Buen provecho, cariño

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Buen provecho, cariño

Algo semejante a una cucaracha, descendió del techo de la cocina hasta caer al guiso, que cocinaba con afecto en esos instantes a mi marido.

Levanté la vista, un nido de bichos, albergaba sin piedad junto al aparato de la luz.

Lejos de sentir asco, removí el manjar, mientras el bicho se iba fundiendo poco a poco con los alimentos.

Afiné el oído, un clic,clic intermitente, empezó a mortificarme la cabeza, mi esposo se encontraba en el cuarto de baño, por el sonido que hacía con la tijera, mi cónyuge se encontraba liberándose de los pelillos sobrantes de su ridículo bigote.

A mi mente vino la imagen, de millones y millones de pequeños pelitos, inundando sin piedad el impoluto baño.

No lo dudé, cogí un plato, me subí en una silla, y con una cuchara cogí el nido completo junto a sus congéneres.

A continuación, con una exquisita delicadeza, lo deposité en la olla burbujeante.

No hizo falta poner atención a lo que mi esposo hacía en esos instantes, una carcajada cargada de ostentación, el causante de esa risa fanfarrona, era un programa de televisión de hacía más de dos décadas.

Fue instintivo, me agaché y miré debajo de la nevera, ese guiso necesitaba algo más de sabor.

EPÍLOGO:

-Cada día cocinas mejor cariño.

-Es la paciencia que pongo en los platos, lo que hace que te gusten tanto mis guisos, que aproveche cariño.

Photo by kitzé

Buceo literario

Buceo literario

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Estábamos todos en silencio, yo, miraba la copa de grapamiel… y me acordaba del frío que hacía afuera; vos, tenías la vista perdida en mis ojos, dulces de licor; y sentados en una mesa tres niños pequeños devoraban muzarelas, haciendo uso de sus manos, enchastrándose el pantalón, limpiándose la boca con sus mangas y chupándose los dedos, mientras sus padres discutían afuera.

En ese momento, entró ella al bar.

Traía consigo una cartuchera de lata, con muchos lápices de colores y varios papelitos sueltos; pasó con toda su adolescencia junto a nosotros. Yo levanté la vista, vos te prendiste un cigarro; me llamó la atención esa flor roja que le prendía en el pelo a la altura de la sien y la seguí con la mirada. Vi cuando se sentó en una mesa, aislada, abrió su latita, y comenzaron a surgir palabras. Yo apuré el trago, vos fumabas, y los niños seguían a sus anchas cuando le hice la seña al mozo, pa´ que me traiga otra grapa:

—¿Por qué camina usted así?  —Le preguntaste.

—Para no pisarlas —Respondió el Mozo encogiéndose de hombros y recién ahí notamos, que había palabras regadas por todo el suelo, hasta la altura del tobillo.

Observé a los padres, que seguían discutiendo afuera, mientras los niños chapoteaban en un mar de letras. Tú apagaste el cigarro, yo me agaché para tocar el agua, y allí viste por encima de mi hombro como emanaban las palabras, se escurrían por la mesa de la muchacha y ya las teníamos por la cintura cuando me terminé la grapa.

Los padres, entraron con las palabras por el pecho, las iban apartando con sus manos y braceando al avanzar llegaron donde los niños; pasó una muzarela flotando; jugaban una guerrilla de agua locos de la vida. Pero a vos te molestó, porque ya no podías fumar. Y es que… claro, a esa altura los dos flotábamos, si yo, para terminarme la grapa, tuve que bucear. El trago se me había quedado abajo y logré sacarlo a flote mientras que el mozo, arrodillado sobre la más alta estantería, de cara contra el techo se niega a traerme la cuenta, insiste en que no las quiere pisar… y ella cierra su latita, todos caemos, dejamos de flotar, la poetisa se retira, se despalabró el bar.

La vieja casa!

La vieja casa!

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Cuando llegué a la vieja casa, las sensaciones se agudizaron de una manera brutal.
Dando paso a emociones dormidas hasta ese momento.
Fue como entrar en éxtasis!.
En una ruleta que giraba y giraba, dando paso a unos recuerdos que podía experimentar en cada uno de los sentidos; en la piel, el tacto, el oído, la visión ,el olfato. Absolutamente todos pasaban por el filtro de todos y cada uno de ellos.
Podía verme jugando con mis dos hermanos pequeños, e imponiéndome ante ellos con mi mal genio. ¡Para algo era la mayor! Oír las apuradas voces de aquella mujer de baja estatura, riñéndome como buena madre. “Hija, cuida de ellos y no les chinches” me decía, mientras cocinaba en la vieja cocina de leña, en un pote de barro donde todo sabía a gloria!
¡Cuánto luchó por nosotros! ¡Que santa mujer fue!
La casa por fuera y por dentro, ha envejecido igual que lo hacemos las personas, pero a pesar de su sencillez, resulta tan hermosa.
Subo arriba por las carcomidas escaleras de madera, donde el crujido a pesar de los años, se conservaba intacto.
Cada puerta que abro de los tres dormitorios con los que cuenta, trae a mi mente historias vividas intensamente. Puedo escuchar las risas que soltaban mis hermanos, cuando papá llegaba y les tiraba sobre las camas , provocando los chillidos de ambos al hacerles un montón de cosquillas, después de muchos meses trabajando de jornalero de sol a sol, para traer el sustento de la familia.
sentir su beso en la frente y las manos subiéndome hasta su pecho, para abrazarme.
Era la casa, ¡nuestra casa!
El hogar feliz que amparó mi niñez y adolescencia. Que a pesar del tiempo pasado, siempre estuvo ahí, en mi recuerdo.
Hoy he vuelto a un dulce pasado y he revivido una felicidad que creí imposible volver a sentir.
Me llevo una gran lección, ” los momentos felices son perennes en el tiempo”

Carmen Escribano.

Juramento de amor

Juramento de amor

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“Me dijo: – He de amarte todos los días de mi vida y en los que más tristes te vea, te recordaré lo mucho que te quiero.

Respondí: – Yo te amaré hasta en esos días en los que tengas ganas de matarme, y cuando te acerques a mí con los ojos inyectados en sangre, te robaré un beso, dos, tres, los que sean necesarios para que entre ambos reine la calma, esa paz, que apenas tú consigues darme.
Se acercó, me plantó un beso. Y en ese juramento de amor, sellamos nuestro futuro.

Han pasado treinta años, y le sigo amando como aquel día.”

Desde mi mirada …. Capitulo 5

Desde mi mirada …. Capitulo 5

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Pensaba que mi primera noche en el “Elite” iba a pasar como desapercibida, y justo fue cruzar esa puerta y sentir esa mirada en mí, era de un señor con una camisa blanca y pantalones oscuros y tomaba un coñac mientras no paraba de observarme de arriba a abajo con una lascivia que me hizo palpitar mi corazón cada vez más rápido , rápidamente le quite mi mirada y me senté en la otra punta de la barra intentando evitar cualquier contacto con ello más allá de esas miradas.
Se acercó a mi y le dijo a la camarera que me pusiera lo que pidiera pues el muy educado intentaba invitarme, recuerdo con miedo el sudor de mis manos como no podía sostener mi mirada ni articular ni siquiera una mirada de desprecio o una negativa de que se sentara a mi lado.
Rápidamente mi mirada se fijo en una alianza de su mano, pocos solteros vienen a este lugar y él no era la excepción, al fijarse en mi mirada me dijo – Si, soy casado, y obviamente mi mujer piensa que estoy encerrado en mi oficina hasta arriba de trabajo y papeleos…. mi matrimonio lleva años de capa caída y no nos replanteamos el divorcio por los niños, como si ellos no se dieran cuenta de la situación. – me dijo con aspecto burlón, no sabía si en ese momento echarme a reír diciéndole que era siempre la misma escusa de los que vienen a buscarnos aquí.
El no fue el primero de esa noche, demasiado temor debían de apreciar en mi la no experiencia ya que mis compañeras subían a las habitaciones iban y venían con hombres de diferentes edades que se sentaban en la barra buscando una nueva diversión, y llegó el, me prometí a mi misma que no daría la primera mirada pero con el era diferente, era enigmático y ese misterio me atrajo como un fuerte imán, sus ojos eran de un verde en el que entrabas y te dejabas llevar, me pregunto mis tarifas le gusto lo que ofrecía y subimos a la habitación, me beso en la mejilla de forma discreta y rodeo mi cintura con sus manos buscando la cremallera del vestido , no podía disimular como temblaba mi cuerpo , como me sudaban las manos pero cogí aire y las riendas de la situación ,quería que pasara pronto la media hora , sacó unos billetes de su cartera me dio un tímido beso y se fue.
Me volví a vestir , baje a la discoteca mirándolo todo a mi alrededor y continuo la noche, unos clientes mas , otros momentos en los que el reloj no dejaba que pasasen las horas

La modelo

La modelo

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El cuerpo, debido sin duda al doble impulso provocado por la huida y el impacto del proyectil, había trazado una larga elipse desde el escalón alfombrado del vestíbulo hasta el límite de la vidriera destinada a los modelos cocktail, ahora rota.

Vistas desde el estacionamiento, a la distancia, por ejemplo, del policía de civil que había hecho el disparo, las dos siluetas femeninas relevan la memoria de un par de muchachas besándose, reposando una sobre la otra, bajo la luz irreal del neón, pero basta avanzar hasta la altura de la marquesina, donde aún el aviso de la boutique despide haces de luz entre el polvo y el humo de los gases, como ahora lo hace un camarógrafo extranjero, para corregir la imagen: desde abajo, es un maniquí desmembrado, con falda de lino negro y blusa gris, quien sonríe a una boa de plástico que se ovilla en el piso. Sobre él, los negros ojos ahora inmóviles, la muchacha desnuda a medias, a medias cubierta por el traje de encaje blanco, parece mirar de lado el objetivo de la cámara que se aproxima.

Detrás de la línea móvil que los hombres armados tienden hacia la entrada del Centro Comercial, el camino quebrado de cemento y barro trepa hacia el tanque de agua que remata el cerro: televisores, latas de leche, paquetes de harina precocida, radio cassettes, envoltorios de atún, teclados y disquetes abandonados en la estampida, amurallan los bordes y cortan el ascenso.

La multitud ha dejado de correr y ahora apedrea desde arriba.

La cámara abandona el cuerpo exánime de la chica, el seno descubierto por el vestido de encaje blanco a medio poner, y va hacia la batalla que prosigue. La secuencia, sin embargo, está tomada.

Es verdad que, por la censura, ni Perucho, ni Griselda ni ninguna de las muchachas del barrio la verán jamás modelando en televisión, como ella misma les había jurado que un día ocurriría; pero, en compensación, los satélites la promoverán en Manhattan, en Kings Road, en Vía Venetto, donde nadie le negaría la calidad de la audiencia… Lástima que con la carrera y los disparos no le hubiera alcanzado el tiempo para terminar de meter el brazo en la manga derecha.

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