Se acabó la función

Se acabó la función

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¿Tanto para acabar así?

Hace menos de dos horas, mi mayor encrucijada, era decidir si ponerme un traje de chaqueta, o un vestido para una reunión.

Diré que el congreso, al que debía de asistir, me era indiferente, solo anhelaba impresionar a Marcos.

Ahora mi dilema, y mi pregunta es, ¿saldré de esta?, seguro que no, la cosa está difícil, y mi función está a punto de acabar, el telón se cierra, ahora me doy cuenta que esto se ha convertido en un antes, y en un después.

Estoy en medio de la nada, un cristal me atraviesa el pecho de un lado a otro, ocurrió en un momento, ni siquiera llegué a rozar la piedra del mechero, cuando mi pulgar quiso hacerlo, sentí que el coche volaba conmigo dentro, me agarré fuertemente al volante, como si eso hubiese servido para frenar el impacto, ahora sé que no es así.

No sé qué pensaría Marcos en estos momentos si me viera, pero de lo que estoy segura,es que quedaría impresionado, que ironía la mía.

Fuera del coche veo a bastante gente, e incluso algunos me hacen fotos, uno de mis sueños de pequeña era ser famosa, y que me hicieran muchos retratos, no pensaba que aquel sueño se convertiría en algo macabro, me siento observada, quiero salir de aquí, esto parece un experimento, como si estuviera dentro de una película de terror, donde yo soy la protagonista.

Un señor que veo al otro lado de la ventana, intenta decirme mediante una mímica lamentable, que me quede quieta, ¿dónde voy a ir?, junto a ese hombre se coloca una señora, y ambos empiezan a realizar su función particular, deduzco que lo que intentan decirme es que vendrán pronto a rescatarme.

No se si lo que siento es dolor o que es, ahora me dan ganas de reír por la absurdez de todo, lástima que al intentarlo, el pecho me presione y sienta un ahogo que me parte en dos.

Sé que no voy a salir de esta, y me jode, la verdad, tengo muchas cosas que me hubiera gustado hacer, y en estos momentos me doy cuenta que estoy encarcelada para siempre, que el telón se cierra y la función ha terminado.

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Maldito Milán

Maldito Milán

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El hotel London en Milán, regentado por unos hindúes que hablaban perfectamente inglés, tenía una habitación con un baño minúsculo, decoración antigua y una combinación de olores que creaba confusión al entrar, pero era barato y estaba céntrico.

Y sin saber realmente si mi obsesión por ese olor era de tipo romántico/existencial o de tipo desagradable/evitativo, visualicé a una multitud de cuerpos de distintas razas, edades, tamaños y pesos, junto a su infinita variedad de calzados, sudores, olores corporales y hábitos higiénicos conviviendo en armonía (o no) en esa habitación de cuatro paredes con moqueta verde desgastada.

Me obcequé entonces en descifrar la procedencia de ese olor. Multipliqué huéspedes por días de la semanas, luego añadí los meses y finalmente los años. Más tarde, agregué otras variables a la ecuación; magnitudes aleatorias que combiné al azar con el único propósito de obtener una única fórmula química que explicase el origen de ese tufo que impedía que me reconciliara de una vez por todas con la humanidad.

Maldito Milán. “Todo el mundo es tan elegante aquí”, me digo mientras observo como cae la noche serena sobre la “Piazza del Duomo”.

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Continente y contenido

Continente y contenido

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Continente son tus ojos, verde mar,

contenido es su mirada, que ilumina.

Continente son tus labios que, al besar,

anticipan el contenido de su sonrisa.

 

Continente es tu piel de leche tibia,

contenido, su tacto tostado, color canela.

Continente, tu rubio cabello de espiga,

contenido, cuando mis dedos recorren su seda.

 

Continente, tu corazón maltratado,

contenido, el amor que de él destila

cuando tu cerebro, continente helado,

no frena el contenido de tu alegría.

 

Continente es el camino que hemos andado.

Las huellas de nuestros pasos, su contenido son.

Contenido es la emoción de nuestro pasado,

todavía continente, el futuro que decidamos los dos…

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Nostalgias

Nostalgias

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Después de tantos días de pensar en ti, era más que justo el soñar contigo. No resultó como deseaba, sin embargo, el que mi mente te haya imaginado así sea por cortos momentos, no puede ser calificado menos que sensacional. Vi tu sonrisa, la cual se había perdido en el tiempo; tu brillante mirada, que en mis recuerdos divagaba extraviada; escuché tu tierna voz, que no había vuelto a percibir ni en el más perfecto de mis silencios. He deseado verte de nuevo, lo cual no es más que un terrible pecado. Hay evocaciones que se entrelazan con la pretensión de hacerme viajar en el tiempo, volver y consumar aquello que se quedó esperando una simple decisión; mi valentía, mi determinación. Al parecer soñar no es ni será suficiente; no obstante, irremediablemente, es lo único que me queda.

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ES ÉL

ES ÉL

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Salió casi sin decir adiós de la tienda donde trabajaba, llegó al coche con la chaqueta en la mano, y el paraguas en la otra, como pudo, abrió la puerta, y dejó caer en el asiento del copiloto todas sus cosas, antes de encender el motor, encendió un cigarro y aspiró con fuerza, sólo cuando sus pulmones se llenaron de nicotina y alquitrán, su cerebro empezó a pensar en todo lo que le quedaba por hacer.

Bajó la ventanilla del coche y tiró al suelo la colilla, un hombre pasaba en esos momentos con su perro, y la miró con cara de pocos amigos, ella le mantuvo la mirada mientras arrancaba el coche, y salió sin ni siquiera ponerse el cinturón de seguridad.

La cabeza le iba a mil por hora, tenía que recoger a Iván de la guardería, poner una lavadora, recoger la cocina, en esos momentos se acordó que ni siquiera había lavado los platos del desayuno.

Notó apático a Iván , se dijo a si misma que en cuanto llegaran a casa le pondría un rato la tele.

El tráfico ese día, era más denso de lo normal, se cambió de carril cuatro veces y siempre para volver al carril inicial, tenía ganas de fumar, pero con Iván en el coche nunca lo hacía, a punto estuvo de encender un cigarro pero no lo hizo.

Llevaba delante de ella, un coche que no supo adivinar la marca, solo vio que era viejo, y que cumplía correctamente con los parámetros de velocidad, eso le puso muy nerviosa, salió de ese carril para intentar adelantarlo, se puso a la par del coche viejo, giró la cabeza, ya que quería ver quien conducía aquel coche sacado de un museo arqueológico, el hombre, al notar la mirada, giró también la cabeza y sonrió amablemente.

No se consideraba racista, pero el conductor era un negro, dentro de una antigualla, y por su culpa iba a llegar más tarde a su casa.

Pensó, que ojala apareciera la policía y se lo llevara de ahí, no se consideraba racista claro que no, pero es que ese negro estaba interponiéndose en su camino y la molestaba constantemente con su presencia.

Se puso tan nerviosa, que encendió un cigarrillo, Iván empezó a toser, pero ella no quiso oírlo, bajó la ventanilla del coche y le hizo un gesto al otro conductor nada amable, él sólo la miró, miró el cigarrillo y a continuación vio a Iván, volvió la mirada hacia ella y negó con la cabeza.

-¿Qué dice este tío? Pensó ella?

Más le valía al negro apartarse del carril que lo único que hace es molestar.-Pensó.

¿Dónde está la policía cuándo se necesita?

Aparcó en el garaje, cogió su bolso, su paraguas, abrió la puerta trasera y cogió a Ivan, lo notó con fiebre, entonces decidió dejar el paraguas en el maletero y subir a Iván en brazos.

A las dos de la mañana, la fiebre no remitía, llamó al médico de urgencias y explicó la situación, le dijeron que no se alarmase, que en menos de veinte minutos llegaría el doctor.

Estaba muy nerviosa, nunca había tenido que llamar al médico de urgencias, pero en esos momentos sonó el timbre, lo notó muy suave, casi le sonó como música celestial.

Abrió la puerta, y no se lo podía creer, el médico era él.

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La rotonda

La rotonda

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  • “¡Mira el chulo ése! ¡Va listo si cree que se va a salir con la suya!”

 

Dos rotondas, le faltaban dos putas rotondas hasta llegar a casa. Después de un día especialmente denso, la interminable cola de vehículos que se interponía entre él y la primera de las dos últimas rotondas le había sacado a Santiago ese Mr. Hyde que todos llevamos dentro cuando subimos a nuestro automóvil. Llevaba más de cinco minutos de reloj esperando “pacientemente” a que le tocase su turno de ingresar en la rotonda. Conocedor de lo mal que gestionaban el acceso a las rotondas todos los conductores de España, menos él, había decidido mantenerse en el carril derecho de la recta que desembocaba en la susodicha rotonda. Total, debía tomar la segunda salida y él sí conocía perfectamente las reglas de circulación en las rotondas.

 

Su “paciencia” estaba empezando a agotarse cuando vio a lo lejos, por el retrovisor izquierdo, un BMW cambiando de carril y avanzando a toda velocidad hacia la rotonda. “¡Qué falta de respeto hacia los demás! ¡Qué prepotencia!”, pensó, “¡Y lleva camino de alcanzar la rotonda cuando me toque a mí! ¡Pues lo lleva claro!”

 

Efectivamente, Santiago comprobó que la rotonda estaba despejada para él en el preciso momento en que el bólido del capullo llegaba a su altura, entrando los dos en paralelo a la rotonda. “¡Seguro que además va a querer tomar la misma salida que yo y se me va a cruzar sin respetar mi prioridad!” Así que Santiago, para enseñarle a ese listillo que no puede conducir como le salga de los cojones y salirse con la suya, ajustó la trazada de forma que ambos coches fuesen milimétricamente en paralelo y se mantuvo en alerta para ver cómo reaccionarían el BMW y su soberbio dueño cuando se encontrasen el acceso al carril exterior bloqueado.

 

Tras dos maniobras infructuosas (y temerarias) para adelantar a Santiago, en el último instante el BMW clavó los frenos en mitad de la rotonda y Santiago tomó su salida, con una sonrisa triunfal y una carcajada tan diabólica que casi no le dejó escuchar el tremendo golpetazo a sus espaldas. Cuando miró por el retrovisor interior vio el autobús. Se había subido literalmente sobre un amasijo de hierros, del mismo color que lucía momentos antes el BMW.

 

Aquel día en la ciudad murieron dos personas: Luis Goicoechea, 25 años, arrollado por un autobús en una rotonda, velado por familiares y amigos, e incinerado dos días después. Y Santiago Ruiz, 55 años, muerto casi al mismo tiempo que Luis, y que sobrellevó su muerte como buenamente pudo, en soledad, disimulándola durante otros 22 años más…

 

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