Un Dorsal

Un Dorsal

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Esta mañana, cuando salí a correr, el cielo estaba cubierto de nubes tenuemente coloridas de un gris blanquecino. Una brisa suave y fría daba el aviso premonitorio de la lluvia que venía en camino.

Ni modo, ese día tocaba correr. Me coloqué en el pecho el dorsal de “¡No más hambre!” y salí.

“¡No más hambre!” es uno de los dorsales que más he utilizado durante mis entrenamientos, por lo cual está bastante gastado y roto en las esquinas, que es en donde coloco los imperdibles para sujetarlo a la franela.

Ya de regreso a casa, la suave brisa que me había refrescado en el camino, paso a convertirse en viento que chocaba de frente contra mi rostro. A lo lejos vi a la lluvia, que como una cortina corrediza se iba desplegando por el cielo, avanzando hacia mí.

Pronto sentí las primeras gotas en mi rostro. Una lluvia suave y dispersa chocaba contra mis lentes dificultando mi visión y, sin embargo, seguí mi avance.

El dorsal que iba prendido a mi pecho empezó a mojarse y se fue debilitando poco a poco. Debilitándose como ese pueblo que está en las calles buscando qué comer. Debilitándose como ese pueblo enfermo que no encuentra medicinas para tratar sus enfermedades. Debilitándose como ese pueblo que está hambriento de justicia, trabajo, educación y respeto.

De repente, me di cuenta que el dorsal estaba pegado a mi pecho apenas por un imperdible. Los otros dos puntos de sustento habían sido vencidos por la humedad de la lluvia. El dorsal estaba a punto de caer al piso cuando lo tomé en mis manos y lo llevé de vuelta a casa.

Ya en casa lo vi con detenimiento. Estaba roto y con surcos. La palabra “hambre” dividida en sus dos sílabas por una grieta en su piel. Su piel estaba manchada y débil.

Un dorsal roto. Roto, como los zapatos del pueblo que viaja hacinado en el metro.

Un dorsal arrugado, como el alma de ese pueblo, quien tiene que ser malabarista y equilibrista para poder llevar un pedazo de pan a su casa.

Un dorsal manchado, como ese pueblo a quien le han quitado su dignidad con dádivas miserables.

Un dorsal con la palabra hambre dividida. El hambre que ruge en los estómagos del pueblo. Rugiendo de día y rugiendo de noche; puntual, sin prisa y sin demora, como un león enjaulado.

Un dorsal de piel débil como aquel enfermo que pudo haberse curado, pero por falta de medicinas, ve como su vida se va apagando como la llama de una vela a punto de consumirse totalmente.

Un dorsal roto, arrugado, manchado y débil como los presos del Helicoide y de “La tumba”. Como mi gente delgadita, desolada y triste que camina en mi América latina. Como esa mujer, a quien el hambre la seco. Como ese hombre, a quien el hambre le detuvo el corazón. Como ese niño, a quien el hambre le quitó la vida.

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Noches de ensueño

Noches de ensueño

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Solo recuerdo que era una tarde casi como cualquier otra.-Casi- El ambiente estaba impregnado de un delicioso aroma a gardenias, azahares y rosas. Las mesas que eran pocas, estaban revestidas de un color marfil que a la luz del atardecer, parecían bañadas de oro. Sobre ellas lindos arreglos de flores-Claveles blancos y con una rosa en el centro-.

Cada detalle estaba cuidadosamente planeado, sentía en el pecho ese calor característico de algo parecido a la alegría, algo perdido hacia tantos años.

¡Era todo perfecto! Como una historia de ensueño, digna de un cuento de hadas. El ocaso daba paso a la oscuridad y en el horizonte un lucero asomaba su brillo… Caía la noche.

De pronto se encendieron las farolas, comenzó la música suave y me vi frente a una mesa ricamente adornada con flores y velas.

Las estrellas estaba en lo alto y al fondo con su brillo y esplendor la protagonista de mil noches inundaba todo con su luz de plata. La luna cómplice pareciera que me daba la aprobación para lo que seguía.

En el fondo comenzó a escucharse una de las melodías más hermosas del mundo: “Hasta el final”, con el corazón lleno de júbilo voltee hacia donde estaban ellos, gallardos, guapos y con una sonrisa hermosa. Mis hijos me abrazaron y con ellos los otros tres chicos sonreían de forma que iluminaban el entorno.

-De pronto- me acerque a la mesa y el hombre que estaba al frente dirigió unas palabras hermosas a quienes estábamos reunidos ahí, entrego un bolígrafo a la persona que estaba a mi lado izquierdo y firmo un papel, no vi su cara. Quizás estaba distraída con la forma en que tomaba el bolígrafo, sus manos eran hermosas o con su aroma a cítricos y maderas.

Me entregaron el bolígrafo y al intentar colocar la rúbrica sentí un pánico enorme. ¡Era un acta de matrimonio!

¡No!-Murmure- ¡No puedo casarme contigo! ¡No sé quién eres! ¡Jamás te he visto!

Voltee a mi alrededor todos me miraban con mirada de preocupación, ellos preguntaron ¿porque no? ¡Si tú lo adoras!

Gire sobre mí y al quedar de frente a él, la oscuridad total se había hecho, en medio de la tribulación solo atine a preguntar con la cabeza hacia abajo y lágrimas en los ojos.- ¿Porque? ¿Quién eres tú?

Fue entonces que me envolvió esa fragancia característica que tanto conocía y que hacía que el corazón se acelerara: ¡Soy yo! Y te vas a ir conmigo…. Juro, que jamás había escuchado una voz tan hermosa, envolvente, recia y cálida a la vez. Solo pude responder en el pensamiento: ¡Hasta el fin del mundo!

Levante la vista para visualizar la cara de quien me tenía en sus brazos cuando de pronto sentí un frío que recorría mi espalda…Desperté…

Han pasado más de ocho años desde que me acompaña en el sueño, ocho años que deseo dormir y poder descubrir la faz de mi compañero – Es tan hermoso soñar- juro que hoy solo quiero llegar a dormir y que la mente me juegue otra vez esa partida donde soy por momentos tan feliz.

Hace un año que deje atrás la antigua vida, me he dedicado a reconstruir un poco el maltrecho pasado, alinear las cosas y enderezar un poco, tan solo un poco el destino que deseo construir.

Han sido largos los años dentro de un matrimonio cada vez más pesado que un lastre, que no deja caminar e interrumpe los pasos de quienes me rodean a veces es difícil caminar en medio de una soledad que no se ha elegido.

La noche se antoja cálida, es verano, final de agosto para ser exactos. Sí, estoy cansada y el retorno a casa será largo y tedioso, mi jefe me ha preguntado que como me iré-¡Vaya con el hombre!- como si tuviera mil opciones en un lugar que no conozco.

Se lo digo y se queda observando estupefacto, me hace una seña y me pide que espere. Lo hago mientras, observo las estrellas, en el horizonte se visualiza un hermoso lucero junto a la luna, ¡es tan hermosa!

Al regresar el hombre me dice- Anda al estacionamiento allá pregunta con quien te iras, te ha de llevar un amigo.

Eleve las manos al cielo ¡Hombres! ¡No hacen nada completo!
Después de caminar en la oscuridad sintiendo el viento tibio en la cara y disfrutando del camino lleno de claveles, rosas y limoneros en flor…Un delicioso aroma a azahares llena de armonía la noche: Llego y veo un grupo de hombres en media luna, no distingo a ninguno sus rostros, la oscuridad abraza su figura…

Doy la vuelta cual colegiala indecisa y lanzo la pregunta: perdón que interrumpa, me ha dicho Carlos que uno de ustedes me acercar a mi destino, al hacer la pregunta doy casi la media vuelta y de pronto; como si de un sueño se tratara escucho a mis espaldas una voz conocida por mí, una voz melodiosa, fuerte, que envuelve y pone en alerta todos los sentidos: “Soy yo, Y te vas a ir conmigo”…

El cuerpo se transforma en un volcán a punto de hacer erupción y en el pensamiento solo atino a contestar: “Hasta el fin del mundo”… Al colocarse a mi lado me invade esa sensación de calidez y confianza mientras aspiro ese aroma a cítricos y maderas…

Levanto la mirada con el temor de despertar con el frío en la espalda y por vez primera observo bajo la luz de la luna los ojos más hermosos y complejos que jamás imagine mirar…Y me sumerjo en un océano de verdes tonalidades que despiertan el deseo repentino y esos labios, de apariencia sedosa que dibujan una sonrisa, provocando por vez primera el deseo de besar otros labios después de muchos años…

Sentí por un momento que estaba en una de esas noches que tanto anhelaba, mas no era más un sueño, era algo muy parecido a la realidad, una realidad alterna que me invito a aprender a soñar…Hace tantas noches que las almas se acompañan, que ahora se me antoja casi irreal escuchar esa voz y respirar su aroma.

Casualidad de ensueño o destino,…El tiempo, solo el tiempo lo dirá, ahora que dejamos de ser dos completos extraños en medio de la oscuridad.

Posdata: Sus labios saben a chocolate y canela.

Claudia Santillán Velázquez.

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Esfuerzo paterno

Esfuerzo paterno

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“Érase una vez que se era un reino donde la alegría y el consuelo anidaban a partes iguales en los corazones  de sus habitantes”

 

-¿Por qué, papá?

-Sí, ¿por qué? ¿Era el cumpleaños de la princesa?

-No, nada de cumpleaños, que salen muy caros.

-¿Qué?

-Nada, nada, vosotros escuchad.

 

“El motivo de tanta alegría era nada más y nada menos que la victoria en la guerra”

 

-¿Contra el Team Rocket?

-¿Contra quién?

-Son enemigos de los Pokemon.

-No, nada de Pokemon. ¿Y tú ahora por qué lloras, cariño?

-No me gustan las guerras.

-Pero esta ya acabó y ganaron los buenos.

-Pero, papá, no nos cuentes el final.

-Pero si he empezado por el final.

-Jo, qué rollo de cuento.

-Vosotros esperad, que ya veréis que la cosa se pone buena.

 

“El rey había vencido al monarca vecino, que con su avaricia había querido poseer más tierras”

 

-¿Qué es avaricia?

-Vale, lo cambio, lo cambio.

 

“El rey había vencido al rey vecino que era muy malo”

 

-¿Muy malo?

-¿Cuánto de malo?

-Muchísimo. El más malo de todos, horroroso, espantoso. ¿Y ahora qué te pasa?

-Tengo miedo.

-¿Pero por qué?, si  no es de miedo.

-Has dicho que era espantoso. No quiero escuchar más.

-No, ya verás que no es de miedo. Mira a tu hermano, él no tiene miedo.

-Pero el otro rey es malo, ¿no?

-Sí.

-Y le venció, ¿no?

-Sí.

-¿Y ya está?

-No, claro que no. Acabo de empezar. Oh, a ver cuándo vuestra madre cambia el turno en el hospital.

-¿Qué?

-Nada.

 

“Pero la gente no solo era feliz por la victoria; todos coincidían en mostrar su asombro”

 

-¿Por qué?

-Cariño…Te juro que te lo voy a contar ahora mismo.

-Vale.

 

“No se asombraban porque el rey condecorara a los más valientes de sus soldados. Se asombraban porque el más alto honor de esta guerra se lo había concedido a la institutriz de su hijo”

 

-Vale, ok, no hace falta que me preguntéis. Comprendo vuestras miradas. Una institutriz es como una profesora que atiende a solo un niño, en este caso al hijo del rey.

-¿Y no tiene que ir al cole?

-No, claro, le da las clases en el castillo.

-Qué guay.

-Un enorme castillo que…

-¿Y no tiene amigos?

-¿Quién?, ¿el hijo del rey? No lo sé, ¿por qué?

-Porque no va la a la escuela.

-Pues…supongo que no; la verdad es que no lo había pensado. ¿Vuelves a llorar?

-Es que no tiene amigos.

-Sí que tiene.

-Tú has dicho que no.

-Claro que tiene, que sí…su, su, institutriz es su mejor amiga. Va con él a todos lados. ¿Mejor?

 

“El caso es que la institutriz recibió la medalla más importante”

 

-¿Y sabéis por qué? Vaya…ahora no preguntáis.

 

“La gente sí se lo preguntaba; vaya que sí. ¿Cómo es que una simple profesora era premiada con esa distinción si ni siquiera había luchado en la guerra?”

 

-Hizo trampas.

-¿Cómo?

-Si no fue a la guerra tuvo que hacer trampas.

-No, claro que no hizo trampas. ¿Por qué os iba a contar un cuento donde se gana con trampas?

-¿Qué?

-Nada.

 

“Para entenderlo, tendríamos que retroceder unos cuantos años en el tiempo”

 

-¿Cuántos?

-¿Cuántos qué?

-¿Cuántos años?

-Pues no lo sé, unos cuantos…El príncipe era un crío como vosotros

 

“La anciana institutriz, que tantos años había servido a su rey, debía retirarse y descansar, de modo que el rey buscó una nueva para su hijito”

 

-¿Y la reina?

-¿Qué le pasa?

-¿Dónde está?

-Y yo qué sé.

-Es que nunca la nombras.

 

“El rey y la reina, vieron muchas candidatas a institutriz, pero ninguna les convencía”

 

 

-¿Por qué?

-Francamente, no lo sé.

 

“Hasta que por fin encontraron una. La reina no estaba muy de acuerdo con la elección de su esposo, pero éste le decía que no había que buscar más. Incluso los habitantes de su reino quedaron sorprendidos cuando lo supieron”

 

-¿Por qué? ¿Era muy fea?

-sí, ¿Era muy fea?

-No, claro que no. ¿Y qué si era fea? Chicos, recordad que la belleza siempre está en el interior.

-Eso es lo que dicen los feos.

-¿Pero qué dices? ¿Quién te ha enseñado eso?

-No sé.

 

“No. La institutriz no era fea. Había sido expulsada del reino vecino, el que años más tarde empezaría la guerra”

 

-Por fea, la echaron por fea.

-Que no.

 

“Cuando el rey supo el motivo por el que la había echado su vecino la aceptó de inmediato, pese a la negativa de su esposa”

“Ya verás- le dijo- llegará un día en que esta institutriz nos salvará”

“La reina aceptó la decisión de su esposo, y el príncipe creció sano y felizmente educado por la institutriz. Esta informaba puntualmente a sus padres de los progresos de su hijo, pero también de sus defectos”

 

-Como hace nuestra profesora.

-Exacto, eso es, muy bien. Veo que estáis entendiendo el cuento.

-La chivata.

-Pero, hijo, ¿qué dices? ¿Cómo que chivata?

-Sí, lo cuenta todo.

-Pero es su trabajo. En fin, sigo.

 

“El rey escuchaba atentamente todo lo que le decía la institutriz y trataba de corregir a su hijo como buenamente podía”

 

-Era el rey, su hijo tenía que obedecerle.

-Cariño, cada padre es un rey en su casa.

-¿Entonces tú eres un rey?

-No exactamente…

-¿Eres rey o no eres rey?

-Era, era una metáfora, por dios.

-¿Una qué?

-Sigo.

 

 

“De modo que el príncipe llegó a la mayoría de edad como un buen hijo que todo lo compartía con sus padres. Apenas discutían y siempre trataban de entender sus puntos de vista. Cuando estalló la guerra contra el rey malo, el príncipe luchó junto a su padre hasta la victoria final. Sin embargo, el otro príncipe discutió cada una de las órdenes de su padre…”

 

-¿Sí, cariño?

-¿Cuántos príncipes hay?

-Dos, hay dos. Tienes razón, no había hablado del otro príncipe. Joder, qué difícil es esto.

-Has dicho una palabrota.

-No, qué va, es del cuento.

-Se lo voy a decir a mamá.

-¿Ah, sí? ¿Quién es la chivata ahora? Ja. ¿Y ahora por qué lloras?

-Yo no soy ninguna chivata.

-Claro que no, cariño mío, claro que no. No me hagas caso.

-Eres una chivata, eres una chivata.

-Cállate hijo, por dios.

 

“El rey malo tenía un hijo que había sido educado por nuestra institutriz hasta que la echaron. Ese príncipe, el dey rey malo, no el dey rey bueno, había crecido muy malo”

 

-Como su padre.

-Exacto, muy bien.

 

“Pues cuando llegó la guerra, el rey malo y su hijo discutieron por todo, hasta que el hijo fue contra su padre. Eso lo aprovechó el rey bueno para ganar la guerra. Y todos fueron felices y comieron perdices”

 

-¿Y la institutriz?

-Ostras, es verdad.

-No me gusta comer perdices. Las perdices son animales buenos.

 

“Cuando el rey condecoró a la institutriz le recordó a su esposa las palabras que le había dicho cuando la aceptaron en la tarea de educar a su hijo”

“¿Y por qué, amado esposo, padre de mi hijo? ¿Por qué lo sabías?’”

 

-Sí, ¿por qué?

-Por fea.

-Y dale con la fea.

 

“Cuando hablé con ella por primera vez- le contestó el rey- le pregunté los motivos por los que le habían echado del reino vecino y me dijo: “Por decir la verdad; yo siempre digo la verdad” “¿Y qué fue lo que le dijiste para que no quisiera verte más?- le preguntó el rey- “Le dije que su hijo era un chiquillo maleducado que necesitaba dos buenos azotes y que si quería se los daba yo mismo”

“Desde ese momento- le dijo el rey a la reina- supe que era la institutriz perfecta para nuestro hijo, y no me equivoqué”

 

-¿Qué?, no está mal el cuento, ¿eh?

-¿Pero ya acabó?

-Claro.

-¿Y el príncipe hizo más amigos?

-¿Qué?, no sé. ¿Pero es que no habéis entendido el cuento?

-No.

-Yo tampoco.

-Pues le diré a vuestra madre que tenemos que volver a los cuentos tradicionales.

 

 

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La muñeca.

La muñeca.

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Reacomodando el desván en que se han ido acumulando a lo largo del tiempo tiliches y trebejos. Encontré cosas que son prácticamente inútiles (Pues la tecnología ha hecho lo suyo) desde vestimenta de la abuela hasta zapatos pasados de moda, también bisutería que no recordaba que existiera – Mucho menos utilizara-.

Cuadros con personajes que son totalmente desconocidos, lámparas, cajas, fotografías, algunos artículos escolares que mis hermanos debieron olvidar durante las tardes que subían a jugar.
De las paredes color violeta cuelgan paisajes que muestran memorias de tiempos remotos, recuerdos de un pasado inexistente hasta hace un par de horas.

Entre las cajas llenas de cuentos, revistas, libros, adornos, retazos de tela y frascos diversos, me he encontrado con una figura especial, que conozco,

De pronto veo una mirada fija, del color del caramelo. Llegan mil imágenes al pensamiento y siento algo parecido a la alegría envuelta en nostalgia. Un poco maltrecha y con alguna mancha de hollín causada por el tiempo y el abandono encuentro una muñeca.

¡Mi primera muñeca! ¡La compañera de mi infancia y adolescencia!

Tome entre mis manos ese hermoso tesoro, observe cada detalle de su cara. Aún tenía la sonrisa con que solía recibirme cada que regresaba de la escuela. Y entonces, se desbordaron los recuerdos de una niñez llena de juegos y travesuras.

Fue regresar el tiempo, observar desde otra perspectiva la infancia.- ¿Recuerdas aquella ocasión en que hurtamos galletas para alimentar a un perro callejero? ¿El día que nos regañaron por romper la maceta favorita de mi abuela? ¡Cuánto gusto te daba que llegara de la escuela para practicar peinados en tu cabello rojizo! ¡Y aquella ocasión cuando nos fugamos para vivir en un parque cercano! La aventura duró apenas unas horas, pues al llegar la noche estábamos acurrucadas en la cama.
Cuando la abuela partió al cielo, me acompañaste y enjugaste mis lágrimas mientras me observabas con mirada tierna como diciendo- ¡Siempre estará contigo!

¡Qué curioso! hoy se porque las muñecas son las mejores amigas de la infancia. Saben guardar secretos, sonríen y se dejan tomar en brazos. Nos ponen atención y nos consuelan en nuestros errores sin cuestionarnos.

¡Hay tanto que aprender de ellas!
No sé, quizás debemos comenzar por escuchar sin cuestionar, sonreír ante las adversidades, mirar con calidez a nuestros semejantes, ser leales y silenciosos con los secretos que nos confían…algo parecido a mi muñeca.

Claudia Santillán Velázquez.

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Lilí

Lilí

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When I say that something
I want to hold your hand”

Lennon/McCartney – I want to hold your hand

Recuerdo que fue en una tarde soleada, cuando ella hizó su aparición con aquellos ojos azules verdosos que destacaban en su rostro, con aquel desparpajo típico en todos los niños y que ella lo mantuvo a lo largo de su vida.

Lilí debería tener unos 8 años de edad cuando la conocí, mientras que yo debía rondar los 10 u 11 años. Daniel, hermano de Lilí, tenía mi misma edad.

Vilma estaba dando clases a Daniel en el comedor de aquella casa de Las Palmas, Lilí tenía sus libros y cuadernos escolares en los brazos y, simplemente se sentó con nosotros a hacer sus tareas. Desde ese día, Lilí se sentaba con nosotros, aun cuando no precisaba de ninguna ayuda por parte de Vilma.

Así nos fuimos conociendo. Yo haciéndole muecas, ella pellizcándome. Yo poniéndome bizco y sacándole la lengua, ella diciéndome “papa frita… papa frita”. A veces, Daniel y yo nos encomphinchábamos y le hacíamos bromas. Ella se defendía y siempre terminaba diciéndonos, mientras ambos corríamos: ¡¡¡Son unos papas fritas y tú!!! –me miraba a mí– ¡¡¡eres muy papa frita!!!

Así fuimos creciendo, Lilí convirtiéndose en toda una señorita y Daniel y yo, en todos unos señoritos, que es un decir, porque realmente apenas llegábamos a ser unos mozalbetes desaliñados.

Nuestros mundos se fueron ampliando. Ella por su lado, Daniel por el suyo, y yo por el mío. Sin embargo, cuando nos reuníamos volvíamos hacer la banda de pilluelos que jugaban y se gastaban bromas.

Pero también había espacio para la tristeza. Lilí y yo nos convertimos en confidentes. Nos contábamos nuestros fiascos amorosos. Yo ponía el hombro para que ella colocara su cabeza mientras me contaba del papa frita que no le hacía caso o de aquel otro que la engañaba vilmente.

Cada quien iba en su mundo y llegó el día que nos fuimos separando de forma natural, imperceptiblemente pero de manera irreversible.

Con el paso de los años, mi madre y Vilma llegaron a ser muy amigas de Ginette, mamá de Daniel y Lilí. Fue por ellas, y en especial, por mi madre que me enteraba de la vida de ellos.

Así fue como supe que los problemas de aprendizaje de Daniel se debían a una afección cardíaca que disminuía la oxigenación al cerebro lo que hacía, a su vez, que las zonas del cerebro dedicadas al aprendizaje se vieran afectadas. Daniel fue operado y desde ese día vivió su vida a plenitud. De Lilí, poco se sabía. Recuerdo que estaba estudiando comunicación social y poco más.

La vida fue fluyendo y como suele pasar en las aguas, lo que uno ve en la superficie no es lo que realmente pasa debajo.

Aquella tarde mi mamá había ido a visitar a Ginette. Ginette en un momento de la conversación se quebró y, con un hilo de voz, le confesó a mi madre que Lilí tenía problemas con drogas.

Ginette, mientras tuvo fuerzas, hizó todo lo posible porque Lilí rompiera aquel círculo maligno y perverso de la droga, pero nada pudo hacer. Lilí seguía enganchada. Sé, por lo que contaba mi madre, que esa situación desgasto la salud de Ginette de manera importante.

Todo termino un día con su nombre y su fecha. Un día como cualquier otro. Un día con su sol, su viento, con las hojas cayendo de los árboles. Un día con su luna y con su noche. Todo terminó cuando encontraron a Lilí muerta con una sobredosis. Poco importa en donde la encontraron: en la calle, en la habitación de un hotel, en un bar… poco importa. La droga había acabado con la vida de Lilí. Su infierno había terminado.

Hoy escucho ese verso: I want to hold your hand… cantado en una versión melancólica, como si de una despedida o de un final se tratase, una versión muy diferente a la original en donde se le está cantando a un comienzo o nacimiento.

Hoy escucho ese verso: I want to hold your hand… y, sin saber la razón, el recuerdo de Lilí inundó mi mente y pienso que me hubiera gustado haber estado todos esos años al lado de ella para tomarle la mano y decirle que apoye su cabeza en mi hombro. Tomarle la mano y decirle que no está sola y que no hay nada perdido. Con sus dedos entre los  míos decirle que su madre y Daniel la quieren con toda su alma a pesar de todo… y cuando por fin me quede callado escucharla decir “¡Tú sí que eres papa frita!”, en medio de su llanto y en medio de nuestra risa.

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Malas noticias

Malas noticias

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La historia que voy a relatar, la escuche en una radio FM, de una ciudad al sur del continente americano, más precisamente en la localidad de Las Heras. Las Heras se encuentra ubicada en el departamento Deseado, provincia de Santa Cruz, República Argentina, lugar en el mundo donde finaliza la estepa patagónica.

Fue en el año 2014, que empecé a escuchar por FM Soberanía, “Malas Noticias”, así se llamaba el programa radial, una trasmisión que buscaba el debate colectivo, un magazine de noticias, “recorriendo el país en ciento veinte minutos”, revelaba el avance. El programa, no era un contenido conocido, era más bien un formato novedoso.

Encontraba en esta emisión radiofónica, un sentido extravagante, acompasado y divertido, con una excelente cobertura periodística del presente y una novedosa voz por parte del locutor.

Éste, daba inicio al programa con una anécdota o relato, el cual disfrutaba escuchar, bebiendo un café negro acompañado de un alfajor de coco.

Me encontraba captado por su peculiar estilo de relatar y notificar las noticias.

Viene a mi memoria una narración muy especial, en el día de mi cumpleaños. En ese amanecer, el presentador se explayo con esta ficción a las 8 de la mañana.

Hoy desperté, conmovido, un horrendo desasosiego invadió mi ser y sentí la necesidad de tocarte, de saber que estabas a mi lado, socavando mis dudas del anubarrado ensueño en el que me hallaba inmerso.

Me encontraba naufragando, dentro de una espantosa pesadilla de la cual eras la protagonista, creo que el pánico, se apoderó de mí y temí lo peor. Nervioso intenté magrear tu cuerpo, con mi mano trémula, el primer contacto con tu piel fue un roce, con miedo, sin pretender palparte.

No me apacigüe, necesitaba confirmar que estabas a mi lado. La segunda tentativa, fue directa y placentera; acechando, apoye mi mano sobre la concavidad que tienes en línea con el trópico de tu ombligo. Tu cuerpo, se encontraba tibio, suave, lo recorrí primeros con las yemas de mis dedos, acariciando cada centímetro de ti. Luego, exploré y recorrí el contorno de tú cuerpo con la palma de mi mano, utilizando mis labios para transitar hasta la extremidad de tu pie.

Me tenté en despertarte con un beso, comprensiblemente dormías plácidamente, y rechacé esa tentativa. Volví a tu zona y la recorrí, en una ida y vuelta de mis bembos sobre uno de tus laterales, delineando tu contorno con suaves y pronunciados ósculos, sobre pendientes rosadas, suaves y perfectas.

Navegué con mis labios sobre preponderancias de efluvios del aroma que emanaba tu esencia. Me embriagué de tu fragancia, no podía salir de la ruta de tu cuerpo; mis belfos empezaron a abrirse para dar lugar a mis cuatro incisivos superiores que solicitaban excitados desnudarte del body blanco rasado que llevabas puesto, en consenso con los cuatro inferiores, que instaban tatuarte un mordiscó.

Tuve que volver a la realidad obligado por una resonancia de alarma, la cual me despabiló del trance en el cual me encontraba sumergido. Era el despertador que marcaba un nuevo día, como todas las madrugadas, las seis am; alumbrado por tu ser, me dirigí hacia la cocina y preparé café.

Salí al balcón a mirar el amanecer, la bóveda celestial se encontraba abstracta, el sol asomaba tímido y pausadamente entre un conjunto de colores en degradé rubescente.
El alba se presentaba diferente, colorido y con una temperatura agradable, descubrí en este albor remembranzas de cientos de pinturas que me vinieron al presente, solo faltaban las palmeras y el mar.

Regando las plantas, descubrí la eclosión de los narcisos, se encontraban resplandecientes, la corona firme amarillenta, cobijada por pétalos blanquecinos sobre un vástago inmóvil. Me tente y desprendí dos narcisos.

Busque un vaso de trago largo, vertí agua sobre el mismo, deposité los narcisos y los coloque en el desayunador.

Continúe rumbo al baño a darme la habitual ducha, terminé de vestirme en el dormitorio, mientras observaba tu cuerpo inerte. Sentí el deseo impulsivo de volver a tu ser, tu resuello me alarmó, Tuve la debilidad de inhalar tu respiración, profese la necesidad de inundar mi ser con tu aliento, fue un ejercicio sincronizado, exhalar e inhalar, lo hice por muchos y largos minutos, una y otra vez, hasta quedar exhausto y llenarme de ti.

Me tenté con correr tu azabache cabello de tu rostro, necesitaba, redescubrir tu exuberante belleza. La excitación se alineó con el deseo y estuve sutilmente bufando cada brizna de tu cabello aterciopelado, desprendiéndolos de tu faz blanca, hasta dejarla emergente en consonancia con la aurora que asomaba por el mirador.

Incitado por el instinto, contemplé tu expresión una vez más, fascinado por tu rostro. Un semblante bello y único, como jamás observé en mujer alguna.

Una vorágine de sentimientos colmó el hábitat en el que nos encontrábamos, los minutos seconsumian en tu ser.

Obnubilado por la situaciòn, desperté con la percepción del sonido de un pájaro quinde, de cabeza azulino y cuerpo de musgo, que golpeaba con su pico el ventanal, llamando mi atención. Me dirigí hacía el volador, quedando paralizado frente a él. Éste, aleteaba en un revolotear intermitente y rítmico, me arrime al ajimez y nos observamos frente a frente. Aprecie su iris, un abanico de colores en degrade que alcanzaba su color semejante.

Pude descubrir cada centímetro de su cuerpo, considerar su fisonomía y grabar en mi mente su verdosa integridad. Sorpresivamente huyó, lo seguí con la mirada al oeste a través de la abertura, tenía un vuelo sorprendente, el despliegue de sus alas era intenso.

Volví a ti y observé tu encanto inmóvil, en guerra con la excelsitud, una inocencia perpetuada entre sábanas umbrías, que destacaban tu pureza.

Decidí ir a la cocina a servir mi café, lo ingerí amargo junto al alfajor de coco, mientras preparaba las tostadas para cuando te despiertes y pases a desayunar, ubiqué tu mermelada de naranja sobre el desayunador.

Sobre terrones de azúcar dibuje con una cucharita de tè, tus iniciales, SS.

Volví al dormitorio a despedirme, seguías en el jergón, amorronada a la pradera esteparia. Me acerque sigilosamente, bese delicadamente tu frente descubierta y observe una vez más tu encanto.

Una sonrisa asomó en el amanecer de tu expresión, ese instante se perpetuó en mi mente, fue conmovedor y punzante haberlo develado, una lagrimea surco mi rostro, sentí el relente en mi piel, y un fuerte dolor golpeó mi ser en ese preciso instante, en el cual, solo atiné a echar una mirada, esbozar una sonrisa y evadirme.

Baje por el ascensor rumbo a la radio, la ciudad se veía vacía, el día se encontraba luminoso, no había tránsito, ni gente, ni pájaros, ni sonidos, ni viento, solo el día soleado y despejado.

La metrópoli se encontraba desierta, transite sus calles pavimentadas por las líneas en doble amarillo, no se hallaron indicios de existencia, preocupado y conmovido por la situación, seguí caminando por la calle hasta llegar a la emisora.

Parado frente a la entrada radial, pretendí abrir la puerta de vidrio espejado. Intenté una y otra vez sin resultado alguno, parecía sellada. Utilicé él timbre, sin obtener respuesta alguna, me encontré vencido de tanta insistencia. Hasta que observé el cristalino frente a mí y contemplé los coches transitar, la gente deambular, noté moverse la rama del árbol en forma pendular. Advertí la lluvia y reparé en la gente su preocupación por la misma, unos corriendo, otros a pasos agigantados. Soplaban fuertes vientos y un cielo oscuro y tenebroso se apoderaba de la escena.

Atisbé el albor convertirse en crepúsculo, exploré a través del vidrio espejado, buscándome y no me descubrí.

Malas Noticias, Las Heras Santa Cruz, 6 de agosto de 2016, encuentran sin vida el cuerpo de una mujer desnuda en su lecho, al costado del mismo, se encontraba sin vida el cuerpo de su esposo.

Se desconoce oficialmente las causas de este fatídico desenlace, los cuerpos no presentan signos de violencia alguna, por consiguiente se descartan las causas de los óbitos.

La Dra. Halieska Arroyo presume que los fenecimientos estarían dados por paros cardiorrespiratorios en ambos casos y según reveló uno de los forenses, el cuerpo femenino fue el primer deceso.

Se conjetura que las expiraciones se produjeron al alborear del 5 de agosto, personal policial extraoficialmente reveló datos filiatorios de las partes, solo informaremos hasta tener el parte oficial, que las siglas del nombre de la mujer es SS y del hombre AS, ampliaremos.

©as

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