Poseso

Poseso

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Esa mañana desperté con cierto impulso maligno, abrumador deseo de oscurecer al mundo. Hoy, desde el encierro, no acierto cavilar acerca de lógicas explicaciones; la sabiduría de mi sicoanalista no ha resultado suficiente. El horror de aquella mañana; del cómo me introduje en la casa de Larie y su marido, quienes tanto me estimaban y yo tanto respetaba; y, con rifle en mano, disparé sin compasión, cercenando sus vidas y las de dos de los tres infantes; deambula en mi mente sin descanso. Recuerdo como, mientras horadaba sus cuerpos, una insistente voz en mi consciencia me decía que Larie lo merecía, que antes ella había tomado una vida y una herencia; que su existencia cargada de lujos y felicidad no le pertenecía. Las imágenes de sus cuerpos dispersos por la sala, cocina y habitaciones; mis pasos, dibujando huellas de sangre por doquier y hasta la puerta de mi casa; mi ropa, salpicada de vida y de muerte; gravitan sin cesar; y ese perturbador reflejo sobre el espejo de mi recibidor, luego de la masacre; esa silueta oscura y tenebrosa; de negras órbitas, entreabierta boca, orejas puntiagudas y rostro distorsionado que, estoy seguro, no era yo; se reitera en mis sueños, haciéndome despertar con agitada respiración. A veces, cuando me odio con vehemencia, más que verla, la escucho afirmarme que he sido el instrumento para la ejecución de un acto de venganza concebido, desde el inframundo, por quien se ocupó de resguardar de mi rifle la vida de su estirpe.

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El ascensor ( El desenlace )

El ascensor ( El desenlace )

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Por unos momentos, Patricia creyó estar soñando y que se despertaría de aquella pesadilla.
Allí sobre aquél sofá, yacían muertos sus amigos. Martín, Marta, Almudena, Manuel y otros dos chicos amigos del primero.
Todos tenían la lengua fuera, con marcas en el cuello de haber sido ahorcados. Sus rostros mostraban aún un azulado, propio de la falta de oxígeno al morir.
No se atrevió a tocarlos. Notó como todo le daba vueltas, y sintió flojear sus piernas hasta caer al suelo por la impresión.
Cuando abrió los ojos de nuevo, el panorama era bien distinto.
Estaba tumbada sobre un sofá que ya conocía, pues se trataba del salón de su amigo Martín.
Vio como todos bailaban desinhibidos, mientras bebían al son de la música, que Marta llevaba grabada en un pendrive para la ocasión.
__Hola bella durmiente, le dijo al oído precisamente esta. __ Ya es hora que despiertes guapa, nos tenías preocupados.
__ Como he llegado hasta aquí?
__ Jajaja jajaja, chicos contestó Marta, me pregunta cómo ha llegado aquí?
__Debe ser que el cubata te sentó fatal Patri. __Pero si hemos llegado juntas!!
__ No, eso lo recuerdo bien.
Tú subiste en el montacargas y yo en el ascensor.
__ Definitivamente aún estás con el pedo cariño!
__ Venga arriba!! dijo Martín, a bailar.
Patricia sentía un fuerte dolor de cabeza y la luz le molestaba muchísimo en los ojos. Almudena se sentó junto a ella y Patricia trato de contarle, lo que le había pasado.
Fue en ese momento, cuando se dio cuenta de que todos sus amigos, llevaban sueter de cuello alto.
Un pánico imposible de controlar se adueñó de ella.
Tuvo el impulso de bajar el cuello subido a Almudena y vio la marca marcada de la cuerda.
Es mismo impulso la hizo levantarse del sofá e incorporarse, para ver el cuello marcado de cada uno de ellos, idéntico que el de la primera.
__Estáis todos muertos!! grito.
Toda la habitación se quedó en penumbra.
Cuando abrieron la puerta del ascensor, Patricia estaba caída de medio lado, con un vómito reciente. Había varias personas adultas, que la ayudaron a incorporarse.
Ya fuera del ascensor, preguntó por su grupo de amigos.
—Lo siento guapa, pero aquí no había nadie más que tú!! Le contestó un señor.
— Pero yo venía con una amiga a casa de Martín, del noveno D.
—Martín?? Aquí no vive nadie con ese nombre hija. En esa puerta vive un matrimonio joven , con una bebé de seis meses.
—¿Cómo sabían entonces que estaba atrapada en el ascensor?
— Porque antes de desmayarte, te dió tiempo a pulsar la alarma, y Marisa del quinto B, oyó y avisó al presidente.
Patricia no daba crédito, estaba segura de lo visto. Todo parecía tan real!!
—Debo irme , dijo Patricia.
—Muchas gracias por todo, pero mis padres estarán preocupados por mi.
Gracias por todo, volvió a repetir.
De nada guapa, le contestó un señor ya entrado en años .Te acompaño al portal ,es hora de cerrar la puerta con llave.
—¿Con llave? preguntó Patricia.
Si, a estas horas ya no entra, ni sale nadie del edificio, contestó.
Bajaron en silencio los pisos hasta llegar al portal.
—Ven por aquí cuando quieras, le propuso el señor.
Patricia alargó su mano para despedirse y el hombre la cogió con la suya. Patricia noto una frialdad en ella ,como si tocase mármol.
Salió rápidamente a la calle y quedó mirando, como el señor cerraba. Este levanto la barbilla hacia arriba y Patricia volvió a ver en su cuello, la marca de la cuerda.
Corrió todo lo que pudo, perdiéndose entre la niebla que a esas horas, se adueñaba de la ciudad.

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¡Vamos a jugar!

¡Vamos a jugar!

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—¡Venga, papá! ¡Vamos a jugar!

—Ahora no puedo Anita, tengo que terminar este trabajo.

—Nunca quieres jugar conmigo— me increpó, agarrándome de la camisa con sus diminutas manos.

Suspiré y, después de quitarme las gafas, me masajeé el tabique nasal. Quizá fuera mejor parar un momento y descansar. Tanto tiempo delante de la pantalla del ordenador no podía ser bueno; todo el mundo lo decía.

—Está bien. Jugamos al escondite. Tú te escondes y yo te busco. Pero solo una vez, ¿Vale?

Sin decir una palabra salió corriendo de la habitación.

—No me encontrarás nunca —gritó desde el pasillo.

Difícil no encontrar a una niña de seis años en una casa de ochenta metros cuadrados. Tres habitaciones, una sala, una cocina y un pequeño baño; pocos sitios donde esconderse… pocos sitios donde buscar.

—¡Voy!

Salí de la habitación y comencé a buscarla.

De aquello hace ya dos años.

«Imposible que saliera de la casa; la puerta principal la cierro con llave. Siempre me ha dado miedo que Anita abra la puerta a algún desconocido», le conté a la policía.

Además, yo sé que está aquí, escondida en algún lugar.

Todavía huelo su colonia cada vez que salgo al pasillo, escucho su risa burlona como un eco interminable, proveniente desde algún recóndito lugar de la casa, oigo sus pasos, cambiando de escondite cada vez que me acerco a ella.

Sé que está aquí porque de vez en cuando me estira de la camisa por detrás… pero cuando me vuelvo, solo logro percibir una sombra que se desliza hasta otra habitación. Y entro en ella, siempre pensando que esta vez la voy a encontrar, pero se me vuelve a escapar… y se ríe de nuevo.

Hace ya dos años desde que me dijo «No me encontrarás nunca».

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TURNO DE NOCHE (desenlace)

TURNO DE NOCHE (desenlace)

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Uno de los ganchos que sujetaba las llaves de la cámara frigorífica, saltó de la pared, el ruido del manojo contra el suelo, me despertó de aquel recuerdo.

Las recogí, y eché una mirada rápida a la superficie, buscando el pequeño garfio, no lo encontré, daba igual ahora mismo, debía de ir a la cámara sin demora.

Subí con apremio las escaleras, debía de buscar la cámara número tres, cogí la llave correspondiente, la metí por la ranura, abrí la puerta, y me dispuse a entrar y ver si la cámara estaba vacía o no de una vez por todas.

El frío que sentí nada más abrirla, me recorrió de los pies a la cabeza, me adentré, y tuve que encender la luz, era muy poco lo que alumbraba, la bombilla parpadeaba a punto de agotarse de un momento a otro.

En la cámara, había una camilla, una sábana blanca la cubría en su totalidad, era evidente que no estaba libre por el bulto que asomaba, lo más lógico, hubiera sido salir de ahí pitando, decirle a mi jefe que estaba ocupada, haber esperado a que pasaran las horas, y volver a casa, pero reparé que uno de los brazos de la persona que se encontraba debajo de la sábana, colgaba por uno de sus laterales.

Me acerqué, me quedé mirando aquella prominencia, pensé en lo absurdo de todo, agarré la sábana por uno de sus extremos, y la arranqué con furia, miré a la persona que se encontraba frente a mi, cuando lo reconocí, miré la fecha de la muerte, perdí el equilibrio y caí al suelo, me volví a levantar, y esta vez me froté los ojos para confirmar lo que ya había visto,la fecha era anterior a cuando lo vi ayer en el umbral de la puerta, entonces escuché un sonido que me resultó familiar, de uno de sus bolsillos, cayó una de mis canicas, el clinc que hizo al caer, me dejó completamente absorto.

EPÍLOGO

Mi psicólogo me pide que escriba todo lo que llevo en mi cabeza, lo que ocurrió de verdad, escribo todo tal como lo veo, aunque…a veces dudo, me facilitan pastillas cada cierto tiempo, ayer mi doctor me insinuó, que lo que cuento solo está en mi cabeza, que no es real, que mi cabeza está enferma, pero que no debo preocuparme mientras esté ahí, no le contesto, solo lo miro y asiento.

-Tienes una visita Manuel, mira quien ha venido a verte.

Hacía muchos años que no veía a Silvia, ella era una tata que tuve cuando era pequeño, realmente yo ya tenía una hermana, pero me separaron de ella para llevarme a aquella casa y darle un hermano al “monstruo”, mi hermana de verdad es la única persona que siempre me ha querido.

La veo cambiada, ya no es como la recordaba, ha engordado bastante y se le nota el paso del tiempo, lo único que no ha cambiado ha sido la forma de mirarme.

-Te deberían haber encerrado hace ya muchos años, estás loco Manuel, han tardado demasiado en recluirte, por tu culpa, mi infancia fue una auténtica mierda, me has jodido la vida, por ti, me metieron en un centro, porque mis padres se creyeron tus mentiras, a mi ni siquiera me quisieron escuchar, tienes lo que te mereces porque estás loco, loco Manuel, ¡que te jodan¡

Ni siquiera me dejó intervenir, lo soltó de sopetón, fue una carrera sin parada, como si lo hubiera tenido guardado dentro de si misma y hubiera estado esperando este momento.

Acercó su cara a la mira y noté su aliento con sabor a nicotina, no me disgustó, entonces me escupió, yo me quede quieto y mi memoria volvió a revolucionarse sin retorno.

-¡Tata, tata¡, ¿jugamos al escondite?

-No me apetece enano, no seas pesado, ¡déjame en paz¡

-Venga tata, un ratito sólo, si juegas conmigo, te prometo que te haré la cama durante una semana.

-Dos semanas es el trato, y tu te escondes, venga ¡escóndete¡ que empiezo:1, 2, 3, 4…..98, 99,100.

-¡Salgo enano¡, voy a por ti

Las imágenes de aquella tarde, se cuelan en mi cabeza, mi tata, aquella casa, pero sobre todo el armario.

Subí las escaleras de dos en dos, apenas tocaba el suelo, no quería que ella oyera el crujido de la vieja madera, la puerta en la que dormía mi abuela estaba cerrada, la abrí, el polvo volaba a través de la rendija de la persiana, fui directo al armario, sabía que ese iba a ser mi escondite en cuanto muriera mi abuela, a sabiendas de la prohibitiva de mis padres, oía las pisadas lejanas de mi tata, los pasos de aquel “monstruo” que me odiaba desde el día en el que aparecí en brazos de su madre hacía un año, e hiciera que me quedara a vivir ahí para siempre, dejando a mi hermana real en una casa de acogida.

Tenía tiempo de sobra, salí a tientas al pasillo, ella seguía en la planta de abajo, abrí la puerta de una pequeña alacena, cogí una bolsa de plástico atada con un nudo, completamente agujereada, en cuanto la cogí al aire, empezó a agitarse, con la otra mano agarré un pequeño bote de leche condensada que había robado unos días antes de la cocina, cogí la bolsa en una mano, el bote de la leche en la otra, abrí la puerta de la habitación, y me metí dentro del armario.

-¡Enano¡ ¡te huelo desde aquí¡ ¡te encontré¡, ¿qué llevas ahí? ¿qué es eso? ¿qué haces?

-¡Mamá¡, ¡¡¡ayuda¡¡¡¡,¡¡¡ mami¡¡¡¡, ¡¡¡me ha encerrado¡¡¡¡, ¡¡¡¡la tata me ha dejado aquí¡¡¡¡, ¡ratones¡, ¡mamá¡

-¿Qué haces? ¿porqué te echas eso por encima?…..

-Manuel, es la hora de tu medicina.

-Y ¿mi tata?

-Hace un rato que se fue, ¿no os habéis despedido?

-Me quedé un poco adormilado.

-Es normal que te ocurra eso, es por la medicación, ahora te toca esta pastilla azul, métela en tu boca, toma agua, ¡venga de un trago¡

La enfermera ha salido, cojo la pastilla azul de la boca, me la saco de debajo de la lengua, la meto en un pañuelo de papel y la guardo junto a otras tantas de diferentes colores, ahí junto a mis tres canicas de la suerte, esperando el momento para echar una partida de nuevo.

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El ascensor (Parte 2 )

El ascensor (Parte 2 )

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Sintió como un sopor la invadía y Patricia se frotó los ojos para despejarse. En ese momento cayó desplomada.
Cuando abrió los ojos, no tenía percepción del tiempo que había pasado, miró al reloj y comprobó que estaba parado; sus manillas marcaban la misma hora en la que había salido de casa.
Un escalofrío recorrió su cuerpo y el sudor mojó su piel, empapando toda su ropa. De repente las dos puertas del ascensor se abrieron.
A Patricia le temblaban las piernas, pero consiguió ponerse de pie y salir de allí.
Estaba muy oscuro y ella aún conmocionada por lo sucedido, parecía no poder moverse.
No sabía muy bien donde se encontraba, pero parecía un gran salón con muebles antiguos.

—¿Hay alguien ahí?— Preguntó.
El silencio le notificó la respuesta.
Según avanzaba escuchó un sonido que, a priori, parecía una radio.
Logró divisar un gran sofá con brazos de madera muy elaborados en el repujado.
Le recordaba a esos que salían en las telenovelas que su abuela veía, de la guerra civil.
Estaba de espaldas hacia ella, así pues, hasta llegar justo a tocarlo no pudo ver la macabra escena. Quiso gritar, pero sus cuerdas vocales no le respondieron.
Solo internamente pudo escucharse a sí misma, susurrando un…Dios mío ¿qué es esto?

Carmen Escribano.

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Turno de noche (Parte 3)

Turno de noche (Parte 3)

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Me acerqué con paso cansado al casillero donde se guardaban las llaves; realmente eran unos ganchos oxidados lo que las sujetaban. Con un cartel a la derecha donde se dibujaba una flecha, pintada con rotulador que decía: cámaras frigoríficas. Solo el leerlo, me puso el vello de punta.

Notaba mi mano sudorosa, empecé a sentirme mal; un flashback me vino a la cabeza. Algo que tenía escondido dentro de mi cerebro ocurrido hace muchos años e hipotéticamente olvidado a base de terapias con psicólogos, psiquiatras, medicación y el amor de mis padres. Me vino a la cabeza en forma de diapositivas. No llegué ni siquiera a rozar la llave; me apoyé en la pared fría y sucia, noté un leve hormigueo en mi mano izquierda, una araña subía por una de mis falanges; con la mano libre la aplasté sin miramientos y las imágenes del pasado se sucedieron en mi mente de manera dominante. Mi cerebro ya no podía parar; le había dado al play de lo que creía olvidado para siempre.

—¿Jugamos al escondite, tata?

—Ahora no me apetece, déjame en paz y no seas pesado.

—Venga tata, que me aburro.

—¡Que me olvides¡ ¡Déjame tranquila¡ ¿Crees que voy a perder el tiempo con un enano cómo tú?

—Si juegas conmigo, te haré la cama durante una semana.

—Dos semanas, ¿trato hecho?

—¿Quién empieza?

—Yo cuento y tú te escondes.

Mi tata se dio la vuelta contra la pared y empezó a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… y así hasta cien; esa era la regla, contar hasta cien. Yo era tan pequeño que cuando me tocaba contar a mí, como no sabía hacerlo de seguido, lo que hacía era contar en tramos de diez en diez y, cuando los diez dedos de mis dos manos se encontraban con los puños cerrados, ya sabía que podía darme la vuelta. Ojalá ese día se hubiera escondido mi tata, pero no fue así. Fui yo y yo fui el que perdió el juego.

— Noventa y ocho, noventa y nueve y cien, enano, ¡ya salgo¡

—¿Dónde estás? Te huelo desde aquí enano, noto tu miedo.

Me escondí en un armario; era un mueble de tres puertas enorme, situado en la planta de arriba, exactamente en la habitación donde había dormido hasta hacía tres semanas mi abuela. Ella había muerto y nos tenían prohibido subir a jugar a ese cuarto. Mi madre decía que aún era pronto para ello, pero quería que mi tata pensara que no era un miedica; lo que yo anhelaba, era que ella fuera diciendo que era un valiente y por eso me encerré ahí.

Olía a antipolillas, enseguida empecé a estornudar; también olía a viejo y a madera podrida. Recuerdo que me tapé la nariz y solo pensaba en que mi tata creería que era un héroe por haberme atrevido a entrar en aquella cueva vieja y raída por el paso del tiempo.

Pero me encontró, antes de lo que nunca hubiera imaginado.

—¡Te pillé enano¡ La próxima vez no hagas tanto ruido cuando subas las escaleras.

Ni siquiera le contesté, no tuve opción. Vi que metía su mano dentro de uno de sus bolsillos y sacó una vieja llave de latón; me la mostró como el que enseña un tesoro, torció el gesto y me miró a los ojos con un asco que nunca hubiera pensado. Cerró la puerta y oí como se giraba la llave.

—¡Tata¡ ¡Abre ahora mismo¡

La llamé varias veces y no contestó; oí sus pasos a través de aquella puerta donde se posaba mi oreja. Sus pisadas se oían más cerca y noté como la vieja llave entraba en la cerradura.

—Por fin estás aquí, venga, déjame salir, tu ganas, te haré la cama durante dos semanas.

—¡No¡ El juego todavía no ha terminado, esto acaba de empezar.

—¡Tata¡ ¡Quiero salir de aquí¡ ¡Déjame salir¡

Pero no me dejó, puso sus brazos en forma de cruz para que no saliera. Me defendí dándole una patada en una de sus extremidades y lo único que conseguí fue que ella me atestara un puñetazo en la tripa, que me hizo caer irremediablemente.

—¿Qué llevas ahí?

Reparé que a sus pies, había una bolsa de plástico que se movía de un lado para otro; la levantó y desató el nudo. El fardo se sacudía sin piedad. Sacó una lata de leche condensada y me la echó por encima y agitó la bolsa dentro del armario cayendo lo que había en su interior. Media docena de ratones se abalanzaron sobre mí al oler aquel dulce pegajoso…

La puerta se cerró de nuevo…(continuará)

 

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