Mojacar 1488

Mojacar 1488

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-Aquí, a este hermoso paraje de la fuente hemos venido en paz, como se había convenido, yo, don Garci Laso de la Vega, comisionado por mis Reyes sus Católicas Majestades de una parte, y vos, señor Alabez como alcaide que sois de Mojacar, por la otra.

Mis reyes esperan a cuatro leguas de aquí, en la ciudad de Vera, a que expliquéis el motivo por el que no habéis rendido el sitio según sus órdenes, como han hecho todos los alcaides de la comarca.

Sabéis vos que intentar oponeros por la fuerza es inútil, ya que me tendréis enfrente y desde que salí de mi Écija natal he demostrado mi valor convirtiendo todas las batallas en las que he participado en victorias. Nada de ayuda podéis esperar pues, habiéndose rendido todas las villas vecinas, y las hermosas murallas que rodean vuestro pueblo no han de ser obstáculo para mis curtidas tropas.

-Señor capitán Garci: conozco de vuestra fuerza y sé sobradamente de cuantas tropas disponéis y de su preparación. Pero habéis de saber que no está en mi ánimo hacer batalla contra vos. Mis gentes aquí viven seguras y no seré yo quien ponga sus vidas en peligro.

Me preguntáis mis motivos para no rendir la plaza como exigís, tal que si ésta fuera vuestra. Caed en la cuenta capitán, que aun siendo musulmán, soy tan español como vos, junto con todo mi pueblo, y no puede ser de otra manera cuando vivimos en estas tierras hace setecientos años. Ahora vienen vuestras tropas a pedirnos que abandonemos estas casas que construyeron nuestros abuelos, y dejemos baldíos los campos que cultivaron nuestros antepasados.

Yo no he hecho armas contra los cristianos, así que, antes de entregarnos, solo pido que por justicia se nos trate como compatriotas y hermanos, y no como enemigos, y se nos permita cultivar nuestros campos como un pueblo más del reino.

Como buen soldado que eres, amenazas con atacar si me niego a tus requerimientos. Haces bien, ya que es tu deber, pero yo te digo, que de no atenderse los nuestros, a las claras tan justos, yo, como buen español que soy, prefiero antes de rendirme morir defendiendo mi pueblo. Esas son mis razones. Ve y transmíteselas a tus reyes si tal es tu obligación.

-Señor Alabez, digno alcaide de Mojacar, no puedo hacer otra cosa que honrar vuestras palabras, tan llenas de juicio, y vuestro valor. No puedo dudar por vuestra actitud, que sois español. De aquí a dos días entregareis las llaves de la ciudad, como así se me ha ordenado, pero tomo vuestra palabra como una prueba de lealtad a vuestros nuevos reyes. Vuestra villa será honrada con el título de ciudad, y nosotros mantendremos la promesa que ahora os hago de que seréis respetados como españoles.

Permitidme que antes de marchar a notificar estos hechos, os abrace como un hermano.

 

Por su propia seguridad

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Pienso llegar a mi destino pese a todo, aunque este «todo» parece estar consiguiendo al menos retrasarme.
Ahora estos simpáticos servidores de la ley y el orden me han pedido que circulen a 20 km por hora por encima de lo que recomienda la vía. 200 euros, pero ha sido por mi seguridad.
Mierda de suerte la mía, cuando hace tan solo 20 km, que casualidad, que él pinchó una rueda, y entonces la benevolencia no estaba para ayudarme. Estarían ocupados cobrando a otros por su propia seguridad.
Pero tengo que llegar. Ya. ¿Qué más puedes pasarme? Seguro que una vez aquí se me olvida este maldito viaje y dejaré tener la importancia del dinero que me va a costar. O quizás todo esto me ocurra en forma de aviso para que la vuelta.
No. Ahora ya estás cerca no me voy a acobardar. Seguro que ella merece la pena.
Al menos por teléfono en voz suena dulce. Es cierto que en esta época de videoconferencias y fotografías digitales parece bastante raro que aún no sepa cómo es su físico. Todo el mundo tiene infinidad de fotografías en las redes sociales. Pues ella no. ¿Debería ser sospechoso?
Ella dice que es una romántica, y que quien se enamora de ella debe hacerlo por su interior y no por su físico, y me ha asegurado que es atractiva. Si, ella podría ser un señor con bigote, y por eso yo empecé a hablar al menos por teléfono después de tanto conversar con ella a través del chat. ¡Señor, a mi edad y haciendo tonterías de adolescente!
Digo yo que, después del viajecito de 200 km, la multa, el pinchazo y esa maldita avispa que se ha colado por la ventanilla y me ha comido literalmente el brazo, esta chica (si es que es una chica), al menos me dará un achuchón. Tal y como va el día, probablemente no será muy agraciada y me hará pasar un rato (es una romántica, que no se me olvide) cogidos de la mano a la luz de la luna antes de hacer que me vuelva a casa solo y cansado y reprochándome mi propia estupidez.
Bueno, tras esta trágica epopeya ya estoy aquí, donde habíamos quedado. Y por ahí viene lo que parece una chica. Sí; me sonríe, es ella.
Pues… vaya…

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DESAFÍO MALDITO VIAJE MALDITO. Convocatoria y clasificación en tiempo real

Mi calle

Mi calle

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La noche se prestaba a nuestros planes, que no eran otros que el robo. Y no se trataba de una sustracción al uso, de materiales o dinero, no. Si no de un robo de sentimientos.
Como paladines justicieros, nos disponíamos a restituir lo que creíamos que en justicia correspondía; nada más y nada menos que devolver el amor al pueblo.
Nuestro ayuntamiento, por algún motivo que a nuestra edad de idealistas adolescentes se nos escondía, había decidido cambiar el nombre más bello posible para una calle, el “Paseo de los enamorados”, por otro más políticamente correcto institucionalmente, y que no voy a reproducir aquí, aunque ya aseguro que no era nada romántico.
Además, en dicha calle, no hay viviendas. Por no haber no hay ni puertas, y por lo tanto no hay números, por lo que siempre ha sido una calle solo de paso, o más bien, de paseo.
Dicho nombre de “Paseo de los enamorados” no estaba oficializado, es cierto, pero todo el mundo sabía dónde ir para encontrar nuestra calle.
El día, o mejor dicho, la noche en que nos dimos cuenta de tal cambio, y después de estudiar el problema con sus pros y sus contras, decidimos que no quedaba otra opción posible para devolver a la calle su orgullo, que robar esa nueva placa que se había colocado a traición con tan poco reconocible nombre.
Así que a la siguiente ocasión, después de envalentonarnos con un par de copas, (ya que por entonces aun no se estilaba el ahora famoso botellón), y saliendo preparados con un oportuno destornillador, nos dispusimos a la tarea.
Pocas cosas haríamos tan divertidas a la par que justas en nuestra vida.
Contraviniendo las leyes municipales y la ley de la gravedad, mis amigos me subieron a hombros, y mientras otros vigilaban y los demás ejercían de escaleras humanas, desatornillé una a una las sujeciones de la placa de la discordia.
Visto desde la distancia que da el tiempo, y reconociendo que nunca apoyaría a mis hijos para que realizaran una acción así, hay que admitir que fue de lo más emocionante que recuerdo haber hecho nunca. Esos escasos minutos que tardé en sacar cada uno de los tornillos, entre risas y movimientos de mi improvisada escalera humana, pasaron a formar parte de los recuerdos indelebles de una vida.
Evidentemente, la calle volvió a quedar sin nombre, pero nosotros sabíamos cómo se llamaba, cómo volvía a llamarse, por obra y gracia de un destornillador y algo de valentía.
Justo es reconocer que el realizar ese insignificante acto de rebeldía, fue en gran parte por diversión, pero en el fondo nos quedaba ese pequeño orgullo de haber arreglado un atropello a la dignidad de una calle, aunque lo disfrazáramos de pequeña trastada.
Y así volvimos, ufanos como héroes que regresan de la batalla, y la prueba de la victoria escondida entre nuestras ropas.
Solo lamento que entonces no existieran tantas cámaras como ahora para haber inmortalizado el momento de nuestra aventura. Aunque aun, uno de los miembros de nuestro grupo de juramentados, conserva la prueba de cargo de nuestra noche justiciera, y lo de la fotografía todavía se puede arreglar. Probablemente el delito ya habrá prescrito.
¿Puede una experiencia festiva como esa, hacer que le prestes en tu vida futura más atención a la palabra amor, y a lo que significa tener un paseo en tu pueblo para los enamorados?
Ahora siempre rio cuando, también por oportunismo político, ponen esos nombres tan rimbombantes a las nuevas calles: “avenida de la libertad”,” plaza de la paz”, etc.
Entonces recuerdo nuestra aportación a la identidad de esa calle del amor, y me siento con la tranquilidad del deber cumplido.

Eu daria minha vida

Eu daria minha vida

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No hay más que ver como la mira para saber cuáles son sus sentimientos hacia ella, aunque se esfuerza cada día en disimularlos.
Una luz interior ilumina su mirada cada vez que la ve aparecer, con su caminar tranquilo y sinuoso, atravesando el espacio con esas piernas que le hacen volver la mirada para que no resulte tan evidente la atracción que le causan.
Cuando habla con ella, no puede evitar una sonrisa de intensa felicidad, y se autohiptoniza con la contemplación de sus labios.
El día que un indiscreto botón de su camisa le permite atisbar un centímetro de su ropa interior, o el color levemente dorado de sus pechos, ese día, es absolutamente feliz.
Observa sus caderas perfectas cuando camina dos pasos por delante de él con total adoración. Se complace en la observación de su movimiento y su rotunda firmeza, con un placer rayano en la lascivia.
Le obsesiona la idea de poder disfrutar en alguna ocasión el sabor de su piel. La desea profundamente, pero no es solo por la pasión que le provoca la visión de su cuerpo, es algo más lo que lo hace suspirar con cada palabra suya, con cada sonrisa que ella le regala.
Es una chica bastante normal, ha oído decir, incluso a ella misma. No, para él es la perfección. No es solo un cuerpo esbelto o un rostro precioso; es un gesto, es su voz, sus movimientos. Todo en ella le produce una sublime admiración.
Nadie alrededor parece darse cuenta de que intenta atravesar su cuerpo con cada mirada, para intentar acariciar su alma.
Ella tampoco parece adivinar sus pensamientos, y conversa con él con total naturalidad, ajena a su secreto.
Hace tiempo que se prometió a sí mismo no volver a verla, o al menos, no tan a menudo. Cambiar sus hábitos y rutinas para evitar coincidir con ella y así minimizar los daños, ese dolor que le muerde por dentro cuando reconoce serenamente que su deseo es una fantasía irrealizable.
Pero le mueve la esperanza, y se acerca a ella casi de manera involuntaria, inconscientemente, con la ilusión de que algún día su alma se encuentre desprevenida y le permita entrar.
Y por supuesto para tener ese rato de placer que siente en su compañía. Tenerla cerca al menos por un momento se ha convertido en una adicción de la que pocas veces está dispuesto a renunciar, aunque sufra más tarde, cuando reflexiona y comprende que no disfrutará de esa intimidad que ansía tener con ella.
Por eso la echa de menos en cada actividad que realiza.
Cuando toma una copa de vino piensa en si a ella le gustaría; cree saber su opinión sobre cada canción que oye, sobre cada pintura que ve, sobre cualquier libro que lee.
Si estuviera con él, oyendo su voz, su risa.

Para no olvidar

Para no olvidar

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Una imagen me sacude hoy. Un recuerdo olvidado de un tiempo que pensaba perdido en la memoria pero que vuelve con fuerza.
Ahora veo que no tengo otros recuerdos de ese tiempo que no sea el de su imagen, sus palabras, sus besos.
Fue un tiempo perdido que dejó poca influencia en este presente mío, pero que ahora que lo revivo tan fuertemente, sé que no cambiaría por nada.
Pareciera que el tiempo no avanza, sino que da vueltas en un círculo eterno para hacerte revivir los afectos de un pasado que creías superado.
Después de separar nuestros caminos por senderos que iban alejándose cada vez más, resulta que de repente se vuelven a unir en este cruce del espacio y el tiempo, y resulta, si no doloroso, si extrañamente inquietante.
Y a mi pesar, este recuerdo se convierte en una vivencia actual, muy profunda, húmeda incluso, de añoranzas del deseo y de lágrimas.
Lo que costó tanto esfuerzo olvidar, en un momento regresa con toda la intensidad de aquellos años.
Porque su imagen sigue teniendo ese poder evocador, esa potencia física de voluptuosidad que no ha mermado con el paso del tiempo.
Abrazar su cuerpo era un retiro espiritual, trascendía lo físico para que todo el universo no importara. Solo su cercanía, su calor.
Su aroma intimo, que inundaba nuestros encuentros, vuelve a llenar mis fosas nasales como si hubiera sido ayer la última vez que sudamos juntos cuerpo con cuerpo.
Sé que este recuerdo prohibido se va a quedar conmigo esta vez. No podré en esta ocasión, ni quiero, olvidar su cuerpo, ni su cara. Quizá tampoco pueda olvidar lo que ya sentí y ahora revivo tan nítidamente.
El futuro, con seguridad, estará lleno de nuevos sentimientos, de distintos amores y de otros cuerpos; pero no cometeré el error de olvidarlos.
Serán archivados en la memoria con meticulosidad, especificando en cada uno de los casos el tipo e intensidad de los sentimientos. Fríamente.
Pero ni yo mismo me creo lo que pienso. No creo que sea capaz de distinguir un sentimiento en el momento de vivirlo. Ni creo capaz a ningún ser humano de hacer tal cosa.
La razón, que debería ser lógica, por algún motivo no sabe de sentimientos; y esa memoria, también por alguna razón que desconozco, se encarga de manera aleatoria, de recordar solo ciertas cosas y devolvernos imágenes olvidadas en el momento más inadecuado.
No recuerdo si ella me amó alguna vez. Me quiso, si, y hacíamos el amor con desesperación, pero no sé si me olvidó como yo a ella, o aun su memoria conserva los datos de mi paso por su vida.
Llegué a olvidar hasta su nombre, y ahora, hago un esfuerzo por recordar.

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