¿Quién soy?

¿Quién soy?

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Soy un primate que, evolucionado,
por experiencia consecuente,
soy mi exclusivo referente,
como presunto ser humano.

Con pensamiento limitado
en certidumbre subjetiva,
yo soy vivencia restringida,
por mis sentidos acotado.

Soy de mi estirpe la semilla,
soy yo… la rama dispersiva
y el tronco y la raíz de mi árbol.

Soy, en el cómputo de mis acciones,
un cosmos integral, globalizado;
soy sentimiento y emociones,
mi talla de madera, piedra o barro;
la clave de mi sinfonía,
el verso base de mi poesía,
sutil dibujo abocetado
y trama de la tela de mi cuadro.

Soy personaje de literatura,
el angular sillar de arquitectura,
y el claroscuro en mi pasado.

Soy, cual quijote o príncipe encantado,
tu siempre atento y fiel amante,
tu amor seguro y más constante,
en verdes ojos reflejado.

Y, sobre todo, vida mía,
por tus encantos embrujado,
yo soy… ¡Un hombre enamorado!

El profesional

El profesional

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Su visión se enturbió, cuando los ojos de cervatillo desvalido se clavaron espantados en los suyos. Aquella niña de seis años era su objetivo y, como profesional, se debía al compromiso adquirido…
El estruendo del disparo reverberó con dureza en su alma entristecida y todo se tiñó de rojo sangre.

SABBATH

SABBATH

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Atraviesa los poros el ungüento
narcótico de la bruja tendida
y llega al prado en cueros y salida,
sobre fálica escoba en movimiento.
Un numeroso cónclave pagano
se junta, comenzando la apertura
a la parte más honda y más oscura
del pantanoso ser del ser humano.
Lujurias sin amor ni parentesco
se ofrecen a la luna complaciente,
que con esperma y sangre crece y crece.
El Gran Cabrón, al cabo, se aparece,
rey de azufre, y bendice horriblemente
el carnaval diabólico y grotesco.

A destiempo

A destiempo

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“La herida vuelve a sangrar, y una vez más grito de dolor. Reniego contra la vida, por haberte conocido a destiempo. ¡Ah, si tan solo pudiéramos volver a nacer! ¡Si apenas fuera un maldito sueño, una pesadilla! ¿De qué sirve llorarte vez tras vez?
No somos más que un buen cliché, tú el hombre con un compromiso y yo el escritor gay, que sueña con un final feliz…

Hoy me emborracho, y celebro mi derrota. A destiempo, llegué a amarte, y resuena en mi cabeza esa frase. A destiempo, y te habría amado por siempre.”

EL ÁRBOL DE LA VIDA

EL ÁRBOL DE LA VIDA

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“Relatos de abuela”
Tierras donde las tinieblas susurran en la niebla.
Teresa, solo tenía diez años cuando estuvo por vez primera en el pueblo donde su madre nació. Un pueblo con montura de caballo, de fachadas blancas recién pintadas, de algarabías de niños en el paseo, no había parque, pero no lo necesitaban.
Aquellas semanas sus tías mariquilla y frasquita hicieron posible que la niña fuera muy feliz. De vuelta a su destino Teresa pidió a su madre volver de nuevo.
¿Cuantos años pasaron? En aquel hogar no se volvió hablar de aquel pueblito de calles empinadas. Ella terminó los estudios, se envolvió en amores, salidas y amistades
Y ahora que su madre hace un año que murió, ella tiene que volver a cumplir la promesa que le hizo cuando solo tenía un hilo de vida.
Teresa mira por última vez el piso donde ha sido tan feliz, y arrastrando la maleta la saca al rellano mientras el ascensor sube porque es un segundo piso. Un último vistazo a lo que queda detrás de aquella puerta de madera de roble, hace que de su garganta suba un sollozo y un volveré queda apagado mientras echa la llave.
El silencio que la acompaña es roto por el sonido de las ruedas de las dos maletas que lleva. Piensa en los kilómetros que separan el norte del sur. Con el cinturón puesto en el asiento del pájaro de hierro, los ojos entornados, metida en sus pensamientos, la voz de la llegada le asusta.
Su olfato se impregna del olor a azahar nada más salir del Aeropuerto
La luz propia de la ciudad la cautiva y desenvuelta como es ella se dirige a los aparcamientos a recoger el coche que alquiló por internet.
Con la idea de volver a visitar la ciudad, perderse por sus callejuelas, deja atrás el puente del Alamillo, divisa a lo lejos la Giralda, con su pose de señorona, la Torre del Oro la deja a un lado.
Con la música de fondo, los kilómetros van quedando atrás, Teresa se pregunta qué le deparará aquel viaje tan lleno de secretos.
En una recta aparece el Castillo el cual le había impactado tanto de pequeña y quizás algún día sintió miedo de sus almenas tan altas.
Señorial, altivo, así era aquella mole de piedra visto desde lejos.
Teresa llega a su destino y aparca el coche en la calle donde tía mariquilla vive. No ha olvidado el camino y eso que era muy pequeña y no volvió más hasta el día de hoy.
Delante de una puerta blanca y lacada, con un llamador dorado el cual ella sujeta, llama una vez, una voz cantarina desde detrás de la puerta le contesta con un ya voy…
Cuando la puerta se abre la recibe tía Mariquilla, ¿cómo había cambiado aquella mujer?, aunque la dulzura en los ojos persistía con el paso de los años.
Los brazos se extienden hacia Teresa, con un comentario sincero en los labios de su tía abuela, hija estás en tu casa, después la abraza.
Se prodigaron besos, tía Mariquilla coge la mano de su sobrina nieta, mientras que con la otra abre la puerta de par en par.
El zaguán que es muy ancho tiene habitaciones a cada lado. Le llama la atención una repisa de nogal que hay en la entrada, no se aprecia su belleza porque está cubierta de fotografías, en una de ella ha reconocido a su madre de jovencita.
Su tía coge del bolsillo del delantal de medio luto, un manojo de llaves, una de ella abre una puerta de las que están en el zaguán.
Lo primero que ven sus ojos es una ventana grande por donde los rayos del sol se cuelan porque está entreabierta, e ilumina toda la estancia que es muy espaciosa.
¡Me encanta fue mi comentario!—
–Este cuarto era de tu madre, está tal como ella lo dejó.
Cuando tú viniste de pequeña, tía Luci le cedió el suyo, tu madre no quiso abrir esta puerta.
–¿Cuánto misterio pensó Teresa? mientras sus ojos recorren la habitación, a mano derecha una cómoda con cajones y encima un jarrón con margaritas naturales que desprendían olor a campo.
La cama de níquel, color plata en el centro de la habitación, dos mesitas a juego a cada lado, en una de ellas un perfume medio gastado, sin olor y en la otra la imagen en miniatura de la virgen de Fátima, termina el mobiliario con un ropero de tres puertas a los pies de la cama.
Mira por la ventana y divisa campos de olivos y dehesas, qué bien había hecho en venir—piensa ella en el medio de aquel cuarto.
Con las maletas encima de la cama para ser abiertas y colgar la ropa que traía, Teresa pregunta a tía Mariquilla mirándola a los ojos– ¿cuéntame qué misterio quería mi madre que yo averiguara, con la ayuda tuya?
Y le cuenta la promesa que le hizo a su madre antes de morir. La buena mujer la abraza con ternura y con pasos rápidos trae de la cocina un taburete, abre una de las puertas del armario y el olor a naftalina se escapa por la ventana que está entornada.
Teresa mira expectante como aquella mujer menudita tiene agilidad para subirse y arrastra un envoltorio en papel de celofán del fondo del armario. Poniéndolo en los brazos de Teresa, le dice –este es el vestido de novia que tu madre no estrenó nunca. Con el paquete en sus brazos ella siente un escalofrío, ¿por qué su madre nunca le habló claro?
Francisca Morato Oliva. Texto propio.

RECUERDO DE TI

RECUERDO DE TI

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Recuerdo con claridad aquel último viernes de junio.

Nos levantamos tarde, yo había acabado el proyecto del máster y los niños, las clases. Recuerdo que la luz penetraba con tanta fuerza en el salón que por un momento tuve que ponerme las gafas de sol.

Avanzado el mediodía nos llegó la noticia de la muerte de Michael Jackson. La recibí con pena y la misma compasión que me despertó en sus últimos años. Creo que se fue en un buen momento, no imagino el daño añadido que hoy le hubiera causado el abuso de las redes sociales. Creo que no lo hubiera soportado.

Fíjate si mi recuerdo es preciso que sé qué ropa vestía: falda vaquera verde, camiseta verde con un dragón rojo bordado y alpargatas verdes con perlas blancas. Me decía entre risas que ese verde hierba me sentaba de muerte. Sí, de muerte.

Sentada en el ordenador, pasadas las tres de la tarde, leí la noticia de una avioneta estrellada en La Palma y te envié un mensaje: “¿Qué tal estás? ”

No me contestaste.

No lo recibiste.

Me levanté y fui hacia la cocina. Estaba inquieta y aturdida, pero pensé que se trataba de una de esas “cosas mías”. De repente, un gran dolor me doblegó y caí de rodillas. Sentí como una daga atravesó mi cuerpo, a la altura del plexo solar, entre la boca del estómago y el esternón. Sentí como se vaciaban mis entrañas, como la energía me traspasaba y me crujía, atraída por un potente aspirador.

Y, de repente, desapareció. Todo se esfumó.

Ese todo provenía de arriba, de ese lugar del alma donde habita el misterio. Donde anida el espíritu. Y empecé a perder la conciencia y el aliento.

Caminé como pude hacia mi habitación y me acosté sobre la cama. Quería meditar, recobrar la calma y volver a la realidad de mi casa. Tarea vana. Ese dolor se extendía ya por todo mi cuerpo y mi mente zozobraba, inconsciente. O quizás estaba más lúcida que nunca. Más de lo que nunca estuviera.

Más de lo que yo quisiera.

Cerré los ojos y “vi” tu casa, tu cara con la sonrisa dibujada y la de tu mujer llena de lágrimas. Flashes de luz sin descanso. Para que no hubiera duda. En voz alta pedí una señal, ese recurso que utilizamos las meigas de vez en cuando… un grito de auxilio en busca de verdad. Lo que estaba viviendo no podía ser cierto.

De repente, las canciones pachangueras de mis vecinos mutaron en aquella canción de Rick Ashley que hablaba de despedida. Lo supe al instante. Ahí estaba mi señal.

¡Qué rápido me escucharon!

Bajé corriendo a la calle, me estaba ahogando. La bóveda del cielo se me quedaba pequeña, me aplastaba. Le escribí a Susana, extraña época aquélla donde todos mis amigos eran pilotos de avión. “Lo siento mucho – me dijo – es él”. Ahora sí, con la realidad entre mis manos, podía comenzar a llorar, a depurar mi pena y aliviar mi angustia.

A aceptar.

Pasaron un par de horas. A través del correo empezaron a llegar noticias de las madres del colegio. Daban cuenta de lo ocurrido y de la hora para velarte. Al día siguiente sería, tenían que traerte desde La Palma.

Traerte de camino a casa.

Consternadas, hundidas, cabizbajas, allí estaban. Todas eran amigas de tu mujer; yo sólo era tu amiga.

Entré sola, enredada en pena, desconsolada pero bien erguida, como si pusiera a prueba mi fortaleza. Tu madre me vio tan conmocionada que se acercó para consolarme ¡Tu madre! Me preguntó de qué te conocía y le dije que eras mi amigo policía. Y que había sentido tu muerte. Me llevó a un rincón y me pidió que le hablase de ti ¡Ella que te conocía más que yo! Aún me asusta y me conmueve su petición. Me dijo cuánto me envidiaba y todo lo que daría por sentirte como yo te sentía. Lo que siento es reverencia al recordarlo. Me habló de tu padre y cómo nunca logró hallarlo en ella. “A veces busco y busco y no encuentro nada, soy una piedra” me dijo, resignada.

De tu padre me habías hablado un mes antes, aquel penúltimo jueves de mayo. Lo echabas de menos y veías su reflejo en tu hija pequeña.

A tu madre la fui encontrando después, en el colegio, ocupándose de tus niñas y ocupando tu espacio, que no tu hueco.

Los meses venideros alternaron entre la serenidad y el duelo. Recordé, entonces, todos nuestros encuentros y les fui buscando sentido. Era todo lo que me quedaba, todo lo que tenía… y no tenía con quien compartirlos. Desde aquellos primeros, años antes, en la comisaría de policía; tú como inspector y yo como abogada de oficio. Recordé como a veces me veías fijamente y como buscabas el contacto. Me sorprendía y abrumaba. Y me halagaba.

Recordé, también, aquella penúltima tarde. Corría mayo cuando viniste a mi casa. Nos sentamos en un banco del parque y retocaste mi pelo unas cuántas veces. Me tocabas a cada paso, como reafirmando un vínculo. Compartimos experiencias del otro lado, me contaste tus sueños premonitorios y me hablaste de aquel último y extraño, al que restaste importancia: tu hermano y tú teníais un accidente de avioneta y os caíais al mar. Pero estabas tranquilo porque no os pasaba nada.

Te equivocaste en algunos detalles: aquel viernes de finales de junio tu hermano se quedó en el aeropuerto, a salvo, y cedió su sitio a quien se fue para siempre contigo. Me mentiste; fallaste en tu cálculo, amigo.

En ese banco del parque de mayo, me dijiste que te gustaría quedar conmigo, en mi casa, por las noches, para hablar de muchas cosas. Te confieso que esa idea rondó por mi cabeza. Era una preciosa petición, tanto como tú. Porque todo tú eras lindo, un encanto, irradiabas pura candidez, ligereza, dulzura… Y tenías esa frescura de la mañana que te anima a recorrer el día.

Pero no podía aceptarla jamás. Yo te hubiera invitado a mi casa y te hubiera agasajado como el invitado perfecto. Pero tenías una mujer y tres niñas pequeñas, no podía consentirlo, no podía adentrarme en ese bosque de minas.

Te digo ahora lo que nunca te he dicho: me hubiese gustado mucho encontrarme contigo. Pronto descubrí que estabas buscando algo, mi querido amigo, y quizá yo tenía la respuesta. Por eso insistías tanto.

Esa tarde de mayo me diste tu correo, ese que nadie más tenía – me dijiste – y seguimos el contacto durante ese último mes, a las puertas del vacío. Nos veíamos en el cole cada mañana, yo dejaba a mis niños y tú, a las tuyas, y de vez en cuando nos escribíamos durante el día. En tu último mail me contabas que recién habías llegado de Sevilla, de realizar la inspección de tu avioneta. Y la última vez que te vi, cargado de mochilas y tristeza, salías del cole con las niñas. Ibas apagado, apesadumbrado… como perdido. Como nunca te había visto.

Corría el penúltimo viernes de junio. Nunca volví a verte.

Isla bonita le llaman donde hallaste tu final. Pero yo he dejado de ver su beldad.

A veces, a finales de junio acostumbro a introducir tu nombre en google y así te rescato de mi olvido. Nadie conoce esa costumbre, nadie conoce nada, todo queda entre nosotros. Como siempre ha sido. Quizá es mi forma de mantenerte un poco vivo. Impenitente permaneces en las mismas noticias, las que ya no cambian, con tu eterna sonrisa de verano. Ésa que encandilaba a cualquiera que caminase a tu paso.

A veces, aún me descubro mirando al cielo. Y sé que en el Cielo de los buenos te encuentras a salvo. Quizás incluso te marques unos pasos de baile con Michael, llegasteis casi de la mano.

A veces, muy de cuando en cuando, te siento cerca y te pregunto si quieres decirme algo. Pero no tengo respuesta. Sólo veo tu cara y tu sonrisa callada.

Desde aquí abajo, por vez primera te escribo. Después de tantos años.

Te tengo en mi pensamiento y de vez en cuando te sueño. Me da que, entre las nubes, aún te echo de menos.

No en vano me hiciste el mejor de los regalos: me enseñaste mi esencia, esa que tanto me ha costado aceptar. Lo hiciste sin ruido y con toda la contundencia. Imagino que así había de ser: negro sobre blanco, para que me quedase bien claro.

Si alguna vez lo necesitas, ya sabes: sílbame y te descifro.

Un beso eterno, mi querido amigo.

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