Un día para olvidar (capítulo 8 parte 1)

Un día para olvidar (capítulo 8 parte 1)

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Álvaro daba los últimos retoques a la cabeza de su última clienta del día, a esta no podía dejarla en manos de ninguno de sus colaboradores. Desde que entraba hasta que salía, las únicas manos que dejaba que la tocasen eran las de Álvaro, por mucho que le dijera que ellos la iban a dejar tan perfecta como él. No había manera, y por si fuera poco era nada más y nada menos que la madre de David, el que la mujer no tuviera nada que ver en carácter con su hijo era un punto, pero Álvaro veía en ella a su hijo y era como si algo le traspasara las entrañas, desde el instituto que David se la tenía jurada, y Álvaro todavía no sabía exactamente por qué había pasado del amor al odio en segundos.

—¿Te has enterado, Alvarito? —comentaba la clienta en confidencia.

—Pues con tanta información como me das, la verdad, es que debería saberlo todo jajaja —Álvaro puso una mano sobre su hombro y le habló con sorna al oído.

—Cómo eres, criatura. Pensé que sabías lo del cadáver —le dijo dándole una palmada en la mano.

Álvaro se quedó mudo y tieso de golpe.

—¿Qué cadáver? No sé nada y ahora no es broma.

—Pues no se sabe nada, pero con las últimas tormentas se ha removido la tierra del monte y ha aparecido un cadáver.

—¿Le has preguntado a tu hijo?

—¿A mi hijo, por qué? ¿Qué tiene que ver mi hijo? —preguntó entre sorprendida y molesta.

—Pues quizá deberías, puede ser su mujer, desde que “se fue” —hizo comillas con los dedos— nadie la ha vuelto a ver.

—Aquella mala pécora se fue con otro. No deberías ir difundiendo falsedades, le podían los pantalones.

La cara de la señora cambió radicalmente, un rictus endureció su faz apagando sus ojos. Álvaro se dio cuenta que el comentario que le había hecho había dado en la diana.

—Es verdad, no lo recordaba. Cómo ni siquiera ha vuelto a ver a su hija nunca más —comentó mordaz.

—Acaba ya, que tengo prisa.

Los comentarios que, de la noche a la mañana, regaron todo el pueblo cuando desapareció la mujer de David seguían latentes. Cada vez que salía un tema como aquel, por mucho que quisieron acallar los rumores, estos eran tozudos, de vez en cuando salían a la luz de nuevo. La madre de David se enfadó consigo misma por ser tan torpe e ingenua. No pensó que Álvaro le pudiera decir algo así, a ella, que era su mejor y más distinguida clienta. “Ya no se respetaba nada”, se dijo, intentando contener la furia que sentía.

Aunque pareciese raro nadie había comentado nada en el salón de belleza. Álvaro supuso que todos daban por hecho, al igual que la madre de David, que el cadáver era el de Ramiro y nadie quiso decir nada por respeto a la amistad que lo unía, no solo con Yolanda, sino también con el resto de la familia.

En cuanto pudo salió corriendo hacia casa de Yolanda. Pulsó el timbre con impaciencia, pero no salió nadie a abrir, la cancela no estaba cerrada con llave, así que imaginó que estaba dentro, se estaría duchando, pensó, miró por la puertaventana del comedor, no se veía movimiento alguno, y como supuso, la puerta estaba ajustada pero no cerrada con llave, presionó en el punto que él sabía que cedería y entró.

—Yoli, amor, ¿estás aquí? Claro que estás aquí, si no estaría todo cerrado a cal y canto —gritaba para que no se asustase al verlo dentro de la casa.

Todo parecía estar desierto, no era normal que ella se hubiese dejado mal cerrada la puerta y la cancela, por lo tanto en alguna parte de la casa estaba. Con la confianza que le daba una vida entera de amistad y confidencias empezó a explorar las habitaciones, no estaba en ninguna. Pasó por el cuarto de baño por si estuviese allí, la puerta no estaba cerrada del todo, empujó un poco viendo que tampoco estaba dentro. Solo le quedaba por mirar la habitación de Ramiro, un puño le atenazó el corazón, ¿sería verdad lo que comentaban? ¿Sería Ramiro al que habían encontrado? El pulso se le aceleró al empujar la puerta despacito y ver a Yoli enroscada sobre la cama de su hermano, abrazada al peluche con el que siempre dormía. Álvaro se sentó al borde de la cama y le acarició la cabeza.

Día de las escritoras

Día de las escritoras

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Este día, promovido por la Biblioteca Nacional, pretende dar el valor, el espacio y el reconocimiento que merecen a las escritoras españolas. Se celebra cada año el lunes más cercano a la festividad de Teresa de Jesús, el 15 de octubre.

No es un día internacional, aunque quizá debiera serlo. El Día de las Escritoras es una iniciativa promovida por la Biblioteca Nacional de España junto a la Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias (FEDEPE) y la Asociación Clásicas y Modernas que, desde el año 2016, “busca reivindicar la labor y el legado de las escritoras a lo largo de la historia a partir de la lectura de fragmentos representativos de sus obras”, según las promotoras.

Este día, que pretende dar el valor, el espacio y el reconocimiento que merecen a las escritoras españolas, se celebra cada año el lunes más cercano a la festividad de Teresa de Jesús (una de las más brillantes autoras españolas), el 15 de octubre.
Para cada edición se designa una comisaria, que elige el tema en torno al cual realiza una selección de textos de destacadas escritoras españolas e hispanoamericanas, que posteriormente son leídos por personas de reconocido prestigio social y cultural, entre las que hay una especial representación de creadoras en activo, tal como explica la BNE.

Pero además, en este día y en colaboración con Wikimedia España, se celebra la Editatona del Día de las Escritoras, una jornada de edición en Wikipedia para visibilizar el legado literario de autoras hispanas e hispanoamericanas a través de la edición, creación y mejora de artículos en la enciclopedia online desde una perspectiva de género.

En este año en su IV edición el lema es mujeres, amor y libertad.

En la cuarta edición se propone un tema todavía inexplorado en las convocatorias anteriores: el amor, considerado desde la perspectiva de las mujeres. “Un territorio amplio, complejo y contradictorio, laberíntico, atravesado por luces y sombras, grandes pasiones, pero también desdichas”, explica Clara Sanchis, actriz y música, comisaria de la actual convocatoria.

En la selección de textos para su lectura por los que Sanchis ha decidido apostar, se ofrece un recorrido en torno al significado que han dado las escritoras de todos los tiempos a este poderoso sentimiento que una óptica contemporánea de la creación literaria no podía dejar de revisar. ¿A qué llamamos amor? ¿Existe palabra más subjetiva, polisémica y sugerente? ¿Cuál es su relación con la libertad?
Las autoras han tratado mucho el tema del amor. Han expresado sus muchas luces, pero también sus sombras. La cuarta edición del Día de las Escritoras nos invita a entrar en este laberinto, a la búsqueda de algo que tal vez todavía desconocemos.

Al igual que los años anteriores, ese mismo día se celebrará la Editatona del Día de las Escritoras, una jornada de edición en Wikipedia para mejorar los contenidos sobre escritoras. Esta actividad, organizada junto a Wikimedia España, busca visibilizar el legado literario de autoras hispanas e hispanoamericanas a través de la edición, creación y mejora de artículos en la enciclopedia libre desde una perspectiva de género.

Clara Sanchis, comisaria, es actriz y música, cuenta con una prestigiosa trayectoria, en la que ha protagonizado una veintena de espectáculos teatrales y ha participado en numerosas producciones cinematográficas y televisivas. Actualmente, recorre los escenarios con Una habitación Propia, de Virginia Woolf y El Mago, de Juan Mayorga. Desde 2008 colabora semanalmente como articulista en el diario La Vanguardia.

Fuentes 20 Minutos B N E

 

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 3)

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 3)

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—Lo siento, no volverá a pasar, pero ¿Puedes dejar de mirarme así? Y otra cosa, ¿dónde quieres que tomemos ese bendito café?

Aquello hizo reír a Yoli, no esperaba que saliera por ahí. En realidad necesitaba compañía, se sentía sola y no podía estar llamando a Álvaro cada vez que tuviese la necesidad de desahogarse. Esperaba que Alex fuese lo suficientemente bueno como para suplirlo, aunque desde luego las confidencias que tenía con Álvaro nunca podrían ser las mismas.

—¿Podemos ir a algún sitio donde no nos conozcan? —preguntó Yoli de pronto.

—Desde luego, vamos donde quieras, mi jornada ha terminado por hoy.

Subieron al coche de Alex y este puso rumbo a la ciudad, el pueblo se les quedaba pequeño, allí todo el mundo llevaba en la boca la noticia y todos señalaban a Yoli compadeciéndola,  a la gente le era fácil sacar conclusiones, aunque no llevasen a ningún sitio o fuesen completamente erróneas.

Después de media hora de coche Alex aparcó en una callejuela poco transitada. Cerca de allí había un mesón en el que él había pasado alguna que otra tarde, era un sitio tranquilo de parroquianos afables y de vuelta de todo, así que a ninguno le sorprendería que estuviese tan bien acompañado.

—Bueno, qué es eso tan importante que me tienes que decir —preguntó arisca—, porque me dijiste que lo encontrarías y todavía no lo has hecho. No creo que haya nada más importante, al menos no para mí en estos momentos. Que sepas que me has fallado.

—Me he involucrado mucho más de lo que debía, las cosas no son tan fáciles como crees.

—Si no debías, ¿por qué lo has hecho? Nadie te lo ha pedido.

—Por qué lo he hecho, buena pregunta, porque es una criatura indefensa, porque es mi profesión, porque algo así no se puede quedar sin resolver, porque me enamoré de ti en el instante en que te vi…

Yolanda se quedó sin palabras, aquello era lo último que esperaba. Cómo podía decir algo así, si cuando se veían estaban siempre de pelea. Si ella decía blanco él decía negro y con todo igual, eran agua y aceite, nunca podrían mezclarse.

—Lo siento, tengo que irme, ya me he retrasado bastante y tengo cosas importantes que hacer.

—No debí decir nada. Te pido disculpas. Supongo que te estará esperando Álvaro, tu novio. No quiero interponerme entre vosotros, pero tenía que decírtelo.

Se levantó, dejó un billete de cinco euros en la mesa para que se cobrara el camarero y fue tras Yoli que había salido corriendo. Estaba preciosa bajo la luz del sol, con ese aura angelical y demoníaca a la vez, algo que hacía que la deseara como nunca deseó a mujer alguna.

Poetas que te harán amar la poesía

Poetas que te harán amar la poesía

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La hermana pobre. Tan olvidada y maltratada en tantas ocasiones, pero tan viva. Y tan agradecida. Solo hace falta acudir a ella para sentir todo lo que nos da. Solo bastan unos versos para descubrir todo lo maravilloso que esconde. Ella es la poesía. Pero también lo eres tú. Y para seguir teniéndola presente queremos recordar -y animarte a recitar en voz alta- algunas letras, algunos poemas, algunos recuerdos de ese sentimiento tan especial que guardaron para siempre estos poetas universales.

Federico García Lorca

Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos.

Las cabezas levantadas y los ojos entornados.

Cómo canta la sumaba  ¡ay, cómo canta en el árbol!

Por el cielo va la luna con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran, dando gritos, los gitanos.

El aire la vela, vela. El aire la está velando.

Rosalía de Castro

Era apacible el día.

Y templado el ambiente,

Y llovía, llovía

Callada y mansamente;

Y mientras silenciosa

Lloraba y yo gemía,

Mi niño, tierna rosa

Durmiendo se moría.

Antonio Machado

Antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

Gustavo Adolfo Bécquer

Podrá nublarse el sol eternamente;

podrá secarse en un instante el mar;

podrá romperse el eje de la tierra como un débil cristal.

¡Todo sucederá! Podrá la muerte

cubrirme con su fúnebre crespón;

pero jamás en mí podrá apagarse

la llama de tu amor.

Gloria Fuertes

Aunque no nos muriéramos al morirnos,

le va bien a ese trance la palabra: Muerte.

Muerte es que no nos miren los que amamos,

muerte es quedarse solo, mudo y quieto

y no poder gritar que sigues vivo.

Miguel Hernández

Tristes guerras si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Tristes hombres si no mueren de amores.

Tristes, tristes.

Pablo Neruda

Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.

Pero la noche llega y comienza a cantarme.

La luna hace girar su rodaje de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.

Y como yo te amo, los pinos en el viento,

quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.

Gabriela Mistral

Duerme, duerme, dueño mío,

sin zozobra, sin temor,

aunque no se duerma mi alma,

aunque no descanse yo.

Duerme, duerme y en la noche seas tú

menos rumor que la hoja de la hierba,

que la seda del vellón.

Mario Benedetti

Vivir la vida y aceptar el reto,

recuperar la risa, ensayar el canto,

bajar la guardia y extender las manos,

desplegar las alas e intentar de nuevo,

celebrar la vida y retomar los cielos.

Rafael Alberti

Deja ese sueño.

Envuélvete desnuda y blanca, en tu sábana.

Te esperan en el jardín tras las tapias.

Tus padres mueren, dormidos.

Deja ese sueño.

Anda.

Tras las tapias,

te esperan con un cuchillo.

Fuente: Más leer.

¿Cual es tu poeta favorito? Nos gustaría saberlo. ¿Nos lo dices en los comentarios?

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 2)

Un día para olvidar (capítulo 7 parte 2)

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Rebeka salió contenta, David le había dado un buen repaso, se entendían bien en la cama, aquella tarde no había ido al instituto, así que hasta la hora de salida no quería dejarse ver por el pueblo, se fue a un claro en el bosque en el que tenían las chicas su guarida secreta, bueno, no era nada del otro jueves pero cuando estaban allí nadie las veía ni las molestaba, podían tramar sus travesuras sin interferencias de ningún tipo. Envió un whatsapp a cada una de sus súbditas, como ella las llamaba, ya que se consideraba la abeja reina, “te espero en casa de mamá” les llegó a todas a la vez.

En cuanto terminaran las clases se encontrarían en el sitio señalado, una vieja cabaña abandonada que usaban antiguamente los pastores para resguardarse por las noches del frío de la montaña, las paredes estaban medio derruidas, y del techo solo quedaban cuatro palos y un poco de chamizo, pero era suficiente para que nadie supiera donde estaban.

De la mano llegaron Aina y Natalia, faltaba Paula, según dijeron aquella tarde no había acudido a clase, tampoco les había dado explicaciones y no había conectado el móvil desde hacía un par de horas.

—¿Se puede saber qué le ha pasado a Paula? —Preguntó un tanto molesta Rebeka.

—No sabemos nada de ella desde esta mañana, pero estaba muy rara —contestó Aina.

En aquel momento llegó Paula, caminaba deprisa como si alguien la estuviera persiguiendo.

—¿Os habéis enterado? Han encontrado un cadáver en el monte, lo ha desenterrado la tormenta del otro día. ¿Será Ramiro? —preguntó Paula mirando fijamente a Rebeka.

—¿Por qué me miras así? ¿No pensarás que tengo algo que ver?

Se miraron entre sí, desde que había desaparecido Ramiro una duda se cernía sobre sus cabezas, en alguna que otra ocasión había surgido la desconfianza entre ellas aunque ninguna había osado expresarlo en voz alta, pero aquel hallazgo había vuelto a sacar a la luz viejos fantasmas.

 

Yolanda recibió un mensaje de comisaría, le decían que tenían novedades sobre el caso y necesitaban hablar con ella, en cuanto lo leyó dejó todo y salió corriendo, no quería hacerse ilusiones, pero necesitaba una buena noticia, necesitaba algo que la sacara del sopor en el que se estaba sumiendo, en tan solo unos meses su vida había dado un vuelco de ciento ochenta grados, tener a su madre internada era necesario, pero la echaba tanto de menos como a Ramiro, los había perdido a los dos a la vez y eso la estaba matando, necesitaba las regañinas de su madre, llamar a gritos a su hermano, necesitaba su vida, solo eso. Pensando en gritos, recordó la vez en que Ramiro salió corriendo con Trasto en brazos, Trasto era el Basset que le había regalado su ex y que cuando rompieron la relación se quería llevar, Ramiro lo cogió, era su amigo, su compañero de juegos, era uno más y él no podía separarse de su mascota, se encerraron los dos en el garaje y no había forma humana de sacarlos de allí, cuando consiguieron abrir la puerta estaban los dos abrazados como niños, Trasto con sus patitas parecía acariciarlo mientras las lágrimas de Ramiro mojaban el pelaje color canela de sus grandes orejas, les costó sangre, sudor y lágrimas hacerle entender a Ramiro que Trasto se quedaría con él. Durante más de una semana se mantuvo alerta hasta asegurarse que el ex de Yolanda no volvería a aparecer por la casa, aún así no se separaba de Trasto, incluso dormía con él sobre la cama. Una lágrima suicida resbaló por su mejilla, ¿por qué?, ¿por qué le había tenido que pasar a él?, ¿quién podía quererle algún mal a una criatura como su hermano?, preguntas que llevaba mucho tiempo haciéndose y que seguían sin respuesta, aceleró al máximo esperando que no le pusieran ninguna multa, pero necesitaba llegar cuanto antes, necesitaba sentirse segura de nuevo, necesitaba un milagro.

—¿Dónde está mi hermano? —Preguntó nada más entrar en comisaría.

—El inspector Moreno te está esperando, pasa a su despacho, por favor.

—Gracias.

Llamó dos veces a la puerta con los nudillos y sin esperar respuesta entró en el despacho, en compañía de Alex estaban el comisario y otro inspector, al ver sus caras supo que no eran buenas noticias, su corazón no la engañaba y la seriedad de los allí reunidos tampoco.

—¿Lo habéis encontrado? ¿Dónde está? ¿Cómo está? —Empezó a asaetarlos a preguntas sin darles tiempo a responder ninguna de ellas.

—Tranquilízate —decía Alex mientras le apartaba una silla para que se sentara.

—Estoy bien así, gracias.

—Verá, señorita Duperly… la hemos hecho venir para darle una noticia antes de que se entere por terceros, que seguro dirán una cosa por otra, como pasa siempre en estos casos —empezó a decir el comisario.

—Quiere ir al grano, por favor, me está poniendo más nerviosa de lo que estoy.

—Lo que el comisario te quiere decir es que hemos encontrado un cuerpo…

No le dio tiempo a seguir, Yolanda se puso las manos en la cara y empezó a sollozar, quería ser valiente, durante todo ese tiempo se había estado preparando para lo peor, pero nada servía cuando llegaba el momento, un sabor amargo le llegó a la boca, en aquel momento creyó que iba a vomitar, agachó la cabeza y la puso entre las piernas esperando dominar la bilis que se le acumulaba en el esófago.

—Tranquila, no es Ramiro —le puso una mano sobre el hombro al tiempo que ella daba un respingo, levantaba la cabeza y abría unos ojos enormes, que a Alex le recordaron una obsidiana de tan negros, pero le pareció que tenían unas motitas blancas que atrapaban la luz, o pudiera ser que las lágrimas hubiesen producido ese efecto, el caso es que quedó atrapado en ellos, siempre le habían parecido hermosos, pero nunca como en ese momento.

—Gracias a Dios —dijo Yoli sintiendo un alivio momentáneo— aunque eso tampoco es que me deje más tranquila.

—Por eso queríamos comunicarte la noticia nosotros —continuó el comisario—, estamos seguros que correrán ríos de informaciones contradictorias, incluso llegarán a decir que es Ramiro, pero no lo es, de momento no sabemos quién es, pero lleva mucho más tiempo muerto que Ramiro desaparecido.

Después de bastante rato dando y pidiendo explicaciones Yolanda se marchó para casa, aquella noticia la había desconcertado todavía más de lo que estaba, ya no sabía qué pensar, se sentía cansada. Aquella tarde no iría a visitar a su madre, de todos modos ella tampoco se iba a enterar. Estaba abriendo el coche cuando Alex se le acercó por detrás.

—Te ves cansada, ven, vamos a tomar un café, te sentará bien.

—No tengo tiempo, pero gracias.

—No se parará el mundo porque te tomes un café conmigo.

—Yo no he dicho que tenga que parar nada, solo que no me apetece un café.

—Si no te apetece un café puedes tomar otra cosa, me gustaría hablar contigo.

—Lo que tenías que decirme creo que me lo has dicho allí dentro, no creo que tengamos nada más de qué hablar.

—¿Es necesario que rebatas cada maldita frase que digo?

Alex había levantado la voz algo más de lo deseado, se arrepintió al momento, Yoli se lo quedó mirando, cerró el coche y lo miró crudamente, si algo no le gustaba era dar el espectáculo en la calle y aunque no había mucha gente a su alrededor se sintió observada.

—Está bien, escucharé lo que tengas que decirme, pero que sea la última vez que me levantas la voz, tomemos ese maldito café.

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