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Querido esposo,

Me alegraré que al presente de ésta te encuentres bien, yo bien G. a D.

¿Te acuerdas cuando nuestras cartas comenzaban así, cuando tenía que expresar en clave lo que verdaderamente quería decir, porque Antoñita escribía mis cartas y me leía las tuyas? ¡El odioso servicio militar! Tuve que esperar hasta que nuestro último hijo empezó a ir a la escuela para ir yo también. ¿Recuerdas aquellos años? Yo iba a la tienda de Antonio y pedía por unidades, por fracciones de medidas y pagaba del mismo modo, en menudeo, en goteo, pero puntualmente. Entonces mis vecinas eran mis hermanas y ahora es al contrario.

Qué extraño se ha vuelto el mundo, con aparatos absurdos y adicciones a cosas que ni siquiera se ven. Mi padre, filósofo de la vida, sentenciaba mucho y yo nunca presté atención a sus frases. Me sonaban a refranes caducos o a poesía de otro mundo. Y ahora yo hago lo mismo.

El tiempo pasa, querido esposo, y el mío está llegando a su fin. Qué pena y qué ternura me producen las expresiones interrumpidas, los suspiros ahogados y las miradas profundas que sorprendo en mi familia. Yo ya lo sé, pero si el pensar que yo lo ignoro os consuela, entonces os consolaré. Pero no me iré sin despedirme.

Cuando encuentres esta carta recíbela como un beso y como un abrazo de agradecimiento. ¿Por qué debería estar enfadada? Estoy agradecida. Los tesoros se encuentran entre tierra sucia, las perlas en gelatinosas ostras y tú y mis hijos en este mundo mezquino.

Hemos caminado juntos mucho tiempo, desde aquel día de verano en que nos vimos por primera vez en la playa, tú ayudabas a tu padre con las redes y yo había dejado a mis dos hermanos pequeños correr por la arena, sintiéndome como una pastora que vigila su pequeño rebaño de cabras. De ninguna manera ovejas. Ya sabes cómo son, siempre han sido así.

Ha sido un largo camino lleno de piedras, un amor que a veces ha corrido como hilillos, otras veces como estanques, otras como enormes cascadas, pero siempre vivo. Hubo momentos en los que abrazarte era como tomar una rosa plagada de espinas y el mundo un lugar frío, oscuro y distante donde no había horizonte ni nada a qué agarrarse. También he de reconocer que a veces yo no supe amarte.

Pero las heridas sanan, las lecciones se aprenden, se abren nuevos horizontes para el que está dispuesto a renovarse. Soy vieja pero no tengo miedo a lo nuevo. Por eso el nieto de don Julián, el del segundo, me llama con ironía “doña Perpetua” porque escucha con frecuencia cómo cambio los muebles de sitio, el zapateo de cuando intenté aprender salsa. ¡Qué risas! Gracias a Dios no me caí entonces, porque la osteoporosis ya había comenzado. No se lo tomo a mal. De hecho, me gusta charlar con él. Está tan loco y es tan descarado como los de su generación, pero tiene la frescura de la juventud.

Mientras duermes te tomo con sigilo de la mano y así amanecemos. Desde que lo sabes ya no te quejas de malas posturas. Me alegro de irme primero. Qué egoísta ¿no?

No le leas esto a los hijos, no hay por qué hurgar en las heridas. Sólo diles que les quiero, que les espero al otro lado y que volvería a tenerles miles de veces, con lo malo y con lo bueno. Asegúrate de que entiendan que no estoy enfadada ni triste, que simplemente sé que se acabó mi tiempo.

No nacimos para ser eternos a este lado del cielo.

Cuando viene la vida hay un parto que soportar, posiblemente al irnos también, así que con fuerza cierro los puños como las otras veces, pero no tengo miedo: sé a dónde vuelo.

No estés demasiado triste pero tampoco me olvides. No te lo perdonaría en toda mi vida.

Querido esposo, recibe un millón de besos.

Adela