UN DÍA DE VERANO (última parte)

UN DÍA DE VERANO (última parte)

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06:00 pm

Decidí pasar el resto de la tarde encerrado en casa dejando que pasaran las horas sin hacer nada porque, visto lo visto, lo mejor era estar ocioso y no provocar más al destino que se había propuesto que conociera de cerca el infierno (no solo por las desventuras que estaba viviendo sino también por el calor asfixiante). Estaba deseando que el reloj marcara ya las 24 horas de aquella funesta jornada.

Había pasado unas dos horas en las dependencias de la policía local. Durante el percance y mi arresto preventivo (para evitar que me pusiera más nervioso y pudiera alterar el orden público, me dijeron) había perdido mi sombrero y también había dejado abandonadas las pertenencias que había estado arrastrando durante todo el día (les tenía apego porque era lo único que reconocía y que me reconciliaba con mis aburridas vacaciones hasta ese día). Confiaba en que el camarero se apiadara de mí y me las custodiara con cariño aunque, después del espectáculo y de no haberle pagado la cuenta tenía mis dudas.

Me tuvieron en una sala de espera acompañado de turistas que estaban esperado para formular una denuncia. Me ofrecieron agua porque no tenía dinero ni para sacar un refresco de la máquina expendedora. Aquello era lo más parecido a una terminal internacional del cualquier aeropuerto: todas las nacionalidades estaba allí presentes. Se denunciaban desde unos tocamientos realizados por algún perverso aprovechando el anonimato de la multitud, hasta el hurto del pollo asado comprado para la comida. Naturalmente móviles, bolsos, maletas, relojes y joyas estaban entre los delitos más populares, eran los campeones.

Está usted muy alterado, señor —Me dijo el que me puso las esposas y que pretendía mostrarse ahora cercano.

Verá señor agente…

Agente me vale, no hace falta el «señor…»

Como usted mande, que para eso es la autoridad. Como le decía señor policía…

Le he dicho que no hace falta que utilice el «señor», esto no es el ejército aunque se lo parezca por la forma en que vamos uniformados. Pero nunca sabe uno cuándo le van a disparar y en esta época del año corre mucha gente por aquí y eso incluye a los maleantes que hacen su Agosto…y nunca mejor dicho. ¿Me entiende?

Perfectamente, cualquier prevención es poca. Pues como le decía señor urbano, yo…

¿Pero es usted tonto o me está provocando? Le he dicho que el «señor» se lo puede meter por allá donde le quepa. Ni urbano, ni policía aunque es obvio que lo soy. O me llama por mi nombre o con un aséptico agente es subiente.

Pero es que no me ha dicho su nombre, señor guardia. Uy, perdón, agente sin nombre.

Así fue como acabé en la sala de espera, sin esposas, pero sin poder salir hasta que el señor agente, policía local, antes guardia urbano, acabara su trabajo con las denuncias o lo que es lo mismo , se le pasara el cabreo que yo le había provocado. No sé por qué les irrita tanto que los llamen urbanos a los actuales policías locales. Desde que llevan pistola parece que les moleste que los confundamos con los legendarios y añorados controladores de tráfico.

Antes de que el sillón de casa me adoptara por el resto del día y después de recuperar una llave del apartamento en la oficina de fincas que me lo alquiló, me metí en la ducha para quitarme la escoria acumulada en mi empeño por descubrir los diferentes materiales del suelo y para quitarme el susto que todavía tenía en el cuerpo después de ser casi atropellado por una autocaravana

Debajo del agua parecía que recobraba la humanidad y la dignidad (por poco tiempo). Todavía temblaba. Cuando el agente (ahora que no me escucha lo digo bien, qué ironías tiene el destino) me dejó libre con un lacónico:«fuera de mi vista», salí de allí pitando sin fijarme demasiado por donde andaba. Resulta que lo hacía por medio de la carretera (la estaba cruzando). Cuando levanté la cabeza lo que vi fue el frontal de una especie de furgoneta grande, como una casa con ruedas, que se me venía encima. Escuché el chirrido de la ruedas mientras el conductor frenaba y pude oler la goma quemada de los neumáticos. Me quedé paralizado, no solamente por el agarrotamiento típico de las situaciones de peligro vital, sino porque reconocí de inmediato al conductor del vehículo. Era mi ángel de la guarda hoy.

El orondo alemán sonrió, mientras pude adivinar como las gotas de sudor se le deslizaban por el rostro colorado. La camioneta quedó frenada a un centímetro de mi cara. Estaba rígido, inmóvil y mudo pensado en lo cerca que había estado de ser el protagonista de la disminución de censo (estacional) de aquella localidad. Cuando escuché el ruido de sierra del freno de mano, supe que ya estaba a salvo. Levanté la mirada hacia el parabrisas y fue entonces cuando mi cuerpo reaccionó. Un temblor volcánico se apoderó de mí a la vez que intentaba balbucear palabras de agradecimiento. Me quedé más boquiabierto si cabe cuando observé que el copiloto era la rubia esbelta que había visto (me alegró comprobar que no se trataba de una alucinación) en el paseo marítimo mientras intentaba tomarme el vermú. Me sentí entonces culpable por haberla mirado con lujuria , pero quién iba a suponer que se trataba de la pareja de aquel alemán grandote y salvador.

Mientras me enjabonaba repasaba los acontecimientos e intentaba encontrar el punto donde todo se había torcido. ¿Había sido la mujer que me interrumpió la lectura?, ¿la ruptura cruel de la pareja adulta?, ¿los cazadores de pokemon?, ¿el perro?… En eso estaba cuando me quedé a oscuras. No grité porque no había nadie para escucharme.

El lavabo no tenía ninguna ventana así que no entraba ni una pizca de luz natural. Enjabonado todavía, intenté salir de la ducha pero al poner el pie fuera del plato tuve un conato de caída por resbalamiento. Decidí que teniendo hoy una nube negra encima lo mejor sería desplazarme a cuatro patas para evitar otro accidente. Así que de esa forma tan poco edificante me dirigí hacia donde se encontraba el cuadro de luces. Me notaba tan ridículo (otra vez) que agradecí encontrarme completamente solo en casa.

Notaba como el corazón bajaba de revoluciones y se acompasaba a la respiración pausada que el reposo en la el sillón me proporcionaba. Los párpados que no querían ser menos se cerraron con desgana , como si se vieran obligados a hacerlo para no desentonar con la desactivación del resto del cuerpo. Me quedé otra vez a oscuras pero esta vez no fue un fallo de electricidad.

Sonó el timbre de la puerta.

Creo que esto es suyo —me dijo en un castellano a trompicones .

Sí, bueno..No sé. Creo que sí. No sé que decir…Lo perdí…

Me obsequió con una franca sonrisa que dejaba entrever unos dientes blancos , perfectamente alineados y protegidos por unos labios carnosos. La piel bronceada y cuidada tenia un brillo sugerente. Miré más allá del umbral de la puerta, detrás de ella y por el rellano, para ver si iba acompañada por el orondo alemán. Esta sola y la tenía delante de mí. De cerca todavía era más bella y sensual que cuando la vi por primera vez. Ahora llevaba el cabello suelto y le daba un aspecto más salvaje pero para nada descuidado.

Me ha costado mucho dar con usted, pero quería darle en persona su sombrero.

No sabe cuánto se lo agradezco que haya venido…y que traiga el sobrero también.

Bueno no quiero molestarlo más…

Para nada. ¿Puedo invitarle a tomar algo?

Puede tomarme a mí…

Eso sí lo dijo en un perfecto español y provocó, una vez más, una sacudida de todos mis sentidos. Volvía a cabalgar el corazón y el alumno aventajado solicitaba impacientemente todo el torrente sanguíneo…

¡Bip, bip, bip…Bip, bip, bip…Bipbipbippppp…! Me despertó la alarma que había puesto para avisarme de cuando dejara atrás aquel infausto día. Me había jugado la última broma, aunque se despidió con un buen recuerdo. Llevaba unos segundos del nuevo y lo primero que haría es meterme a la cama para empezar con buen pie. Me fui cantando para evitar la carcajada que todos mis sentidos me pedían.

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UN DÍA DE VERANO (primera parte)

UN DÍA DE VERANO (sexta parte)

UN DÍA DE VERANO (sexta parte)

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¿Podría ponerme un vermú?

Buenos días, claro que sí. ¿Blanco o negro?

Perdón por mis modales, llevo un mal día. Negro va bien.

Ya veo. No se preocupe. ¿De grifo o embotellado?

El de la casa me gusta, con mucho hielo.

Perfecto, hoy es un día muy caluroso… ¿Le pongo una rodaja de limón o de naranja?

¡Un día de mierda! Espero que mejore a partir de ahora. Me gusta con naranja, pero lo que de verdad me gusta es el vermú…

Entiendo. Ya me apuro. ¿Le pongo una aceituna?

Mire usted. No hay que ser “Colombo” para saber que hoy todo me está saliendo mal. Recabo aquí después de no poder entrar en casa al dejarme la llaves dentro. Estoy sudado, sucio , lleno de arena, de babas de perro y sediento. Pero sobre todo cabreado. Mucho. Una oliva o veinte me da igual.

Tranquilícese. Ahora está aquí a la sombra y pronto se le pasarán todos los males con el dulce elixir que le voy a servir. ¿Le traigo sifón?

¡Por el amor de «Baco», tráigame lo que quiera!

De acuerdo. No le preguntaré a cuántos cubitos se refiere con lo de mucho hielo…

Mejor que no porque haría compañía a mucha gente que hoy he enviado allá donde el hedor es insoportable. Pero yo sí le voy a decir una cosa.

Dígame, aquí estoy para servirle. Soy un profesional…

No le voy a poder pagar.

No se preocupe. Le tengo visto y me fío de usted.

Muchas gracias. No llevo nada de dinero encima, no puedo entrar en casa y voy cargado. Tengo la garganta seca y llena de arena y aunque sería más razonable el agua, el alma me pide algo que atonte mi cerebro…

Entiendo, entiendo…

Déjeme seguir….Como le decía necesito olvidar un poco las penas, como se suele decir, pero mi estómago también tiene voz en este entierro, que como sabrá también es una frase hecha que se suele utilizar. Viendo su amabilidad, comprensión y a la vista de que cuando quiera llegar a eses punto ya estaré muerto de sed y de ansiedad , me anticipo a su batería de preguntas…muy profesionales todas, eso sí. ¿Podría ponerme algo para picar?

Señor, sé que está siendo irónico, pero no me ofende porque soy muy competente y esa parte , la de la paciencia, forma parte de mi formación en el arte de la hostelería, porque aunque esto sea un chiringuito asqueroso en una playa vulgar y llena de turistas que no saben valorar un buen servicio, yo no me relajo y me siento orgulloso de mi función social y de contribuir humildemente a engrosar la lista de ser el país con más bares por habitante. Teniendo en cuenta todo esto yo agasajo a mis clientes con una tapita de patatas bravas con cualquier consumición, aunque no tengan intención de pagar.

No pretendía molestarlo. Solo quería tomar un vermú sin tanta virtuosidad, pero también entiendo que me está haciendo un gran favor al servirme (espero que sea en algún momento) sabiendo que no llevo dinero, aunque mi intención es pagarle en cuanto las desdicha me abandone y pueda entrar en casa y, si no sucede un cataclismo al cruzar los escasos diez metros de calle, regresar con él. Por eso y ante su inagotable amabilidad y buen hacer, aceptaré esas bravas, pero para que que no se sientan huérfanas podría traerme también unos berberechos, unos mejillones y unas gambitas.

El paseo marítimo estaba a rebosar de gente a pesar del sol y los 40 grados que golpeaban a esa hora, donde las únicas especies que se atrevían a salir eran los reptiles (lagartos y variantes) y los humanos que están de vacaciones , sin importar raza, sexo o edad. Transitaba la mayoría luciendo el torso desnudo y mostrando las marcas infringidas en su cuerpo por la propia naturaleza (arrugas y otras cicatrices que luchaban por seguir siendo visibles ante la invasión del color rojo en la piel) o por la mano de otro ser parecido que utilizaba la piel de los congéneres como un lienzo.

Entre la muchedumbre observé como una mujer rubia, con el pelo recogido en una cola de caballo , me sonreía a medida que se acercaba hacia donde yo me encontraba. Me froté los ojos para comprobar que no se trataba de otra broma de mi destino (aquel día estaba siendo insoportablemente cruel) o fruto del «espirituoso» que me estaba tomando. Cuando los abrí, allí seguía y parecía que me sonreía cada vez con más intensidad. Pensé que mi suerte estaba cambiando mientras me puse la palma de la mano sobre los ojos para evitar que el sol me deslumbrara. La tenía a contraluz pero aun así podía advertir la escultural silueta. Llevaba un pareo perfectamente colocado que con la suave brisa que parecía levantarse y el sensual caminar dejaban entrever a cada paso una pierna infinita y morena. Una camiseta de tirantes, ajustada y transparente, dejaban a la vista las marcas que el bikini mojado dejaba en la tela. Mi temperatura interior aumentó y tuve que dar otro sorbo para calmarla, pero provoqué el efecto contrario. Volví a notar como cabalgaba mi corazón, pero esta vez sabía perfectamente el origen de ese desbocamiento.

De repente una ráfaga de viento se llevó mi sombrero hacia un destino incierto. Salí disparado en su busca sin reparar en lo peligroso que era cruzar ese río de gente que circulaba por el paseo. La rubia desapareció de mi objetivo a la fuerza , aunque si hubiera podido dominar a mi cerebro (el muy listo siempre se impone a mis deseos), me hubiera quedado allí parado esperando el desenlace final de aquel ritual de sedución (así lo imaginaba yo en mi delirio).

Me despertaron las patadas de una manada de críos que se se habían cebado conmigo por hacerme responsable del daños sufrido por unos de ellos. Al abrir los ojos no vi el cielo. Lo que tenía ante mí era un montón de caras circunspectas mirándome con una mezcla de sorpresa, indignación y preocupación.

¿Está bien señor?

¿Qué ocurre , donde estoy? —pregunté.

Me incorporé con ayuda de alguien que me alargó su brazo fuerte y poderoso. Me senté y cuando fui a darle las gracias me percaté que se trataba otra vez del orondo alemán que ya me había auxiliado cuando los cazadores de Pokemons me habían arrollado. Me miró como diciendo: «no te puedo dejar solo ni un momento». Le sonreí a modo de agradecimiento y me correspondió con un saludo al estilo militar (poniéndose la palma de la mano sobre la sien y diciendo: a sus órdenes).

Miré a mi alrededor y la gente se había arremolinado junto al chaval que también estaba sentado en el suelo con una pequeña herida en la rodilla. Volví a repasar a la muchedumbre en busca del camarero peruano, pero afortunadamente no estaba. Tampoc la rubia que había visto, aunque ya no estaba seguro de que fuera real.

Había sido arrollado en mi carrera suicida en busca del sombrero, por un grupo de chavales que circulaban en unos artefactos con forma de patinete sin manillar ni ningún otro asidero. Viéndoles así, sobre la la plataforma con ruedas, maneteniendo el equilibrio mientras con la manos podían seguir cazando Pokemons o enviado mensajes, parecían seres de otra galaxia que se desplazaban levitando.

Tiene suerte, amigo.

Quien se dirígía a mí era una policía local vestido como si fuera uno de antidisturbios, con chaleco antibalas, botas militares , pistola, porra y toda la parafernalia necesaria para intimidar.

Verá señor agente, yo no sé que ha pasado. Solo quería recoger mi sombrero que había decidio emprender un vuelo incontrolado y sin piloto..

La familia de muchacho no presentará ninguna denuncia…

Hombre gracias, ¿y yo, puedo presentarla?

Venga señor, váyase a casa que ya es usted mayor para andar con estas tonterías.

¡Acabáramos! Me atropellan, me dejan a mi suerte en el suelo mientras todo el mundo se preocupaba por el renacuajo y ahora la autoridad competente me llama viejo y demente. ¿Qué más me puede suceder hoy? —dije gritando con todas mis fuerzas.

Cálmese y no altere el orden o tendremos que llevarlo con nosotros.

¿Sabe dónde se puede ir usted…?

No me dio tiempo a acabar la frase que noté como me apretaban las esposas.

UN DÍA DE VERANO (quinta parte)

UN DÍA DE VERANO (quinta parte)

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Caminaba por el paseo marítimo, habiendo recobrado la compostura y masticando todavía arena. Ésta también la tenía adherida a mi cuerpo sudoroso porque finalmente no me duché para evitar perpetuar las sonrisas maliciosas de los testigos del abordaje que sufrí.

El orondo alemán seguía saludándome desde la playa , como vigilando que no tuviera más percances (como hacen las madres cuando dejan alejarse a su retoños unos metros por el parque), hasta perderme de vista. Supuse que es hasta allí donde él creía que llegaba su responsabilidad samaritana. Aceleré (sin ser consciente) intentando mantenerme erguido y orgulloso: no quería parecer desdichado (aunque así me sentía). Con el sombrero calado hasta la mismísima nariz y cargando con los cada vez más pesados bártulos me dirigí a casa. Me imaginaba dándome una ducha fría, relajándome en la terraza con una cervecita fresca y recapitulando la aciaga mañana. Me veía con un rictus irónico riéndome a solas de mi desventurado día.

Sin saber por qué, de repente se me aceleró el corazón. Una sensación de vacío en el estómago se apoderó de mí y lanzaba señales de pánico a mi cerebro que éste no sabía cómo gestionar. A medida que me acercaba al portal notaba el pulso cada vez rápido y la ansiedad me recordaba que tenía la boca seca y llena de restos de arena. No podía tragar por la falta de saliva y cuando el acto reflejo se imponía notaba como si por la garganta me pasaran papel de lijar.

Ya en rellano deposité con poca delicadeza mi equipaje (en ese momento ya eran elementos molestos y hostiles). Me costaba respirar como si hubiera corrido diez kilómetros en 38 minutos…Notaba cómo trotaba el corazón mientras buscaba y rebuscaba por todos los bolsillos de la mochila, de los bañadores, fundas y en cualquier otro lugar donde pudieran encontrarse las malditas llaves.

Cuando encontré un instante para pensar, vi pasar por mi mente , como si fuera una película a cámara lenta (supongo que para asegurase la tortura que ello me provocaría. Este cerebro mío siempre haciendo amigos…), el momento exacto en que me olvidé las llaves dentro de casa. Fue justo cuando estaba punto de atravesar el umbral de la puerta , cuando me percaté de que no llevaba el sombrero puesto. Retrocedí, deposité las llaves sobre la repisa del recibidor , me coloqué el hongo y salí de allí más contento que unas castañuelas en dirección a lo que que sería un matinal perfecto de playa y lectura (entonces no sabía, evidentemente, lo que me tenía preparado el destino).

Quise gritar y no pude. Apoyé la espalda en la pared y me deslicé hacía hacia abajo hasta quedar sentado en el suelo con las rodillas encogidas. Intenté meter la cabeza entre las piernas y tampoco pude (mi elasticidad es muy precaria y cómica, pero como en las películas lo hacen pensé que sería más fácil). En esa posición permanecí unos minutos hasta que un chucho me sacó del embelesamiento a lemetones.

No muerde , no se preocupe.

No hay nada que me ponga más en alerta que cuando el propietario de un perro (con apenas fuerza para sujetarlo por lo avanzado de su edad) dice, como si fuera un mantra, esa frase. Me tensiona de tal manera que me pongo borde y con el día que llevaba podía resultar una mezcla explosiva.

Señor, ¿no ve que me está lamiendo los pies , las piernas y que no será necesario que me duche porque se está comiendo la arena que tenía incrustada?

Es un pero muy cariñoso. No muerde.

Me di cuenta que también era sordo. Hice unos cuantos aspavientos con los brazos para quitármelo de encima mientras al mismo tiempo me levanté con una agilidad sorprendente.

¿Puede quitarme de encima este animal baboso de una vez?

No muerde…

¡Me importa un rábano que no muerda (ya solo me faltaría eso) , pero me está dejando perdido y no tengo por qué soportar que me riegue de babas todo el cuerpo y se frote sus partes con mi rodilla!

El abuelo, que apenas se sostenía, tiraba de él, pero al can le gustaba yo.

El pobre lo está pasando mal con tanto calor…Además tampoco lo puedo llevar a la playa para que se dé un bañito: está prohibido.

En cambio permiten a los cerdos…

No le entiendo señor.

Mejor que hoy no se bañe el animal. El mar está movido y devuelve toda la mierda que los cerdos tiramos por el sistema de alcantarillado.

El abuelo creyó que estaba loco y pensando que podría ser peligroso, se despidió educadamente y continuó su viaje escaleras arriba, mientras le repetía al perro : «buen chico, buen chico».

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UN DÍA DE VERANO (primera parte)

UN DÍA DE VERANO (cuarta parte)

UN DÍA DE VERANO (cuarta parte)

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14:00 aproximadamente

Antes de llegar allí, me detuve en la cola que se había formado para las duchas. La arena abrasaba y tuve que deshacerme de todo lo que llevaba encima (otra vez) para calzarme la chanclas que las tenía, cual aventurero en busca de gloria, atadas a mi mochila. Todo ello lo tuve que hacer sin perder tiempo y observando cómo se me iban colando cuerpos coloraos (ese color característico de las gambas a la plancha) en busca del consuelo del agua dulce. No para calmar el ardor epidérmico, sino porque les molestaba la sal.

A punto de tocarme el turno, con las extremidades superiores casi dormidas de tantas cosas que sujetaba y al borde del desvanecimiento (habían pasado unos cinco minutos bajo la furia del dios Helios), divisé como un grupo de chavales corrían por al paseo enarbolando, a modo de arma peligrosa, sus móviles. Me quedé observando cómo habían virado hacia la playa y acudían en tropel hacia donde yo me encontraba.

Al principio me pareció gracioso ver como correteaban esos aspirantes a adolescentes (campeones de poluciones nocturnas) pero pronto me percaté de que arrollaban a todo aquel que se encontraban por el camino. Ciegos y desordenados corrían como si les persiguiera el mismísimo demonio.

¡Puaj, puaj..! ¿Qué coño…? —intentaba sacarme la arena de la boca. Ésta había acentuado la sensación de sequedad que ya tenía…

¡Perdón señor! —dijo el último del grupo, el más jovencito y que parecía que aún conservaba cierta candidez infantil…

¡Malditos niñatos! —acerté a decir de rodillas y viendo como habían quedado desperdigadas todas mis pertenencias.

Un gamba disfrazada de orondo germánico se apiadó de mí y me ayudó a ponerme en pie, cosa que intenté hacer con toda la dignidad que era posible en aquellas circunstancias.

Pokémons, jaaagenn pokémons…

¿Cómo, qué dice ? No le entiendo.

El señor este tan grandote, hijo de la gran Alemania y que ha sido tan amable de ayudarlo a usted a recobrar la posición vertical, que tan grotescamente había perdido, le está diciendo con una mezcla de ignorancia idiomática, atontamiento por haber tomado tanto el sol y los litros de cerveza que ya lleva metidos en el cuerpo, que esos críos lo que estaban haciendo es cazar pokémons.

Quien tan servilmente me estaba ayudando con la traducción simultanea, era un súbdito peruano, camarero en Alemania y que también estaba de vacaciones en nuestro país, porque allí, en Alemania, ahora no es temporaba alta, como sí ocurre aquí, en nuestro país, en España.

¿Y qué diablos son los Pokémon?

¡Ay, señor! Con mucho gusto le contestaría. Nada me gustaría más si pudiera. Es apasionante hablar de los Pokemon, pero mi señora esposa, sabe, con la que me casé y madre de mis dos hijas, de 9 y 11 años, está esperando a que le lleve los helados de las niñas, que todavía no he comprado porque me tropecé con la escena , ya antes referida, y que dio con usted de forma caricaturesca en el suelo y con el orondo alemán rescatándolo.

¿Sabe dónde van a parar todos los desagües de los edificios diseminados a lo largo de toda la costa española?

Claro señor. Eso lo sabe hasta un niño: toda esa mierda va a parar al fondo del mar.

Pues, pues…pues, puede irse…¡Puaj, puaj! —comencé a toser y escupir otra vez…

¿Se encuentra bien, señor? Le aconsejo que beba algo para aclararse la garganta. Buenos días tenga usted y su señora, si es que la tiene y no me extiendo más porque llego tarde. Ya me disculpará usted.

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UN DÍA DE VERANO (primera parte)

UN DÍA DE VERANO (tercera parte)

UN DÍA DE VERANO (tercera parte)

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Al regresar observé que el lugar estaba siendo ocupado por otra pareja. Es lo que tiene la playa en Agosto, está mas llena que la Meca en el mes de la peregrinación. Me deslicé intentando no molestar a los que compartíamos los escasos tres metros cuadrados. Lo mejor en estos casos es sentarse y no moverse. Lo único bueno que tiene la acumulación de cuerpos desnudos hambrientos de sol, es que ni siquiera los niños pueden corretear. Con ello te ahorras salpicaduras de agua y las ventiscas de arena (tormentas a veces, por lo violentas que son las criaturas cuando hacen un quiebro al que les persigue).

Preocupado me senté y me fijé (con vocación científica, claro está) en los nuevos inquilinos. Parecía normales y formales. Nada hacía sospechar que montaran otra escenita como los anteriores. Se besaban, sí, pero lo normal: unas diez veces por minuto como corresponde a veinteañeros enamorados, no más. Viendo que todo volvía a la normalidad, resucité el libro, retiré los restos de arena y reinicié su lectura.

Cinco minutos más tarde (otra vez cinco minutos; siempre cinco minutos), levanté la vista del libro para observar los enormes tatuajes que poblaban sus cuerpos. No es que esto me llamara especialmente la atención (ya me estaba acostumbrando), pero sí que se apoderó de mí otra la vez el temor de que algo podía suceder. Aparentemente no estaba justificado, pero el día, de momento, no estaba por la labor de complacerme.

¡Churri, qué guay anoche!

Pa petarlo. De puta madre. Tope marxa.

Menuda jartàh de privà y mové er bodi.

Piaso de Dijey…cómo molaba.

Er flipao estuvo niquelao

Si, estah to’ gueno

¡Xoxin que te meto!

Empezaron a reír sonoramente. Estaban felices, como la pareja anterior. Así que supuse que el diálogo que habían mantenido y que yo no había comprendido era cariñoso. Era una muestra inexplicable de amor muy lejos de lo que podía asimilar. No se conformaron con ello , que el maromo sacó un pequeño artefacto de un bolsito de esos que se cruzan por el cuerpo (cómo añoro las “mariconeras”) , como hacen las señoras para evitar el tirón del amante de lo ajeno. Me costó reconocerlo, pero sólo unos minutos más tarde la incógnita quedó despejada cuando escuché como emitía, con una potencia desproporcionada al tamaño de aparato, una música insoportable. Para completar el cuadro , se pusieron a cantar ellos también. Se trataba de un altavoz tan diminuto como avasallador (un taladro).

¡Noooooo! —Bramé con sorpresa propia y ajena. El quejido salió escupido de mi boca sin ningún control.

Voltearon su cuerpo al unísono, con una sincronización y una coreografía perfecta, hacia donde estaba yo y me miraron. Luego se miraron ellos, arquearon las cejas como sorprendidos y me volvieron a mirar como diciendo: «Tu tas loko». Todo eso lo hacían moviendo el cuerpo acompasadamente con la música que no dejaba de despedir lamentos enlatados de estribillos infinitos…

El sol estaba casi cenital y golpeaba con tanta fuerza que la sensación era de asfixio. A ello contribuía la aglomeración , claro. El aire quemaba. La poca brisa que se había despertado tarde (como si estuviera resacosa) apenas aliviaba porque no llegaba a oxigenarse al tener que sortear a tanta gente. Ni un nube a la vista que pudiera inteponerse entre el sol y mi cabeza que, aunque cubierta, me la sentía como una bombilla.

Desalentado y con ganas de mandar a estos también allá donde se acumulan los detritus (hoy debía estar lleno de gente), recogí el campamento dando por finalizado mi intento por encontrar un poco de reposo, donde poder leer con calma y sobrellevar mejor la elevada temperatura del ambiente (y corporal también).

Mientras me alejaba , me giré una vez más para observar a la pareja y seguían moviendo la cabeza a ritmo, parecían dos marionetas vistas así por detrás. El espacio que acababa de dejar, ya estaba siendo disputado entre un abuelo barrigón (suelen llevar la camisa abierta porque no se la pueden cerrar) y una señora no mucho más joven , despechugada, que lo amenazaba con el bronceador. No quise saber cómo acabaría la historia y puse rumbo a la tierra sólida (baldosas) del paseo marítimo.

UN DÍA DE VERANO (segunda parte)

UN DÍA DE VERANO (segunda parte)

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12:00 a.m.

No llevaba ni cinco minutos leyendo, que no pude evitar escuchar la conversación de la pareja que tenia al lado, no porque me interese la vida de los demás (un poco sí, la verdad), sino porque estaban tan cerca que podía casi percibir los agitados latidos de sus corazones. Parecían felices. Así que supuse que ese bombeo tan rápido era provocado por la excitación del momento o una futura que la mente ya descontaba y se evidenciaba en el comportamiento acaramelado de la pareja. Sobre todo en él (la mente tiene un poder enorme para saber en todo momento dónde acumular la sangre).

Unos minutos más tarde pude comprobar que no había nada más alejado de la realidad (pero aún queda sufrir un poco de empalago). Se proporcionaban todo tipo de arrumacos, reían y se besaban como dos adolescentes cuando ya estaba entrados en la cuarentena hacía tiempo, lo que provocó no sólo mi sorpresa , sino la de todos los que estábamos pegaditos a ellos (espectadores por imperativo). Imposible concentrarse en al lectura con tanto chasquido azucarado. Repasaban las maravillosas vacaciones que había pasado juntos en recónditos lugares llenos de paisajes evocadores de los mejores sentimientos y las emociones más nobles, bueno de las más excitantes: el sexo y el amor (por ese orden a la vista de las consecuencias). Cuando estaba a punto de recoger los bártulos para abandonar lo que mal había comenzado, ella le sugiere completar su nido común con los recuerdos y las fotografías de aquellos inolvidables días. A él se le mudó la cara.

Amor —dijo ella—, podríamos colgar unas cuantas fotografías nuestras y de los paisajes en el estudio…

Como solía pasar, él no sabía si se trataba de una pregunta, una afirmación o un deseo…Se lo pensó unos segundos y contestó:

Cariño, prefiero colgar fotos de gente que sé que va seguir a mi lado.

Ahora fue el rostro de ella el que se transfiguró y sin dar crédito, pensado que era una broma (error, un hombre nunca bromea con esas cosas porque sabe que es un viaje sin retorno), continuo:

¿Te estás refiriendo a mí?

La pregunta ahora sí era clara y contundente. Él estaba tardando ya demasiado en responder. Hasta yo, observador imparcial, me removí en la silla y el libro pretendió suicidarse lanzándose sobre la arena.

Mira cariño, yo te quiero mucho (ya vamos mal) y han sido unos días fantásticos que nunca olvidaré. Tú me has aportado muchísimas cosas de las que siempre estaré en deuda contigo…

¡Acaba de una vez, calzonazos de mierda! —interrumpió ella (normal, yo le hubiera dado una patada en los morros)

Tú eres como un plato de comida de esos que te gustan muchísimo, pero que cada vez que los comes te provocan ardores.

No esperé la reacción. Me asusté y solté todo lo que llevaba encima, tiré el sombrero sobre la silla, me quité la camiseta desgarrándola (me temblaba el cuerpo entero) y me lancé como un poseso hacia las olas para darme un remojón y unos cuantos revolcones (el segundo de año y pocos más habrán por culpa de la cantidad de agua que tragué). Se me olvidó quitarme las gafas de sol, pero ya era tarde. No tenía ninguna intención de ver el desenlace. «Si hay sangré no quiero estar cerca», me decía en voz baja mientras contaba mentalmente los minutos para calcular el tiempo que ella necesitaría para mandarlo al mismo sitio donde hubiera mandado a la primera señora que me interrumpió.[inbound_forms id=”2084″ name=”Apúntate al taller de novela y relatos online”]

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