Tino   (segunda parte)

Tino (segunda parte)

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Tino no se ha movido del rincón durante las últimas horas. A veces durmiendo, en otras despierto. Ha anochecido y la habitación parece haberse cargado de un manto de plomo. Cuando alguien se mueve, la luz de los velones que hay junto al amo le hacen ver unas sombras sobre las paredes. Son alargadas y temblorosas. Tino abre mucho los ojos y  las acecha hasta que aquella danza se funde y las figuras desaparecen. 

Durante todo el día no ha dejado de escuchar un murmullo de voces. Sigue oliendo al amo, sabe que está dentro de la caja, pero ese tufo que no le gusta es cada vez más fuerte. Algo le dice que ese olor no es bueno y que él no debería permanecer en la habitación. Sin embargo, no puede salir de allí, debe permanecer con su dueño aunque de la boca de este no salga palabra alguna.

Por una de las ventanas ve como las primeras luces del alba empujan la oscuridad hacia las esquinas de la habitación. El cansancio le hace entornar los ojos. Vuelve a soñar con el mismo mar, con los mismos juegos de antes.

Un torrente con muchos haces de luz se empiezan a filtrar por la persiana a medio bajar. En la habitación ya casi no queda nadie. Ha escuchado como entraban en la casa unos hombres. Van hasta ese lugar. Retiran sillas. Apagan las velas. Alguien ha subido las persianas y aquel foco permite ver millones de motas de polvo corriendo por él. Incluso sobre el rincón dónde Tino se encuentra. 

Los hombres intercambian frases entre ellos. Son enérgicas y rápidas. Ya no escucha murmullos ni lloros.

Se ha sentado. Ve cubrir con algo la caja y como, entre varias de esas personas que entraron, la cargan sobre los hombros. Se dirigen a la entrada. Sin que nadie escuche sus pasos, los sigue. Tino y los hombres salen a la calle. 

El sol, que no hace tanto asomó por el horizonte, es como una gran llamarada. Tino siente que el aire es cálido. Muy tieso sobre sus patas, levanta un poco la derecha y adelanta la cabeza. Quieto como una estatua que hubieran esculpido un instante antes de echar a correr. 

Ve como introducen la caja en la parte trasera de un automóvil. A continuación, también los ve cerrar el portón levantado y se sobresalta cuando las ruedas empiezan a girar.

No lo duda, deshace la figura y galopa tras ellos. Por fortuna, son muchos más los vehículos que marchan a continuación del primero. Eso, y el circular por estrechas calles junto a algún semáforo en rojo, le permite no perderlos de vista siguiendo el rastro de su amo.

Tino sabe que está en la caja, aunque aquella mezcla pestilente todavía le confunda. Lleva la lengua fuera y las babas chorrean abajo del belfo. En los ojos se le forma una cortina acuosa por el roce del viento. Corre todo lo deprisa que puede cuando la comitiva acelera. Es su olfato el que lo guía las tres veces que los pierde. La última, poco antes de haber cruzado una verja y entrar en un recinto rodeado por una tapia mohosa. 

El lugar está plagado de puntiagudos cipreses, de algún pino y de enrojecidos prunos. Allí, en las calles no caben más de dos coches y no hay casas, tampoco hay luces que los hagan detenerse. Sin embargo, se alegra cuando comprueba que empiezan a rodar más despacio. Eso le permite alcanzarlos sin correr muy deprisa. Poco a poco, su jadeo deja de ser exagerado.

Son muchas las personas que bajan de los automóviles. Tino serpentea entre ellos hasta que se sitúa cerca de la caja. La acaban de sacar del auto en el que estaba. No entiende porqué no la abren ni porqué le sigue llegando esa mezcla de olores que le desconcierta. Al acercarse un poco más, ve un montículo de tierra húmeda y, un par de pasos después, un gran hoyo. Se sienta sobre los cuartos traseros y espera. Todos miran hacia el negro cajón, ninguno lo abre. No sabe lo que ocurre pero le huele a tristeza y a lágrimas. También parece como si su estomago estuviera hueco, algo que nunca antes sintió. Esa misma agitación interior le lleva a desplazarse nervioso por uno de los costados de la caja, a olerla arriba y abajo. Con suavidad, una mano femenina lo acaricia y lo agarra por el collar.

Esa misma mano lo retiene con fuerza cuando, tras sujetar la caja entre cuerdas, unos hombres la van dejando caer por el agujero. Tino hace la intención de ir tras la caja sin poder dar un paso y haciéndose daño en el cuello. Suelta un ladrido seco y agudo con las primeras paletadas de arena. Se convierte en un gemido, como si sangrara por una herida, y termina siendo un leve aullido porque cada vez más el olor de su amo se difumina entre otros.

 

(Continuará)

                                  ***

¡Búsquenlos!

¡Búsquenlos!

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¡Búsquenlos!

—¡Quiero esos cuentos encima de mi mesa antes del amanecer! Busquen por las calles, entren en clubs, en bares, en casas y… ¡tráiganmelos! ningún escritor de la ciudad debe quedarse sin participar en el concurso ‘Cuentos a la porra’.

Otra vez el Sargento con las típicas arengas, pensó el agente Gutiérrez mientras que buscaba en su bolsillo las llaves del coche ‘K’. Su compañero Santos le esperaba recostado sobre el capó. Todavía le duraba la sonrisa cínica con la que solía recibir cualquier orden.
A dos pasos del vehículo, Gutierrez pulsó el mando a distancia y, sobre el agudo «Bip, bip», Santos dijo:
—Vaya marrón que nos toca hoy… buscar cuentos. No será fácil. En este mundo digital casi nadie escribe más de dos renglones… ¿por dónde empezamos, compañero?
—Toma, conduce tú —respondió Gutierrez ladeando la boca casi sin abrirla a la vez que le tiraba las llaves del automóvil.

Nada más arrancar Santos el motor, su compañero bajó el volumen de la emisora central. La voz aguardentosa y cargada de nicotina de Gutierrez se impuso sin dificultad al chisporroteo que emitía la radio.
—¿Dispuesto para ser el policía del mes? ¿a traerle al jefe esas malditas historias con todo tipo de narradores y géneros?…
Santos se empezó a reír pero las carcajadas fueron escandalosas cuando Gutierrez acabó la frase:
—Y lo que parece mejor ¿dispuesto a encontrar uno policiaco? ¡Mis favoritos son aquellos en los que ladrones o asesinos salen impunes derrotando a la policía.

Una gran capa de caucho se adhirió al asfalto cuando Santos pisó a fondo el acelerador. El coche culeó nada mas abandonar la estrecha calle lateral de la comisaría, en pocos minutos estarían en el centro de la ciudad.
Como si estuviera en un circuito de carreras, Santos mantenía la aguja de las revoluciones cerca del límite mientras sorteaba coches y autobuses. No levantó el pie del pedal cuando traspasó varios semáforos que se ponían en rojo.
En solo cinco minutos llegaron al lugar donde esperaban encontrar a su mejor chivato.

Dejaron el automóvil sobre la acera ocupando parte del carril bus, a la misma puerta de salida del teatro principal, justo cuando los espectadores salían de la última función. El soplón que buscaban era conocido como ‘el chino’, aunque tal vez fuese vietnamita, japonés o filipino. Se dedicaba a la venta ambulante de tabaco y bebidas, aunque también distribuía pequeñas dosis de hachís y marihuana con las que, como pago a sus soplos, los polis hacían la vista gorda. Rastrero y servil con la pasma, su crueldad con quién le disputara el negocio corría de boca en boca entre el lumpen. Hiciera frío o calor, fuera de día o de noche, nunca se le veía descansar y siempre estaba en la calle alrededor de cines y teatros. Daba la impresión de ser una parte más del mobiliario urbano. Cualquier cosa que buscaras, aquel individuo sabía dónde encontrarla.

Poco necesitaron presionarle. Bastó con que Gutiérrez hiciese el amago de registrar el carrito donde guardaba la mercancía para que, juntando las manos como si iniciara una plegaria, cantara de pleno.

La casa donde tenían que ir estaba cerca, atravesando un par de calles sinuosas y poco iluminadas de la parte antigua. Se trataba de un edificio de cuatro plantas y con la fachada descascarillada. El portal era oscuro y olía a a orines. Además, se quejó Santos, no había ascensor y el escritor vivía en la buhardilla.

Les recibió un hombre calvo, vestido con un pantalón de pijama y una camiseta de tirantes. Según el soplo del ‘chino’: un humilde padre de familia con esposa y un niño pequeño.
Gutiérrez fue directo al grano tras haber sacado su placa:
—Sabemos que escribes cuentos y que los publicas en una página de internet de la que eres administrador. Necesitamos que nos des uno para el concurso ‘Cuentos a la porra’ pero, además, nos tienes que proporcionar las direcciones de todos tus compañeros. No te resistas, los policías tenemos muchas formas de ser convincentes.

Al fondo se oía el llanto de un niño cuando Santos adelantó una pierna al otro lado de la puerta. El hombre se interpuso por medio llevando su dedo índice hasta los labios para decir:
— ‘Chist’, se lo ruego… quédense aquí y les daré todo lo que piden.
Gutiérrez y Santos escucharon en ese instante una voz femenina y, poco a poco, el lloro cesó.
Enseguida, el hombre se dio la vuelta y en solo dos pasos entró en un cuarto cercano que estaba a oscuras. Pocos segundos después, un haz de luz desde el fondo de aquella habitación permitió verlo manipulando un teclado frente a la pantalla de un ordenador. No tardó en escucharse el arrítmico sonido de una impresora.
Cuando el hombre regresó a la puerta, entre sus manos traía varias hojas todavía calientes.
—Aquí lo tienen. Mi cuento y el listado de escritores con sus direcciones.

Ya en la calle, Santos y Gutiérrez volvieron a mirar la lista ¡Había más de cien nombres! De nuevo, el soplo del chino había sido una mina. Deberían darse prisa si querían visitarlos a todos.

En aquel listado se encontraban seres tan normales como un ama de casa, un médico, una cajera de supermercado, un pescadero, tres parados, un fraile, un estanquero, una modista y dos conductores de autobuses. Se trataba de un larguísimo etcétera de personas, alguna capaz de imaginar más muertos en un sólo relato que los que ellos verían en toda su vida policial. Hombres y mujeres que vivían otras vidas al escribir. Escritores que, a su vez, hacían vivir a sus lectores.

La última de la lista era una tarotista. No solo les entregó el relato sino que se tomaron un café bien cargado y les leyó las líneas de la mano. Según adivinó, los dos llegarían a comisarios.
—¿Crees que el sargento nos felicitará? Bajo el brazo tenemos más de un centenar de relatos —le dijo Santos a Gutierrez.
—No lo dudes, no ha quedado escritor en esta ciudad sin recibir la amable sugerencia de la policía —respondió el compañero entre carcajadas.

Santos y Gutiérrez llamaron con los nudillos a la puerta de su jefe. La abrieron lo justo para asomar la cabeza.
—¿Se puede? —preguntó Gutierrez.
En aquel momento, el sargento estaba leyendo el “Tratado de filosofía casera para una generación obtusa». Un libro muy especial de Enrique Brossa”.
—Adelante, estaba esperándolos.
—Señor, los tenemos todos, no ha quedado ni un escritor sin entregarnos su cuento —dijeron a la limón Santos primero y Gutiérrez después.
Pero algo parecía no ir bien porque al sargento le empezó a temblar los labios y a enrojecer las mejillas. Entonces, apoyando las manos en la mesa e incorporándose, gritó:
—No, están equivocados. Les falta uno. El mío.
Bajo la luz del flexo de la mesa estaban unas hojas escritas y un bolígrafo roído. Con los ojos como si fueran a salírsele, el sargento blandió las cuartillas diciendo:
—Yo, que fui guardia de la porra, no me quedaré sin concursar. El premio no se me escapará.

———

Tino   (primera parte)

Tino (primera parte)

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Tino se ha levantado varias veces. En cada ocasión, mueve el rabo y jadea, pero no ladra. Tampoco corre aunque dé pasos ligeros. Lo hace al oír que llaman a la puerta, a donde acude antes que nadie. 

Tino oye el timbre otra vez y vuelve a ir hasta la entrada. Nada más llegar, se sienta y espera a que abra la mujer que hoy le dio de comer. En cuanto ella descorre el cerrojo, un manantial de luz deshace la oscuridad del pasillo. Tino entorna los ojos y levanta las orejas  mientras escucha hablar a las dos personas que acaban de llegar: un hombre y una mujer. Pero aquel hombre tampoco es su amo. Poco después, ve abrazarse a las dos mujeres.

Tino estira el cuello hacia ellas en el momento que unas gotas chocan contra sus ojos avellana y, al sacudírselas, contra sus fauces. Nadie repara en él, aunque con la cabeza llegué hasta las rodillas de esas mujeres, incluso a las del hombre. 

Tino sabe auparse sobre las patas traseras. Cuando apoya las delanteras en el pecho del amo, le lame  la barbilla sin necesidad de estirar mucho el cuello. Una vez que acaba con el plato de comida, siempre intenta pasar la lengua por la cara de su amo. Es con la única persona que lo hace. 

Nadie de los que han entrado le ha pasado la mano por el lomo o por la cabeza. Tino lo ha aprovechado para olerles los pies o las piernas. Aunque no sean de quien él espera, lo guardará en la memoria.

Según las mujeres y el hombre se adentran en la vivienda, Tino camina junto a ellos y los mira. También levanta el hocico buscando una de esas bolitas crujientes que tanto le gustan.  

Al final del pasillo está la habitación a la que todos se dirigen. Dentro hay muchas personas y las paredes están llenas de  libros. Tino va hasta uno de los rincones y se hace un ovillo. Ya tumbado, huele  a madera húmeda, lo que le recuerda al amo cuando le rasca el pelo antes de abrazarlo. Piensa que no debe estar lejos. En cuanto le llame, acudirá a su lado. 

Tino está deseando salir al jardín para que el amo le lanza la pelota de goma. Le gusta buscarla, agarrarla con la boca y llevársela. Es su juego favorito.

El timbre ha vuelto a sonar pero Tino está adormilado y, esta vez, no ha ido hasta la entrada. Aún así, se ha incorporado hasta quedarse sentado doblando hacia un lado las patas y las manos. Pone atención y escucha. Sus orejas caídas se estiran cada vez más. Pero no, no es el amo. 

Hay mujeres y hombres en el salón, la mayoría sentados en sillas. Tino no sabe por qué casi todos se llevan las manos hasta los ojos y sueltan el aire haciendo un extraño ruido. Nunca vio que el amo lo hiciera. Por eso, vuelve a tumbarse con las cuatro extremidades estiradas sobre el piso de madera. En el rincón oscuro en el que está, su pelo amarronado aunque jaspeado por pequeñas hebras blancas, apenas se distingue de la tarima. 

Un soplo de aire llega hasta la nariz de Tino. Levanta el cuello y mueve el hocico varias veces.  Es el olor del amo y  empieza a mover el rabo sobre la superficie encerada. Se queda atento esperando la llamada. 

En cuanto le oiga decir su nombre, sabrá lo que quiere. Una orden si es  rápido, y si es lento será para jugar y rascarle la trufa. «Tino, ¡ven!», «Tino, ¡toma!», es cuanto quiere oír ahora. Pero ni el amo ni nadie le llama.

Desde el suelo ve entrar en el salón a más personas. En el centro de la habitación hay una caja negra, grande y alargada. Tino no sabe lo que es, nunca la había visto. 

Hay un grupo de mujeres que no paran de hablar en voz baja desde que llegaron. No lo hacen entre ellas sino solas. Tino las ve mover los labios y no le gusta el murmullo que hacen. Es igual al vuelo de una mosca.

Muy despacio, los párpados se le cierran. En su cerebro aparece la playa donde corría persiguiendo y ladrando a las olas antes de que estas se fundieran con la arena. Arruga la nariz y siente la humedad y la sal, pero también le llega otro olor que no le gusta. Entonces, sobresaltado, abre los ojos de golpe y se sienta con los brazos estirados. Sin pestañear, observa todo el cuarto y se da cuenta que esa corriente de mal olor viene del punto central de la habitación. Por segundos, percibe briznas de hedor mezcladas con el olor al amo. Ese olor desagradable es igual al de la última rata que escondió en el jardín tras haberla cazado, o el que tenía la herida de su pezuña hasta que el amo se  la curó. 

Intrigado, se incorpora y, dando pequeños pasos, camina entre un mar de piernas y sillas hasta alcanzar el medio del salón, el lugar preciso de donde emana el olor que le confunde. Se incorpora sobre las patas traseras apoyando las delanteras en el borde de la caja. Entonces lo ve. Es el amo. Tiene los brazos cruzados en el pecho y los dedos entrelazados sobre el estómago. Parece dormir. Tino adelanta los omóplatos y le lame las manos para que le mire. Repite el mismo gesto que siempre hizo al terminar de jugar aunque en esta ocasión lo acompañe de gemidos y un pequeño ladrido.

No lo puede hacer más, alguien por detrás lo agarra del collar y lo retira. 

El amo no se ha despertado.

 

(Continuará)

    ***

FUGA DE LATIDOS

FUGA DE LATIDOS

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Es ver pasar la vida,

en la manera de soñar,

son tantas horas perdidas

en las que abracé la soledad

que ahora sangran mis heridas

batidas por el viento y el mar.

 

Entró la vida por aquella caricia,

y dejó un huracán con aquel beso,

fue en el horizonte de tú mirada, 

por la que vagan ahora estos recuerdos.

Ganó la pereza a luchar

contra gigantes o molinos,

contra el sueño de la verdad,

que naufragué en tanto sinsentido

mientras me apuñalabas sin piedad 

bailando pegado a tu olvido. 

 

Aquel adiós voló alto y deprisa,

nunca se reflejó en mi espejo,

apenas escribí de tu sonrisa 

fui otro loco más entre los cuerdos.

 

No está asfaltado este camino

que conduce a la eternidad.

y es imposible volver atrás,

son huellas vírgenes del destino

que jamás nadie podrá  pisar.


LA MERIENDA

LA MERIENDA

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 Pantalones cortos, algo más de un metro de estatura, las uñas sucias y los libros del colegio en la mochila. Corre entre el barro, salta sobre cada charco y en ocasiones cae en alguno. Entonces, ríe, sintiendo que la felicidad es el golpe seco de su zapato sobre el agua sucia, es el hacer cuanto quiera sin importar el después. 

Al alcanzar la calle, tras cruzar el descampado, se sacude los pantalones y golpea con fuerza el suelo. No para estar menos desastrado, no para evitarse la regañina —que no la evitará— sino porque se siente pesado y pegajoso por el lodo acumulado.

Nota una punzada en el estómago y la imagen del pan junto a las cuatro onzas de chocolate que su abuela le habrá preparado, acuden de inmediato a él. Deberá darse prisa, al entretenerse atravesando solares vacíos está comprometiendo otro castigo y el hambre, junto a su ansia por lo  dulce, no se lo perdonarían.

Arranca a correr, y entre dos coches que apenas le dejan sitio para pasar, atraviesa la calzada solo pensando en el bocadillo. No oye el chirriar de neumáticos, el estruendo de la sirena del coche de policía y menos aún cuando este embiste al vehículo que circula muy deprisa delante, desplazándolo de costado hasta ese lugar.

El ruido de la chapa arrugándose, los trozos de cristales que saltan disparados en todas las direcciones, las explosiones secas del motor, lo pillan alargando su zancada para patear otro charco, esta vez formado sobre un pequeño socavón del asfalto.

Humo y gritos coinciden con su pisotón y, aunque algo contrariado por el estruendo, ignora el caos que se ha producido muy cerca de él. Vuelve a reír y sigue corriendo sin parar en pos de la merienda.


 ( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)

¡Voy a mandar a todos los escritores a la porra!

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