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Este cuento no es para insensatos, porque no podrán comprenderlo. Los malos seguirán sin hacer caso aunque lo entiendan, y los buenos se animarán a seguir siéndolo.

Un rey a quien le gustaban los juegos y la diversión se le ocurrió hacer una prueba. A un hombre malo, a otro bueno y a un insensato, se les entregaría el mapa de un maravilloso tesoro. Tres hombres y tres tesoros, para alegrar la vida de cualquiera. Junto al mapa se les prometía toda clase de riquezas y valiosas joyas. Si hallaban el tesoro sería legítimamente de ellos, pero en función de su conducta en su viaje de regreso al palacio del rey juguetón.

Los tres salieron de sus casas sonriendo y cantando, como si hubiesen sido escogidos por el destino para ser enriquecidos. Pero ninguno de los tres sospechaba la cláusula oculta del rey. El rey reía sin parar en su palacio, y a sus siervos contaba la última de sus travesuras. El rey razonaba: “El insensato no se lo creerá, el malo por su maldad todo lo perderá, y el bueno al final la codicia le vencerá”. Todos reían en la corte del rey, desde el más pequeño al más viejo, estaban acostumbrados a los divertidos juegos del rey travieso.

Como el camino hasta el tesoro era largo, el insensato pensó: “No puedo creer que sea verdad, mejor volver a mi casa, ¿para qué esforzarme en vano?”. Así que después de varios días de camino hacia el prometido tesoro, el hombre insensato regresó a la tranquilidad y el calor de su hogar, las noches frías y el peligro no estaban hechos para él. Las carcajadas eran incontenibles en el palacio, todo salía según lo previsto por el rey. El rey balbuceaba en medio de un ataque de risa: “El insensato no pudo creer, su falta de fe le devoró”. A su alrededor el sonido era estruendoso: “JA JA JA”.

Pero el hombre malo y el hombre bueno siguieron adelante hasta llegar a su destino. Cuando el malo observó el contenido del tesoro, dejó volar su imaginación: “Vestidos de seda, anillos de oro, banquetes con apetitosos manjares. Este sería a partir de ahora su día a día”. Así volvió dando saltos hacia el palacio del rey. En el cofre del tesoro habían tantas monedas de oro, perlas y diamantes como mendigos encontró por el camino. El rey había dispuesto en su cláusula secreta que por cada negativa a dar una limosna de su tesoro a un pobre, su fortuna se reduciría en la misma cantidad negada. Cada vez que el hombre malo decía “NO” a un pobre, su fortuna se reducía en las cuentas del rey. Cuando el hombre malo llegó al palacio saltando de felicidad se encontró de frente a un rey serio y furioso que le vociferó: “Hombre malo, malo, malo, tu propia maldad te ha empobrecido”, y dicho esto le enseñó lo que estaba escrito en su cláusula secreta. El hombre malo, malo, malo de verdad, rechinaba de rabia sus dientes, y avergonzado abandonó el palacio del rey, mientras escuchaba la burla y la risa descontrolada de todos los que estaban allí presentes. Ahora era el rey el que saltaba y cantaba: “No entiende el malo que su maldad le mata, y que cuando retiene de forma injusta su fortuna, esta vuela sin que puedan disfrutarla”.

Ahora la esperanza de todos estaba en el comportamiento del hombre bueno. Al entrar al palacio el rey le dijo con tono desconfiado mientras una pícara sonrisa se dibujaba en su rostro: “Abre tu cofre que podamos ver el contenido de tu tesoro”. El hombre bueno contestó al rey: “Lo siento señor, mi cofre está completamente vacío. Por el camino habían tantos necesitados que no pude resistir repartir el contenido de mi tesoro entre ellos. Pero no me importa, he visto por primera vez la sonrisa pintada en sus rostros. Me considero igualmente rico, pude sentir la alegría que ellos sintieron”. El rey y toda la gente de la corte quedaron atónitos y perplejos, no podían dar crédito a lo que veían y escuchaban. Ahora nadie se atrevía a reír, ni el rey a cantar, como si el gato les hubiese comido la lengua. Solo el silencio y una sonrisa de satisfacción en los labios del hombre bueno.

Antes que el héroe de los pobres saliera por la puerta del palacio, el rey haciendo señas con su mano le ordenó regresar. Recuperado el habla el rey le dijo: “Contigo no tengo burlas ni canciones grotescas. Antes de marcharte lee lo que está escrito en la cláusula secreta de mi juego”. El rey le señaló donde estaba escrito: “Quien repartiere cada pieza de su tesoro, sea moneda, perla o diamante, entre los pobres que hay en el camino de regreso al palacio, recibirá cada pieza dada en limosna multiplicada por cien”. El rey finalmente se vio con fuerzas para sonreír y para reírse de sí mismo. Y el rey cantó y cantó mientras danzaba con su arpa dorada: “Me equivoqué con el hombre bueno. Hoy he descubierto algo que me llena de felicidad, la bondad y la generosidad pueden existir en el corazón del hombre. No me importa entregar a este hombre cien veces el valor de su tesoro, pues el travieso juego ha tenido un final feliz”.

Todos los siervos del rey aplaudían con todas sus fuerzas, los aplausos duraron hasta que las manos se cansaron. Cuando el rey dejó de cantar y danzar, y sus siervos de aplaudir frenéticamente, el hombre bueno salió de la corte del rey con la cabeza bien alta, mientras el hombre insensato le miraba con envidia y el hombre malo con odio. El hombre malo y el hombre insensato seguían sin comprender que la riqueza del hombre bueno estaba dentro de él, y que con tesoro o sin él, siempre sería un hombre rico y dichoso. Esta es la forma en que aquel hombre bueno se convirtió en el hombre más rico del reino, después del rey travieso. Pero eso no es todo, aquel hombre había conseguido algo más importante que la riqueza, el respeto y la admiración de todos aquellos a quienes había ayudado.

Un cuento de Juanjo Conejo

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