La llama de la soledad. Capítulo 11. De repente estalla todo

La llama de la soledad. Capítulo 11. De repente estalla todo

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Al final cedí y pese a todos los obstáculos que había puesto durante la semana, el domingo comí con vosotras y con los niños. Ni tú, ni Raquel me hicisteis ningún reproche en aquella ocasión. Lo cierto es que me alegró mucho veros a todos. A media tarde me dirigí a Ciutat Vella, al café Concordia, en pleno barrio del Carmen. El autobús  se retrasó un poco, de manera que cuando llegué, Carlos ya llevaba un rato esperando. Me senté y pedí un café. Hacía tiempo que no iba por allí y encontré el local muy cambiado. En cuanto me acostumbré a la escasa luz pude advertir a un Paul Newman en plenitud, que no me quitaba su magnética mirada de encima desde la pared del fondo. Al lado de Newman una arrebatadora Marilyn hacía también ojitos al público masculino. En la pared de enfrente lucían palmito Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en una de las escenas finales de Casablanca secundados a poca distancia por Clark Gable y Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó. Ahora mismo no los recuerdo a todos, pero había muchos, muchos más y yo estaba disfrutando como una loca de aquel nuevo ambiente tan cinematográfico. Sin embargo, las palabras de Carlos me sacaron de mi abstracción.

—Parece que mi llamada de la otra noche te incomodó bastante —dijo en un tono algo socarrón—. ¿Con quién te pillé? —Su mirada era entre pícara y cómplice—. ¿Lo conozco?

No solíamos hablarnos de nuestros ligues. Teniendo en cuenta que habíamos sido pareja durante unos años, hubiera resultado algo patético. Pero me había pillado con las manos en la masa, como se suele decir. Por otra parte tampoco tenía nada que ocultarle, así que no dudé en contestar.

—Tal vez… Era Ricky. Bueno, Ricardo Ballesteros y… —apenas pronuncié su nombre pude observar cómo el rostro de Carlos se crispaba.

—¡Con ese impresentable! —exclamó lleno de furia—. ¿Cómo has podido, Sandra? ¿Pero tú sabes quién es? Además, ¿qué hombre de fiar se haría llamar Ricky pasados los cincuenta? —Ahí no pude menos que darle la razón.

La advertencia sobre Ricky de nuevo en otra boca. ¿Cómo los pude desoír a todos? Pero yo no estaba receptiva, no quise escuchar. Ese hombre me había causado buena impresión, me despertó interés e ilusión. Definitivamente, no. No iba a dejar pasar la ocasión de volverme a enamorar por tan poca cosa. Total, ¿qué podría pasar aparte de que me rompiese el corazón? Ya estaba acostumbrada. Yo era una superviviente de las desgracias y los desamores. Y no iba a dejar que nadie apagara aquella llamita de ilusión que había prendido mi salida con Ricky. Le repliqué a Carlos pensando que exageraba:

—De verdad, no hace falta que te pongas así. Fuimos a la ópera y luego cenamos, nada más. Yo solo sé que es concejal. Me lo presentó Amalia hará cosa de un par de semanas. Era la primera vez que salíamos…

—Pues harías bien en no juntarte más con semejante tipejo —respondió en un tono mucho más agrio de lo que me esperaba.

—Será que tú sabes de él más que yo.  ¿Por qué no me ilustras? —El hecho de que Carlos no cejara en su actitud empezaba a irritarme también a mí.

—Con muchísimo gusto, Sandra —dijo enfatizando la palabra «muchísimo»—. Según él mismo, Ricardo Ballesteros es el prototipo de hombre forjado a sí mismo, procedente de una familia muy humilde y que se ha ganado todo lo que tiene gracias a su esfuerzo.

—Entonces, no es para tanto.

—Sí, pero es que yo tengo otra versión. Justo la que él no quiere que se conozca.

—¿Y cuál es esa versión? Si puede saberse.

Conocía bien a Carlos y sabía que no soltaría a su presa así como así. A esas alturas ya comenzaba a tomar conciencia de que aquella tarde solo hablaríamos de Ricky. ¿Es que no había más temas? ¿Acaso Carlos había olvidado aquello tan importante que tenía que decirme?

—Es cierto que su familia era humilde y que estudió toda la carrera de derecho gracias a las becas, pero luego pegó un buen braguetazo al casarse con Carmen Pérez del Río.

—¿De los Pérez del Río de toda la vida? ¡Pero si esos están más que forrados! —exclamé yo, a punto de atragantarme con el café de la impresión.

—En efecto, y como no se fiaban de semejante elemento, los padres de ella lo obligaron aceptar la separación de bienes antes de consentir el matrimonio. Aunque le compensaron luego con un puesto de directivo en una empresa de su grupo.

—Pero ahora lleva un tiempo divorciado, ya no pertenece a esa familia  —le dije yo resuelta y dispuesta a defenderlo de unas calumnias que me parecían totalmente inmerecidas—. ¿Qué es lo que tienes contra él?

—¿Aparte de que se tiró años engañando a su mujer y de que esta lo dejó hartita de cuernos?

—Sí, aparte de eso. No creo que sea algo de tu incumbencia. —Yo seguía haciendo oídos sordos. Me daba la impresión de que Carlos simplemente estaba celoso.

—¿Y crees que ahora que se ha metido en política es mejor persona? Pues ya que lo quieres saber, te diré que es un corrupto de mierda y el tiempo lo pondrá en su lugar. Estoy seguro de no puede acabar bien.

Yo sabía que en los últimos tiempos Carlos vivía muy obsesionado por los trapos sucios de los políticos. No se cansaba nunca de husmear en la basura ajena y a veces, más me parecía un sabueso que un periodista. Conocía su buen juicio y su ecuanimidad. No obstante, continuaba pensando que no tenía pruebas de lo que me estaba contando. Volví a dirigir mi mirada hacia Paul Newman, como si esperara que saliera de la pared de un momento a otro para acudir en mi ayuda en plan de galán clásico. No hubiera dudado en rebatirle a Carlos si hubiera sido capaz de encontrar las palabras apropiadas. Estaba convencida de que todo era un infundio por su parte. Porque no soportaba verme ilusionada. Menuda egocéntrica estaba hecha.

—Aún hay otra cosa. En realidad, el motivo por el que te hecho venir.

Su rostro pasó del rojo colérico a un tono lívido, señal de que lo que me iba a contar a continuación era de una gravedad extrema:

—Tengo serias sospechas de que Ricardo Ballesteros también es uno de los implicados en el accidente del metro, aunque sea de una manera indirecta.

¿Pero es que no podía pasar página? La muerte de Elena lo tenía obsesionado. ¿Es que pensaba que a mí me dolía menos que a él? Eso sí que había sido un golpe bajo. ¿Cómo me lo podía soltar de esa manera? ¿Cómo esperaba que reaccionara? Me enfurecí. En aquel momento era yo la que estaba fuera de mí. Le apunté con el índice acusador y le dije casi gritando sin importarme que estuviéramos en un lugar púbico:

—Eso, Carlos, eso no te lo consiento. No tienes pruebas y lo sabes. No puedes utilizar la muerte de Elena para impedirme que continúe viéndome con Ricky. ¡Mírate! Estás celoso perdido y yo no puedo más con esta situación. —Me levanté y salí sola a calle dejándolo plantado. Una vez fuera noté como se me hacía un nudo la garganta y rompí a llorar.

 

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La llama de la soledad. Capítulo 10. Una amiga es una amiga

La llama de la soledad. Capítulo 10. Una amiga es una amiga

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Al día siguiente, mientras desayunaba eché de nuevo una ojeada a la actualidad. Era lo que solía hacer antes de ponerme a escribir, porque luego el ordenador me abducía y ya no me daba tiempo de nada. La mayoría de los días, salvo que tuviera alguna reunión de con Amalia o con la editorial, ya ni salía de casa. Los diarios digitales me mantenían al tanto, pero la verdad es que no sé ni para qué me molestaba en hacerlo: siempre las mismas malas noticias en los titulares. No se hablaba más que de la corrupción política y de los inmigrantes. Una vez que consideré que ya estaba bien informada, dejé de lado los diarios y me concentré en escribir el artículo para Hoy tendencia. No quería recibir otro rapapolvo de Amalia. La verdad es que me llevó toda la mañana pero, por fin, lo tenía acabado a eso de la una. Me limité a enviárselo por email. No soportaba la idea de volver a hablar con ella. Desde luego, no contaba con que me llamaría al móvil a los pocos minutos de recibir mi correo. Sin embargo, yo que aún estaba muy dolida por la discusión del día anterior, no dudé en rechazar su llamada. Ella no se dio por vencida y me envió unos wasaps. Entonces decidí bloquearla, aunque la curiosidad me pudo y antes de hacerlo leí sus mensajes:

Cielo, no me tengas en cuenta lo que te dije ayer. Me sentía muy presionada y perdí los nervios.

La frase estaba rubricada con unos bonitos corazones. A continuación me había escrito:

Perdona, si es que no sabes cómo voy yo también de liada. Vamos esta tarde a tomar un café y lo solucionamos. Te quiero, guapa. Lo sabes, ¿no?

Tres caritas besuconas cerraban la misiva. Pero ni por esas me ablandé. Sin ningún remordimiento por el desplante que le acaba de hacer a mi amiga, pero sí muy cansada por toda una mañana de intenso trabajo, me eché en el sofá a ver la tele un mientras se hacía la hora de comer. Por lo visto me quedé dormida porque al cabo de un rato me sobresaltaron unos timbrazos inmisericordes. Cuando pregunté quién era por el telefonillo, me lleve la sorpresa de que era Amalia en son de paz y blandiendo como bandera blanca unos rollitos de primavera y otras especialidades chinas que sabe que es de las pocas comidas que me pirran. Aquel gesto me desarmó por completo: ¿cómo podría seguir enfadada con ella?

—¡Oh, Dios! ¡Pero cómo eres, Amalia! —le dije mientras le franqueaba la puerta ya con una sonrisa en los labios.

—¡Si la montaña no va a Mahoma …!

—¿Me estás comparando con una montaña? ¿De verdad que te parezco tan gorda? —lo dije en plan de cachondeo, pero Amalia sabía de sobras que yo me tomaba ese asunto  muy en serio.

—Sí, pero no te quejes, que tener barba sería peor —dijo riendo para desviar mi atención del espinoso tema de los kilos.

En un momento preparamos la mesa de la cocina, descorché una botella de vino blanco que por casualidad tenía en la nevera y nos pusimos a comer.

—¿Cómo se te ha ocurrido venir? Podría no haber estado en casa…

—¡Cómo si no te conociera! Si es que te encierras aquí y si no viniera nadie a sacarte, te pasarías las semanas enteras sin ver la luz del día.

En aquel momento me miró con esos ojos increíbles de color aguamarina y continuó hablando, esta vez dejando un lado el tono de recriminación con el que había empezado.

—Vale… Y porque te lo debía. Lo del otro día estuvo mal, pero que muy mal, lo reconozco. ¿Me perdonas? —añadió haciéndome carantoñas.

—¿Que si te perdono? Ahora en cuanto terminemos, recoges tus cosas y te vas por donde has venido? —Casi me muero de la risa al ver la cara que ponía, la pobre. Así que tuve que acabar rápido con la broma—. Pues claro que te perdono, mujer. ¿Para qué están las amigas si no? Pues para gastarse putadas y perdonarse después —respondí a la pregunta que yo misma había formulado.

Luego preparé café y pasamos a tomarlo al salón.

—¡Oye! ¿Y te ha llamado Ricardo Ballesteros, el concejal? No te puedes imaginar lo pesado que se puso el hombre para conseguir tu número. Le estuve dando largas desde lo del Nuevo Ateneo, pero la semana pasada me pilló en un momento tonto y me lo sacó. ¡Qué insistencia la de ese hombre!

—¿Y se puede saber por qué no se lo querías dar. ¿Desde cuándo te has convertido en mi carabina? ¿Pues sabes qué te digo? Que es un tío de lo más encantador.

—Entonces sí que te ha llamado. Por favor, Sandra, dime que no has salido todavía con él.

—¿Y por qué no habría de hacerlo? Para que los sepas, hace dos noches… Me llevó a la ópera y luego a cenar —puntualicé—. ¿Ves ese ramo de rosas? —lo tenía colocado bien visible en uno de los estantes y se veía bien lozano todavía— pues tuvo el detallazo de enviármelo al día siguiente, o sea ayer. ¿Qué pasa? ¿No crees que ya soy mayorcita para decidir con quién salgo y con quién no?

—No te lo tomes por la tremenda, Sandra. Solo me preocupo por ti. Tiene fama de seductor, por decirlo finamente. Aunque con un poco de suerte tú ya eres demasiado mayor para él. Dicen que le gustan muy jóvenes…

—No digas tonterías, Amalia. Se ha fijado en mí y ya tengo treinta. Así que tan jóvenes no serán —lo defendí.

—Tú verás, pero que sepas que sé todas sus ex echan pestes de él, y la que más su exmujer.

—Entra dentro de lo normal, ¿no? —respondí indignada—. Si todo fuera de color de rosa, Ricky…

—¡Huy, que lo has llamado Ricky! —Ahora sí que estás  perdida—apostilló riendo.

—Pues eso… que seguiría con alguna de ellas y no saldría conmigo —dije retomando el hilo de la conversación—. Si tuviera que descartar a todos los hombres cuyas ex van diciendo algo malo de ellos no encontraría con quién salir. Además, ¿no lo dirás porque tú eres una de ellas?

—¡Mira que eres, hija…! ¡Es que todo lo sacas de quicio! Yo te aviso porque soy tu amiga. Y sí, ya que ha salido el tema: quedé con él un par de veces hace ya un tiempo. Pero no llegamos a nada, aunque él me entró con todo, para que lo sepas. Pero no sé… ese tío tiene algo que no me termina de gustar.

No me tomé bien la advertencia de Amalia. La creí exagerada y sin fundamento. Por el contrario, parecía que aquel interés de mi amiga en que no saliera con Ricky me incitó aún más. El resto de la tarde transcurrió con una disertación casi científica sobre la cuestión, hasta que Amalia se marchó. Aunque no pudimos ponernos de acuerdo sobre aquel tema, al menos habíamos hecho las paces. Yo sabía que pasara lo que pasara Amalia siempre estaría de mi parte.

Al día siguiente fue Carlos quien me llamó a eso de media mañana. Me dijo que necesitaba verme sin falta. Lo noté muy alterado. Tenía que contarme algo muy importante que había descubierto. Por más que insistí no quiso adelantarme nada por teléfono, quería decírmelo cara a cara. Nos citamos el domingo por la tarde en un café del centro.

La llama de la soledad. Capítulo 9. ¿Cómo un día de mierda se convierte en un gran día?

La llama de la soledad. Capítulo 9. ¿Cómo un día de mierda se convierte en un gran día?

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Era mediodía. Trataba de escribir en el ordenador, pero no me podía concentrar por culpa de lo que me había dicho papá por la noche en el sueño. Aquella frase todavía me seguían revoloteando en la cabeza: «Cuidado. Sandrita…». Su visita, lejos de apaciguar mi ánimo como solía, me había dejó intranquila y la mala noche pasada me había causado estragos. Me levanté con fiebre y dolor de cabeza. También acusaba una feroz tos perruna. La verdad es que no tenía ni idea de si había alguna relación de causa efecto entre aquellos dos hechos. Dicho en otras palabras: ¿me había hecho papá luz de gas porque ya estaba enferma previamente o era por culpa de sus palabras que había enfermado? Fuera como fuese creía haberlo solucionado a primera hora de la mañana con un café y un ibuprofeno. Pero hacía rato que se me había pasado el efecto y el malestar volvía otra vez con toda su crudeza. Para colmo, me acababa de llamar Amalia y nos habíamos peleado. ¡Vaya mierda de día que estaba teniendo!

Toda la discusión con Amalia había venido porque aún no tenía listo ese artículo para el reportaje Mujeres de éxito, del magacín Hoy tendencia. Cuando me propuso escribirlo ya le avisé de que estaba empezando nueva novela; que eso era lo más importante para mí; que necesitaba darle prioridad absoluta sobre todo lo demás; que no estaba segura de poder cumplir con el plazo. Pero mira tú por dónde, se empeñó en que tenía que ser yo una de las seleccionadas: el público, en palabras suyas, estaba ansioso por conocer mi experiencia como autora. Yo era la escritora de negro y policiaca con más éxito que ella conocía y por eso tenía que ser yo. Era su amiga y no le podía fallar. Esos fueron  los argumentos que utilizó para convencerme Al final, claudiqué y terminé por aceptar el encargo, solo por complacerla. Demasiado bien sabía ella que no daba abasto con todo lo que tenía encima. Pero ahí estaba, la muy borde, reclamándome el trabajo cuando aún no se había cumplido el plazo. ¿Y todo por qué? Porque las memas de la arquitecta y la jueza, que también participaban, debían de estar como locas por salir en la revista y ya habían entregado lo suyo. Si no, ¿qué explicación tendría que lo hubieran entregado tan pronto?  Aborrezco a la gente demasiado complaciente. Hace quedar fatal a todos los demás. ¡Yo qué culpa tenía de que esas fueran unas bienqueda! Vale que solo faltaba yo, era verdad. Pero tenía que confiar más en mí. No tenía de qué preocuparse. ¿Es que no me conocía? ¿Cuándo la había dejado yo en la estacada? Solo necesitaba un par de días, eso era todo. Total para enero, que era cuando tenía que salir el número del magacín, faltaba todavía una barbaridad. ¡Ay, Amalia! ¿Por qué fuiste así conmigo? Se había pasado tres pueblos. Tenía la cabeza de nuevo a punto de estallar, así que me fui a por otro café con su ibuprofeno correspondiente. Mientras, aproveché para dar un vistazo a los titulares del día. Los tiempos estaban revueltos y cada día nos desayunábamos con un panorama desolador, aunque ahora tampoco es que la cosa rule demasiado bien.

Leí los más destacados de Las Provincias: el pacto entre Compromís y Podemos se terminaba de ir al carajo. Me preguntaba quién le echaría la culpa a quien del fracaso de las negociaciones. Por lo que se ve la desunión la izquierda es un algo atemporal, como los clásicos. La luz había vuelto a subir una exageración. Qué novedad, llevaba años en un ascenso imparable. A ese paso íbamos a acabar todos convertidos en indigentes eléctricos y tan solo los ricos iban a poder pagar el recibo sin dejar de cubrir otras necesidades más perentorias como el comer. Menudo eufemismo se habían inventado los periodistas con eso de la pobreza energética: pobreza y punto, como la de toda la vida. ¡Hasta dónde iba a llegar la maldita crisis! Cambiando de tema: un imputado de Castor acababa de confesar que conocía los riesgos de seísmo en la zona. Joder, es que los hay con más cara que espalda. Si sería sinvergüenza el tío. Ya en nacional, salían corruptelas varias repartidas a lo largo y ancho de la geografía española y en internacional, la crisis de Siria venía otra vez en primera plana. A pesar de mi mal humor todavía saqué la poca empatía de la que era capaz para compadecerme de aquella pobre gente pillada en medio del conflicto. Nadie se merecía lo que les estaba pasando. Me volví a repetir mentalmente: ¡un auténtico día de mierda!

En esas estaba cuando tocaron a la puerta. Un enorme «oh» se escapó de mi boca al ver al repartidor con un gran ramo de rosas.

—¿Sandra Rojas? —me preguntó cuando le abrí, todavía con la bata y el pijama a pesar de que eran más de las doce.

Las cogí, le di un euro de propina y puse el ramo en un jarrón con agua. Luego leí la tarjeta:

Para la mente asesina más encantadora que conozco.

Tuyo, Ricky.

Mi día se acababa de iluminar. Por las rosas, sí. Y también por un radiante sol de otoño que empezaba a colarse por el ventanal de mi cocina. ¿No dices tú que un buen sol es lo que más ayuda a levantar el ánimo?: pues eso mismo, mamá.  A renglón seguido llamé a Ricky para darle las gracias y me propuso salir volver a salir pronto. Rechacé la invitación a cuenta del enorme trancazo con el que había amanecido y quedó en que me llamaría en un par de días a ver si me encontraba mejor.

Por la tarde, la mayoría de mis síntomas habían remitido y me encontraba mucho mejor a pesar de que mi estómago no había admitido nada de comida. Entonces se me ocurrió que sería un buen momento para llamar a Carlos: a ver aquello tan importante que tenía que decirme. Me salió el contestador con el consabido apagado o fuera de cobertura. Lo odiaba —al contestador, no a Carlos, claro—. Pensé que tal vez se estaba tomando la revancha por lo de la noche anterior, aunque sé que entre sus defectos no está precisamente el de ser rencoroso. Puestos a mirar, yo lo soy mucho más que él.

Sabes que en el fondo Carlos y yo nos conocemos demasiado bien, ya que lo nuestro ha sido todo un despropósito de idas y venidas a lo largo del tiempo. Después de haber cortado de manera definitiva y tras unos meses de tirantez habíamos llegado otra vez a ser buenos amigos, además de colegas. Algo que, después de todo me alegró, y ya sabes que esa era nuestra relación entonces. Aunque sé que si por ti hubiera sido, habrías estado encantada de que lo nuestro hubiera llegado a buen puerto.

Haciendo memoria, Carlos y yo nos conocíamos desde el instituto. Pero algo que tal vez tú no sepas, mamá, es que no fui yo su primera elección. Antes de estar conmigo salió con Elena. De hecho estaban juntos cuando lo del accidente del metro. A mí siempre me había gustado. Pero qué le voy a hacer, en ese aspecto soy bastante tradicional y jamás le hubiera levantado el novio a una amiga y más todavía, tratándose de Elena que, como sabes era casi otra hermana —recuerda como nos llamaban las trillizas cuando íbamos al instituto—. Así que mientras estuvo con ella, Carlos fue territorio vedado para mí. Sin embargo la vida da muchas vueltas, demasiadas diría yo y tras la muerte de Elena tratamos de apoyarnos el uno en el otro, lo que nos hizo profundizar todavía más en nuestra amistad. Raquel entonces ya salía con Iván y aunque también sufrió por la pérdida de nuestra Elena, buscó consuelo en el que con el paso del tiempo se convirtió en su marido. No la culpo. Es un buen hombre. A veces, de tan perfecto que resulta me da asco. No te lo tomes a mal, sabes que es una broma. Me hace gracia, porque a veces se lo suelto a Raquel y es algo que la enfurece. Es una de mis frases preferidas para hacerla rabiar.

Como te iba diciendo, nos quedamos solos Carlos y yo. Solíamos vernos a menudo para llorar mientras recordábamos a Elena —entiéndelo en un sentido metafórico, aunque a veces también llorábamos de verdad—. Ambos la echábamos mucho en falta. No sabría precisar quién de los dos fue el que lo pasó peor. Carlos empezó a dejó de afeitarse a diario y luego optó por dejarse crecer la barba, que le echaba por lo menos diez años encima. Se le veía desmejorado y fue por aquella época cuando comenzó a fumar, algo que yo siempre le recriminaba porque nunca soporté el olor del tabaco y más desde lo que le pasó a papá. Yo por mi parte volví a adelgazar muchísimo y todos los  problemas con la comida que arrastraba desde la muerte de papá se me reagudizaron entonces.

Dicen que el roce hace el cariño y debe de ser verdad, porque al cabo de un tiempo surgió la chispa entre nosotros. Pero en la vida no hay nada perfecto y yo me daba cuenta de que mi unión con Carlos carecía de la armonía que se respiraba alrededor de  Raquel e Iván, sin ir más lejos. Jamás los he visto discutir en público ni decirse una palabra más alta que otra. Supongo que en la intimidad tendrán sus diferencias, como todo el mundo, pero de puertas para fuera no podrían estar mejor avenidos. En cambio Carlos y yo regañábamos a todas horas. Yo llegué a aborrecer su barba y su olor a tabaco. A él le ponían de los nervios mi delgadez extrema y mis vómitos. Me seguía tan de cerca e incluso pretendía entrar al baño conmigo para vigilar que no me provocase las arcadas. Lo dejábamos un montón de veces y otras tantas volvíamos. Pero, como ya sabes hubo una última. Quizás no fue una buena decisión romper con Carlos. Solo quizás, porque ahora un hombre, no un crío que necesitaba dejarse la barba para aparentarlo, se había tomado la molestia de enviarme unas rosas después de haberme llevado a la ópera a ver Madama Butterfly. Entonces pensé que  al final, pese a todos los contratiempos que había tenido, aquel jueves 20 de octubre de 2016 podría llegar a ser un gran día.

La llama de la soledad. Capítulo 8. Una carta a los Reyes muy especial

La llama de la soledad. Capítulo 8. Una carta a los Reyes muy especial

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Fíjate que la visita a la UCI me ha hecho recordar la anterior vez en la cual una UCI entró en nuestras vidas, aunque en aquella ocasión Raquel y yo no llegamos a poner los pies en ella. Me refiero al día en que murió papá. Ahí comenzó todo. Hasta entonces siempre había creído que la felicidad olía a limón. Todavía recuerdo cómo el dulce aroma a limón se desparramaba por todos los rincones del piso cuando Fini, la tata, horneaba coca de llanda para las reinas de la casa, como a ella le gustaba llamarnos a Raquel y a mí. Solíamos tomarla mojada en un chocolate bien caliente al volver del cole. Entonces todavía éramos una familia completa y la vida era fácil. Pero a papá le dio el infarto precisamente aquel cinco de enero, cuando Raquel y yo solo teníamos ocho años.

Aunque nosotras todavía nos hacíamos las inocentes, ya habíamos oído campanas acerca de quiénes eran en realidad los Reyes Magos. Lo decían entre cuchicheos todos los niños de la escuela, incluida nuestra amiga Elena. Pese a las evidencias, nos negábamos a darnos por enteradas. Todavía no queríamos dar por buena aquella verdad, que a nuestro pesar se nos iba a revelar muy pronto de la forma más cruel e inimaginable.

Como sabes, aquella tarde papá no estaba en casa. Se debía a su trabajo de inspector de policía y había tenido la mala fortuna de que le tocase turno ese día. Siempre me he preguntado por qué le tuvo que tocar a él. ¡Con la de agentes que había que no tenían hijos pequeños! Pero tenía un gran sentido de la responsabilidad y en ocasiones similares ni siquiera intentaba que algún compañero le cambiase la guardia. Decía que los días señalados eran malos para todos y «a quien Dios se la da, San Pedro se la bendice y no hay más que hablar». Era la frase que siempre sacaba a colación cada vez que tú se lo proponías. Mientras vivió papá todo era más fácil porque y él y tú formabais un buen equipo a la hora de repartiros las tareas; y también a nosotras… Por lo general, tú, mamá, ibas con Raquel y yo con papá. La razón seguramente no era más que una cuestión de afinidad. Pero lo cierto es que cuando estábamos los cuatro juntos todo en la casa marchaba bien, como en un engranaje recién lubricado y puesto a punto. Sin embargo, en cuanto papá se daba la vuelta todo empezaba a torcerse. No sé si era porque tú tenías un carácter más blando y te terminábamos tomando el pelo o si simplemente la ausencia de uno de los adultos desequilibraba por completo aquella ecuación casi perfecta que era nuestro hogar. Nunca tuvimos la ocasión de comprobar esta última hipótesis, ya que papá, por su trabajo, muy rara vez se quedaba a solas con las dos. La cuestión era que fuese por un motivo u otro, salir papá por la puerta y que tú comenzases con tus quejas era todo una. Aquel día no fue una excepción, sino todo lo contrario: como era la víspera de Reyes, estábamos aún más revolucionadas de lo normal.

El tiempo parecía estar detenido y las manecillas del reloj avanzaban a cámara lenta. Fini, que tenía mucha psicología con nosotras, propuso que hiciéramos entre las tres una de aquellas cocas que tanto nos gustaban. De entrada, ya no te pareció una buena idea, pero a regañadientes terminaste por ceder y nosotras nos pusimos a saltar locas de contento ya que sería la primera vez que nos dejaran meter las manos en la masa, en un sentido literal. Al principio la artimaña surtió efecto y la casa vivió un buen rato de paz y sosiego. Pero aquello no duró mucho: en un descuido de Fini, le di un codazo al bol con la masa a medio preparar y se estampó contra el suelo, justo en el momento en el que tú te asomabas a comprobar si era verdad que tus fierecillas se habían amansado. Si hubieras tardado tan solo unos minutos más a Fini, que era nuestra más fiel alidada a la hora de encubrirnos, le hubiera dado tiempo de arreglar el estropicio de los pegotes de masa y los vidrios rotos desparramados por el piso, sin que tú te enterases. Pero en aquella ocasión, como en tantas otras, mamá, tuviste el don de la oportunidad y viste la cocina hecha un auténtico cisco. Fue la gota que colmó el vaso de tu paciencia.

—Es que no podéis parar ni un momento —gritaste con un deje de amargura en medio del enfado—. ¡Con vosotras no se puede ni respirar tranquila!

Tras tus contundentes palabras sobrevinieron unos segundos de un silencio tenso que parecía que no iba a terminar nunca. Fue Fini la que lo rompió tratando de mostrarse conciliadora:

—Aquí no ha pasao ná, señá Blanca, que esto lo recojo yo en un santiamén y aquí paz y después gloria. Además, qu’es temprano entoavía y me da tiempo de prepararla otra vez. No hay qu’apurarse, mujer.

A Raquel y a mí nos hacía mucha gracia la forma de hablar de Fini, pero tú siempre nos regañabas: «no hay que burlarse de las personas porque sean pobres o que no hayan podido ir a la escuela», así que, tan enfada como estabas en aquella ocasión no dijimos ni mu.

La bienintencionada treta de Fini no suavizó tu enojo y volviste a decir, incluso de manera más tajante, que aquella tarde estaríamos castigadas a no probar la coca tanto si la rehacíamos como si no. Al final Fini, complaciente como siempre, decidió prepararla de nuevo por si acaso el dulce aroma del bizcocho recién horneado te ablandaba el corazón. Seguíamos todavía en aquel tira y afloja cuando sonó el teléfono. Contestó Fini, que era la que estaba más cerca.

—Diga.

—…

—Un hombre pregunta por usté—dijo alargándote el aparato.

—Sí… soy yo, Blanca Muñoz, la mujer del inspector Eduardo Rojas… Sí, ¿quién pregunta?—Raquel y yo la estábamos observando mientras hablabas por teléfono y vimos como el color huía de tu cara dejándola de un tono céreo—. Pero no… eso… eso no puede ser. Si estaba perfectamente esta mañana cuando salió de casa.

—…

—De repente, sí… Comprendo… Comprendo. ¿Ha dicho en el Clínico? Sí, ahora mismo voy.

En aquel momento no recuerdo que lloraras. No, al menos delante de nosotras. Pero nunca te habíamos visto con aquella expresión perdida, con una mirada vacía que helaba el alma y todo lo que se le pusiera por delante. Todavía me estremezco cada vez que lo recuerdo.

—¿Qué ha pasado, mami? —te dijo Raquel.

—Sí, mami. ¿Qué es lo que te ha dicho ese señor? ¿Ha sido algo malo? —dije yo.

Tardaste en respondernos. Supongo que trataba de ordenar en tu cabeza las palabras para decirnos la verdad, pero sin llegar a contar más de lo que creías que necesitábamos saber. Con los años me he ido dando cuenta de que es todo un arte cómo dar una mala noticia sin hacer más daño del estrictamente necesario.

—Nada… Que papá se ha puesto malito y lo han tenido que llevar al hospital.  Os quedáis aquí con Fini. Yo me voy corriendo a verlo…

—¿Por qué no podemos ir contigo? Yo también quiero ir—te dije sin sospechar todavía toda la carga de profundidad que llevaba implícita aquella palabra: «malito».

—Mejor que no. A los niños no los dejan entrar en la sala. Solo pueden hacerlo los mayores.

Estoy segura de que lo dijiste por decir, para que nos quedáramos conformes. Aun sin saber que era cierto que a la UCI, que era donde estaba papá, no nos hubieran dejado pasar de ninguna de las maneras.

—Pero no tardéis. Que esta noche tienen que venir los Reyes y si no estamos todos acostados pasaran de largo —dijo Raquel, cómo si la visita de los Reyes fuera lo más importante en la vida. Para nosotras aquel día y a aquella hora todavía lo era.

Parecía que tu enorme enfado de hacía tan solo unos instantes se había disipado de repente dejando paso a otro tipo de disgusto mucho mayor, donde la tristeza y el desasosiego adquirían los matices más importantes. Por fin nos diste un beso en la mejilla y saliste de la casa. Raquel y yo te acompañamos hasta el rellano de la escalera.

—Portaos bien con Fini —fueron las últimas palabras que te oímos decir mientras se cerraba la puerta del ascensor.

Por una vez en la vida hicimos caso. Fuimos muy buenas y apenas metimos ruido. Toda la tarde estuvimos leyendo cuentos y viendo la tele, esperando a que regresaseis. Tan formales que apenas recuerdo que conversáramos en todo ese tiempo.

—¿Por qué murmuras? —pregunté a Raquel al oír un sonsonete que me estaba distrayendo del libro que leía.

—No murmuro: rezo porque papá y mamá vuelvan pronto. ¿Crees que llegarán a tiempo de los Reyes?

—No sé… ¿Por qué no le escribimos otra carta a los Reyes? —se me ocurrió, dejando de lado toda la incredulidad de que había sido objeto las semanas anteriores y eso hicimos.

 

Queridos Reyes Magos:

Sabemos que a veces no nos portamos bien y hoy hemos hecho enfadar mucho a mamá, pero no ha sido culpa de nadie que el bol con la masa se haya caído al suelo. Ya no queremos las muñecas y el supermercado que os pedimos en la otra carta. Tampoco hace falte que nos dejéis la colección de libros que queríamos. El carbón, si lo creéis necesario, aunque no nos gusta mucho y mamá dice que estropea los dientes, nos lo podéis dejar, no nos vamos a enfadar por eso. Pero lo que de verdad queremos es que vuelva papá. Por favor, vosotros que sois Magos, haced que vuelva a casa esta noche. Es lo que más deseamos en el mundo.

Sandra y Raquel Rojas.

 

Cuando firmamos la carta miré a los ojos a mi hermana y vi que lloraba en silencio, y en ese instante sentí que mi vida, mi mundo, el único que había conocido hasta entonces, se desmoronaba como un castillo de arena ante el envite de las olas y creo que fue entonces cuando se encendió por primera vez en mi corazón la llama de la soledad. Me abracé a ella, aunque yo no lloré. O tal vez sí, solo que mis lágrimas en lugar de hacia fuera iban hacia dentro, hacia el centro mismo de mi corazón.

Al cabo de un rato apareció Fini y le dimos la carta. Ella, después de leerla se enjugó una lágrima con discreción y nos aseguró de que en cuanto estuviésemos en la cama buscaría a un paje para dársela en mano y asegurarse de que llegara a Sus Majestades, los Reyes.  Luego nos sirvió una cena que apenas tocamos. En contra de su costumbre, no nos insistió para que rebañáramos los platos y desafió la orden explícita de mamá al partirnos un trozo de coca a cada una. Nos limitamos a mirarla si hacer ademán de cogerla. Desde entonces ya nunca la he podido volver a probar. Nos acostamos temprano, muy temprano, incluso para ser víspera de Reyes y permanecimos despiertas mirado al techo de la habitación y en silencio durante gran parte de la noche. Cuando varias horas después, frisando ya la madrugada, Fini cumplió con el encargo de echarnos los regalos, fuimos testigo de todas sus maniobras sin que de nuestras bocas saliera una sola palabra. Para entonces creo que los regalos ya habían dejado de importarnos y lo único que ansiábamos era volver a estar todos juntos. Debía de ser verdad que los Reyes no existían, porque de ser reales jamás hubieran cometido la crueldad de desoír los deseos de unas niñas desesperados por recuperar a su papá.

No puedo recordar un día de Reyes más desangelado que aquel. Nos levantamos tarde y sin ganas, como dos zombis, en la que se suponía que debería de ser la mañana más feliz del año. Fuimos al salón todavía con el pijama puesto y vimos nuestras muñecas y los otros regalos a los pies del abeto. Además de los nuestros, había tres paquetes más, uno para papá, otro para ti, mamá, y un tercero para Fini. Ella cogió los vuestros y los llevó al dormitorio de matrimonio depositándolos suavemente sobre la cama. Hizo todo aquello con un gesto muy serio, como quien cumple con un encargo de vital importancia. Mientras, nosotras las seguíamos por toda la casa como unos perritos falderos.

—Mejor los dejamos aquí pa cuando vuelvan. Que us conozco y sois unos diablillos capaces estropearlo enantes de que los abran —dijo mientras nos animaba a volver al salón a desembalar nuestros regalos.

Como quiera que no estábamos dispuestas a mover ni una pestaña ella optó por abrir el suyo. No sé si fingía para picar nuestra curiosidad, completamente muerta en aquel momento, soltó un enorme «oh» en cuanto pudo ver el contenido. Lo cierto es que el fular era muy bonito, porque tengo que reconocerte, mamá, que buen gusto para elegir regalos siempre has tenido. Fini lo apretó contra su pecho como si se tratara del mayor tesoro y me di cuenta de que su rostro comenzaba a bañarse en lágrimas. ¡Pobre Fini! ¡Cómo la he echado de menos todos estos años!

A partir del día siguiente, ella sola se ocupó que hiciéramos vida completamente normal. Por supuesto, aquella normalidad implicaba también la vuelta al cole. No es que nos entusiasmara, pero sin duda era una distracción. Así teníamos menos tiempo para añoraros. Al cabo de un par de días, regresaste a casa sola. Traías los ojos enrojecidos e hinchados. Me pareció que en esos pocos días habías pasado de ser una supermami guapísima a convertirte en una señora triste y mayor. No te imaginas lo mucho que me recordaste a la abuela. Para entonces papá, que no había podido superar las complicaciones del infarto, ya estaba muerto e incinerado. No entiendo todavía por qué no nos dijiste nada hasta que todo hubo pasado. Supongo que querrías proteger a tus niñas, pero el remedio fue peor que la enfermedad y creo que hasta ahora nunca te he podido perdonar que nos impidieses por acción u omisión la asistencia al funeral. Tal vez ahora, que por fin sale de mi boca este reproche, pueda hacerlo. La vida está llena de segundas oportunidades. La nuestra como madre e hija puede comenzar hoy.

En cambio, sí que nos permitiste acompañarte el día en que fuiste a echar sus cenizas al mar como, al parecer, habría sido su deseo.  Sin embargo, aunque lo intenté con todas mis fuerzas en aquella ocasión no fui capaz de despedirme de él. En realidad es algo que nunca he hecho, la muerte de papá es un tema que nunca he cerrado a pesar de los años transcurridos. Algunas noches solía soñar con él. Y eso fue justamente lo que me sucedió al volver de mi cita con Ricky. El sueño acostumbraba a ser siempre el mismo. Lo veía salir de casa con el uniforme de policía y tal como aquel último cinco de enero. Estaba exactamente igual,  sin una cana o una arruga de más, oliendo a una mezcla entre aquella colonia de lavanda que tanto le gustaba y sus cigarrillos. Ese olor que Ricky me había traído de vuelta tantos años después. Sin embargo, a diferencia de las otras veces, esa noche me habló. Tan solo me dijo:

—Cuidado, Sandrita —solamente él me llamaba con aquel diminutivo—. Ten mucho cuidado —fueron sus palabras exactas.

Yo no le contesté, aunque de haberle podido decir algo, tal vez le hubiera reprochado lo mucho que fumaba. Por desgracia, estoy segura aquellas dos cajetillas que se metía a diario entre pecho y espada algo tuvieron que ver con el infarto.

La llama de la soledad. Capítulo 7. A penas un parpadeo

La llama de la soledad. Capítulo 7. A penas un parpadeo

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Me estoy terminando el café. Sí, extralargo y sin azúcar, nadie hará que lo cambie por otro. Sabes que sin él no puedo funcionar, que soy adicta total a la cafeína como tú siempre me dices. Pero este es de la máquina que hay junto a la sala de espera de la UCI. Mientras venía hacia aquí en el autobús y a pesar de que el día ha amanecido espléndido, una mañana de otoño de esas en las que la luz lo inunda todo, tan propias de nuestra tierra, de repente, se me ha venido encima toda la soledad del mundo. Me había llamado Raquel muy temprano para decirme que no podría venir al hospital porque tu nieto, mi sobrino Iván se había levantado con fiebre y tenía consulta urgente con el pediatra. Pero en realidad tampoco ha sido por eso. Simplemente me ha dado por pensar y así, sin más, me han dado ganas de llorar. Por suerte, llevaba puestas las gafas de sol y no he necesitado disimular para no  pasar por la vergüenza, o la indiscreción si es que así lo prefieres llamar, de que me viera el resto de pasajeros.

Así que aquí estoy: yo sola esperando el nuevo parte médico que me dé noticias sobre ti. Y solo me valen las buenas. Estoy entusiasmada porque el médico, ese jovenzuelo que nos cae tan bien a Raquel y a mí, nos dijo que si hoy estabas mejor podríamos entrar unos minutos a verte… De verdad que siento que ella no haya podido venir. ¡Se lo va perder!

 

Ha sido divertido. Bueno, es un decir, tan solo una manera de hablar como comprenderás. Nada puede ser divertido mientras tú sigas aquí, pero la cara de  desconcierto del médico me ha hecho reír por primera vez desde que tuviste el ataque. Resulta que hoy estaba otro diferente, uno con el que yo nunca había hablado, pero al parecer sí lo había hecho Raquel. Es mucho mayor que el otro —entre mí, pienso que será su jefe, aunque en realidad no lo sé—. También es más formal en el trato, que me ha hablado de usted, aunque seguro que a los pacientes los debe de tratar muy bien, porque parecía cariñoso. Para abreviar y como ya te puedes imaginar me ha confundido con mi hermana.  Supongo que a estas alturas ya debería estar acostumbrada porque esa es la historia de nuestras vidas.

—Perdone, pero no soy Raquel. Mi nombre es Sandra —le he dicho, aunque sin darle demasiada importancia.

Ha arqueado las cejas, se me ha quedado mirando fijamente a la cara con incredulidad y después de restregarse los ojos, apenas ha podido farfullar una disculpa que me ha parecido de una incoherencia absoluta: que ya estaba mayor y que notaba como perdía facultades y que además hacía muchas guardias y que a veces se desubicaba… En fin.  Entonces me he visto en la necesidad de aclarárselo al pobre, no se fuera a volver loco.

—No necesita disculparse. Raquel es mi hermana. Somos gemelas, por si  no se había usted dado cuenta —le he contestado nada más que para tranquilizarlo.

Entonces nos hemos reído los dos a carcajadas. Creo que a él también le ha venido bien porque después ya no lo he visto tan tenso. Ya ves que día más raro. Primero lloro en el autobús, con la mañana tan fabulosa que hacía y luego, aquí en la UCI, me da un ataque de risa.

Pero a lo importante, ha cumplido con los que nos dijo ayer su compañero: como evolucionas bien me han dejado acercarme a ti durante cinco minutos. Primero me han hecho ponerme una bata y unas calzas desechables, todo de color verde quirófano. Luego ya me han dejado pasar. ¿Notas cómo te cojo la mano? Apriétame fuerte si me sientes, mamá… Ponte buena, que tienes que salir pronto de aquí. Pronto será tu cumpleaños y tenemos que celebrarlo. Ya lo estoy viendo, una tarta de trufa con sus sesenta velitas. Oh, sí… Acabas de abrir los ojos por un instante. Ha sido algo casi imperceptible, apenas un parpadeo, pero este gesto tan nimio me ha llenado de esperanza.

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