Hasta el Sol

Hasta el Sol

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Con el tiempo, hasta el planeta se acaba con el tiempo. Hasta el Sol…

Esta frase tan lapidaria, era más que una simple frase. Era una gran premonición, un aviso. Y era la muletilla que repetía una y otra vez el muchacho, ante los ojos atónitos y desolados de su pobre novia de pueblo, ajena a los vaticinios científicos del chico inteligente de ciudad.

Ella no entendía de fórmulas aritméticas, ni de astronomía. Ella solo sabía lo que sentía. El ruido que emitía aquel latido que rugía entre su pecho y su espalda cuando él articulaba una sola palabra. O cuando lo miraba al respirar. Aún a sabiendas, que más de un discursito de los que él le metía aprovechando la penosa tarde del domingo, no le favorecían en nada.

Pero él era así, los domingos y fiestas de guardar. Orador de intensas jaculatorias con mensajes aclaratorios sobre el futuro. No podía consentir de ninguna de las maneras que Martina pensara que, el amor es infinito. ¡Qué grave error de cálculo por su parte! Él tenia que dejarle claro que el amor se acaba, y explicarle todo aquello de que se vuelven cadenas lo que fueron cintas blancas. Si Martina hubiese podido darle un caramonazo a Martín en la cabeza, todos los domingos y fiestas de guardar, lo habría hecho sin contemplaciones.

Martín Coscurro, era el típico noviete que vaticina el futuro, así no sepa ni en que día vive, pero el futuro… ¡ahh el futuro!, eso es otra cosa. Eso era algo que a él se le daba muy bien. De hecho no era alguien que viviese anclado en el pasado, no. Él siempre andaba pensando en el día de mañana, aunque se apoyara cada cierto tiempo en sus vivencias pasadas,  tan solo lo hacia para comprender mejor el futuro.
Sus raíces le daban las alas necesarias para entender lo que estaba por llegar, con tal claridad y acierto que no le quedaba la más mínima duda. Esto es algo que las personas como él administran de maravilla.
A menudo le gustaba decirle a ella: “Mañana lloverá, mi condromalacia rotuliana, me dice que mañana lloverá, sí o sí”.

Ella no entendía muy bien si lo hacía por fastidiarla, o porque a él le daba cierta seguridad tener atado el tiempo y las consecuencias de cualquier acto. Era importante para él dejar claro, cuales son las limitaciones como pareja, conocer las etapas del romance. Saber en todo momento que tal hecho conducirá sin remedio a este otro.

Por ejemplo, la tarde en que aquella muchacha enardecida y extasiada con tan solo acariciar la mano de Martín, se atrevió a decirle… ¡Ojala pudiese hacerlo más a menudo!

Aquellas palabras se transformaron en un pelotón de fusilamiento. El chico arqueó las cejas y pegó la espalda al asiento, poniendo cierta distancia entre ambos.

Ella lo miró perpleja, y arqueó también sus cejas como si aquel acto liviano le procurara un entendimiento extra.

—¿Que te pasa Martín? te has puesto rígido.

—Bueno, ya sabes como son estas cosas. Verte hoy está bien, pero si mañana te viera de nuevo, y la semana que viene otra vez, acabaríamos cansándonos. ¿No entiendes que se acabaría la magia del comienzo? dejaríamos de ser una novedad, y nada podría sorprendernos del otro.

Cada palabra que emitía aquella boca que Martina adoraba, se convertía en una daga voladora que le llegaba directa hasta hundirse en su pecho. Más penoso que el domingo en sí, más triste que una despedida en sí, era oír semejante “nota aclaratoria”.

Ni siquiera le había pedido una declaración de amor. Tan solo le gustaba recrearse en sus pensamientos, en el tacto de su piel mientras lo miraba a los ojos. A ella le parecía que vivir todos esos momentos con él, ya era un regalo. Era la propia magia, que les nacía entre los dedos cuando los entrelazaban. Se sentía privilegiada, agraciada con algo único que la vida le había puesto delante. Era la primera vez que le tocaba algo tan valioso en todos estos años de pesares. Nunca lo vio del modo en que él le explicaba.

No era persona de quedarse en la superficie. Le gustaba bucear en los adentros de las personas a las que amaba, pensaba que solo así se puede querer a alguien. No era portadora de un talonario de citas que extender. No se trataba de consumir nada, se trataba de construir, de fortalecer… No era un capricho pasajero. Amar solo se hace de un modo, sin importar el parentesco que te una a la persona amada. Lo demás es otra cosa… menos amor. No se ama por novedad, se hace por afinidad, por una necesidad que crece y te completa. Lo demás es otra cosa.

Por eso a Martina no le gustaban alguna de las ideas de Martín, ni estaba dispuesta a creerlas. Ella esperaba que la vida la sorprendiera, en cada amanecer. Su mente funcionaba de otro modo, por mucho que él tuviera la verdad absoluta.
Martina era más cierta y sincera que la vida misma. Poseía otro tipo de verdad. Ella no era una hipótesis, ni una fórmula molecular, ni matemática. Era la suya una fórmula desarrollada, aplastante, con todos sus átomos maquinando en dirección a él. Ella más bien creía en un futuro inmediato, o incluso en un condicionado futurible… “Si me vuelves a mirar así, después de comerte el pulpo, yo tendré que comerte a ti”.

Martina acariciaba sus ideas básicas, sencillas y ciertas… “Si mañana llueve lo sabré cuando me moje. Si mañana ya no me quieres, también lo sabré. Y lloraré o no, o moriré o no. Pero ahora no quiero saber de futuros. El futuro es un lugar donde nunca estarás. Es un estado mental, nunca físico. No es algo que se pueda palpar al extender la mano. No puedo abrazar la flor que florecerá mañana, ni sentir en mi cara el viento que soplará con la posible tormenta, si no sopla hoy.

Lo que suceda mañana, nunca sucederá.

En cambio, hoy, todo es verdad. Hoy puedo tomar tu cara entre mis manos y besarte, puedo tocar la flor que se abre con el sol, y sentir hasta el viento que precede a la tormenta… Hoy todo sucederá, hoy todo puede ser, y lo de mañana… bueno, eso sencillamente, ya se sabrá.

Nunca apagará el tiempo mi voz, quizás tan solo viaje desde más lejos. Pero eso… eso ya se verá.

https://www.youtube.com/watch?v=lGEidwEliyY
LA PAGODA DEL VISIONARIO

LA PAGODA DEL VISIONARIO

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El caso del selfie posado-robado”

La observación es un arte que requiere de la paciencia y disciplina de un viejo Samurai. Condiciones todas ellas, que reúno en mi persona de manera innata. Tengo cierto talento para el sutil e imperceptible espionaje, para apontocarme tras el ojo de una cerradura y observar sin prisa, esperando ver pasar la noticia. Descubrir, explorar… esa es mi singular afición, un templo para mí de  sagrado conocimiento. Una afición a la que he denominado “La Pagoda del Visionario”. Un minarete privado, solo para uso y disfrute de mis ojos. Una ventana donde asomarme y ver el mundo desde mi discreta e inquieta mirada. Hace algunos años ya que abrí  mi propia agencia de detectives, Martty&Co.

Con la ventaja que me otorga mi discreción, me dispongo a observar con curiosidad todo cuánto ocurre a mi alrededor. Así es como conocí a Marco.

Marco apareció una mañana en el portal de mi casa. Presentaba distintas magulladuras por todo el cuerpo. Con la cara maltrecha y las muñecas ensangrentadas. Su barba y su pelo también estaban descuidados,  todo alborotado. Pensé que se trataba de un vagabundo, sin embargo, al pasar por su lado, me llamó por mi nombre.

¿Es usted Marta Reding?

Sí, soy yo. ¿Nos conocemos? ¡Por dios! ¿pero qué le ha pasado? ¿Está bien? ¿Necesita un médico? intenté asistirlo. Su aspecto, su miedo, todo resultaba inquietante en él.

No, ayúdeme a levantarme, se lo ruego. Estaba esperándola. Me han hablado de su trabajo. Dicen que es la mejor agencia de detectives de la ciudad. Por favor, ayúdeme, mi vida depende de usted.

Ayudé a Marco a levantarse, y volvimos a subir a mi despacho. Le preparé un café caliente, y le pasé unas toallas para que se aseara un poco. Estaba sucio y desaliñado. No era la primera vez que venía alguien en semejante estado. Eso no me asustaba, pero me incomodaba el hecho de ver a una persona en tan pésimas condiciones.

Gracias, de verdad. Le agradezco que me atienda así, sin cita. Sé que su despacho es uno de los mejores y no se consigue cita fácilmente. Pero estoy desesperado. Tiene que ayudarme, se lo ruego.

Bueno, puede dar gracias a que hoy pensaba tomarme la mañana libre. Pero, en fin. Adelante, cuénteme. ¿Qué le sucede, o qué le ha ocurrido? tiene una pinta espantosa.

No me resulta fácil contarle esto, es más bien humillante, pero creo que usted es la única que puede ayudarme.

Verá, hace unos nueve meses conocí a una mujer por Internet, Angelina. Fue en una de esas paginas de citas y amistad, ya sabe. Al principio ella se revelaba como una mujer fuerte, bastante independiente. Amable y sonriente. Incluso diría que se mostraba especialmente comprensiva. Ya sabe, ese tipo de mujeres que parecen dispuestas a escucharte o salvarte del incendio de tu propia vida, pero yo no soy alguien constante en las relaciones. Me apasiono tres días y al cuarto me olvido hasta de darle los buenos días. Yo solo buscaba un poco de diversión, algunas bromas picantes y tener un par de encuentros, si acaso.

Pero la chica se ve que esperaba otra cosa de mí, y al no sentirse atendida, fue cambiando de actitud. Se conectaba a deshoras y me dejaba mensajes preocupantes. Pensé que estaba dolida por mi inconstancia en la relación y que quería marearme un poco. En cuestión de una semana cambió de forma preocupante. Sus llamadas y mensajes eran continuos. Me decía que pensaba venir a verme, y que más valía que estuviese preparado y animoso, o lo lamentaría. No pensaba dejarme escapar. Yo lo tomé un poco a broma. Nuestra relación hasta el momento había sido más bien superficial. Unas cuantas docenas de “me gusta” en la red, y poco más.

Se trasladó a la ciudad para seguirme. Dejó atrás su casa y su trabajo en Asturias. Me acosaba continuamente con llamadas, con su vocecita pequeña y dulzona, y con sus proposiciones deshonestas disfrazadas de ingenuos cafés.

Durante meses estuve preparando una exposición de pintura para una amiga muy especial, Julia. Angelina intentó venir, pero le comenté que yo tenía planes. En realidad tenía pensado pasar todo el día con la expositora, incluido almuerzo y sobremesa en un hotel cercano, donde habíamos reservado una habitación.

Recuerdo estar retozando con Julia en la cama y oír los avisos del móvil. No dejaba de sonarme todo el tiempo, las burbujas de messenger saltaban cada minuto. Julia se mosqueó, me preguntó por aquella señora, y si es que yo tenia otra relación, pero fue inútil. Mientras yo insistía en que no, los mensajes parecían multiplicarse… Mi chica hastiada, se levantó de la cama y se marchó tras ducharse, casi sin hablarme.

Angelina estaba cruzando los limites de mi paciencia.

Estaba decidido a terminar con todo eso. Así que le envíe un mensaje para vernos y acabar con esta tontería.

Angelina me propuso encontrarnos en un motel a las afueras de la ciudad. Me dijo que era el tipo de motel que usan los amantes clandestinos. Definitivamente, Angelina había perdido la cabeza, aunque en el fondo me daba cierta pena, siempre me ocurre en situaciones así. Con mujeres así.

Cuando llegué al hotel, la puerta estaba entreabierta y en seguida oí su voz.

—Hola Marco, ¿qué paja? ¿No vag a pasac?

—Angelina, ya has llegado. ¿Qué te pasa en la boca? ¿por qué hablas así?

—Así, ¿cómo? Ah, eg que me he jacado dos dientes, hage un dato. Es la anejetesia,

—Angelina, déjate de tonterías ¿Por qué me estás siguiendo? ¿Por qué tantas llamadas?

—¡Qué guapo erej! Mira, prueba este spray. Verás que hien lo gamos a pajar.

Y de golpe, antes de darme tiempo a reaccionar, roció mi cara con algún tipo de droga. Sentí casi de inmediato que perdía el control de mi cuerpo. Noté la pesadez en mis piernas y como ella me llevaba de la mano hasta la cama. No sé que sustancia sería, el caso es que no perdí el conocimiento del todo, solo la capacidad de reacción y la movilidad.

Me desnudó, y me dejó tumbado en la cama, con los brazos abiertos, y las piernas rectas.

Ella también se desnudó y se tumbó a mi lado. Abrió el bolso y sacó un palo, por un momento pensé que iba a darme una paliza, pero en realidad solo quería hacerse unos selfies. Ella era la reina del selfie.

Se puso de todas las posturas posibles, algunas prefiero no recordarlas y mucho menos contarlas. Se sentó sobre mí. No podía gritar. Aquella droga me había dejado por completo fuera de juego. Pude mantener los ojos abiertos y mirarla horrorizado. No sentía las piernas, no sentía nada en realidad, pero lo que tenía claro es que estaba siendo mancillado.

Miré al baño, me pareció ver una sombra, y busqué con la mirada a alguien que pudiese socorrerme, y entonces ella, pensó que había alguien más en la habitación. Se bajó rápidamente de su potrillo y dirigió sus pasos en dos zancadas hasta el baño. Sus ojos desencajados, la mirada de loca y el flemón de su cara, le daban más dramatismo al momento, si cabe.

¿Quién anda ahí? ¡Eres tú, eh! Inspeccionó el baño, pero no encontró a nadie.

Regresó a la cama, y se tumbó sobre mí. Mientras yo intentaba soltarme de mis ataduras.

No uedes soltarte. Hice un cursillo de nudos marineros y creéme que soy una ejperta. Egta noche sehás mío y nadie va a salvagte. Nos hagemos unos selfies para que lo vean nuestros amigos en el Instagram.

Pero ¿qué amigos? ¿qué amigos tenemos tú y yo, Angelina? Si hemos salido dos veces y solo hemos tomado café.

Bueno, pero cuando suba todag nuegtras fotos juntos, tendremos muchos “like” y después nos pedirán amistad, y verag, cúantos amigos nuevos vamoj a teneg.

Angelina, tú no eras antes así… ¿Por qué me haces esto? Solo he sido educado contigo. Creo que has confundido el tipo de relación que nos une.

Me vale así. Yo con que gean educados me basta para enamorarme.

¿Enamorarte? Angelina, ¡por Dios! ¡Céntrate! Creo que la anestesia de la muela te ha hecho efecto…

¿Efecto? Te diré algo. Tú y todos log que sois como tú, tenéis la culpa de todo. La joledad es mala… y tengo necesidades, ¿sabes? parece que ja se me va pajando el efecto de la anestesia, creo que ya puego hablar bien. Los perros no mienten. Los tipejos como tú, sí.

Me hizo un reportaje fotográfico completo, de todas las posturas posibles. Por eso necesito su ayuda. Ha subido todas las imágenes a una especie de nube, y las ha dejado programadas. Si en el plazo de dos días no accedo de buen grado a tener un encuentro sexual con ella, enviará las fotos a mí mujer, a mi novia, a Julia y al intranet de mi empresa.

¿Cómo dice? ¿A su mujer, a su qué y a su qué? Pero usted, perdóneme, ¡¡usted es un sinvergüenza!! ¿A quién se le ocurre engatusar a las mujeres de ese modo? Mire, sabe qué, cuando lo vi ahí sentado y magullado me dio cierta pena, pensé en ayudarle. Salvarle de eso tan horrible que parecía haberle ocurrido, pero ¿sabe qué? Que a quién voy a ayudar es a esa pobre chica… No sé preocupe, como buena detective daré con ella, no creo que haya muchas Angelinas en esta ciudad.

La localizaré y yo misma la ayudaré en sus planes… Ahora váyase de mi despacho, tengo casos más importantes que resolver que las desventuras de un galán trasnochado.

Y qué sea la última vez que hace esto o yo misma me encargaré de hacerlo famoso. ¡¡Qué tenga un buen día!!

 

 

¿QUIÉN TEME A CAPERUCITA FELIZ?

¿QUIÉN TEME A CAPERUCITA FELIZ?

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Has pensando alguna vez en Caperucita. Lo sé. Has visualizado una escena en la que la muchacha cobraba vida y se presentaba ante ti, desnuda. Con sus zapatos rojos de tacón y sus largas piernas a la vista. Tímidamente tapada, con la capa roja sobre sus hombros, dispuesta a comerte mejor. No eres tonto, Simón, no… solo tienes una perversión.

Es una fantasía que arrastras, sin saberlo, desde pequeño. ¿Por qué piensas ahora en Caperucita? Si antes solo se trataba de un cuento para asustar vilmente a los niños… La pequeña mujer de rojo con caperuza, siempre ha sido una villana aceptada por la masa. Ahora Caperucita es una mujer fatal que se ha reinsertado en la sociedad. Ya no lleva capa, usa gabardina. Ha crecido, y sus delitos por desgracia han prescrito. Ahora cobra los derechos de autor de la obra, y vive con un famoso novelista en un céntrico ático, en Toronto.

Es una chica 3.0, actualizada, que usa la cesta para ir al Super y llenarla de productos ecológicos. No le van nada las zoofilias, ni las zoofobias. Tan solo abrirse la gabardina y mostrarse desnuda en el parque, frente a los abuelitos sentados en el banco. Siente aversión por el color rojo, igual que Clarisse por los corderos. Es normal, le trae recuerdos del bosque donde sucedió toda aquella tragedia. La chica ha quedado algo tarada. Carga un trauma infantil que nunca superará. Imagina que un animal te persigue por el bosque, y tú con unos zapatos de charol y calcetines blancos con puntilla que no te puedes manchar, porque es la ropa de los domingos y tu madre te maja a palos si te lo manchas. Imaginaros lo que debe ser. Hacer ese trayecto pensando que un perro loco va a devorar a tu abuela sola y sin dientes. Que ni defenderse mordiendo puede.

Y para colmo, acostada en la cama con las zapatillas puestas y embutida en semejante pijama… ¡¡Pero qué vergüenza!! Cuando ese juez vaya a levantar el cadáver y vea a la abuela con el camisón a cuadros y el gorro de la ducha metida en el catre…. Y luego tienes al cazador-leñador, vestido a juego con el camisón de la abuela, que a saber si no estaba esperando otra cosa, merodeando por la casa de la buena mujer. ¡Qué casualidad que pasaba por allí! Venga ya, nunca me lo he creído, ¡Que no, que no me lo creo!

¿Porqué una madre vestiría a su hija así para andar por el bosque sola? Vale, era domingo, sí, pero la abuela estaba tan ricamente en pijama, pues la niña también podría haber ido en chandal y zapatillas de deporte, o ¿no?

Son traumas innecesarios que nos hacen vivir desde pequeños. Yo prefiero al “Tío mantequero” eso sí es terror sano… Un señor con su machete que va rebanando panzas y extrayendo las mantecas para ponerlas a secar en un saco. La novela de “El perfume”, está claramente inspirada en esa figura infantil con la que yo era atemorizada desde pequeña. En una ocasión me persiguieron dos gitanos con un carro… Sin caballo, ellos tiraban de él. Pensé que eran secuaces del mantequero. ¡Qué escena! Se quedó para siempre en mi memoria. Esa y los ojos azules del muerto en “Les Diaboliques”. ¿Lo recordáis? Nunca he sido muy de cuentos, ni culebrones, más bien de novelones.

Sin embargo Frankestein me conquistó nada más conocerlo. Era un gran hombre hecho de pedacitos de ti, como dice la canción. Siempre me he preguntado algo, si las manos eran de un pianista muerto en extrañas circunstancias. El cerebro el de un ladrón asesino y despiadado. ¿De dónde sacaron sus partes pudendas? Nunca lo llegaron a aclarar. Llevo años esperando la segunda parte, pero la Shelley se ha llevado ese gran secreto a la tumba.. Porque seguro que era enorme.

Bueno, pero si hay alguien perseguido y machacado en todos los cuentos, es El Lobo… ¿Qué pasa? ¿Por qué ocurre esto una y otra vez?

El lobo siempre es malo, siempre… “Cuidado que viene el lobo y te come”… “Que viene el loboooo”…. No me extraña que se la pase diciendo… AuuuuUUUuuuu…. Está hasta las orejas de oír lo mismo. Pues ya está bien, yo soy muy fan del Lobo, y del Coyote y de todos esos personajes perseguidos en los cuentos.

Por eso y todo lo demás, El Lobo, siempre tendrá mucho más interés para mí que todas sus Caperucitas…

*Pero jamás censuraremos un cuento. Ni un personaje. No a la censura. No a las chorradas, ni machistas ni feministas. Los cuentos siempre serán cuentos que nos invitan a crecer y a soñar. Lo que cada uno sueñe, es bajo su responsabilidad.

PARTICIPA TÚ TAMBIÉN EL DESAFÍO “DE CAPERUCITAS Y LOBOS”

ÁGATHA, LA VECINA X

ÁGATHA, LA VECINA X

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Tan entusiasmado estaba con los volcánicos mordiscos de Minerva, que no escuché los golpes en la puerta. Ni siquiera pensé en el peligro que suponía ser descubierto, pero al momento surgió la inevitable pregunta… ¿Y ahora qué, chaval?

¡Con el trabajo que me había costado conseguir un puesto en el periódico! Y allí estaba yo, cagándola una vez más en mi vida, con los pantalones en el suelo. Maldiciendo mi mala suerte y esperando a ser pillado in fraganti por los socios inversores.

No sabía qué era peor, si desperdiciar el apoteósico temblor de los labios de la italiana en mi ingle, o perder el trabajo y ser despedido con honores de idiota. Necesitaba un sueldo, pagar el alquiler.

Llevaba pocos meses viviendo en Madrid. compartiendo piso con una chica..

Candela, era actriz. Alguien que intentaba hacerse un hueco en la ciudad de las mil oportunidades. Lo cierto es que éramos unos “mataos” sin dinero, pero vivíamos en la gloria. Ahora lo veo con más claridad que nunca. Juventud, libertad, independencia. Una gran ciudad, y todos los sueños por estrenar. Sin duda, fue la mejor época de mi vida.

Candela, trabajaba por las mañanas como camarera en un VIP`s, y por las tardes, asistía a clases de interpretación. Algunas noches acudía a estrenos de teatro o cine, donde se relacionaba con gente del mundillo. Y otras noches, me las dedicaba a mí. Casi nunca estábamos en casa. Pero cuando coincidíamos… era algo especial. Esa sensación de hogar fresco, sano y ventilado. Nuestra amistad estaba blindada, a salvo de cualquier inclemencia.

Lo cierto es que en medio de esa sana amistad, también existían momentos de enorme tensión sexual. Momentos descalzos, en el sofá, o en la cocina. Candela era melosa, entregada a los placeres de las delicias más dulces. No era raro encontrar en casa cuencos de higos, nubes, uvas y dátiles dorados. Pero no le gustaba comerlos a solas. “Las cosas dulces a medias, las amargas… en solitario” Ese era su lema. A veces tomaba una nube entre sus labios, y me ofrecía morder el otro extremo empujando con su lengua. O sostener racimos de uvas por encima de mi cara, para que yo los atrapase con mi boca al vuelo. Le gustaba acariciarme los pies, mientras veíamos alguna peli. Amorosamente, sin prisa. Entusiasmada, como si comiese algodón de azúcar o una piruleta en el cine. Me tenía siempre con el mástil tieso. Ella parecía no darse cuenta, pero sonreía y luego seguía chupando mis dedos… desde el pequeño al más gordo.

No pasábamos de ahí. Era un momento perfecto, relajante. Solo eso.

Pensé que, si nos enrollábamos, nuestra amistad acabaría por estropearse. Aquellos momentos de intimidad entendida y compartida, eran únicos. Difícilmente de explicar a otros.

Pero nosotros nos entendíamos de maravilla. Incluso sin hablarnos. Encendíamos varillas de incienso, y velas por toda la casa. Creábamos belleza en espacios efímeros, decorados mágicos de un solo uso… Una de esas noches enmeladas, de cine y chupeteo, sucedió algo… Algo inesperado.

Candela, se sentó, en una esquina del sofá, con las piernas cruzadas como los indios, y tomó mis pies entre sus manos. Besó cada uno de mis dedos, y pasó su lengua por ellos. Yo estaba encantado. Tumbado. Totalmente relajado. Candela conseguía hacerme olvidar mis pequeñas preocupaciones, y yo me recreaba en el rojo intenso de su cabello, o me perdía en el misterio de sus enormes ojos verdes.

—Candela, he pensado muchas veces en ti. En lo agradable que es volver del trabajo y encontrarte en casa.

—No creas, yo también lo he hecho, dijo mientras mordía un regaliz. Pero te confieso algo, no solo he pensado en volver a casa y encontrarte. A veces he fantaseado con la idea de enrollarnos. Incluso he llegado a imaginar que al llegar a casa te encontraría en la cama con una mujer. ¿Te imaginas?

—Ah, ¿si? No sabía. Y ¿qué sientes cuando piensas en esas cosas?

—¿La verdad? La verdad es que cuando lo hago, solo veo una opción posible. Desnudarme y unirme a vosotros, Candela sonrió guiñándome un ojo.

—¿En serio? ¿Has fantaseado en hacer un trío? ¿conmigo? Nunca dejas de sorprenderme, niña. Pero me halaga. Me gusta que imagines cosas así. Me pone. ¿Lo has hecho antes?

—No, no ha surgido la posibilidad con nadie más. Tuve ofrecimientos, sí, pero gente que no me interesa para nada.

—Y cuando imaginabas verme con otra chica… ¿le ponías rostro?

—Sí, siempre es la misma chica.

—¿En serio? ¿te has enrollado ya con ella? ¿La conozco? ¡joder, Candela! Quiero saber quién es… ¡Cuéntamelo todo! No sé cómo te las apañas, pero siempre acabas poniéndome de aquella manera.

—Bueno, ella es muy cariñosa. Es como una cachorrita suave y juguetona. Siempre está dispuesta, esperando el momento de acariciarte, o enjabonarte. Le gusta que nos duchemos juntas. Sí, eso le encanta. También hemos probado algún que otro juguete sexual, dentro y fuera del agua. Pero no hemos llegado a otros extremos.

—¡La hostia, Candela, calla ya! ¡Calla ya, alma de Dios! Tú sabes lo qué estás diciendo? ¿Tú sabes el efecto que causa en un tío, oír algo así? Es demasiado calenturiento imaginarte hacer esas cosas con otra chica. ¿La conozco?

—Sí, te he hablado de ella, pero nunca os habéis visto. Es Liu, mi hermana adoptiva.

—¡¡Joder!! ¿La filipina?

—No es filipina, ¡es thailandesa!

—¡Joder, joder! ¡¡Mira lo que has conseguido!!

Allí estaba yo,  como un quinceañero. Con la tienda de campaña montada en todo lo alto. Recreándome en las imágenes que me venían a la mente… Las dos hermanitas y yo…. Esto no iba a quedar así. Ya no. Ni hablar. NO…

Candela empezó a reírse, sin dejar de chupar mi dedo gordo del pie, diciéndome…

—Me gustas, pequeño saltamontes. Me gusta cuando callas, cochino, porque imagino lo que piensas. Me gustas cuando te descalzas y saboreo tus dedos, y las cosquillas que siento en los labios, mientras te pruebo. Me pregunto: ¿A qué sabrá el más gordo de tus dedos?

Por cierto, mañana por la noche viene Liu a cenar en casa. Llegará antes que yo, a eso de las ocho. Espero que la trates especialmente bien.Ya sabes, será nuestra invitada…

Continuará…

ÁGATHA, LA VECINA IX

ÁGATHA, LA VECINA IX

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Debería escribir mis memorias. Sí, debería hacerlo como un bien social. ¡Cuántos hombres y mujeres me estarían agradecidos! La naturaleza humana es sencilla. Se reduce a tres placeres primitivos y un solo placer verdadero. Ejem, ejem y ejem. Todo se reduce a eso. Solo eso. De cintura para abajo seguimos siendo prehistóricos en las cavernas. Es la puta realidad.

Decía que, nuestra naturaleza es sencilla, básica, salvaje. Yo, por ejemplo, estoy deseando meterla en el huequito de Ágatha. No puede ser que esté solo en casa durante cinco días, que tenga a una vecina joven y potente pidiéndome  a gritos que la estampe contra el cabecero de la cama, y que se pasen los días sin lograrlo.

Cuando me pregunto, cuál de mis historias ocuparía el primer capítulo en mis memorias, siempre me viene una a la mente. La de Minerva, la viuda de Ristendi, mi compañero de necrológicas, en Milán.

Recuerdo cuando Minerva llegó a la redacción. Yo era un joven becario, demasiado novato en todo. Un tímido enamoradizo e inexperto, que se sentía terriblemente atraído por unas piernas bonitas y una señora bien vestida… Minerva era como esas actrices italianas de los 50. Maciza e imperiosa. Sensual e inalcanzable. Una exuberante diosa romana de la fertilidad. Viuda a los ocho meses de celebrar una lujosa boda en Milán, y con demasiada tristeza que soportar, pidió traslado urgente de oficina, y de país.

Y allá que apareció para deleite de los simples mortales. Pequeños hombrecillos que jamás habíamos visto una mujer así, más que en el cine.

Tenía todas las curvas del mapa encerradas en su cuerpo. Era fácil marearse con tan solo mirarla. Curvas, y más curvas… Todos estábamos hipnotizados, idiotizados con el vaivén de su caderas. Su curvilíneo trasero enmarcado siempre en faldas rectas. Nos invitaba a soñar con sus muslos duros y torneados. Malabaristas en equilibrio sobre tacones de vértigo. Pronto olvidó su pena, todos la mimábamos demasiado. Y ella… ella se dejaba querer en su afán por salir de la tristeza.

Su puesto como secretaria de dirección potenciaba su estilo. Siempre tan atractiva, tan educada en el trato. Con ese dominio de lenguas, seis idiomas nada menos. Yo soñaba con sus clases privadas de francés, de griego, de ruso, y hasta de cubano. Minerva se convirtió en un deseo ardiente y codiciado por todos nosotros, que nos matábamos a pajas en el baño, tras verla caminar por los pasillos de la redacción. Se trataba de una fantasía recurrente. Hasta aquel día, el día en que…

Siempre recordaré que era viernes. Fue una mañana de locos en la que esperábamos la visita de unos inversionistas interesados en impulsar el periódico, darle un giro al contenido y una mayor proyección de futuro. Todo debía estar en perfecto orden de revista si no queríamos que el socio inversor saliese huyendo.

Mi jefe inmediato me mandó al cuarto de los ratones, a desatascar la fotocopiadora. El trabajo de los becarios es así de ingrato. Al parecer, alguien la había atrancado de papel al darle varias veces a imprimir sin lograrlo. Tuve que desenchufarla, abrirla y meter mi cabeza hasta el fondo.

Cuando estaba afanado, con la cara llena de tinta y sudando como una foca en un pajar, sentí abrirse la puerta del cuartillo. Tenía la cara hundida dentro de la fotocopiadora, solo pude girar un poco el cuello y mirar hacia el suelo.

Lo que vi fueron unos sugestivos tobillos y unos tacones de charol rojo… ¡Dios! Ese color impactó de lleno en mi cerebro. Imaginé que ella estaría observando mi trasero, por la postura que yo tenía, con la cabeza hincada en las entrañas de aquella maquinaria.

Mi imaginación se disparó, pude sentir hasta el roce de la palma de su mano en mis nalgas. Se me puso dura al momento. Y no era plan de girarme a saludarla. Durante cinco absurdos minutos ella me hablaba y yo le contestaba de espaldas, con el pulgar hacia arriba… Sin sacar la cabeza de la fotocopiadora.

Me puse nervioso, ahora sudaba como un cerdo. La oía hablar, y yo solo contestaba con un: Aham, ahamm, aaham. Mi nivel de timidez resultaba patético, decidí sacar la cabeza y dar la cara.

Pero al girarme e incorporarme, se me enganchó la cremallera en el tirador, ¡¡lo que me faltaba!!

Ahora me encontraba intentando desengancharme. Dando saltitos con la “estrella del rock” dura como una banana verde. Enganchado a una puta fotocopiadora. Minerva se tapaba la boca para que las carcajadas no alertaran a los demás… Ni en mis peores pesadillas habría imaginado que mi primer encuentro con ella, sería así. Después de unas risas, ella se puso más sería y me dijo…

—¿Necesitas ayuda?

—Joder, sí nena… ¡vamos!

Eso, eso es lo que yo habría querido decirle de ser un tío duro, y no un gili con la verga tiesa y atrapada en el pantalón. Me contuve.

—Sí, claro. Te lo agradecería, es una situación incómoda… Te lo ruego, ¡¡¡ Ayúdameeeeee!!

Me faltó echarme a llorar. ¡Qué desastre!

Y Minerva sin dejar de sonreír se acercó peligrosamente para soltar mi cremallera. Fue mucho peor, creí que el pantalón estallaría. Me estaba mareando. Normal, la sangre no me llegaba al cerebro precisamente. Me daba cien vueltas la habitación por cada roce de sus manos en plena maniobra de salvamento.

Por fin pudo liberarme…

Le di las gracias sin dejar de mirarla a los ojos… Y se fue sin decir ni adiós, pero dejándome el espléndido paisaje del contoneo de su trasero en equilibrio con sus zapatos rojos. Suspiré viéndola marchar… Imaginando como sería tenerla en la cama. Era una mujer volcánica, que siempre me ponía a punto erupción.

Intenté volver en mí mismo, dejar de soñar despierto. Como pobre mortal.

Pero, para mi asombro, Minerva no salió del cuarto… La diosa italiana echó el cerrojo de la puerta, y se dio la vuelta caminando hasta mí. No sabía si gritar o correr… o quedarme a morir de pie y de gusto.

Un hombre puede estar encantado, con todas las señoras, es cierto… Pero con Minerva, mucho más.

Se acercó a mi cara, hasta rozarme con sus gruesos labios, respirando cerca, sin llegar a besarme… Repasó el perfil de mi boca con su lengua caliente, en una especie de cata o degustación… Y después se fue deslizando hasta el suelo, pasando sus manos por mis hombros, pecho, cintura, y ponerse al fin, de rodillas frente a mi…

Rodeó mi trasero con sus brazos para acercarme a su boca. Y con la pericia de un taimado ladrón, atrapó entre sus dientes la cremallera, bajándola del todo… Mi verga salió disparada, dándole una buena cachetada en toda la boca. Me miró divertida y  encantada de conocerla. Acto seguido, hundió su cara en mis ingles, besándolas muy despacio, poco a poco, a pequeños mordiscos.

 

Y entonces, la puta comisión de inversores en pleno, llamó a la puerta… ¡¡¡JODERRRRR!!!

Continuará….

ÁGATHA, LA VECINA VIII

ÁGATHA, LA VECINA VIII

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Son las dos de la tarde. La hora perfecta para bajar a casa de Agatha. Tomaremos algo ligero. Porque digo yo, que dirá ella: “el pobrecito vendrá hambriento”… Y algo me ofrecerá. Momento en que yo aceptaré su propuesta y después, en los postres… ¡Zas!

Y a volar, que ya está bien. Que llevo dos días recalentao y en remojo.

A ver si me va a tener esta, como la mujer de Avellaneda, el farmacéutico de la esquina.

Y mira que la estaba viendo venir, «Apolito, que no es mujer para ti, que esa sabe latín y fórmulas magistrales». Pero a veces la polla se me pone tonta, y me consume toda la energía y se pone a pensar por sí sola… Y me monta cada sarao, que no puedo con la vida.

Yo había ido por un encargo que no era para mí, pero quién le explica eso a Pilar, con la farmacia llena de abuelos con tos-ferina y mamás con cangrejera. Esa es otra…. las mamás, que me comen con la mirada. ¡Y ya está bien! yo no soy ningún muñeco de tarta, no tengo que salvarlas a todas, ni hacerles sus fantasías realidad. Joder, que soy un hombre sano. No un adicto como Michael Douglas. Que yo no estoy todo el día chingando por vicio. A lo mejor hay ratos que me destrozo a pajas, eso es verdad, pero luego paro… Y picoteo algo de comer y veo algunas series. Que lo mío es por diversión sana. Y no puedo estar aliviando a todo el barrio.

El descaro de Pilar creció por momentos. Fui por un lubricante que el ginecólogo le había recetado a mi mujer, para los ejercicios con las bolas chinas. Y Pilar, con esa cara de vicio, me dijo que pasara más tarde a recogerlo, cuando lo tuviese listo. Y Prudencio, su marido, al lado. ¡Yo no tengo edad de estar partiéndome la cara con señores del barrio!

Dejé de ir a la farmacia durante dos semanas y en lugar de olvidarme, empezó a mandarme notitas. Al principio me las pegaba en el cristal del coche, pero viendo que no le hacía caso, empezó a dejármelas en el buzón de casa.

Tengo todo el lubricante en el almacén. Ven para que veas”

¡Lo que me faltaba, tirármelas y después hacerles una auditoria!

En vista de que no le hacía caso, se fue crispando poco a poco. Una mujer desatendida es un detonador nuclear en manos de Homer Simpson. Las notitas fueron subiendo el tono, pero en plan violento. Sus mensajes eran cada vez más agresivos, y me advirtió que no pararía hasta que se la metiese. Que ¿cómo se me ocurría abandonarla y sacársela, sin habérsela metido? Y que si no lo hacía, me atuviera a las consecuencias. Tuve que tomar una decisión. ACEPTÉ la misión.

Pero eso sí, tomé mis medidas. Le propuse una escena de película, que no podría rechazar. Yo llevaría un maletín con una serie de utensilios para satisfacerla. Me encargaría de que ella cumpliera su fantasía. Pero todo tendría que ser con los ojos tapados, y sin hablar. Accedió encantada. Le pareció incluso más morboso.

Y entonces llamé a Vicenzo, el redactor jefe de deportes de La Roma. que estaba pasando unos días en Madrid. Y en agradecimiento por su silencio y discreción respecto a la videoconferencia con Sonia, lo invité al juego.

Le advertí, que la señora en cuestión deseaba cumplir una fantasía. Pasar una noche con un hombre sin verlo, con los ojos tapados. En silencio, sin hablar. Y que estaba dispuesta a todo. No había ninguna otra restricción respecto al encuentro.

A Pilar la cité en un edificio de apartamentos muy chic. Se alquilan por noches completas o por horas, pero yo tengo tarifa plana que renuevo cada año. Para esta ocasión pedí el estudio del ático, y allí la llevé.

Entramos discretamente. Iba explicándole algunas curiosidades del edificio, pero ella no mostraba el más mínimo interés. Y nada más cruzar la puerta de la habitación, se encaramó a mi cuello y me aprisionó con sus piernas. Casi me tira. Agarré su culo a dos manos para que no se cayera, y la llevé a la cama directamente.

La lancé con fuerza al colchón, me sentí como si fuese Tarzán. Su minúsculo vestido me dejó entrever que no llevaba ropa interior. Me acordé de Instinto básico, encima la puñetera se parecía a la protagonista. Rubia y maciza, con mirada de bruja que quiere cobrarse algo.

Me la habría tirado cien veces seguidas, pero me molestaba que quisiera manejarme. Que fuese capaz de amenazarme tan fácilmente. No me gustan ese tipo de mujeres, por muy buenas que estén. No disfruto el momento, no me divierte, y pierdo el interés.

Pero con ella tenía que quedar bien, y la intervención de Vincenzo iba a ser providencial.

Acaricié los tobillos de Pilar, y fui subiendo hasta las rodillas. Con su lasciva mirada y sonriendo, se subió el vaporoso vestido hasta la cintura. Y yo se lo subí un poco más, hasta tapar su cara con él.

A partir de ahí le pedí silencio. Ya no estaría permitido hablar, ni ver. Tapé sus ojos con una cinta ancha, y até sus manos como cautiva, por encima de su cabeza. Hice pasar al erecto Vincenzo, que aguardaba la señal para entrar, escondido en el rellano de la escalera.

De nuevo extasiado, con aquellos ojos abiertos, grandes como huevos. Se relamía desnudándose impaciente, sin esperar a que yo saliese de la escena. Miré por última vez a Pilar, que se retorcía y mordía los labios, tendida y atada en la cama. Moviendo las caderas, reclamando. Esperando ser ensartada por un misterioso hombre silencioso.

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