Ego te absolvo

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( segunda parte)

Juan Crisóstomo de Sanvítores tiene algo más de cuarenta años, pertenece al convento de los Padres Agonizantes de la calle Hermosilla. Sin embargo, al tener que atender enfermos repartiendo la Sagrada Eucaristía o los Santos Óleos, está autorizado a pernoctar fuera del mismo. Muchas de esas noches las pasa en una casa de la calle de la Esgrima, donde vive Josefa Muñoz, huérfana de madre desde que nació y desde hace un par de años también de padre, carpintero de profesión. Josefa es una mujer lozana, de ojos chispeantes y  sinceros, de risa contagiosa, que mientras trabaja lavando sábanas o cosiéndolas, canta las últimas coplillas y tonadas de moda. Ha tenido algún pretendiente, pero pasados ya los treinta, latines y carantoñas de Juan Crisóstomo la han convertido en su barragana a los ojos de la vecindad y no ante los de la Santa Madre Iglesia, que prefiere no darse por enterada en casos como ese. Ella se desvive por atenderlo porque solo cree ver al hombre bueno y cariñoso que conforta a los moribundos y los asiste en sus últimos instantes, porque pagó al galeno y los remedios que este recetó cuando su padre enfermó, y porque cuando su aliento está avinagrado después de visitar figones y bodegas, se duerme rápido sin apenas gritarla o atizarla con la mano abierta. Ella bien sabe que a él no le gusta cómo chulapos o mozos la requiebran cuando, entre sonrisas, entona el estribillo de moda: En las casas de los pobres / visitas de caballeros / si los pobres son casados / raras veces son a ellos. 

Pero eso solo lo hace cuando baja al lavadero del Manzanares, alejada del barrio de Lavapiés. Ella le es totalmente fiel, aunque sienta un cosquilleo inocente ante los piropos de chisperos y manolos, aunque nunca se ruborice por ellos.


El calor de ese ultimo día del mes de mayo más parece de pleno julio. La noche se llena de chicharras que pululan en riachuelos y veredas mientras los vecinos sacan sus sillas de enea a la calle, esperando que la madrugada alivie el bochorno. Al padre Sanvítores todos los moribundos se le murieron hoy antes que los clarines y timbales dieran por empezada la corrida en la plaza de la Puerta de Alcalá. 

Por eso, hablando con distintos parroquianos de política o de toros, ha visitado cuatro tabernas y por su gaznate han pasado varias jarras de vino. 

Es ya noche cerrada cuando camina oscilante hacia la casa de la calle de la Esgrima. Antes, en Mesón de Paredes, se ha cruzado con doña Lorenza, enlutada vieja beata de comunión diaria, que tras besarle la mano y santiguarse varias veces, le menciona lo atrevido de la copla que Josefa hoy cantó. Al despedirse, viendo cómo con esas nuevas los ojos de Juan Crisóstomo se incendian, y también empeñada en que un hombre de Dios y piadoso deje de ser un pelele en manos de la lagarta con la que se acuesta, decide poner algo de su cosecha. En voz muy baja le relata el haber visto pasar la tarde a un apuesto guardia real en la casa de esa mujer, sin añadirle el «de mala vida» con el que siempre la califica. Un enmudecido Sanvítores contesta parco: «Dios la bendiga», antes de echar a andar. 

Encendido de ira, consigue llegar hasta el portal dando tumbos. Agarrándose a la barandilla, el clérigo consigue subir los escalones sin tropezarse en la sotana. Aunque él está convencido de solo murmurar, al otro lado de las puertas del primer y segundo piso se le oye nítidamente decir «esa furcia se va a enterar» entre insultos peores como «pécora» o «ramera del demonio». Cuando asustada por el griterío Josefa abre la puerta, un empellón la hace retroceder varios pasos sin llegar a sentir las baldosas del piso pues la pared del pasillo la detiene. Curiosamente, los insultos del cura se entienden perfectamente y no así el resto de frases pronunciadas en una jerga del todo incomprensible. Ella, poco a poco y sin tomar en cuenta los desprecios, consigue calmarlo algo con alguna carantoña más otros dos vasos de vino. Sabe, pues lo conoce bien, que solo conseguirá que el globo de su ira se pinche y desinfle del todo cuando con el puño cerrado golpeé en varias ocasiones la mesa del comedor. Algo que ocurre tras ella negarle, con un sosiego forzado, haber recibido mozo alguno en su casa. 

Finalmente, Sanvítores calla y se queda un buen rato con las manos tapándose la cara para luego recostarse sobre los antebrazos encima de la mesa. Está dormitando, piensa con alivio ella, y empieza a recoger todo lo que él se encargó de tirar antes por el suelo.

No transcurren muchos minutos cuando una nausea lo despabila. No llega a vomitar las bilis que circulan por su estómago, solo ve el vaso vacío y a Josefa sentada a su lado mirándolo con ojos inquisidores.

—Mujer, llénamelo —dice en un tono desabrido según golpea un par de veces la mesa con el vaso.

—Juan, no bebas más, al menos prueba el estofado que preparé para ti. Llena el buche, te caerá mejor —responde ella, pero entonces Juan Crisóstomo se incorpora apoyándose en el borde con una mano mientras que la otra la levanta hacia el rostro de Josefa. Los reflejos tiran de ella junto a la silla hacia atrás, y la sangre, saturada de alcohol, a él le hacen volver a sentarse entremedias de toses por las flemas que pueblan su garganta. 

Al recuperar el resuello, su mente es un huracán de sentimientos sucumbiendo ante el viento de la ira y el aguacero del rencor. La observa en completo silencio, con unos ojos penetrantes e incendiados, como los de un animal herido y moribundo, mientras ella no para de temblar ni de sollozar.

Desabrochándose los botones superiores de la sotana, rompe el afilado silencio con una frase que pronuncia intermitentemente, según resopla y toma aire de manera agitada.

—Ve… vete a… a… la cama… mujer, espe… espera … me… a… llí.

Ella no quiere disgustarlo y solo desea, igual que en otras ocasiones, que el sueño lo venza cuanto antes. Por eso, sin contestar, se levanta y con pequeños pasos, curvando exageradamente la espalda como si escondiera la figura, se dirige hasta el catre apagando a su paso cuanta vela ilumina el cuarto.

Acostumbrándose a la oscuridad, Josefa topa con el borde de la cama y se acuesta hecha un ovillo, recogiendo las piernas y tumbándose vestida según escucha orinar á Sanvitores en una bacinilla. Al terminar este, y de camino hacia la cama, trastabilla varios pasos, golpea una silla y se desploma sobre el colchón. Se ha desprendido del hábito y tiene los calzones quitados. Con torpeza, que ella soluciona con una generosa falta de deseo, intenta levantarle enagua y calzas, pegándose a su espalda mientras le oprime los pechos con ambas manos y jadea como resultado de tanto esfuerzo. En esa posición, mueve las caderas intentando introducir su desmayado miembro dentro de ella. Pero es imposible, tanto por la postura como por la desconexión sanguínea entre el aturdido cerebro y su virilidad. 

Ante lo inútil de la situación, Josefa se da la vuelta y, aunque solo quiere verlo dormir la borrachera de una vez, lo acaricia con delicadeza. Se sienta sobre él y simula una cópula lo mejor que sabe. Ni ímpetu ni efectividad mejoran, pero ante la actividad de ella, la ofuscada hombría del padre Sanvítores se relaja y, después de unos minutos así, imagina haber llegado al final.

—Juan, yo te quiero, te quiero mucho, y aunque no sea tu mujer ante los ojos de Dios, no miro a ningún otro hombre —le dice Josefa al tiempo que lo abraza.

Permanecen en esa posición un buen rato. Ella no quiere soltarlo y varias veces lo besa en los labios, cada vez con más suavidad, porque comprueba que la respiración de él se vuelve más pausada. Una vez que duerma y el vino se haya diluido por su cuerpo, volverá a ser el hombre bueno y tranquilo que ella ama, piensa Josefa. Ese, que con una sonrisa en la cara, la  escuchará contar los chismes del lavadero y la ayudará, como lleva años haciéndolo, con los gastos del cuarto donde vive.

Hasta no oír sus ronquidos y así cerciorase que no se despertará, espera para desprenderse del abrazo y abandonar la inquietud en la que está sumida desde que él cruzó la puerta. Sin que ya el corazón parezca salírsele del pecho, aprieta los párpados e intenta que el sueño le borre la anterior pesadilla. A pesar del pegajoso calor, acrecentado por el cuerpo que tiene pegado a ella, poco a poco lo consigue.

(Continuará )

***

( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)

Ego te absolvo

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( primera parte)

La ejecución pública ha congregado a medio Madrid en la Plaza de la Cebada. El bullicioso mercado allí situado, hoy no lo es tanto. «Patatas nuevas a céntimo», vocea con eco una vendedora apresurada por regresar a su pueblo. Mientras tanto, los puestos de tocino y chacinas se encuentran todavía cubiertos por lonas y con los encargados mezclados entre la multitud que ahora dirige su atención hacia el otro extremo de la explanada. 

Todo ese gentío, que apenas ha permitido un pasillo por el que alguaciles, confesor, verdugo y reo han podido pasar hasta el cadalso, deja escuchar un zumbido contenido, algo muy parecido al rumor de una ola producido por los cuchicheos de unos y otros. 

El condenado sube los peldaños de madera con lentitud, mirando hacia el suelo y con las cuentas de madera del rosario entre las manos. El patíbulo está situado a un costado de la Fuente de la Abundancia, por la que cada uno de sus cuatro caños casi no sale agua. Más arriba, se encuentra la calle Toledo con la iglesia de San Isidro, sitio en el que hace poco más de un lustro ocurrió la refriega contra el invasor francés. Entonces, un niño de solo once años se enfrentó a los mamelucos y de un tajo le arrebataron la vida. En poco menos de una hora, un religioso, el padre Sanvítores, morirá ahorcado en nombre del rey Fernando VII. Empiezan a caer algunas gotas de lluvia que ensucian el empedrado, es una mañana gris de agosto a la vez que muy calurosa.

El redoble de tambor avisa de la proximidad de la ejecución para que, a continuación, el alguacil lea la sentencia. Tras haber engolado la voz, cuando finaliza con «yo, el rey», levanta la vista del pergamino y, mirando al verdugo, asiente una sola vez indicándole que puede comenzar. Entre Credos y Miserere Mei el confesor impone sus manos sobre la cabeza de Sanvítores, que aun con la condición de clérigo retirada solo hace unos días por el arzobispo, confesó y comulgó al amanecer en prisión antes que lo trasladaran hasta aquel lugar. 

Absorto en sus propios rezos, Sanvitores termina la última decena, besa el pequeño crucifijo de plata y dirige los ojos hacia el cielo. Pero no ve la viga de madera de la que penden cuerda y soga, no siente las manos del ejecutor sobre sus hombros, ni tan siquiera cómo este intenta colocarle el capuz negro. En su retina, ocupando todo el cerebro, se encuentra la imagen de ella, de Josefa, su amante, con la que sabe pronto se reunirá. Se encuentra tranquilo, está en gracia de Dios igual que ella antes de morir, y sus almas podrán estar juntas en la eternidad acogidos por el Padre Supremo. (más…)

Nuevo Edén

Nuevo Edén

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A Reca le brillarán los ojos y el rostro se le iluminará en cuanto el día despunte dentro de Nuevo Edén. Un oasis artificial de cuatro hectáreas protegido del exterior del planeta  Zolm por una gigantesca cúpula. Para Reca, al igual que para otros colonos, son las siete en punto de la mañana, aunque en el exterior de Zolm sean  las cuarenta y cinco horas y diecisiete minutos con el último de los tres soles visible todavía.  En solo lo que tarda Reca en pestañear, la oscuridad  que hay ahora en Nuevo Edén dará paso a brillos, rumores y pigmentos idénticos a los amaneceres que había en el planeta del que salió. Un planeta que dista veinticinco años luz de Zolm y que siempre fue azul, aunque ya no le llegue la luz de su única estrella, el sol, y su atmósfera sea irrespirable y gélida. En Nuevo Edén la  temperatura  ronda ahora los veinte grados centígrados, e irá subiendo paulatinamente tres grados  durante toda la jornada. 

Cuando  Reca entra en la cocina ya huele a café recién hecho, también a zumo de naranja y a pan horneado. Lled, su compañero desde que subieron a la nave que los trasladó hasta Zolm, empieza ahora a abrir los ojos. La casa de ellos dos, como la del resto de las viviendas, se encuentra en uno de los extremos del recinto, en el lado opuesto al del principal edificio: el Centro de Operaciones. Las fachadas de las casas, adosadas y situadas a ambos lados de una única calle, parecen ser de piedra y madera aunque, en realidad, sean de espuma de titanio, el mismo material del que está compuesta la cúpula. Por dentro todas las casas son iguales, de dos plantas con salón, cocina, baño y dos habitaciones, pero algunas están pintadas de azul , como la de Reca y Lled, y otras de blanco, como la de Elppa, la supervisora jefe.

El turno de Reca y de  Lled comienza a las ocho. No todos sus vecinos inician la actividad a  esa hora. De forma escalonada, y en función de la tarea programada para cada uno, los habitantes de Nuevo Edén recorrerán a pie el kilometro y medio que separa la zona residencial del Centro de Operaciones. 

Como siempre, Reca y Lled han salido con tiempo suficiente para no tener que apresurar el paso. Intercambian datos sobre la jornada de ayer y la que les esperará hoy cuando, tras una pequeña loma, la fina lluvia de aspersores que moja tomateras, pimientos, manzanos y  naranjos  y hortalizas salpica hasta el  camino y los alcanza. Lled toma nota  de la pequeña anomalía para que Susa, la responsable de mantenimiento, la solucione.  Reca acelera el paso y suelta lo que parece una sonrisa alargando la mano hasta Lled para que no se moje más.

Un poco más adelante, en uno de los  costados del camino, Reca contempla durante unos instantes, más que en otras ocasiones, un edificio alargado de amplios ventanales. Según el Plano General de Construcción debía ser la escuela pero por el momento solo se usa como  almacén. Mientras que mantiene su mirada en aquella construcción, no puede evitar preguntarse  «¿cuándo?»  Sin embargo, solo es una fracción de segundo y un pensamiento corrector pronto anula la pregunta. 

Casi enfrente de lo que tenía que haber sido la escuela, Reca y Lled dejan atrás el agua azul de la piscina. Pegada a esta se encuentra una gran superficie lisa de pavimento rojo en cuyos extremos se distinguen unas canastas de baloncesto. 

Reca y Lled llevan diez minutos caminando y delante de ellos aparece el anticipo del jardín. Pequeños olivos, cedros y palmeras, junto a un par de fuentes de agua y una veintena de bancos, apenas dejan ver  las dos puertas metálicas que dan paso al Centro de Operaciones. 

Nada más entrar, acceden al vestíbulo que ocupa toda la planta baja. Por unas amplias escaleras suben hasta la siguiente planta donde está la Sala de Operaciones y los despachos.

Sin embargo, Lled tiene que subir una planta más, su trabajo es en la superficie de Zolm pero antes de pilotar la aerogrua, Ovonel, jefe de proyectos exteriores, quiere entrevistarle. Lled no lo recuerda pero durante sus dos últimas salidas no ha cumplido con el protocolo anti contaminación olvidándose guantes y escafandra sucesivamente. Además de la descontaminación posterior, tuvo que someterse a un análisis neuronal completo para no volver a equivocarse. No obstante, Ovonel quiere repetir ese análisis antes de que Lled salga al exterior. En unos pocos minutos empezará la noche y solo durante tres horas, de las cincuenta y una totales, la superficie no será calentada por ninguno de los soles.

La supervisora jefe Elppa ya está en su puesto. Ocupa un lugar elevado en la Sala de Control, donde trabaja Reca y otras dieciséis expertas en transmisiones. Se encuentra muy preocupada porque los casos de mal funcionamiento como los de Lled  también se han producido con otros colonos. Y por si esto fuera poco, ha recibido el informe de la pregunta de Reca cuando esta pasó hoy al lado de la escuela.

Ellpa conoce bien esos pensamientos, a ella hace meses que las ideas correctoras no evitan que los tenga cada vez con más frecuencia. Esa misma mañana se preguntó por qué intentar seguir comunicándose con la Tierra si desde  que llegaron hace dos décadas nunca han tenido una transmisión desde allí. Qué debería hacer si los programadores que los mandaron para ser colonos de Nuevo Edén nunca se plantearon cómo reaccionarían cuando no pudieran ser actualizados con nuevas versiones de software. Ellpa intuye que la lógica con la que crearon su código base desaparece o se bloquea  cuando se trata de mantener los mismos hábitos que la raza humana. Ellos son solo androides, los mejores androides construidos por el hombre. Tal  vez debería empezar a pensar qué hacer si solo ellos fueran la única inteligencia que ha sobrevivido en el universo. 

Ellpa rechaza seguir con esos razonamientos y vuelve a pensar  en la actividad que deben realizar durante la jornada. Estas tareas y rutinas, por el momento, ocupan más memoria interna que esas nuevas ideas que rondan por los nano circuitos de la red neuronal de la Supervisora jefe.

Mientras tanto, el resto de colonos de Nuevo Edén seguirán construyendo en el exterior el segundo invernadero que permitiría traer a la primera remesa de pioneros de la raza humana. No se muestran preocupados porque las emisiones de radio se cortaran  durante el viaje hacia Zolm. Tampoco por haber transcurrido en la Tierra desde entonces ya dos siglos.


ATENCIÓN MATERNAL

ATENCIÓN MATERNAL

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Con todos los hombres le había ocurrido lo mismo. Por eso, ella sabía que algún día su hijo también la abandonaría y que su corazón se rompería con mucho más estruendo y dolor que cuando la dejaron por primera vez. Sin embargo, sería mejor desechar malos pensamientos, todavía faltaban muchísimos años para que su bebé  se hiciera adulto. Solo hacía tres meses que había nacido.

Tomó la cabecita entre sus manos y con suavidad, aunque con una mueca de dolor, le retiró del pecho una vez que notó que no lo succionaba. Ya debía haberse quedado dormido. Tras posarlo sobre la cunita, lo arropó y sonrió, intentando olvidar por qué  desconfiaba del género masculino. Esa tarde, y muchas más por delante, su hijo la necesitaría.

Después, se dedicó a lavar y planchar la ropita, a bañarlo y vestirlo cuando despertó y, más tarde, al aseo propio. En solo una hora debería ir a ganarse el sustento con el que vivir. La falta de trabajo por la preñez había dejado en números rojos su cuenta bancaria. 

La angustia se transformó en alegría cuando comprobó como su cuerpo, tras meses de ensanchar, recuperaba anteriores curvas y ya se podía poner el ajustado vestido negro con pequeñas piedrecitas brillantes y trasparencias. Se esmeró en darse el rímel y la sombra de ojos que los resaltara, en cubrir de maquillaje alguna arruga y en pintar de rojo intenso sus labios. Una vez hecho, dio de nuevo de mamar al bebé y, con alguna lágrima, se lo dejó al cuidado de la canguro cuando esta llegó. En unas pocas horas estaría de regreso y dejaría de sentirse culpable por no poder quedarse con él. Pero el dinero que había ahorrado ya solo era un recuerdo y tenía que pagar el piso, la luz, los pañales y comprar comida. A partir de ahora, debería aprovechar cualquier oportunidad para conseguirlo.

El hombre de la cita era calvo y tripudo, con la piel muy grasa además de no haberse esmerado en la higiene corporal, pero los tiempos no estaban como para rechazar ‘mirlos’ así. Aguantó una insulsa conversación durante la cena, pareciendo que el mundo estuviera exclusivamente compuesto por la Liga, la Champions, Cristiano o Messi, limitándose a decir sí a casi todo, aún a costa de no entender de qué hablaban  o de aparentar  ser la dócil novia  que aquel hombre esperaba que ella fuese. No puso mucha atención en nada de lo que él escupía, porque literalmente eso ocurría cuando aquel hombre hablaba. Todo ello consecuencia de una dentadura con falta de varias piezas así como de un buen cepillado. Algo que empezaba a irritarla ya que su halitosis era notoria sin necesidad de estar pegada a él.

Tan deseosa estaba por acabar esa etapa, como temía comenzar la siguiente en la habitación del hotel donde cenaban. 

Entre los postres y las posteriores copas, los minutos de esa noche se fueron consumiendo hasta que, con una palmada y soltando un «vamos al lío», el hombre dio por concluida la sobremesa. Ella no había dejado de forzar la sonrisa todo el tiempo, o era muy buena actriz o aquel tipo parecía estar ciego, cada vez estaba más animado. 

De camino hacia el ascensor sintió como él colocaba la mano sobre su trasero, todo ello mezclado con risitas sin sentido. Era el hombre más zafio y menos atractivo de todos con los que había estado. Y había estado con muchos. 

Nada más entrar en la habitación, él la agarró por la cintura y aproximó su boca a la de ella. Enseguida le vino una náusea cuando sintió otra lengua intentando entrar entre sus labios. Fingió un acceso de  tos  y con alguna carcajada procuró que aquel tipo no se molestara.

Prometiéndole que lo iban a pasar muy bien, consiguió convencerlo de comenzar en la ducha. Al menos se ahorraría las arcadas iniciales, pensó. Con esmero, primero enjabonó y aclaró cuanto pudo, deseando convertir en neutros sabores y olores. La cama aparecía como el siguiente escenario en el que continuaría el combate. 

Una lucha desigual, porque ella solo quería enterrar en lo más profundo de la memoria el trabajo que tenía. Solo quería acabar cuanto antes, coger el dinero e irse con su hijo pequeño. Algo muy diferente a lo que buscaba él, sentirse el macho de la manada que hace suya a otra hembra; complacer al ego sabiéndose deseado y llenar la memoria de imágenes con las que más tarde excitarse. Poco le importaba si lo conseguía con unos cuantos billetes.

Se aproximaron hasta el catre dejando un reguero de gotas por el suelo. Allí, él se tumbó sobre ella y comenzó a succionarle los pechos. Al principio ella no dijo nada, aguantó el dolor que le producían los dientes sobre los pezones agrietados aunque el individuo pusiera especial empeño en hacerlo y se olvidara de otras partes del cuerpo. 

Sin apartar la boca del pecho, el hombre intentó a continuación extraer algo de  leche haciendo presión con las manos. El dolor que ella sentía se estaba convirtiendo en insoportable. Le dijo que parase, pero él no quiso porque, cada vez con más fuerza, mordía los pezones provocándole una tortura extrema que la volvía loca. Tras muchas súplicas, empezó a darle  con los puños en la espalda gritándole para que se detuviera. Pero al contrario, eso pareció excitarlo porque, con más ímpetu, no cesó ni un instante de soltar el pezón.

Al límite del desmayo, ella vio una lamparita con pie de latón sobre la mesilla. En un último esfuerzo, levantó la mano hasta cogerla para golpearlo repetidamente, tan irracionalmente como él la había mordisqueado anteriormente.

Aunque el hombre ya  no ejerciera presión alguna después de uno de los primeros golpes que ella le dio en la nuca, siguió apaleándolo una y otra vez porque, cada vez más exhausta, no conseguía retirar ese peso de encima y, también, porque la mezcla de saliva y estertores ácidos la hacía continuar sintiendo un escozor muy doloroso. 

Los impactos acabaron por ir  disminuyendo poco a poco debido al cansancio. La respiración y las pulsaciones de la mujer volvían a ser menos agitadas  hasta que, al fin, sus brazos cayeron exhaustos sobre la cama. 

El hombre sangraba abundantemente y ella ya no escuchaba su respiración. Intentó quitárselo de encima pero pesaba mucho. Lo zarandeó varias veces y, con el corazón otra vez acelerado, llevó dos dedos hasta el cuello de él para buscar algún latido. No se lo encontró y, aún con asco, cogió con sus dos manos la cabeza ensangrentada del hombre en un intento por si le oía respirar. Tampoco respiraba. Debía llevar un rato muerto. 

Cerró los ojos y intentó pensar solo en su hijo pequeño. Tras unos segundos, se calmó lo suficiente para llenar su pecho de aire y, de un empellón, ahora sí, retirar el otro cuerpo echándolo hacía un lado.

Sintió mucho alivio y se incorporó hasta quedar sentada al borde de la cama. Se obligó a pensar otra vez en su bebé antes de levantarse hasta el baño,  apresurando los pasos porque le habían entrado muchas ganas de hacer pis. En cuanto acabó, se duchó y dejó correr un buen rato  las gotas de agua fría sobre su nuca. Necesitaba pensar qué era lo que debía hacer a continuación. 

Una vez vestida, se encargó tanto de borrar las huellas, aunque en su fuero interno supiese que era una tarea imposible, como de coger doscientos euros de la cartera del hombre que yacía sobre aquellas sábanas arrugadas y manchadas de sangre.

Con los billetes en la mano, antes de salir, apartó uno para comprar leche de sustitución. Buscaría una farmacia de guardia y la compraría. Su bebé no entendía de otra cosa. En una hora tenía que darle de comer, además de dedicarle toda su atención.


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