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Anoche me visitó la muerte y me ofreció esta charla.
Estaba sentado frente a mi computer un tanto atascado con la narración de un capítulo de mi novela. La mente se había enfriado y las ideas, congeladas, se negaban a salir o lo hacían de mala gana, y con torpeza; lo típico cuando estás a punto de dar al traste con el trabajo que te ha ocupado unas cuantas horas. Ella se sentó frente a mí en una silla. Comenzó hablando muy relajada, pero conforme avanzaba su discurso, se fue emocionando, acalorándose en sus vehementes explicaciones. Había dejado su guadaña y su hábito negro y raído apoyado en mi escritorio; el mango de la herramienta, en posición vertical le hizo de percha. Lustró un poco su calavera con un trapo como aclarándose las ideas y comenzó a hablar , como he dicho, en un principio de manera muy sosegada , preguntándome:
-¿Te he asustado con mi presencia? No era esa mi intención Sólo te he visto azorado pero con ganas de cierta actividad y he pensado que a lo mejor te apetecía escribir alguno de mis dictados…- Hizo una pausa, como esperando mi respuesta, pero yo, algo pasmado no articulé palabra; ella prosiguió-. Muy alterado no te veo. Eso es buena señal. Yo sólo existo en cuanto que representación de nuestro miedo a morir…- En este punto la corté. Creía haber pillado su pantomima.
-¿Cómo que de nuestro miedo a morir? ¿Por qué te incluyes en esto? Si eres la muerte ¿cómo puedes tener miedo a morir?
-Claro que existo y claro que moriré. Existo, ya te he dicho, en cuanto a representación del miedo a la muerte y, sin poder decir que tengo mi corazoncito -ya ves que sólo soy un esqueleto- ni mi amor propio, si que mantengo mis inquietudes solipsistas; si no , ¿de qué modo estaría ahora hablando contigo? -En este momento hizo una pausa como mirando al cielo y continuó- Moriré en el momento que muera el último ser humano sobre la tierra o cuando el miedo a morir de los humanos desaparezca. Por el momento aquí estoy, así que no te extrañes si en mi charla utilizo la primera persona del plural para exponerte algunas reflexiones sobre mí misma -aclaró su voz grave y algo cavernosa y continuó hablando. -Tú, si quieres, puedes tomar nota…
-No, si ya estoy haciéndolo… Bueno, al grano, que no tengo todo el día y ya escribí bastante hoy. ¿Qué tienes que contarme?. -La muerte volvió a pasarse el paño por el huesudo cráneo sacándole brillo, suspiró con profundidad, emitió un leve carraspeo y comenzó a hablar con tranquilidad y lentitud, sabedora de que no soy muy buen mecanógrafo.

Existen distintas formas de morir. Según que criterios utilicemos, se pueden clasificar de diferentes maneras. Si atendemos a la naturaleza de la muerte, puedo ver, así a bote pronto, cuatro diferentes categorías.
En un primer bloque situaría las muertes producidas de forma natural por vejez, cuando la suma de los desgastes sufridos por el organismo a causa del envejecimiento dan como resultado la muerte. En este apartado no se puede decir que existan formas de morir estúpidas.
A continuación vendrían las muertes producidas por enfermedad cuando al sujeto todavía le podría quedar una porción más o menos grande de tiempo por vivir que, de no haber contraído la patología que termina por acabar con él antes de tiempo, habría podido disfrutar. En esta ocasión si que se encuentran ejemplos en los que la muerte puede resultar estúpida. Me vienen a mientes aquellos casos en los que, por motivos normalmente religiosos, el paciente se inhibe de recibir algún tipo de tratamiento que, en ocasiones, con toda probabilidad, habría salvado su vida. Son estos casos calificables de estupidez de un tipo de pensamiento colectivo de demostrada inútil valía.
La tercera causa de muerte sería la de naturaleza accidental. Es esta una categoría de amplio espectro, como amplia es la lista de tipos de accidentes que pueden acabar con la vida. En esta categoría se encuentran muchos casos de estupidez, a veces propia, como cuando, valga el ejemplo, te estrellas borracho con un coche; a veces ajena, si es el borracho el que te ha matado con su coche cuando tranquilamente dabas un paseo (precisamente hoy he oído en la radio una noticia narrando, en estas estúpidas y criminales circunstancias, el atropello de una madre y su hija con resultado fatal para ambas); a veces es el destino el que se muestra estúpido, el típico caso de aquel que le cae en la cabeza un tiesto o una cornisa desprendida de un balcón; a veces es la mezquina estupidez del sistema la que trae como consecuencia accidentes mortales. Estoy pensando en una gran parte de los accidentes laborales en los que con un poco menos de avaricia y mezquindad y algo más de sensatez y amor a la gente en lugar de al dinero, estos se podrían haber evitado.
Por último existe otra forma de morir que debería resultar más lacerante que ninguna otra para el género humano y en especial para aquellos humanos que residen en la parte más pudiente y “desarrollada” del planeta. Se trata de la inmensa cantidad de gente que muere víctima de hambrunas, epidemias, guerras y migraciones suicidas (como consecuencia de los motivos anteriores), que sólo tienen como causa y razón de ser la depredación sistemática del primer mundo sobre el otro, que, paradógicamente, lo cuatriplica o quintuplica en población. En esta forma de morir hay una clara causa estúpida. En este caso la estupidez es de índole genérica; el ser humano abonado a perpetuidad a establecer y consolidar sus pautas de un malentendido desarrollo en base al dolor, (¿quién fue aquel que dijo que el deseo de un esclavo no es ser libre si no ser amo? no lo recuerdo, pero ilustra este caso) al sufrimiento y al canibalismo cultural que no tiene ningún reparo en merendarse culturas enteras y que encumbra en los más altos pedestales de la política y la gestión económica a aquellos que obtienen su poder con negocios de rédito inmoral, como la venta de armamento (que sólo tiene sentido si aquella mercancía que venden se utiliza), o esclavizando económicamente al común de los mortales bajo la premisa de dejarles sin lo más básico si no aceptan su imbécil jueguecito laboral, consumista y financiero. Son estas causas de muerte las que podríamos llamar muerte por miseria y se dan en todos los mundos. La miseria no lo es tanto del sujeto como de la sociedad que promueve este modelo de existencia frente a otros que fueran capaces de aportar bienestar y real enriquecimiento, (quizá no tanto en el sentido material, siempre pensé que el enriquecimiento material, de alguna forma, empobrece al individuo en su integridad y ahí lo dejo para la reflexión de cada cual) para todos.
Aquí hemos podido ver otro criterio para clasificar las maneras de morir. Este no es otro que el de dilucidar cuando una muerte es estúpida y cuando no.
Siguiendo este patrón vayamos con la poética y no menos estúpida expresión “morir de amor”.
Existen realmente casos en los que se produce la muerte y se la podría catalogar bajo ese epígrafe: adolescentes que se suicidan tras un desengaño amoroso; otros sujetos y sujetas, de cualquier edad, que puedan contraer graves enfermedades o perturbaciones mentales que den como resultado la muerte por el mismo motivo… En ningún caso, aunque la literatura pueda haber ilustrado con millones de relatos, versos, leyendas, mitos, novelas y obras teatrales casos de este tipo desde una perspectiva que, bajo un estéril romanticismo o lirismo, pudiese arrojar algún atractivo a este tipo de situaciones, se puede decir que aquel que acaba con su vida o la mancilla y estropea a base de enfermedades por causa de una pérdida o desengaño amoroso no lo haga si no es por que ha sucumbido a un arrebato de falta de amor a sí mismo, cosa que se puede catalogar de estupidez si se quiere ahorrar palabras.
Existe también el morir de amor a la inversa. En este caso es aquel con el que se mantuvo, (o, todavía más macabro, se mantiene) al menos en teoría, una relación que se tomó por amorosa, el que termina por matarte tras por lo general, haberte maltratado durante un buen tiempo. Esta es, en mi opinión y en términos cualitativos, una de las más preocupantes estupideces que asola nuestra civilización en la vertiente íntima de los individuos que la componen, por la sintomatología que deja enunciada y por la tremenda perversión espiritual que denota.
La estupidez humana no sólo se puede medir por cómo vivimos sino también por cómo morimos y cómo nos matamos. Se trata de una de las pautas del conocimiento sobre la que nuestro aprendizaje es nulo. Podemos hablar de grandes avances en todas las áreas de la ciencia y del conocimiento tanto a nivel teórico -de comprensión de todo aquello que nos rodea-, como práctico, habiendo diseñado y producido grandes ingenios que facilitan la vida. En ese sentido, en cuanto a la forma de vivir, si que se puede decir que somos un poco menos estúpidos con el transcurso de las generaciones. sin embargo, en cuanto al modo en que morimos y nos asesinamos y por qué lo hacemos, bien sea individualmente o en masa, en eso el avance ha sido nulo y, como que todos los avances logrados para vivir también se han desarrollado de manera equivalente para asesinar, el resultado es inequívoco: conforme evolucionamos nos matamos de una manera más masiva.
Otra vía de reflexión en cuanto a cómo nuestra manera de morir nos confirma como excelsos estúpidos, es la no desaparición de las causas, incomprensibles bajo cualquier pequeña gota de sentido común, que nos llevan a asesinarnos como idiotas.
¿Cuanto soldado muere y mata de forma masiva defendiendo o atacando unos intereses que, en lo personal, ni le van ni le vienen? o, lo que es lo mismo, ¿cuánta gente está dispuesta a matar y morir por los intereses de su señor? En eso nada hemos cambiado y seguimos destinando una parte muy sustancial de los presupuestos de los estados a mantener ejércitos cuyo único objetivo es poner de manifiesto, sin ningún rubor, lo voraces y estúpidos que somos; y nos hablarán de defensa, pero eso es una tremenda tontería: EEUU, por ejemplo, para lo único que ha utilizado sus soldados, bombas, aviones, helicópteros, barcos, misiles y drones ha sido para atacar países por intereses claramente económicos (siempre con ridículas excusas de índole defensiva y de preservación de la libre democracia) y no intereses de la población que, en última instancia, es quien dota de fondos con sus impuestos estos presupuestos de “defensa”, sino de aquellos que perversamente más se enriquecen con nuestra estupidez. ¿Cuánta gente está matando y muriendo -estos últimos, en su mayoría sin comerlo ni beberlo- por cuestiones religiosas? En eso tampoco hemos cambiado en absoluto. Sin entrar a valorar el valor intrínseco de la fe, si que se puede concluir que todos estos dogmas a nadie le sirven o facilitan su subsistencia diaria, es decir, por mucho que lo desees, no va a ser ni dios, ni mahoma, ni krishna ni buda quien te de de comer, como para que sigamos matándonos y asesinando en su nombre como verdaderos cretinos. Utilizo la primera persona del plural porqué en algún momento yo también estuve viva. En cierto sentido mi creación, la muerte representando al miedo que provoca, parte de la no aceptación de los individuos del hecho de morir, y esta es la misma materia prima a partir de la cual se crearon las religiones, una forma de querer perpetuarse el individuo que trajo consigo que se matasen más fácilmente entre ellos defendiendo cada cual su mentirosa manera de perpetuarse y también trajo mi existencia, la representación del miedo a morir.
-Creo que ya he terminado -me dijo entonces deteniendo su discurso en seco -debo irme ya y dejarte descansar. ¿Qué te pareció mi relato?
-Pues no me ha dado mucho tiempo a pensar tus palabras. Estaba demasiado ocupado dándole a las teclas. A la próxima un poco más lento, si puede ser. -La muerte me miró algo desconfiada frotándose su maxilar inferior con las falanges de sus dedos pulgar e índice. Se escuchaba un pequeño chirrido por el roce de los huesos. Entonces continué: -No te preocupes, lo leeré con detenimiento cuando te hayas marchado o mañana. La verdad que estoy cansado…
-Me alegro de no haberte asustado, la verdad que sería bueno que todos fuéramos como tú; podría descansar de esta labor tan pesada.
-Antes de que te vayas, quería agradecerte que me hayas regalado este relato… -me quedé mirándole como esperando una respuesta ante mi detalle cortés.
-No hay de qué, para eso están los amigos. Ya sabes, a por ti no tendré que venir; puesto que tú no pareces temerme, yo carezco de sentido entre nosotros. Eso también es de agradecer, menos trabajo, así que la gratitud es mutua. -Quedé mirándole mientras pensaba en sus palabras: “Para eso están los amigos”, concluyendo que a la muerte era mucho mejor tenerla como amiga que como enemiga; me parecía mucho más relajante de cara a afrontar el hecho, inevitable para cualquiera en su momento, de tener que morir y así se lo hice saber a modo de despedida. Levantándose, cogió su guadaña y su manto negro. Se encapuchó con él y salió cojeando y renqueante de mi habitación. Creo que le damos excesivo e innecesario trabajo a la buena de la muerte… Sus pies ya se resienten de tanto venir a buscarnos por nuestra propia estupidez.

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