La fruta prohibida

La fruta prohibida

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Las palabras son algo mas que signos y, al escribir sobre momentos inolvidables, sentimos su magia en el resplandor que ilumina nuestra mente.
Podemos reavivar con ellas el fuego que dormía en nosotros y que, inevitablemente creíamos desaparecido. Algo así como a Proust le ocurrió con su apetecible magdalena -que despertó en él momentos de recuerdos escondidos y aparentemente olvidados- un perfume, o una melodía inesperada, pueden desatar nuestra imaginación y regalarnos algo parecido a ese instante ya pasado y al cual evocamos. Hoy, ella, aún saborea el recuerdo de esos cabellos flotando sobre el azul del mar como una dorada medusa y oye su risa clara que le llama para jugar juntas, rompiendo las olas.
Sólo una vez lo hizo y, amparándose en la libertad que permite el cariño entre amigas, abrazó su cuerpo desnudo, hizo piruetas entorno a su bella deseada, para sentirla entre sus piernas, entre sus brazos, junto a su boca.
La cercanía transformaba en más lejana la consumación de su sueño, dada la sorpresa y la incredulidad que provocaba.
Ella deseaba el supremo placer del contacto piel con piel, de los eternos besos, de sentir a dúo, de amarse libremente. Pero ese intenso calor, esa llama desconocida que jamás antes había vislumbrado, no era compartida.
Nunca más pudo hacerlo, ni tan siquiera debía intentarlo, hubiera perdido esas migajas, y, el saber que jamás sería suya, acrecentó su dolor. Aprendió con ahínco a alcanzar a solas el climax que había vislumbrado en su abrazo, y que no le proporcionaban las lícitas caricias, las de su hombre, a pesar del amor que le ofrecía con devoción. Era el hermano de su amada.
Aún recuerda cuando la conoció , fue un día cualquiera, en el seno de su nueva familia.
Y, fue también entonces cuando supo que, su sola presencia, le provocaría la pasión dolorosa e insoportable que ya no podrá compartir con nadie.
También supo que, al fin, sin remedio, se contentará con una bella, aunque no sincera amistad.

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Insomnio

Insomnio

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Al bajar del taxi y, mientras cruza la acera y se quita los guantes, escarba en su bolso a fin de encontrar las llaves del portal que se habían escondido entre sus cosas. Normalmente, en su casa no las necesita, siempre hay alguien que le abre; ahora, contiene la respiración observando el llavero. Su memoria le trae recuerdos de su padre, eran sus llaves, con aquella placa de una agencia de transportes en la arandela, un obsequio navideño, seguramente.

Se introduce en el viejo zaguán que aún conserva huellas de su origen a pesar de las desafortunadas reformas que se le han hecho, y, abriendo la puerta de un moderno, aunque modesto ascensor, sube hasta el tercer piso. Allí comienza de nuevo a trastear el llavero con dificultad, debido a la penumbra en que se encuentra el rellano, a pesar de estar prendida la luz. Se abre la puerta que enfrenta a la que quiere tener acceso y unos pequeños y arrugados ojos, pegados al rostro de una encogida mujer, sonríen gozosos después de unos segundos.

Justo lo que ella quería evitar, encontrarse con los antiguos vecinos, no en vano eligió esa hora tan temprana.

– Elenita, ¡Qué gusto verte!

Hace años que le llaman Elena y el diminutivo le sabe a pan con chocolate

– Hola, Doña Engracia, he venido a entregar las llaves, van a limpiarlo, lo queremos vender.

– ¡Qué lástima, hija!, con lo que yo os quería a todos, pasa un poco y cuéntame algo.

– No puedo, están al llegar, pero todo en orden -dice intentando desasirse de la vecina- ¿Ricardo bien? -pregunta, sintiéndose obligada a hacerlo, iban juntos al colegio

– Pues sí, eso dice, se fue a vivir a Holanda con un trabajo fijo y viene poco.

– Bueno, perdone, ya hablaremos en otro momento, tengo que entrar antes al apartamento.

– Pasa luego, hija.

Abre la puerta y la vista le hace retroceder, la sensación de abandono es evidente: papeles que decoraban las paredes cuelgan desprendidos como hojas marchitas y el suelo no se deja ver por la capa de polvo, sólo unas pisadas que denotan una visita reciente: el tipo de la agencia, seguramente, para valorarlo.

Mira sus zapatos de ante negro y observa que están muy sucios. No le importa, continua su viaje en el recuerdo, algo que no había previsto al ofrecerse a entregar las llaves. No podía escabullirse otra vez, dejándolo todo en manos de su hermana.

Hay una banqueta de baño, olvidada por su deterioro, que le invita a sentarse mientras observa la pequeña cocina, sin dar crédito a que se trata de la misma en la que ellas merendaban y hacían los deberes mientras, su madre, planchaba y oía los seriales en la radio. No la recordaba así.

Se levanta decidida y abre la puerta de la habitación que compartía con su hermana. Ahí sí se apoya en el dintel de la puerta y contempla la marca en la pared que dejó el cabecero de su cama. Cierra los ojos y piensa en el póster del Dúo Dinámico, antecesor del de los Beatles, de las veces que los besó antes de acostarse, y su rostro se ilumina con una infantil sonrisa y, por un momento, recuerda sus primeras sensaciones a flor de piel al pasar por la habitación de sus padres, y se ve pidiendo un sitio junto a ellos, tiene miedo. Su madre la abraza y la duerme con cariño.

Entonces recuerda cómo aquella mujer guapa y risueña se convirtió en la anciana solitaria que terminó su vida sola, en esa casa; cómo sus brazos perdieron la capacidad de abrazar y aumentó la necesidad de ser abrazada por quienes no encontraban el momento de hacerlo; cómo sus manos sarmentosas tejieron hasta el final bufandas que no gustaban a nadie.

Se niega a seguir pensando. Ya pasó -se dice- pero sale de la casa, sabiendo que, esos fantasmas que su acomodada vida había silenciado, volverán de nuevo para no dejarla dormir.

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Renacer

Renacer

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He dejado el bolígrafo sobre la mesa y cierro los ojos, no puedo, me resulta imposible transmitir mis pensamientos, no encuentro las palabras.
Quisiera escribir algo que, al leerlo yo misma, me hiciera vibrar, amar, sufrir o reír, pero ninguna palabra se ajusta a mi sentir y, por mucho que las mueva, cuan fichas de dominó, no alcanzan a encontrar un orden que pueda representar ni un solo sentimiento.
Conozco esa laxitud que me invita a hacer nada, que me fija los ojos en un techo mudo sin permitir que los cierre, manteniéndome en vigilia horas eternas, de las que ningún pensamiento que haya acudido a mí, es digno de ser recordado. Y despierto de ese falso sueño con el deseo de poder hallar una conjunción astral que inspire mis cualidades, y así demostrar que no estoy hueca.
Miro el reloj y me asusto, es la hora de recoger los niños del colegio, salgo corriendo a por ellos, pensando en la angustia que vivirán si se encuentran solos y, me doy cuenta que siento y que padezco. Bien, me digo, parece que voy saliendo del inmenso pozo.

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Cuando era niña

Cuando era niña

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Cuando era niña le gustaban los días de lluvia, pegar su frente contra el cristal de la ventana y observar el recorrido del agua entre las tejas árabes de las casas, al otro lado de la avenida.
Había días más especiales que otros y ella aprendió a apreciarlos en aquel invierno lluvioso como no se ha conocido otro, y en el que, merced a la operación de su pierna,  pasó observando la vida desde la acogedora salita, convertida ahora en su paraíso particular, donde reposaban sus libros, sus dibujos,  y hasta su querida colección de muñecas.
Su madre,  una encantadora mujer muy de su casa, no podía ocuparse de ella en todo momento debido al tiempo que empleaba en realizar sus quehaceres, aficionándose la niña ese invierno a la lectura de los libros que le prestaban sus amistades, aunque, la mayor la parte del tiempo, su preferencia estaba fuera, observando el exterior y deleitandose con sus descubrimientos.
En algunas ocasiones,  arrodillada ante los cristales del amplio ventanal,  trazaba con su dedo un sendero inventado para encauzar las gotas de lluvia que, ellas, sumisamente, seguían sin protestar.  Lo más curioso era cuando pasaba por su calle algún coche fúnebre, carrozas extremadamente lujosas, tiradas por parejas de hermosos caballos muy blancos, en contraste con la negrura de los penachos de plumas y los ropajes de los cocheros, destacando del conjunto el colorido de las coronas que colgaban a los lados de la carroza.
Otras veces observaba cómo las mujeres entraban y salían del taller del zapatero de la esquina, que sabía mucho de poner remiendos, y cubrir así los agujeros de las suelas, pudiendo ser usados una temporada más.
Aquella pareja, de una edad madura, trabajaba muy bien, él siempre con unos pequeños clavos que situaba entre sus dientes para remachar los zapatos y ella sacando lustre y disimulando cicatrices en la gastada piel, a base de betunes y tinturas.
También veía pasar a las mujeres de la parroquia cuando transportaban una pequeña hornacina conteniendo una imagen, la cual depositaban o recogian en casas de las familias de los feligreses abonados, y que lucían durante una semana en sus hogares, siendo ésta una excusa para recibir visitas de vecinos y parientes que pasaban a contemplarla. El fervor estaba en la calle en un país donde su máximo dirigente paseaba bajo palio y las asociaciones católicas vigilaban el recato y candor de las féminas de la reserva espiritual de Europa.
Pero, aconteció un hecho que la niña no comprendió bien, consistiendo éste en que, de repente, por la puerta del zapatero ya no entraban ni salían las mujeres de días pasados, que se paraban a charlar y que daban vida a aquella esquina. Incluso las que vivían en el mismo lado de la calle, preferían hacer el trayecto, evitando pasar por allí. Poco a poco, a los zapateros,  les fue faltando el trabajo y acabaron por cerrar el pequeño negocio.
Tiempo después, la ya mujer en que se había convertido la niña, supo que, por aquellos días de su obligado encierro, corrió la voz de que el zapatero y su pareja no estaban casados como Dios mandaba, así que, en bien de la moralidad y a fin de no corromper su honestidad, las mujeres del barrio dejaron de solicitar sus servicios. Faltaría más.
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MANIPULANDO IMÁGENES

MANIPULANDO IMÁGENES

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Allí estaban, junto al mar y frente a la Catedral de Marsella, situados alrededor de un pequeño deportivo vintage de estridente color y estilizadas formas. Eran tres, creo recordar -con buen tipo, buenas maneras y mucha juventud- los que recostaban sus caderas contra aquella encantadora carrocería, preparados para el momento en que su imagen se grabara en los sofisticados aparatos fotográficos de aquellos,  sin duda profesionales, que los rodeaban.

Era un día de otoño de cielo azulino en el que, el viento del día anterior había eliminado todo rastro de nubes. La temperatura invitaba a disfrutar del paisaje y yo me detuve a observar las escenas que, en ocasiones, nos brinda la vida destacando un tanto de lo habitual. Mi curiosidad es constante y, en definitiva, me enseña y distrae de algunos pensamientos que, a menudo,  se niegan a dejarme en paz.

Se dirigían entre ellos estudiadas miradas de complicidad,  sabiéndose guapos y atractivos como demostraba el hecho de haber sido elegidos para aquel rodaje, seguramente promovido por alguna empresa de cosméticos o perfumes. Llamó mi atención un chico que andaba de un lado a otro tras el que portaba la cámara, moviendo un paraguas pequeñito y negro que intentaba matizar aquel sol mediterráneo, tan horizontal y rutilante, antes de que se pusiera, hundiéndose en el mar y dejando tras sí su rosado resplandor. 

Todo me admiraba, desde las coquetas pajaritas en sus almidonados cuellos, hasta las intensas tonalidades de los tejidos empleados en sus ropas, de todo punto imposible elegidas al azar.

Hacían como que charlaban, sonriendo siempre y sacando el máximo partido a sus particulares guiños, que ellos sabían atractivos, seguramente a causa de haberlos repetido hasta la saciedad frente al espejo, en sus instantes privados

En mi fantasía, los imaginaba yo en otro momento, lejos de ese sábado feriado, en sus trabajos habituales que seguramente serían muy diferentes y, en los cuales, bien sentados en sus oficinas, puliendo madera o reparando motores de coches y, cerrando por unos momentos los ojos, habían soñado el gran instante que estaban viviendo.

No sé el motivo de que sólo hubieran tres muchachos pero yo imaginaba junto a ellos una sofisticada y refinada mujer como la Grace de Alta Sociedad, aunque, no satisfecha, intenté incluir a su lado, en mi ensueño, a la gran Sofía Loren, en el caso de existir la posibilidad de que, en el anuncio, saliera ella de su coche paseando a esos tres jóvenes cachorros, sujetos con una cadena de diamantes. Demasiada mujer para tan inexpertos muchachos. Yo los hubiera cambiado a los tres por un Marcelo Mastroiani y, hasta las campanas de la catedral, habrían repicado ante tanta belleza. También a mí me gusta soñar despierta.

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