Emily Dickinson, una poeta en su habitación

Emily Dickinson, una poeta en su habitación

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Por su miedo al exterior, una de las mujeres más brillantes de todos los tiempos, tomó la decisión de permanecer oculta del mundo. Dedicó su vida a la poesía y a la escritura aunque sus trabajos nunca fueron mostrados al público en vida. Sus ganas de permanecer en el anonimato y su extraña visión de la vida la hacen una de las figuras más representativas de la poesía americana. ¿Quién fue Emily Dickinson? ¿Qué la inspiraba? ¿Por qué se encerró en su casa?

Emily Dickinson fue una mujer brillante, desde niña se destacó en los estudios, pese a que no le gustaba estudiar, se dedicó a aprender sobre la naturaleza y la astronomía. Mantenía un cuaderno de campo en el que estudiaba las cualidades de las flores que mantenía en su jardín.

La vida de Dickinson es un misterio en muchos aspectos, pero fue porque desde el inicio de su carrera como escritora, decidió mantenerse en el anonimato. Emily era una persona muy solitaria, para lograr producir sus obras se escondía en su habitación y pasaba días en total soledad. El aislamiento era su terapia, la única persona que podía romperlo era su hermana menor Lavinia, quien se convirtió en la persona más importante de su vida. Su mejor amiga, su confidente y después de su muerte, la que se encargó de mostrarle al mundo su talento.

Su estilo de escritura la hizo distinguirse y destacar en el mundo de la poesía, sus versos son cortos y con palabras coloquiales. La poesía en su época se utilizaba para escribir largos textos sobre historia, política, cultura y moral. Dickinson se dedicó a escribir sobre sus sentimientos, sus pensamientos, las emociones y las pasiones.

La escritura era su terapia para escapar de la monotonía y de los dolores de la vida cotidiana.

Los detalles de la vida íntima de Emily tienden a ser confusos, la información proviene de los recuerdos de su hermana y de las hipótesis y deducciones de los historiadores quienes se han dedicado a estudiar sus cartas. De niña era sociable y tuvo numerosos amigos hombres, pero hubo dos personas que marcaron un antes y un después:

Benjamin Franklin Newton; fue un hombre muy educado que logró conquistar el corazón de Emily con su inteligencia y su carisma. Desde el primer momento en que lo vio sintió una conexión especial. Él se convirtió en su mentor, su maestro, lo admiraba profundamente, pero había algo terrible en su destino: estaba terriblemente enfermo de tuberculosis y estaba próximo a morir cuando la conoció.

Al fallecer, Emily entró en una profunda depresión. Se había despedido del hombre que más había querido y admirado. No se sabe con total certeza si Emily llegó a sentir atracción física por Benjamín, pero estaba totalmente enamorada de su inteligencia. Algunos historiadores la catalogan de sapiosexual.

Charles Wasdworth: fue un pianista muy reconocido internacionalmente que cautivó el corazón de Emily. La relación entre ambos fue muy especial, Charles estaba casado pero se convirtió en su mentor y confidente. Lamentablemente el amor no fue duradero porque Charles murió al poco tiempo.

La muerte de los dos hombres que habían logrado impresionarla la traumatizó, escribió numerosas cartas explicando su tristeza y en una de ellas se preguntó “¿Será que Dios está en contra del amor?”

A partir de 1862 su vida cambió totalmente, decidió recluirse totalmente en su habitación, excusada de querer dedicarse a escribir y escondiéndose de un terrible miedo a la muerte inminente.

Hundida en la depresión, encontraba consuelo en la soledad. Se convirtió en una persona muy extraña, evadía el contacto con el público, hablaba a través de la puerta de su cuarto. No recibía visitas y no quiso salir ni al funeral de su padre, que se efectuó en su misma casa.

Las pocas veces que salía del cuarto era para el jardín y no aceptaba compañía. Disfrutaba de las flores y los atardeceres con una característica muy particular: a partir de 1862 únicamente vestía de blanco. Su misteriosa figura rondaba por los jardines de su casa con largos vestidos impecables de algodón. Para ella, el blanco representaba la pasión, la intensidad y la pureza.

La escritora dedicó su vida eternamente a escribir, tiene más de 1.800 poemas escritos por ella, pero nunca conoció la fama, sino hasta después de su muerte, cuando su hermana menor registrando su cuarto encontró todos los manuscritos e impactada por la calidad de sus obras, decidió publicarlos y mostrarle al mundo el talento de su hermana.

Emily murió de nefritis, una enfermedad de los riñones, pero realmente la principal causa de su muerte fue la depresión. Si bien había pasado los últimos años de su vida recluida en una habitación ahogándose en su tristeza, su única alegría era su pequeño sobrino, hijo de su hermano mayor.

El pequeño murió de una enfermedad incógnita y esto desequilibró totalmente a Emily, quien murió poco tiempo después.

Fuente: Culturizando.com

Photo by orionpozo

Un día para olvidar (capítulo 6 parte 1)

Un día para olvidar (capítulo 6 parte 1)

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Aquella mañana abrió el correo con miedo. Como lo hacía cada vez que abría el buzón  desde aquella primera carta. El problema era que cómo hacía tiempo que no llegaba nada se había relajado un poco. Su subconsciente había dejado de estar tan alerta como los primeros días. Hacía más de una semana y no había vuelto a recibir nada raro, así que quizá había empezado a bajar la guardia. Pero allí estaba; un sobre blanco igual al anterior, sin nada escrito, sin un membrete, sin dirección, blanco inmaculado. Las piernas empezaron a temblarle. Cerró el buzón de golpe y entró en la casa, le pareció una tortura extrema. ¿No era bastante el dolor que tenían que había que seguir haciendo daño?, se lo preguntaba una y otra vez. Llevaba meses sin poder dormir una noche entera. Las pesadillas se sucedían una tras otra. A veces se levantaba a medianoche, se preparaba un vaso de leche caliente, o una tila, según el estado de agitación y se sentaba tras los cristales. Necesitaba a su hermano cerca, necesitaba el ruido de la televisión a toda voz, y escuchar a su madre regañarle para que bajase el volumen. Ramiro pretendía engañar a su madre bajando algo el volumen para volver a subirlo inmediatamente, al final siempre era ella la que mediaba entre los dos. Unas lágrimas traidoras empezaron a resbalar por sus mejillas, los necesitaba tanto, de pronto le faltaban las dos personas más importantes de su vida. Con manos temblorosas cogió el móvil y marcó el número de la policía.

—Comisaría de policía, ¿en qué puedo ayudarle?

—Ha llegado otra carta —fue lo único que acertó a decir.

—Perdone, ¿se puede identificar y decirme desde dónde nos llama?

—Me pasa con el inspector Moreno ¿por favor?

—Dígame su nombre.

—Yolanda… Yolanda Duperly.

No fue capaz de seguir hablando, ni siquiera había sido consciente de haber cortado la conexión. Se sentó hecha un ovillo en el sofá, la barbilla contra las rodillas y las manos rodeándolas, se quedó estática, sin moverse, sin respirar prácticamente. Las fuerzas la estaban abandonando.

Sonó el teléfono. Lo dejó sonar, no era capaz de contestar, estaba aterrorizada. Si era eso lo que pretendían lo estaban consiguiendo. Toda la voluntad de los primeros días, la fortaleza, la entereza la estaban abandonando. Sonó el móvil dentro del bolso que había dejado tirado de cualquier manera encima de la mesa. Lo escuchaba sonar, pero su voluntad no la acompañaba. Miró en derredor sin ver nada, ni siquiera era capaz de dilucidar lo que sus ojos debían buscar. Paró de sonar. Su corazón se tranquilizó un poco, los latidos rebajaron algo su frecuencia. Al cabo de unos minutos sonó el timbre de la puerta, de nuevo el corazón se le aceleró, estaba paralizada, nada la hacía reaccionar. La parte racional del cerebro le decía que debía abrir la puerta, la irracional le decía que podía ser la persona que echaba las cartas. Unos golpes en la ventana le hicieron que se tapara los oídos con las manos, se abrazase con más fuerza y se empezase a balancear.

—No, no, no, no, no, por favor que no sea, por favor no, no, no.

—¡¡Yolanda!!

Volvieron a golpear en los cristales llamándola.

—¡¡Yolanda!! Abre, sé que estás ahí, abre la puerta.

Le pareció que la voz era conocida, pero en aquel momento no estaba segura de nada, el terror la había paralizado.

La puertaventana que daba al comedor se rompió cayendo cerca de ella los cristales hechos añicos.

—¡¡¡Aaaaahhhhhh!!! —gritó aterrada, a la vez que caían los cristales rotos al suelo. Al tiempo que se tapaba la cabeza con los brazos una mano se posó sobre su hombro.

—Tranquila, somos nosotros, tranquila. Hemos venido a ayudarte —le dijo Alex acariciándole los brazos mientras el compañero buscaba la carta a la que ella había hecho alusión en su llamada.

Yolanda en aquel momento temblaba como una hoja. Tenía la mirada perdida y no reconocía a Alex que intentaba devolverla a la realidad sin demasiado éxito, incluso pensó en llamar a una ambulancia si seguía sin reaccionar.

—Aquí no hay ninguna carta —dijo el compañero de Alex.

—Busca bien, debe haberla dejado en algún lado, si no hubiese llegado otra carta no estaría así.

—Yolanda, por favor, tienes que darme la carta, o al menos dime dónde la has puesto.

Yolanda se lo quedó mirando como si viera un fantasma. Alex la zarandeó un poco, intentando hacerla reaccionar. Fue a la cocina a buscar un vaso de agua, le hizo beber unos sorbos. Por fin pareció que sus ojos cobraban vida, empezó a respirar con mayor lentitud, el ataque de pánico estaba remitiendo.

—No… no la he tocado —contestó sin demasiada seguridad todavía.

—Si no la has tocado, ¿dónde está? No la encontramos y es importante, lo sabes, necesitamos encontrar una huella, una pista, algo.

—No la saqué del buzón —indicó por fin.

Les señaló las llaves que estaban sobre la mesa. El agente que acompañaba a Alex las cogió y salió a la calle. Abrió el buzón de correos y efectivamente, allí había un sobre idéntico al anterior, blanco, sin mácula alguna, nada que les diera una pista. Algo que por otro lado ya esperaban. Lo entró en la casa y con mucho cuidado lo abrieron, no fuese a ser que se llevasen una sorpresa y no tuviera nada que ver con el caso. Por desgracia no fue así.

“Es dura la experiencia de vivir con miedo, ¿verdad?” era el nuevo mensaje, que como el anterior estaba escrito con recortes de periódicos, la frase les sonaba de alguna película pero ninguno sabía exactamente de cual. Ninguno de los tres era demasiado fanático del cine.

Hicieron fotos, tomaron huellas en el buzón y en el sobre, pero de nuevo; nada, el sobre estaba completamente limpio, Alex estaba seguro que los habían comprado en un paquete de esos que se compran en los almacenes o en los chinos y que van empaquetados de seis en seis o de diez en diez, si los hubieran comprado a granel, es decir, los que se compran en cualquier papelería, los dan en mano y alguien los toca, tendría alguna huella, aunque no fuese de los autores de la fechoría.                                                                                                             De todos modos metieron el sobre y la carta en una bolsa de pruebas y se los llevaron.

Alex no quería dejarla sola, pero supuso que su novio llegaría de un momento a otro, así que se despidió de ella diciéndole lo de siempre, que a la mínima cosa que encontrase rara o fuera de lugar los llamase de nuevo. Yoli asintió, todavía no parecía estar del todo en este mundo. Hizo un esfuerzo, se levantó de donde estaba y les dijo que quería ir con ellos a comisaría. Quería saber qué debía hacer y cómo podía parar aquel sinsentido. Había notado flaquear sus fuerzas y eso ella no se lo podía permitir.

—Está bien, si tienes ánimos para declarar nos vendría bien, pero sin forzar —le dijo—. Si no te sientes con fuerzas lo podemos dejar para mañana.

—No, quiero hacerlo ahora. Necesito hacerlo ahora.

Sonó el teléfono y todos se pusieron en guardia, el identificador de llamada anunciaba que era un número oculto. Alex le dijo que contestase, pero que antes  pusiera el manos libres. Con manos temblorosas descolgó el teléfono y conectó el altavoz tal como le habían aconsejado.

—Diga.

—Amor, te estoy llamando y nada, que no me coges el móvil. Llevo un rato y nada, me había asustado, por favor ¿cómo me haces esto?

Yolanda respiró tranquila, aunque no le hizo nada de gracia que la conversación con Álvaro fuese tan expuesta.

—Cariño, es que está aquí la policía, he recibido de nuevo otra carta anónima.

—Aaaarrrgggg. Pero ¿por qué no me lo has dicho antes? Voy para allá de inmediato, no hagas nada, ya sabes que no puede haber huellas. No te pongas nerviosa. Tu Alvarito llega en unos minutos.

—Tranquilo, ya te he dicho que está aquí la policía. Ellos se encargan de todo. La van a llevar al laboratorio a ver si esta vez hay algo.

—No deberías hablar de estas cosas con desconocidos —la recriminó Alex.

—Álvaro no es un desconocido, es casi de la familia.

Aquello le dio a entender que realmente era su novio, así que optó por hacerse a un lado.

—Está bien, nosotros nos vamos, ya vendrás cuando llegue él —le salió en un tono bastante despectivo que no pasó desapercibido para nadie.

—De acuerdo, en cuanto llegue Álvaro vamos a hacer la declaración.

Yolanda no se quedó tranquila, pero tampoco quería dar la impresión de que no estaba bien, bastante espectáculo había dado ya. Se le hacía muy cuesta arriba estar sola, aquella casa siempre había estado tan llena de vida. Tener un niño grande en ella era estresante, pero a la vez gratificante, había que estar siempre pendiente de su hermano mayor. A menudo aquellos días le venían a la memoria ráfagas de su niñez, cuando Ramiro la cuidaba, y la cuidaba tanto que su madre tenía miedo que le hiciera daño. La abrazaba de tal modo que incluso recuerda haber llorado de lo fuerte que lo hacía. También recordaba como le contaba su madre que mecía la cuna cuando ella nació. Ramiro se pasaba el día al lado esperando que ella se despertase para ponerle el chupete y no paraba de mecerla, aunque estuviera profundamente dormida, sonrió al recordar como narraba su madre que por mucho que le dijesen que no hacía falta, él no se separaba de la cuna, por eso ella había sido una niña feliz, sumamente feliz.

Sonó el timbre de la puerta, seguido de un: soy yo, cariño, tu Alvarito, que con todo lo que había pasado, la hizo sonreír. Álvaro era un amigo de verdad, siempre podía contar con él para lo que fuese, aunque estuviese de trabajo hasta arriba, si ella lo necesitaba lo dejaba todo y acudía a socorrerla.

—Hola, cielo, necesitaba verte —dijo Yolanda nada más abrir la puerta.

Yolanda se abrazó a él y dejó correr ríos de lágrimas, con él no le importaba, todas las lágrimas que no había derramado en todo el tiempo desde que Ramiro había desaparecido, las estaba llorando ahora.

—Tranquila, mi amor, desahógate, lo necesitas, mi vida. Saca todo eso que llevas dentro, es una carga demasiado pesada para ti.

—¡Ay!, Álvaro, esto es demasiado, creo que no lo voy a poder soportar.

—Tranquila, mi amor, ya verás como todo pasa y se queda en un susto.

—Ha pasado demasiado tiempo para que se quede en un susto, cada día que pasa estoy más desesperanzada.

—No digas eso, no quiero escuchar una palabra negativa más, acuérdate del karma, lo que piensas proyectas, así que quiero que pienses positivo, ¿ok?

—Está bien, tenemos que ir a comisaría, tengo que hacer una declaración sobre la nueva carta que ha llegado.

Cómo ha podido pasar una cosa así, se preguntaba de nuevo. Aquel era un pueblo tranquilo, ni siquiera era un pueblo demasiado grande, por eso se conocía todo el mundo, apenas había edificios altos, casi todo eran casas de una o dos plantas como máximo. Los niños jugaban en los patios, o en la calle si se terciaba. Los perros dormitaban a la sombra en verano y buscaban el sol en los fríos inviernos. Los padres estaban tranquilos, allí nunca pasaba nada… hasta que pasó. Yolanda se culpaba por no haber estado más pendiente de su hermano, tal como lo había hecho siempre su madre.

Un día para olvidar (capítulo 5 parte 2)

Un día para olvidar (capítulo 5 parte 2)

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Entraron en el despacho y antes de decir nada Yolanda tendió la carta al inspector, esperaba que estuviese al tanto del caso de su hermano, pero si no lo estaba le pensaba relatar todo con pelos y señales. El policía al ver la carta se puso unos guantes para no afectar a las posibles huellas.

—¿Cuándo has recibido esta carta?

—Estaba en el buzón esta mañana. Lo siento, no la vi entonces, pero esta tarde al volver del trabajo se cayó de entre el montón de propaganda que había en el buzón. No suelo recibir muchas cartas, la verdad, quizá por eso no la vi.

—Es una frase de “El sexto sentido” —aventuró Álvaro.

—Me he dado cuenta, es una película muy popular, ¿tienes idea de quién ha podido dejarla en el buzón? —preguntó a Yoli.

—No tengo ni idea, pero supongo que debe estar relacionado con la desaparición de mi hermano, a lo mejor quieren pedir un rescate.

—Si hubiesen querido pedir rescate ya lo habrían hecho, lo que no entiendo es que después de tanto tiempo salgan con esto. Si no teníamos ninguna pista, ahora nos las ponen en bandeja. Esto no tiene ningún sentido, la enviaremos al laboratorio y veremos si hay huellas. Las cotejaremos con la base de datos. Si hubiera cualquier cosa nos llamas, sea la hora que sea, ¿entendido?

—Eso hemos hecho —volvió a mediar Álvaro, que estaba como un flan.

—Vete a casa, si puede ser no te quedes sola, al menos esta noche, no creo que se atrevan a nada, pero mejor estar prevenidos.

—Tranquilo, inspector, yo me quedo con ella, y si nos escolta el inspector Moreno se lo agradeceríamos.

—¡Álvaro!

Álvaro sacudió el aire con la mano restando importancia a lo que él pretendió que fuese una broma.

Una vez en casa preparó unas tazas de tila, le dio una a Yoli y cogió otra para él, del bolsillo sacó un frasquito con unas gotas, puso unas cuantas en su taza y le dijo a ella si quería también.

—¿Qué es eso?

—Unas gotas maravillosas, me las receta mi homeópata, sobre todo cuando tengo que resistir emociones fuertes. No era bastante ver este pelo ¡Oh, dios, qué pelo! —Arrugó la nariz— Para que encima me hagas pasar por un trance como este, cariño, estoy atacado. Toma, que te pongo unas gotitas, verás que bien te sientan.

—No creo en la homeopatía, pero bueno, el agua con azúcar no creo que me haga daño.

—Tan descreída como siempre, no sé por qué sigo siendo tu amigo, no me lo merezco.

—No te preocupes, no se lo pienso contar a nadie, llevaremos nuestra amistad en secreto —se mofó Yolanda, eran amigos desde el parvulario, a aquellas alturas no creía que hubiese en el pueblo una sola persona que no estuviese al tanto de su amistad.

Álvaro hizo el gesto de clavarse una daga en el corazón, era un fanático cinéfilo y le encantaba sobreactuar, sobre todo si tenía que distraer de sus nefastos pensamientos a su amiga del alma.

—Nos vamos a relajar, vamos a poner una película y a comer palomitas, hoy vamos a mandar la dieta a.t.p.c.

—Te odio cuando me hablas con siglas —sabía que no decía palabrotas, pero las insinuaba a su modo—. Yo no hago dieta, lo sabes.

—Lo sé —le guiñó un ojo—, y lo noto, pero por esta vez te lo perdono. ¿Tienes videoclub en la tele? Qué película te apetece ver.

—Pon la que quieras, el experto eres tú —contestó Yolanda desde la cocina mientras hacía las palomitas.

—Podemos poner Psicosis jajaja, es broma, es broma.

—Mira que eres, te encanta ser el protagonista, pero si quieres esa vemos esa, cualquiera estará bien, sabes que no entiendo de cine, prefiero los libros.

—Estoy recordando una que me encantó…

—Seguro que sale Sandra Bullock, como si lo viera —lo cortó Yoli.

—Te equivocas, estaba pensando en un clásico, Atrapa a un ladrón, o Desayuno con diamantes por ejemplo, con ese Cary Grant y esa Grace Kelly o esa Audrey Hepburn y ese George Peppard, deberías aprender un poco de glamour de ellas, esas si que eran unas damas —decía Álvaro poniendo los ojos en blanco.

—Yo no soy una dama ni me interesa, a ti que tanto te gusta Sandra Bullock, me identifico más con Mis agente especial.

Álvaro se puso las manos a la cabeza.

—Por favor, no digas eso ni en broma, a no ser que sea en la segunda parte de la película, cuando consiguen hacer de ella una señorita.

Se decidieron por Atrapa a un ladrón, se sentaron en el sofá con el bol de palomitas entre los dos, poco a poco Yoli se fue relajando, apoyó la cabeza en el hombro de Álvaro y fue resbalando hasta quedar hecha una bolita, con la cabeza apoyada en sus piernas mientras él le masajeaba el cuero cabelludo y jugaba con su pelo, bajaron el tono de luz dejando como única fuente de iluminación la pantalla de la televisión.

 

Alex pasó por comisaría al terminar la jornada, como hacía siempre que se le hacía tarde en alguna investigación. Esta vez lo habían llamado por una pelea doméstica y le llevó más tiempo que otras veces. No era la primera vez que iba a aquella casa, eran como perro y gato, no podían estar juntos pero tampoco separados, el problema era que cuando estaban juntos se molían a palos el uno al otro, ya no sabía qué hacer, esta vez no se habían pegado. La esposa había dejado al niño solo en casa y había vuelto borracha. Una vecina al escuchar a la criatura llorar había llamado al 112 y se había presentado Alex, esperaba poder hacer algo, incluso amenazó a la madre con quitarle al niño y entregarlo a los servicios sociales. Cuando le bajó la borrachera se lo dijo muy serio, era la última vez que consentía aquello, una cosa es que ellos se tirasen los trastos a la cabeza, ya eran mayorcitos, pero el niño no tenía la culpa de su irresponsabilidad.

Estaba terminando de archivar los expedientes y haciendo los informes del día cuando vio encima de la mesa una carpeta con el nombre de Ramiro Duperly, le llamó la atención verla allí, la abrió y vio el informe y las fotos que habían hecho a la carta antes de enviarla al laboratorio. No se lo pensó dos veces, imaginó que Yolanda estaba sola en casa, así que fue a ver si necesitaba algo y si estaba asustada quedarse con ella aunque fuese delante de la casa dentro del coche para vigilar. Aparcó en la puerta. Vio que la casa estaba en penumbra, se asomó a la ventana y se quedó helado con lo que vio. Yoli estaba acaramelada en el sofá con el que supuso sería su novio, este le acariciaba la cabeza y comían palomitas, o sea que eran la pareja perfecta. En vista de que no parecía necesitar protección la llamaría por la mañana, se dijo. Verificaría temprano si ya estaban las pruebas. Desde ese momento sería lo que ella esperaba de él, un profesional. Le dolió, no esperaba encontrarla de aquella manera, nunca le habló de que tuviera pareja, pero vamos, la familiaridad era notoria, estaban en pijama viendo una película romántica.

Llegó a casa con ganas de descargar la tensión acumulada. Echaba de menos su saco de boxeo, le habría ido bien en aquellos momentos. El poli era él, pero le habían venido ganas de estrangular al pijito que estaba con ella. La verdad es que no lo vio demasiado bien. Había fisgado por la ventana, eso estaba penado por ley, esperaba que no se enterasen nunca o lo expedientarían. No le gustó. No le parecía que fuese alguien como para ella. Definitivamente no le gustaba nada, la verdad. Se preparó una copa, no solía beber, pero en ese momento lo necesitaba. Según el informe, ni la carta ni el sobre que le había llegado tenía nada escrito, ni con máquina, ni ordenador, ni a mano, o sea que era alguien del entorno. Cogió una  libreta y se puso a apuntar nombres de sospechosos, los que habían descartado y los que no. En realidad no había ninguno que tuviera demasiados puntos, pero de momento no pensaba descartar a nadie. Volvió a incluir a los padres de las niñas; unos okupas que vivían en una casa a las afueras y que de vez en cuando también se habían reído de Ramiro, aunque Alex pensaba que cuando lo hacían era porque estaban puestos de coca hasta el culo, pero no por eso dejaban de ser sospechosos. En el primer registro a la casa solo se les incautó un poco de coca y se les arrancaron unas cuantas plantas de maría que tenían en el jardín, aunque de allí dudaba mucho que saliera algo fumable, ya que las plantas estaban bastante raquíticas. Mientras anotaba cosas en la libreta iba repasando mentalmente todas las pesquisas y las declaraciones que se habían tomado. Se estaba volviendo loco entre unas cosas y otras. ¿Cómo era posible que no hubiera nada? Ninguna pista, ningún indicio, alguien que lo hubiese visto los últimos días, nada de nada. Dio un puñetazo sobre el mármol de la cocina, empezó a sangrar por los nudillos maltrechos, aquello le hizo sentirse mejor, no mucho, pero algo se había desahogado.

 

Los días transcurrían lentamente. Yolanda había dejado de pasar por comisaría definitivamente. No había novedades. La carta recibida no tenía huellas, aquello parecía obra de profesionales. Se había cruzado alguna vez con Alex por la calle, se habían saludado educadamente pero nada más, en alguna ocasión le había preguntado si había novedades, negando ella misma a continuación, contestando su propia pregunta.

—Qué tontería, supongo que si hubiera habido novedades me habría llamado alguien.

—Desde luego, sabes que es prioridad mantener a la familia informada.

—Muchas gracias, hasta pronto.

—Adiós, si recuerdas algo, por insignificante que sea, ya sabes, nos informas.

Cada uno se fue en una dirección diferente, ninguno de los dos miró hacia atrás.

Un día para olvidar (capítulo 5 parte 1)

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El correo aquella mañana llegó temprano, recogió las cartas y las depositó en la mesita del recibidor, las leería al volver del trabajo, ya que debía horas a la empresa y tenía unos días libres en la uni, así que rebajaría horas a ver si por fin se ponía al día.

Llevaba unos días muy calmada, pero su cabeza no paraba de buscar algo que pudiera servir. Desde el incidente del coche no había pasado por comisaría, le molestaba sentirse observada y a veces era así como se sentía. Era como si Alex pensase que ella tenía algo que ver en la desaparición de su hermano. Era normal que todas las familias tuvieran roces y más cuando se tienen dos personas dependientes en la misma casa. Durante las investigaciones que hizo la policía a raíz de la desaparición de Ramiro, Yolanda se sintió como un mono de feria. Su vida y la de su familia pasó de dossier en dossier y de departamento en departamento, así que ahora el que Alex la siguiera, o al menos eso parecía, por mucho que él lo negase, la hacia tomar precauciones, ni siquiera era consciente de haberlo planeado, pero un día se dio cuenta que lo hacía. Ella no tenía nada que esconder, a quién se le ocurriría pensar que ella le podía haber hecho algo malo a su hermano. Aunque parecía ser que la policía no pensaba lo mismo, así que esquivaba al máximo al intrépido policía como lo había apodado mentalmente.

Al volver a casa vio el montoncito de cartas encima del recibidor. Estaba cansada. Llevaba todo el día de pie atendiendo gente que no sabía muy bien lo que quería y le dolían los pies de mala manera. Se descalzó y cogió las cartas revueltas con publicidad. Una de las cartas cayó al suelo, le llamó la atención que no tuviera destinatario, le dio la vuelta y tampoco remitente, o sea que alguien la había echado al buzón directamente. Le pareció inusual porque no parecía una carta de esas de propaganda. En realidad era un sobre de lo más anodino, de esos que se usan para la correspondencia de los bancos pero sin ventanilla, blanco y completamente liso. Yolanda abrió el sobre y su extrañeza la dejó paralizada. Aquello no le podía estar pasando a ella. En el interior; un folio doblado en tres veces que al desdoblar llevaba unas letras recortadas de alguna revista o periódico, y que componían una frase que le hizo pensar en una película de Bruce Willis, El sexto sentido, la frase era la que repetía el niño “A veces veo muertos” ¿Qué significaba aquello? ¿Qué Ramiro estaba muerto? No, eso no quería ni imaginarlo. Ramiro aparecería con vida en cualquier momento; lo presentía, tenía que ser así. Se desplomó, en aquel instante aquella situación superaba sus fuerzas. Necesitaba descargar peso de sus hombros y sus hermanos lo veían todo desde la distancia. Con razón los investigaban, eran buena gente, pero para Javier, su hermano mayor siempre había sido un lastre, ni siquiera había querido que fuese a su boda, algo que a su madre no le sentó nada bien y acabó siendo un conflicto familiar. No es que no quisiera a su hermano, es que se avergonzaba de tener una tara semejante en la familia, y Montse, su mujer, no ayudaba, era tan “pseudopija” que cuando Ramiro le daba un beso se limpiaba la cara como si se le fuese a contagiar. Marina fue a la boda de su hijo, pero solo estuvo durante la ceremonia religiosa. Después de todo, era su hijo, y quiso entregarlo en el altar. Yolanda y Juan no quisieron dar que hablar y se quedaron, excusando a su madre como pudieron ante los invitados. Ese fue el motivo por el cual la relación entre los hermanos desde entonces no era demasiado fluida. Aunque de cara a la galería pareciese que todo estaba bien. A Yoli le dolía aquella situación, no entendía a su hermano, pero era su vida, lo malo de todo esto era que en la investigación, no sabía cómo, todo había salido a relucir en el informe policial y ella no estaba acostumbrada a que se airease su intimidad. Los trapos sucios se lavan en casa, decía siempre su madre.

Se tuvo que sentar en la silla que encontró más cerca, las piernas no la sostenían, se dio cuenta que estaba arrugando la carta entre las manos y tenía que llevarla a analizar, ¿quién podía quererla tan mal para hacerle algo así?, ¿no tenía bastante ya con lo que le había pasado? Aquello era muy cruel.

Cuando se repuso del primer impacto emocional intentó pensar con la cabeza fría. Había tocado la carta con las manos, pero es que no esperaba algo así, por lo tanto estaba exenta de responsabilidad, se dijo, estaba temblando, quería pensar pero estaba completamente bloqueada. Sonó el timbre, dio un respingo, el temblor que sentía se intensificó, no acertaba a preguntar quien era, en aquel momento estaba aterrorizada.

—Cariño, ¿estás ahí? Muñeeecaaa —gritaba alguien a través de la puerta mientras golpeaba con los nudillos.

Yolanda contuvo la respiración, estaba aterrada… al escuchar la voz de Álvaro volvió a respirar con algo más de tranquilidad. Álvaro era su amigo del alma, desde los tiempos del parvulario que se conocieron, no se habían dejado de ver o de hablar, cuando alguno no estaba, normalmente Álvaro, ya que Yoli pocas veces se ausentaba, y si lo hacía era por poco tiempo, al verse de nuevo era como si no hubiese pasado un solo día, se adoraban.

—Hola, amor, me alegro tanto que hayas venido —dijo Yoli nada más verlo y abalanzándose a su cuello.

—Mi reina, qué pelo más estropajoso llevas, pareces la Barbie escarola mi amor —decía con afectación frotando las puntas de su rizada melena entre los dedos, en eso Yoli arrancó a llorar sin poder contener tantas emociones juntas —¿Qué pasó, mi amorcito? Cuéntale a tu Alvarito qué te pasa, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.

—Mira —le tendió la carta anónima que había recibido.

—Arggg, ¿esto qué es? —dio un gritito cogiendo la carta con dos dedos —. Amor esto hay que denunciarlo, vamos ahora mismo, y de paso vemos al inspector ese de dos metros, hummm, no sabes cómo me pone. Lástima que sea hetero, si es que la miel no está hecha para la boca del asno —hacía muecas a cual más afectada, por fin hizo reír a Yoli que era lo que pretendía.

El pelo podía esperar, se dijo Álvaro cerrando los ojos ante aquella indomable mata de pelo. Aquello era muy grave y tenían que llevarlo a la policía lo antes posible, y de paso ver al guaperas del poli, se decía casi relamiéndose de gusto. No entendía que Yoli lo martirizase de aquella manera cada vez que le enviaba un whatsapp con las cosas que le pasaban. Álvaro se echaba a morir, desde que había empezado todo aquello se había empeñado en emparejarlos, él veía la pareja perfecta, vale que eran casi dos metros de fibra, vale que Yolanda pasaba poco del metro y medio y estaba algo sobradita de kilos, pero era una muñeca, en ella hasta quedaban bien. Si no fuera por el pelo, qué cruz señor, ese pelo, era la pesadilla de cualquier estilista, y más uno como él, se había empeñado en hacer algo con aquel estropajo que tenía en la cabeza, pero Yolanda no colaboraba demasiado. En cuanto él salía por la puerta, ella lo dejaba a su libre albedrío, y si le molestaba, se hacía unas coletas y andando, Dios mío, dame paciencia, acababa siempre las frases.

Llegaron a comisaría casi sin aliento. Álvaro era bastante histriónico y muy cinéfilo, así que se metía en el papel de cualquier actor de la última película que hubiese visto.

—Queremos hablar con el inspector Moreno, gracias —dijo Yoli en cuanto atravesaron la puerta—, tengo novedades sobre el caso de mi hermano.

—En seguida les atiendo —dijo el agente de guardia en aquel momento—, pero el inspector Moreno no se encuentra aquí en este momento.

—¡Pues llámalo!, es cuestión de vida o muerte —exageró Álvaro.

—Cielo, no me pongas más nerviosa de lo que estoy —se quejaba Yolanda.

—Amor, no quiero ponerte nerviosa, pero esto es muy grave. ¡Por favor! Qué alguien atienda a esta niña, esto no puede estar pasando, si esta criatura es un ángel.

—El inspector Jiménez les atenderá, pueden pasar a su oficina.

Rechazan un homenaje a Enid Blyton por racista.

Rechazan un homenaje a Enid Blyton por racista.

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La Casa de la Moneda británica ha vetado un homenaje a la autora de “Los cinco” o “Torres de Malory” por miedo a una reacción violenta contra sus ideas, piensan que pueden considerarla considerarla “racista, sexista y homófoba”

Parecía una propuesta inofensiva, una celebración del imaginario colectivo, un guiño a los libros que han devorado generaciones de británicos -y españoles- en las últimas décadas.

El 28 de noviembre de 2018 se cumplían 50 años de Enid Blyton y era la ocasión de emitir una moneda con su efigie. Pero alguien llegó y advirtió a la Royal Mint de que esta dama londinense no tenía derecho a semejante conmemoración por “racista, sexista, homófoba, y escritora poco reconocida”. Parece ser que la sociedad retratada en las historias podría provocar, así argumentan, una furiosa respuesta por parte de los ciudadanos británicos del siglo XXI. El lacrosse y la ginger beer convertidos en acicates de lo políticamente correcto.

El veto tuvo lugar en diciembre de 2016, pero es ahora cuando han trascendido las actas de la reunión en la que el comité de expertos -Royal Mint Advisory Commitee- tumbó el proyecto. Según el diario Daily Mail, que afirma haber obtenido dichos documentos “en virtud de las leyes de libertad de información”, en ellos se puede leer textualmente frases como estas:

Se sabe que ella era racista, sexista, homófoba y no era una escritora muy respetada“.

“Profunda preocupación de que este tema trajera reacciones adversas… preocupación por la respuesta violenta que pudiera resultar de esto”.

Los comentarios en la prensa y en las redes sociales han sido abrumadoramente favorables a la escritora, que vivió en los años 1897-1968, que fue la J.K. Rowling del siglo pasado. Los libros de “Los cinco”, “Los Siete Secretos” o “Las mellizas en Santa Clara” siguen traduciéndose y vendiéndose en todo el mundo. Hasta la fecha, se contabilizan más de 600 millones de ejemplares.

Fuente Cope internacional.

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