No hay taxis disponibles

No hay taxis disponibles

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Es terrible no saber adónde ir.

Vistes con las calles como un abrigo.

Ciertas casas son amigas, otras ya no pueden visitarse.

Viejos amores acechan en los portales;

tras las ventanas las mujeres envejecen.

Florece el desdén.

 

Has declinado muchas invitaciones,

dejado teléfonos sin contestar,

dicho -No- a los pocos que te necesitaban.

Abandonado en una isla de tu propia invención

has lanzado mensajes, deseos.

 

Que inútil es saber que adónde quieres ir

no es ningún lugar definido.

Los trenes no te llevarán allí,

los autobuses pasan de largo sin detenerse,

no hay taxis disponibles.

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Misterio

Misterio

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El misterio definitivo: un cuerpo

de mujer abierto al tacto,

a los sentidos fundidos

en un solo fulgor,

que aniquila la desesperación.

 

El tiempo viene a detenerse

en los bordes de tu piel.

 

La luz que retrocede

me arroja muy lejos

dentro de colina tras colina

de paz luminosa

 

Allí permaneciera.

 

La jubilosa blancura

es mía, nuestra.

 

Pero el misterio

persiste.

Lo hemos atravesado

sin tocar su centro

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Un Dorsal

Un Dorsal

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Esta mañana, cuando salí a correr, el cielo estaba cubierto de nubes tenuemente coloridas de un gris blanquecino. Una brisa suave y fría daba el aviso premonitorio de la lluvia que venía en camino.

Ni modo, ese día tocaba correr. Me coloqué en el pecho el dorsal de “¡No más hambre!” y salí.

“¡No más hambre!” es uno de los dorsales que más he utilizado durante mis entrenamientos, por lo cual está bastante gastado y roto en las esquinas, que es en donde coloco los imperdibles para sujetarlo a la franela.

Ya de regreso a casa, la suave brisa que me había refrescado en el camino, paso a convertirse en viento que chocaba de frente contra mi rostro. A lo lejos vi a la lluvia, que como una cortina corrediza se iba desplegando por el cielo, avanzando hacia mí.

Pronto sentí las primeras gotas en mi rostro. Una lluvia suave y dispersa chocaba contra mis lentes dificultando mi visión y, sin embargo, seguí mi avance.

El dorsal que iba prendido a mi pecho empezó a mojarse y se fue debilitando poco a poco. Debilitándose como ese pueblo que está en las calles buscando qué comer. Debilitándose como ese pueblo enfermo que no encuentra medicinas para tratar sus enfermedades. Debilitándose como ese pueblo que está hambriento de justicia, trabajo, educación y respeto.

De repente, me di cuenta que el dorsal estaba pegado a mi pecho apenas por un imperdible. Los otros dos puntos de sustento habían sido vencidos por la humedad de la lluvia. El dorsal estaba a punto de caer al piso cuando lo tomé en mis manos y lo llevé de vuelta a casa.

Ya en casa lo vi con detenimiento. Estaba roto y con surcos. La palabra “hambre” dividida en sus dos sílabas por una grieta en su piel. Su piel estaba manchada y débil.

Un dorsal roto. Roto, como los zapatos del pueblo que viaja hacinado en el metro.

Un dorsal arrugado, como el alma de ese pueblo, quien tiene que ser malabarista y equilibrista para poder llevar un pedazo de pan a su casa.

Un dorsal manchado, como ese pueblo a quien le han quitado su dignidad con dádivas miserables.

Un dorsal con la palabra hambre dividida. El hambre que ruge en los estómagos del pueblo. Rugiendo de día y rugiendo de noche; puntual, sin prisa y sin demora, como un león enjaulado.

Un dorsal de piel débil como aquel enfermo que pudo haberse curado, pero por falta de medicinas, ve como su vida se va apagando como la llama de una vela a punto de consumirse totalmente.

Un dorsal roto, arrugado, manchado y débil como los presos del Helicoide y de “La tumba”. Como mi gente delgadita, desolada y triste que camina en mi América latina. Como esa mujer, a quien el hambre la seco. Como ese hombre, a quien el hambre le detuvo el corazón. Como ese niño, a quien el hambre le quitó la vida.

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Lilí

Lilí

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When I say that something
I want to hold your hand”

Lennon/McCartney – I want to hold your hand

Recuerdo que fue en una tarde soleada, cuando ella hizó su aparición con aquellos ojos azules verdosos que destacaban en su rostro, con aquel desparpajo típico en todos los niños y que ella lo mantuvo a lo largo de su vida.

Lilí debería tener unos 8 años de edad cuando la conocí, mientras que yo debía rondar los 10 u 11 años. Daniel, hermano de Lilí, tenía mi misma edad.

Vilma estaba dando clases a Daniel en el comedor de aquella casa de Las Palmas, Lilí tenía sus libros y cuadernos escolares en los brazos y, simplemente se sentó con nosotros a hacer sus tareas. Desde ese día, Lilí se sentaba con nosotros, aun cuando no precisaba de ninguna ayuda por parte de Vilma.

Así nos fuimos conociendo. Yo haciéndole muecas, ella pellizcándome. Yo poniéndome bizco y sacándole la lengua, ella diciéndome “papa frita… papa frita”. A veces, Daniel y yo nos encomphinchábamos y le hacíamos bromas. Ella se defendía y siempre terminaba diciéndonos, mientras ambos corríamos: ¡¡¡Son unos papas fritas y tú!!! –me miraba a mí– ¡¡¡eres muy papa frita!!!

Así fuimos creciendo, Lilí convirtiéndose en toda una señorita y Daniel y yo, en todos unos señoritos, que es un decir, porque realmente apenas llegábamos a ser unos mozalbetes desaliñados.

Nuestros mundos se fueron ampliando. Ella por su lado, Daniel por el suyo, y yo por el mío. Sin embargo, cuando nos reuníamos volvíamos hacer la banda de pilluelos que jugaban y se gastaban bromas.

Pero también había espacio para la tristeza. Lilí y yo nos convertimos en confidentes. Nos contábamos nuestros fiascos amorosos. Yo ponía el hombro para que ella colocara su cabeza mientras me contaba del papa frita que no le hacía caso o de aquel otro que la engañaba vilmente.

Cada quien iba en su mundo y llegó el día que nos fuimos separando de forma natural, imperceptiblemente pero de manera irreversible.

Con el paso de los años, mi madre y Vilma llegaron a ser muy amigas de Ginette, mamá de Daniel y Lilí. Fue por ellas, y en especial, por mi madre que me enteraba de la vida de ellos.

Así fue como supe que los problemas de aprendizaje de Daniel se debían a una afección cardíaca que disminuía la oxigenación al cerebro lo que hacía, a su vez, que las zonas del cerebro dedicadas al aprendizaje se vieran afectadas. Daniel fue operado y desde ese día vivió su vida a plenitud. De Lilí, poco se sabía. Recuerdo que estaba estudiando comunicación social y poco más.

La vida fue fluyendo y como suele pasar en las aguas, lo que uno ve en la superficie no es lo que realmente pasa debajo.

Aquella tarde mi mamá había ido a visitar a Ginette. Ginette en un momento de la conversación se quebró y, con un hilo de voz, le confesó a mi madre que Lilí tenía problemas con drogas.

Ginette, mientras tuvo fuerzas, hizó todo lo posible porque Lilí rompiera aquel círculo maligno y perverso de la droga, pero nada pudo hacer. Lilí seguía enganchada. Sé, por lo que contaba mi madre, que esa situación desgasto la salud de Ginette de manera importante.

Todo termino un día con su nombre y su fecha. Un día como cualquier otro. Un día con su sol, su viento, con las hojas cayendo de los árboles. Un día con su luna y con su noche. Todo terminó cuando encontraron a Lilí muerta con una sobredosis. Poco importa en donde la encontraron: en la calle, en la habitación de un hotel, en un bar… poco importa. La droga había acabado con la vida de Lilí. Su infierno había terminado.

Hoy escucho ese verso: I want to hold your hand… cantado en una versión melancólica, como si de una despedida o de un final se tratase, una versión muy diferente a la original en donde se le está cantando a un comienzo o nacimiento.

Hoy escucho ese verso: I want to hold your hand… y, sin saber la razón, el recuerdo de Lilí inundó mi mente y pienso que me hubiera gustado haber estado todos esos años al lado de ella para tomarle la mano y decirle que apoye su cabeza en mi hombro. Tomarle la mano y decirle que no está sola y que no hay nada perdido. Con sus dedos entre los  míos decirle que su madre y Daniel la quieren con toda su alma a pesar de todo… y cuando por fin me quede callado escucharla decir “¡Tú sí que eres papa frita!”, en medio de su llanto y en medio de nuestra risa.

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Nadie sabe

Nadie sabe

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Nadie sabe que es agua
hasta que no hayan calmado una sed.

Nadie sabe que es agua
hasta que no lo culpen de un ahogado.

Nadie sabe que es tierra
si no lo mueven profundos sismos

Nadie sabe que es tierra
si no tienen surcos profundos en la piel.

Nadie sabe que es árbol
hasta que un columpio se meza en sus ramas.

Nadie sabe que es árbol
hasta que no tengan un ahorcado.

Nadie sabe que es pan
si no lo despedazan los hambrientos.

Nadie sabe que es pan
si las palomas no picotean sus restos.

Nadie sabe que es agua, tierra, árbol, pan.
Nadie sabe que es todo.
Nadie sabe que es nada.

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