Mi calle

Mi calle

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La noche se prestaba a nuestros planes, que no eran otros que el robo. Y no se trataba de una sustracción al uso, de materiales o dinero, no. Si no de un robo de sentimientos.
Como paladines justicieros, nos disponíamos a restituir lo que creíamos que en justicia correspondía; nada más y nada menos que devolver el amor al pueblo.
Nuestro ayuntamiento, por algún motivo que a nuestra edad de idealistas adolescentes se nos escondía, había decidido cambiar el nombre más bello posible para una calle, el “Paseo de los enamorados”, por otro más políticamente correcto institucionalmente, y que no voy a reproducir aquí, aunque ya aseguro que no era nada romántico.
Además, en dicha calle, no hay viviendas. Por no haber no hay ni puertas, y por lo tanto no hay números, por lo que siempre ha sido una calle solo de paso, o más bien, de paseo.
Dicho nombre de “Paseo de los enamorados” no estaba oficializado, es cierto, pero todo el mundo sabía dónde ir para encontrar nuestra calle.
El día, o mejor dicho, la noche en que nos dimos cuenta de tal cambio, y después de estudiar el problema con sus pros y sus contras, decidimos que no quedaba otra opción posible para devolver a la calle su orgullo, que robar esa nueva placa que se había colocado a traición con tan poco reconocible nombre.
Así que a la siguiente ocasión, después de envalentonarnos con un par de copas, (ya que por entonces aun no se estilaba el ahora famoso botellón), y saliendo preparados con un oportuno destornillador, nos dispusimos a la tarea.
Pocas cosas haríamos tan divertidas a la par que justas en nuestra vida.
Contraviniendo las leyes municipales y la ley de la gravedad, mis amigos me subieron a hombros, y mientras otros vigilaban y los demás ejercían de escaleras humanas, desatornillé una a una las sujeciones de la placa de la discordia.
Visto desde la distancia que da el tiempo, y reconociendo que nunca apoyaría a mis hijos para que realizaran una acción así, hay que admitir que fue de lo más emocionante que recuerdo haber hecho nunca. Esos escasos minutos que tardé en sacar cada uno de los tornillos, entre risas y movimientos de mi improvisada escalera humana, pasaron a formar parte de los recuerdos indelebles de una vida.
Evidentemente, la calle volvió a quedar sin nombre, pero nosotros sabíamos cómo se llamaba, cómo volvía a llamarse, por obra y gracia de un destornillador y algo de valentía.
Justo es reconocer que el realizar ese insignificante acto de rebeldía, fue en gran parte por diversión, pero en el fondo nos quedaba ese pequeño orgullo de haber arreglado un atropello a la dignidad de una calle, aunque lo disfrazáramos de pequeña trastada.
Y así volvimos, ufanos como héroes que regresan de la batalla, y la prueba de la victoria escondida entre nuestras ropas.
Solo lamento que entonces no existieran tantas cámaras como ahora para haber inmortalizado el momento de nuestra aventura. Aunque aun, uno de los miembros de nuestro grupo de juramentados, conserva la prueba de cargo de nuestra noche justiciera, y lo de la fotografía todavía se puede arreglar. Probablemente el delito ya habrá prescrito.
¿Puede una experiencia festiva como esa, hacer que le prestes en tu vida futura más atención a la palabra amor, y a lo que significa tener un paseo en tu pueblo para los enamorados?
Ahora siempre rio cuando, también por oportunismo político, ponen esos nombres tan rimbombantes a las nuevas calles: “avenida de la libertad”,” plaza de la paz”, etc.
Entonces recuerdo nuestra aportación a la identidad de esa calle del amor, y me siento con la tranquilidad del deber cumplido.

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Eu daria minha vida

Eu daria minha vida

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No hay más que ver como la mira para saber cuáles son sus sentimientos hacia ella, aunque se esfuerza cada día en disimularlos.
Una luz interior ilumina su mirada cada vez que la ve aparecer, con su caminar tranquilo y sinuoso, atravesando el espacio con esas piernas que le hacen volver la mirada para que no resulte tan evidente la atracción que le causan.
Cuando habla con ella, no puede evitar una sonrisa de intensa felicidad, y se autohiptoniza con la contemplación de sus labios.
El día que un indiscreto botón de su camisa le permite atisbar un centímetro de su ropa interior, o el color levemente dorado de sus pechos, ese día, es absolutamente feliz.
Observa sus caderas perfectas cuando camina dos pasos por delante de él con total adoración. Se complace en la observación de su movimiento y su rotunda firmeza, con un placer rayano en la lascivia.
Le obsesiona la idea de poder disfrutar en alguna ocasión el sabor de su piel. La desea profundamente, pero no es solo por la pasión que le provoca la visión de su cuerpo, es algo más lo que lo hace suspirar con cada palabra suya, con cada sonrisa que ella le regala.
Es una chica bastante normal, ha oído decir, incluso a ella misma. No, para él es la perfección. No es solo un cuerpo esbelto o un rostro precioso; es un gesto, es su voz, sus movimientos. Todo en ella le produce una sublime admiración.
Nadie alrededor parece darse cuenta de que intenta atravesar su cuerpo con cada mirada, para intentar acariciar su alma.
Ella tampoco parece adivinar sus pensamientos, y conversa con él con total naturalidad, ajena a su secreto.
Hace tiempo que se prometió a sí mismo no volver a verla, o al menos, no tan a menudo. Cambiar sus hábitos y rutinas para evitar coincidir con ella y así minimizar los daños, ese dolor que le muerde por dentro cuando reconoce serenamente que su deseo es una fantasía irrealizable.
Pero le mueve la esperanza, y se acerca a ella casi de manera involuntaria, inconscientemente, con la ilusión de que algún día su alma se encuentre desprevenida y le permita entrar.
Y por supuesto para tener ese rato de placer que siente en su compañía. Tenerla cerca al menos por un momento se ha convertido en una adicción de la que pocas veces está dispuesto a renunciar, aunque sufra más tarde, cuando reflexiona y comprende que no disfrutará de esa intimidad que ansía tener con ella.
Por eso la echa de menos en cada actividad que realiza.
Cuando toma una copa de vino piensa en si a ella le gustaría; cree saber su opinión sobre cada canción que oye, sobre cada pintura que ve, sobre cualquier libro que lee.
Si estuviera con él, oyendo su voz, su risa.

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Para no olvidar

Para no olvidar

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Una imagen me sacude hoy. Un recuerdo olvidado de un tiempo que pensaba perdido en la memoria pero que vuelve con fuerza.
Ahora veo que no tengo otros recuerdos de ese tiempo que no sea el de su imagen, sus palabras, sus besos.
Fue un tiempo perdido que dejó poca influencia en este presente mío, pero que ahora que lo revivo tan fuertemente, sé que no cambiaría por nada.
Pareciera que el tiempo no avanza, sino que da vueltas en un círculo eterno para hacerte revivir los afectos de un pasado que creías superado.
Después de separar nuestros caminos por senderos que iban alejándose cada vez más, resulta que de repente se vuelven a unir en este cruce del espacio y el tiempo, y resulta, si no doloroso, si extrañamente inquietante.
Y a mi pesar, este recuerdo se convierte en una vivencia actual, muy profunda, húmeda incluso, de añoranzas del deseo y de lágrimas.
Lo que costó tanto esfuerzo olvidar, en un momento regresa con toda la intensidad de aquellos años.
Porque su imagen sigue teniendo ese poder evocador, esa potencia física de voluptuosidad que no ha mermado con el paso del tiempo.
Abrazar su cuerpo era un retiro espiritual, trascendía lo físico para que todo el universo no importara. Solo su cercanía, su calor.
Su aroma intimo, que inundaba nuestros encuentros, vuelve a llenar mis fosas nasales como si hubiera sido ayer la última vez que sudamos juntos cuerpo con cuerpo.
Sé que este recuerdo prohibido se va a quedar conmigo esta vez. No podré en esta ocasión, ni quiero, olvidar su cuerpo, ni su cara. Quizá tampoco pueda olvidar lo que ya sentí y ahora revivo tan nítidamente.
El futuro, con seguridad, estará lleno de nuevos sentimientos, de distintos amores y de otros cuerpos; pero no cometeré el error de olvidarlos.
Serán archivados en la memoria con meticulosidad, especificando en cada uno de los casos el tipo e intensidad de los sentimientos. Fríamente.
Pero ni yo mismo me creo lo que pienso. No creo que sea capaz de distinguir un sentimiento en el momento de vivirlo. Ni creo capaz a ningún ser humano de hacer tal cosa.
La razón, que debería ser lógica, por algún motivo no sabe de sentimientos; y esa memoria, también por alguna razón que desconozco, se encarga de manera aleatoria, de recordar solo ciertas cosas y devolvernos imágenes olvidadas en el momento más inadecuado.
No recuerdo si ella me amó alguna vez. Me quiso, si, y hacíamos el amor con desesperación, pero no sé si me olvidó como yo a ella, o aun su memoria conserva los datos de mi paso por su vida.
Llegué a olvidar hasta su nombre, y ahora, hago un esfuerzo por recordar.

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Lluvia en soledad

Lluvia en soledad

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La lluvia caía como sin querer, sin ganas, mojando la tierra como por obligación. Nada en ese momento parecía importar ni a hombres ni cosas. La tristeza calaba el alma como las gotas de esa lluvia hacían con el cuerpo.
Ella no vendría esa noche. Ninguna noche más.
El futuro dejó de asomarse a su presente. Ya no hay. Su futuro era María y ahora estaba perdido.
¿Cómo se puede avanzar si no hay una senda?
Piensa a menudo en que quisiera unirse a ella allá donde esté, pero no es capaz, y maldice su destino mientras vaga por las calles, llueva o haga calor.
Por no volver a casa. Esa casa que amueblaron juntos.
Cuantas risas compartieron decorando cada rincón.
Le costó muchas lágrimas que ella al fin empezara a reír, confiara en él, y lograr que ella olvidara su pasado y sus propias lágrimas.
Ahora recuerda su risa. Le parece oírla en cada habitación, surgir de cada mueble, de cada botella de vino que quedó a medio consumir.
La muerte se instalo en su dormitorio, y siente su frio aliento cada noche, en el lugar que antes ocupaba el calor de su apasionado cuerpo.
La vida se ha convertido en ese vino que a ella le gustaba y quedó en la botella. No es capaz de beberlo, ni de vivir ese resto de vida que le queda para él solo.
Recuerda su cara. Temía que podría olvidar sus gestos, sus ojos oscuros que tenían el poder de adivinar sus pensamientos. Tenía miedo de olvidarla.
Retiene cada momento pasado con ella. Repasa una y mil veces las fotografías que a ella tanto le gustaban, aunque él siempre fue remiso a aparecer en esas imágenes junto a ella.
No quería estropear tanta belleza apareciendo él a su lado.
Habla con ella todas las noches. María no le contesta pero él insiste en que lo escucha. Sigue poniendo música para María, la que le gustaba. Y cuida de sus flores, esas que ella misma se regaló para su cumpleaños, y a las que María a su vez, hablaba.
Sus amigos le dicen que abandone esa casa, que deje de pensar en ella, en el pasado. Pero no está de acuerdo. Siente que un poco de María sigue con él mientras pueda ver cerca las cosas que compartieron.
Quizá tengan sus amigos parte de razón. Lo hacen por él, por ayudarle. Pero no quiere olvidar. Aun no.
Prefiere salir y pasear. Recordar el momento en que se conocieron.
También llovía entonces, y coincidieron en resguardarse en el mismo portal. Comenzaron a hablar al principio tímidamente. Y cada vez descubrían más puntos en común. Rieron y charlaron durante una hora y la lluvia no paraba de caer. Esa noche salieron del brazo de ese cobijo, y se mojaron sin prisa camino de la casa de María. El volvió solo, mojado, feliz y enamorado.
También llovía el día del accidente. Si él hubiera conducido esa vez, incluso con la carretera mojada quizá lo hubiera evitado. Pero ella estaba sola.
Aquel primer día la lluvia fue para los dos, de los dos. Ahora la lluvia cae solo para él, y lo empapa de soledad.

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Amanecí otra vez

Amanecí otra vez

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He permitido que pasara. Y ni tan siquiera era deseo, sino curiosidad.
Tras quince años de conocer una sola relación, un solo cuerpo junto al mío, el de mi ex, tenía que volver a recordar esta parte de la vida social, sexual.
Él no es el amor de mi vida, pero es el único hombre que conozco completamente discreto y de total confianza. Sé que quizá me quiera, o al menos me desea desde hace mucho tiempo. Eso tengo que aclararlo con él un día. Pero por ese mismo motivo se que será tierno.
Reconozco que, aun sin ser mi tipo, siempre se ha mostrado cariñoso conmigo, y cuando en una de esas noches de fiesta y copas sus labios rozaron mi cuello, pude notar las palpitaciones del deseo.
Hoy he dejado que su lengua recorra ese mismo cuello que dejó pendiente, y vuelvo a notar la humedad de la excitación.
Así que aquí estoy, acurrucada junto a él recibiendo sus caricias, y me va desvistiendo tan lentamente que sufro de impaciencia.
Mi sujetador, penúltimo reducto de mi fortaleza, ha caído al suelo junto con mi pudor.
Curiosamente, aun no me ha desprendido de mis braguitas, y va perfilando todo su contorno de encaje con su ávida boca. Me va derritiendo su dedicación, su empeño en conseguir mi gozo sin pensar en el suyo. Sorprendo su mirada en la mía como queriendo comprobar si me hace disfrutar.
Me lo dijo varias veces anteriormente: “soy feliz si te veo feliz”.
Pero creo que no llegué a comprender plenamente el alcance de esa frase.
Cariñosamente, asciende con sus besos por mi espalda y me rodea quedando frente a mí. Mira intensamente mis ojos, como queriendo guardarlos en la memoria, como si presagiara que no habría otra vez. Y no obstante, su expresión es de felicidad, y me observa con una dulzura infinita. Sé que quiere decirme algo, pero no se atreve, y por fin une sus labios a los míos lenta, suavemente, mientras me despoja de la última prenda.
Lo que yo necesitaba era sentir de nuevo que soy deseada, notar pasión en la relación, saber que alguien me quiere.
Y noto la pasión en él, y me recuesto sobre su cuerpo sin dejar de besarnos, sin separarnos un milímetro.
El placer llena mi cuerpo como no lo experimentaba desde hace mucho tiempo. Vuelvo a sentir un cuerpo llenándome sabiendo y notando que no es solo un acto rutinario, sino que va avalado por muchos más sentimientos. Es un acto de amor.
Cuando nos separemos tendré que replantearme muchas cosas. Pensar si debo continuar con este hombre, que ya he comprobado que sí, que me quiere; o continuar con mi vida como la había planificado antes de esta noche.
Sé que él me seguirá queriendo decida lo que decida, como ha hecho hasta ahora, discretamente.
Ahora, sin buscarlo, por esta experiencia, he descubierto nuevas cosas, he sentido placeres olvidados; y podría suceder, quizá, que vuelva otro día a amanecer en sus brazos.

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El primer beso

El primer beso

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Recuerdo su mano menuda, suave, rozando mi mejilla.
Recuerdo su timidez, su miedo adolescente; el suave tacto de su ropa.
Solo unos minutos de encuentro a solas, solo una oportunidad para estar tan unidos, para descubrirnos.
Mis brazos rodearon su cintura y la atraje hacia mí hasta notar sus pechos pegados a mi cuerpo. Su aliento cálido alimentaba mi deseo.
Me detuve largo rato admirando cada poro de su piel, la forma de sus labios que prometían un dulce y húmedo sabor. Sus ojos, que sabían mirar desde aquel lugar tan profundo.
Acaricié sus hombros, su pelo. Era demasiado tiempo deseando tenerla tan cerca como para detenerme en un simple beso, por ansiado que fuera.
Tenía que regodearme en su contemplación, en la admiración de su belleza, y sentir un poco más el aroma de su cuerpo inundándome. Solo quería un plazo un poco más largo para esa felicidad que sentía.
Fue solo un simple beso. Un primer y único beso, lento y aterciopelado, que le di hace tanto tiempo, pero que marcó tan profundamente mi forma de sentir los besos. Aun guardo su sabor en algún rincón de mi memoria inaccesible al olvido.
Hoy la vuelvo a ver, más madura, más bella aun si cabe. Su cuerpo es también más adulto, sus pechos y sus curvas mucho más rotundos. Pero mis ojos van a sus labios como única meta.
Me siento cohibido, como si ella pudiera adivinar en mi mirada ese deseo por su boca, por volver a saborear sus labios.
Ahora son artificialmente más rojos. Aparentan voluptuosidad. Son muy atractivos y mucho menos inocentes.
¿A cuántos habrá besado en este tiempo? ¿Cuántos besos habrán supuesto para ella lo que significo para mí aquel único beso suyo? ¿Recordará ella el mío?
Deseo con una intensidad inesperada volver a abrazarla y respirar de nuevo su aliento. Que su boca vuelva a ser el destino de la mía.
Guardo una lejana esperanza de que ella me recuerde igual que yo, y sea cómplice del mismo deseo que siento. Que comparta mis mismos sentimientos y quiera sentir de nuevo mis labios y mis caricias.
Vuelvo a ver su mano, tal y como la recordaba, que habla con voz propia mientras la mueve al compás de su boca. Aquella mano que me rozó una vez dejando su marca para siempre en mi mejilla.

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