Verano

Verano

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La noche es calurosa y las gotas de sudor parecen surfear por los pechos y las caderas de ellos dos. La habitación está a oscuras y por la ventana abierta se escucha una melodía sincopada, un intenso lamento dibujado por el fraseo de un saxo soprano que fluye al ritmo de los acordes sostenidos del piano.
Mientras tanto, entre los pliegues de las sábanas, ella y él juntan el vientre a la vez que deslizan las manos por el sexo ajeno sintiendo cientos de pinchazos. La melodía se va convirtiendo en un siseo y solo unos pequeños golpes de las baquetas sobre los timbales mantienen el ritmo. Es entonces cuando ellos chocan las bocas para morderse los labios y destilar placer por lomas y valles que no paran de temblar.
Con el corazón bombeando sangre a borbotones, las graves notas de un contrabajo subraya la unión de los sexos, la equivoca sensación de dominar y poseer; de ser uno pero formando parte del otro.

Antes de atacar la coda, el aire que respiran parece ser el de un tornado con el estribillo interpretado por el cuarteto al completo. Gritos y gemidos, cada vez más seguidos, hacen que se miren más allá de las pupilas. No dejan de hacerlo hasta que varios espasmos consiguen que se tensen desde la cabeza hasta los pies.
Cuando el final de la canción empieza a dejar paso al silencio y al desmayo, unos labios se vuelcan entre los oponentes y un doble y débil te quiero cierra el encuentro culminado por las últimas notas de Summertime de John Coltrane.


La helada

La helada

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La minifalda no impedía que el frío, en forma de agudos pinchazos, lo sintiera entrepierna arriba. Solo las botas hasta la rodilla protegían algo sus piernas desnudas. Una fina capa de hielo se estaba formando sobre el cristal del coche en el que estaba apoyada cuando el vocerío deslenguado de otras compañeras la puso sobre aviso. Se aproximaba un vehículo, un nuevo cliente y la posibilidad de guarecerse, aunque solo fuera por un rato, del cruel invierno. Sabía  que ser su primera semana en aquella oscura calle del polígono industrial, sumado a un cuerpo joven y menos ajado que el de las otras, suponía una ventaja. Efectivamente así fue. El auto paró a su altura y bajó la ventanilla.

—De acuerdo, sube —respondió una voz temblorosa y afeminada tras haber dicho ella el servicio y la tarifa.

A pesar de que con aquella penumbra no llegara a distinguir del todo los rasgos de aquel tipo, al entrar en el habitáculo percibió algo extraño. Intentando descubrir qué la desasosegaba tanto, si el olor ácido mezclado con ambientador barato o el anodino perfil del hombre, de cara muy fina y cutis encerado, transcurrieron los primeros minutos mientras se alejaban del lugar.

—En el parque de ahí al lado nadie nos molestará —soltó ella poco después, pretendiendo aparentar tranquilidad ser convincente.

—No, iremos a otro lugar —fue la escueta respuesta y lo que prolongó su inquietud, al mismo tiempo que las luces de la ciudad empezaban a quedarse atrás.

Abandonaron la carretera por un camino sin asfaltar. A pesar de circular muy lento, los baches provocaban que se bambolearan como si fueran guiñoles, acrecentando las malas sensaciones que ella tenía.

—¿Adónde me llevas? —dijo entre risas con las que pretendía inyectarse ánimos—. ¿No me irás a secuestrar, verdad mi amor? —añadió, deslizando la mano hasta la bragueta del hombre para comenzar a dominar la situación y así terminar pronto aquel incómodo servicio.

—Estate quieta, que ya llegamos —respondió él sin brusquedad, pero siendo tan firme que ella regresó de golpe y sin rechistar al asiento, disimulando el pánico que la recorría el cuerpo cada vez con más intensidad.

Al parar el coche, y tras quitar el contacto, la oscuridad fue total sin llegar a distinguirse el lejano fulgor de la urbe tapado por algunos árboles. La luna nueva, sumada a una fina capa de nubes altas, hacía que el cielo se confundiera con el horizonte, sin verse nada alrededor. Entre sombras, intuyó que el hombre comenzaba a acariciarse y se dispuso a iniciar el trabajo.

—Yo te aviso cuando quiera que comiences —dijo él con sequedad y sin interrumpir su reciente actividad.

Tras el sí de la respuesta, apenas un débil silbido, cumplió la orden en silencio aterrada al igual que deseosa de no disgustar a ese peculiar cliente.

Cuando finalmente la reclamó, ella se agachó y, al aproximarse a la entrepierna, notó cómo las manos del hombre empezaban a aprisionar su garganta. Por más que agitaba los brazos y se removía en el asiento, la fortaleza del individuo era muy grande. Algo en lo que no había reparado consumió esos instantes: las zarpas de aquel desalmado eran desproporcionadas, de dedos gruesos y ásperos, de palmas prominentes; sobre todo, al aplicarlas despiadadamente con fuerza sobre su tráquea.

El aire no la llegaba a los pulmones ni la sangre al cerebro. Intentando aspirar, con las fauces muy abiertas, en los finales segundos de vida, comprendió lo que él pretendía pero nada pudo hacer. Ni tan siquiera llegó a tener alguna arcada al percibir cómo se introducía en su boca, mezclado con el último aliento, un trozo de carne flácida y húmeda del asesino.

Al terminar con el macabro ritual, excitado aún y sin la impotencia de otras ocasiones, empujó el cuerpo hacia afuera de la espesa noche y abandonó el paraje.

—Ninguna mujer me volverá a dejar, ya sé cómo disfrutar —dijo en voz alta según el vehículo tomaba velocidad y dejaba una polvareda tras él.

Rápidamente el rocío fue formando caprichosos cristales de hielo sobre matojos y charcos, también sobre los labios y los ojos cubiertos de lágrimas de aquella joven prostituta. Incluso, sobre la mirada de aquel solitario conductor que se alejaba en búsqueda de otras víctimas.


( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)

Tú y yo

Tú y yo

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Me pregunto por qué suspiro y suelto un ‘ay’ tras otro si nadie más me escucha. Si en esta habitación de hospital, solo estamos los dos. Dudo que me oigas, por más que sean las máquinas el hilo que aún te sujeta a la vida.

¿Sabes? Pienso que mis lamentos son algo que las mujeres tenemos impreso en nuestros cromosomas, que forman parte del un caudal hereditario  al que ni podemos ni sabemos renunciar. Lo vi hacer muchas veces a mi madre, a mi abuela, también a mis hermanas mayores. Por eso, lo repito una y otra vez aunque nunca encuentre las respuestas. Lo mismo que he hecho con tantas cosas en mi vida. 

Las enfermeras tardarán en volver a pasar y, salvo que quieras joderme haciendo que este ‘pi-pi-pi’ se acelere, seguiremos solos tú y yo en este páramo, cara a cara entre estas cuatro paredes blanco azulado, «opalino» me dijo la auxiliar cuando vino a lavarte.

Qué poco hemos hablado en los últimos años y cuántas cosas tendría que decirte. Lo haré, aunque el plástico y los muelles de este sillón los haya diseñado un torturador, y no encuentre como estar cómoda. Sin embargo, hay algo peor: el olor de las sábanas, del suelo o el del aseo; un olor que te entra por la nariz nada más cruzar la puerta del hospital. Será una mezcla de lejía y ambientador barato. 

Con tales incomodidades, seguro que esta noche no podré pegar ojo, y yo estoy muy cansada. De ti, de nosotros, de estar condenados a compartir mesa y colchón. Aunque tú bien que te ibas cuando te apetecía. Voy al fútbol, mujer, me decías, y yo callaba tanto cuando era así, y volvías oliendo a cerveza y a boquerones en vinagre, como si era mentira, y apestabas a perfume y a gin-tonics. Nada más entrar en casa, a tu mirada vidriosa y andar oscilante, lo acompañabas de un «ya he picado algo» para, a continuación, irte a la cama porque tenías mucho sueño. 

En cuanto oía tus ronquidos, yo pegaba mi nariz cerca de tu boca. Tonta de mí, era feliz cuando el regurgitar del vinagre era el aroma que me llegaba. Me intriga cómo olerás ahora cuando no sé si estás postrado por alguna de esas aficiones o, simplemente, porque tus cañerías se reventaron atascadas por el alcohol y los desprecios. Bueno, ese es mi diagnóstico. El doctor dijo otras palabras, tal vez fuera lo mismo. 

Al recordar mis inspecciones a la búsqueda de olores a bares, amigotes o amantes, te he vuelto a husmear. Créeme, hubiera preferido cualquiera de los de antes al de ahora. 

Este es rancio y podrido. Por esa vena de plástico que te sujeta a la vida correrán los calmantes, pero parece que la putrefacción ya campa por libre. 

No sé lo que hago. He llevado mi mano hasta tu frente para después acariciarte la calva. No recuerdo cuándo fue la última vez que lo hice, aunque todavía tenías una pelusilla graciosa que a mí me gustaba alisar. Fue por entonces cuando de mis carantoñas te fuiste escurriendo como si fueras un pez.

Es curioso, nada más pensarlo, primero me he atusado algún mechón, y después, me he subido la hombrera del sujetador y me he alisado la falda. ¿Para quién lo hago? Aquí no hay nadie. Ni tú estás, aunque tú cuerpo esté frente a mí.

 Nunca te preocupó tu imagen, para ti era muy fácil. Junto al brillo grasiento de la alopecia se añadió una exagerada curva debajo del pecho y los huecos de tu amarillenta dentadura. Sé cómo lo solucionabas, solo era cuestión de agitar en el aire los billetes que te costaba cada rato de placer. A ellas sí te acercabas, no te importaba sentir su piel al revés que con la mía. Mientras navegabas entre esos amores pagados, mis pechos se fueron desplomando y mi cintura ensanchando.Tampoco te enteraste. 

De novios, decías que era resultona, te encantaba que me aupara sobre la punta de mis pies para besarte, también abarcar al completo mi pecho con tus manos. No recuerdo cuándo comencé a verme como una vieja amargada y regordeta, creo que mucho antes de serlo realmente. Solo he sido una empleada doméstica a tu servicio y al de los tres varones que traje al mundo. Los más mayores, zafios como tú (no sabes cuánto compadezco a sus mujeres) nada quieren saber de nosotros. Debemos tener pintada la amargura en la cara. 

Del pequeño, del que nunca hablamos desde que murió, te contaría un secreto, algo que me gustaba pensar que te iba a doler cuando te lo confesara. Pero has sido cruel hasta para elegir la antesala de la muerte. Te vas a ir para siempre y nunca podré decirte que no es tuyo. Harta de tu fútbol y de tus putas, en una época en la que yo te necesitaba especialmente, decidí pagarte con la misma moneda y me acosté con un hombre.

Solo ocurrió una vez y casi sin pensarlo, que es cuando mis decisiones han sido más acertadas. Era mejor amante que tú (en eso tenía poco mérito) y me dejó preñada tras arreglar la lavadora.

Lo afronté sola, más de lo que me sentía, pero haciéndote creer que era tuyo. No volví a llamar a aquel desconocido. Esta fue la penitencia que me impuse cuando supe las consecuencias de mi amarga venganza: no verlo jamás. 

Ya ves lo ingenua que he sido. Menos mal que no me escuchas. Más de una vez soñé que me leías el pensamiento y que, arrepentido por haberte distanciado, me agarrabas la cara entre tus manos y me besabas en los labios. 

Me ahogaba en mi propia fantasía. Nos hemos hecho viejos comiendo y viendo la tele juntos, pero éramos dos orillas opuestas de un mismo océano. 

Tiene gracia, me siento culpable. ¿De qué? ¿De nunca haberte dicho nada de esto antes? Como mis suspiros de hace un rato, esta marca debe ser congénita. 

Eras tan frío conmigo que no me sorprende que tus manos ahora lo estén. Te he cubierto con la sábana, pero según lo hacía, mis ojos no han podido evitar mirar hacía ese trozo de carne muerta, que tan mal me trató y que tan alegremente compartiste con otras. 

Un instante después, al ir a humedecer tus labios agrietados, como me dijo la enfermera, te he secado un par de lágrimas. Tal vez fuera sudor, pero no lo he podido evitar,  he vuelto a pensar que habías leído mis pensamientos y que así era la manera en la que me pedías  perdón. 

Será por esta maldita educación que he recibido, o por este ADN que he heredado, me quedaré contigo todas las noches aunque no creo que te queden muchas más. Por eso, también seré yo quien bese por última vez tus labios, deseando que encuentres, vayas donde vayas, lo que los dos no supimos darnos aquí.


Photo by Manel

Verdades y Mentiras

Verdades y Mentiras

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Te di mi verdad entre caricias,

disuelta en alegrías, 

y un poco de malicia.

Te entregué la risa y el sosiego 

conjugando los te quiero

al tocar juntos el cielo.  

Pero también confieso

que te llené los ojos de mentiras,

camuflaje de mis huidas,

alta traición con nuestra vida.

Que te olvidé en brazos ajenos 

perdiéndome en el fuego

de cualquier infierno.

 

Ahora, aquí me encuentro, 

frente a tu espejo 

atrapado y sin salida,

herido por estas sevicias,

que las estrellas nos dieron.

Desnudo ante ti aparezco

sin el brillo de tu reflejo

sangrando en noches sufridas,

entre la culpa que me asfixia 

y este guiño del desespero.


Fuga de latidos (XII)

Photo by Carlos_Citalan

La verdad

La verdad

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La verdad que rodea nuestros actos, lo verdadero en contraposición a cuanto imaginamos, esconde afiladas dagas que suelen herirnos si profundizamos o nos damos de bruces con ella. Muy pronto lo aprendí, fue solo con catorce años y tras enamorarme por primera vez. En aquel tiempo colegial, mi vida daba saltos continuos minuto tras minuto. De esta manera, al meterme en la cama cada noche sentía un alivio espontáneo por haber culminado una etapa pero estaba seguro que la siguiente, solo unas horas después, cuando saliera el sol, me reservaba otra todavía más excitante. Los días transcurrían bajo un carrusel de actividades porque todo lo tenía por descubrir y, si era algo relativo al otro sexo, incluso muchísimo más. 

Ese mundo, a la vez tan secreto y prohibido, había brotado dentro de mí recientemente. Sin comprender bien por qué lo hacía, el cuerpo de una mujer en bikini, con toda seguridad hoy una casta imagen que pasaría inadvertida a los ojos de cualquier adolescente de esa edad, desató mi instinto y lascivia, término este último que el padre Prefecto del colegio usaba en sus sermones y cuyo significado exacto tardé años en descubrir. Naturalmente, el siguiente paso que busqué fue el de volar desde aquella fotografía en blanco y negro, ubicada en la penúltima página de un diario deportivo, hasta la piel de alguien cercano, aunque para realizar tal trayecto lo disfrazara de irremediable flechazo.

Las chicas de mi edad me parecían insulsas y, aunque con toda seguridad nos superaban en madurez para las relaciones con el otro sexo, yo, ignorante e inexperto, aspiraba a mucho más. En mi retina estaban grabadas miradas de perdición como la de Ava Gardner, el andar cruzando las piernas de Lauren Bacall o, algo más colorido, como los ojos y los desafiantes pechos de Ornella Muti. 

Con tales ejemplos fue casi algo natural que me enamorase de la única enseñante femenina que daba clases en mi colegio religioso. Era una mujer ni muy baja ni muy alta, de complexión media y de voluminoso pecho, o así me lo imaginaba, que andaba siempre como de puntillas pareciendo alargar su figura. Además, sabía que era soltera y estaba sobre los cuarenta. Para mí, cada centímetro de aquel cuerpo rezumaba sensualidad arrolladora, muy parecida a la de esos mitos cinematográficos. 

Sin embargo, solo yo entre mis compañeros era capaz de percibirlo de esa forma. Con la perspectiva de los años, he de reconocer que seguramente ellos llevaban razón, pero me parecían irresistibles su voz bronca y gesto grave que cada día usaba para dirigirse a nosotros, sus pasos cortos cuando la veía caminar delante del encerado,  o el sobrio atuendo, blusa clara cerrada al cuello y traje de chaqueta gris con falda tapando la rodilla, con el que, fuera la temporada que fuera, siempre acudía a clase. Refugiada tras unas gruesas gafas de pasta, la mirada era severa, incluso dura, pero yo sentía lo que ni gestos ni actitud declaraban: una voluptuosidad en la que deseaba perderme para siempre, quemándome en el fuego eterno con el que tanto me habían amenazado. 

Evidentemente, era mayor que yo, pero no me importaba; al contrario, como tampoco me preocupaba en exceso esa seriedad permanente que transmitía «la amargada», según la llamaba el resto de la clase. Era una máscara, lo sabía, y en cuanto cayéramos uno en los brazos del otro, se la quitaría. 

A nadie, ni a ella, por supuesto, le había hablado antes de mi amor, aunque sí tuviera que aguantar alguna chanza de mis compañeros al defenderla ante ellos de comentarios soeces.

Una excusa cualquiera —la revisión de un examen suspendido— me dio la oportunidad, al fin, de estar sentados a solas frente a frente. En cuanto levantó la vista y me preguntó por mi queja, sin esperar a preámbulos y de manera atropellada, más ante su reciente asombro, le confesé algo parecido a mi pasión por ella, el incontenible deseo que sentía por besarla, la apremiante necesidad de hacerle el amor y alguna otra frase que no recuerdo con exactitud. Su rostro acusó por un instante la sorpresa, lo que no hizo sino elevar mi excitación. Pero de inmediato regresó al sereno rictus que la caracterizaba para, observándome con fijeza a los ojos, midiendo cada palabra con pasmosa lentitud, decirme que ella no podía solucionar la confusión mental en la que me encontraba pero que si volvía a insinuarme, el director del colegio e, inmediatamente después mis padres, lo sabrían. 

Tras el discurso, un largo silencio sosteniendo mi mirada, que yo no tardé en bajar, se instaló en aquel cuarto de docentes donde, esperanzado, había acudido al encuentro de mi profesora de física. Con la poca dignidad que me quedaba, salí presuroso de allí y de aquel conato de aventura.

Esa verdad, la que yo no había querido ni tan siquiera intuir, me hirió de tal manera que tardé bastante en volver a declarar mi amor a alguien. Me sumergí en las estampas, por fin en color, con la única certeza de estar seguro sobre lo poco que se intuía o recibía a cambio de ellas, como también que estas jamás me rechazarían o delatarían. El tiempo pasó con el imperturbable caminar al que nos va acostumbrando durante nuestra vida. Poco a poco recuperé la normalidad y, olvidándome al completo del frustrante enamoramiento, tropecé en otros más a mi alcance. Sin duda, habiendo aprendido ya a escrutar la realidad antes de dejar imponerse a la imaginación y a la fantasía, mucho antes que la verdad se vuelva dolorosa y cruel. 

También, y escarmentado por el episodio, rehusé entender por qué ese curso y el siguiente, sin haber estudiado nada, la nota final de la asignatura incluyó, injustamente, sendas matrículas de honor.


( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)

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