Un día para olvidar (capítulo 6 parte 1)

Un día para olvidar (capítulo 6 parte 1)

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Aquella mañana abrió el correo con miedo. Como lo hacía cada vez que abría el buzón  desde aquella primera carta. El problema era que cómo hacía tiempo que no llegaba nada se había relajado un poco. Su subconsciente había dejado de estar tan alerta como los primeros días. Hacía más de una semana y no había vuelto a recibir nada raro, así que quizá había empezado a bajar la guardia. Pero allí estaba; un sobre blanco igual al anterior, sin nada escrito, sin un membrete, sin dirección, blanco inmaculado. Las piernas empezaron a temblarle. Cerró el buzón de golpe y entró en la casa, le pareció una tortura extrema. ¿No era bastante el dolor que tenían que había que seguir haciendo daño?, se lo preguntaba una y otra vez. Llevaba meses sin poder dormir una noche entera. Las pesadillas se sucedían una tras otra. A veces se levantaba a medianoche, se preparaba un vaso de leche caliente, o una tila, según el estado de agitación y se sentaba tras los cristales. Necesitaba a su hermano cerca, necesitaba el ruido de la televisión a toda voz, y escuchar a su madre regañarle para que bajase el volumen. Ramiro pretendía engañar a su madre bajando algo el volumen para volver a subirlo inmediatamente, al final siempre era ella la que mediaba entre los dos. Unas lágrimas traidoras empezaron a resbalar por sus mejillas, los necesitaba tanto, de pronto le faltaban las dos personas más importantes de su vida. Con manos temblorosas cogió el móvil y marcó el número de la policía.

—Comisaría de policía, ¿en qué puedo ayudarle?

—Ha llegado otra carta —fue lo único que acertó a decir.

—Perdone, ¿se puede identificar y decirme desde dónde nos llama?

—Me pasa con el inspector Moreno ¿por favor?

—Dígame su nombre.

—Yolanda… Yolanda Duperly.

No fue capaz de seguir hablando, ni siquiera había sido consciente de haber cortado la conexión. Se sentó hecha un ovillo en el sofá, la barbilla contra las rodillas y las manos rodeándolas, se quedó estática, sin moverse, sin respirar prácticamente. Las fuerzas la estaban abandonando.

Sonó el teléfono. Lo dejó sonar, no era capaz de contestar, estaba aterrorizada. Si era eso lo que pretendían lo estaban consiguiendo. Toda la voluntad de los primeros días, la fortaleza, la entereza la estaban abandonando. Sonó el móvil dentro del bolso que había dejado tirado de cualquier manera encima de la mesa. Lo escuchaba sonar, pero su voluntad no la acompañaba. Miró en derredor sin ver nada, ni siquiera era capaz de dilucidar lo que sus ojos debían buscar. Paró de sonar. Su corazón se tranquilizó un poco, los latidos rebajaron algo su frecuencia. Al cabo de unos minutos sonó el timbre de la puerta, de nuevo el corazón se le aceleró, estaba paralizada, nada la hacía reaccionar. La parte racional del cerebro le decía que debía abrir la puerta, la irracional le decía que podía ser la persona que echaba las cartas. Unos golpes en la ventana le hicieron que se tapara los oídos con las manos, se abrazase con más fuerza y se empezase a balancear.

—No, no, no, no, no, por favor que no sea, por favor no, no, no.

—¡¡Yolanda!!

Volvieron a golpear en los cristales llamándola.

—¡¡Yolanda!! Abre, sé que estás ahí, abre la puerta.

Le pareció que la voz era conocida, pero en aquel momento no estaba segura de nada, el terror la había paralizado.

La puertaventana que daba al comedor se rompió cayendo cerca de ella los cristales hechos añicos.

—¡¡¡Aaaaahhhhhh!!! —gritó aterrada, a la vez que caían los cristales rotos al suelo. Al tiempo que se tapaba la cabeza con los brazos una mano se posó sobre su hombro.

—Tranquila, somos nosotros, tranquila. Hemos venido a ayudarte —le dijo Alex acariciándole los brazos mientras el compañero buscaba la carta a la que ella había hecho alusión en su llamada.

Yolanda en aquel momento temblaba como una hoja. Tenía la mirada perdida y no reconocía a Alex que intentaba devolverla a la realidad sin demasiado éxito, incluso pensó en llamar a una ambulancia si seguía sin reaccionar.

—Aquí no hay ninguna carta —dijo el compañero de Alex.

—Busca bien, debe haberla dejado en algún lado, si no hubiese llegado otra carta no estaría así.

—Yolanda, por favor, tienes que darme la carta, o al menos dime dónde la has puesto.

Yolanda se lo quedó mirando como si viera un fantasma. Alex la zarandeó un poco, intentando hacerla reaccionar. Fue a la cocina a buscar un vaso de agua, le hizo beber unos sorbos. Por fin pareció que sus ojos cobraban vida, empezó a respirar con mayor lentitud, el ataque de pánico estaba remitiendo.

—No… no la he tocado —contestó sin demasiada seguridad todavía.

—Si no la has tocado, ¿dónde está? No la encontramos y es importante, lo sabes, necesitamos encontrar una huella, una pista, algo.

—No la saqué del buzón —indicó por fin.

Les señaló las llaves que estaban sobre la mesa. El agente que acompañaba a Alex las cogió y salió a la calle. Abrió el buzón de correos y efectivamente, allí había un sobre idéntico al anterior, blanco, sin mácula alguna, nada que les diera una pista. Algo que por otro lado ya esperaban. Lo entró en la casa y con mucho cuidado lo abrieron, no fuese a ser que se llevasen una sorpresa y no tuviera nada que ver con el caso. Por desgracia no fue así.

“Es dura la experiencia de vivir con miedo, ¿verdad?” era el nuevo mensaje, que como el anterior estaba escrito con recortes de periódicos, la frase les sonaba de alguna película pero ninguno sabía exactamente de cual. Ninguno de los tres era demasiado fanático del cine.

Hicieron fotos, tomaron huellas en el buzón y en el sobre, pero de nuevo; nada, el sobre estaba completamente limpio, Alex estaba seguro que los habían comprado en un paquete de esos que se compran en los almacenes o en los chinos y que van empaquetados de seis en seis o de diez en diez, si los hubieran comprado a granel, es decir, los que se compran en cualquier papelería, los dan en mano y alguien los toca, tendría alguna huella, aunque no fuese de los autores de la fechoría.                                                                                                             De todos modos metieron el sobre y la carta en una bolsa de pruebas y se los llevaron.

Alex no quería dejarla sola, pero supuso que su novio llegaría de un momento a otro, así que se despidió de ella diciéndole lo de siempre, que a la mínima cosa que encontrase rara o fuera de lugar los llamase de nuevo. Yoli asintió, todavía no parecía estar del todo en este mundo. Hizo un esfuerzo, se levantó de donde estaba y les dijo que quería ir con ellos a comisaría. Quería saber qué debía hacer y cómo podía parar aquel sinsentido. Había notado flaquear sus fuerzas y eso ella no se lo podía permitir.

—Está bien, si tienes ánimos para declarar nos vendría bien, pero sin forzar —le dijo—. Si no te sientes con fuerzas lo podemos dejar para mañana.

—No, quiero hacerlo ahora. Necesito hacerlo ahora.

Sonó el teléfono y todos se pusieron en guardia, el identificador de llamada anunciaba que era un número oculto. Alex le dijo que contestase, pero que antes  pusiera el manos libres. Con manos temblorosas descolgó el teléfono y conectó el altavoz tal como le habían aconsejado.

—Diga.

—Amor, te estoy llamando y nada, que no me coges el móvil. Llevo un rato y nada, me había asustado, por favor ¿cómo me haces esto?

Yolanda respiró tranquila, aunque no le hizo nada de gracia que la conversación con Álvaro fuese tan expuesta.

—Cariño, es que está aquí la policía, he recibido de nuevo otra carta anónima.

—Aaaarrrgggg. Pero ¿por qué no me lo has dicho antes? Voy para allá de inmediato, no hagas nada, ya sabes que no puede haber huellas. No te pongas nerviosa. Tu Alvarito llega en unos minutos.

—Tranquilo, ya te he dicho que está aquí la policía. Ellos se encargan de todo. La van a llevar al laboratorio a ver si esta vez hay algo.

—No deberías hablar de estas cosas con desconocidos —la recriminó Alex.

—Álvaro no es un desconocido, es casi de la familia.

Aquello le dio a entender que realmente era su novio, así que optó por hacerse a un lado.

—Está bien, nosotros nos vamos, ya vendrás cuando llegue él —le salió en un tono bastante despectivo que no pasó desapercibido para nadie.

—De acuerdo, en cuanto llegue Álvaro vamos a hacer la declaración.

Yolanda no se quedó tranquila, pero tampoco quería dar la impresión de que no estaba bien, bastante espectáculo había dado ya. Se le hacía muy cuesta arriba estar sola, aquella casa siempre había estado tan llena de vida. Tener un niño grande en ella era estresante, pero a la vez gratificante, había que estar siempre pendiente de su hermano mayor. A menudo aquellos días le venían a la memoria ráfagas de su niñez, cuando Ramiro la cuidaba, y la cuidaba tanto que su madre tenía miedo que le hiciera daño. La abrazaba de tal modo que incluso recuerda haber llorado de lo fuerte que lo hacía. También recordaba como le contaba su madre que mecía la cuna cuando ella nació. Ramiro se pasaba el día al lado esperando que ella se despertase para ponerle el chupete y no paraba de mecerla, aunque estuviera profundamente dormida, sonrió al recordar como narraba su madre que por mucho que le dijesen que no hacía falta, él no se separaba de la cuna, por eso ella había sido una niña feliz, sumamente feliz.

Sonó el timbre de la puerta, seguido de un: soy yo, cariño, tu Alvarito, que con todo lo que había pasado, la hizo sonreír. Álvaro era un amigo de verdad, siempre podía contar con él para lo que fuese, aunque estuviese de trabajo hasta arriba, si ella lo necesitaba lo dejaba todo y acudía a socorrerla.

—Hola, cielo, necesitaba verte —dijo Yolanda nada más abrir la puerta.

Yolanda se abrazó a él y dejó correr ríos de lágrimas, con él no le importaba, todas las lágrimas que no había derramado en todo el tiempo desde que Ramiro había desaparecido, las estaba llorando ahora.

—Tranquila, mi amor, desahógate, lo necesitas, mi vida. Saca todo eso que llevas dentro, es una carga demasiado pesada para ti.

—¡Ay!, Álvaro, esto es demasiado, creo que no lo voy a poder soportar.

—Tranquila, mi amor, ya verás como todo pasa y se queda en un susto.

—Ha pasado demasiado tiempo para que se quede en un susto, cada día que pasa estoy más desesperanzada.

—No digas eso, no quiero escuchar una palabra negativa más, acuérdate del karma, lo que piensas proyectas, así que quiero que pienses positivo, ¿ok?

—Está bien, tenemos que ir a comisaría, tengo que hacer una declaración sobre la nueva carta que ha llegado.

Cómo ha podido pasar una cosa así, se preguntaba de nuevo. Aquel era un pueblo tranquilo, ni siquiera era un pueblo demasiado grande, por eso se conocía todo el mundo, apenas había edificios altos, casi todo eran casas de una o dos plantas como máximo. Los niños jugaban en los patios, o en la calle si se terciaba. Los perros dormitaban a la sombra en verano y buscaban el sol en los fríos inviernos. Los padres estaban tranquilos, allí nunca pasaba nada… hasta que pasó. Yolanda se culpaba por no haber estado más pendiente de su hermano, tal como lo había hecho siempre su madre.

Un día para olvidar (capítulo 5 parte 2)

Un día para olvidar (capítulo 5 parte 2)

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Entraron en el despacho y antes de decir nada Yolanda tendió la carta al inspector, esperaba que estuviese al tanto del caso de su hermano, pero si no lo estaba le pensaba relatar todo con pelos y señales. El policía al ver la carta se puso unos guantes para no afectar a las posibles huellas.

—¿Cuándo has recibido esta carta?

—Estaba en el buzón esta mañana. Lo siento, no la vi entonces, pero esta tarde al volver del trabajo se cayó de entre el montón de propaganda que había en el buzón. No suelo recibir muchas cartas, la verdad, quizá por eso no la vi.

—Es una frase de “El sexto sentido” —aventuró Álvaro.

—Me he dado cuenta, es una película muy popular, ¿tienes idea de quién ha podido dejarla en el buzón? —preguntó a Yoli.

—No tengo ni idea, pero supongo que debe estar relacionado con la desaparición de mi hermano, a lo mejor quieren pedir un rescate.

—Si hubiesen querido pedir rescate ya lo habrían hecho, lo que no entiendo es que después de tanto tiempo salgan con esto. Si no teníamos ninguna pista, ahora nos las ponen en bandeja. Esto no tiene ningún sentido, la enviaremos al laboratorio y veremos si hay huellas. Las cotejaremos con la base de datos. Si hubiera cualquier cosa nos llamas, sea la hora que sea, ¿entendido?

—Eso hemos hecho —volvió a mediar Álvaro, que estaba como un flan.

—Vete a casa, si puede ser no te quedes sola, al menos esta noche, no creo que se atrevan a nada, pero mejor estar prevenidos.

—Tranquilo, inspector, yo me quedo con ella, y si nos escolta el inspector Moreno se lo agradeceríamos.

—¡Álvaro!

Álvaro sacudió el aire con la mano restando importancia a lo que él pretendió que fuese una broma.

Una vez en casa preparó unas tazas de tila, le dio una a Yoli y cogió otra para él, del bolsillo sacó un frasquito con unas gotas, puso unas cuantas en su taza y le dijo a ella si quería también.

—¿Qué es eso?

—Unas gotas maravillosas, me las receta mi homeópata, sobre todo cuando tengo que resistir emociones fuertes. No era bastante ver este pelo ¡Oh, dios, qué pelo! —Arrugó la nariz— Para que encima me hagas pasar por un trance como este, cariño, estoy atacado. Toma, que te pongo unas gotitas, verás que bien te sientan.

—No creo en la homeopatía, pero bueno, el agua con azúcar no creo que me haga daño.

—Tan descreída como siempre, no sé por qué sigo siendo tu amigo, no me lo merezco.

—No te preocupes, no se lo pienso contar a nadie, llevaremos nuestra amistad en secreto —se mofó Yolanda, eran amigos desde el parvulario, a aquellas alturas no creía que hubiese en el pueblo una sola persona que no estuviese al tanto de su amistad.

Álvaro hizo el gesto de clavarse una daga en el corazón, era un fanático cinéfilo y le encantaba sobreactuar, sobre todo si tenía que distraer de sus nefastos pensamientos a su amiga del alma.

—Nos vamos a relajar, vamos a poner una película y a comer palomitas, hoy vamos a mandar la dieta a.t.p.c.

—Te odio cuando me hablas con siglas —sabía que no decía palabrotas, pero las insinuaba a su modo—. Yo no hago dieta, lo sabes.

—Lo sé —le guiñó un ojo—, y lo noto, pero por esta vez te lo perdono. ¿Tienes videoclub en la tele? Qué película te apetece ver.

—Pon la que quieras, el experto eres tú —contestó Yolanda desde la cocina mientras hacía las palomitas.

—Podemos poner Psicosis jajaja, es broma, es broma.

—Mira que eres, te encanta ser el protagonista, pero si quieres esa vemos esa, cualquiera estará bien, sabes que no entiendo de cine, prefiero los libros.

—Estoy recordando una que me encantó…

—Seguro que sale Sandra Bullock, como si lo viera —lo cortó Yoli.

—Te equivocas, estaba pensando en un clásico, Atrapa a un ladrón, o Desayuno con diamantes por ejemplo, con ese Cary Grant y esa Grace Kelly o esa Audrey Hepburn y ese George Peppard, deberías aprender un poco de glamour de ellas, esas si que eran unas damas —decía Álvaro poniendo los ojos en blanco.

—Yo no soy una dama ni me interesa, a ti que tanto te gusta Sandra Bullock, me identifico más con Mis agente especial.

Álvaro se puso las manos a la cabeza.

—Por favor, no digas eso ni en broma, a no ser que sea en la segunda parte de la película, cuando consiguen hacer de ella una señorita.

Se decidieron por Atrapa a un ladrón, se sentaron en el sofá con el bol de palomitas entre los dos, poco a poco Yoli se fue relajando, apoyó la cabeza en el hombro de Álvaro y fue resbalando hasta quedar hecha una bolita, con la cabeza apoyada en sus piernas mientras él le masajeaba el cuero cabelludo y jugaba con su pelo, bajaron el tono de luz dejando como única fuente de iluminación la pantalla de la televisión.

 

Alex pasó por comisaría al terminar la jornada, como hacía siempre que se le hacía tarde en alguna investigación. Esta vez lo habían llamado por una pelea doméstica y le llevó más tiempo que otras veces. No era la primera vez que iba a aquella casa, eran como perro y gato, no podían estar juntos pero tampoco separados, el problema era que cuando estaban juntos se molían a palos el uno al otro, ya no sabía qué hacer, esta vez no se habían pegado. La esposa había dejado al niño solo en casa y había vuelto borracha. Una vecina al escuchar a la criatura llorar había llamado al 112 y se había presentado Alex, esperaba poder hacer algo, incluso amenazó a la madre con quitarle al niño y entregarlo a los servicios sociales. Cuando le bajó la borrachera se lo dijo muy serio, era la última vez que consentía aquello, una cosa es que ellos se tirasen los trastos a la cabeza, ya eran mayorcitos, pero el niño no tenía la culpa de su irresponsabilidad.

Estaba terminando de archivar los expedientes y haciendo los informes del día cuando vio encima de la mesa una carpeta con el nombre de Ramiro Duperly, le llamó la atención verla allí, la abrió y vio el informe y las fotos que habían hecho a la carta antes de enviarla al laboratorio. No se lo pensó dos veces, imaginó que Yolanda estaba sola en casa, así que fue a ver si necesitaba algo y si estaba asustada quedarse con ella aunque fuese delante de la casa dentro del coche para vigilar. Aparcó en la puerta. Vio que la casa estaba en penumbra, se asomó a la ventana y se quedó helado con lo que vio. Yoli estaba acaramelada en el sofá con el que supuso sería su novio, este le acariciaba la cabeza y comían palomitas, o sea que eran la pareja perfecta. En vista de que no parecía necesitar protección la llamaría por la mañana, se dijo. Verificaría temprano si ya estaban las pruebas. Desde ese momento sería lo que ella esperaba de él, un profesional. Le dolió, no esperaba encontrarla de aquella manera, nunca le habló de que tuviera pareja, pero vamos, la familiaridad era notoria, estaban en pijama viendo una película romántica.

Llegó a casa con ganas de descargar la tensión acumulada. Echaba de menos su saco de boxeo, le habría ido bien en aquellos momentos. El poli era él, pero le habían venido ganas de estrangular al pijito que estaba con ella. La verdad es que no lo vio demasiado bien. Había fisgado por la ventana, eso estaba penado por ley, esperaba que no se enterasen nunca o lo expedientarían. No le gustó. No le parecía que fuese alguien como para ella. Definitivamente no le gustaba nada, la verdad. Se preparó una copa, no solía beber, pero en ese momento lo necesitaba. Según el informe, ni la carta ni el sobre que le había llegado tenía nada escrito, ni con máquina, ni ordenador, ni a mano, o sea que era alguien del entorno. Cogió una  libreta y se puso a apuntar nombres de sospechosos, los que habían descartado y los que no. En realidad no había ninguno que tuviera demasiados puntos, pero de momento no pensaba descartar a nadie. Volvió a incluir a los padres de las niñas; unos okupas que vivían en una casa a las afueras y que de vez en cuando también se habían reído de Ramiro, aunque Alex pensaba que cuando lo hacían era porque estaban puestos de coca hasta el culo, pero no por eso dejaban de ser sospechosos. En el primer registro a la casa solo se les incautó un poco de coca y se les arrancaron unas cuantas plantas de maría que tenían en el jardín, aunque de allí dudaba mucho que saliera algo fumable, ya que las plantas estaban bastante raquíticas. Mientras anotaba cosas en la libreta iba repasando mentalmente todas las pesquisas y las declaraciones que se habían tomado. Se estaba volviendo loco entre unas cosas y otras. ¿Cómo era posible que no hubiera nada? Ninguna pista, ningún indicio, alguien que lo hubiese visto los últimos días, nada de nada. Dio un puñetazo sobre el mármol de la cocina, empezó a sangrar por los nudillos maltrechos, aquello le hizo sentirse mejor, no mucho, pero algo se había desahogado.

 

Los días transcurrían lentamente. Yolanda había dejado de pasar por comisaría definitivamente. No había novedades. La carta recibida no tenía huellas, aquello parecía obra de profesionales. Se había cruzado alguna vez con Alex por la calle, se habían saludado educadamente pero nada más, en alguna ocasión le había preguntado si había novedades, negando ella misma a continuación, contestando su propia pregunta.

—Qué tontería, supongo que si hubiera habido novedades me habría llamado alguien.

—Desde luego, sabes que es prioridad mantener a la familia informada.

—Muchas gracias, hasta pronto.

—Adiós, si recuerdas algo, por insignificante que sea, ya sabes, nos informas.

Cada uno se fue en una dirección diferente, ninguno de los dos miró hacia atrás.

Un día para olvidar (capítulo 5 parte 1)

Un día para olvidar (capítulo 5 parte 1)

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El correo aquella mañana llegó temprano, recogió las cartas y las depositó en la mesita del recibidor, las leería al volver del trabajo, ya que debía horas a la empresa y tenía unos días libres en la uni, así que rebajaría horas a ver si por fin se ponía al día.

Llevaba unos días muy calmada, pero su cabeza no paraba de buscar algo que pudiera servir. Desde el incidente del coche no había pasado por comisaría, le molestaba sentirse observada y a veces era así como se sentía. Era como si Alex pensase que ella tenía algo que ver en la desaparición de su hermano. Era normal que todas las familias tuvieran roces y más cuando se tienen dos personas dependientes en la misma casa. Durante las investigaciones que hizo la policía a raíz de la desaparición de Ramiro, Yolanda se sintió como un mono de feria. Su vida y la de su familia pasó de dossier en dossier y de departamento en departamento, así que ahora el que Alex la siguiera, o al menos eso parecía, por mucho que él lo negase, la hacia tomar precauciones, ni siquiera era consciente de haberlo planeado, pero un día se dio cuenta que lo hacía. Ella no tenía nada que esconder, a quién se le ocurriría pensar que ella le podía haber hecho algo malo a su hermano. Aunque parecía ser que la policía no pensaba lo mismo, así que esquivaba al máximo al intrépido policía como lo había apodado mentalmente.

Al volver a casa vio el montoncito de cartas encima del recibidor. Estaba cansada. Llevaba todo el día de pie atendiendo gente que no sabía muy bien lo que quería y le dolían los pies de mala manera. Se descalzó y cogió las cartas revueltas con publicidad. Una de las cartas cayó al suelo, le llamó la atención que no tuviera destinatario, le dio la vuelta y tampoco remitente, o sea que alguien la había echado al buzón directamente. Le pareció inusual porque no parecía una carta de esas de propaganda. En realidad era un sobre de lo más anodino, de esos que se usan para la correspondencia de los bancos pero sin ventanilla, blanco y completamente liso. Yolanda abrió el sobre y su extrañeza la dejó paralizada. Aquello no le podía estar pasando a ella. En el interior; un folio doblado en tres veces que al desdoblar llevaba unas letras recortadas de alguna revista o periódico, y que componían una frase que le hizo pensar en una película de Bruce Willis, El sexto sentido, la frase era la que repetía el niño “A veces veo muertos” ¿Qué significaba aquello? ¿Qué Ramiro estaba muerto? No, eso no quería ni imaginarlo. Ramiro aparecería con vida en cualquier momento; lo presentía, tenía que ser así. Se desplomó, en aquel instante aquella situación superaba sus fuerzas. Necesitaba descargar peso de sus hombros y sus hermanos lo veían todo desde la distancia. Con razón los investigaban, eran buena gente, pero para Javier, su hermano mayor siempre había sido un lastre, ni siquiera había querido que fuese a su boda, algo que a su madre no le sentó nada bien y acabó siendo un conflicto familiar. No es que no quisiera a su hermano, es que se avergonzaba de tener una tara semejante en la familia, y Montse, su mujer, no ayudaba, era tan “pseudopija” que cuando Ramiro le daba un beso se limpiaba la cara como si se le fuese a contagiar. Marina fue a la boda de su hijo, pero solo estuvo durante la ceremonia religiosa. Después de todo, era su hijo, y quiso entregarlo en el altar. Yolanda y Juan no quisieron dar que hablar y se quedaron, excusando a su madre como pudieron ante los invitados. Ese fue el motivo por el cual la relación entre los hermanos desde entonces no era demasiado fluida. Aunque de cara a la galería pareciese que todo estaba bien. A Yoli le dolía aquella situación, no entendía a su hermano, pero era su vida, lo malo de todo esto era que en la investigación, no sabía cómo, todo había salido a relucir en el informe policial y ella no estaba acostumbrada a que se airease su intimidad. Los trapos sucios se lavan en casa, decía siempre su madre.

Se tuvo que sentar en la silla que encontró más cerca, las piernas no la sostenían, se dio cuenta que estaba arrugando la carta entre las manos y tenía que llevarla a analizar, ¿quién podía quererla tan mal para hacerle algo así?, ¿no tenía bastante ya con lo que le había pasado? Aquello era muy cruel.

Cuando se repuso del primer impacto emocional intentó pensar con la cabeza fría. Había tocado la carta con las manos, pero es que no esperaba algo así, por lo tanto estaba exenta de responsabilidad, se dijo, estaba temblando, quería pensar pero estaba completamente bloqueada. Sonó el timbre, dio un respingo, el temblor que sentía se intensificó, no acertaba a preguntar quien era, en aquel momento estaba aterrorizada.

—Cariño, ¿estás ahí? Muñeeecaaa —gritaba alguien a través de la puerta mientras golpeaba con los nudillos.

Yolanda contuvo la respiración, estaba aterrada… al escuchar la voz de Álvaro volvió a respirar con algo más de tranquilidad. Álvaro era su amigo del alma, desde los tiempos del parvulario que se conocieron, no se habían dejado de ver o de hablar, cuando alguno no estaba, normalmente Álvaro, ya que Yoli pocas veces se ausentaba, y si lo hacía era por poco tiempo, al verse de nuevo era como si no hubiese pasado un solo día, se adoraban.

—Hola, amor, me alegro tanto que hayas venido —dijo Yoli nada más verlo y abalanzándose a su cuello.

—Mi reina, qué pelo más estropajoso llevas, pareces la Barbie escarola mi amor —decía con afectación frotando las puntas de su rizada melena entre los dedos, en eso Yoli arrancó a llorar sin poder contener tantas emociones juntas —¿Qué pasó, mi amorcito? Cuéntale a tu Alvarito qué te pasa, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.

—Mira —le tendió la carta anónima que había recibido.

—Arggg, ¿esto qué es? —dio un gritito cogiendo la carta con dos dedos —. Amor esto hay que denunciarlo, vamos ahora mismo, y de paso vemos al inspector ese de dos metros, hummm, no sabes cómo me pone. Lástima que sea hetero, si es que la miel no está hecha para la boca del asno —hacía muecas a cual más afectada, por fin hizo reír a Yoli que era lo que pretendía.

El pelo podía esperar, se dijo Álvaro cerrando los ojos ante aquella indomable mata de pelo. Aquello era muy grave y tenían que llevarlo a la policía lo antes posible, y de paso ver al guaperas del poli, se decía casi relamiéndose de gusto. No entendía que Yoli lo martirizase de aquella manera cada vez que le enviaba un whatsapp con las cosas que le pasaban. Álvaro se echaba a morir, desde que había empezado todo aquello se había empeñado en emparejarlos, él veía la pareja perfecta, vale que eran casi dos metros de fibra, vale que Yolanda pasaba poco del metro y medio y estaba algo sobradita de kilos, pero era una muñeca, en ella hasta quedaban bien. Si no fuera por el pelo, qué cruz señor, ese pelo, era la pesadilla de cualquier estilista, y más uno como él, se había empeñado en hacer algo con aquel estropajo que tenía en la cabeza, pero Yolanda no colaboraba demasiado. En cuanto él salía por la puerta, ella lo dejaba a su libre albedrío, y si le molestaba, se hacía unas coletas y andando, Dios mío, dame paciencia, acababa siempre las frases.

Llegaron a comisaría casi sin aliento. Álvaro era bastante histriónico y muy cinéfilo, así que se metía en el papel de cualquier actor de la última película que hubiese visto.

—Queremos hablar con el inspector Moreno, gracias —dijo Yoli en cuanto atravesaron la puerta—, tengo novedades sobre el caso de mi hermano.

—En seguida les atiendo —dijo el agente de guardia en aquel momento—, pero el inspector Moreno no se encuentra aquí en este momento.

—¡Pues llámalo!, es cuestión de vida o muerte —exageró Álvaro.

—Cielo, no me pongas más nerviosa de lo que estoy —se quejaba Yolanda.

—Amor, no quiero ponerte nerviosa, pero esto es muy grave. ¡Por favor! Qué alguien atienda a esta niña, esto no puede estar pasando, si esta criatura es un ángel.

—El inspector Jiménez les atenderá, pueden pasar a su oficina.

Un día para olvidar (capítulo 4, parte 2)

Un día para olvidar (capítulo 4, parte 2)

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—Le han dado tres puntos en la frente, y lleva el ojo morado, pero el médico dice que no es nada grave —continuó la enfermera jefe.

—Vaya, a lo mejor no me iba a dar cuenta de los puntos de la frente o de los morados, esto no se quedará aquí, os lo aseguro.

—Hay una chica nueva en el turno de noche, se le olvidó poner la contención en la cama y ya sabes cómo se pone, se pasa el día diciendo que se quiere ir a casa. Se ha vuelto muy agresiva y no le dieron las pastillas para dormir. Estamos investigando qué sucedió, te prometo que no volverá a pasar —se excusó muerta de miedo a una denuncia por parte de Yolanda.

—Si me lo dices en un primer momento a lo mejor me lo hubiese tomado de otra manera, pero me habéis ocultado algo tan grave como esto. Podemos estar hablando de negligencia. Consultaré con mis hermanos para tomar una decisión.

Dicho esto salió de la residencia sin mirar atrás, sabían perfectamente que iba a ver a su madre cada día, ¿pensaban que no se iba a dar cuenta que llevaba puntos y golpes en la cara?

Al llegar al hospital ya estaban allí sus hermanos, al no tener coche tuvo que coger un taxi, si hubiese ido en autobús habría necesitado más de una hora y con el estado de nervios que llevaba encima no tenía paciencia para esperar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Juan mientras ayudaba a su hermana a bajar del taxi.

—En realidad no estoy segura, pero esto me sobrepasa, cuando no es una cosa es otra.

Yoli se vino abajo, se abrazó a su hermano mayor y arrancó a llorar. No sabía bien por qué, pero necesitaba desbordar todas las emociones contenidas durante tanto tiempo. No solo lloraba por su madre, también lo hacía por Ramiro, hasta ese día no había derramado una lágrima. Se había hecho la fuerte, la valiente, la que podía sola. Algunas lágrimas también eran por Alex, se daba cuenta que se le había metido muy adentro, no era esa la idea, ella se había trazado unas metas y al parecer no iba a ser capaz de cumplirlas y eso la colmaba de una rabia contenida. Se sentía débil y se maldecía a si misma por esa debilidad, sin darse cuenta que esa debilidad era precisamente lo que la hacía fuerte.

Javier le dio un abrazo haciéndole notar también su apoyo, miró a su hermano y como siempre escoltaron a su hermana pequeña, volvían a ser el trío de antaño, su hermana menor siempre escoltada por ellos dos para evitarle cualquier daño.

Entraron los hermanos en el hospital preguntando por la doctora de guardia, no era la misma que la había atendido a su llegada, aunque parecía una persona amable y cariñosa. Una mujer relativamente joven que se puso a investigar desde el primer momento intentando descifrar qué había pasado. Los acompañó al box en que estaba Marina, a Yolanda se le inundaron los ojos al ver a su madre tumbada en la camilla con la frente de color marrón del yodo desinfectante y los ojos morados a consecuencia del golpe.

La doctora no quiso ni quitar ni poner importancia a lo que había pasado, les explicó que todos los días llegaban al hospital casos como ese, personas mayores que por causa de su reducida movilidad o su cabeza algo perdida, también habían sufrido algún accidente doméstico.

—Perdone, doctora, esto no es un accidente doméstico —le llamó la atención Yoli— mi madre está en una residencia precisamente porque no puede estar sola. Nos costó mucho que le concedieran la plaza, es una persona vulnerable y necesita que estén por ella, y verla así me hace sentir culpable por haberla dejado allí —decía una Yolanda cada vez más compungida.

—Creo que debemos tranquilizarnos todos un poco, está muy reciente la noticia, su madre está bien —se dirigió a los hermanos con voz calmada— en caliente todo lo vemos peor de lo que es —le dijo mirando a Yoli esta vez— vuestra madre está bien. El golpe parece muy aparatoso porque los morados son muy escandalosos, pero en unos días estará como nueva, os lo aseguro.

Al final optaron por reconsiderar lo de la denuncia, Yolanda en aquellos momentos no necesitaba más frentes abiertos.

Cuando constataron que su madre estaba bien y les aseguraron que al día siguiente estaría de vuelta en el centro se tranquilizaron un poco y cada uno se fue para su casa. Una vez en ella, Yoli hizo balance del día. Hubo de todo aquella jornada, bueno, malo y regular, como bueno pensó en la sentencia del juicio, que como supuso el abogado, sería favorable, lo regular… no sabía qué le pasaba con Alex, cuando estaba con él sentía la imperiosa necesidad de molestarlo, de pincharlo, cuando en realidad se estaba muriendo por un beso suyo. Lo malo, ahora llegaba lo malo, quizá lo que le había pasado a su madre, con lo que ella era, verla así la desmontaba, la dejaba sin voluntad, por otra parte, su hermano seguía sin aparecer, eran demasiados días y ni siquiera tenían una mísera pista, y eso cerraba el círculo. Alex no era culpable de que no hubiera pistas, debía dejar de machacarlo, aunque tenía que reconocer que se lo pasaba bien haciéndolo y era una manera de sentirse viva.

Por primera vez desde la desaparición de Ramiro aquel día y, tras sus cavilaciones, pensó que no pasaría por comisaría, había decidido que le iba a dar una tregua al inspector.

Alex llevaba rato esperando que apareciese Yoli por la puerta, había mirado cincuenta veces el reloj, pero las agujas no querían colaborar, seguían ancladas machaconamente negándose a dejar que corriera el tiempo. Estaba deseando enseñarle los pequeños avances que había hecho la tarde anterior. Quería que supiera que no estaba de brazos cruzados, que incluso en su tiempo libre estaba pensando en el caso y que si había algo por insignificante que fuera se investigaba a fondo, y que seguiría buscando hasta averiguar el paradero de su hermano.

Volvió a mirar el reloj que seguía con su avance impasible, no quería ayudar, a aquellas horas, todos los días, Yoli ya había pasado por allí a meterle su dosis de bronca diaria. Se daba cuenta que la necesitaba, necesitaba esa inyección de adrenalina que era verla aparecer por la puerta, sonrió al pensarlo. El tiempo pasaba pero ella seguía sin aparecer. Alex había advertido que ella tenía unas pautas de conducta más o menos marcadas, así que le extrañaba aquel retraso, ya debía estar en la universidad, de pronto pensó que le podía haber pasado algo. No quería ponerse nervioso, que aquella mañana no acudiese a darle su ración de bronca no quería decir nada. A lo mejor tan solo era que no tenía clase a primera hora, hacía sus cábalas mirando el teléfono, dudando si llamarla o no, bueno, pensó, seguro viene después, intentaba animarse, para al segundo pensar que no tenía ninguna obligación, pero bien que lo había amenazado, reía pensando en aquella discusión, lo que tenía claro era que no iba por él.

Para pasar el rato se puso a mirar expedientes de otros casos. El pueblo era muy tranquilo, quitando unas cuantas multas de tráfico y alguna que otra pelea entre vecinos, normalmente por las lindes de las fincas, no había grandes conflictos. En todo el tiempo que llevaba destinado allí el único caso relevante había sido la desaparición de Ramiro, pero con todo y eso lo que más agradecía era haber conocido a Yoli, aunque ella no estuviera interesada en él, a él le bastaba respirar su mismo aire.

Estaba clasificando la información y ordenándola en una pizarra de vinilo. Había confeccionado un croquis con las coincidencias de unos y otros, buscando puntos en común, por aquello de hacer algo y era tan poco lo que tenía que algo había que hacer. Además quería que cuando Yolanda fuese por comisaría, esperaba que pronto, pudiera ver que no estaba mano sobre mano, aunque fuese una tontería ya que no tenía por que dar explicaciones a nadie sobre sus pesquisas, vale que era la parte afectada del caso, y mientras no tuviera algo en concreto no debía darlas, pero era ella, y para él era importante tener una comunicación directa, aunque sonase un poco egoísta por su parte, era así.

Se estaba impacientando, al final Yoli no aparecía, y él no dejaba de pensar en ella, el problema estaba en que cuanto menos quería pensar en ella más lo hacía.

Yolanda llevaba toda la mañana esforzándose en no pensar en Alex, quería autoconvencerse  que no necesitaba ir todos los días, que Alex tenía razón cuando lo dijo, así que nada, ya no lo molestaría más con su presencia, a ella no le decían dos veces que estorbaba, ¡cómo si ella no tuviese nada mejor que hacer!

Estaba saliendo para la universidad y al cerrar la puerta de la calle, como por arte de magia, apareció David.

—Hola, preciosa, ¿quieres que te lleve a algún sitio? Supe que tienes el coche estropeado y no tengo nada urgente que hacer.

—No, gracias, ahora voy a buscarlo al taller, espero que esté listo. Por fin puedo volver a ser independiente —comentó sonriente.

—Como quieras, de todas maneras pensaba bajar a la ciudad, pero bueno, sube y te acerco al taller, de verdad que no me cuesta nada —volvió a ofrecerse.

—Está bien, al taller te dejo que me lleves, me ahorro un paseo ahora que lo pienso.

Estaba subiendo al coche de David cuando Alex, que no podía más con la incertidumbre de no saber por qué Yoli no había pasado aquella mañana por comisaría, se encaminaba hacía su casa. Al verlos juntos, sin saber por qué, aceleró sin pensar en las consecuencias. David arrancaba en ese momento quedando su coche a escasos milímetros del de Alex.

—Imbécil, mira por dónde vas —lo increpó David sin dejar ver que había reconocido al conductor del auto.

Alex al darse cuenta de lo que estaba haciendo dio un tremendo frenazo, cruzó los brazos sobre el volante y apoyó la cabeza sobre ellos, se había quedado lívido. Ni siquiera había sido consciente de haber pisado el acelerador de aquella manera. Al final será verdad que necesito ayuda psicológica, pensó muy a su pesar.

—Lo siento, no te vi, estaba algo distraído en un caso que me tiene absorto, sé que no es disculpa, pero es la verdad —intentó parecer convincente, cosa que al menos para Yoli no coló.

—Tranquilo —contestó David subiendo al coche de nuevo— pero procura tener más cuidado, puedes hacerte “pupa”.

Aquel tono de medio burla casi le hizo volver a bajarse del auto, no esperaba una respuesta en ese tono por parte de David. Sabía perfectamente que la culpa había sido suya y se había disculpado aún sintiendo que la sangre le hervía por dentro. Esperaba que ella hubiese dicho algo, una frase de apoyo hacia su persona, pero no, se quedó callada, ni siquiera lo miró a la cara. Eso corroboraba su teoría, para su desesperación a Yoli le era completamente indiferente.

Yoli por su parte se sintió observada, no podía creer lo que estaba pasando. Qué pretendía aquel policía de pacotilla, no la iban a amedrentar sus casi dos metros de largo, tanto que parecía un día sin pan, se dijo furiosa, siendo eso lo único insultante que se le ocurrió. Si la estaba vigilando que fuera con mucho cuidado, ella no se iba a quedar mano sobre mano, ella también sabía algo sobre leyes y sobre acoso. Si no hubiese estado con David, que no tenía nada que ver, le habría dicho cuatro cosas, pero no se iba a quedar la cosa así, desde luego que no. Menos mal que David había estado de lo más correcto, se dijo. No entendió bien las últimas palabras de David, pero la cara que había puesto Alex no decía nada bueno de él. Yolanda estaba muy enfadada, en cuanto lo viera a solas le pensaba dejar las cosas claras, aquello merecía una explicación.

David por su parte estaba más que satisfecho, lo había visto venir y había acelerado un poco a propósito, aquel poli de ciudad le caía gordo y no sabía por qué, pero así era, además parecía estar interesado en Yolanda, y hasta ahora él no había tenido la oportunidad de acercarse a ella, llevaba tiempo esperando el momento y ese había llegado, así que lucharía por conquistarla.

Llegaron al taller en silencio. David respetó en todo momento su mutismo, pensó que el incidente la había asustado, pero en realidad lo tenía todo controlado. El frenazo había sido brusco, pero había un margen de seguridad suficiente. Si algo tenía era que controlaba los coches divinamente. Le apasionaban las carreras y de vez en cuando había ido al circuito a correr, la velocidad era lo suyo. David se apeó del coche y antes de que ella hubiese abierto la portezuela él ya la estaba ayudando. Aquel hombre sí era un caballero, pensaba Yoli, no como el patán de Alex. Estaba furiosa, pero no quería que David lo notara, así que se colocó su mejor sonrisa y le dio las gracias por acercarla.

UN DÍA PARA OLVIDAR (Capítulo 4 parte 1)

UN DÍA PARA OLVIDAR (Capítulo 4 parte 1)

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Alex, de buena mañana, se fue directamente a la oficina. Había llegado al pueblo solo, aunque ya llevaba unos meses, casi un año para ser exactos y no había hecho demasiadas amistades, no por nada, se llevaba bien con todos sus compañeros, pero por su parte no pretendía quedarse en el pueblo toda la vida. Cuando pidió el traslado lo hizo de forma temporal. Necesitaba sanar las heridas que lo habían llevado casi a la depresión, así que no quiso dar demasiada confianza a ninguno de sus compañeros, ni siquiera a sus vecinos de piso. No quería volver a caer en la misma trampa dos veces. Tenía que aprender a guardar bajo llave sus sentimientos y mirar los casos a través del prisma del investigador, como si se tratase de una rutina, de algo que no le concerniese, y eso era lo más difícil de su trabajo, sobre todo teniendo el carácter que tenía. Para ser hombre y policía era demasiado sensible, ese era su problema y veía que de nuevo se estaba empezando a involucrar en uno de sus casos. Exactamente en el caso de Ramiro y más de lo que debía.

Respiró hondo, se sentó frente al ordenador y empezó a recopilar información que había encontrado sobre la familia de Rebeka, abrió una carpeta nueva y empezó a incluir en ella toda la documentación que logró recabar sobre ellos. Sin planearlo, y casi sin darse cuenta, estaba investigando también a David, el padre de la jovencita que denunció los hechos. Parecía mentira que un hombre pudiera ser tan perfecto, era comercial de maquinaria agrícola y parecía ser que se ganaba bastante bien la vida, aunque claro, la empresa era de su familia, sonrió cínicamente Alex al encontrar el dato. Tampoco entendía que su mujer lo hubiese dejado ir separándose de él de la noche a la mañana. De la mujer encontró poca cosa, desde que se había separado, según rezaba en el informe, vivía en el extranjero, en Alemania para ser exactos y se había casado con un vikingo, así que estaba fuera de toda sospecha, lo que le extrañó fue que nunca hubiese vuelto al pueblo, ni siquiera para visitar a su hija.

“Algo malo tiene que tener este tío”, pensó rabioso, se lo imaginaba conquistando a Yoli y algo por dentro le desgarraba, “Baja a la tierra, Alex, a Yoli no le interesas y a ti no debe interesarte ella, en un par de años volverás a tu antiguo puesto y todo esto será historia”, se repetía por enésima vez.

Cuando se levantó de delante del ordenador era prácticamente media noche, había trabajado todo el día sin descanso, no había parado ni para ir a comer. Casi sin darse cuenta había recopilado toda la información que había encontrado de los padres de todas las chicas implicadas en el suceso. Al final estaba algo decepcionado, no sabía qué pretendía encontrar, no tenía ni idea, pero le hubiera gustado enterarse que alguno de ellos estaba implicado en la mafia rusa, o eran traficantes que trabajaban para las redes de narcotráfico colombianas, lo que fuera. Le dio rabia, estaba decepcionado, no había nada de todo eso, solo gente normal y corriente, trabajadora con más o menos suerte. Los padres de Paula estaban separados, el padre era agente de seguros, la madre trabajaba para una inmobiliaria, al parecer se llevaban bastante bien. Los de Natalia eran español casado con paraguaya, era la única cosa a resaltar, ella era peluquera, el padre tenía un negocio de rehabilitación de inmuebles que no parecía irle del todo mal, todos los papeles en regla, el negocio perfectamente legal, nada relevante. Estaba viendo que su corazonada no lo llevaría a ninguna parte, había sido una chiquillada, nada más.

Guardó la información, por fin apagó el ordenador y se fue para casa. Necesitaba desconectar un rato por lo menos, su turno empezaba a las seis de la mañana y aunque no tenía sueño no quería darle más vueltas, había pasado sus horas libres encerrado en la comisaría, vamos, que había sido un día completo, se dijo al llegar a casa. Se preparó una copa y encendió la televisión, quería desconectar, pero no había forma, en todas las cadenas había reposiciones de series policíacas, del CSI a Los hombres de Paco, pasando por Castle, vamos que de distanciarse nada de nada, optó al final por meterse en la cama con un libro y un disco de música celta para flauta y piano. Cuando estaba estresado la música suave le ayudaba a relajarse. Esperaba de ese modo ser capaz de conciliar el sueño al menos un par de horas.

 

Por parte de Yoli el día no fue mejor, cuando llegó a su casa se dio cuenta que tenía el tiempo justo para ir a visitar a su madre al centro en el que estaba. Procuraba ir casi todos los días aunque solo fuese un rato, así que comió a toda prisa y se encaminó hacia allá. Al llegar no estaba en la sala con las demás residentes. Tampoco en su dormitorio. Buscó a la enfermera para preguntar por ella. Quería saber por si estaba en la terraza, era muy raro, pero era una posibilidad. Cuando la vio una de las enfermeras, al cruzar el pasillo, le pareció que la evitaba, algo que no le gustó nada a Yolanda. Algo pasaba, estaba segura de ello.

—Hola, he venido a ver a mi madre, me puedes decir dónde está, no la encuentro.

—Esto, pues… no sé, debería estar en la sala… mmm, esto… acabamos de darles la merienda.

—En el comedor no está, en la sala tampoco ni en su dormitorio, ya me dirás dónde está.

En ese momento asomaba la enfermera jefe por el corredor, a Yoli le pareció que se sorprendía igual que la auxiliar. Definitivamente, algo estaba pasando con su madre.

—Buenas tardes, Yoli. Ahora mismo iba a llamarte. Tenemos a tu madre en el hospital, se ha caído de la cama y se ha hecho un chichón, nada serio, no te preocupes, pero el médico ha preferido dejarla en observación.

Yoli se quedó de una pieza, si le pinchan en aquel momento no le sacan sangre.

—¿Desde qué hora está en el hospital? —preguntó con sequedad.

—Pues se cayó durante la noche, la encontramos en el suelo al entrar a hacer la habitación —contestó la enfermera evitando su mirada.

—Durante la noche, ¿me estás diciendo que se ha caído a media noche y hasta ahora nadie me ha dicho nada?, o sea, ¿qué si no vengo no me entero que mi madre se ha caído de la cama?

—No te pongas nerviosa, no ha pasado nada, no entendemos cómo ha podido pasar. Tenía las barandas protectoras levantadas, pero se ha ido resbalando y se ha caído.

—No estoy nerviosa, pero dime exactamente qué se ha hecho.

La enfermera volvió a bajar la mirada al suelo, el nerviosismo era evidente, se la veía incómoda. Yoli estaba segura que algo se guardaba, de otro modo en cuanto se hubiesen dado cuenta la habrían llamado como alguna vez que había habido algún problema lo hicieron. Sacó el móvil del bolso y envió un whatsapp a cada uno de sus hermanos, “Mamá está en el hospital, no sé qué ha pasado pero voy para allá a averiguarlo”.

Un día para olvidar (Capítulo 3)

Un día para olvidar (Capítulo 3)

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Los días pasaban pero Ramiro no aparecía, el radio de búsqueda se había ampliado a muchos kilómetros a la redonda, abarcando varios pueblos bastante distantes entre sí, pero con la esperanza que alguien lo hubiese visto o encontrado, que lo hubiese llevado a su casa y él no supiera decirle exactamente dónde vivía, algo bastante inverosímil ya que lo normal si encuentras a alguien perdido es llamar a la policía, aunque sabemos que hay gente muy rara por el mundo, por eso tampoco descartaban que pudiera pasar, y no cerraban ninguna posibilidad por remota que esta fuera.

Los perros rastreadores tampoco fueron la solución, iban del centro del pueblo hasta un par de calles más abajo de su domicilio, allí se sentaban y se perdía el rastro, eso les hacía pensar que se había subido en algún coche.

Los voluntarios al final dejaron de acudir, ya no sabían dónde más buscar, se había peinado el bosque de arriba abajo, se habían empapelado las ciudades y pueblos de los alrededores y seguían sin tener noticias de Ramiro.

Había pasado más de un mes, los llantos habían disminuido, las ojeras se habían acentuado, las noches sin dormir se sucedían una a otra, la vida continuaba.

La excedencia que le concedieron a Yolanda en el trabajo había terminado y también debía volver a la universidad, por muchos apuntes que le pasaran los compañeros, llegó el momento en que tenía que asistir de nuevo a las clases. Lo que ella y los voluntarios podían hacer, estaba hecho, ahora tocaba hincar codos y sacar el año, igual cuando despejase un poco la cabeza le venía algo, una idea, un recuerdo, algo que sirviese para poder tirar del hilo y saber por fin qué había pasado con su hermano, cuanto más tiempo pasaba más lejos estaba la posibilidad de encontrarlo con vida.

—¿Algo nuevo sobre mi hermano?

—Buenos días, yo también me alegro de verte.

—Buenos días, lo siento, tengo los nervios a flor de piel, al fin y al cabo solo vengo a interesarme por mi hermano, a ver si hay alguna novedad, no vengo precisamente a hacer vida social.

—Lo sé, te pido disculpas, ya te he dicho muchas veces que no hace falta que vengas todos los días a comisaría, si hay alguna novedad te avisaré, quiero que te quede claro que no hemos dejado en ningún momento aparcado el caso, pero seguimos sin tener ninguna pista.

—Prefiero venir, así te recuerdo que no lo voy a dejar que se diluya en el tiempo y sea uno más de los muchos casos sin resolver que hay.

—Cómo quieras, a mí también me encanta verte.

Al decir esto se arrepintió, estaba banalizando un problema muy serio, pero era la pura verdad, cada vez que la veía, algo dentro de él se revolucionaba. De pronto parecía que hacía mucho calor dentro del despacho, se pasó el dedo por el cuello de la camisa haciendo entrar un poco de aire fresco, pero no fue suficiente, la boca se le secó y hasta una sonrisa bobalicona acudió a su rostro mientras su cerebro dejaba de funcionar, no había forma de que le diera una orden coherente, los ojos se le habían quedado clavados en una pequeña peca que tenía Yoli junto a la naricilla respingona, que tantas noches le hacía soñar con ella.

Había pasado por comisaría como cada día, sabía que no era necesario que lo hiciera, pero había algo que la impelía a hacerlo, necesitaba hablar con Alex todos los días, “seguro le molesta que venga, pero no pienso dejar de hacerlo, que haga mejor su trabajo”, se mentía Yolanda a sí misma, y qué era aquello de que le encantaba verla, ja, pensaba, estaba segura que no le apetecía en lo más mínimo, se daba cuenta que nunca sabía qué decir, pues ella sí sabía qué decir y lo diría bien alto, aunque ahora que lo pensaba, en realidad, no tenía mucho que decir. Pasar cada día por comisaría se había convertido en un hábito, aunque no quisiera hacerlo, los pies la llevaban hasta allá.

—Está bien, si no hay novedades me voy que tengo prisa.

—He terminado mi turno, si quieres te acompaño —se ofreció con tal de estar una rato más cerca de ella, aun cuando aquello en realidad supusiera un suplicio para él.

—Pues si me alargas al juzgado, se me ha estropeado el coche, así que me harías un favor.

—¿Al juzgado?

—Sí, tengo un juicio, soy la tutora legal de Ramiro.

—¿Puedo saber sobre qué es el juicio?

—Es algo desagradable que pasó hace tiempo, unas jovencitas del instituto intentaron abusar de él.

Al escuchar aquello se la quedó mirando con los ojos muy abiertos, estaba recogiendo el escritorio, dejó de hacerlo para escuchar la respuesta, le pareció muy fuerte que no le hubiera dicho nada de aquel suceso.

—¿Puedo saber por qué no me lo habías dicho?  Yolanda, por favor, pensé que tenías dos dedos de frente.

—¿Qué quieres decir con eso? Es algo que pasó hace tiempo.

—¿Tú dices que estudias criminalística? Pues desde ahora te digo que vas a suspender, sobre todo en práctica.

—No es necesario que seas tan desagradable, eso fue en verano, no tiene nada que ver con el caso.

—Y eso lo has decidido por tu cuenta, ¿verdad? Todo puede estar relacionado, si no lo está, perfecto, pero ¿y si lo está? Me vienes cada día a decir que no hacemos nada y resulta que me estás ocultando información.

—No te estoy ocultando nada, no me regañes más, está bien, no lo pensé. ¿Entonces me llevas o cojo un taxi?

—Te llevo, y si mi presencia no es demasiado molesta te acompaño durante el juicio.

—Puedo soportarla.

Habían llegado al Peugeot 206 cabrio de Alex, cosa que sorprendió a Yoli, que no pensaba que podía tener esa clase de coche. Como hacía frío todavía, la capota estaba subida, el biplaza en color negro estaba impoluto, otra sorpresa para ella, aunque dado su aspecto no debería haberlo sido, le abrió la portezuela como todo un caballero y al ponerse al volante le dijo que se pusiera el cinturón.

—Siempre lo hago, pero ya se por qué te hiciste policía, veo que te gusta dar órdenes.

—Es una costumbre —se limitó a afirmar—, por el camino me puedes ir poniendo al día con el caso por el que vamos al juzgado.

—Está bien —concedió—, fue a finales del curso pasado, Ramiro siempre hace el mismo recorrido, se para en la cafetería de Maruja, le recoge unas cuantas mesas y ella le pone un café con leche y un cruasán, por mucho que le digo que no lo haga, ya has visto como es ella, dice que es como un hijo más y siempre lo consiente. Luego suele ir a la peña futbolística, también lo miman en exceso, pero es que él se hace querer, siempre está dispuesto a ayudar en lo que sea, recoge las pelotas, limpia las botas de los jugadores, y ellos a cambio le dan regalos; una camiseta, una pelota firmada por ellos, que ya ves, no es un equipo de primera que digamos, pero para él son los mejores, son sus ídolos. Aquel día venía para casa, era la hora de comer y cuatro chicas se le acercaron, no era la primera vez que se mofaban de su minusvalía, le hacían llorar con sus bromas de mal gusto, pero no habían pasado de ahí… hasta ese día.

Ese día lo acorralaron y le hicieron desnudarse, y cosas que me avergüenzo solo de pensar, no imaginaba tanta maldad en unas criaturas tan jóvenes.

Al ser un pueblo pequeño no había juzgados así que tuvieron que desplazarse a la ciudad. En el coche estaba sintonizada una emisora de radio de esas que ponen música mezcla de novedades con otras de años pasados, otra sorpresa para Yoli, no esperaba que le gustase ese tipo de emisoras, lo imaginaba escuchando música clásica, o como mucho las aburridas noticias, como las denominaba Ramiro, sonrío al pensar en su hermano, no sabía por qué, pero así era. Estaban llegando cuando empezó a sonar la última canción de Malú, A Yoli se le encogía el corazón, no sabía si era fruto de los nervios por el juicio, o por tenerlo tan cerca, y aquella canción la destrozaba, a ella también le gustaría ser invisible en aquel momento. Alex estacionó el coche lo más cerca que pudo, que no fue demasiado. Aceleraron un poco el paso, aunque no era tarde Yolanda estaba en tensión, lo atribuía al inminente juicio, que aunque el abogado, compañero en el bufete de su cuñada, le había dicho que estaba ganado, ella no tenía nada claro, sí que había unas pruebas contundentes, puesto que las chicas habían grabado todo con el móvil y se lo habían pasado unas a otras, solo aquello, decía el abogado, era concluyente.

Alex escuchaba atentamente, dando vueltas en su cabeza a toda aquella información que le había hurtado sin pretenderlo, pensaba en cómo nos comportamos las personas de idiotas cuando las circunstancias nos superan, estaba seguro que de otra forma no se le habría pasado por alto algo tan supuestamente importante. No podía estar seguro de que estuviera relacionado, pero tampoco podía descartar ninguna vía.

Llegaron a los juzgados, les estaba esperando Marcos, el abogado compañero del bufete de su cuñada, un hombre de mediana edad, afable en el trato y seguro de sí mismo, se acercó y saludó, miró a Yolanda y esta le presentó a Alex, el inspector que lleva el caso de la desaparición de mi hermano, dijo ella.

—Encantado —le tendió la mano el abogado estrechando la del policía, ya sabemos que abogados y policías son como agua y aceite, no suelen hacer buenas migas, aunque en este caso la valoración pareció positiva por ambas partes.

—Pobre muchacho, supongo que siguen sin novedades —comentó el abogado.

—De momento sí, pero es que nadie me había informado de este juicio ni de lo que había pasado —contestó Alex mirando fijamente a Yolanda.

—Habéis investigado a toda la familia, igual es que no hicisteis las preguntas adecuadas —contestó Yoli levantando el mentón y clavando la mirada en el policía.

—Para mi desgracia te voy a tener que dar la razón, quizá no estoy haciendo bien mi trabajo.

Alex se apartó de ellos y se metió directamente en la sala en que se celebraba el juicio, aunque para ello tuvo que hacer algo que detestaba, tirar de credenciales.

En pocos minutos se concentró toda la gente del juicio, Juan y Javier llegaron juntos, con el tiempo justo, habían pasado por casa de Yoli antes de ir hacia los juzgados, la estaban llamando pero al no contestar al móvil se asustaron, sabían que tenía el coche averiado y no habían concretado la noche anterior, así que pensaron pasar a buscarla, debieron pensar conociéndola como la conocían que ella no esperaría al último momento para llegar al juzgado.

Yoli y Alex entraron en la sala de los primeros, los nervios por lo que estaba por suceder le atenazaban las tripas a la joven, sus hermanos llegaron junto a ella, se pusieron cada uno a un lado, apoyándola, haciéndole saber que estaban allí. Ella lo agradeció, era lo que necesitaba en aquel momento. Después del rifirrafe que había tenido con Alex, tenía los ojos algo vidriosos, y se maldecía por ser tan sensible, por qué tenía que afectarle tanto algo que dijera un policía, se preguntaba, aunque intuía la respuesta se negaba a contestarla, en aquel momento no estaba para jueguecitos. Se repetía cien veces al día que solo podía estar por y para esclarecer la desaparición de su hermano, lo demás en aquel momento era secundario en su vida, el problema era que últimamente se lo tenía que repetir muy a menudo.

El juez hizo acto de presencia, Yolanda se dio la vuelta buscando a Alex, no era consciente de haberlo hecho, pero allí estaba, con la mirada fija en ella, al girarse se topó con sus ojos, aquellos ojos de mirada limpia y transparente que ella interpretaba bondadosos y hasta la fecha nada le hacía pensar lo contrario. Sentado detrás, casi al final, estaba David, el padre de la niña que dio la voz de alarma, era la más jovencita de todas y la que no pudo callar el secreto de sus amigas, ella quería pertenecer al grupito, pero no era como ellas, por suerte, puesto que, qué se hubiese asustado, hizo que la policía actuara rápidamente. Se presentaron en el instituto y requisaron los móviles, allí estaba grabado todo, por eso comentó el abogado, era imposible perder aquel juicio. David la miró con cariño, dándole ánimos, había sido un gran apoyo durante la búsqueda, y cuando dejaron de buscar, puesto que no se halló ninguna pista y el hombre avergonzado como estaba de que su hija hubiese participado, aunque solo de forma visual, en aquel despropósito, se ofreció para ayudar en la medida de lo permitido, cosa que agradeció Yolanda, en aquellos momentos necesitaba todo el apoyo que fuese posible, había días que le costaba mucho tirar hacía delante.

Fueron llegando las jóvenes acompañadas de sus padres, medio instituto estaba allí, unos por imputados, otros por curiosos, cada niña con sus padres y un abogado que las representaba a todas. En primer lugar llamaron a declarar a la mayor de ellas, Rebecka con k, se hacía llamar así, acababa de cumplir los diecisiete y se podría decir que era la cabecilla del grupo.

—Señorita Rebeka —llamó el fiscal—, ¿puede explicar por qué tenía en su móvil la grabación de los abusos a Ramiro Duperly, y cuál fue su participación?

—Yo no hice nada, ni siquiera estaba con ellas, solo… esto… pasaba por allí.

—No es eso lo que se aprecia en el vídeo, parece más bien que sea usted la instigadora —prosiguió el fiscal.

Rebecka empezó a sollozar, pero el fiscal no se creyó del todo ese llanto, ni siquiera bajó la mirada, la mantuvo al frente, desafiante.

—Está bien, voy a creer por un momento que es verdad lo que dice y sencillamente pasaba por ahí, ¿cómo explica su intervención?, porque lo que yo veo es que usted le baja los pantalones a Ramiro.

—Eso no es así —gritó al tiempo que se levantaba del asiento.

—¡Protesto! —dijo el abogado.

—No ha lugar —denegó el juez— prosiga señor fiscal.

—Conteste, ¿por qué le bajaba usted los pantalones a Ramiro? —volvió a formular la pregunta.

—No era eso lo que hacía —contestó Rebeka nerviosa— solo, yo solo quise ayudarlo, de verdad, ¿usted cree que yo pueda ir bajando los pantalones a nadie? Y menos a un pobre desgraciado como ese.

—Ese pobre desgraciado como usted lo llama tiene nombre y fue violentado por ustedes cuatro.

—Yo me fui, yo ni siquiera lo toqué —contestó un tanto agresiva con el fiscal.

—Vaya, ahora resulta que ni siquiera lo tocó, cuando antes solo pasaba por allí, para solo estar de pasada su participación en el vídeo es bastante extensa ¿no cree?

En el juicio se aclararon muchas cosas, pero ninguna de ellas hacía pensar que hubiera alguna relación con la desaparición de Ramiro, eso pareció tranquilizar a Yoli tanto como a Alex, ella se sentía mal por no ser capaz de ver más allá de sus narices. Él tampoco estaba mejor, le había gritado y eso no se lo perdonaba, ¿qué le pasaba con ella? Mejor no contestaba, total, ella lo odiaba, y lo entendía, tanto tiempo que había pasado desde la desaparición y ni siquiera tenía una mísera pista por donde empezar a hacer algo útil.

David se acercó al finalizar el juicio, abrazó a Yolanda y le dio un beso en cada mejilla, acto que dolió sobremanera a Alex, no le gustó, era un gesto muy natural, pero no le gustó, aquella familiaridad le molestaba, no sabía bien por qué, el hombre en todo momento había colaborado y parecía buena gente. Sabía que eran amigos pero los celos lo atenazaban, celos, sonrió, de quién y por qué, si no quiere más que perderme de vista, se dijo.

Terminaron las despedidas y David se alejó un tanto con su hija, la jovencita al final no estaba imputada, era la que había dado la voz de alarma y en el vídeo se veía claramente que ella no quería participar y se había mantenido al margen. Su padre la había llevado al juicio para que se diera cuenta de lo que hubiera pasado si ella no hubiese tenido la valentía de decir que no, esperaba que le sirviera de lección para saber lo que no debía hacer.

El juicio quedó visto para sentencia, pero el abogado estaba contento de cómo se había desarrollado el proceso, sabía que no era mucho más lo que se podía hacer, al ser menores se irían a casa con una multa y una amonestación a los padres, pero bueno, por lo menos en algo se había hecho justicia, pensaba Yoli.

Salió de la sala con sus hermanos, todo el tiempo habían estado a su lado, los padres de alguna de las niñas la miraban con rencor, algo que no pasó desapercibido a Alex, sobre todo los de la cabecilla del grupo, Rebeka, una joven rebelde de familia acomodada, aunque venida a menos, pero que seguían viviendo en una burbuja de superioridad y sin ser capaces de decir no a nada de lo que pidiera su hija, única para mayor gloria suya. Los padres parecían sacados de las primeras páginas del Hola, rígidos como estacas, vestidos con sus mejores galas, pero sin un ápice de compasión en sus ojos ni en sus gestos, incluso con su hija, todo era frialdad, estaban allí porque al ser menor de edad no habían podido delegar, lo habrían hecho con gusto, no eran capaces de tener empatía, y según pensó Alex, la rebeldía de aquella chica era una manera de llamar la atención, de buscar un cariño que sus padres parecía que no sabían cómo darle.

Al salir de los juzgados David estaba esperando a Yoli en la puerta, le dijo que iba para el pueblo y si quería que la llevase, continuó diciendo que así les ahorraría desviarse de su ruta a sus hermanos, que seguro tenían que volver a sus trabajos, quiso convencerla ya que a él no le costaba nada, puesto que se había tomado el día libre, quería que Aina viera con sus propios ojos que hacer daño tenía consecuencias. Alex se lo miraba desde la distancia, no era quien para involucrarse en la conversación, pero si alguien se fijaba bien, casi se podía ver como le salía humo por la cabeza, de pronto David se había convertido en su enemigo público número uno, estaba coqueteando descaradamente con Yolanda, ¿pero es que ella no se daba cuenta?

—Gracias, pero he venido con Alex —contestaba en aquel momento Yoli.

Alex soltó el aire retenido en los pulmones de tal manera que pensó que se había oído saltar la válvula de escape en toda la comarca. Sonrió, no era su condición ser desagradable con la gente, todo lo contrario, pero el tal David se le había atravesado desde el primer momento, era demasiado perfecto.

—¿Nos vamos? O prefieres que me vaya con David si tienes algo que hacer —replicó Yoli, dándose cuenta de la mirada que le había echado al pobre hombre.

—Vamos, vamos, te estaba esperando, te he traído y no pienso dejarte tirada, no soy de esa clase de gente.

—¿Todavía estás enfadado? Supongo que te habrá quedado claro en el juicio que el suceso no tenía nada tiene que ver con la desaparición de Ramiro, así que era irrelevante que te dijera algo o que no, tampoco lo hice a conciencia, estaba segura que no tenía nada que ver una cosa con la otra y no se me ocurrió. Esperaba que se te hubiera pasado el enfado a estas horas.

—¿Quién ha dicho que yo esté enfadado? —soltó un bufido que corroboraba la teoría de Yoli.

Subieron al coche en silencio, la tensión era notable, siguieron prácticamente todo el camino sin abrir la boca, Yoli se moría de ganas de empezar una conversación, a Alex le pasaba otro tanto, pero el orgullo por parte de ambos lo impedía. Llegaron a su destino y la dejó en la puerta de la casa, ella estuvo tentada de decirle que pasara, quiso preguntarle si le apetecía un café o incluso darle las gracias invitándolo a compartir su mesa, pero no lo hizo, lo que hizo fue ahogar las mariposas que revoloteaban en su estómago cada vez con más fuerza.

Alex no se bajó del coche, Yoli apenas se despidió, hizo un amago de invitarlo, algo que a él le sonó bastante a compromiso, adujo que tenía prisa, aunque antes le hubiese dicho todo lo contrario, pero no sabía si le sería posible mantener el tipo delante de ella, cuando a ella parecía molestarle tanto su presencia. Como tenía tiempo libre, se puso a investigar a los padres de Rebeka, la joven cabecilla del grupo, le habían parecido muy altivos para estar su hija implicada en un caso tan serio, no era poca cosa el abuso a menores, ya que aunque Ramiro no era un niño, su mentalidad si lo era.

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