TURNO DE NOCHE (desenlace)

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Uno de los ganchos que sujetaba las llaves de la cámara frigorífica, saltó de la pared, el ruido del manojo contra el suelo, me despertó de aquel recuerdo.

Las recogí, y eché una mirada rápida a la superficie, buscando el pequeño garfio, no lo encontré, daba igual ahora mismo, debía de ir a la cámara sin demora.

Subí con apremio las escaleras, debía de buscar la cámara número tres, cogí la llave correspondiente, la metí por la ranura, abrí la puerta, y me dispuse a entrar y ver si la cámara estaba vacía o no de una vez por todas.

El frío que sentí nada más abrirla, me recorrió de los pies a la cabeza, me adentré, y tuve que encender la luz, era muy poco lo que alumbraba, la bombilla parpadeaba a punto de agotarse de un momento a otro.

En la cámara, había una camilla, una sábana blanca la cubría en su totalidad, era evidente que no estaba libre por el bulto que asomaba, lo más lógico, hubiera sido salir de ahí pitando, decirle a mi jefe que estaba ocupada, haber esperado a que pasaran las horas, y volver a casa, pero reparé que uno de los brazos de la persona que se encontraba debajo de la sábana, colgaba por uno de sus laterales.

Me acerqué, me quedé mirando aquella prominencia, pensé en lo absurdo de todo, agarré la sábana por uno de sus extremos, y la arranqué con furia, miré a la persona que se encontraba frente a mi, cuando lo reconocí, miré la fecha de la muerte, perdí el equilibrio y caí al suelo, me volví a levantar, y esta vez me froté los ojos para confirmar lo que ya había visto,la fecha era anterior a cuando lo vi ayer en el umbral de la puerta, entonces escuché un sonido que me resultó familiar, de uno de sus bolsillos, cayó una de mis canicas, el clinc que hizo al caer, me dejó completamente absorto.

EPÍLOGO

Mi psicólogo me pide que escriba todo lo que llevo en mi cabeza, lo que ocurrió de verdad, escribo todo tal como lo veo, aunque…a veces dudo, me facilitan pastillas cada cierto tiempo, ayer mi doctor me insinuó, que lo que cuento solo está en mi cabeza, que no es real, que mi cabeza está enferma, pero que no debo preocuparme mientras esté ahí, no le contesto, solo lo miro y asiento.

-Tienes una visita Manuel, mira quien ha venido a verte.

Hacía muchos años que no veía a Silvia, ella era una tata que tuve cuando era pequeño, realmente yo ya tenía una hermana, pero me separaron de ella para llevarme a aquella casa y darle un hermano al «monstruo», mi hermana de verdad es la única persona que siempre me ha querido.

La veo cambiada, ya no es como la recordaba, ha engordado bastante y se le nota el paso del tiempo, lo único que no ha cambiado ha sido la forma de mirarme.

-Te deberían haber encerrado hace ya muchos años, estás loco Manuel, han tardado demasiado en recluirte, por tu culpa, mi infancia fue una auténtica mierda, me has jodido la vida, por ti, me metieron en un centro, porque mis padres se creyeron tus mentiras, a mi ni siquiera me quisieron escuchar, tienes lo que te mereces porque estás loco, loco Manuel, ¡que te jodan¡

Ni siquiera me dejó intervenir, lo soltó de sopetón, fue una carrera sin parada, como si lo hubiera tenido guardado dentro de si misma y hubiera estado esperando este momento.

Acercó su cara a la mira y noté su aliento con sabor a nicotina, no me disgustó, entonces me escupió, yo me quede quieto y mi memoria volvió a revolucionarse sin retorno.

-¡Tata, tata¡, ¿jugamos al escondite?

-No me apetece enano, no seas pesado, ¡déjame en paz¡

-Venga tata, un ratito sólo, si juegas conmigo, te prometo que te haré la cama durante una semana.

-Dos semanas es el trato, y tu te escondes, venga ¡escóndete¡ que empiezo:1, 2, 3, 4…..98, 99,100.

-¡Salgo enano¡, voy a por ti

Las imágenes de aquella tarde, se cuelan en mi cabeza, mi tata, aquella casa, pero sobre todo el armario.

Subí las escaleras de dos en dos, apenas tocaba el suelo, no quería que ella oyera el crujido de la vieja madera, la puerta en la que dormía mi abuela estaba cerrada, la abrí, el polvo volaba a través de la rendija de la persiana, fui directo al armario, sabía que ese iba a ser mi escondite en cuanto muriera mi abuela, a sabiendas de la prohibitiva de mis padres, oía las pisadas lejanas de mi tata, los pasos de aquel «monstruo» que me odiaba desde el día en el que aparecí en brazos de su madre hacía un año, e hiciera que me quedara a vivir ahí para siempre, dejando a mi hermana real en una casa de acogida.

Tenía tiempo de sobra, salí a tientas al pasillo, ella seguía en la planta de abajo, abrí la puerta de una pequeña alacena, cogí una bolsa de plástico atada con un nudo, completamente agujereada, en cuanto la cogí al aire, empezó a agitarse, con la otra mano agarré un pequeño bote de leche condensada que había robado unos días antes de la cocina, cogí la bolsa en una mano, el bote de la leche en la otra, abrí la puerta de la habitación, y me metí dentro del armario.

-¡Enano¡ ¡te huelo desde aquí¡ ¡te encontré¡, ¿qué llevas ahí? ¿qué es eso? ¿qué haces?

-¡Mamá¡, ¡¡¡ayuda¡¡¡¡,¡¡¡ mami¡¡¡¡, ¡¡¡me ha encerrado¡¡¡¡, ¡¡¡¡la tata me ha dejado aquí¡¡¡¡, ¡ratones¡, ¡mamá¡

-¿Qué haces? ¿porqué te echas eso por encima?…..

-Manuel, es la hora de tu medicina.

-Y ¿mi tata?

-Hace un rato que se fue, ¿no os habéis despedido?

-Me quedé un poco adormilado.

-Es normal que te ocurra eso, es por la medicación, ahora te toca esta pastilla azul, métela en tu boca, toma agua, ¡venga de un trago¡

La enfermera ha salido, cojo la pastilla azul de la boca, me la saco de debajo de la lengua, la meto en un pañuelo de papel y la guardo junto a otras tantas de diferentes colores, ahí junto a mis tres canicas de la suerte, esperando el momento para echar una partida de nuevo.

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Turno de noche (Parte 3)

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Me acerqué con paso cansado al casillero donde se guardaban las llaves; realmente eran unos ganchos oxidados lo que las sujetaban. Con un cartel a la derecha donde se dibujaba una flecha, pintada con rotulador que decía: cámaras frigoríficas. Solo el leerlo, me puso el vello de punta.

Notaba mi mano sudorosa, empecé a sentirme mal; un flashback me vino a la cabeza. Algo que tenía escondido dentro de mi cerebro ocurrido hace muchos años e hipotéticamente olvidado a base de terapias con psicólogos, psiquiatras, medicación y el amor de mis padres. Me vino a la cabeza en forma de diapositivas. No llegué ni siquiera a rozar la llave; me apoyé en la pared fría y sucia, noté un leve hormigueo en mi mano izquierda, una araña subía por una de mis falanges; con la mano libre la aplasté sin miramientos y las imágenes del pasado se sucedieron en mi mente de manera dominante. Mi cerebro ya no podía parar; le había dado al play de lo que creía olvidado para siempre.

—¿Jugamos al escondite, tata?

—Ahora no me apetece, déjame en paz y no seas pesado.

—Venga tata, que me aburro.

—¡Que me olvides¡ ¡Déjame tranquila¡ ¿Crees que voy a perder el tiempo con un enano cómo tú?

—Si juegas conmigo, te haré la cama durante una semana.

—Dos semanas, ¿trato hecho?

—¿Quién empieza?

—Yo cuento y tú te escondes.

Mi tata se dio la vuelta contra la pared y empezó a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… y así hasta cien; esa era la regla, contar hasta cien. Yo era tan pequeño que cuando me tocaba contar a mí, como no sabía hacerlo de seguido, lo que hacía era contar en tramos de diez en diez y, cuando los diez dedos de mis dos manos se encontraban con los puños cerrados, ya sabía que podía darme la vuelta. Ojalá ese día se hubiera escondido mi tata, pero no fue así. Fui yo y yo fui el que perdió el juego.

— Noventa y ocho, noventa y nueve y cien, enano, ¡ya salgo¡

—¿Dónde estás? Te huelo desde aquí enano, noto tu miedo.

Me escondí en un armario; era un mueble de tres puertas enorme, situado en la planta de arriba, exactamente en la habitación donde había dormido hasta hacía tres semanas mi abuela. Ella había muerto y nos tenían prohibido subir a jugar a ese cuarto. Mi madre decía que aún era pronto para ello, pero quería que mi tata pensara que no era un miedica; lo que yo anhelaba, era que ella fuera diciendo que era un valiente y por eso me encerré ahí.

Olía a antipolillas, enseguida empecé a estornudar; también olía a viejo y a madera podrida. Recuerdo que me tapé la nariz y solo pensaba en que mi tata creería que era un héroe por haberme atrevido a entrar en aquella cueva vieja y raída por el paso del tiempo.

Pero me encontró, antes de lo que nunca hubiera imaginado.

—¡Te pillé enano¡ La próxima vez no hagas tanto ruido cuando subas las escaleras.

Ni siquiera le contesté, no tuve opción. Vi que metía su mano dentro de uno de sus bolsillos y sacó una vieja llave de latón; me la mostró como el que enseña un tesoro, torció el gesto y me miró a los ojos con un asco que nunca hubiera pensado. Cerró la puerta y oí como se giraba la llave.

—¡Tata¡ ¡Abre ahora mismo¡

La llamé varias veces y no contestó; oí sus pasos a través de aquella puerta donde se posaba mi oreja. Sus pisadas se oían más cerca y noté como la vieja llave entraba en la cerradura.

—Por fin estás aquí, venga, déjame salir, tu ganas, te haré la cama durante dos semanas.

—¡No¡ El juego todavía no ha terminado, esto acaba de empezar.

—¡Tata¡ ¡Quiero salir de aquí¡ ¡Déjame salir¡

Pero no me dejó, puso sus brazos en forma de cruz para que no saliera. Me defendí dándole una patada en una de sus extremidades y lo único que conseguí fue que ella me atestara un puñetazo en la tripa, que me hizo caer irremediablemente.

—¿Qué llevas ahí?

Reparé que a sus pies, había una bolsa de plástico que se movía de un lado para otro; la levantó y desató el nudo. El fardo se sacudía sin piedad. Sacó una lata de leche condensada y me la echó por encima y agitó la bolsa dentro del armario cayendo lo que había en su interior. Media docena de ratones se abalanzaron sobre mí al oler aquel dulce pegajoso…

La puerta se cerró de nuevo…(continuará)

 

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Turno de noche (Parte 2)

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Vi como rodaba la tercera canica por el oscuro pasillo, el impulso por la que fue propulsada fue tan exacto, que desembocó justamente entre mis dos zapatos, no me atreví a cogerla, pensé que me quemaría si lo hacía, las otras dos se quedaron a medio camino, no se oía nada, la ventana estaba abierta, sólo entonces, cuando un pájaro se posó encima de una rama y esta crujió, me desperté de mi ensimismamiento.

Me quedé mirando a la luna llena, a través de la ventana abierta, y por un momento pensé en saltar al vacío, al otro lado del pasillo había algo, estaba sólo, no llevaba el móvil encima, llevaba tal aturdimiento que no pensaba con claridad.

Entonces me eché a reír, ¿qué estaba pasando? estaba en un depósito de cadáveres, estaban todos muertos, ahí era imposible que hubiera algo, ¿qué podía haber al otro lado del pasillo?, me vino a la cabeza, la imagen de un señor que llegó la noche anterior, pendiente de que lo reconociera algún familiar, aunque dudaba que alguien pudiera identificarlo, era un amasijo de carne, completamente deformada, con las cuencas de los ojos vacías, como si se los hubieran arrancado con una cuchara, y de los oídos, salía un líquido rojizo y grumoso, entonces me lo imaginé al otro lado del pasillo echándome las canicas, un sudor frío empezó a envolver todo mi cuerpo, me quedé completamente empapado, intenté dar un paso atrás, y los pies no me respondieron, un zumbido penetrante se apoderó dentro de mi cerebro, no podía pensar.

Pero, ¿me estaba volviendo loco o qué?, la vista se me empezó a nublar, me apoyé en la pared, y la canica al verse sin apoyo siguió pasillo abajo, como si tuviera vida propia.

Una sombra apareció a través del resquicio de la puerta, y me saludó con un buenas noches, me dieron ganas de abrazarlo cuando lo reconocí, era la persona que me contrató, no sabía su nombre, pero daba igual, le respondí con otro buenas noches y una risa floja e incontrolable se apoderó de mi cuerpo.

-Pasaba por aquí dando un paseo -me dijo.

No contesté ¿quién paseaba a esas horas? ¿quién se iba de madrugada por esos parajes?, no quise saberlo, por una milésima de segundo, volví a barajar la idea de tirarme por la ventana de nuevo, pero solo supe decir que iba a por café.

-¿Le apetece un café?

-No, gracias, me voy ya, pero no se demore, que los muertos necesitan ser vigilados.

Entonces se marchó, no me dio tiempo a reaccionar, solo recuerdo que cerré la ventana, las canicas las dejé en el suelo, y volví a mi silla, ya no necesitaba café, el sueño se me había pasado por completo.

Volví al trabajo la noche siguiente, no le conté a nadie mi experiencia de la noche anterior, no quise darle importancia, me decía a mi mismo que por las noches se magnifica todo demasiado, que todo lo malo siempre ocurre de madrugada, pensé en llevarme una novela y pasar la noche distraído, pero todo lo que tenía en casa eran libros de asesinatos y zombies, al final cogí mi cubo de rubik y lo eché a la mochila.

A las dos de la mañana sonó el teléfono, era mi jefe, y quería que me acercara a la cámara frigorífica número tres y comprobara si estaba completa.

-No te entiendo, – le dije.

-Qué te acerques a la cámara, sólo tienes que abrirla y mirar si hay hueco, es una urgencia.

-¿Tiene que ser ahora?

-Pues claro, venga, es de máxima importancia pero dónde te piensas que trabajas?, no tengo que darte explicaciones, haz lo que te pido ahora mismo ¡ya¡.

Dejé el auricular encima de la mesa, y me dispuse a hacer lo que me mandaba, sabía donde estaban las cámaras frigoríficas, mi superior tenía razón, además después de haber visto ayer a ese amasijo de carne¿podía ser peor?, pero claro, después de la experiencia de anoche…

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Turno de noche (Parte 1)

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Intentaba matar el tiempo de cualquier manera posible; metió la mano dentro de uno de sus bolsillos de su pantalón y se topó con tres canicas.

Esa misma tarde, había estado jugando con su sobrino, en casa de su hermana.

—Te las regalo, le había dicho.

—Son las canicas de la suerte.

Le contestó con un gracias, bastante desganado, que su hermana escuchó reprendiéndolo con la mirada.

Las horas se le hacían eternas en aquel pequeño cubículo; llevaba sólo dos meses en aquel trabajo, pero su sensación era de llevar mucho más tiempo.

Era vigilante de seguridad del depósito de cadáveres que estaban pendientes de ser reconocidos por algún familiar, después de haber sufrido un accidente o de hacerles una autopsia.

Sus amigos se reían de él, le gastaban bromas y le preguntaban que qué tal las cañas con sus compañeros de trabajo; e incluso si había alguna compañera que estuviese buena.

A él le daba lo mismo lo que pensaran; estaba de acuerdo con que el trabajo era aburrido, pero pagaban bien y no tenía que discutir con nadie, sólo tenía que vigilar; pero, ¿vigilar qué? Fue lo primero que le dijo al entrevistador dos meses antes, a lo que aquella persona respondió mirándolo a los ojos:

—A los muertos, tienes que vigilarlos bien, nunca subestimes a un muerto.

Aquello le hizo gracia y nunca más volvió a ver a la persona que lo contrató.

Faltaban más de cuatro horas para finalizar su jornada, los párpados empezaban a pesarle; dio la última calada a su cigarro, cuando el ruido de una puerta hizo que se levantara de la silla.

Giró la cabeza; el causante del portazo parecía una ventana situada al final del pasillo, aunque no notó en ningún momento ninguna corriente de aire.

Se levantó desganado y fue caminando por el angosto pasaje hasta llegar a donde estaba la ventana; se asomó por ella, la noche estaba tranquila y en el cielo se posaba una luna llena redonda, que le resultó gigante e inmensa; entonces escuchó algo, ese sonido le resultó extrañamente familiar, se giró y afinó el oído. Era un tintineo de algo, sonaba muy claro, pero no lograba descifrar qué podía ser, hasta que vio rodar hacia él la primera canica al principio del pasillo. Él no se movió, la miró y sintió un estremecimiento; de repente, una segunda canica, entonces los ojos se le abrieron como platos y quedó expectante a esperar a la tercera canica. Agudizó más el oído y escuchó el golpeteo de lo que supuestamente era la tercera canica contra la mesa. Al instante la vio aparecer con más fuerza que las anteriores, e iba directamente hacia él.

 

Un cuento de ciencia ficción

Un cuento de ciencia ficción

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—¿Mamá me cuentas un cuento?
—Ahora no puedo hijo; Robert se ha desconfigurado y tengo trabajo para toda la noche.
—Hala mamá, cuéntame un cuento.
—Hijo, te he dicho que tengo muchísimo trabajo y, hasta mañana a mediodía mínimo, Robert no estará operativo.
—¿Y Sonny?
—¿Sonny? Ja, ja, ya sabes que Sonny no está programada para ese tipo de trabajo.
—No quiero que Sonny me cuente un cuento, quiero que me lo cuentes tú; Sonny no me gusta. Hala mamá, venga mamá, que es solo un ratito, venga.
—Te voy a contar un cuento, pero prométeme que en cuanto termine te echarás a dormir.
—Claro mamá.
—Escucha bien lo que te digo hijo, esta historia es muy antigua, no has oído hablar nada parecido; me la contó mi abuelo cuando yo era muy pequeña, y a él se lo contó el suyo. Mi abuelo decía, que toda la historia era cierta, al contrario de mi abuela, que opinaba completamente diferente; ahora te la cuento hijo y escucha bien, que como te acabo de decir no has oído nada igual:
«Hace muchos años, este planeta era completamente diferente a como es ahora, no tiene nada que ver, hace mucho tiempo en este planeta existían los bosques»
—¿Y qué son los bosques mamá? Vaya palabra más rara.
«Esta historia cuenta, que los bosques eran unos parajes maravillosos, y que estaban repletos de árboles verdes y frondosos; también me dijo mi abuelo qué le dijo el suyo, que depende de la estación en la que se encontraban, del suelo nacían flores»
—¿Pero qué dices mamá? ¿Cómo qué las flores nacían del suelo? Pero si las flores salen en los laboratorios ¡Qué cosas te contaba tu abuelo!
«Y de los árboles salía comida para comer, que había árboles que daban fruta, como las naranjas, las cerezas, y que del suelo salían las patatas, los melones y las sandías»
—¿Eso te contaba tu abuelo? ¿Y te lo creías mamá? Pero si es ciencia ficción, no me puedo ni imaginar que las cerezas salieran de los árboles, y que hubiesen esas flores que dices, pero sigue mamá, que me encanta este cuento.
«También dice este cuento, que existía un sitio al que llamaban Polo Norte; era un lugar que estaba cubierto de hielo al que llamaban glaciares, y las temperaturas estaban tan bajas, que ese hielo no se derretía nunca; me dijo mi abuelo que ahí vivían unos animales que se llamaban osos polares, que eran tan blancos que se camuflaban entre el hielo».
—Jo, mamá, este cuento es el mejor que me has contado nunca, pero sigue que quiero saber cómo acaba.
«En los mares vivían los peces, animales acuáticos de todo tipo, desde los pececillos más minúsculos, hasta los peces más grandes, en el mar, había ballenas, tiburones, delfines y un sin fin de ellos, y en los ríos vivían las tortugas y los salmones»
—Qué cosas tenía tu abuelo mamá, no me puedo creer que los salmones vivieran en el río, ni que hubiera ballenas en el mar, si sólo tenemos un río y un mar, y es imposible meterse ahí, y ¿cómo iban a estar los peces viviendo ahí dentro?
«Recuerdo que mi abuelo me contaba, que podías salir a la calle sin la máscara, que del cielo venía un aire que te refrescaba la cara, y que los pulmones se llenaban de aire fresco con sólo aspirarlo, y que depende del sitio en el que vivieras, del cielo caía agua y lo llamaban lluvia, y que después de esa lluvia, el cielo se llenaba de colores y que lo llamaban arco iris»
—Mamá, quiero que sepas, que este cuento es el más bonito que he oído nunca, me encantaría vivir en ese lugar tan fantástico donde el cielo se llena de colores, donde los osos viven encima del hielo, y que de un árbol pueda coger una cereza; no me lo puedo creer.
—¿Y qué pasó al final mamá? ¿Qué pasó con los bosques? ¿Y con los árboles? ¿Y el Polo Norte? ¿Y las ballenas? ¿Qué te contó tu abuelo mamá? ¿Qué pasó con ese maravilloso mundo?
—Mamá, ¿y por qué a la calle salimos con careta? Me gustaría sentir ese aire fresco y que bajara agua del cielo y me mojara la cabeza.
—Mira hijo, mi abuelo me contó que eso existió de verdad, que su abuelo, llegó a sentir el aire en la cara alguna vez…
—Mamá sigue.
—Los bosques desaparecieron hijo, porque el hombre acabó con ellos.
—¿Cómo mamá?
—Les pegaban fuego hijo.
—¿Y con los animales que vivían en los mares y en el río? ¿Qué pasó con ellos mamá?
—Morían ahogados de basura que confundían con comida.
—¿Cómo mamá?
—El hombre hijo; él se deshacía de toda su basura tirándola a los mares y a los ríos.
—¿Y el polo norte? ¿Y los osos polares?
—El hielo desapareció y con él los osos.
—¿Pero cómo mamá? Si según me has contado eso era enorme ¿Cómo pudo desaparecer el polo norte, el hielo y los osos?
—El hombre hijo, el hombre con sus máquinas lo envenenó todo, la contaminación acabó con el mundo.
—Y el agua que caía del cielo y ¿el aire del que me hablas?
—Ya te lo he dicho, el hombre quería dominar el mundo y acabó con él.
—Mamá, una pregunta.
—Dime hijo.
—Si el hombre acabó con ese mundo fantástico de colores y de vida ¿Por qué nos enseñan en la escuela que tenemos que ser cómo él?
—Porque él es nuestro creador hijo mío.
—Pero mamá, yo no quiero ser como él; yo quiero saber más de todo ese mundo y quiero conocer a los pececillos que vivían en el mar.
—Mira hijo, este cuento me lo contó mi abuelo y a la vez se lo contó el suyo; es sólo un cuento hijo, nadie sabe si ese mundo de verdad existió o no.
—Seguro que sí mamá.
—Es un cuento cariño, ahora hay que descansar, venga que te voy a desconectar para que te reinicies y mañana estés al completo, pero antes dame un beso, hijo.

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