El lápiz mágico

El lápiz mágico

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

Recibí un mensaje en el móvil, era Juan. Insistía que fuera a su tienda, un local lleno de antigüedades y objetos extraños. Tenía algo que enseñarme, alguien había dejado una caja antigua en el local junto con una nota, el sms no mostraba nada más y eso me dejó algo intrigado.
Conseguí hacer un hueco por la tarde, sobre las siete, creo que eran. Había anochecido y no había nadie en las inmediaciones de la tienda, incluso de lejos, el local parecía estar cerrado. Juan decía que los objetos antiguos resaltan más con escasez de luz, y por ello siempre tenía la tienda en penumbra.
De la puerta colgaba un viejo letrero: “Cerrado”. Algo que me extrañó, porque la tienda solía estar abierta hasta las nueve, además, Juan quería que fuera a verle. Me iba a ir cuando me acordé del timbre, así que llamé y esperé. Un momento después me abrió, me fijé en su cara, estaba más seria que de costumbre. Cuando entré, volvió a cerrar la puerta con llave, no dije nada, pero me extrañó y la curiosidad se intensificó.
Tuvimos que cruzar la tienda hasta llegar al pequeño almacén, que, a veces, servía como taller, por suerte allí había más luz. Entró delante de mí y se hizo a un lado sujetando la puerta hasta que estuve dentro, después la cerró. A esas alturas, la curiosidad fue dando paso al miedo, comenzaba a estar asustado. Me quedé allí de pie, no sabía muy bien qué hacer, le observaba. Fue entonces cuando me percaté que aún no había hablado desde que entré, ni siquiera al abrirme la puerta.
Me acerqué a la mesa, apenas lo miré a la cara. Estaba observando un pequeño cofre, poco más grande que un palmo, de color marrón, la madera se veía vieja. Me llamó la atención la forma en que estaba hecho, parecía de un tiempo lejano. También había una nota al lado del cofre que, curioso, comencé a leer ante la silenciosa mirada de Juan. Noté como según leía, la frente se me arrugaba, apenas había dos renglones escritos a mano. La caligrafía parecía ser antigua, muy clara para estar escrita a mano, en cambio el papel se notaba que había sido arrancado de algún cuaderno. Cuando terminé de leer miré la pequeña caja, dentro debía haber un lápiz con propiedades mágicas que fue creado por un alquimista.
Con nerviosismo quité el seguro que bloqueaba el cierre, apreté un botón y abrí la tapa con suavidad. Sobre una tela roja, que cubría la madera por dentro, descansaba algo que nunca antes había visto, tenía un extremo más puntiagudo que el otro y extraños grabados en toda su longitud, era frío al tacto y muy ligero. Costaba imaginar que aquello fuese un lápiz, o al menos no se asemejaba a los que se usan en la actualidad, no tenía carboncillo en su interior para poder dejar la marca a su roce con el papel.
Juan comenzó a hablar, su voz me cogió de sorpresa, esa fue la primera vez que habló desde que llegué. Dijo que había estado buscando información en Internet. Había encontrado un artículo que hablaba del lápiz mágico en una revista de investigación online, donde decía que su leyenda se remontaba al siglo IV. Con él se habían dibujado cosas que luego ocurrieron, también se usó para cruzar a otros mundos a través de puertas que se trazaban en el aire, se redactaron tratados de paz que eran imposibles de imaginar, creó grandes obras literarias, aunque su escritor no supiese escribir, incluso grandes edificios se levantaron adelantándose a su época gracias a sus trazos en el diseño. Ante nosotros teníamos el lápiz que demostraba que su leyenda era cierta.
Nos quedamos un tiempo en silencio, no dejaba de mirarle. Reconozco que hubo un momento que creí que me estaba gastando una broma. Sus palabras se repetían en mi cabeza. Si era cierto todo lo que decía, ¿los grandes avances de Einstein podrían ser fruto del lápiz?, ¿o si El Quijote lo escribió Cervantes con la ayuda de la magia?, ¿o el diseño de la cúpula de la catedral de Milán que hizo Da Vinci? Algo así cambiaría la historia tal y como la conocemos.
Fui a decir algo, pero la voz de Juan se me adelantó.
—¿Y tú qué crees que ocurrió?

La cara oculta de la verdad

La cara oculta de la verdad

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

El mismo día que se celebraba la fiesta de disfraces en casa de la condesa por la noche, como ocurría siempre con la llegada del carnaval, Manolo se acercó a la ciudad para comprarse un disfraz.
Después de pasar más de una hora probándose disfraces y mareando a una joven dependienta. Se decidió por un disfraz de época: pantalones negros con un esmoquin que cubría una fina camisa blanca, y un sombrero de copa, del que colgaba una máscara que ocultaba parte de la cara, ideal para no ser reconocido.
Manolo llegó bien entrada la noche. Tras dejar su esmoquin al mayordomo, entró en el amplio salón. No podía esconder una fina sonrisa que apareció en su rostro cuando contempló a toda la clase alta. Muchos de los asistentes también habían elegido un disfraz que, de algún modo, no dejaba ver su rostro.
Su gesto torció serio cuando divisó a la viuda rica en la que se había convertido la condesa. Sin más tardar se dirigió hasta ella, tenía un propósito esa noche y quería cumplirlo.
—Bonita fiesta, —dijo al tiempo que cogía la fina mano de la condesa y la besó—. Lleva un disfraz muy elegante.
La condesa no pudo ocultar su sorpresa y de manera tímida esbozó una sonrisa y ladeó su cabeza. Ante ella, tenía un hombre, que pese a su antifaz, parecía ser atractivo.
—Bienvenido, —dijo al fin—. ¿Me dejarás ver tu rostro por ser la anfitriona?
De algún modo, aquel hombre le resultaba familiar, y no sabía muy bien porqué. De su interior creció la curiosidad de saber quien era aquel hombre.
—No. Aún queda mucha noche. ¿Le apetece una copa? —Dijo aprovechando que pasó una camarera portando una bandeja y varias copas.
La condesa sonrió y asintió aceptando la invitación. Necesitaba estar con aquel hombre para saber de quien se trataba.
El tiempo pasaba mientras hablaban y bebían. Sin darse cuenta, se habían alejado del resto de los invitados. En un momento dado, la condesa pilló desprevenido a Manolo y lo besó. Este sonrió, la cogió de la mano y la guió hasta el gran dormitorio de la atrevida mujer.
—¿Parece que ya has estado antes aquí? —Manolo no respondió, empujó a la condesa, que cayó sobre la cama y sin dudarlo se abalanzó sobre ella.
Después de hacer el amor, la condesa se quedó dormida, momento que Manolo aprovechó para quitarse la máscara, hizo una foto y la envió al móvil de la anfitriona antes de salir y desaparecer.
Manolo el antiguo chófer de la condesa, había conseguido así vengarse. Una semana atrás lo había despedido ridiculizándolo, quedando en el olvido la ayuda prestada para deshacerse de su marido.

El espejo

El espejo

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

Como cada primer sábado del mes, Vicent Flores, un viejo conocido y apasionado por las antigüedades, se dirigió al almacén de subastas que había en la ciudad.

Tras varias subastas de poco interés, pujó hasta el final por un espejo que le llamó la atención. Por la forma y los grabados que tenía la madera alrededor del cristal, dedujo que debía ser una pieza con bastantes años de antigüedad, además había algo en él que le resultaba familiar.

—Buena compra la de hoy, Vicent, —dijo Carlos, el subastador al verle marchar, recibiendo una sonrisa pícara por respuesta.

A la mañana siguiente recibió el espejo a las diez de la mañana tal como había acordado en el almacén. Ordenó a los transportistas que lo dejaran en el amplio salón, allí tenía reservado un hueco en la pared. En él podía reflejarse el bosque que había en la parte trasera de la casa gracias a un gran ventanal.

Quedó un tiempo contemplándolo satisfecho, se detenía en cada detalle. Le llamó la atención los grabados de la madera que había alrededor del ovalado cristal. El reflejo de su imagen se veía con gran nitidez. Tras él como había pensado, podía ver parte del salón y del exterior de la casa con la arboleda de fondo.

Fueron pasando los días y su interés por el espejo aumentó. Cada vez que pasaba por su lado o permanecía en el salón leyendo una de esas revistas de antigüedades, su mirada terminaba posándose en el cristal. Pasaba largos periodos de tiempo contemplándolo, era como si el tiempo se detuviese, incluso a veces tenía la sensación de ver como las ramas y hojas de los árboles que se reflejaban, dejaban de mecerse con el vaivén del aire.

Con el final del verano se daba paso al otoño, el verde de las hojas comenzaba a debilitarse. El tiempo no era el mismo que días atrás y algunos animales comenzaron a emigrar, otros en cambio buscaban un buen lugar para cobijarse del invierno. El viejo Vicent apenas había salido de casa en todo ese tiempo, el espejo lo había consumido casi por completo, estaba muy delgado y en el rostro lucía una barba blanquecina. Martina, su sirvienta, hacía un mes que se había marchado y no regresó.

Una mañana más, Vicent se dispuso a leer la revista de antigüedades, gracias a esa editorial había encontrado muchos de los artículos que había adquirido en las subastas. Estaba leyendo una reseña sobre un cuadro, en ella decía que había sobrevivido a varias catástrofes, entre ellas destacaba dos incendios y en lugares muy distantes el uno del otro.
En un acto reflejo posó la mirada en el bosque que se reflejaba en el cristal. Arrugó el ceño, volvió la mirada hacia el ventanal, afuera la arboleda se agitaba con suavidad. Volvió la vista y entornó los ojos, no podía creer lo que su mirada le devolvía. Se levantó y se acercó junto al espejo, evitó ponerse delante para no obstaculizar la imagen que mostraba desde el exterior. Reflejado en el cristal, la arboleda tenía un color primaveral. A través de la ventana, el verdor se tornaba amarillento, incluso en el suelo descansaban algunas hojas. Devolvió la mirada al espejo y lo contempló con cautela, no entendía qué estaba ocurriendo, veía reflejada una imagen que no era real. Comenzó a notar como su cabeza le daba vueltas y se sentía algo mareado. Retrocedió aturdido buscando una silla donde sentarse.

Quiso comprobar una vez más el exterior de la casa girando la cabeza. Su cuerpo se paralizó cuando se vio fuera de la casa frente al verdor de la arboleda. No sabía cómo había llegado hasta allí, apenas un par de segundos antes se encontraba en el salón y ahora estaba en el exterior mirando el bosque. Lo veía como hace unos instantes lo había visto reflejado.

Se giró sobre sí mismo, sus ojos se desorbitaron cuando quedó frente a una casa de gran tamaño. No tardó en reconocer la casa donde vivía y en donde se crio. Su pulso se aceleró aún más cuando se fijó en el ventanal, allí dentro había alguien. Tuvo que agudizar su mirada para reconocer al niño que le observaba sonriente. Habían pasado muchos años, pero recordó el día que su madre le compró esas ropas, ese mismo día su padre apareció con un espejo, el mismo que descansaba ahora en su salón.

[inbound_forms id=”2084″ name=”Apúntate al taller de novela y relatos online”]

Guardar

A %d blogueros les gusta esto: