La mirada del jaguar

La mirada del jaguar

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Me impacienta la espera. Ya deberías haber llegado. Esta habitación es peor que la de la última vez, pero tiene algo este antro, me hace sentir tuya, sucia y morbosa. Mientras te espero escribiré algo en mi agenda, quizás nadie lo lea, o quizás le alegre el día a la camarera de piso, cuando venga a poner orden en este campo de batalla, tuyo y mio.

Llevo tu camiseta, la que te robé de la maleta la última vez que te vi. Me abrazo a mi misma, intentando atraparte entre mi cuerpo y tu ropa. No estás, pero noto tu presencia.  He dado fin de todas las gominolas del mueble bar. ¡Ah! y de una de esas botellitas de Bourbon. Oigo las puertas de al lado, abrirse, cerrarse… murmullos, risas, trasiego de amantes, viernes noche.

Impaciente, no llegas. Percibo los gemidos de otras parejas,  atraviesan descaradamente la pared de mi cuarto. Podría llamar a alguna de esas puertas e invitarme a su fiesta… mientras llegas. Tengo  hambre de todo y de ti. Recibo tu mensaje: “ATASCADO, llegaré un poco más tarde”.

¡Vaya!, debería calentar esta espera, tomaré otra de esas botellitas de Daniel`s, pero antes respondo a tu mensaje: “He vendado mis ojos con el lazo de terciopelo negro que me regalaste. Voy a dejar la puerta entreabierta. Entra cuando llegues”. Enviar—> Sonrío y me encojo de hombros, me divierte.

Oigo gente en el pasillo, no dejan de pasar. Me da risa pensar que se cuele alguien y que me encuentre así, en la cama, con los ojos vendados, abandonada a mi suerte… La verdad es que me da cierto morbillo. Y si cuando llegue mi chico… No, no… antes comprobaría por debajo de la venda que eres tú… Nunca dejaría que otro…

Pero, ¿y si… alguien entrara y tomara mis pies entre sus manos?, ¿y si bajara su bragueta y me obligara a pasar la planta de mi pie por su sexo?… Eso podría ponerme cachonda, creo que ya no podría frenarlo… ¡Agh, prefiero no pensarlo! Te espero.

Pero, ¿y si llegaras y al ver la escena, en lugar de salir corriendo o montar un numerito, te quedases a mirar, escondido tras la puerta? Me pregunto ¿qué sentirías al ver como gozo de otro cuerpo que no es el tuyo? Imagino cierta rabia y sorpresa al principio, pero acto seguido te excitaría observar lo que pasa, mi forma de poseer a otro cuerpo. Te descubriría, puedo notar tu presencia en cualquier situación. No necesito desprenderme de la venda para saber que estás cerca. Te huelo a lo lejos. Como un depredador a su presa. No hay cuerpo, ni mente que yo desee poseer, que no sea el tuyo. Todo lo demás son personajes sin papel alguno en lo nuestro. Estás llegando, puedo olerte, cierro los ojos, me dispongo a esperarte… Pienso… ¡¡qué suerte la mía!!

¡¡Al fin llegas!!

—Cariño ¿por qué estás solita y a oscuras?… ¿No será que esperabas visita? ¡Ven aquí majadera mía! ¡Tengo hambre de todo!

—Joder, ¿cómo que por qué estoy a oscuras? Pues, creando ambiente cari, creando ambiente.. ¿Cómo que por qué estoy a oscuras? Llegas tarde y también tengo hambre, ¿lo sabes? – le digo encaramándome a su cuerpo.

—¿Sí? ¿Y qué tipo de hambre tienes tú eh?… a ver… tienes hambre… ¿por aquí… o por aquí? o…

—Álvaro, ¿te das cuenta que nosotros nunca nos hemos tapado con una sábana? ¿Te das cuenta lo bien que tú y yo nos orientamos en cualquier situación, incluso en la oscuridad? Me hago tantas preguntas cuando estoy contigo. ¿Te das cuenta que no tenemos miedo a la tormenta? que nosotros sabemos mirar directamente al Sol a los ojos, sin quemarnos. ¿Te das cuenta, que tu cuerpo es mi santuario?, ¿has pensado siquiera alguna vez, que para mí eres un templo donde meditar y orientar mis plegarias hacia las estrellas, casi por instinto. ¿Y te has parado a pensar, que algo así solo acontece en La Tierra cada ciento cincuenta millones de años, pero que sin embargo, sucede en mi cuerpo cada vez que sonríes. Que  mi mirada cambia cuando me besas, y te observo como un jaguar a su presa. Que somos insaciables, generosos e ilimitados en la posesión de nuestros cuerpos. Que somos criaturas hambrientas, realimentadas por nuestras fantasías que se complementan sin esfuerzo. Y que no tenemos que ponernos de acuerdo en nada, porque no hay pactos previos en nuestra cama…

Que nuestra cama es ancha, sin leyes. Sin borde definido. Y que la única opción que impera entre estas cuatro esquinas, es amarnos despacio, pero con mucha prisa… El hambre es así, no respeta espacios ni tiempo. Dos cavernícolas con una chuleta de brontosaurio entre las manos… ese es nuestro acuerdo, ese es nuestro retrato.

¿Te has dado cuenta que estamos encadenados en la profundidad de la misma caverna?, dos seres, un muro y una hoguera. Pero sin mitos, ni leyenda. La más real de las fantasías, no somos una ficción proyectada por la luz de la hoguera… No existen figuras borrosas, ni sombras falaces, ni zonas oscuras. Hay una luz blanca presente, hay verdad sin espejismos, sin que por ello deje de reinar la más dulce de las fantasías, por eso acabamos siempre en el suelo… imposible contener tanta pasión en un espacio tan limitado. Nuestra cama es ancha, sí… pero siempre acabamos por los suelos.

—Joder, cariño, cuando te pones profunda… Te pones… Me pones…

—¿Quieres saber cómo estoy de profunda?… Pues ponte, ponte Alvárito, que estoy hambrienta.

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Obsesión, bergamota y cayena picante

Obsesión, bergamota y cayena picante

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Imaginaba como  sería mostrarse desnuda frente a un hombre, clavaba sus ojos verdes en el espejo, absorta, descubriendo su cuerpo reflejado, tras el paso de sus propios dedos, mientras se soñaba cabalgando sobre el pan caliente del panadero.

Sigue…

En ocasiones, cuando se acariciaba, mordía con rabia algún trozo de pan. Se figuraba que parte del sabor y el olor del muchacho, estarían mezclados con la masa horneada, y que de algún modo, al morderlo, la esencia de Salvador entraría en ella, como el Espíritu Santo al comulgar. Imaginaba a su panadero con el mandil y las manos llenas de harina, agarrando sus muslos y torneándolos a la par… dándole forma humana al fuego divino que abrasaba su piel, amasando sus pechos como dulces “mediasnoches” que cobraban forma entre sus manos.

Soñaba con sentarse en su regazo y hablarle al oído, mientras él rodeaba su cuerpo para despojarla de su ropa, y allí mismo, tumbada sobre la mesa, entregarse extasiada a él, con las piernas encaramadas en la encimera, como mártir consentida que espera ser travesada por la espada de un ángel justiciero o vengador, y pagar, pagar con gusto su pecado.

Pero la realidad es que estaba sola frente al espejo. Ella a solas con sus voluptuosos pensamientos, preparándose para una cita incierta. Ya que Salvador no estaba al tanto del fuego interno que calentaba las entrañas de la dulce y cándida Monny.

Noches atrás, en la comunidad, se había formado un gran revuelo. Al parecer, una nota con una extraña receta había aparecido entre las hojas del suelo en el patio de naranjos, junto al pozo de piedra. Margot, la compañera de cuarto de Penny, fue la afortunada descubridora. Nada más hallarla se inclinó con rapidez y la atrincheró entre sus manos, como un preciado tesoro al que solo ella debería tener acceso. La leyó en silencio y acto seguido corrió a su cuarto, ocultando la nota entre la blusa y el pecho. A simple vista, se trataba de una sencilla receta de cocina, una mezcla de condimentos para un asado quizás. Aunque algo dentro de ella se despertaba rugiendo como fiera dormida. Y se sintió llena de emoción, sin saber muy bien porqué.

El tiempo entre aquellas paredes parecía pasar despacio, mucho más despacio de lo que las impacientes hormonas de las novicias deseaban. Y ocurrió lo que tenía que suceder, que la imaginación de las chicas voló sin remedio, buscando refugio en lugares más cálidos.

20 gotas de aceite esencial de almendras dulces.

2 gotas de alcohol de romero en flor.

10 gotas de agua de rosas + 1 de agua bendita.

5 gotas de perfume de bergamota, una ramita de lavanda, 1gr de cayena molida y media cucharilla de miel de castaño.

Frotar previamente el frasco con guindilla antes de poner a macerar todos los ingredientes.

La joven Margot se deslizó como un ladrón sigiloso hasta las despensas del convento y reunió cada uno de los elementos necesarios, llevándolos hasta su cuarto ocultos en un paño de cocina. Dispuso todos los ingredientes de tal receta sobre la mesilla de noche, y fue rellenando el frasco siguiendo cuidadosamente las instrucciones allí escritas. Los dejó reposar todo el día, mientras afuera se dedicaba a las tareas propias de la comunidad, el estudio y la contemplación. Al caer la noche cuando se retiró a dormir, descalza ya, deshizo el nudo de su ligero hábito y lo dejó caer al suelo y se recostó impaciente, desnuda en la cama, sin dejar de mirar el frasco.

Aquella receta despertaba gran interés en la impulsiva muchacha, que en lugar de pensar en asados, pensaba en perniles. Destapó el frasco con miedo, como si esperara que pudiese brotar de él un genio o un extraño maleficio. Al hacerlo, el perfume de aquellas esencias inundó la estancia, tornando el aire algo plomizo y dulzón. El calor de su cuerpo bajo las mantas de lana le hizo destaparse sofocada, y dejó su figura desnuda a la vista, ofrecida a sus propias manos en misión de reconocimiento.

Volcó unas gotas del elixir sobre su dedo índice, y humedecido, lo pasó por su boca para probarlo. La punta de su lengua se apresuró a recorrer la comisura de sus labios, haciendo que cambiara de expresión varias veces en pocos segundos. Un dulce picor punzante se apoderó de sus sentidos. La mezcla se prometía interesante, se sintió jovial dejando caer algunas gotas también sobre su ombligo. Las gotas siguieron el cauce natural de su cuerpo hasta llegar a la zona sagrada e intocable, esa que una chica como ella, jamás debería tocar con intenciones impuras… Margot apretó los muslos intentando atrapar las gotas que se deslizaban por sus ingles hasta las sábanas. El calor de la guindilla y la suavidad de los aceites esenciales, facilitaron el roce de su dedo índice, que patinaba sin pudor, sobre el pequeño botón impuro, culpable de su arrebato.

La puerta se abrió de golpe, y Monny sorprendió a Margot jugando con su expresivo cuerpo, un torso cálido y pletórico que dibujaba gozosamente bajo sus dedos. Abrió los ojos de par en par y asustada cerró la puerta de nuevo… Se quedó quieta observando a la muchacha, no supo que decir, pero pudo sentir el galope agitado de su corazón. Margot más impulsiva, aunque algo avergonzada, le sonrió, y extendió su brazo ofreciéndole el frasco ya abierto…Y con un susurro que apenas podía entonar con sus temblorosos labios le dijo… ¿Quieres probar? Continuará…

Obsesión, jabón caliente

Obsesión

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Obsesión, jabón caliente

Obsesión, jabón caliente

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Aquel domingo Penny se propuso entregarse a su salvador… Y preparó una cita, en la que él no tendría más remedio que concederle todos sus deseos, y amarla suciamente, como se ama solamente a una cándida aprendiz… (sigue)

Pero no siempre el maestro resulta ser un experimentado guía, ni el aprendiz tan cándido, como se presupone…Y es que nunca hay que infravalorar a unas manos inexpertas, ni a una torpe boca, hambrienta…

La mañana de aquel domingo de noviembre se propuso muy fría. Los últimos pronósticos del hombre del tiempo no habían sido nada alentadores. La gente se aprovisionó de leña y víveres para esperar sin miedo, a lo que se prometía la peor nevada en 50 años… La naturaleza salvaje tan solo se hacía eco de la fuerza interior de aquella criatura, desecha en deseos de probar la carne erecta de su adonis panificable, y encontrar así, sentido a la vida misma, y a la torcida voluntad de Dios.

Monny se levantó urgida en dirección al baño, a la búsqueda de su pastilla de jabón de aceite de magnolia. Al tenerla entre las manos comprendió que ya iba siendo hora de reponerla, desgastada de tanto uso…

Y es que la lozana y novicia andaluza, a falta de otros instrumentos con los que jugar, encontró un amable consuelo en la magnolia jabonosa. La delicada y aterciopelada pastilla de jabón que hundía sin compasión en el agua hasta humedecerla, para acto seguido deslizarla sinuosa y rítmicamente, y dejarla atrapada  durante unos segundos entre la curvatura ondulante de sus muslos. De atrás hacía delante… como una ancha lengua lamiendo un incitante helado. Así, tal y como le habían recomendado las hermanas mayores de la comunidad, con el fin de asegurarse una correcta higiene, nada más.

Los impetuosos labios vaginales de Penny afloraban como molletes recién horneados… gruesos, de borde redondeando. Luciendo como impacientes mofletes que desean ser pellizcados. Penny disfrutaba jubilosa de su pequeño descaro volcánico, ese con el que la madre naturaleza le había obsequiado por ser mujer. Su anatomía perfecta le proveía de un sinfín de terminaciones nerviosas, receptivamente dispuestas para deleitarse con el menor roce… El pequeño botón al que ella misma no sabía ponerle nombre, sobresalía como un caramelo que se sostiene derretido entre los labios. Empapando de azúcar todo el borde algodonado de su piel.

Desde que Penny conoció a Salvador, cada una de sus caricias correspondían a un pensamiento fijo, una imagen, la del hijo del panadero. Frente al espejo engarzaba sus dedos con su cabello ondulado. Desnuda, dejando ocultos sus pezones tras una briosa cabellera rojiza y ensortijada. Suspiraba, imaginando como sería mostrarse desnuda frente a un hombre. Volvía a suspirar y clavaba sus hechizantes ojos verdes en el espejo, absorta, redescubriendo su limpio y caliente cuerpo reflejado, tras la caricia de sus párvulas manos, mientras se soñaba cabalgando sobre el apetecible pan caliente, del panadero.

Continuará….

1ª Parte: https://desafiosliterarios.com/columnas/el-alma-de-marley/obsesion/

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Entrevista a Julio R. Naranjo

Entrevista a Julio R. Naranjo

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Ya lo decía Hemingway, en su decálogo del escritor… “Hay que mezclarse con la vida”, vivir. Tengo claro que Julio R. Naranjo, seguramente sin proponérselo, lo ha venido haciendo, y además con naturalidad y alevosía. Porque normalmente uno no llega a ser escritor de un día para otro. El escritor se va forjando a golpe de experiencias, de miradas. Esa mirada especial que todo escritor lleva dentro, aún si saber que la posee.

Así surge precisamente su novela, “El viaje de Ciriaco”, tras una mirada especial a su alrededor. En cierta ocasión mientras repostaba en una gasolinera, coincidió con el conductor de un coche fúnebre. Después de una conversación entre ambos, algo se encendió en la mente de Julio, y lo que en principio fue una simple charla, dio pie al nacimiento de esta misteriosa y divertida historia, o “thriller con alma”, como otros lo han denominado. “El viaje de Ciriaco” pasaría a convertirse  en su primera novela. En su sinopsis reza, “Un pacto entre la vida y la muerte”, “No es un libro oscuro, aunque hable de la muerte, es una canto a la vida y a la luz”.

Julio R. Naranjo, actualmente es empresario. Pero en otro tiempo fue camarero,  jugador de rugby, vigilante de seguridad y repartidor de periódicos, a la vez que estudiaba Derecho. No me cabe duda que toda esta cantidad de experiencias nos seguirán dando muchas satisfacciones en el futuro, personajes que están esperando ver la luz, a través de las letras de este genial escritor.

El viernes 30 de noviembre, estaremos apoyando a Julio R. Naranjo en la entrega de Premios de la IX Edición Atlantis. La Isla de las Letras, que se celebrará en Forum de la FNAC de Callao, Madrid, sobre las 19H.

Te deseamos mucha suerte Julio, y que este sea el primero de muchos más éxitos en tu brillante e imparable carrera como escritor.

Desafiosliterarios.com

 

Julio, de pequeño soñabas con ser…

Creo que el primer recuerdo que guardo al respecto tiene que ver con La Guerra de las Galaxias; quería ser un Jedi y descubrir nuevos universos. Luego ya de mayor, aunque he renunciado a lo de la espada láser, muy a mi pesar, me sigue gustando eso de soñar nuevos mundos…

Dime un lugar del mundo donde te gustaría escaparte y encerrarte a escribir.

 En cualquier sitio donde me encuentre relajado. Pero si tuviera que elegir uno, diría que en Maine, en Estados Unidos. Ya he estado varias veces, y es un lugar especial para escribir una buena novela de terror. Espero hacerlo…. ¡Escribirla y que además sea buena!

¿Dónde encuentras la inspiración para comenzar a trabajar?

Me gusta mirar a mi alrededor. Si observas con detenimiento, creo que son tantas las cosas, personas, situaciones que nos rodean, que la vida en sí es un filón inagotable. Disfruto siendo permeable a ese entorno, me hace sentir vivo, despierto

¿Tienes algún truco para burlar el mal de la página en blanco?

Je, je. ¡No sé qué es eso! No, en serio, claro que me pasa. Pues hago lo mismo que en mi época de estudiante, cuando me atascaba y no había forma de enterarse de nada. Apago el ordenador y me voy. Ya vendrán mejores momentos, pienso, quizá para convencerme de que esa frustración que se siente sea solo pasajera. He aprendido a aceptarlo con cierta naturalidad, o al menos eso me repito…

¿Julio, qué te hace perder el sueño?

Trabajé durante años por las noches, y desde entonces duerno poco. Pero lo que me quita el sueño es que aquellos a quienes quiero lo estén pasando mal, y sentir que no puedes hacer gran cosa para arreglarlo. Se dice siempre que la risa es contagiosa, pero creo que el dolor o la tristeza, también lo son tanto o más.

¿Puede un muerto guiarte hasta los confines de tu propia vida?

Me alegro de que me haga esa pregunta… recuerdo haber leído hace tiempo, creo que en el Tratado del Vacío, que si no sabíamos nada de la vida, menos aún sobre la muerte. Sí creo que como verdad absoluta, la Muerte, con mayúsculas, nos hace plantearnos quiénes en realidad somos, nos lleva a revisar nuestras más profundas creencias. Porque si algo tiene es que a todos nos trata por igual, antes o después, Y eso es algo que Ciriaco descubre, muy a su pesar, cuando se ve embarcado en el viaje más importante de su vida

¿Quién es Ciriaco? preséntanos, por favor.

Ciriaco es un conductor de coches fúnebres que, nacido en Galicia, trabaja desde hace años en Madrid. Un día recibe de su jefe, el dueño de la funeraria, un personaje enigmático, un extraño encargo. Debe enterrar a un señor que, tras suicidarse, dejó unas instrucciones muy concretas. Quiere que sea Ciriaco quien le lleve hasta Galicia para sea enterrado allí donde nació, que es el mismo lugar en el que Ciriaco nació, Foz, un precioso pueblo de la costa lucense. Solo Ciriaco sabrá, tras leer un manuscrito del muerto, por qué es él el elegido, iniciando un viaje vertiginoso que pondrá a prueba todas sus creencias, comprobando que la línea que separa lo que es real y lo que pertenece al mundo de los muertos es mucho más difusa de lo que pensaba.

Las críticas hablan muy bien de tu obra, ¿cómo encajas el éxito? ¿crees que eso cambiará tu forma de escribir?

 Estoy tremendamente agradecido a todos los lectores que día tras día comparten conmigo este viaje; gracias a ellos puedo seguir escribiendo nuevas historias y tratar de sacar lo mejor que haya en mí. Este es el verdadero éxito y es una experiencia increíble; creo que tengo los pies en el suelo y además soy un recién llegado. La fama casi siempre llega sin merecerla y se pierde sin culpa. Pero el respeto de todos cuantos han decido hacerme un huequecito en sus corazones es lo que de verdad me motiva a diario, y solo espero no fallarles

¿Julio, estás preparado para los premios que te vienen encima?

Bueno, ¡sería maravilloso que esos premios llegaran! Yo no estoy tan seguro de que eso vaya a ocurrir…pero lo que sí siento es que no tengo ninguna clase de presión, me gusta escribir y creo que lo seguiré haciendo por mucho tiempo, y mientras haya alguien que me lea, me sentiré muy afortunado.

¿Qué consejo te hubiera gustado recibir en el mundo de la escritura pero nadie te dio aún?

Creo que los consejos son un arma de doble filo, hay que saber darlos, pero también recibirlos. Me encanta conocer las experiencias personales de quienes de un modo u otro escriben. Pero desde luego, cuando uno escribe, debe hacer todo lo posible para evitar que tú mismo te conviertas en tu peor enemigo; en mi caso, al menos, siento que crezco cuando busco en mi interior aquello que ni siquiera sabía que existía. Ese consejo fue el que me ayudó a entender la escritura como una permanente búsqueda y no como un verdadero suplicio. ¡Estoy convencido de que muchos más consejos como éste están por llegar!

¿Qué te hacer reír, qué te hace llorar?

 Tuve un jefe que me recordaba a menudo que la vida era una cosa tan seria que convenía reírse cuanto más, mejor. Para mí el sentido del humor, poder reírse con los amigos, con la familia, con los compañeros de trabajo, es vital. Tanto como reírse de uno mismo. Y algo parecido pienso en cuanto a llorar; mostrar que uno se siente feliz, alegre, es algo socialmente acertado, pero en cuanto a llorar, aún persiste una cierta idea de que te hace más débil. Además, se puede llorar de alegría también. Mi sentir es mi forma de vivir. Y trato de que sea todo lo intenso que pueda, que deba, ser.

¿Sigues jugando al Rugby?

¡No! Ahora solo me escapo a verlo cuando puedo, y no me pierdo el Seis Naciones, desde el sofá y con una cervecita. Al rugby le debo muchas cosas, me enseñó a levantarme una y otra vez después de caer y a esforzarme al máximo, a competir pero siempre respetando al adversario, algo que en mi vida profesional me ha marcado con la misma impronta. ¡A cambio solo me costó alguna fractura y bastantes puntos de sutura!

¿Cuál es el trabajo del que te sientes más orgulloso?

Pues suena un poco a frase hecha, pero espero que aún esté por llegar, este partido no ha hecho más que comenzar y me queda, espero, mucho por delante

Cuándo y dónde prefieres escribir, ¿de día, de noche, en un café, al aire libre?

Siempre digo que mi trabajo, que me apasiona, no se lleva del todo bien con mi pasión, que es la escritura. Así que saco tiempo de donde puedo; pero las noches me resultan especialmente atractivas.

¿Con qué escritor/a te gustaría quedarte atrapado en un ascensor.

¿Se puede cambiar lo del ascensor? ¡A mí lo de quedarme atrapado en él no me hace mucha gracia! Me encantaría poder charlar con Richard Ford, Edgar. A. Poe, Stephen King, con el que por cierto me senté en la línea roja del metro de Boston. No fui capaz de decir más que un simple hola. ¡Un hombre brillante!

Estás parado en un semáforo, ¿qué piensas mientras ?

Pues depende del momento…mi cabeza es un hervidero de ideas….en ocasiones en la lista de la compra, las reuniones que me quedan, si me queda tiempo para ir un ratito al gimnasio, y en otras una idea aparece y la grabo en el teléfono para que no se me olvide

¿Qué novela famosa te habría gustado escribir?

Me he criado entre libros, y desde muy pequeño en casa nuestra madre, nos inculcó el amor por la lectura. En cada uno de ellos una nueva puerta se abría para vivir mundos, aventuras, pasiones que escritas por otro, eran en ese momento solo para ti. Mi admiración no ha decrecido, al revés, por eso creo que cada libro es único e irrepetible, y su autor también.

¿Cuál es el secreto que nunca has contado a nadie pero me vas a contar a mi?

Como decía mi abuela, ¡a ti te lo voy a contar! Bueno va, uno solo te cuento. Durante un tiempo, y mientras jugaba al rugby, fui profesor de una escuela de modelos. En aquella época lo de que un hombre se depilara no estaba tan bien visto como ahora. Y ahí lo dejo

Un olor, un sabor, un color

Un olor, el de mis dos hijos cuando siendo bebés, les daba un bañito y me sonreían.

Un sabor, el manantial de su dulce boca…

Un color, el azul del Mediterráneo.

¿Escribes con alguna música en especial, o prefieres hacerlo en silencio?

Casi siempre con música, me relaja. Cada artículo que escribo, cada poema que termino, y con cada libro en el que trabajo, siempre hay una canción que, como si fuera su segunda piel, no olvido.

Tienes algún objeto fetiche o talismán en tu mesa de escribir

¡Sí! Mi mesa es una especie de caos repleto de libros, cuadernos y objetos que he ido adquiriendo en mis viajes.

¿Sigues algún ritual antes de ponerte a escribir ?

 Ropa cómoda, buena música y mi querido Eolo junto a mí.

¿Qué personaje de novela te gustaría haber conocido en persona y llevártelo a cenar?

 Sin dudarlo un segundo, a Ignatius Reilly, de “La Conjura de los necios”

Julio, háblanos de tu siguiente proyecto.

 Estoy terminando mi primer poemario, y ando enfrascado en mi segunda novela, que espero tener terminada y lista para su publicación en el primer semestre del año que viene. Ojalá tenga la misma acogida que “El Viaje de Ciriaco”. Creo que vamos a pasar un poquito de miedo.

Quisiera agradeceros la oportunidad de poder compartir con todos vosotros este maravilloso espacio. ¡Mil gracias!

 

Gracias a  ti, Julio, por tu amabilidad y tu simpatía. Brindaremos contigo todos los éxitos que están por venir.

 

 

 

 

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Obsesión

Obsesión

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Cuando Monipenny dejó del convento por primera vez, tenía dos cosas claras:

Los hombres, no se miran.

Los hombres, no se tocan.

Monipenny salió un día a la calle, con faldas y casi a lo loco. Sin la coraza que le proporcionaba la protección de aquellos muros de piedra. Tapias que tan celosamente guardaban al convento y a sus novicias. Debería estar de regreso a eso de las siete y media, la hora de la decencia, ni más ni menos. Pero aquel día el sol brillaba como nunca, reflejándose descaradamente en los mofletes sonrosados de Penny, que percibió sin darse cuenta, los efectos lascivos de la primavera en su mirada. No es que tuviera la sangre alborotada, ni que quisiera descarrilarse, es que le apetecía más que nada en el mundo, comerse aquellos labios con los que soñaba cada día con sus noches correspondientes.

Nuestra Penny era mona y estaba viva, y las sensaciones le brotaban de abajo hacía arriba. Sentía que algo por dentro le mordía las entrañas cada vez que veía a Salvador Ledesma, el hijo del panadero de la calle del Pez. Le venía ocurriendo cada primer domingo de mes, justo cuando obtenía permiso para salir e ir a buscar el encargo mensual de la madre superiora. Esperaba que Salvador la mirara como se mira a una mujer, no a una joven novicia que duda de su cuerpo, de sus posibilidades y hasta de su fe. Al salir del convento y pisar el callejón se santiguaba una y otra vez. Pero no lo hacía encomendándose a ninguna protección celestial, todo lo contrario, lo que deseaba que sucediera era muy terrenal.

Quería ser amada, que Salvador abrazara sus huesos y su carne. Que hundiera sus dedos en su cuerpo, como si deseara perforar un gran bloque de mantequilla y derretirlo. Fundirse estrechada contra su cuerpo y evaporarse, diluirse como gotas de agua que se pierden en la tormenta. Parece ser que en una ocasión, el chico le mostró cierta parte de su cuerpo, la dureza de su sexo escondido, contenido tras el pantalón. Fue un accidente totalmente premeditado, para ponerla a prueba. Para ver que tan fuerte era su fe y su vocación religiosa. Poco duró su contención y fortaleza, en realidad, no tenía intención de hacerse la digna. Desde ese día, Monipenny tuvo claro, que era mujer y que deseaba con fervor estar con un hombre a solas y desde luego, que ese santo varón no tuviera aspecto de profesor, ni confesor, ni mucho menos que vistiera sotana.

En aquellos días el calor se apropió de Penny. Un rubor ardiente se extendió por su cuerpo, se apoderó de sus candorosos pechos que luchaban por salir de su prisión monacal, explorar, incluso hacer estallar los botones de su blusa, y entregarse… Entregarse al universo para ser engullida por el mundo mismo, ser devorada por la pasión y el vicio incontenible de la carne. Monnipenny frotaba inocentemente su entrepierna con la bolsa de bollos comprados al panadero… cerraba los ojos y mordía sus labios, imaginando ser poseída por el miembro enhiesto de Salvador.

Pero Salvador le repetía… ¡No te obsesiones! ¡No soy ningún apolíneo, solo soy el hijo del panadero! Lo que pasa es que tú ¡te has enamorado, alma de Dios! y ya no sabes distinguir. Y volvía a repetir, ¡No te obsesiones, ¡No te enamores!, ¡No sufras!, ¡No me quieras!, ¡No me extrañes!… ¡No es para tanto, mujer!

Definitivamente era el rey del “No”. Y así se lo hacía saber, aunque en el fondo, estaba deseando deshacerse de todos esos remilgos y amarla de una vez por todas, con todas sus erectas consecuencias. Ella en cambio, era la chica del “sí”… siempre decía, “sí”.

Sí a todo, pero no a todos. Monipenny tenía claro que era él, el chino incrustado en la suela de su zapato, y que esperaría pacientemente, a que él sintiera lo mismo. A que experimentara en su cuerpo ese dolorcito, ese pellizco comprimido a la altura del ombligo que le calentaba el alma… y ciertas partes del cuerpo.

Aquel domingo Penny se propuso entregarse a su salvador… Y preparó una cita, en la que él no tendría más remedio que concederle todos los deseos, y amarla suciamente, como se ama solamente a una cándida aprendiz… Continuará…

 

 

 

 

 

 

 

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