto para que nadie se hiciese daño al bañarse. Los demás chicos siguieron disfrutando del agua, pero el primo de mi abuela, jamás volvió a bañarse aquí.

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La casa del cerro encantado  8

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Pepe se quedó callado mirando por la ventana abierta. Yo estaba pensando en lo que me había contado. La historia de la abuela de Justina era estremecedora, pensar que un padre podría hacer semejante barbaridad con su hija se me antojaba incomprensible. Allí había sucedido algo terrible y las apariciones junto a los extraños ruidos que a menudo se escuchaban probablemente tuviesen que ver con ello.

—¿Seguimos viendo la casa? —preguntó Pepe sacándome de  mis pensamientos.

—Sí, desde luego. —contesté poniéndome en pie.

—Mira, estamos en lo que fue el comedor y aquella puerta del fondo lleva hasta la cocina y el corral.

La sala tenía el suelo embaldosado con anchas placas de piedra. Era espaciosa y se conservaba bastante bien a pesar de que el  revocado de las paredes estaba raído y con grandes desconchones. Pasamos por la puerta que daba acceso a la cocina y Pepe agachó la cabeza para no darse con el quicio pues era demasiado alto para pasar por el hueco.

Salimos a un pasillo estrecho, húmedo y oscuro con un techo que parecía perderse hacia arriba. Justo enfrente del comedor se abría la puerta de otra habitación más pequeña, con una ventana que daba a un jardín-patio interior por la que entraba algo de luz. Me fijé que en el suelo, no muy lejos de la entrada, había una trampilla.

—¿Dónde lleva esto? —pregunté a mi acompañante señalando hacia el sitio con la mano.

—Esa es la entrada de las antiguas cuadras y que mi abuelo convirtió en sótano. Está muy deteriorado y es peligroso bajar, pero si quieres lo vemos.

—Después, —dije— ahora prefiero ver lo que está en la superficie.

Pasamos a la cocina amplia y oscura ya que, solo contaba con un único ventanal abierto al corral cuya escasa luz no permitía ver todos sus rincones, apareciendo como lugares de sombras en los que cualquier cosa podría estar escondida al acecho. Me llamó la atención la alacena abierta a mi derecha por la que se veía ascender una escalera muy estrecha que llegaba muy arriba. Estaba atestada de cacharros para cocinar, grandes sartenes de hierro con patas, ollas de barro, lebrillos, orzas… De unos ganchos de la pared colgaban cucharones, sartenes más pequeñas, atizadores para el fuego, cazos de diferentes medidas, cestas de esparto… Aquello me hizo retroceder al pueblo donde nació mi madre. La casa de mi abuela  heredada de sus antepasados también guardaba todas aquellas cosas limpias y ordenadas en el sótano, bien distintas de las que se mostraban allí apelotonadas y herrumbrosas.

—¿A dónde lleva la escalera…? —pregunté.

—A ningún sitio ,—contestó Pepe— acaba en el tejado.

—Un poco raro, ¿no? —dije yo.

—¿Raro? No ¿Por qué…? En realidad termina en una trampilla que da acceso al tejado. Si alguna vez había goteras se subía por ahí para arreglarlas, por lo menos así nos lo han dicho desde siempre.

Ante mi cara de incredulidad preguntó.

—¿No pretenderás subir por ahí…? Esta escalera no es segura, aunque está excavada en la roca, los peldaños son muy resbaladizos…

—¿Encima de la cocina hay alguna habitación? —pregunté yo a mi vez.

—No creo. El techo es roca y forma el suelo del huerto. Al ser en principio una cueva, las paredes no son como los de una casa normal. Ya has visto el pasillo. Esta casa tiene una construcción muy irregular.

No dije nada y fui hacia la puerta de salida de la cocina que comunicaba con el corral. Estaba tapiado y rodeado de las fachadas encaladas de otras casas que se habían construido a su alrededor. El suelo empedrado de cantos rodados como la calle, mostraba hierbajos entre sus rendijas; en una esquina se veía una caseta cerrada con puertuca astillada. Era el retrete según me indicó Pepe.  Una orza grande abierta al pozo ciego con una tapa de madera.

El cubo de cinc lleno de agua se encontraba al lado.

—Aquí no hay agua corriente, solo está el pozo.

Miré a mi alrededor y no vi ningún pozo. Al ver mi gesto de extrañeza soltó una risita…

—El pozo está dentro, hemos pasado cerca de él pero no te has dado cuenta. Cuando vayamos al pasillo te lo mostraré.

Y allí estaba, en aquel callejón estrecho que se elevaba en altura hasta el tejado, al igual que la escalera de la alacena. La pared era de piedra y adosado a ella, a un metro aproximadamente, se extendía un poyo cubierto. En una esquina se veía un  tablón cuadrado que se introducía por la pared bajo una abertura suficiente como para contener una argolla y la cadena de hierro.  De ésta pendía un cubo de zinc abollado por todos los sitios de los múltiples golpes recibidos al izar el agua desde el fondo hasta la superficie.

«¡Aquello era algo que yo no me habría imaginado nunca, el pozo en el centro de la casa…!»

Pepe se acercó y retiró la tapa apoyándola erguida sobre el poyete, demostrando la fuerza que tenía, pues parecía muy pesada. Enseguida noté el aroma del agua fresca y limpia, diferente al tufillo de humedad que impregnaba el espacio. A instancias del joven, me acerqué hacia aquella abertura oscura y mis ojos se sintieron arrastrados hacia la profundidad para toparme, al final, con una transparente luminosidad que incidía sobre el agua desde una esquina. Era tan profundo que la oscuridad de las paredes no dejaba que la luz llegase a la superficie, lo que sí percibí fue el rumor de la corriente.

Me aparté del brocal algo mareada y miré a Pepe.

—Es maravilloso, ¿no te parece…?

A mí no me lo parecía y estaba aterrorizada, más que nada, porque tenía un miedo visceral al vacío y aquello era como un hueco hacia lo más profundo de la tierra.

—No es un pozo normal —siguió diciendo él— se abre sobre un río subterráneo que pasa por debajo del cerro y abastece a todo el pueblo, pero este es el único en el que se puede observar esa claridad que no sabemos de dónde viene.

O sea que, el pueblo estaba asentado sobre una corriente de agua que prácticamente comenzaba bajo el cerro. Eso me hizo pensar en algo que leí sobre éstas y los efectos negativos para la salud física y mental de las personas que viven sobre ellas y también, en la negatividad energética que se produce en las casas bajo las cuales se deslizan dichas corrientes. Aquella casa despedía un ligero halo de esta energía negativa, pero quizá fuese más por los acontecimientos que habían sucedido allí que por el agua que corría bajo la superficie que ocupaba.

Salimos del pasillo otra vez al zaguán, justo enfrente de las escaleras bajo las cuales se me había aparecido el fantasma del perro y propuse a Pepe que me enseñase el patio interior, pues a la derecha se abría una puerta acristalada que daba acceso a él. Era pequeño, con una enredadera vieja y retorcida cubriendo toda la superficie de la pared, en la que se mezclaba rocosa y construcción de ladrillo. Frente a la puerta de entrada al patio, una escalera muy inclinada y de piedra, se abría al enorme huerto de la casa.  También era la primera vez que veía un huerto mucho más alto que la vivienda a la que estaba adosado. Cuatro grandes higueras se extendían a nuestra izquierda hasta llegar al muro de piedra que limitaba el lugar. De frente, se levantaba el resto del cerro que por esa cara mostraba un enorme agujero del que manaba un riachuelo que iba a dar a la alberca y un lavadero para la ropa. Lo habían dividido en dos canales para que repartiese el agua al mismo tiempo para los dos espacios que parecían presidir la parte más importante del huerto. A la derecha, continuaba la valla cubierta por una hilera de parras, ahora asilvestradas y un espacio que se distinguía claramente, había sido destinada a las hortalizas y legumbres. En la esquina que llegaba hasta la puerta de entrada, algo escondida a la vista por la fachada de la casa, se podía ver un montón de escombros, cubos de pintura, resto de hogueras…. daba la impresión de que aquello era el basurero de la casa. El lugar donde se deshacían de los restos orgánicos y los desechos de las diferentes transformaciones del inmueble.

Tomamos el camino de piedra casi escondido entre los hierbajos que conducía hacia la alberca.

—¿Sabes…? —dijo Pepe adentrándose en el—. En el huerto siempre hubo «miedo» al igual que en la casa.

—¿Miedo…? —dije yo—. ¿Qué quieres decir…?

—Pues eso, «miedo». Así le llama mi abuela a las cosas que pasan aquí. Dice que la casa está embrujada, como el cerro. Es verdad que ella es la que más cosas extrañas ha visto, y parece que a todo el que ha vivido aquí no le pasa eso. Los duendecillos se le aparecían por ahí —dijo señalando con el dedo el rincón de las basuras—. Los duendes indican donde están enterrados los tesoros, y más de una vez hizo que mis tíos o mi padre, removiesen partes del huerto, pero nunca consiguieron encontrar gran cosa. Algunas veces sacaban un plato de bronce o alguna moneda suelta, trozos de platos, orzas de barro vacías… pero jamás encontraron un tesoro. Corría el rumor de que los moros, cuando tuvieron que abandonar la cueva después de ser vencidos por los castellanos, al no poder llevarse sus joyas y dineros, los metieron en ánforas y los escondieron bajo tierra con la idea de volver algún día a por ellos. Aunque eso pasa por todo el cerro, por eso le llaman así. Contaban los habitantes de las cuevas que veían luces por las noches y a veces, también hombrecillos verdes, hasta comentaban que en una cueva vivía un enorme lagarto que protegía los tesoros escondidos en ella, pero nadie la encontró nunca.

—Eso solo son leyendas. —dije yo no muy convencida después de lo que me había pasado.

—Leyendas o no, algunas cosas suceden de verdad y si no, tú misma tienes la prueba.

—Sí, pero quizá eso tenga más que ver con algo sobrenatural, algún tipo de energía que se ha quedado prendida en la casa por los terribles sucesos que pasaron aquí. Quizás algo quedó pendiente de resolver en la vida de tu antepasada y por eso se producen los ruidos, esos tic-tacs de relojes que dices se escuchan por la noche, los pasos sin ir a ningún sitio, el perro… ¿Por cierto…? ¿Es verdad que no sabéis dónde se encuentra esa habitación…?

—Pues no. Parece que hubiese desaparecido.

—Si esa historia que cuenta tu abuela es cierta, el cuarto tendrá que estar en alguna parte, ¿no…? Algún hueco que no tenga salida, una pared diferente, las señales de haber existido tendrán que ser visibles en algún lugar, a no ser que se haya construido algo sobre ella que haga imposible su identificación.

—Mis tíos y mi padre, alguna vez,  mostraron interés por encontrarla a instancias de mi abuela, como con lo del tesoro, pero sin resultado alguno.

—Quizá no pusieron suficiente interés o temían encontrar los cadáveres de los emparedados —dije yo.

Pepe se encogió de hombros, y yo no dije nada más.

Llegamos hasta la alberca y vimos que solo tenía agua hasta la  mitad pues del “minao”, así dijo Pepe que le llamaban a la cueva por la que aparecía el riachuelo, solo brotaba un pequeño hilo de líquido. La superficie estaba completamente cubierta de algas y los mosquitos rondaban por ellas. El lavadero, estaba configurado de tal forma que, sobre una pila se posaba la piedra de lavar, en la que se veían muescas talladas  a  lo ancho para que el lavado fuese más efectivo. Un hilillo de agua pasaba por el canal e iba a desaguar en un pilón más grande que supuse sería donde se metería la ropa. Este también estaba casi vacío y cubierto de verdín como la alberca. Los dos depósitos mostraba un desagüe cercano al borde, supuse que para el riego de la huerta, aunque al pie del lavadero había un agujero medio tapado por una baldosa de piedra como si el agua sobrante escapase por allí hacia la profundidad del cerro.

—¿Sabes que aquí, en la alberca, también sucedían apariciones…?

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LA CASA DEL CERRO ENCANTADO  7  por Nicole Regez

LA CASA DEL CERRO ENCANTADO  7  por Nicole Regez

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El gruñido que escuché desde el rincón me cortó la respiración quedando uno de mis pies en el aire sin atreverme, siquiera, a apoyarlo en el suelo… Identifiqué dos lucecitas rojas bajo las escaleras que se movían de un lado a otro y que se oscurecían durante un instante para aparecer de nuevo. Sentí una mano sobre mi hombro y el terror hizo que de mi boca surgiese un enorme grito…

—¡No grites…! — escuché la voz de Antonio tras de mí—. Es inofensivo.

Sujetó mi brazo y me obligó a entrar en la habitación de la que había salido sin que yo me enterase por estar pendiente del rincón bajo la escalera.

—Es el perro— dijo cuando consiguió que me sentase en una silla desvencijada al lado de la ventana abierta para que me diese un poco de aire—. Yo no lo había visto antes, pero mi abuela sí, muchas veces.

Yo le miré atónita. Antonio continuó.

—Te voy a contar una historia— comenzó mirándome fijamente —. Mi abuela habla de una antepasada suya que murió en esta casa en alguna habitación que nadie ha encontrado todavía. La encerró su padre por huir con el hijo de un criado que se ocupaba de cuidar los caballos y a quien él también ayudaba. El padre mandó buscarla, pues él había apalabrado el matrimonio de su hija con el hijo de un militar amigo suyo al que que conoció en la guerra de Cuba. Aquella mujer fue mi tatarabuela…

 

LA HIJA DEL CORONEL

«Juliana era una niña alegre, despierta e inteligente. Hija del coronel de caballería, Cipriano Cuesta, gozaba de una gran posición social en aquel pueblo pequeño al que había sido destinado su padre. A ella, en realidad estas cosas no le importaban demasiado pues, aunque su madre intentaba darle  una educación apropiada a su estatus social, le gustaba jugar con los hijos e hijas de los criados y mezclarse en la plaza con los demás niños del pueblo. Sus padres no veían bien esta propensión de su hija a mezclarse con la gente “baja” cuando ellos pertenecían a una clase social con más clase, eso le decían. El padre, un hombre orgulloso, reñía a su esposa por dejar a la niña que se enredase con esa gente. Él casi siempre estaba ocupado en sus cacerías o en sus charlas políticas con los prebostes del pueblo, el alcalde, el cura y el boticario junto con el médico y el maestro de escuela. Por eso no tenía tiempo para ocuparse de las correrías de su hija, de las que solo se enteraba si alguien le comentaba que la había visto en tal o cual sitio. Cuando le ordenaron marchar a las colonias para solventar los problemas de insurrección que habían surgido en Cuba, la madre dejó de preocuparse tanto por su hija como lo hacía antes, por miedo a las represalias del padre. Además, tenía que dedicarse a llevar la casa y cuidar de sus otros hijos y del que venía en camino, con lo cual, Juliana gozó aún de mayor libertad. Pasaron unos años, y la amistad con Antonio, el hijo del caballerizo,  se convirtió en algo más. Ya no jugaban como cuando eran niños, sino que daban largos paseos por el campo al acabar él su trabajo y verse ella libre de ayudar a su madre con los niños, pues a pesar de que en la casa había una criada, el trabajo era abundante. Los ingresos económicos disminuyeron drásticamente desde que el Coronel marchó a la guerra y tuvieron que despedir a algunas de las muchachas que trabajaban en la casa. Al atardecer se encontraban bajo la higuera del huerto y allí junto a la alberca, entre caricias y arrumacos, pasaban el tiempo libre que tenían jurándose amor eterno. Los padres de Antonio le aconsejaban que olvidase a la hija del amo pues éste jamás consentiría  que se casase con ella, pero él estaba muy enamorado de Juliana, al igual que ésta de él. A la chica,  la  madre le advertía de que no se ilusionase con el criado pues no pertenecía a la misma clase social que ella, y su padre se enfadaría mucho si se enteraba de que se veía con él. Juliana contestaba que estaba enamorada de Antonio y que se casarían quisiera su padre o no, y que no le importaba la clase social a la que pertenecía, que el amor estaba por encima de todas aquellas tonterías de la sociedad.

Pasaron cinco años y un día el Coronel volvió a su casa. Los pequeños casi no le reconocían y Juliana apenas se acordaba de él pues su trato había sido siempre distante. La rutina de la casa cambió drásticamente. El Coronel había envejecido bastante durante el tiempo que estuvo en la guerra y su carácter, de por sí iracundo y autoritario, se agrió aún más por la pérdida del brazo izquierdo a manos de uno de los insurrectos, tratando a su mujer y a sus hijos de forma dura y dictatorial. Los encuentros entre Antonio y Juliana se distanciaron ante la vigilancia férrea que el padre ejercía contra su hija, pues estaba pensando en casarla con un buen partido para recuperar las pérdidas que había tenido en su patrimonio. Ellos, sin embargo, se veían a escondidas utilizando los pasadizos de la casa hacia las cuevas, en las horas que sus padres estaban dormidos.

Cuando el Coronel  dijo a su hija que debería casarse con Pedro, hijo de un amigo suyo y al que él había prometido su mano, Juliana contestó que jamás se casaría con nadie que no fuese Antonio. Ante la negativa de su hija y después de enterarse de quién era el muchacho, montó en cólera encerrando a la joven en su habitación, hasta que se formalizase el noviazgo con el pretendiente que él había elegido.  Antonio se enteró por un hermano de Julia, lo que  había pasado con su hermana, pues no iba a las citas, y se presentó en la casa para pedir al Coronel la mano de su hija. Esto acabó de desatar la ira del hombre por el atrevimiento de su criado y despidió al joven diciendo que no le quería ver más por sus tierras ni por el pueblo si no, sufriría algún accidente.

Antonio se escondió en las cuevas y como los pasadizos que unían la casa con éstas no tenían secreto para él, una noche se presentó en la habitación de Juliana y huyeron juntos sin que nadie se enterase.

Cuando al otro día, el Coronel supo de que su hija había desaparecido, mandó llamar al padre de Antonio y le pidió una explicación, pero el hombre no sabía nada. Él pensaba que su hijo habría marchado de allí y no tenía noticias de dónde estarían ahora y tampoco estaba enterado de que tuviesen  la idea de escapar juntos. El amo mandó reunir a los hombres que labraban sus tierras y escogió a dos de ellos, los que tenían más fama de brutos y sanguinarios y les libró de la obligación que le debían como arrendatarios, a cambio de  encontrar a su hija y degollar al maldito que se había atrevido a robar algo que consideraba de su propiedad. Pasaron cerca de tres años cuando los hombres se presentaron una noche con Juliana atada de pies y manos a una mula y el Coronel, después de dar una enorme paliza a su hija, la encerró en una habitación dejando al enorme mastín  de la casa junto a la puerta para vigilar que nadie fuese a visitarla, solo la vieja criada que le llevaba la comida. La muchacha venía embarazada y dio a luz con las campanadas del último día del siglo ayudada por la mujer. Nació una niña que se la arrebataron y ella, no se sabe si de pena o por las fiebres que muchas mujeres sufrían entonces después del parto, murió en aquella habitación sola y sin consuelo de nadie, pidiendo a gritos que le dejasen ver a su hija. No la enterraron, sino que se tapió el cuarto dejando al pobre perro dentro, cuyos aullidos se oyeron durante días hasta que murió.»

Yo escuché la historia sin interrumpir a Pepe ni una sola vez. De pronto recordé algunas cosas del sueño que había tenido por la noche y que se parecía bastante a lo que él me contaba pero no encontré una relación lógica para ello.

—¿Entonces… — pregunté—, lo que he visto ahora crees que tienen relación con aquello que ocurrió?

—Según mi abuela, sí. Tú prácticamente no has llegado a ver nada más que los ojos del animal, pero ella dice que, la primera vez que se apareció tuvo tanto miedo que no logró dormir en toda la noche. Parece ser que escuchó unos pasos sobre el piso cuando estaba preparándose para ir a a la cama,  junto a sus primos. Dormían todos en la misma habitación ya que la guerra había dejado sin casa a unos parientes y estaban alojados allí, por lo que no tenían suficientes cuartos para todos. Unos yacían en la cama y otros en el suelo, en colchones tirados sobre el piso. Cuenta que nadie se enteró de nada, solo ella. Cuando se acostó en su jergón junto a otras primas, vio por debajo de la cama al otro lado, unas enormes patas de perro. En la casa no había perros, por lo que pensó que habría visto mal. Se levantó y fue a mirar, pero allí no encontró ningún animal. Ella no era miedosa, por lo que pensó que sería alguna sombra de la colcha y se fue a acostar. Pero se seguían escuchando las pisadas y al tumbarse otra vez en el colchón, las patas de perro continuaban allí, al otro lado de la cama y comenzaron a andar. Ella se levantó por si esta vez conseguía ver algo y de pronto, dos lucecitas rojas la miraron a la altura de su cabeza flotando en el aire. No había cuerpo del animal, solo cuatro cuatro patas grandes que se dirigían hacia la puerta de la habitación, como si se moviese un perro enorme e  invisible. Todos estaban dormidos menos ella, y ni siquiera tuvo fuerzas para gritar. Horrorizada, se acostó sin hacer ruido y se tapó la cabeza para no ver más aquella cosa espeluznante que se paseaba por el cuarto.

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