La chica de la curva

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GRACIAS A NUESTROS PATROCINADORES
“El inspector Tontinus y la nave alienígena”, de Avelina Chinchilla
“Botas de hule”, de Arturo Ortega
“Mar de sueños azules”, por Mar Maestro.

 

La noche era tan oscura que parecía que sólo existía la parte de mundo que alumbraban los faros de mi coche. Subía un puerto de montaña con interminables curvas e intensa lluvia. Era invierno y los árboles sin hojas emergían de las tinieblas a mi paso, como si pretendieran darme caza, pero quedaran paralizados al ser iluminados. En la radio sonaba un programa cutre de sucesos paranormales que incrementaba el mal rollo de mi situación. Giré el dial para cambiar de emisora y no encontré nada en todo el rango de frecuencias, ni siquiera la que estaba oyendo antes. Desvié la vista de la carretera para comprobar el dial y al levantarla de nuevo casi se me para el corazón al ver, en plena curva, a una chica haciendo autostop.
No podía dejarla ahí, estaba empapada y pálida.
—¿Dónde vas? —le pregunté recuperándome del susto.
—No encuentro mi casa —respondió con la voz más dulce que había oído jamás.
—Puedo ayudarte si quieres.
La invité a entrar. Retomé el camino de curvas. Vi que temblaba y subí la temperatura de la calefacción. Su piel parecía de porcelana. Sus ojos negros estaban llenos de tristeza. Seguía temblando. Su ropa fina y empapada mostraba más de su cuerpo que la propia desnudez, sentí vergüenza y evité volver a mirarla a pesar de ser el ser la mujer más bella que había tenido ocasión de contemplar.
—¡¡Frena —gritó aterrorizada —, esa es la curva en la que me maté!!
Frené sin pensar y cuando logré detener el coche, ella había desaparecido.

Es una leyenda contada miles de veces que siempre acaba ahí, pero no conmigo. Yo volví a buscarla; fantasma o viva, me había enamorado de ella.

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DESAFÍO MALDITO VIAJE MALDITO. Convocatoria y clasificación en tiempo real

El papá que salvó al planeta

El papá que salvó al planeta

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Tenía seis años y medio. Estaba con Rosita, la chica que me cuidaba, cuando llegaron mis padres. Por la forma como entraron en casa, noté que no venían muy contentos. Fueron directamente a su habitación y cerraron la puerta sin darme un beso ni decirme nada. Pensé que mi profe les habría contado que me habían castigado. Los oía hablar un poco fuerte, sin llegar a discutir como otras veces. Rosita entornó la puerta de mi cuarto para que no se les oyera tanto y propuso jugar con los He-Man y el castillo de Grayskull. Le hice caso pero no jugué a gusto porque pensaba que tarde o temprano vendrían a reñirme. Apareció mi madre con cara de haber llorado y le dijo a Rosita que podía irse. Le pagó y, cuando nos quedamos solos, se agachó, me dio un beso y me abrazó muy fuerte.

—Perdóname, mamá, no volveré a hacerlo —le supliqué apretando mi cabeza en su pecho.

—¿Qué tengo que perdonarte, cariño mío?
—Lo de que me han castigado en el cole —respondí llorando.
—No estamos enfadados, hijo mío —me besó la cabeza. —¡Si eres unangelito!
En ese momento llegó mi padre, se puso de rodillas y nos abrazó a los dos. Aunque me hacía un poco de daño y no sabía qué pensar, me sentí bien.

Pasaron los días. Mi madre cuidaba mucho de mi padre y no le reñía tanto por dejar la ropa sucia por el suelo o no ayudar a poner la mesa. Papá, a veces estaba contento, a veces triste y a veces muy enfurruñado, pero mamá nunca se enfadaba con él.

Normalmente me acostaba mi madre, pero una noche se empeñó en hacerlo mi padre:

—¿Quieres que te lea un cuento? —preguntó ilusionado.

—Vale —dije extrañado —, como quieras.
—¿Te apetece alguno en concreto?
—Sí —señalé uno. —Este que me regalaron por mi cumple. Leyó la portada sorprendido:

—¿El galáctico, pirático y alienígena viaje de mi Padre, de Neil Gai- man? Tiene buena pinta.

Recuerdo cuándo empezó a leer, pero luego me dormí.

La noche siguiente continuó donde lo había dejado, pero la tercera cerró el libro, tras leerme un par de líneas, y me dijo:

—Hijo, tengo que contarte una cosa —tomó aire, me arropó y me acarició el pelo. —Lo más seguro es que me vaya dentro de poco.

—¿A dónde?
—Muy lejos.
—Pero volverás.
Esta vez me acarició, tenía los ojos brillantes. —Me necesitan en un sitio.

—¡Pues que se busquen a otro! —grité incorporándome.

—Baja la voz, hijo, lo que te voy a contar es secreto —me acompañó con la mano para que me tumbara y tomó aire, de nuevo. —Tú sabes que papá es muy fuerte, ¿verdad?

—El más fuerte del mundo, claro —respondí convencido.
—He recibido una carta diciendo que me necesitan en el cielo y… —¿Vas a morirte? —grité.

—Espera, déjame acabar —hizo que me recostara otra vez—: la carta decía que los malos atacarán la Tierra y que por eso se necesita a los guerreros más fuertes del mundo.

—Por eso te llaman a ti, ¿no? —aventuré. —Claro.
—¿Y quién te llama?
—Pues Dios y los ángeles.

—¿Y quiénes son los malos?
—Pues el demonio y su ejército.
—¿Seguro que no me estás mintiendo, papi?
—Claro que no, hijo. ¿No te sientes orgulloso de que llamen a tu padre para salvar el mundo?
—Sí —me crucé de brazos bruscamente. —¡Pero no quiero que te vayas!
—Pero hijo, si no salvamos el planeta no quedará nada. Los malos lo destruirán todo, no habrá comida, no habrá sol y la gente morirá de hambre.

—Vale, pues vas y cuando hayas ganado, vuelves.
—No podré volver, hijo.
—¡Sí que volverás!
—No, porque al cielo no se puede subir con el cuerpo, hay que dejarlo en la tierra.
Lo abracé con todas mis fuerzas.
—No papi, ¡eso es morirse! ¡No quiero que te mueras!
—De verdad que no moriré. Tu papá va a defender a todos los habitantes del mundo y, sobre todo os defenderé a ti y a mamá. Y me darán una medalla que pondrá “El papá que salvó al planeta”.

—Pero no dejes tu cuerpo y así podrás volver.

—No puedo. Además, el cuerpo es lo de menos, lo importante —señaló su corazón— es el alma.

—¡Yo también quiero a tu cuerpo! —grité abrazándolo.

—Hijo, si no les ayudo, moriremos todos igualmente. Créeme. Mamá, tú, yo, los yayos, todas las personas y todos los animales; los gatitos, los perritos…

Sequé las lágrimas de mis mejillas.
—No es justo.
—¿Sabes qué haremos?
Negué sorbiéndome los mocos.
—Como aún falta un poco para que vaya, puedes ayudarme a entrenar y así, el mundo se habrá salvado gracias a ti también.
—Vale —me tumbé y dejé que mi padre me arropara. —¿Y cuándo te irás?
—Bueno, estas cosas nunca se saben. No me iré de golpe, será poco a poco. Verás que estaré cada vez más cansado y me dolerá un poco la espalda. Los médicos me mirarán para ver si estoy preparado y me inyectarán vitaminas para el alma cada semana.

—¿Podré acompañarte?
—¿A dónde?
—Al hospital, para ver cómo te ponen las vitaminas. —Claro, así podrás conocer a otros guerreros.

Pasaron los meses y mi padre no faltó a un solo entrenamiento. Cada día salíamos a correr al parque de los columpios, menos los días que le ponían las vitaminas pues él tenía que descansar para que no se le fueran por el sudor. Saltábamos moviendo los brazos arriba y abajo para que cuando le pusieran las alas supiera manejarlas. Los otros niños nos miraban y se reían, pero me daba igual porque mi padre iba a salvar el mundo y yo lo ayudaba. Practicábamos con mis espadas de plástico una hora al día.

Su pelo se volvió blanco y dejó de afeitarse porque las vitaminas podrían írsele si se cortaba con la maquinilla.

Un día lo acompañé a que se las pusieran y conocí a los otros guerreros que irían con él. No parecían muy fuertes, pero lo importante era el alma. Me dijeron que tenían muchas ganas de subir al cielo para que los malos no ganaran y que estaban muy contentos de que mi padre fuera su capitán, que era el mejor capitán posible y que con él ganarían la guerra seguro. Me sentía tan orgulloso que el corazón me latía a tope. Mi papá les respondía que con ellos no tenía miedo a nada porque eran los más fuertes del mundo, después de él, claro.

Un día volvíamos de entrenar y no fue capaz de meter la llave en la cerradura del portal. Supe que la hora estaba cerca. Pronto, mi padre salvaría al mundo.

—Papi, ¿practicamos un poco con las espadas?
Desde el sofá extendió la mano para que me acercara a él.
—¿Qué te parece si yo entreno sentado?
—No me convence, en el cielo no vas a luchar sentado.
—Es verdad, hijo.
Se levantó con gran esfuerzo y dolor y luchó conmigo un buen rato.

Entre estocadas le pregunté:
—Papi, ¿cómo sabré si habéis ganado los buenos?
Aprovechó para sentarse. Tardó un poco en recuperar el aliento y, encorvado, me respondió:

—Si al tercer día de haberme ido sale el sol, es que hemos ganado. —Vale papi. Creo que ya puedes descansar por hoy.
Puso los pies sobre la mesa, se acurrucó en el sofá y se durmió.
Los días que vinieron no fueron agradables y prefiero no contarlos, pues cuando el alma se va al cielo, el cuerpo hace y dice las cosas sin pensar.

Aunque sabía que mi padre era un héroe, lloré mucho cuando se fue definitivamente porque estaría mucho tiempo sin verle. Me hubiera gustado decir a todos que no lloraran porque en realidad no estaba muerto, pero papá me había dicho que no se lo dijera a nadie, no fuera a ser que los malos se enteraran. El cielo se nubló y llovió y tronó durante dos días. La batalla debió de ser increíble. La noche del segundo día no pude dormir. Me pasó por la cabeza que hubiera perdido la guerra si no salía el sol nunca más. Tardaba mucho en amanecer y no paraba de llover y de caer rayos por todo el cielo. ¿Y si las nubes no dejan salir el sol, será que hemos perdido? Tuve la sensación de que pasaban siglos y siglos sin que saliera el sol. Mirando por la ventana me dieron las dos, las tres, las cuatro, ¿por qué no sale el sol? pensé; las cinco ¿habremos perdido? Las seis, mi papá no puede perder pues hemos entrenado duro, y entonces apareció un rayito de sol entre los edificios que me calentó la cara. Los truenos cesaron y las nubes se fueron. Mi papá había ganado. Qué guay estará con la medalla.

Juanjo Ferrer

El señor conductor no se ríe

El señor conductor no se ríe

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Valentino era conductor de autobuses. Era un tipo serio. Siempre le cantaban “El señor conductor no se ríe” y aunque no se reía por fuera, siempre se reía por dentro, excepto aquel día.

Ese día su compañero se había puesto enfermo y le tocó a él llevar a una clase de EGB a una casa de colonias. Memorizó la ruta y se subió al autocar que le habían asignado y puesto a punto. Llegó puntual al colegio. Eran niñas y niños de ocho o nueve años: chiquitajos, grandullones, despistados o avispados. Todos sonrientes por la ilusión del viaje. Se alegraba cada vez que algún alumno le recordaba a alguno de sus nietos, pero como era un tipo serio, su sonrisa interior no solía salir al exterior.

De un vistazo vio que no iban a caber y así fue. Las profesoras decidieron que en varias plazas dobles irían tres, y que en la última fila, que era de cinco, podían sentarse siete (eran los años 80). Usaron el asiento del copiloto como castigo para un chaval que debía estar tocando las narices muy por encima de la media: era bastante normal. La algarabía inicial fue disminuyendo a medida que se alejaban del colegio, pero sin llegar a desaparecer.

Al salir de la ciudad, muchos ya se habían percatado de que el conductor era un tipo muy serio y consideraron que era imprescindible cantarle la canción:

«El señor conductor no se ríe, no se ríe».

Esa era la letra íntegra de la canción. Las profesoras, sin excesivo ímpetu, pedían a la chavalería que no la cantaran. Por supuesto, la cantaron hasta que se cansaron.

—¿Estás enfadado? — Le preguntó el chaval que estaba castigado a su lado.

—Claro que no, hijo. —Respondió Valentino— ¿Parezco enfadado?

—Sí, tienes cara de enfadado todo el rato.

Valentino, sin apartar la vista de la carretera y con cierto esfuerzo, esbozó media sonrisa para que el niño no le tuviera miedo.

Ya andaban subiendo una pendiente muy pronunciada y sinuosa. El cuentarrevoluciones bailando en la parte alta y el uso repetido de la palanca de cambio daban buena cuenta de ello. Hacía mucho calor y eran muchos kilómetros de ascenso.

—¿Cuál es la velocidad super máxima de este autobús? —Le interrogó el chaval.

—Noventa o cien. —Contestó bajando de marcha para encarar la bajada del puerto.

—¡Fua, qué poco! —Exclamó, decepcionado el chaval.

—Bueno, no hace falta más. —dijo Valentino al tiempo que pisaba suavemente el pedal del freno.

Llegaron a un tramo muy largo de descenso.

Se le heló la espalda y la frente al notar que los frenos no respondían en pleno descenso del puerto. Ni pisando a fondo hacían el más mínimo amago de contener esa mole llena de niños. Imploró a Dios que fuera una pesadilla.

—¡Mi padre tiene un coche que puede ir por todas partes! —Gritó orgulloso el chaval— ¡Hasta por un volcán!

Cuando aceptó que no era una pesadilla embragó para reducir de marcha. Era tan grande la pendiente que antes de que entrara la marcha, el bus ganó velocidad. Por suerte, la marcha entró y retuvo algo el vehículo.

—Vuelves a estar serio. —Indicó el chiquillo.

Intentó reducir otra velocidad, pero no entraba de ninguna manera y estaban ganando velocidad por tener pisado el embrague. Además, si acababa rompiendo la caja de cambios por forzarla, el coche quedaría sin tracción y volcarían en la primera curva, que llegaba ya.

Los del fondo empezaron a cantar otra vez “El señor conductor no se ríe” y pronto se contagió a todos los demás.

Se acercaba la curva. Si la superaba, llegaba un tramo de menos pendiente en el que podría reducir. «¡No puedo no superarla, Dios mío, que llevo a sesenta chiquillos!»

—¡La superaremos! —dijo el niño.

—¿Qué has dicho?—aquella pregunta le sorprendió e hizo que se diera cuenta de que el niño le estaba hablando.

—¡Que vamos a superar la velocidad super máxima!

Cuando volvió a concentrarse en la maniobra ya estaba en plena curva, las ruedas chirriaron y la fuerza centrífuga empujó a todos hacia el lado contrario de la curva. Lejos de asustarse, les resultó gracioso inclinarse todos al tiempo. Tras varias carcajadas, siguieron cantando la canción más fuerte todavía.

Superaron la curva. Pisó el embrague y empujó con fuerza la palanca. La caja de cambios rascó tanto que las profesoras se asustaron. Por suerte, la marcha entró sin romperse. No fue suficiente para detener el bus y quedaba aún mucho tramo de descenso.

Aunque iba a entrar en la siguiente curva con algo menos de velocidad, tuvo que controlar el terror que sintió al ver que había un cortado en su exterior. «Dios mío, llévame a mí, pero deja a los chiquillos».

—¿Qué es mejor, un autobús o un coche? —le preguntó el niño, mientras todos cantaban.

Intentó bajar otra marcha para entrar a menos velocidad en la curva, pero no pudo, así que se abrió todo lo que pudo para encararla bien.

—Mi padre dice que ninguno es mejor que otro, que cada uno hace su función. —Se respondió el chico— ¿Qué quiere decir eso, Valentino?

Al oír su nombre se dio cuenta de que el chiquillo seguía hablándole y quiso responderle para que no se asustara. Cuando abrió la boca para contestar, entró fuerte en la curva y todo el niñerío se inclinó al lado contrario. Volvió a resultarles gracioso y cantaron más fuerte y más rápido. Curva superada. Al salir de ella redujo otra marcha provocando otro gran estruendo en la caja de cambios.

—¿Te han multado por correr alguna vez? —Preguntó el niño.

Cada vez cantaban más fuerte “el señor conductor no se ríe” y el autobús ganaba velocidad al entrar en un tramo con más pendiente que el anterior. El motor rugía al intentar retener el descenso y la aguja bailaba en la parte roja del cuentarrevoluciones. Llegaban al siguiente giro. Era demasiado cerrado para la velocidad que llevaban, iban a volcar.

—Si te ponen una multa, me avisas, que mi padre es juez.

No serviría de nada avisar del inminente vuelco a los pasajeros porque no había cinturones de seguridad y sólo serviría para hacerles sufrir. Valentino sintió tristeza por los chiquillos y sus familias, y se acordó de la suya propia.

—¡Otra vez estás serio!

Veía cómo se acercaba la curva fatal.

«Dios mío, que no sufran».

—¡Cómo puedes estar enfadado si te ha elegido para conducir un autobús tan chuli!

Las palabras del chiquillo le infundieron coraje y empleó todos sus sentidos para colocar el bus en la posición que tuviera menos probabilidades de volcar y caer al vacío.

—¡Será que confían en ti!

Valentino miró al niño, esbozó media sonrisa, volvió la vista a la carretera y giró el volante los grados precisos. Ni uno más ni uno menos. Las ruedas exteriores chirriaron como cien caballos relinchando al tiempo y la interiores se levantaron medio metro del suelo. Se hizo el silencio. El gigante autobús se debatió, durante unos segundo eternos, entre volcar o vivir.

Las ruedas volvieron a tocar el suelo dando un golpe tremendo. Todos se asustaron y muchos lloraron. Las profesoras se habían quedado pálidas. Aprovechó, Valentino, la salida de la curva para reducir. La pendiente ya no era tan pronunciada y combinando la palanca de cambio y el freno de mano, logró detener el autobús por completo. Lo había logrado.

«Gracias, Dios mío».

Cuando fue a ver si el chaval estaba asustado, no lo vio. Lo buscó por todo el bus y no lo encontró. Las profesoras, extrañadas, le dijeron que no habían sentado a nadie en el sitio del copiloto. Le dieron las gracias por su proeza y los niños le cantaron “el señor conductor no se ríe”.

 

Juanjo Ferrer Arizón

El visitante

El visitante

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—Había salido por la noche. Era mediodía y todavía estaba en la cama. No tenía ganas de levantarme. Estaba resacoso. Pretendía dormir más porque me conozco y si no duermo la mona como es debido, me encuentro mal dos días seguidos. Pero los maleducados de los vecinos se habían propuesto joderme el descanso dando golpes y rascando la pared o yo qué sé qué narices hacían. Me hartaron y me levanté para hacerme un Colacao y fumarme un peta. Eso no es delito, ¿verdad, agente?

—Continúe.

—Pues cuando me tomé el Colacao (que siempre me sienta mal cuando me lo meto de golpe) y me encendí el petardo, me di cuenta de que los ruidos de los vecinos no eran de los vecinos. Aunque eso no quita que no sean imbéciles. El ruido venía del rellano. Estaban dando golpes en mi puerta.

—¿A qué hora aproximadamente?

—La una y pico o las dos, no estoy seguro. Lo primero que pensé es que serían unos niñatos. Hay unos chavales en el bloque que siempre están tocando las pelotas. Yo paso de tener movidas con los vecinos y decidí esperar un rato para ver si se largaban antes de tener que decirles algo. Me acabé el macaflay y como estaba de buen rollito, decidí salir para decirles que se fueran a tomar por culo. Los golpes y las rascadas eran cada vez más fuertes. Miré por la mirilla y no eran los críos del quinto. Era un anciano con muy mala cara. Igual no era tan anciano; era un hombre mayor, eso seguro. Muy delgado, medio calvo, con la piel de un color extraño, amarillento con manchas rosadas. Parecía que estaba ido o algo así. Intenté no hacer ruido para que no se diera cuenta de que estaba en casa. Siento decir esto, pero si tenía Alzheimer o una movida de esas, pasaba de tener que llamar a una ambulancia o llevarlo a algún sitio. Ya sé que eso es de cabrón, pero estamos en un bloque lleno de gente, no era abandonarlo.

—¿Puede ir un poco más al grano, por favor?

—Pues eso, que intenté pasar de él y me fui al salón. El asunto me puso un poco nervioso y me fumé otro. El colega seguía ahí. No sé qué tendría conmigo. Me empecé a comer la olla y se me pasó por a la cabeza una idea muy chunga.

—¿Qué idea era esa?

—Que era un zombi. Pero no estoy loco y me negaba a creerlo.

—Creyó que era un muerto viviente.

—No es lo mismo, joder. Todos los zombis son muertos vivientes, pero no todos los muertos vivientes son zombis. ¿Me entiende, agente? Un vampiro es un muerto viviente, pero no un zombi.

—Continúe, por favor.

—Pero que ya le he dicho que no me lo podía creer y decidí abrir la puerta para decirle que se largara porque me estaba volviendo loco. Por si acaso, fui a la caja de herramientas y me metí un martillo en el batín. Me acerqué a la puerta en silencio y sin hacer ruido, puse la cadenita para sentirme seguro. Abrí la puerta despacio todo lo que daba la cadena. El colega apestaba a choto descompuesto. Seguía mirando a la puerta sin fijarse en mí hasta que le dije en voz baja «Oiga, señor…» me miró con cara de mala hostia y se lanzó hacia mí gritando con la boca abierta. No me dio tiempo a cerrar la puerta y el hijoputa me agarró el batín con una fuerza terrible. Me lo quité como pude y se lo quedó al tiempo que se puso a envestir la puerta. Intenté empujar para cerrarla pero no pude. Enseguida vi que la cadena no iba a aguantar y decidí darle un martillazo para reventarle la cabeza porque así es como se mata a los zombis. Pero, como ya le he dicho, agente, el martillo estaba en el batín y el batín lo tenía el zombi. Se le veía cada vez más loco, empujaba la puerta, gritaba, le daba cabezazos y la mordía. Incluso vi como se le caían un par de dientes entre babas y sangre. No me dio tiempo ni a pensar dónde esconderme cuando la cadenita se rompió. Por suerte, al abrirse la puerta de golpe, el zombi se cayó de morros por el impulso y me dio tiempo a correr hasta la cocina. Cerré la puerta, apoyé la espalda con fuerza contra ella y recé para que no me hubiera visto entrar. Se le oía gritar por el pasillo cada vez más fuerte; se estaba acercando. Dejé de oírlo, pero yo no dejé de sujetar la puerta con fuerza. Debió pasar una hora hasta que decidí coger una sartén de las que pesan y abrir la puerta muy poco a poco. Sólo con abrirla un par de dedos, vi que estaba ahí mismo mirándome. Se abalanzó con la misma fuerza que la primera vez y nos fuimos al suelo. No me dio tiempo a arrearle con la sartén, pero por suerte, pude ponerla entre su boca y mi cara. No se puede usted imaginar la dentera que daba oír los dientes de ese zombi rascando el culo de la sartén intentando morderme. ¡Y qué olor, por favor! Me lo quité de encima como pude y durante el tiempo que tardó en darse cuenta de que yo ya no estaba detrás de la sartén, cogí el martillo del batín que aún estaba agarrando y sin pensarlo, le di un martillazo en la cabeza. Se puso a gritar y a convulsionar y le di otro. No se moría y le di alguno más.

—¿Cuántos le diste?

—Yo creo que más de cien. Fallé unos cuantos porque se movía mucho, pero vamos, que no paré hasta dejarle la cabeza como una compota de fresas.

—No hace falta que lo jure. ¿Qué hizo después?

—Lo saqué de casa. No me compliqué y lo dejé en el rellano. Cerré bien y puse muebles pesados delante de la puerta. Me vestí, busqué por casa todo lo que pudiera servir de arma, conté provisiones, llené la bañera de agua para cuando hubiera escasez y me preparé para la plaga.

—¿Qué plaga?

—La plaga de zombis, joder. Esperé a que llegaran las hordas de podridos, se cortaran las comunicaciones, los suministros y todo eso. Al cabo de un rato se me ocurrió llamar a mi madre para ver si había logrado ponerse a salvo y es cuando me empecé a mosquear. Luego, os pusisteis a aporrear la puerta y aquí estamos: creía que veníais a salvarme y resulta que veníais a detenerme por presunto asesinato.

—Exacto. ¿Le importaría firmar la declaración?

—Claro, cómo no.

¿FIN?

 

Juanjo Ferrer

Alonso Aparicio, Cazafantasmas. Caso 1

Alonso Aparicio, Cazafantasmas. Caso 1

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El Cazafantasmas: Caso primero

ALONSO APARICIO

CAZAFANTASMAS A DOMICILIO

¡Hago desaparecer apariciones!

Tlf: XXX-XXX-XXX

Mail: xxx@xxx.com

Eso es lo que mis clientes podían leer en mi primera tarjeta de visita. Lo sé, era muy cutre, aunque no me avergüenzo; no tenía ni un duro y lo poco que tenía me lo gastaba en drogas. Así que, aún me quedó demasiado bien.

Quisiera advertir, antes de empezar, que mi apellido no es nombre artístico ni leches de esas. Es tan casual como un dentista que tuve que se apellidaba “de la Muela”, pero no cambiemos de tema.

Os contaré mi primer caso real, que no da miedo ni espectáculo, pero es el primero y se merece todos mis respetos.

Desde que empecé a publicitarme por internet me habían llamado dos zumbadas, un grillado y un pervertido. Los tres primeros creían tener fantasmas o alguna movida chunga vagando por sus casas. No fue así: lo tenían en sus cabezas, no en sus casas. El cuarto, bueno, mejor no hablar de él. ¡Qué asco!

Llegué a casa de la pareja que había requerido mis nobles servicios (no recuerdo como se llamaban, lo puedo buscar). Era un cuchitril de piso por el que acababan de hipotecarse de por vida. Noté mal rollito en el aire nada más entrar. Les pedí sesenta eurazos por adelantado, por si las moscas.

Como en mis inicios era bastante bocazas, daba explicaciones de todo:

—¿Ha interactuado con vosotros de alguna forma, en plan, entablar algún tipo de comunicación, contacto físico, movimiento de objetos o movidas de esas?

—¿A qué tipo de movidas te refieres?—. Dijo la chica, agarrada al brazo de su novio (diría que rondaban los treinta años, como mucho; un poco más jóvenes que yo, no mucho).

—Voces, sentirse observado en la oscuridad, dibujos en las paredes… Todo eso.

—Por ahora no, joder—. Respondió ella apresurada.

—Vale, eso es bueno. Hay dos grandes tipos de entes: los neutros y los otros. Los neutros son almas que han quedado atrapadas entre dimensiones y lo que quieren es largarse. No persiguen a la gente. Solamente hay que resolver lo que tengan pendiente o vengarse del hijoputa que se los ha cargado o cosas así.

—¿Y los otros?—Preguntó la chica, agarrando todavía más fuerte a su compañero.

—Los otros son el demoño (no es una falta de ortografía, es que me da miedo escribir su nombre correctamente. A ellos les dije “demoño” bien dicho). ¿Estáis seguros de que no ha interactuado con vosotros?

—A ver—, el chaval dudó—yo creo que no. Si nos dejas, te explicamos.

—Vale, porque si no, me largo cagando leches, ya os lo digo de entrada. A no ser que me paguéis mucha pasta. En ese caso, me trago el miedo y lo que haga falta. Jeje.

—Vemos a alguien a través del cristal—Interrumpió la señora.

—Vaya, ¿os habla u os mira?

—No—. Respondió ella mientras su novio callaba.

—Uf, menos mal. Casi salgo pitando. Vamos a un espejo.

—No ocurre en espejos—, me interrumpió él —ocurre en botellas. Al principio, no sé cómo explicarlo—. Discurrió un rato. —Al principio sólo veíamos algo raro en las botellas, pero no prestábamos atención. Una botella no deja ver claramente las cosas. Entiendes, ¿no?

—Claro, es bastante típico—. Dije sin tener ni idea.

—Un día—, explicó el marido— me fijé en una botella porque algo se movía reflejado en ella, sin que en el salón hubiera nada que se estuviera moviendo.Y la vi.

—¿Puedo decirlo, cariño?—. Interrumpió su mujer.

—¿El qué?

—Lo de que te cagaste.

—Joder, cariño, ¿era necesario?

Interrumpí:

—Eso no es asunto mío, es una reacción fisiológica normal—Dije riéndome por dentro.

—Continúo—. Zanjó el marido.—A través de la botella, se veía cómo si delante de mí hubiera una mujer pálida con unas ojeras muy marcadas. Hacía mucho que no me fumaba ningún canuto. Lo juro.

—¿Te queda maría?

—¿Perdón?—se extrañó la chica.

—Nada, déjalo. Sigue contando. ¿Qué hacía esa mujer?

—Movía la boca sin parar.

—¡Joder, te hablaba!—Interrumpí.

—No, no me miraba a mí.

—Bueno. Sigue. ¿Por qué no prendiste fuego a la casa y saliste zumbando?

Se mostraron sorprendidos y tuve que aclararlo:

—Era coña, habéis hecho bien en no quemar la casa—No era broma en absoluto.

La chica vio que nos estábamos enrollando demasiado y habló:

—Desde entonces, la estuvimos viendo reflejada o a través de las botellas de cristal de la casa y lo peor es que también vemos a un niño de unos seis o siete años con el mismo aspecto. Y no, no nos vamos porque no conseguimos vender el piso ni por la mitad de lo que nos costó.

El marido callaba.

—Lo entiendo—, dije —además, no mola dejar el marrón al siguiente, ¿verdad?—. Eché un vistazo alrededor para hacerme el interesante—. Por suerte para vosotros, el ente en cuestión es de la casa, no vuestro—. Di una palmada y me froté las manos—Bueno, si me dais una botella para ver cómo está el tema…

—No tenemos—. Me dijeron al tiempo.

—Lo entiendo—. Me froté la barba, pensativo— ¿Podría ir uno de vosotros a por una cerveza al bar de abajo?

—Se ve mejor en las botellas sin color, como las de agua o fanta—. Me dijo, el tío.

—De cerveza, por favor—Le contesté muy serio—Muy fría, a poder ser.

Bajó el chico y me quedé a solas con la chica. Uno en frente del otro. No nos dirigimos la palabra en todo el rato. Lo primero que pensé es que la titi no estaba nada mal. Luego, como el silencio era demasiado incómodo, me puse a examinar la casa haciendo ver que buscaba posibles pistas, aunque por dentro pensaba en que, por fin, mis zapatillas Nike Jordan blancas ya no estaban tan blancas y que eso les daba un toque guay. Volví a pensar en que la tía estaba bastante buena para ir en chandal y me pregunté si iría así a la calle o si era de “ir por casa”.

Por fin llegó el novio. Llevaba la botella envuelta en un papel de periódico porque le daba miedo mirarla. Antes de mirarla yo también, le pedí un abrebotellas y me la bebí de una tacada bajo la atenta mirada de la pareja.

Puse la botella entre la lámpara de techo y mi vista y no vi nada. No vi nada hasta que bajé la botella hasta mi altura y me encontré con el fantasma justo delante de mí. Creo que me dio un microinfarto cerebral del susto que me dio. Se me puso el vello de punta. Era tal y como la habían descrito. Parecía que hablaba a alguien. Me mantuve rato observando, mucho más de lo que ellos habían aguantado y vi que la mujer se echaba los brazos a la cabeza para protegerse de algo. Luego, volvía a hablar. Busqué al niño que habían dicho que también aparecía y lo vi inmóvil entre ellos dos. Me acojoné un poco porque tuve la sensación de que me miraba, pero no fue así. Preferí no decirles nada.

Ya era bastante curioso que se manifestara a través de una botella y más curioso fue observar que según cómo se colocara la botella, se les podía ver desde diferentes perspectivas (años después utilizaría este fenómeno para explicar la multidimensionalidad de los fantasmas en una conferencia).

Volví a dar una palmada y a frotarme las manos antes de decir:

—Bueno, si me dejáis un rato solo, me comunicaré con ellos a ver qué podemos hacer.

—¿Pero no has dicho que si se comunicaban con nosotros es que eran el demoño?—El colega se hizo el listo.

—El problema viene cuando son capaces de interactuar de una dimensión a otra. Lo que yo hago es colarme en la suya y hablar cara a cara—. Contesté.

—¿Y se puede saber cómo piensas hacer eso?—Preguntó la chica, algo indignada por lo rocambolesco del asunto.

—¡Yo no desvelo mis secretos!—Dije—Preguntadle a un cerrajero cómo hace para abrir las puertas, a ver a dónde os manda—. Me senté en su sofá para ver si era cómodo—. Id al cine a merendar palomitas y volved dentro de cuatro horas como mínimo.

Me hicieron caso. La verdad es que yo no confiaría mi casa a una persona como yo, pero supongo que el miedo y la necesidad te obliga a aceptar cualquier estupidez que se te proponga.

Cuando se fueron saqué de mi mochila algo que no pienso decir qué era porque ni desvelo mis secretos ni pretendo crear nuevos yonkis. Hice que aquella sustancia llegara a mi cerebro y me coloqué dulcemente…

…en plena oscuridad sin apagar las luces te transformas en cosa. Tus músculos se independizan y sus células hacen lo mismo. Te desfiguras, pero te expandes y estás allí y aquí, tumbado, pero de pie…

La vi sin necesidad de botella. Era todo tristeza sin rencor.

—¿Sabes que has muerto?—Le pregunté.

—Sé que mi cuerpo ha muerto—. Contestó.

—¿Quién os ha matado?

—Me mató aquel que juró amarme.

—¿Cómo os mató?

—Me mató golpeando cuarenta y tres veces mi cabeza con una botella de cristal.

—¿Por qué seguís aquí?

—Sigo aquí porque tengo miedo.

—¿A qué temes?

—Temo al que juró amarme. Temo que haga sufrir a mi hijo. Me iré cuando él se vaya.

—¿Quieres que tu marido muera?

—Morirá.

—¿Deseas que muera pronto?

No contestó a esa pregunta porque los fantasmas tienen una percepción del tiempo muy diferente a la de los vivos. Antes de formularle una última pregunta miré hacia mi propio cuerpo, que yacía en el sofá de mis clientes, para comprobar si había preparado en mi mano derecha la sustancia antagónica a la que me había metido.

—¿Tu hijo está vivo?—Miré con detenimiento a mi alrededor y el niño no estaba.

—Sí.

Volví a mi cuerpo, recuperé mis extremidades y me inyecté la sustancia para volver. Salí de la casa dando tumbos y me alejé todo lo que pude de allí. El tío no me lo había contado todo. Aquel niño que veían por la casa había interactuado con él de alguna manera, estaba seguro. No era un neutro, además, les estaba siguiendo y ahora sabía de mi existencia. —¡Puto mentiroso!—Me subí en la moto medio drogado y me largué de allí pitando.

Pasado un tiempo, me apiadé de la mujer fantasma. Dos semanas después fui a pillar aquella sustancia a un sucio edificio abandonado lleno de yonkis apestosos y me la metí allí mismo, tumbado en un colchón que vete tú a saber para qué lo habían estado usando. Abandoné mi cuerpo y en un instante llegué a la celda de una prisión a más de quinientos kilómetros de mí, donde estaba el  asesino de aquella pobre mujer. Estaba cagando sin ningún resentimiento. Vi el interior de su alma y tuve claro lo que debía hacer. Agarré su corazón y lo detuve. Volví a mi cuerpo y disfruté de mi colocón.

Durante mucho tiempo me he preguntado si no sería, yo, el demoño, puesto que, en forma de fantasma, puedo interactuar con las personas y sus vidas. Contesté a esa pregunta en mi último caso.

El asunto de aquel extraño niño que seguía a la pareja me estuvo jodiendo la vida hasta que se resolvió en mi caso número treinta y tres.

Continuará.

Juanjo Ferrer.

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