Un día para olvidar (capítulo 8 parte 3)

Un día para olvidar (capítulo 8 parte 3)

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—¿Sepelio? ¿De qué sepelio me hablas? —Yoli se quedó mirando a David con extrañeza, no se había despertado del todo y en el sopor no entendía de qué le hablaba. No relacionó la noticia del día con la desaparición de su hermano. Álvaro se acercó a ella extrañado a su vez por el comentario, tampoco entendía el comportamiento de ella.

—Yoli, amor, el entierro de Ramiro, habrá que hacer los trámites, tus hermanos lo saben ya, supongo.

—A ver, a ver, estoy atontada, pero Ramiro no ha aparecido, ¿de dónde sacáis que…? ¡Ah, vale! —Se dio cuenta del malentendido— el cadáver que han encontrado no era de Ramiro, seguimos igual.

Tanto Álvaro como David se quedaron de una pieza, si en aquel momento les pinchan no les sacan sangre. Tanto uno como otro habían dado por hecho que el cadáver que había aparecido era Ramiro.

—Podéis iros tranquilos, puedo estar sola perfectamente.

En un primer momento pensó que estaban compitiendo como en la época del instituto, David era algo mayor, pero mal estudiante, así que había repetido un curso y había compartido alguna que otra clase con Álvaro, haciéndose le vida imposible uno al otro cada vez que tenían oportunidad.

David se marchó algo frustrado; esperaba encontrar sola a Yoli y hacerle un poco la corte. No esperaba seducirla a la primera pero sí seguir creando buena impresión hasta hacerla caer en sus redes. Quería pasearla por delante de Alex, su orgullo le obligaba a ganar aquella batalla.

Salieron a despedirlo a la puerta y al momento de entrar Álvaro miró para el buzón de correos, la puntita de un sobre blanco asomaba por la rendija.

—Tienes carta —le dijo a Yolanda; esta fue a buscar las llaves. Abrió el buzón y el corazón dejó de latirle. El sobre era idéntico a los anteriores. Hacía unos días que había dejado de pensar en ellos, se había creado la ilusión que no habría ninguno más, o así se quiso mentalizar, pero allí estaba: blanco, inmaculado, impoluto… y con un mensaje sobrecogedor, estaba segura.

—¿Cómo sabías que estaba ahí? —preguntó Yoli de pronto.

—¿Te he oído bien? ¿Estás dudando de mí?

—No es que dude, Álvaro, pero reconoce que es muy raro; sales, ves la carta y yo ni siquiera me había fijado, y esta tarde no había nada… No sé, es todo tan extraño.

—Pues fíjate, cuando he llegado no estaba el sobre. Lo habría visto y que yo sepa detrás de mí solo ha llegado David, pero, cielo, tú puedes desconfiar de quién te de la gana… Por cierto, he estado preparando la cena —dijo haciendo ademán, con rabia, de quitarse el delantal que se había puesto para no mancharse en la cocina.

Yolanda se avergonzó de sus palabras. Los acontecimientos la habían puesto muy susceptible, y aunque sabía que no estaba bien, no podía evitar descargar la ira que sentía sobre las personas que más quería. En aquel momento se sintió fatal y se arrojó al cuello de Álvaro para pedirle perdón.

—Lo siento, de veras que lo siento, ya no sé lo que digo.

—Pensé que me tenías confianza, pero veo que hay otras personas que la merecen más que yo —decía mientras apartaba los brazos de Yoli de su cuello— no esperaba algo así de ti.

—Está bien —se separó de él— ya te he pedido perdón. Estoy confundida, no sé en quien puedo confiar y en quien no.

—En la mesa de la cocina te he dejado la cena, la mesa está puesta para dos, invita a quien quieras, buenas noches, princesa.

—¡Por favor!, no te vayas —imploró Yolanda.

—Me duele que me pongas al nivel de mi enemigo, nunca he creído darte motivos para actuar así.

—Tienes razón. No me dejes sola, por favor. Tengo que llamar a Alex y me gustaría que te quedases, que me perdonases y me apoyases —le dio un abrazo al que esta vez no opuso resistencia.

Con el corazón algo encogido Yoli cerró el buzón con la carta dentro, tal como hizo la vez anterior y con un sentimiento de culpa por lo que le había dicho a Álvaro. Era tanta la culpa que sentía que no pudo probar bocado. Antes de intentar comerse la cena, que con tanto cariño había preparado Álvaro, habían llamado a Alex, al fin pudo convencer a su mejor amigo que lo que había dicho era fruto de los nervios y la tensión acumulada. Había conseguido que se sentase a la mesa con ella, bajo la amenaza de comer pizza congelada si no la acompañaba. Ante semejante chantaje Álvaro no tuvo más remedio que quedarse y supervisar que cenase algo.

Estaba sirviéndole una copa de vino blanco, bastante bueno, pensó, para lo que Yoli solía tener en casa, cuando llegó Alex, en realidad había tardado mucho menos de lo que Álvaro esperaba.

Yolanda le había suplicado que no la dejase sola con el policía. Álvaro no entendía el por qué de aquella petición, hasta que le explicó de qué manera se le había declarado. También le comentó que no creía estar preparada para otra relación y mucho menos cuando cada vez que se veían se tiraban los trastos a la cabeza, así que no pensó que fuese muy sincero cuando le había dicho aquello. Para Álvaro aquella era la mejor de las noticias, el casamentero que llevaba dentro empezó a conspirar, lo sabía, lo intuía, se había dado cuenta desde la primera vez que los vio juntos. El superpoli como lo había bautizado, bebía los vientos por su Yoli, y desde luego, tenía que darse cuenta que era mucho mejor para ella que David. No decía que David no fuese buena gente, pero era tan retorcido que le era imposible verla con él, no era el hombre para ella y su intuición no fallaba.

—Hola —saludó Alex— no estoy de servicio, pero no quería que nadie más se encargase de la carta, no quiero que se pueda perder.

La excusa era un poco burda, pero no se le ocurrió otra cosa que decir, y tampoco estaba diciendo mentiras.

—Buenas noches —saludó Yoli abrumada, no sabía como actuar después de aquella extraña declaración de amor— estamos cenando pero ya voy por las llaves, no he querido tocarla… por si acaso.

—La carta no se moverá de donde está —esta vez fue Álvaro el que habló— no creo que Yoli se moleste si te hacemos un hueco en la mesa. No tiene la nevera lo que se dice surtida, pero si te apetece compartiremos lo que hay.

Yolanda quiso fulminarlo con la mirada, aquello era alta traición por parte de Álvaro. ¿Cómo se atrevía? En cuanto se fuese Alex lo mataría con sus propias manos, se dijo.

—Estaba a punto de cenar cuando me habéis llamado, así que si no molesto os acompaño, la verdad es que tengo hambre y huele delicioso —accedió divertido al notar el disgusto de Yoli.

Un día para olvidar (capítulo 8 parte 2)

Un día para olvidar (capítulo 8 parte 2)

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—Shhh, tranquila, mi amor, tranquila, llora todo lo que sea necesario, aquí estoy, no te preocupes por nada —la consolaba dándole besitos en la cabeza y pasándole la mano por el brazo para tranquilizarla.

—¿Por qué? ¿Por qué me tiene que pasar todo a mí, Álvaro? ¿Por qué? —lloraba.

—No sabía nada, por eso no he venido antes, mi cielo.

Yolanda era incapaz de dejar de llorar. Álvaro la seguía tranquilizando, desde un principio temía que pasara una cosa así. Nunca estamos preparados para la tragedia, señalaba, él lo sabía bien, desde muy joven había convivido con ella.

A muy temprana edad Álvaro se había quedado sin madre, una mujer taciturna y depresiva que nunca pudo superar la muerte de su primera hija, al caer esta a la piscina, según ella por su culpa, olvidó cerrar la cancela y la niña entró en el recinto cayendo al agua y ahogándose. Aquel suceso la llevo a una depresión que se agudizó hasta abocarla al suicidio. El padre, un hombre de carácter débil, al verse solo con un hijo de corta edad y sin ningún apoyo se dio a la bebida, algo que marcó para siempre a Álvaro. Aparte de no aceptar su homosexualidad. En cuanto cumplió la mayoría de edad se marchó de casa harto de malos tratos por parte de su padre y menosprecios del resto de la familia.

Álvaro siempre había sentido debilidad por el mundo de la moda. Cuando dejó el instituto se fue del pueblo a estudiar peluquería y estética, ganándose más recelo por parte de su padre, si es que eso fuese posible. Cuando terminó sus estudios empezó a trabajar en una cadena de peluquerías de alta gama. Ahorró todo lo que pudo y en cuanto estuvo seguro de poder triunfar volvió al pueblo. Pidió un crédito que le costó mucho que le dieran. Nadie confiaba en él, pero él estaba convencido que con su esfuerzo lo lograría. Buscó un local pequeño, pero céntrico, y montó su primer salón de belleza. A partir de ahí su vida dio un vuelco; en poco tiempo era un referente en su campo, sus tratamientos eran de lo más efectivos y en sus manos se ponían todas las mujeres que querían lucir a la última. Su nuevo reto fue que también los hombres quisieran pasar por su salón, cosa que al final consiguió. Poco después cambió de local, este estaba ubicado en una antigua casona justo en el centro histórico del pueblo: la remodeló, instaló los mejores aparatos para adelgazar y esculpir el cuerpo y el éxito llegó gracias al boca a boca, tenía lista de espera y muy buenos profesionales trabajando para él.

 

Aunque ya estaba bien entrada la primavera, el día había declinado y la habitación había quedado en penumbra. Las sombras se habían adueñado de las paredes y un escalofrío recorrió el cuerpo de Álvaro. Yolanda se había quedado dormida, así que la tapó con un fino edredón que había a los pies de la cama y la dejó descansar. Por su cabeza empezaron a pasar los acontecimientos del día, no le había quedado claro dónde habían encontrado el cuerpo ni cómo, lo único que tenía claro era que no podía dejarla sola en aquel trance.

Se fue a la cocina y buscó algo para preparar la cena. “Esta criatura solo come porquerías” pensaba mientras abría todos los armarios y cajones de la cocina buscando algo sano para cenar, lanzando una exclamación cada vez que abría una puerta y lo poco que encontraba era todo precocinado. La nevera en sí estaba penosamente vacía, “si entra un ratón se despeña” reía de su propia tontería, el congelador solo contenía pizzas, San Jacobos y arroz tres delicias, vamos que sano, lo que se dice sano, no había nada, ni una pieza de fruta en toda la cocina. Al final, después de mucho buscar, encontró unas patatas un poco mustias, pero aprovechables, y un par de huevos, con aquello hizo una tortilla, mejor que algo congelado o de lata desde luego sería. Él era fanático de la comida sana y por nada del mundo se comería una pizza congelada.

Terminaba de poner la mesa cuando sonó el timbre de la puerta. Álvaro se quedó sin saber muy bien qué hacer; si despertar a Yolanda, algo que no quería hacer, ella necesitaba descansar; o mirar quién era, cosa que no le parecía demasiado correcta, puesto que no era su casa, y ya se estaba tomando demasiadas atribuciones que quizá no le correspondían. No hizo falta, el sueño de Yoli hacía tiempo que no era precisamente profundo. Aunque nunca quiso tomar nada para dormir, desde la desaparición de Ramiro en alguna ocasión le habría hecho falta. Salió a abrir la puerta frotándose los ojos.

—Buenas noches, no quiero molestar, solo venía a ofrecerte mis condolencias y mi apoyo en todo lo que necesites.

—¿Perdón? No entiendo qué quieres decir.

—Me alegro que estés tan entera.

David quiso abrazar a Yoli, pero se cortó al ver aparecer a Álvaro por el pasillo, así que se limitó a pasarle la mano por el brazo bajo la atenta mirada de su eterno enemigo.

—He aprendido a bloquear mis sentimientos. Aunque no lo creas, no es nada agradable que te golpeen las emociones.

—Bueno, veo que ya tienes quien te consuele, solo vine a eso. Me retiro. Ya me dirás cuándo es el sepelio, por lo menos se acabó el no saber.

Un día para olvidar (capítulo 8 parte 1)

Un día para olvidar (capítulo 8 parte 1)

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Álvaro daba los últimos retoques a la cabeza de su última clienta del día, a esta no podía dejarla en manos de ninguno de sus colaboradores. Desde que entraba hasta que salía, las únicas manos que dejaba que la tocasen eran las de Álvaro, por mucho que le dijera que ellos la iban a dejar tan perfecta como él. No había manera, y por si fuera poco era nada más y nada menos que la madre de David, el que la mujer no tuviera nada que ver en carácter con su hijo era un punto, pero Álvaro veía en ella a su hijo y era como si algo le traspasara las entrañas, desde el instituto que David se la tenía jurada, y Álvaro todavía no sabía exactamente por qué había pasado del amor al odio en segundos.

—¿Te has enterado, Alvarito? —comentaba la clienta en confidencia.

—Pues con tanta información como me das, la verdad, es que debería saberlo todo jajaja —Álvaro puso una mano sobre su hombro y le habló con sorna al oído.

—Cómo eres, criatura. Pensé que sabías lo del cadáver —le dijo dándole una palmada en la mano.

Álvaro se quedó mudo y tieso de golpe.

—¿Qué cadáver? No sé nada y ahora no es broma.

—Pues no se sabe nada, pero con las últimas tormentas se ha removido la tierra del monte y ha aparecido un cadáver.

—¿Le has preguntado a tu hijo?

—¿A mi hijo, por qué? ¿Qué tiene que ver mi hijo? —preguntó entre sorprendida y molesta.

—Pues quizá deberías, puede ser su mujer, desde que “se fue” —hizo comillas con los dedos— nadie la ha vuelto a ver.

—Aquella mala pécora se fue con otro. No deberías ir difundiendo falsedades, le podían los pantalones.

La cara de la señora cambió radicalmente, un rictus endureció su faz apagando sus ojos. Álvaro se dio cuenta que el comentario que le había hecho había dado en la diana.

—Es verdad, no lo recordaba. Cómo ni siquiera ha vuelto a ver a su hija nunca más —comentó mordaz.

—Acaba ya, que tengo prisa.

Los comentarios que, de la noche a la mañana, regaron todo el pueblo cuando desapareció la mujer de David seguían latentes. Cada vez que salía un tema como aquel, por mucho que quisieron acallar los rumores, estos eran tozudos, de vez en cuando salían a la luz de nuevo. La madre de David se enfadó consigo misma por ser tan torpe e ingenua. No pensó que Álvaro le pudiera decir algo así, a ella, que era su mejor y más distinguida clienta. “Ya no se respetaba nada”, se dijo, intentando contener la furia que sentía.

Aunque pareciese raro nadie había comentado nada en el salón de belleza. Álvaro supuso que todos daban por hecho, al igual que la madre de David, que el cadáver era el de Ramiro y nadie quiso decir nada por respeto a la amistad que lo unía, no solo con Yolanda, sino también con el resto de la familia.

En cuanto pudo salió corriendo hacia casa de Yolanda. Pulsó el timbre con impaciencia, pero no salió nadie a abrir, la cancela no estaba cerrada con llave, así que imaginó que estaba dentro, se estaría duchando, pensó, miró por la puertaventana del comedor, no se veía movimiento alguno, y como supuso, la puerta estaba ajustada pero no cerrada con llave, presionó en el punto que él sabía que cedería y entró.

—Yoli, amor, ¿estás aquí? Claro que estás aquí, si no estaría todo cerrado a cal y canto —gritaba para que no se asustase al verlo dentro de la casa.

Todo parecía estar desierto, no era normal que ella se hubiese dejado mal cerrada la puerta y la cancela, por lo tanto en alguna parte de la casa estaba. Con la confianza que le daba una vida entera de amistad y confidencias empezó a explorar las habitaciones, no estaba en ninguna. Pasó por el cuarto de baño por si estuviese allí, la puerta no estaba cerrada del todo, empujó un poco viendo que tampoco estaba dentro. Solo le quedaba por mirar la habitación de Ramiro, un puño le atenazó el corazón, ¿sería verdad lo que comentaban? ¿Sería Ramiro al que habían encontrado? El pulso se le aceleró al empujar la puerta despacito y ver a Yoli enroscada sobre la cama de su hermano, abrazada al peluche con el que siempre dormía. Álvaro se sentó al borde de la cama y le acarició la cabeza.

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 3)

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 3)

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—Lo siento, no volverá a pasar, pero ¿Puedes dejar de mirarme así? Y otra cosa, ¿dónde quieres que tomemos ese bendito café?

Aquello hizo reír a Yoli, no esperaba que saliera por ahí. En realidad necesitaba compañía, se sentía sola y no podía estar llamando a Álvaro cada vez que tuviese la necesidad de desahogarse. Esperaba que Alex fuese lo suficientemente bueno como para suplirlo, aunque desde luego las confidencias que tenía con Álvaro nunca podrían ser las mismas.

—¿Podemos ir a algún sitio donde no nos conozcan? —preguntó Yoli de pronto.

—Desde luego, vamos donde quieras, mi jornada ha terminado por hoy.

Subieron al coche de Alex y este puso rumbo a la ciudad, el pueblo se les quedaba pequeño, allí todo el mundo llevaba en la boca la noticia y todos señalaban a Yoli compadeciéndola,  a la gente le era fácil sacar conclusiones, aunque no llevasen a ningún sitio o fuesen completamente erróneas.

Después de media hora de coche Alex aparcó en una callejuela poco transitada. Cerca de allí había un mesón en el que él había pasado alguna que otra tarde, era un sitio tranquilo de parroquianos afables y de vuelta de todo, así que a ninguno le sorprendería que estuviese tan bien acompañado.

—Bueno, qué es eso tan importante que me tienes que decir —preguntó arisca—, porque me dijiste que lo encontrarías y todavía no lo has hecho. No creo que haya nada más importante, al menos no para mí en estos momentos. Que sepas que me has fallado.

—Me he involucrado mucho más de lo que debía, las cosas no son tan fáciles como crees.

—Si no debías, ¿por qué lo has hecho? Nadie te lo ha pedido.

—Por qué lo he hecho, buena pregunta, porque es una criatura indefensa, porque es mi profesión, porque algo así no se puede quedar sin resolver, porque me enamoré de ti en el instante en que te vi…

Yolanda se quedó sin palabras, aquello era lo último que esperaba. Cómo podía decir algo así, si cuando se veían estaban siempre de pelea. Si ella decía blanco él decía negro y con todo igual, eran agua y aceite, nunca podrían mezclarse.

—Lo siento, tengo que irme, ya me he retrasado bastante y tengo cosas importantes que hacer.

—No debí decir nada. Te pido disculpas. Supongo que te estará esperando Álvaro, tu novio. No quiero interponerme entre vosotros, pero tenía que decírtelo.

Se levantó, dejó un billete de cinco euros en la mesa para que se cobrara el camarero y fue tras Yoli que había salido corriendo. Estaba preciosa bajo la luz del sol, con ese aura angelical y demoníaca a la vez, algo que hacía que la deseara como nunca deseó a mujer alguna.

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 2)

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 2)

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Rebeka salió contenta, David le había dado un buen repaso, se entendían bien en la cama, aquella tarde no había ido al instituto, así que hasta la hora de salida no quería dejarse ver por el pueblo, se fue a un claro en el bosque en el que tenían las chicas su guarida secreta, bueno, no era nada del otro jueves pero cuando estaban allí nadie las veía ni las molestaba, podían tramar sus travesuras sin interferencias de ningún tipo. Envió un whatsapp a cada una de sus súbditas, como ella las llamaba, ya que se consideraba la abeja reina, “te espero en casa de mamá” les llegó a todas a la vez.

En cuanto terminaran las clases se encontrarían en el sitio señalado, una vieja cabaña abandonada que usaban antiguamente los pastores para resguardarse por las noches del frío de la montaña, las paredes estaban medio derruidas, y del techo solo quedaban cuatro palos y un poco de chamizo, pero era suficiente para que nadie supiera donde estaban.

De la mano llegaron Aina y Natalia, faltaba Paula, según dijeron aquella tarde no había acudido a clase, tampoco les había dado explicaciones y no había conectado el móvil desde hacía un par de horas.

—¿Se puede saber qué le ha pasado a Paula? —Preguntó un tanto molesta Rebeka.

—No sabemos nada de ella desde esta mañana, pero estaba muy rara —contestó Aina.

En aquel momento llegó Paula, caminaba deprisa como si alguien la estuviera persiguiendo.

—¿Os habéis enterado? Han encontrado un cadáver en el monte, lo ha desenterrado la tormenta del otro día. ¿Será Ramiro? —preguntó Paula mirando fijamente a Rebeka.

—¿Por qué me miras así? ¿No pensarás que tengo algo que ver?

Se miraron entre sí, desde que había desaparecido Ramiro una duda se cernía sobre sus cabezas, en alguna que otra ocasión había surgido la desconfianza entre ellas aunque ninguna había osado expresarlo en voz alta, pero aquel hallazgo había vuelto a sacar a la luz viejos fantasmas.

 

Yolanda recibió un mensaje de comisaría, le decían que tenían novedades sobre el caso y necesitaban hablar con ella, en cuanto lo leyó dejó todo y salió corriendo, no quería hacerse ilusiones, pero necesitaba una buena noticia, necesitaba algo que la sacara del sopor en el que se estaba sumiendo, en tan solo unos meses su vida había dado un vuelco de ciento ochenta grados, tener a su madre internada era necesario, pero la echaba tanto de menos como a Ramiro, los había perdido a los dos a la vez y eso la estaba matando, necesitaba las regañinas de su madre, llamar a gritos a su hermano, necesitaba su vida, solo eso. Pensando en gritos, recordó la vez en que Ramiro salió corriendo con Trasto en brazos, Trasto era el Basset que le había regalado su ex y que cuando rompieron la relación se quería llevar, Ramiro lo cogió, era su amigo, su compañero de juegos, era uno más y él no podía separarse de su mascota, se encerraron los dos en el garaje y no había forma humana de sacarlos de allí, cuando consiguieron abrir la puerta estaban los dos abrazados como niños, Trasto con sus patitas parecía acariciarlo mientras las lágrimas de Ramiro mojaban el pelaje color canela de sus grandes orejas, les costó sangre, sudor y lágrimas hacerle entender a Ramiro que Trasto se quedaría con él. Durante más de una semana se mantuvo alerta hasta asegurarse que el ex de Yolanda no volvería a aparecer por la casa, aún así no se separaba de Trasto, incluso dormía con él sobre la cama. Una lágrima suicida resbaló por su mejilla, ¿por qué?, ¿por qué le había tenido que pasar a él?, ¿quién podía quererle algún mal a una criatura como su hermano?, preguntas que llevaba mucho tiempo haciéndose y que seguían sin respuesta, aceleró al máximo esperando que no le pusieran ninguna multa, pero necesitaba llegar cuanto antes, necesitaba sentirse segura de nuevo, necesitaba un milagro.

—¿Dónde está mi hermano? —Preguntó nada más entrar en comisaría.

—El inspector Moreno te está esperando, pasa a su despacho, por favor.

—Gracias.

Llamó dos veces a la puerta con los nudillos y sin esperar respuesta entró en el despacho, en compañía de Alex estaban el comisario y otro inspector, al ver sus caras supo que no eran buenas noticias, su corazón no la engañaba y la seriedad de los allí reunidos tampoco.

—¿Lo habéis encontrado? ¿Dónde está? ¿Cómo está? —Empezó a asaetarlos a preguntas sin darles tiempo a responder ninguna de ellas.

—Tranquilízate —decía Alex mientras le apartaba una silla para que se sentara.

—Estoy bien así, gracias.

—Verá, señorita Duperly… la hemos hecho venir para darle una noticia antes de que se entere por terceros, que seguro dirán una cosa por otra, como pasa siempre en estos casos —empezó a decir el comisario.

—Quiere ir al grano, por favor, me está poniendo más nerviosa de lo que estoy.

—Lo que el comisario te quiere decir es que hemos encontrado un cuerpo…

No le dio tiempo a seguir, Yolanda se puso las manos en la cara y empezó a sollozar, quería ser valiente, durante todo ese tiempo se había estado preparando para lo peor, pero nada servía cuando llegaba el momento, un sabor amargo le llegó a la boca, en aquel momento creyó que iba a vomitar, agachó la cabeza y la puso entre las piernas esperando dominar la bilis que se le acumulaba en el esófago.

—Tranquila, no es Ramiro —le puso una mano sobre el hombro al tiempo que ella daba un respingo, levantaba la cabeza y abría unos ojos enormes, que a Alex le recordaron una obsidiana de tan negros, pero le pareció que tenían unas motitas blancas que atrapaban la luz, o pudiera ser que las lágrimas hubiesen producido ese efecto, el caso es que quedó atrapado en ellos, siempre le habían parecido hermosos, pero nunca como en ese momento.

—Gracias a Dios —dijo Yoli sintiendo un alivio momentáneo— aunque eso tampoco es que me deje más tranquila.

—Por eso queríamos comunicarte la noticia nosotros —continuó el comisario—, estamos seguros que correrán ríos de informaciones contradictorias, incluso llegarán a decir que es Ramiro, pero no lo es, de momento no sabemos quién es, pero lleva mucho más tiempo muerto que Ramiro desaparecido.

Después de bastante rato dando y pidiendo explicaciones Yolanda se marchó para casa, aquella noticia la había desconcertado todavía más de lo que estaba, ya no sabía qué pensar, se sentía cansada. Aquella tarde no iría a visitar a su madre, de todos modos ella tampoco se iba a enterar. Estaba abriendo el coche cuando Alex se le acercó por detrás.

—Te ves cansada, ven, vamos a tomar un café, te sentará bien.

—No tengo tiempo, pero gracias.

—No se parará el mundo porque te tomes un café conmigo.

—Yo no he dicho que tenga que parar nada, solo que no me apetece un café.

—Si no te apetece un café puedes tomar otra cosa, me gustaría hablar contigo.

—Lo que tenías que decirme creo que me lo has dicho allí dentro, no creo que tengamos nada más de qué hablar.

—¿Es necesario que rebatas cada maldita frase que digo?

Alex había levantado la voz algo más de lo deseado, se arrepintió al momento, Yoli se lo quedó mirando, cerró el coche y lo miró crudamente, si algo no le gustaba era dar el espectáculo en la calle y aunque no había mucha gente a su alrededor se sintió observada.

—Está bien, escucharé lo que tengas que decirme, pero que sea la última vez que me levantas la voz, tomemos ese maldito café.

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 1)

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 1)

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David llegó a su casa con una sonrisa enorme en la cara, le encantaba fastidiar a Álvaro y esa satisfacción la llevaba reflejada, lo que no esperaba era la sorpresa que encontró al entrar en su dormitorio. Rebeka estaba tendida en su cama, completamente desnuda, con una copa en la mano y un cigarrillo en la otra y con pose de revista porno.

—Pensé que no querías verme nunca más.

—Me molestó verte flirteando con la estúpida de Yoli.

—No estaba flirteando, me gusta de verdad.

—Eso no te lo crees ni tú, a mí no me engañas.

La joven se terminó el líquido del vaso, lo depositó sobre la mesilla de noche, se puso de rodillas sobre la cama y tiró de la camisa de David atrayéndolo hacía ella.

—No te va a ser tan fácil deshacerte de mí, lo sabes —susurró en su oído con voz melosa aunque amenazante a la vez.

—Para ser tan jovencita tienes mucho carácter, pero ya sabes que conmigo no se juega, princesa. Sírveme una copa mientras me ducho —ordenó dándole un beso en los labios que acabó en un mordisco.

La primera vez que la joven había hecho aquello él se había quedado petrificado, era menor de edad y él un hombre hecho y derecho, con una hija casi de la edad de ella. Rebeka se le había insinuado hacía tiempo, le había dicho que quería dejar de ser virgen y lo había escogido a él, así, sin mediar más palabras que aquellas. También le dijo que lo había observado durante un tiempo y se había dado cuenta cómo miraba a sus compañeras, le gustaban jóvenes, y estaba segura que su mujer lo había abandonado por ese motivo, así que ella se lo pensaba poner fácil, sería un acuerdo, un contrato de colaboración, y si les apetecía a los dos y sin compromisos, de vez en cuando tendrían sexo, a ella precisamente le gustaban maduritos, le dijo, para reírse a continuación al ver la cara que había puesto él.

Desde entonces se veían de vez en cuando, normalmente ella se presentaba en su casa cuando sabía que su hija pasaba el día en casa de alguna amiga o de la abuela. Ella solía planear bien sus escapadas, de todos modos a ella nadie la controlaba y dentro de poco sería mayor de edad y entonces volaría libre, se decía siempre.

David salió de la ducha y se empezó a tomar la copa que ella le había preparado. Aquella mocosa sabía lo que le gustaba, pero sus planes no eran seguir con ella mucho más tiempo. Ahora se había encaprichado de Yolanda, no porque le gustara demasiado, era demasiado mayor para sus vicios, pero había notado cómo le gustaba al inspector y a ese inspector se la tenía jurada. En algún momento encontraría un fallo, todos tenemos fallos y Alex no iba a ser menos. Así que le interesaba tener a Yoli cerca, le gustaba estar enterado de todo lo que pasaba en el pueblo. La información es poder, decía siempre.

Rebeka le quitó el vaso de las manos, lo empujó sobre el colchón y se sentó a horcajadas sobre él.

—Cuéntame qué le ves a la gorda en miniatura que te quieres llevar a la cama, no es tu tipo, algo tramas, te conozco.

—¿Quién te ha dicho que me la quiera llevar a la cama? Además no está gorda, tiene curvas, jajaja. No saques conjeturas, limítate a hacer lo que se te da bien.

—Te conozco, no haces nada por nada, y tu repentino interés es que porque algo tramas. Yolanda siempre me mira con superioridad, la odio, me mira como a una niña mala.

—No sabe lo pervertida que eres, si lo supiera aún te miraría peor —se carcajeó—, ella te ve realmente como lo que eres, una niña mala, una Lolita.

—Pero no lo soy ¿verdad? —decía mientras lo besaba con lujuria.

Sabía cómo excitarlo. Siempre hacía con él lo que le daba la gana, o casi siempre, pensó, pero mientras no le diera la información que quería no se quedaría tranquila, lo sabía, aunque también sabía que si él no estaba dispuesto a hablar, no lo haría. Ni siquiera con un litro de whisky en el cuerpo.

Tenía que ser sutil —se decía Rebeka—, que no se diera cuenta que tenía interés en algo más que en saber por qué había cambiado sus gustos. Debía parecer celosa, pensó. Había hecho suya la frase de David “la información es poder” y a ella, como a él, le gustaba saber los secretos de todo el mundo, así conseguía lo que quería.

Rebeka intentó sonsacarlo, desde hacía días intuía que ocultaba algo, pero así como otras veces habían comentado las escasas novedades del pueblo, en esta ocasión David no soltaba prenda, negaba que le escondiera algo y eso era lo que a ella le daba la seguridad de que estaba en lo cierto, por aquel día lo dejó estar, ella era sabedora de algún que otro pecado de más de un vecino, hecho que le hacía la vida más fácil. Se vistió y se fue, ya caería, pensó.

David ya no quería tener nada que ver con Rebeka, esa insistencia en saber todo de su vida lo ponía nervioso, a veces pensaba que sabía más de la cuenta, como sabía que las amigas guardaban un secreto, se preguntaba si sabría algo de su pasado, le daba escalofríos cada vez que lo pensaba y procuraba no hacerlo muy a menudo, había cosas en su vida algo oscuras, como en la vida de cualquier persona. ¿Quién podía decir que su curriculum vitae lograba pasar el filtro de la honradez?, ¿quién no se había quedado alguna vez con un libro de la biblioteca? Estaba seguro que a cualquiera que se pusiera bajo una lupa no saldría indemne. El problema era Rebeka, ella era capaz de sonsacar al más pintado y él no estaba dispuesto a que sacara a relucir alguna cosilla que no le interesaba que se supiera. La gente ya había especulado bastante con que su mujer hubiese desaparecido de un día para otro, incluso llegaron a decir que la había matado, estaba seguro que aquella información había salido de boca de Rebeka. Así que la tenía que vigilar de cerca, no necesitaba que la policía volviera a husmear en sus cosas, ya tuvo bastante. Tuvo suerte en aquel momento ya que la inspectora de entonces era del pueblo, se conocían desde niños y su madre tenía influencias, pero eso se había acabado, había discutido con su madre y aunque continuaba trabajando para la empresa y le seguía pagando un buen sueldo, la relación no era lo que se decía fluida. Los policías tampoco eran los mismos, ahora habían traído al perro sabueso de Alex y este no se conformaba con la explicación que uno le daba, este iba al fondo del asunto y al parecer no se dejaba influenciar por los caciques del pueblo. También por eso lo odiaba, le gustaba meter las narices en sus cosas, ese fue el motivo por el que había empezado a cortejar a Yolanda, se dio cuenta el día del juicio de lo mucho que le gustaba Yoli al inspector Alex Moreno.

Nunca, en todo el tiempo que la conocía, que era toda la vida, se había fijado en ella, pero aunque solo fuera por fastidiar al imbécil del inspector, se la pensaba llevar al huerto, y pensándolo bien, tampoco estaba tan mal, aunque fuese un tanto mayor de lo que a él le gustaban, esa cara redondita y ese tamaño tan menudo la hacían parecer mucho más joven.

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