Ya …

Ya …

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XXXV

Ya te dije todo cuanto sentía,
en aquellas madrugadas de alcohol y fuego
con el roce derrotado que rompía cada día.
Ya te ofrecí olvidar el duelo,
enterrando mis lágrimas entre tus senos,
jugando con la muerte hasta dejarla lejos.
Ya te besé cada amanecida,
implorando alimentarte con lo que te dejo
deseoso de emancipar tu boca en la mía.
Ya te amé sin caricias
congelando los relojes de estos sueños
donde somos uno, donde siempre te tengo.
Ya te olvidé sin hacerlo
porque tu aliento son mis versos y poesía
porque cada minuto sin ti, muero.

(Palabras apátridas)

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Recuerdos en Fuga

Recuerdos en Fuga

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Natalia esbozó una sonrisa forzada, tan forzada que el sacerdote estuvo a punto de persignarse, asqueado por esa mueca insoslayable y desencajada de aquel rostro juvenil, bien cuidado y reluciente, que el sacro acto de fe, le había puesto al frente. Respiró profundo y tendió la mano hacia ella, ofreciéndole el pan sagrado. La siguió con la vista hasta ver que se sentaba entre una pareja de ancianos, quienes la acompañaron de rodilla, mientras oraba.
Terminada la misa, los feligreses se fueron despidiendo y encaminando hacia las calles vecinas. El calor del mediodía se desparramaba torpemente sobre las sienes de quienes insistían en permanecer en la plaza contigua a la iglesia. Los vendedores de helados, raspados y aguas de frutas naturales se disputaban la clientela a punta de gritos y cantos arrítmicos y desafinados, con el que promocionaban su mercancía.
-“¡Siempre la misma vaina!” – soltó el anciano con desagrado, al tiempo que ofrecía a Natalia unos billetes para el pago de agua con papelón y limón, que tanto le encantaba, o que él pensaba que le gustaba mucho, sin haberle preguntado nunca antes, si le agradaba otro tipo de refresco o algún helado, ni intentó en ningún momento persuadirla para probar alguno de los bocadillos de mango que vendían las mujeres haitianas, menos aún, las conservas de coco que vendía Raimunda, la sorda muda que de vez en cuando les hacia la limpieza en casa.

Ese domingo, Natalia se movía diferente, actuaba diferente, en otras palabras, lucia indiferente y no le prestaba atención a la conversación de los viejos, ni respondía a sus preguntas. Estaba lejos de la cháchara, le comentó la vieja al marido.
-“¡Esa tiene algo!- sentenció. – La conozco como si la hubiera parido, como si cada mueca de su cara, me recordara el momento del parto… Conozco sus mañas.- agregó, tomando por un brazo al viejo Simeón, como llamaban al anciano todos en el barrio, sin estar seguros de que ese fuera su verdadero nombre, ya que nunca, ni él ni Vestalia, la mujer, fueron muy abiertos a hablar de ellos. Se metían en todo, eso sí, pero jamás daban chance a la indagación, se sentían a gusto sabiéndose centro de las intrigas y murmuraciones, eso les bastaba para moverse con cuidado entre amigos y conocidos.
A la muchacha, le dedicaron tiempo y esfuerzo, y eso lo reconocía hasta la propia Natalia, sin embargo, algo no cuadraba en esa pareja, algo había en ellos, que los desparejaba la mayor de las veces y que provocaba en Natalia muchas inquietudes, que incluso, comenzó a sentir una desconfianza extrema hacia ellos, a medida que crecía y dejó de verlos como padres adoptivos o cuidadores, como se empeñaban ellos en explicarles, una y otra vez, cuando hacía preguntas sobre su procedencia.
-“No somos tus padres, ellos algún día vendrán por ti, solo te estamos cuidando y lo hacemos muy bien”-, decía Vestalia, mientras Simeón agregaba: -“Tus padres nos necesitaron, quisieron un matrimonio estable y afectuoso para ti…No quisieron dejarte con cualquiera, ni siquiera en una de esas casas de niños abandonados, porque allí violan a las niñas, ¿Qué no vieja?- Siempre las mismas respuestas, llenas de ironías y comentarios de mal gusto, recordaba Natalia cada vez que tocaba el tema e intentaba sacar una respuesta diferente. A menudo, desde muy pequeña se cuestionaba porqué se mantenía al lado de ellos, se reprochaba no haber intentado huir. Sola, se preguntaba desde cuando había comenzado a repudiarlos y a veces se sentía culpable, ya que le parecía, aunque sonara incongruente con su odio creciente hacia ellos, que era un acto deshonesto y de mala fe, no agradecerles sus cuidados.
Durante la semana siguiente, las clases en la escuela de música, la mantuvieron alejada de cualquier otro pensamiento que no fuera la preparación del repertorio barroco, con que debutaría en el concierto de nuevos talentos en el Instituto de Arte y que marcaría la finalización de la actividad académica, además de abrirle posibilidades de ingresar a la orquesta regional del estado. Desde muy tempranas horas se dedicaba a repasar las lecciones en casa y luego, después del mediodía se enfundaba en sus “jeans” y blusas tipo “Eyelet”, de colores claros, que realzaban su delgada figura y la hacían sentir más mujer, más femenina, como se repetía al mirarse en el espejo; para acudir al auditorio del instituto para el ensayo general con orquesta. Ese jueves llamó por teléfono a su madrina Mariel, costurera y modista, para la prueba del vestido que luciría en la graduación y acordaron reunirse al final de la tarde, después de misa, en casa de Vestalia.
En la calle, ya de regreso, en la entrada principal del hospital central le pareció ver al cura, este caminaba apurado e iba vestido como cualquier parroquiano, que parecía irreconocible, no obstante lo siguió, se aproximó a la entrada y confirmó que se trataba del mismo. Le pareció extraño que no estuviera en la iglesia, ya que era día de confesión y pensó que probablemente los viejos y su madrina, estuvieran haciendo fila ante el confesionario para contarle sus pecados y recibir indulgencias, como lo hacían desde que ella apenas caminaba. Observó que el cura se aproximó a unos hombres vestidos con batas blancas, lentes oscuros y que ambos procedían a proteger sus manos con guantes de látex, aun cuando, ante sus ojos lucían diferentes a los otros médicos y sus movimientos les parecían toscos, demasiado ordinarios para su gusto, se dijo, confundiéndose con unos pacientes en la sala de espera.
Dudó en continuar espiando ya que le resultaba desagradable seguir a un individuo que ya no le inspiraba confianza y que, además, le resultaba repugnante en sus gestos y en ese tic nervioso en la boca, que pensaba se le había pegado de Vestalia, de tanto tiempo de andar juntos, ya que el padre Antelo, había estado siempre en sus vidas; no hubo semana santa, ni pascuas, ni año nuevo, que no hubiera pasado por casa a saludar y se entregara con los viejos y con la madrina Mariel a largas tertulias, acompañadas con bendiciones y copas de coñac, a las cuales nunca prestó interés, pero si le repugnaba el hecho de que siempre el cura le daba la razón y terminaba haciendo lo que ella decía.
Rebuscando en sus pensamientos, no encontraba respuesta para justificar su presencia allí, al principio no dio crédito a los comentarios y chismes que se intercambiaban en el receso los compañeros de la orquesta, sin embargo, quedó horrorizada después de haber reconocido al padre Antelo entre un grupo de supuestos médicos investigados por tráfico de órganos, en unas fotografías mostradas por un agente de investigación privada que visitó el instituto, meses atrás y haber confirmado unos perfiles en FB e Instagram, asociados al cura y reseñados por el mismo investigador. Este hecho le disparó las alarmas y sin dar pie para el beneficio de la duda, comenzó a desconfiar del cura y despreciarlo cada vez más, a no dejar pasar desapercibidos los movimientos de éste, sin tener sospechas concretas de algo y de nada al mismo tiempo.
Sin decir una palabra a nadie, decidió apoyar al detective y evitar que el cura le hiciera daño a la pareja de ancianos, en saco de verse descubierto y atrapado. Sentía su deber protegerlos, aunque le produjeran nauseas; se inventó tiempo para identificar, analizar y estudiar otros perfiles en FB, con la misma pasión con que estudiaba una partitura. Allí, en el pasillo del hospital, sin dejar de mirar hacia donde se encontraba el desgarbado y flacuchento cura, dudaba de sí misma y se preguntaba una y otra vez, que carajos hacia allí; por única respuesta solo atinaba a recriminarse y exigirse gratitud a ciegas, para poner a los viejos a salvo, lejos del escándalo, en caso de que fuera necesario.
Reconoció de pronto que uno de los dos hombres que acompañaban al cura, era un custodio del banco donde trabajaba Simeón, pero al otro, no alcanzaba a identificarlo y menos aún podía explicar la relación entre los tres hombres. Sintió vibrar su celular, se escondió tras una columna para atender la llamada. Era Vestalia, titubeó en atender y recordó que era jueves, pensó que probablemente la vieja estaba molesta porque el cura no la había asistido en el acto de contrición aquella tarde, debido a que se encontraba fuera de la iglesia. Apenas respondió, fue inquirida con halagos sobre su paradero, ya que su madrina la esperaba para los detalles del vestido. La mujer le aseguró que se encontraban todos en casa, incluyendo al padre Antelo, quien insistía en esperarla para echarle la bendición, con la excusa de que viajaría ese fin de semana en una misión a los llanos occidentales, junto con el nuevo director de un albergue de menores, con el cual todos colaboraban desde tiempo atrás. ¡Bingo!…
Enmudeció e inmediatamente se acercó un poco más para asegurarse que se trataba del segundo hombre que estaba con el cura, a pocos pasos de ella, sintió frio, ganas de vomitar, con solo recordar que el sujeto visitó su casa y llamó, un par de veces o más, unas semanas atrás, insistiendo hablar con cualquiera de los viejos para acordar arreglos en el internado…
Todo pasó muy rápido, la policía por difícil que fuera creer, trabajó decididamente y con celeridad asombrosa…
Los impulsos por vomitar le continuaron por varias noches seguidas, mientras vencía el miedo y se acostumbraba a su nueva casa…
Necesitó muchas horas de sueño y de terapia guiada para recuperarse, encontró respuestas a todas las incógnitas en un solo acto, además de descubrir con la policía la enredada trama de la desaparición durante muchos años de niños en la ciudad. Saber que ella también fue arrancada del seno materno y familiar, a las pocas horas de nacida, le produjo un choque tan grande, que enfáticamente, el medico ordenó la suspensión de sus actividades y ensayos. Desenmascarar a los viejos, a su madrina y al cura fue un acto que debió enfrentar con valentía, ponerle nombres y apellidos verdaderos a sus captores, respondió a una acción de justicia y fe en ella misma.
La prensa dio cuenta de una banda conformada por unas 12 personas, dirigida por los hermanos Hilaria y Simeón Anselmo Santamaría, quienes fingían ser esposos y se encargaban de seleccionar a las parejas para robarle los niños y colocarlos en adopción; Antelo Santamaría, el cura, quien era responsable de sustraer los menores en complicidad con enfermeras, personal del hospital y otros cómplices, resultó además hijo de Hilaria; y Mariela Sagrario Azocar, su madrina, costurera de oficio, era quien facilitaba la ubicación de posibles parejas candidatas para la adopción. Todos recibieron pena máxima y ocupaban sus celdas en cárceles diferentes.
Ese día, después de tres años de juicio e interrogatorios, Natalia estaba lista para salir a escena en su debut con la Sinfónica Nacional, con un repertorio barroco, incluyendo obras de Vivaldi y Bach, con dedicatoria especial de sonatas y fugas para sus padres biológicos desconocidos, aún. Revisó el programa antes de salir a escena, luego sentada frente al piano, entre aplausos, revivió los momentos cuando logró avisar a la policía y salvar al bebe que el cura llevaba en brazos, aquella tarde. Respiró profundo, recitó un Padre Nuestro en voz baja y se entregó al piano… poco a poco dejó que sus dedos narraran su historia, se acercó a su verdad entre arrebatos melódicos de la orquesta y con un llanto silencioso; dejó que el piano ahogara la confesión que le hizo la vieja en una celda sucia y oscura…
-“¡Tú, no eres nuestra hija! No somos tus cuidadores, aceptamos tenerte con nosotros para no estropear el negocio… ninguna pareja te escogió nunca, por tu cojera, nadie quiso llevar a su casa a una niña coja, por eso te quedaste con nosotros…”
Entre aplausos y cumplidos, recibió una rosa roja de manos de un niño…Se sintió limpia de alma y espíritu, los momentos mal vividos, comenzaron a hacerse recuerdos vagos, lejanos…se fugaron con la última nota recién ejecutada…

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Más libros, más libres.

Más libros, más libres.

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Solo fue un lema, otro más en una época en la que mi garganta nunca se cansó al gritarlos. En la que casi todos marchábamos por la misma avenida intentando que nuestra voz sonara más fuerte de quien caminaba a nuestro lado. El miedo se había diluido entre los primeros rayos del sol que subía por el horizonte de esos años. Pero no fue solo una proclama, no pertenece en exclusividad a la frágil y engañosa memoria, también da fe de ello una amarillenta pegatina adosada a una carpeta de plástico trasparente con viejos escritos míos y que no sé cómo hizo para sobrevivir a tanto cataclismo personal. «23 de abril, más libros … más libres». Hoy se cumplen cuarenta años de aquello.
Confieso mi fascinación por todo cuanto resiste el desgaste provocado por el paso del tiempo. No obstante, soy reacio a celebrar aniversarios y a que cualquier excusa dé pie a conmemorar, año tras año, ‘el día de … ‘ pero con una excepción: el Día del Libro. En esta jornada, olvido mi resquemor y abrazo la efeméride. Lo hago para recordar que los libros pueden ser nuestros mejores amigos, los más eficaces consejeros, los inquebrantables aliados, nuestros pacientes confidentes, los más reputados psicólogos o los más ardientes amantes; que solo en ellos podemos encontrar la fuerza para conquistar imposibles, el bálsamo para nuestras heridas o la temblorosa caricia que nos emocionara al sentirnos cualquiera de los personajes que viven entre sus hojas. Libros de un ayer que vuelan para ser de hoy más que nunca. Libros de ahora mismo mostrando el ayer que nos cinceló. ¡Más libros … más libres!

Desde aquel lejano día de hace cuatro décadas, echo la vista atrás hacia el torrente por el que mi vida ha discurrido y me pregunto si conseguimos ser más libres, si aquello de más libros se llegó a cumplir en algún momento. Difícil respuesta, tantas caras tiene este prisma que desde cada una que lo contemplo descubro diferentes y contradictorias contestaciones. Sin embargo, de algo sí estoy completamente seguro, en seguir reivindicando más cultura, más educación. En suma, en fomentar los libros y la lectura lo que, con toda seguridad, nos hará mucho más libres.

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Tregua a la desesperanza

Tregua a la desesperanza

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Diez, veinte o treinta años esperando carta, esperando el milagro del regreso, el milagro del reencuentro, para opacar el abandono “involuntario”, perpetrado a conciencia por a quienes un día, el esmero y la atención, les brindó con ahínco y decisión. Los recuerdos se han derrumbado junto con las paredes y el techo… el mismo techo que un día cobijó travesuras y rabietas, pero que al final de la tarde, con la llegada del padre, después del trabajo, fueron amortiguadas con ternura y complicidad, para acortar el castigo inferido por mamá… Las voces se han marchado lejos, los bailes en el salón quedaron en el recuerdo, atrapados en el vinil que aún espera volver a sonar, pero el viejo gramófono no termina de arrancar… Hacen falta fuerzas, hace falta vencer la nostalgia y llenarse de coraje para apartar la mirada que ha perdido encanto para hacer que las cosas funcionen, y viejas y nuevas melodías resuenen en ese espacio vacío y desvencijado por el tiempo y por el olvido.
Helga se ha marchado antes, muy pronto, sin proponérselo, ni darle tiempo para despedidas… Froilán la suspira entre risas y gimoteos, más su recuerdo, allí permanece, en las sabanas, en las cortinas desteñidas salvajemente por el sol, en cada pedazo o retazo de pared que va marcando el paso de las horas, en la barba poblada, carente de sus caricias…Caricias ausentes, de esas que se extrañan y que retornan, apacibles en las noches para ayudar a conciliar el sueño… ¿A dónde han ido a parar esas manos inertes que aquella mañana lluviosa dejaron de abrazarlo y luego se juntaron para asir un rosario, que el mismo había le comprado?

Se le vino la guerra encima, con sus cañones y fusiles, con sus portaviones y los cazadores, los F15 y F16, todos juntos a la vez, sintió que a todos, en ese lugar remoto de la tierra, en ese pueblo olvidado por todos y por los hijos, afectó por igual, y que tal vez no hubo tiempo para transmitir el parte y encarar la novedad en el frente, total el internet fue un intento fugaz, una quimera pasajera en los pueblos dibujados por descuido en los libros de geografía. Los bombardeos frecuentes siguen retumbando en sus sienes y oye gritos desesperados en la memoria, pidiendo auxilio o que busquen refugio… ¿A dónde se van los recuerdos, cuando no hay lugar para curar las heridas del alma? A dios le reza una y otra vez, suplicando protección para los muchachos y que los devuelva a casa, sanos y salvo, los niños, muchachos, sus muchachos…

Los hijos, cuatro hombres y una hembra, todos criados con bondad y encomendados a Dios cada día y cada noche… los hijos bien cuidados y educados, al final se han marchado, no han vuelto, nadie sabe dónde van, nadie tiene noticias ni mensajes que anunciar…“-que han de estar bien y ser felices”, uno que otro se atreve a murmurar, “-quizás mañana o en tres días por esa puerta entrarán”-, promete alguien con indiferencia, más Froilán, pacientemente, en medio de tanta sordidez, sabiendo que no lo harán, desafiando el tiempo y la mentira, a diario se engalana para librar su propia guerra, esa que destruye el alma en silencio y que poco a poco consume la memoria y borra los recuerdos… Froilán no espera nada de ellos, no espera que vuelvan, a estas alturas, en su propia guerra, ya no da tregua a la esperanza, vive perdido en sus recuerdos, él no lo sabe, no lo advierte, no sabe que está perdido, no sabe que el gramófono jamás sonara, pero si sabe que no volverán…aunque sollozante su alma anida y golpea un tal vez, un día, o dos, quizás una semana… ¡No regresaron!

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El Robin Hood coreano (III)

El Robin Hood coreano (III)

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Para ilustrar esto que digo referiré alguna de sus escaramuzas. Se cuenta que, al pasar junto a una fortaleza convento budista, supo de una conducta indigna de los monjes y quiso remediar el entuerto. Los religiosos estaban acumulando alimentos para más tarde especular con ellos, quizás para venderlos al ejército real, fomentando así la hambruna. Por aquel tiempo, mitad del siglo XV, los preceptos budistas eran ya en muchos monasterios papel mojado, palabras huecas frente a la codicia insaciable de quienes las pronunciaban. Para castigar esta atrocidad, Hong Kil Dong se encaminó al cenobio disfrazado de monje, junto a un pelotón de bravos soldados. Tras atravesar la ciudad, prendieron fuego a una torre situada al otro extremo del punto donde estaban los silos. Cuando todas las fuerzas disponibles se dirigieron al lugar del suceso, el capitán del ejército de los pobres aprovechó para abrir las puertas al resto de sus tropas, apoderarse de los graneros y huir con el botín sin mayores problemas.
Mucho más llamativa resulta la estrategia que empleó tiempo más tarde para zafarse del cerco al que estaba siendo sometido, que ya le había costado una dolorosa derrota. Refugiado en unas montañas, sabía que no tardarían en dar con él y exterminar su fuerza. Cuando se veía ya vencido, la solución le vino dada por una noticia facilitada por uno de sus espías. Supo que el rey, decidido a acabar de una vez por todas con él, había ordenado formar un gran ejército que aunase los ocho que existían en cada una de las provincias de Joseon, que así era el nombre de Corea en ese tiempo. Esta imponente hueste debía iniciar una guerra sin cuartel contra los de Hong Kil Dong y no cesar hasta atrapar a su cabecilla. La noticia, que a cualquiera hubiera hundido en su situación, le sirvió al honorable bandido para hallar la solución a su ahogo: “Pues bien –pensó el comandante- si ellos forman un ejército de ocho provincias, para derrotarlos nosotros haremos lo contrario. Dividiremos el nuestro en ocho tropas que pasen por una sola y las distribuiremos por las ocho provincias al mando cada una de ellas de un falso Hong Kil Dong”.
Convencido de la eficacia de su genial intuición, escogió a siete hombre de parecida constitución a la suya y los puso al frente de otras tantas milicias, reservándose la octava para sí. Luego ordenó a los diferentes contingentes que se distribuyeran por las ocho regiones y se dejasen ver. En pocas semanas, este brillante plan logró dispersar y desmoralizar a la gran armada real, que, cuando estaba seguro de haber atrapado al proscrito en una esquina de Corea, recibía noticias de que el forajido había sido visto junto a su ejército en el otro extremo de la nación.

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