La modelo

La modelo

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El cuerpo, debido sin duda al doble impulso provocado por la huida y el impacto del proyectil, había trazado una larga elipse desde el escalón alfombrado del vestíbulo hasta el límite de la vidriera destinada a los modelos cocktail, ahora rota.

Vistas desde el estacionamiento, a la distancia, por ejemplo, del policía de civil que había hecho el disparo, las dos siluetas femeninas relevan la memoria de un par de muchachas besándose, reposando una sobre la otra, bajo la luz irreal del neón, pero basta avanzar hasta la altura de la marquesina, donde aún el aviso de la boutique despide haces de luz entre el polvo y el humo de los gases, como ahora lo hace un camarógrafo extranjero, para corregir la imagen: desde abajo, es un maniquí desmembrado, con falda de lino negro y blusa gris, quien sonríe a una boa de plástico que se ovilla en el piso. Sobre él, los negros ojos ahora inmóviles, la muchacha desnuda a medias, a medias cubierta por el traje de encaje blanco, parece mirar de lado el objetivo de la cámara que se aproxima.

Detrás de la línea móvil que los hombres armados tienden hacia la entrada del Centro Comercial, el camino quebrado de cemento y barro trepa hacia el tanque de agua que remata el cerro: televisores, latas de leche, paquetes de harina precocida, radio cassettes, envoltorios de atún, teclados y disquetes abandonados en la estampida, amurallan los bordes y cortan el ascenso.

La multitud ha dejado de correr y ahora apedrea desde arriba.

La cámara abandona el cuerpo exánime de la chica, el seno descubierto por el vestido de encaje blanco a medio poner, y va hacia la batalla que prosigue. La secuencia, sin embargo, está tomada.

Es verdad que, por la censura, ni Perucho, ni Griselda ni ninguna de las muchachas del barrio la verán jamás modelando en televisión, como ella misma les había jurado que un día ocurriría; pero, en compensación, los satélites la promoverán en Manhattan, en Kings Road, en Vía Venetto, donde nadie le negaría la calidad de la audiencia… Lástima que con la carrera y los disparos no le hubiera alcanzado el tiempo para terminar de meter el brazo en la manga derecha.

Corazón ocupado

Corazón ocupado

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Te desnudaste frente a la cama

y oigo tus palabras de amor y deseo

y por primera vez en mucho tiempo

el amor no fue furia melancólica

ni bestia agazapada

ni cuerpo acuchillado

ni botín ni mercancía

ahora el teléfono marca y suena ocupado

ocupado

ocupado

como tu corazón

¡Voy a mandar a todos los escritores a la porra!

No hay taxis disponibles

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Es terrible no saber adónde ir.

Vistes con las calles como un abrigo.

Ciertas casas son amigas, otras ya no pueden visitarse.

Viejos amores acechan en los portales;

tras las ventanas las mujeres envejecen.

Florece el desdén.

 

Has declinado muchas invitaciones,

dejado teléfonos sin contestar,

dicho -No- a los pocos que te necesitaban.

Abandonado en una isla de tu propia invención

has lanzado mensajes, deseos.

 

Que inútil es saber que adónde quieres ir

no es ningún lugar definido.

Los trenes no te llevarán allí,

los autobuses pasan de largo sin detenerse,

no hay taxis disponibles.

Misterio

Misterio

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El misterio definitivo: un cuerpo

de mujer abierto al tacto,

a los sentidos fundidos

en un solo fulgor,

que aniquila la desesperación.

 

El tiempo viene a detenerse

en los bordes de tu piel.

 

La luz que retrocede

me arroja muy lejos

dentro de colina tras colina

de paz luminosa

 

Allí permaneciera.

 

La jubilosa blancura

es mía, nuestra.

 

Pero el misterio

persiste.

Lo hemos atravesado

sin tocar su centro

Un Dorsal

Un Dorsal

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Esta mañana, cuando salí a correr, el cielo estaba cubierto de nubes tenuemente coloridas de un gris blanquecino. Una brisa suave y fría daba el aviso premonitorio de la lluvia que venía en camino.

Ni modo, ese día tocaba correr. Me coloqué en el pecho el dorsal de “¡No más hambre!” y salí.

“¡No más hambre!” es uno de los dorsales que más he utilizado durante mis entrenamientos, por lo cual está bastante gastado y roto en las esquinas, que es en donde coloco los imperdibles para sujetarlo a la franela.

Ya de regreso a casa, la suave brisa que me había refrescado en el camino, paso a convertirse en viento que chocaba de frente contra mi rostro. A lo lejos vi a la lluvia, que como una cortina corrediza se iba desplegando por el cielo, avanzando hacia mí.

Pronto sentí las primeras gotas en mi rostro. Una lluvia suave y dispersa chocaba contra mis lentes dificultando mi visión y, sin embargo, seguí mi avance.

El dorsal que iba prendido a mi pecho empezó a mojarse y se fue debilitando poco a poco. Debilitándose como ese pueblo que está en las calles buscando qué comer. Debilitándose como ese pueblo enfermo que no encuentra medicinas para tratar sus enfermedades. Debilitándose como ese pueblo que está hambriento de justicia, trabajo, educación y respeto.

De repente, me di cuenta que el dorsal estaba pegado a mi pecho apenas por un imperdible. Los otros dos puntos de sustento habían sido vencidos por la humedad de la lluvia. El dorsal estaba a punto de caer al piso cuando lo tomé en mis manos y lo llevé de vuelta a casa.

Ya en casa lo vi con detenimiento. Estaba roto y con surcos. La palabra “hambre” dividida en sus dos sílabas por una grieta en su piel. Su piel estaba manchada y débil.

Un dorsal roto. Roto, como los zapatos del pueblo que viaja hacinado en el metro.

Un dorsal arrugado, como el alma de ese pueblo, quien tiene que ser malabarista y equilibrista para poder llevar un pedazo de pan a su casa.

Un dorsal manchado, como ese pueblo a quien le han quitado su dignidad con dádivas miserables.

Un dorsal con la palabra hambre dividida. El hambre que ruge en los estómagos del pueblo. Rugiendo de día y rugiendo de noche; puntual, sin prisa y sin demora, como un león enjaulado.

Un dorsal de piel débil como aquel enfermo que pudo haberse curado, pero por falta de medicinas, ve como su vida se va apagando como la llama de una vela a punto de consumirse totalmente.

Un dorsal roto, arrugado, manchado y débil como los presos del Helicoide y de “La tumba”. Como mi gente delgadita, desolada y triste que camina en mi América latina. Como esa mujer, a quien el hambre la seco. Como ese hombre, a quien el hambre le detuvo el corazón. Como ese niño, a quien el hambre le quitó la vida.

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