El suicidio de una vaca contado por ella misma (2 y fin)

El suicidio de una vaca contado por ella misma (2 y fin)

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Aquel nuevo golpe me sumió en la desesperación más profunda. De repente, volvía a ser desgraciada. Lo cierto es que, salvo el breve paréntesis en que compartí mi vida con él, siempre lo había sido. La diferencia estribaba en que después de haber conocido la dicha no estaba ya dispuesta a conformarme con menos. El único aliciente que tenía ya en la vida era permanecer junto a él. En realidad junto a sus cenizas, de las que no me separaba ni a sol ni a sombra. Por las noches, cogía la urna donde reposaban y la metía en la cama junto a mí. Me solía dormir abrazada a ella. Parecía que ese simple acto hacía más llevadera mi soledad. Pero llegó un momento en que aquello ya no me bastaba tampoco. Compartir el lecho con las cenizas de mi marido muerto era un pálido reflejo de todo lo que había sido nuestra unión. Quería, necesitaba una mayor intimidad con él y entones se me ocurrió probar a tragar una pizca de las cenizas. Al principio la idea me resultó repulsiva a la vez que atrayente. Tuve un conflicto conmigo misma que se resolvió cuando de manera definitiva metí el dedo en la urna y luego me lo chupé.  Pese a lo que habría esperado el sabor era completamente neutro, lo que me ánimo a tomar un poco más.

Por supuesto, aquel acto de comunión no me devolvió la felicidad, pero hizo más tolerable mi dolor. Así que, después de aquella primera noche solo conseguía dormir chupando mi dedo previamente embadurnado en las cenizas de mi esposo. Repetía aquella operación tantas veces como me despertaba en medio de la noche, que solían ser muchas. Y con más facilidad de la que nunca pude imaginarme, la costumbre devino primero en un hábito y acabó por convertirse en una obsesión. Ahora ya no soy capaz de dormir si tener la boca llena de cenizas. Por otra parte, cuando comencé a hacerlo no tuve en cuenta un hecho de capital importancia: las cenizas de mi marido, como todo lo material, eran finitas. No pensé en que un día se acabarían, como casi ya ha ocurrido.

Aunque sea una vaca, no quiero quedarme sola de nuevo. Como ya no podremos «intimar» de esta manera que ingenié, mi vida carece por completo de objetivo, como no sea el de que nos reunamos en el más allá, si es que lo hay. De modo, que esta vaca, que lo es y siempre lo ha sido, va a ser única en su especie, y será ella misma la organizadora de su sacrificio. Está todo planeado. En cuanto firme esta nota de despedida brindaremos mi urna y yo con una copa del mejor champán francés que pude conseguir, aderezado con  una dosis de tranquilizantes capaz de tumbar a una vaca, o sea a mí. Yo me tomaré la mía y verteré la suya en la urna y luego me la tomaré también con los últimos restos de sus cenizas. Sé que no hay vuelta atrás. Me dormiré para no volver a despertar.

Se lo ruego. No es necesario que lloren por mí: tan solo soy una vaca.

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El suicidio de una vaca contado por ella misma (1)

El suicidio de una vaca contado por ella misma (1)

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Hasta aquí he llegado. Cuando leáis esta carta ya no estaré con vosotros, sino junto a  quien siempre deseé estar, incluso antes de conocerlo, de saber que ese hombre existía, que Dios lo había puesto en la Tierra solo para mí.

Desde muy joven me sentí como una extraña en este mundo. Nací con un físico difícil, por decirlo de una manera suave. Aquello seguramente condicionó que también desarrollara un carácter muy retraído. Y por si con todo eso no bastara, a partir de cierto momento de la adolescencia me obsesioné con la comida.  Era lo único que me proporcionaba algún placer. Mientras me atiborraba, me olvidaba de los malos ratos y me consolaba del rechazo que despertaba en todos mis semejantes allá por donde iba. Como es natural, la consecuencia fue que me convertí en una obesa. Más o menos al alcanzar el nada desdeñable peso de ciento veinte kilos comenzaron a llamarme «vaca», además de otros insultos que ya por aquel entonces me resultaban habituales. Sin embargo interioricé tanto aquel apelativo bovino que pasado un tiempo comencé a pensar en mí misma como en una de ellas. Al fin y al cabo, ¿no me pasaba el día rumiando?

Después de todo lo referido hasta ahora no hace falta decir que tuve una infancia solitaria y triste. Tan solo recibía el apoyo incondicional de mis padres, pero ellos no me podían acompañar siempre y yo me daba perfecta cuenta de que, fuera de las cuatro paredes de mi casa, no encajaba en ningún sitio. Antes de los treinta ya me había resignado a no tener vida social. Tan solo me relacionaba con mis padres. Los pobres trataban de compensar todas mis carencias como mejor podían, mientras yo disimulaba en su presencia haciéndoles creer que a mi manera era feliz. Por supuesto, aquello no era más que una pose mía para no disgustarlos: cada día que pasaba me sentía más y más desgraciada. Entones todavía creía que nunca conocería el amor, que me estaba vedado por alguna instancia superior ante la que yo jamás podría reclamar. Después de todo, las vacas no necesitan ser felices. ¿O sí?

Una mañana de domingo mis padres salieron a dar su paseo rutinario y un coche los arrolló. Los dos murieron en el acto. Cuando los municipales vinieron a casa para darme la noticia se extrañaron de mi reacción. Ellos solo vieron a una chica gorda y fea que se reía de manera histriónica al notificarle unos hechos por demás trágicos. Sí, ya sé que no es una reacción muy habitual. Hasta en eso la naturaleza me hizo diferente a todo el mundo. Pero estas rarezas no son culpa mía: ya me gustaría confundirme con la gente y pasar desapercibida, pero por lo general no me resulta tan sencillo. Tal vez alguien puso mucho empeño en que para bien  o para mal yo fuera única en cada uno de los aspectos de mi vida. Por algo soy una vaca. Por otra parte, puedo asegurar que todo lo que no lloré en aquel momento lo lloré en los días y semanas sucesivos. Aquello era un no parar, un incesante manantial de lágrimas acudiendo a mis ojos. Me levantaba por la mañana y me las tragaba junto con el desayuno. Luego se fundían con las gotas de agua que resbalaba por mi piel mientras me duchaba. Salía de casa llorando y llorando llegaba al trabajo. Perdí mi empleo porque según mi jefa de tanto llorar descuidaba mis tareas. A día de hoy no sé de nadie, además de mí misma,  a quien hayan despedido por llorar. Pero claro, es que yo soy una vaca. Por supuesto, el hecho de saberme sola en el mundo y sin trabajo hizo que llorara todavía con mayor desconsuelo.

¿Han visto alguna vez a una vaca llorar? Pues esa era yo el día en que me despidieron. Un despido a todas luces injusto puesto que, con llanto o sin él, yo cumplía con todas y cada una de mis obligaciones. Y de manera mucho más eficiente que la mayoría. Y eso que era una vaca. Regresaba en el autobús llorando por lo de aquel día y por toda mi vida que no consideraba más que un fracaso, un tremendo error desde el momento en que mis padres me engendraron. Entonces fue cuando lo vi. Mejor dicho: fue él quien me vio y se interesó por mí. Era un chico alto y bien plantado, muy guapo. En cuanto me habló, mis sollozos se frenaron en seco como por arte de magia. Yo consideré que aquello era un buen augurio y acerté de pleno, porque aquel momento fue el comienzo de la etapa más feliz de mi vida, por no decir la única. Y eso que nunca dejé de considerarme una vaca.

Por fuera éramos muy diferentes: yo era fea y tosca mientras que él era un hombre bello y encantador, capaz de seducir a cualquiera. Sin embargo, por dentro compartíamos la misma sensación de extrañamiento: ambos éramos completamente ajenos al mundo que nos rodeaba. Congeniamos enseguida y pronto nos enamoramos y nos casamos. Fuimos muy felices juntos. Cuando salíamos yo notaba cómo nos miraban. Yo sabía que la gente no comprendía que una vaca como yo pudiese estar con un adonis como él. Aquellas miradas indiscretas, lejos de incomodarme, me henchían de gozo, ya que por primera vez en mi vida me sentía envidiada. Pasamos unos años muy dichosos. A pesar de que mi particular cuento de hadas se había materializado y yo había encontrado a mi príncipe azul, al que jamás le importó que yo fuese una vaca, a veces, por las noches y sin poderlo evitar yo lloraba viéndolo dormir. Solía hacerlo muy quedo, para no despertarlo. A pesar de ello, alguna vez oía mi llanto y alarmado me preguntaba por el motivo. Yo solía responderle que era por mis padres, que no me había acostumbrado a estar sin ellos y que los echaba en falta. A él le satisfacía aquella respuesta, pero aun siendo verdad la parte  que concernía a mis sentimientos de añoranza, no era aquel el motivo principal, ni mucho menos el único. ¿Cómo confesarle que lloraba porque en el fondo de mi alma sentía que tanta felicidad no sería duradera? No es que no quisiera aceptarla, es que simplemente sabía que no era para mí: las vacas no pueden ser felices. Pero a él no se lo podía decir, no quería que por mi culpa se sintiera desgraciado, ni aunque fuera solo un poquito. No era justo que lo arrastrase conmigo a mi universo bovino. De modo que cargué yo sola con el peso de aquella losa hasta que el devenir de los hechos convirtió en realidad aquella pesadilla mía: mi marido falleció de manera repentina.

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