Ais Eich

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Bueno. Corría el año nosecuantos, más o menos. La Tierra parecía sufrir su última glaciación y era barrida por un viento que arrastraba los copos de modo que asemejaba una suerte de nevada casi horizontal, acompañada de los silbidos de aquel vendaval infame. Unos tipos barbudos cubiertos con pieles llegaron andando a la explanada, junto a un árbol muerto y unas rocas enormes.

-Ñmnñ jeñs `ñknsflnnfb- dijo su líder.

-¡Ja! “pi`ppopoosfnqqnn`knqg- respondieron los otros.

El  diálogo continuó así de animadamente en aquel protolenguaje que podría traducirse más o menos así:

-`sdfsfbñrbfnabv-´ñknna!!

-¡Vaya viento!

-El aire chilla desgarradoramente como cuando te comes vivo un niño enemigo ¿verdad?

-¿Qué dices?

-Que el viento silba entre las rocas como las brujas ardiendo en el fuego purificador.

-¿Cómo? -le respondió poniendo una mano en la oreja a modo de trompetilla.

-Que hace un viento que brama y aúlla entre las rocas como el terrible canis lepophagus del pleistoceno.

-Tío, déjalo, ya me lo dirás en otro momento, que no te oigo bien. ¿No ves que el viento ruge como en la guerra de los dioses?

-¿Qué dices?

-¿Cómo?

-¡No te entiendo!

-¿Quién?

Llevaban un rato chillándose mutuamente los dos guerreros hasta que el jefe de la tribu les impartió sendos garrotazos y por un momento perdieron el frío. Levantó su mano y su garrote y hablo pausadamente como si un dios orase con él. Y dijo:

-Sois un par de gilipuertas.(*)

(*N del T:  Respecto a la palabra gilipuertas. El término laddnkgslñskxww no goza de un amplio consenso entre los lingüistas respecto a su significado concreto. La raíz laddnkg puede significar “cazador de moscas en la nieve”, o también puede ser un mueble zapatero de IKEA, pero finalmente hemos creído que  el término gilipuertas expresaba la idea de modo claro  para el lector contemporáneo).

Abandonaron a los dos muertos y siguieron hasta la cueva que había a la izquierda y entonces fue cuando el jefe les dijo.

-¡Jo, qué diferencia! -y se frotó las manos- Que bien se está aquí, en esta caverna. Jarukk, enciende una hoguera, anda.

-Que yo sepa no hemos descubierto el fuego aun, jefe.

-¡Tú eres laddnkgslñskxww! No estamos en la prehistoria. Ya hay internet fuera de este valle, así que fíjate si conocemos el fuego.

-¿Internet?

-Sí. Incluso he estado mirando con mi teléfono móvil un sitio que se llama Desafiosliterarios.com, que es la web de los nuevos escritores.

-Mola, mola -dijeron todos- ¡Mola, mola!

-Pues sí que mola, sí. Ahora van a crear una nueva sección de relato histórico llamado “Relatos con historia”.

-¡Mola, mola! ¡Mola, mola! -repetían aquellos terribles guerreros y agitaban la cabeza como el que dice que sí, que sí.

-Vamos a escribir un relato cada uno y contaremos algo en un contexto histórico que nos interese.

-¡Mola, mola! ¡Mola, mazo, mola!

Y todos se sentaron y untando la punta de un colmillo de mamut (entre todos, porque el colmillo pesaba 150 kg) con la sangre de un canis lepophagus empezaron a escribir en la pared de la cueva. Todos sacaban la lengua cada vez que escribían una O y hacían el recorrido con la punta, y su jefe los miraba como diciéndose, dioses, vaya tropa tengo.

-¿Pero os  habéis registrado ya en desafiosliterarios.com?

-Si es que son laddnkgslñskxww, ¿eh, jefe?-se aventuró a opinar Jarukk

-Podéis preguntar también a Ángeles Cantalapiedra. Lo de la piedra suena más a lo nuestro, pero si vuestro relato va de romanos o de aztecas, por ejemplo, también podéis preguntarle a ella y a Enrique Brossa.

Cómo enderezar las polainas en los tiempos de Salomón (La ley de Dios)

Cómo enderezar las polainas en los tiempos de Salomón (La ley de Dios)

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LA LEY DE DIOS

Otro día, Salomón fue a los jardines traseros del palacio, con la esperanza vana de no sentirse observado. Estaba cada día más cansado. Habían dedicado tantos años de entrega a su pueblo… Y si, su tiempo sería juzgado por la historia como una época de esplendor. Pero él sabía la verdad. Su poder político y el de su reinado eran importantes pero su pueblo no había asimilado nada de su sabiduría y Salomón había comprendido que la plebe nunca aprendería nada. Eran necios como bestias de carga. Había soñado un imposible. Hacer un pueblo más fuerte por su cultura. Pero sintió que era un iluso. Su mayor error había sido amar a sus súbditos.

Mientras contemplaba el crecimiento de algunas plantas apareció por allí, Sadoc, su sacerdote y fiel partidario.

-Quería felicitarte, oh mi rey, por…

-Ya vale, ya vale.

-Por el modo magistral en el que resolviste ayer…

-¡Qué ya vale!

-¡Pero que es verdad! ¡Eres sabio!

-Deja ya de adularme, Sadoc, o enterraré tu cabeza en las arenas hasta que mueras, como hice ya con Abiatar, tu antecesor. Tus halagos me ofenden. Seré sabio por cuanto conozco sobre los libros sagrados. No por saber de antemano que una buena madre no partiría su bebé en dos. Eso lo sabe el más bruto de los beduinos.

-Salomón, mi rey. Sois sabio por todo, pero más por saber de antemano que una mala mujer puede preferir matar a un niño antes que permitir que no sea suyo. Eso es abominable. Inimaginable. ¡Un indefenso recién nacido! Pero tú lo sabías, mi rey. Yo nunca osaría compararme, pero si lo hiciera, habría de reconocer que jamás hubiera creído que pudiera existir una reacción así. Y sin embargo, pudiste leer los ojos de aquella alimaña humana que se pretendía madre. Así que, con el debido respeto, podéis enterrar mi cabeza. Seguro que bien hecho estará, ya que sois sabio. Para mí lo sois. Siento ofenderos.

Salomón sonrió.

-Te voy a mandar azotar, sacerdote, si esperas que vaya a consolarte como a una de mis esposas, ofendida por mi desconsideración. Mi sabiduría no tiene mérito alguno. Sabes que también hice ejecutar a mi propio hermano, Adonías. O al confiado Joab. Yo sé cuánto dolor arbitrario he creado. He sido capaz de infligir más castigos que los que deseaba. Y aun no sé cuánto más puedo ocasionar en el futuro.

-Se te recordará por tu justicia sin embargo. Por juicios como éste de las dos madres. El pueblo te ve más cercano cuando zanjas disputas de mujeres, que cuando construyes palacios y templos, como el de Jerusalén. Tardan muchos años en erigirse. Demasiados inviernos para ellos. Aunque son importantes para adorar a Yahvé, naturalmente.

-Esos templos durarán siglos erectos.

-Eso es realmente admirable, mi rey… pero la mayoría de los hombres y mujeres no precisan algo tan prolongado.

-Seguir la recta ley de Yahvé nos hará fuertes, sacerdote. Ya está haciendo grande a Israel.

-Lo sé. Pero es bueno que dediquéis parte de vuestra atención a estos menesteres del pueblo.

-¡Vah! Menesteres domésticos. Maté a mi hermano para ser rey. ¿Para esto? ¿Crees que puedo dedicarme a estas peleas de barriada a las que llamáis juicios? Te diré una cosa, Sadoc. Yahvé se me apareció.

-Lo sé, mi rey, lo sé. Me lo has contado tantas veces… como la anciana tía de mi madre el día de su violación.

-Y no quiero pensar que no me crees, porque si no crees a tu rey, tendré que…

-Enterrar mi cabeza en la arena. Ya. Pero os creo. No os molestéis.

-Yahvé se apareció a tu rey y dijo: “Pide lo que quisieras”

-El corazón de nuestro Dios es grande.

-Y Salomón, tu rey, o sea, yo, dije: “Da pues a tu siervo un corazón magnánimo para juzgar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo y así para poder gobernar.

-¡Oh! ¡Qué bien estuviste, Salomón, mi rey! ¡Cómo se quedaría Yahvé con esas, tus sentencias!

-¡Cállate, necio!

-Perdón.

-Y respondió Dios: “lo he hecho conforme a tus palabras: he aquí que te he dado corazón sabio y entendido.”

-Pues ahí lo tiene, mi rey: sois sabio porque lo ha querido Dios.

-Y yo debería aplicar a mi reino de Israel los diez mandamientos. En eso consiste mi sabiduría. La ley de Dios. Una misión histórica y hasta sobrenatural. Y no atender a peleas de vecinos. Ni matar a mi hermano y a otros muchos. No estoy contento, Sadoc.

-Qué duramente os juzgáis. ¡Pero si Adonías solo era medio hermano!

-¡Callad, estúpido! Cada día comprendo menos por qué te he otorgado tan alto puesto. No sé si sois un cínico o un idiota. No vale la pena hablaros. Déjame Sadoc. Debo seguir inspirándome aquí entre estas flores y estas palmeras, y pensar mis proverbios.

-Pero mi rey… Han llegado desde el lejano Egipto dos mujeres atraídas por la fama de tu justicia.

-¿Otras dos mujeres? Sadoc, te voy a despellejar.

-Y un hombre.

-¿Qué les pasa? ¿Otro niño a repartir?

-No. Es el hombre. Las dos mujeres afirman que lo aman más que la otra. Cada una de ellas quiere servirle en exclusiva.

-¿Y qué dice de eso el varón?

-Dice que con gusto las entregaría para vuestro harén. Dice que le ponen la cabeza cual tambor en festejo. No son mal parecidas. Pero él solo busca la Paz. Y con ellas no podría encontrarla.

-Ah, es un místico.

-No, mi rey. La Paz es una joven de Ofir.

-Comprendo. Ofir… Eso está en la ribera del Éufrates. ¿verdad?.

-No, mi rey. Más bien en la del Mar Rojo.

Salomón se quedó mirando con ira a Sadoc y éste al punto agachó la cabeza como si revisase sus babuchas.

-¡Hazlos pasar!

-¿Aquí en mitad del jardín?

-¿Qué te pasa, Sadoc?

-No sé…

-¿Qué te pasa, Sadoc?

-Mi rey, esteeee…

-Sadoc, vas a hacerme blasfemar como no me respondas de una sagrada vez.

  • Pues es que… Yo lo haría sentado en el trono, vamos… No aquí con el hombro apoyado en la palmera. Con un poco más de relumbrón, Salomón, más boato. Que sois el hijo de David y Betsabé. Vestid con vuestro manto, la corona, el cetro… Poneos derechas esas polainas, que no parecen seguir la recta ley de Yahvé. Calzad algo más rico y limpio… En fin, de otras maneras. No vais a impartir vuestra justicia salomónica portando en vuestra mano esa hazadilla embarrada de jardinero, o de niño explorador. Y luego esas…

-¡Basta! ¡Me da igual! ¡Obedece, maldito sacerdote! Tráelos aquí inmediatamente, que yo mientras iré pensando de qué modo voy a ocultar mi hazadilla embarrada en tu blando y panzudo cuerpo.

Al poco tiempo, accedieron a los jardines del palacio las dos mujeres y su hombre.

-Majestad, oh, mi rey Salomón. Si os parece, hablaré yo, que soy el varón.

-No me parece, fíjate qué cosas. Aquí no va a hablar nadie más que yo. Hala. Hoy voy a dictar justicia directamente:

Todos quedaron sorprendidos, pero el monarca alzo la mano y el paisano corto su charla de inmediato.

A este hombre, que lo azoten por venir a importunarme con estas historias de tan bajo perfil.

-Pero, mi rey, yo solo…

-¡Azótenle! Y que no aparezca más por aquí este pendón.

Las mujeres, que parecíeran ser enemigas, se miraron y se sonrieron agradeciendo con muchas reverencias la clarividencia y rapidez de Salomón.

-En cuanto a estas dos hermosas damas…

-¿Las ponemos en tu harén? -sugirió Sadoc.

-Ni hablar. Eso desean ellas. No las quiero. Tengo ya más de mil esposas, adrables unas, impresionantes otras, entre ellas la princesa de Saba y la de Egipto. ¡Qué poco lucirían aquí esas dos! ¡Que las maten!

-¡Pero mi rey, por qué! -decían las dos mujeres aterradas- Hemos venido hasta aquí confiando en tu sabiduría y justicia.

-Mi sabiduría dicta que si el varón fuera hijo de alguna de las dos, al menos una lo habría tratado de salvar. Pero como es solo vuestro sueño de falso amor, con tal de que no sea de otra, lo partiríais en dos hasta matarlo. ¡Siempre están con estas cosas de celos y despechos, este tipo de señoras. ¡Son lo peor! ¡Parecen una canción de Malú! Ya está bien. Realmente no lo quisisteis nunca. En realidad, tácitamente habéis acordado utilizar a ese hombre ingenuo para llegar hasta mí. Que las maten, ya. ¡Cuanto antes, mejor!

-¡Pero no nos has preguntado a nosotras, mi rey! Dejadnos explicar…

-Ni me hacía falta hacerlo. Lo tengo claro. Id y que os maten. No importunaréis más con vuestras cosas.

Se llevaron al hombre a azotar y le hicieron jurar que jamás volvería a estar cerca de Salomón y que se iría a la ciudad de Ofir, donde quiera que eso estuviera, a pasar el resto de sus días con su verdadera amada sin fijarse jamás en otra. Y a las mujeres las ahogaron atándoles piedras al cuello y las piernas y arrojándolas al río.

Salomón se enderezó por fin las polainas, dejándolas rectas como la ley de Dios y sacudió satisfecho el polvo de sus ropajes. Pero entonces vio a Sadoc sonreír. Sadoc se estaba diciendo a sí mismo que un rey debería ser consciente de la maldad o la torpeza humanas, valga la redundancia, porque la maldad es la mayor de las torpezas. Salomón la veía aflorar rápidamente y con nitidez. No era mal rey, o al menos, no lo sería por eso.

  • ¿De qué ríes, sacerdote? Ahora que me acuerdo de ti ¿no teníamos algo pendiente con una hazadilla?

  • ¿Que de qué me río, Salomón? -Sadoc sacudió la cabeza como si negase algo- Y luego diréis que no sois sabio… Os dejaré con vuestros proverbios.

Y se retiró prudentemente andando hacia atrás y haciendo grandes reverencias mientras el monarca trataba de ocultar su sonrisa.

Glosa de una Historia conocida

Glosa de una Historia conocida

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Hace tiempo hubo un hombre entre nosotros
alegre, iluminado…
Amó, vivió y cantaba hasta en la muerte,
libre como los pájaros… (HISTORIA CONOCIDA)
J. Agustín Goytisolo.

GLOSA

Hace tiempo hubo un hombre entre nosotros…
Niño cabrero que se mezcló entre el pueblo
que respiró sus aires y los exhaló en vientos
como no recordarlo por su voz y por su acento
como olvidar su huella si… El hombre acecha
para arrebatarnos su verso que es fortuna.
Y los sueños del esposo soldado, Perito en lunas
si pareciera que fue ayer cuando su ausencia
nos dejó la mirada infinita y libre, como herencia
apenado de estar lejos y tan cerca de su querencia.
Pájaro de fuego con los sueños en ciernes y rotos
en otras ciudades acaso de tierra descontenta
levantó la voz, con tres heridas y 32 tormentas
para cantarle a la vida, a la libertad, a nosotros.

Alegre, iluminado…
Recordadle a plena luz que su voz pervive
a fuerza de golpes, fuerte… Y desamparado
nos ha dejado la esperanza que sobrevive
porque su rayo-estrella que no cesa
iluminando a fuerza de claridades
el rastro de los hombres y las sombra de mis cejas.
Y dale que dale al hambre, pan sin soledades
se alzó contra la dictadura bestia
se rindió a la vocación del amor, casi bruno.
Y peleó con la palabra sedienta de libertad
dejándonos anímica y anónima la herencia
del hombre más apenado que ninguno,
el pueblo reclama con derecho su potestad.

Amó, vivió, cantaba hasta en la muerte…
Los pájaros humildes mueren con las alas puestas
Y con el canto en la garganta expuesta
para que no hubiera corazón inerte
al que no llegara su canto tan fuerte,
porque no tendría sentido ser clandestino
si sabiéndose pueblo, toro y masculino
dejaba que otra garra le arrebatara la suerte,
le dejara el hambre como yugo y destino
entre escarcha, sobre el fruto del vientre
donde el baldío, cambió el vacío por simiente.
Y sabiendo que, Las cartas de amor son vino
puso dos piedras de mirada naciente
a pesar de los cardos que tenía el camino.

Libre como los pájaros…
No podría menos un corazón enamorado
cuyo instinto presintió lo corto de la vida.
Y buscó instalarla en el amanecer mas claro
hasta que un manotazo duro, un golpe helado
cercenó los sueños de libertad aún regados.
Y heredados en las lenguas de su España
con su convocatoria de esperanzas y de hazañas
sin temores de tormentas, fieras, ni conversos
quiso la libertad y la luz para su hijo y el de vos.
Y para el hermano que alimentó sus versos.
Porque solo quien ama vuela…Y da vida
porque si vencen tus alas y encierran tu voz
es aceptar que morirás respirando por la herida.

El juramento

El juramento

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Recuerdo que mi padre era un ser extraño para la época en la que vivió en donde las etiquetas sociales era lo primero que se aprendía. Toda la gente estaba clasificada desde que nacía; mi padre, también, aunque lo ignoró. Me fascinaba contemplarle en silencio y soñar que algún día yo sería como él, hasta una excelente maestra, exactamente como él.

Parecía una tarabilla esperando que escampara para reemprender el vuelo entre azules y grises. Jamás discutía, escuchaba, repetía las palabras ajenas. Asentía y parecía meterse en el alma humana del que estaba hablando con él. A veces pensaba que hubiera sido un buen sacerdote, un pastor de almas tránsfugas, corazones descarriados, pero no para someterse a una religión, porque papá no creía en falsos dioses, sino para cultivar la grandeza del ser humano.

Él decía que todos estábamos hechos de material de primera, pero que ignorábamos nuestro potencial.

Se pasaba el día en la buhardilla refugiado entre sus libros. Sólo necesitaba un sillón, una mesa para escribir y un ventanal desde donde veía el cielo con su arco iris. Los árboles floreciendo, la nieve colarse en las aristas del huerto, o el mar en la lejanía batiendo su poderío entre gaviotas y espuma.

El camino hasta llegar a nuestra casa en otoño se encharcaba con las lluvias y si estaba seco, era una alfombra entre dorados y bermellones. Mi madre se enfadaba mucho con él cuando después de volver de la escuela nos sacaba a saltar charcos o a hacer cantar a las hojas secas. Después, cuando la luz del membrillo caía sobre nuestras sombras, íbamos al corral a decir adiós a las gallinas, a los dos cerdos y a la vaca Lola. Allí había un calor muy especial; papá muchas veces nos decía que debíamos mirar con gratitud a nuestros animales pues gracias a ellos podíamos alimentarnos. Pancho, nuestro perro, giraba las orejas cada vez que le oía hablar, parecía que entendiera los matices de su voz.

Madre, cuando volvíamos de nuestras travesuras, nos tenía preparado el chocolate con picatostes. Yo la abrazaba, me gustaba su olor a jabón, mientras que papá olía a virilidad. Yo en aquel entonces no sabía lo que era un hombre, pero mi padre como si estuviera adivinando mis pensamientos, me contestaba que algún lo sabría y que sería uno de los descubrimientos más fascinantes de mi vida; por desgracia, lo supe mucho antes de que las primaveras me convirtieran en mujer.

Corría el año mil novecientos treinta y siete y mi nación estaba dividida; había estallado la guerra, una contienda de hermanos contra hermanos. No obstante, mi padre en cierto modo nos hacía vivir al margen de aquella guerra tan absurda. Aquel otoño del treinta y siete mientras íbamos recogiendo leña para el duro invierno que nos esperaba, nos hizo prometer a los cuatro hermanos que jamás nos separarían nuestras ideas y que nos respetaríamos; juramos solemnemente su petición mientras a lo lejos se oían disparos.

Aquella noche los fusiles llamaron a nuestra puerta. Nosotros estábamos ya en la cama, padre en la buhardilla leyendo y madre cosiendo al lado del fuego. Sé que él los vio venir, pero no le dio tiempo a avisarnos. Madre quedó sentada mientras su sangre corría entre los pliegues de su labor. Papá como buen maestro que era quiso hacer razonar a aquellos locos que creían que con el fuego no hacían falta las palabras y eso. Precisamente, hundió a su mundo. Primero le ataron y después le hicieron ver cómo fusilaban a su hijo mayor. Después, cómo violaban a sus tres hijas. María tenía dieciséis años, Ana, catorce y yo, once. Antes de que tatuaran su cabeza con dos disparos, aquellos locos vocearon al unísono “¡Fascistas!” … Desaparecieron en la oscuridad de la noche.

Han pasado tantos años que la memoria se ha convertido en un desván donde se alojan hasta los trastos más inservibles… Como el odio que corre por mis venas hasta el día de mi muerte; lo juro por mi padre.

Relatos con Historia… El cántaro roto de Antonio Miralles

Relatos con Historia… El cántaro roto de Antonio Miralles

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  • ¿Cómo te has atrevido, maldito cobarde, a avergonzar así a todo un pueblo, poniendo con tus actos la deshonra sobre los hombros de todos sus habitantes?

  • ¿Tú que dices de deshonra? Deshonrado estaría yo si permitiera que mi mujer hiciera lo que le diese la gana. Es mi mujer y como tal me debe obediencia.

  • No voy a usar contra ti la misma violencia que demuestras, aunque ganas no me faltan, porque veo que eres un pobre inculto. Pero sí que te voy a enseñar algo que tú ignoras, aun siendo hijo de este pueblo de Bailén, orgullo de toda la provincia de Jaén.

Cuando se forma parte de la historia con mayúsculas, se tiene una responsabilidad con los antepasados, y hay que saber comportarse como lo hicieron ellos. Con una historia como la nuestra, no pueden surgir en nuestro pueblo ni cobardes ni maltratadores, porque eso sería un insulto para todos.

Ven, observa este escudo del pueblo que estás avergonzando y dime que ves en él.

-Yo sólo veo un escudo que habrán hecho los políticos; no sé qué tiene que ver con los asuntos que yo tenga con mi mujer.

-Pues te lo voy a explicar para que seas tú el que se avergüence.

Mira, a la derecha aparecen dos sables unidos por una cinta, y al final de ella un águila boca abajo atrapada por sus garras. Sobre los sables una corona de laurel y una cinta con la leyenda: Bailén, 19 de julio de 1808.

Esto, debes tenerlo claro, hace referencia a la famosa batalla, la primera que perdieron los franceses en campo abierto, representados por el águila.

Y a la izquierda, ¿Qué ves?

-Un cántaro roto, que imagino que alude a la cerámica que hacemos aquí desde hace tanto tiempo.

-Pues no. Hace referencia al valor de tu mujer. Si, al de todas las mujeres. Y te lo explico:

Ese día de la batalla se alcanzaron aquí, como puedes imaginar, altísimas temperaturas, y tanto los franceses como los españoles sufrían por la sed. Pero nosotros teníamos a las mujeres, que, aunque no combatieron directamente, si se dieron cuenta del problema de la falta de agua entre las tropas.

Un gran número de ellas decidieron, mostrando gran valor, socorrer a nuestros soldados cruzando el campo de batalla para llevarles agua, a pesar del peligro de las balas francesas. No te extrañe que un acto así ayude a cambiar el signo de una batalla.

Según cuentan, una tal María Bellido llevaba un cántaro de agua al general Teodoro Redding, jefe de las tropas españolas, cuando una bala rozó el cuerpo de María y fue a dar en el cántaro, abriendo en él un boquete por el que se perdió el agua de su interior.

María lo miró consternada, ya que era mucha la necesidad que de esa agua tenía el militar, y la muchacha vio que a pesar del orifico de bala aún quedaba agua en su interior, con la que el general pudo saciar su sed. Ese es el cántaro que ves en tu escudo, que homenajea así a todas las valientes mujeres de Bailén, por su colaboración en la victoria.

Tú, como todos los hombres del mundo, y aún más los de Bailén, no podemos olvidar esta historia, y menospreciar u ofender a ninguna mujer de cualquier manera, pues probablemente muchos de nosotros vivamos gracias al valor que demostraron.

Ahora ve a casa y pide perdón a tu mujer, que, como todas sus antepasadas de 1808, es más valiente que tú.

Autor, Antonio Miralles

Mojacar 1488

Mojacar 1488

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-Aquí, a este hermoso paraje de la fuente hemos venido en paz, como se había convenido, yo, don Garci Laso de la Vega, comisionado por mis Reyes sus Católicas Majestades de una parte, y vos, señor Alabez como alcaide que sois de Mojacar, por la otra.

Mis reyes esperan a cuatro leguas de aquí, en la ciudad de Vera, a que expliquéis el motivo por el que no habéis rendido el sitio según sus órdenes, como han hecho todos los alcaides de la comarca.

Sabéis vos que intentar oponeros por la fuerza es inútil, ya que me tendréis enfrente y desde que salí de mi Écija natal he demostrado mi valor convirtiendo todas las batallas en las que he participado en victorias. Nada de ayuda podéis esperar pues, habiéndose rendido todas las villas vecinas, y las hermosas murallas que rodean vuestro pueblo no han de ser obstáculo para mis curtidas tropas.

-Señor capitán Garci: conozco de vuestra fuerza y sé sobradamente de cuantas tropas disponéis y de su preparación. Pero habéis de saber que no está en mi ánimo hacer batalla contra vos. Mis gentes aquí viven seguras y no seré yo quien ponga sus vidas en peligro.

Me preguntáis mis motivos para no rendir la plaza como exigís, tal que si ésta fuera vuestra. Caed en la cuenta capitán, que aun siendo musulmán, soy tan español como vos, junto con todo mi pueblo, y no puede ser de otra manera cuando vivimos en estas tierras hace setecientos años. Ahora vienen vuestras tropas a pedirnos que abandonemos estas casas que construyeron nuestros abuelos, y dejemos baldíos los campos que cultivaron nuestros antepasados.

Yo no he hecho armas contra los cristianos, así que, antes de entregarnos, solo pido que por justicia se nos trate como compatriotas y hermanos, y no como enemigos, y se nos permita cultivar nuestros campos como un pueblo más del reino.

Como buen soldado que eres, amenazas con atacar si me niego a tus requerimientos. Haces bien, ya que es tu deber, pero yo te digo, que de no atenderse los nuestros, a las claras tan justos, yo, como buen español que soy, prefiero antes de rendirme morir defendiendo mi pueblo. Esas son mis razones. Ve y transmíteselas a tus reyes si tal es tu obligación.

-Señor Alabez, digno alcaide de Mojacar, no puedo hacer otra cosa que honrar vuestras palabras, tan llenas de juicio, y vuestro valor. No puedo dudar por vuestra actitud, que sois español. De aquí a dos días entregareis las llaves de la ciudad, como así se me ha ordenado, pero tomo vuestra palabra como una prueba de lealtad a vuestros nuevos reyes. Vuestra villa será honrada con el título de ciudad, y nosotros mantendremos la promesa que ahora os hago de que seréis respetados como españoles.

Permitidme que antes de marchar a notificar estos hechos, os abrace como un hermano.

 

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