DIARIO INACABADO EN UN NAUFRAGIO SIN MAR

DIARIO INACABADO EN UN NAUFRAGIO SIN MAR

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 2 Promedio: 5]

Jueves

Llueve. Son gotas diminutas, como si los dioses del cielo, a través de cicateras nubes grises, nos pulverizaran con su aliento. Es verano, agosto, y hoy es tiempo de confesiones, intimidades como las del diario empezado hace más de cuarenta años y abandonado un día —un miércoles cualquiera sería lo justo— igual que lo hizo el empuje de la adolescencia que me llevó a iniciarlo. Entonces era invierno, o así lo recuerdo, porque solo en la soledad de los días fríos, vestido con pantalones de pana y jersey de lana, conseguía sembrar de letras mi incipiente vocación literaria. El discurrir de aquel tiempo se parece a nadar contracorriente, brazada tras brazada, tragando agua, sacando a duras penas la cabeza entre las olas, sintiendo la incomunicación, sin tener a nadie tendiéndote la mano. Ahora miro hacia el abismo que me separa de aquel «entonces» y el vértigo se apodera de mí. Me recuesto, cierro los ojos y veo la montaña rusa que son esos años pegados a aquel diario. Se trataba de un cuaderno de tapa dura y color azulado, de hojas cuadriculadas, forrado con papel de periódico y sin señal alguna que lo identificara. También era muy irregular, podía pasar días sin completar ni una hoja o que, en una sola jornada, la llamada de mi madre para cenar fuera lo único que me hiciera apartar la mano de él. También era atípico, más un compendio de poemillas y cuentos que la narración de todo aquello que me acontecía. Me gustaba escribir y tocar la guitarra. Todavía me gusta. Hoy, ¿busco recordar?, ¿ensalzar?, ¿continuar?, ¿finalizar? aquel diario que aún sin deslizar una letra por él, jamás abandoné. Porque alegrías y llantos, los que la vida me regaló, fueron así mismo sembrados en medio de cuanto más tarde escribí.

Según completo este reencuentro y cubro la primera hoja, se rompen las nubes y un cielo tan azul que parece pintado, despide las últimas horas de la tarde.

Viernes

El sol, como un deseo insatisfecho, se inclina hacia las montañas dejándome atrapado por la luz y la calma vespertina. Sin embargo, al amasar entre mis manos este retazo-apéndice de aquel otro escrito cuando despertaba a la vida, se remueven inesperados sedimentos-recuerdos sepultados bajo pesares, risas, combates, lágrimas o placeres, mezclados con las toneladas y toneladas de fotogramas-retrato de mi existencia-película. Si a través de aquellas páginas, igual de difuminadas en el pozo de la memoria como perfiladas ahora al bucear en ellas, relataba alguna de las dichas o desdichas de un adolescente y los escasos acontecimientos que removían nuestra aburrida sociedad, junto a mis encendidos sonetos y relatos fantásticos de entonces, ¿qué puedo aportar ahora? Nada de este día, el de hoy, me parece reseñable, digno sucesor de todo aquello. Solo la nostalgia ocupó mi respiración, solo proyectarla consumió los tres mil seiscientos segundos de cada hora.

Al oscurecerse el cielo, aparece alguna estrella tímida lanzando guiños. Mi borrachera de morriña me hace verlo como una senda rocosa hacia la esperanza, la constelación que me ha de llevar a los confines de la tierra algún día.

Domingo

Las farolas de mi calle, vistas desde la terraza, aún hacen por borrar las sombras a pesar de que los primeros destellos del día muestren su belleza tras el horizonte. Cuando casi todos duermen, un ejército de fantasmas ha trastornado mis pesadillas, me ha hecho incorporarme al mundo real y sentarme frente al teclado para volcar en esta confesión —¿breve memoria de una semana?, ¿pincelada autobiográfica?— cuanto hierve en mi interior. Porque de eso se trata, ¿no es verdad? De desnudarse ante la hoja en blanco, ante ti mismo como único lector, no dándote la opción del engaño-lodo en el que a los escritores nos gusta revolcarnos. Pero, ¿cuáles fueron los motivos para escribirlo hace tanto tiempo? ¿Solo me movía la amargura adolescente de saberme incomprendido, de buscar la autoconfesión seguida de la autoabsolución o, más bien, nada fue así y ya pretendía encontrar —como ahora— otros ojos lectores, otras imaginaciones en comunión con la mía? ¿Sinceridad poética que me llevara a conquistar el cielo o cuentos interrumpidos por miles de aplausos? Sería sencillo interpretarse observando lo que ahora refleja el espejo, pero dudo saber cómo narrarlo sin antes haber impregnado mi piel en la ciénaga mencionada.

No quedan espacios donde escribir y debo pasar la página, acabar o, simplemente, poner un punto aparte aguardando a otros latidos de inspiración.

Sin darme cuenta, los brillos del día extienden su manto sobre montañas, edificios, coches y personas madrugadoras… y sobre las farolas, sumidas en el silencio, solemnes hasta que llegue la siguiente noche, el siguiente capítulo de aquel diario inconcluso (todos lo son) y esta encanecida intentona escrita mucho tiempo después.

****

( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)

 
FERNANDITO

FERNANDITO

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 1 Promedio: 5]

Transmite Radio Nacional de España. Son las diez de la noche en el reloj de la Puerta del Sol… Mientras jugaba con otros niños, esa voz nítida y cuartelera me sobresaltó. Más allá de nuestros gritos, del arrullo de las palomas y de las conversaciones de nuestras madres, no era nada habitual que en un parque público, tan céntrico y concurrido como en el que me encontraba, alguien subiera tanto el volumen del transistor. Pero aquella no fue mi única sorpresa, es que estábamos en pleno mediodía cuando aquel sonido hizo que dejara de perseguir a una de las niñas de mi grupo de amigos para investigar de dónde provenía.

Sentado en un banco de piedra, debajo de un inmenso magnolio, estaba un hombre joven de abundante pelo castaño, vestido con pulcritud y en cuya mano derecha, próxima al oído, parecía estar sujeta la radio de marras. 

Diario hablado de Radio Nacional de España. Información nacional: su excelencia, el jefe de Estado ha visitado hoy el recinto de la Casa de Campo donde una representación del Frente de Juventudes… siguió escuchándose pero al aproximarme, noté que pegado a su oreja no había nada, era la voz de ese hombre la que se oía. Sin preocuparse por mi presencia, el falso locutor siguió proclamando con perfecta dicción las noticias. Si ponías atención, muchas eran absurdas o trasnochadas, como dar el «parte» de las diez anticipadamente o anunciar que el rey Alfonso XIII visitaría la ciudad alojándose en su residencia de La Magdalena. En otras, y que hábilmente mezclaba, añadía de su propia cosecha comentarios mordaces o sarcásticos completamente alejados de las informaciones de la radio oficial. Yo entonces no distinguía bien qué era real y qué no, crítica o alabanza, simplemente me fascinaba aquel hombre-radio.

—Fernandito, ¿qué ha hecho hoy el Real Madrid? —le preguntó entre risas un paseante y, aunque la temporada estaba finalizada, al llegar el turno de los deportes, informó del triunfo por cuatro a tres del equipo español frente al Stade Reims, ganando la Copa de Europa. La noticia era real, solo que ocurrida doce años antes, yo ni había nacido.

Así fue como conocí a Fernandito. Su voz era suave pero igual que un profesional sabía enfatizarla o hacerla vibrante cuando era preciso. De porte estático, pareciéndose a las estatuas el inmenso arco de piedra que estaba frente a los jardines, siempre llevaba, tanto fuera verano o invierno, un traje de pana y unos zapatos de piel muy desgastados, como si fueran heredados, lo que le aportaba una cierta sensación de abandono que provocaba compasión. Solo cuando llovía, algo frecuente allí, se cubría con boina, pero si la lluvia era fuerte, desplegaba el paraguas negro con mango de nácar que con elegancia llevaba colgado del antebrazo al andar. Era un personaje tratado con afecto y comprensión por casi todos, aunque apenas cruzara palabra alguna más allá de sus emisiones. Unos contaban que pertenecía a una familia rica y por eso lo dejaban estar en la calle; otros, que ningún sanatorio quería a pacientes así.

Pasar cada año las vacaciones veraniegas en aquella ciudad a cargo de unos parientes, me permitió disfrutar de esos relatos radiofónicos, también llegar a considerarme su amigo. Conmigo siempre tuvo una especial relación, quizá porque no estaba acostumbrado a que los niños se fijaran en él, pero sin duda, cimentada por lo ocurrido poco después de haberlo conocido.

Una de las noticias que radió varias veces en aquellos días, fue la inminente inauguración de la Semana Naval, algo que ya traía de cabeza a toda la población. Cortes de calles, militares de toda graduación en cada esquina, grandes zonas reservadas desde hacía días para las autoridades y fuerte presencia policial eran algunas de las incomodidades que se nos venían encima. Se esperaba a la flota con el Canarias y el Juan Sebastián Elcano, a los ministros junto al príncipe, a su excelencia el jefe de Estado y señora —Fernandito, al comentarlo, se le escapaba cierta vehemencia cómica— y un sinfín de actos civiles o militares a los que la población debía sumarse para dar color. 

Yo me lo perdería porque mis familiares, de ideas muy opuestas a las del Régimen, habían decidido que pasásemos esos días en una recóndita aldea al abrigo de tanta multitud. Más tarde supe que esa sería una forma de evitar las consabidas redadas.

Transcurrida la marea de celebraciones, vítores y proclamas, la población sufría todavía la resaca de tan magno acontecimiento. No obstante, y en cuanto regresamos, acudí al parque donde pululaba Fernandito porque con curiosidad infantil, quería escuchar cómo narraría la crónica de esas jornadas. Sin embargo, no estaba allí. Así un día tras otro, lo que me llevó, cosas de la edad, a casi olvidarme del personaje.

Mi veraneo se terminaba y yo me despedía de mis amigos cuando lo vi sentado en el mismo banco. Menos erguido y en un tono más bajo, casi imperceptible, volvía a contar alguna noticia que, dado donde me encontraba, no podía escuchar con claridad. Me acercaba por detrás de él, cuando me llamó la atención su cuero cabelludo, muy rapado y con rastros de sangre cubiertos con esparadrapo, así como también su nuca, donde destacaba una extensa marca en la piel entre violácea y amarillenta. Solo hasta estar a un par de pasos no distinguí la noticia que daba en un susurro: El viejo dictador, junto a las fuerzas represoras militares y fascistas, han encarcelado y torturado a uno de nuestros locutores. Desde Radio España Independiente, estación Pirenaica, exigimos su pronta liberación así como el derrocamiento de tan cruel Régimen.

Casi una década más tarde, en una tarde lluviosa y gris de julio, a Fernandito todavía le dolía aquella paliza, teniendo entre sus peores pesadillas el mes y medio que estuvo en calabozos y cuartelillos policiales. Sin embargo, bajo el paraguas que ese día yo le sujetaba, su voz narraba con orgullo y entre sonrisas la crónica de la primera sesión del parlamento democrático ocurrida el día anterior


( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)

Escupo recuerdos

Escupo recuerdos

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

Sueña mi corazón perderse entre nubes 

que guía el silencio de la sinrazón.

Añora mi piel sentir que otra la cubre

mientras los jadeos pautan la respiración.

Agitando el deseo, otro cabalgando acude

hacia lo carnal aunque lo llamen amor.

Muere esa verdad a la que nadie alude

porque elegí disfrazarlo de dolor.

Me baño en recuerdos que escupen 

alegrías recubiertas de sexo y sudor.

 

Para no sentir esta tristeza que me pudre, 

regálame tus labios cuando te vayas

deja tu lengua enredada en la mía, 

para que la noche no huya de mi cama,

y mis sábanas no estén tan frías.

Regálame tus gemidos al alba 

y cubre de pasión esta boca vacía,

lléname de pervertidas dentelladas

mientras recito esta ardiente letanía.

Mójame con tu sabor todas las mañanas, 

prende la llama con la que ardería,

al recorrer tu pecho, espalda y nalgas

y tener de nuevo lo que dentro guardas:

aquellos besos cada vez que amanecías.


 

Tino  ( tercera y última parte)

Tino ( tercera y última parte)

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 1 Promedio: 1]

 

Los días calurosos pasaron. Ahora llueve siempre y la tierra se ha convertido en barro. Tino no recuerda cuando fue la última vez que comió. Ha mordisqueado alguna de las pequeñas hojas que tiñen de púrpura las calles, también alguna rama. Pero las ha vomitado. Está cansado, tiene las manos llenas de heridas y el hocico lleno de tierra. Lleva días escarbando. Siente unos pinchazos en el vientre que le obligan a retorcerse. Parece que al hacerse un ovillo, el dolor no es tan agudo.

Cuando los automóviles y la gente desaparecieron, Tino se quedó  allí. Solo la mujer que lo había sujetado y acariciado ha vuelto otras veces. Siempre con unas flores amarillas y blancas, también con una bolsa de plástico con huesos y trozos de carne. Incluso le traía las mismas bolitas que el amo. Dejaba las flores sobre la piedra que pusieron encima del agujero, se sentaba sobre ella y le llamaba: «Hola Tino, ¿cómo estás? 

Acudía rápido porque sabía que deslizaría la mano por su lomo y le rascaría abajo del cuello. También porque, después, ella le dejaría lamer esa misma mano mientras que Tino se quedaba sentado poniendo mucha atención cuando la mujer rompía su silencio con alguna palabra en voz alta. Pero no iban dirigidas a él aunque ella, a la vez, sacara de una bolsa las chucherías crujientes. Masticándolas, la mirada de Tino se perdía en el cielo. Así hasta que el algodón de las nubes se volvía gris y desaparecía el color azul. Entonces, cuando las farolas de la calle empezaban a brillar, Tino veía a la mujer restregarse los ojos dejando su mano suspendida en el aire. A Tino le sabía salada. Luego, ella se levantaba pero, antes de irse, dejaba la bolsa abierta cerca del cuenco con agua que ella misma trajo la primera vez que regresó.

Tino la veía irse pero no sentía tristeza, él debía estar junto a su amo. En una ocasión ella le agarró del collar y tiró fuerte para llevárselo. «Tino, vente conmigo», le dijo como si fuera una orden mientras lo acariciaba con los otros dedos entre el pelo. Tino clavó las manos y las patas traseras en la tierra. «Sé bueno y regresa a tu casa». No podía irse, no podía abandonarlo.

Ahora su hogar era aquel.

Hoy ya no llueve, pero el viento, que silba cada vez más fuerte, es seco y afilado. Lo mismo que días anteriores, Tino ha esperado la llegada de la mujer sentado en uno de los costados. Desde que empezaron las tormentas y los aguaceros no la ve. Se levanta y olisquea el aire. No hay rastro de la mujer. 

El agujero que ha cavado detrás de la piedra lisa tiene un charco de agua. El lodo le permite ahondar un poco más, pero, al querer  salir, el esfuerzo lo agota. Tiene todo el cuerpo adentro.  Con la lengua fuera, y después de varios intentos, lo logra pero se queda en el borde y mira hacia el fondo. Aún no ha llegado hasta la caja con el amo. Debe seguir. Casi arrastrándose, entra de nuevo en el hueco y, con las pezuñas ensangrentadas y llenas de fango, continúa la tarea.

Ha pasado la noche dentro de la cavidad. No pudo seguir hurgando ni volver a salir. Al menos, le ha servido de refugio porque, nada más anochecer, la nieve reemplazó a la lluvia de días pasados. Ahora, apenas se puede mover y no intenta sacudirse la capa blanca que lo cubre. El frío hace que se convulsione y que, entre toses, una espuma sanguinolenta salga de su boca. Escucha pasos, oye que lo llaman, pero siente que sus músculos son de cristal y si los mueve, se harán añicos.

—Tino, Tino ¿dónde estás?… Tino, toma … tengo bolitas que te he comprado —es la voz de la mujer. 

Aunque le están clavando miles de agujas, hace un nuevo intento por incorporarse y emite un corto ladrido. No lo pretende, pero suena a tambor rasgado al retumbar dentro del foso. Desea seguir durmiendo y olvidarse del dolor pero al oír su nombre otra vez, vuelve a ladrar, en esta ocasión, dos veces seguidas. Oye el crujir de unos pasos derritiendo la nieve cada vez más cerca.

—Tino, Tino, ¿qué te ocurre?

Desde el borde del agujero la voz de la mujer es una corriente cálida que le hace girar la cabeza hasta que la ve. Tino tiene el cuerpo encogido cuando se ve reflejado en las pupilas que le miran. No puede volver a ladrar, no puede decirla que debería irse, nota como la vida se le escapa. No tiene ganas de comer. 

Tino siente que unas manos intentan agarrarlo. Son las de la mujer, pero no lo consiguen. Entonces, la ve tumbarse sobre el manto helado y estirarle de las patas. Así es como consigue moverlo unos centímetros hasta que, asiéndolo por el cuello, al fin lo arrastra fuera del hoyo. Sus patas apenas le sostienen mientras que la mujer le sacude los copos. Después de un rato haciéndolo, lo levanta del suelo y se lo acerca. Tino siente unos latidos ajenos cuando ella, sin dejarlo caer, se quita el abrigo y lo envuelve con él. Ese calor le empieza a despejar la nube que tiene en la cabeza.

—¡No te mueras! … ¡Ahora no! 

Tino escucha ese grito en el mismo instante que la mujer le frota arriba y abajo del cuerpo. Suelta un ladrido que parece un silbido cuando le pasa la mano por la tripa. La punzada interior no ha desaparecido, aunque ya puede mantener los ojos abiertos cada vez más tiempo. 

Sin dejarlo en el suelo, Tino siente que la mujer comienza a andar. No puede evitar hundir el hocico entre sus brazos cuando el viento hace que la nieve los golpee. Le parece que la mujer rompiera una pared con cada paso que da, casi no avanzan. Eso le lleva a levantar un poco la cabeza y ver como se doblan los picos de los cipreses y los esqueletos de los otros árboles parecen de papel. Antes de acurrucarse de nuevo contra el pecho, descubre sobre la carretera el reguero de huellas oscuras que los separan de un coche.

— Tino, vas a venir conmigo, quieras o no. Yo también pensé en tirarme a ese agujero, en ser enterrada junto a él. Tú eres lo único que me queda vivo de quién amé. Y no te voy a dejar, no —dice la mujer y, durante un instante, los ojos canela de Tino se clavan en los de ella. 

Dando un paso tras otro, aquel muro de viento empieza a resquebrajarse.

No quiere abandonar al amo, pero Tino sabe que ahora no podría caminar. Además, empieza a sentir como unas olas de calor le recorren el lomo y llegan hasta las manos y las patas al mismo tiempo que la mujer le rasca el cuello. El pecho de Tino ya no parece un acordeón.  

Huele una bolita crujiente que ella le acerca. Hace un esfuerzo para tragarla pero nada más hacerlo, busca la cara de la mujer para darle varios lengüetazos. Algo que solo había hecho con el amo, si bien ahora  no quiere volver a pensar en él.

En cuanto entran al coche, Tino queda tumbado sobre el asiento delantero con las patas y las manos encogidas. Al iniciarse la marcha, incorpora el tronco y, de lejos, ve el lugar donde ha estado todo este tiempo. Aunque él tampoco sepa llorar como el amo, en ese momento dos lágrimas saltan de sus ojos. 

Lo que sí intenta es ladrar pero solo alcanza a toser un par de veces. Nota que la mano le vuelve a rascar la cabeza. No espera a que termine, hace un esfuerzo y se estira un poco más para, otra vez, lamer la mejilla  de la mujer.

 

(Fin)

        ➿➿➿

Tino  ( tercera y última parte)

Tino (segunda parte)

Clica para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

Tino no se ha movido del rincón durante las últimas horas. A veces durmiendo, en otras despierto. Ha anochecido y la habitación parece haberse cargado de un manto de plomo. Cuando alguien se mueve, la luz de los velones que hay junto al amo le hacen ver unas sombras sobre las paredes. Son alargadas y temblorosas. Tino abre mucho los ojos y  las acecha hasta que aquella danza se funde y las figuras desaparecen. 

Durante todo el día no ha dejado de escuchar un murmullo de voces. Sigue oliendo al amo, sabe que está dentro de la caja, pero ese tufo que no le gusta es cada vez más fuerte. Algo le dice que ese olor no es bueno y que él no debería permanecer en la habitación. Sin embargo, no puede salir de allí, debe permanecer con su dueño aunque de la boca de este no salga palabra alguna.

Por una de las ventanas ve como las primeras luces del alba empujan la oscuridad hacia las esquinas de la habitación. El cansancio le hace entornar los ojos. Vuelve a soñar con el mismo mar, con los mismos juegos de antes.

Un torrente con muchos haces de luz se empiezan a filtrar por la persiana a medio bajar. En la habitación ya casi no queda nadie. Ha escuchado como entraban en la casa unos hombres. Van hasta ese lugar. Retiran sillas. Apagan las velas. Alguien ha subido las persianas y aquel foco permite ver millones de motas de polvo corriendo por él. Incluso sobre el rincón dónde Tino se encuentra. 

Los hombres intercambian frases entre ellos. Son enérgicas y rápidas. Ya no escucha murmullos ni lloros.

Se ha sentado. Ve cubrir con algo la caja y como, entre varias de esas personas que entraron, la cargan sobre los hombros. Se dirigen a la entrada. Sin que nadie escuche sus pasos, los sigue. Tino y los hombres salen a la calle. 

El sol, que no hace tanto asomó por el horizonte, es como una gran llamarada. Tino siente que el aire es cálido. Muy tieso sobre sus patas, levanta un poco la derecha y adelanta la cabeza. Quieto como una estatua que hubieran esculpido un instante antes de echar a correr. 

Ve como introducen la caja en la parte trasera de un automóvil. A continuación, también los ve cerrar el portón levantado y se sobresalta cuando las ruedas empiezan a girar.

No lo duda, deshace la figura y galopa tras ellos. Por fortuna, son muchos más los vehículos que marchan a continuación del primero. Eso, y el circular por estrechas calles junto a algún semáforo en rojo, le permite no perderlos de vista siguiendo el rastro de su amo.

Tino sabe que está en la caja, aunque aquella mezcla pestilente todavía le confunda. Lleva la lengua fuera y las babas chorrean abajo del belfo. En los ojos se le forma una cortina acuosa por el roce del viento. Corre todo lo deprisa que puede cuando la comitiva acelera. Es su olfato el que lo guía las tres veces que los pierde. La última, poco antes de haber cruzado una verja y entrar en un recinto rodeado por una tapia mohosa. 

El lugar está plagado de puntiagudos cipreses, de algún pino y de enrojecidos prunos. Allí, en las calles no caben más de dos coches y no hay casas, tampoco hay luces que los hagan detenerse. Sin embargo, se alegra cuando comprueba que empiezan a rodar más despacio. Eso le permite alcanzarlos sin correr muy deprisa. Poco a poco, su jadeo deja de ser exagerado.

Son muchas las personas que bajan de los automóviles. Tino serpentea entre ellos hasta que se sitúa cerca de la caja. La acaban de sacar del auto en el que estaba. No entiende porqué no la abren ni porqué le sigue llegando esa mezcla de olores que le desconcierta. Al acercarse un poco más, ve un montículo de tierra húmeda y, un par de pasos después, un gran hoyo. Se sienta sobre los cuartos traseros y espera. Todos miran hacia el negro cajón, ninguno lo abre. No sabe lo que ocurre pero le huele a tristeza y a lágrimas. También parece como si su estomago estuviera hueco, algo que nunca antes sintió. Esa misma agitación interior le lleva a desplazarse nervioso por uno de los costados de la caja, a olerla arriba y abajo. Con suavidad, una mano femenina lo acaricia y lo agarra por el collar.

Esa misma mano lo retiene con fuerza cuando, tras sujetar la caja entre cuerdas, unos hombres la van dejando caer por el agujero. Tino hace la intención de ir tras la caja sin poder dar un paso y haciéndose daño en el cuello. Suelta un ladrido seco y agudo con las primeras paletadas de arena. Se convierte en un gemido, como si sangrara por una herida, y termina siendo un leve aullido porque cada vez más el olor de su amo se difumina entre otros.

 

(Continuará)

                                  ***

A %d blogueros les gusta esto: