Negro el 35

Negro el 35

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Si hay algo por lo que abandonaba el encanto de una mujer, era sin lugar a duda una noche de timba. No había viernes, ni sábado, ni domingo que yo no me ponía mi traje azul, mi corbata menemista y me iba a arrojarle unos mangos a la suerte. A decir verdad, muchas veces no fueron solo unos mangos, varias veces fue mi sueldo completo y tuve que poner mi mejor cara de circunstancia para que algún amigo benefactor me hiciera la gamba para llegar a fin de mes.

Todo era normal en mi rutinaria vida, hasta que conocí a Graciela. Como todos saben, las mujeres quieren cambiarlo todo, hasta algunos como yo que a los supuestos vicios los vemos como virtudes. Graciela me conoció como lo que denominan un ludópata. Era un enfermo para ella y para la sociedad, era alguien con la valentía de vender su alma atrás de la bolita saltarina de una ruleta.

Así fue como antes de casarnos ella me mandó a “Jugadores Anónimos” para que me rehabilitaran y tras cartón lleno me consiguió un empleo formal en el laboratorio que dirigía su padre. Yo era muy bueno para aprender, así que no me costó mucho llegar a ser la mano derecha del viejo.

Hacía diez años que no pisaba un casino, solo y muy de vez en cuando, me jugaba unos numeritos a la quiniela, cuando por casualidad soñaba con alguna de esas cosas que uno no puede esquivar. Ya no iba más a las reuniones del grupo de ayuda a los jugadores compulsivos, ya me sentía seguro de no caer en ninguna tentación. Tuvimos un hijo y él me hizo responsable. Había sanado, había sentado cabeza.

Al viejo lo habían invitado a una convención de laboratorios y para colmo de males se dio cuenta que no tenía actualizada la visa, por tal motivo lego su lugar y representatividad de la firma a su hijo postizo, o sea yo. ¿Y dónde se les había ocurrido a estos gringos a hacer el evento? En el paraíso de los timberos: Las Vegas.

—¡Ojito con lo que hacés! —Me sermoneaba mi mujer, mientras preparaba las valijas.

—¡Tranquila! Me voy a portar bien… ya estoy recuperado. —Le respondí tratando de comprometerme desde ese mismo instante a no hacer ninguna locura.

—Traéme las cremas para el cutis, también tráele un whisky a papá, ¡Ahhhh! ¡Y acordate de traerle un regalito a Francisquito! Te vamos a extrañar mucho. —fue la última recomendación que me hizo Graciela, justo antes de que llegara el remis que me llevara al aeropuerto.

Puse mi corbata amarilla de seda y mi saco bien acomodado para que no se arruguen en el viaje y ahí empezó mi fantástico periplo.

Siempre digo que la vida es un juego al que se le perdió el manual de instrucciones, ya que desde el momento en que subí al avión en Ezeiza hasta que aterrizamos, no paré un minuto de pensar en las tentaciones que debía superar.

La primera señal fue cuando acomodé mis cosas en el portaequipaje y veo el número de mi asiento, treintaicinco ventanilla. Eso era lo que marcaba mi ticket.

En ese momento no le di importancia, cualquier número podría haberme tocado y más cuando viajas como turista. Al llegar al aeropuerto de Las Vegas, me subo al micro que me llevaba al hotel Bellagio, donde se haría el encuentro empresarial, y puedo advertir que los últimos dos dígitos de su chapa patente formaban el treintaicinco. El negro que manejaba me baja las valijas, le doy un dólar de propina y voy derechito a hacer el check-in. Entro por las enormes puertas giratorias y me encuentro en cuerpo y alma en el portal del infierno. Miles de maquinitas tragamonedas, ruletas, mesas de punto y banca y todo tipo de juego que ya había extirpado de mi vida por completo.

Con mi Tarzanico English, me acercó al Front Desk y le digo a la tipa que ahí atendía:

—I have a reservation here. — (tengo una reserva acá) le dije sin ponerme colorado.

Y la señora muy amablemente, después de pedirme el pasaporte y mi tarjeta de crédito, me indicó que mi habitación era la 1135.

Me fui al cuarto, acomodé la ropa, colgué en una percha mi saco sport y mi corbata amarilla de seda y me fui a dar una ducha. Estaba rendido.

Yo tenía claro, a pesar de tener toda esa incitación al alcance de mi mano y que no habría nadie que pudiera verme para contarle a mi esposa o a mi suegrito, yo debía ser responsable y portarme como un duque. Esta era la prueba de fuego, una prueba contundente e inevitable, debía ver que tan potente era mi fuerza de voluntad.

Las presentaciones empezaban al día siguiente, así que después de una buena siesta me tomé un tiempo para conocer la ciudad del pecado.

Después de recorrer Las Vegas Boulevard, volví al hotel y me metí en un restorán argentino, para comer un buen bife de chorizo. Yo con las comidas Yanquis no la voy. Cuando vi los precios me di cuenta de que estaban un tanto excedidos del presupuesto que me habían asignado para mis gastos de viáticos. Después del cafecito, ya que no me dio para postre, me permití dar una vuelta por las callecitas alfombradas del casino.  No era para acercarme al fuego de la tentación, ni para probar mi vulnerabilidad, era simplemente por curiosidad de ver cómo la gente dejaba lo que no tenía atrás de sus apuestas. En eso me acerco a una mesa donde había un chino que hacía de croupier. Miré la pantalla donde iban apareciendo los números que iban saliendo y quise tratar de entender si tenían alguna lógica. Si predominaban los rojos, o los negros, o si la tendencia era por la primera, o la tercera docena. La gente que jugaba se agolpaba con sus montañas de fichas de colores para poder hacer sus posturas. Miraba sus caras estoicamente y me sentía identificado con la emoción de esperar que la bolita se digne a caer después del repiqueteo en ese casillero que tanto deseaban. Se me acercó una chica con una pollerita insignificante y me ofreció un trago que llevaba en una bandeja, le dije como pude que no quería. En realidad quería, pero no tenía guita, la minita insistió diciéndome que era Free, así que me agarré un vaso e hice fondo blanco casi sin pestañear. En eso el chino me mira como si me conociera de toda la vida y me dice algo que apenas entendí, pero que le asentí con la cabeza para no parecer un caído del catre. Los jugadores ponían montañas de fichas y a mí me empezó un hormigueo en las manos. Al principio pensé que me había caído mal el trago que me había dado la minita, pero se me paso de pronto, cuando vi que la bolita aterrizaba en el treintaicinco y un chavón se cargó con una tonelada de fichas de las más grandes. Ese fue el instante en el que me pregunté “¿Que estás haciendo acá?”. Y me hice un juramento, seguramente el diablo debe estar dando vueltas por aquí y quiere que salga corriendo a volver a las andadas por un numerito ridículo que acababa de salir. Por eso, como soy muy cabalero a pesar de haber abandonado mi esencia, me planteé el siguiente condicional “Si por casualidad la próxima cantada del chino es Negro el 35 subo a la habitación, busco unos dólares y me tiro unas fichitas, total… quien se va a enterar y yo conozco mis límites, yo sé muy bien cómo controlarme.”

Dicho y hecho, el chino me miró, sonrió y pude ver su diente de oro que brillaba en medio de su bocaza. Dirijo mis ojos hacia la ruleta que dejaba de tintinear y la bolita estaba ahí… quietita… como si yo mismo la hubiese puesto con la mano, era indiscutible, era una señal. Ahora mis manos no solo me picaban, sino que también me transpiraban. Salí corriendo al ascensor subí al piso once y fui a buscar plata para despuntar el vicio… pero solo un poco, esa era la condición. Me puse el saco, la corbata amarilla y me fui a lavar la cara y a peinarme.

Frente al espejo de baño me dije “Vos podés, tranquilo, no estás haciendo nada malo” y esa frase fue como una autorización que me daba para poder gozar al menos por un rato de lo que tanto me gustaba: “el escolazo”.

A los empujones me acomodé entre los jugadores, a mi izquierda tenía a una rubia tetona y a mi derecha un mexicano que parecía un capo narco. Le tiré cinco billetes verdes al chino y me preguntó algo, que no entendí pero esta vez también le asentí para no parecer un boludo y como respuesta me dio una montaña de fichas. Miré la pantalla y pude ver con desaliento que el 35 había salido dos veces más en mi ausencia. No me importaba, yo sabía que había recibido una señal divina, o del más allá, o de mi viejo que Dios lo tenga en la gloria, pero era una señal y debía obligatoriamente jugar al negro el treintaicinco. La adrenalina corría por mis venas a borbotones. Respiré hondo, y empecé a jugarle al mágico número y lo coroné a todos los números aledaños con toda la energía positiva que podía entregar en esa primera jugada. El chino me mira, me guiña un ojo y sabía que mi suerte estaba echada en esa bola que empezaba a rodar velozmente por los bordes de la ruleta. Veo que la bolita va directo a mi número entra en el casillero y vuelve a saltar saliendo el 12 colorado. La rubia de al lado empezó a pegar saltitos y a rebolear las tetas ya que había jugado al rojo un montón de fichas. El chino barrió todas las fichas que habíamos jugado y le pagó a la rubia. Pensé en abandonar ahí e irme a dormir, pero algo me decía que debía insistir y que la suerte iba a estar de mi lado, así que dupliqué la jugada que había hecho, obviamente enfocándome en el negro 35. El chino me mira, me vuelve a guiñar el ojo, y arroja la pelotita con fuerza en la ruleta. La pelotita gira y gira por el plato y esta vez veo que vuelve a ir directo al 35, hace un par de repiqueteos, entra en el casillero de mi número, rebota y salta al colorado 3. En ese momento no sabía si lo mío era mala suerte o mala puntería. El mexicano narco se ganó una carretilla de fichas y la rubia, que insistía con el colorado había duplicado su ganancia. Y así fue como mano tras mano fui perdiendo todas mis fichas. Llegué a tener palpitaciones. Tenía las manos temblorosas, pensé que me iba a dar un ataque al corazón. No me quedaba ninguna ficha y me puse la mando en el bolsillo y le mostré al chino mi tarjeta de crédito. Esta vez el chino asintió y ese fue el fin. Jugué, jugué y re-jugué sin asco al 35 y a sus compañeros de paño hasta que indicaron del banco que mi tarjeta había llegado a su límite. El chino me revoleó el plástico y yo lo reputié en mi mejor argento. Estaba desesperado, Graciela sin duda se enteraría al otro día, al querer ir a comprar alguna pavada al supermercado, que yo había reventado la tarjeta. Volví arrastrando mis pies, pensando que iba a ser de mi vida a partir de ese momento, que sería de mi empleo, de mi hijo y de mi matrimonio.

Me quedé los tres días que duraba la convención encerrado en la habitación. No salí a comer, tampoco tenía con qué pagar. Ya me había comido todos los chocolates y barritas que había en el frigobar.

Estaba claro que no iba a comprar ni las cremas para el cutis de Graciela, ni el whisky para su padre, ni el regalito para Francisquito, era el fin. Apenas me quedaban unas monedas para tomar el micro del aeropuerto y obviamente tendría que buscar la manera de rajarme sin pagar del hotel Bellagio.

El saco sport estaba tirado sobre una silla y mi corbata amarilla brillaba con el reflejo del sol que entraba por la ventana. Esa luz me hizo encontrar la única salida honrosa que me quedaba. Tomé la corbata, le hice un nudo marinero, puse la silla debajo del dintel de la puerta del baño, me subí, enganché la punta de la corbata en el marco de madera lo más firme que pude, pasé el lazo a través de mi cuello y ahí salté hacia el final.

A la mañana siguiente la chica que se ocupa de la limpieza de las habitaciones me encontró inconsciente sobre un charco de sangre. La corbata no fue lo suficientemente fuerte para soportar mis noventa kilos y mi cabeza se estroló contra el lavabo. Me llevaron a un hospital y recobré la conciencia luego de setenta y dos horas.

Lo primero que vi fue el rostro de un médico con barbijo y una enfermera negra.

—¿Dónde estoy? ¿Qué día es hoy? —les pregunté asustado.

—Tranquilo hombre, tranquilo, tienes que descansar. —me contestó el doctor en una mezcla de cubano americanizado.

—¿Pero que me pasó? ¿Cómo llegué aquí? — insistí en mi confusión.

Y la negra, más negra que Kunta Kinte, con los dientes más blancos del planeta me dijo:

—No fue nada chico, solo treinta y cinco puntos y un par de chichones.

 

Fin

 

 

 

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La enfermera

La enfermera

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Un beso apasionado fue la despedida de Juan, su novio de la secundaria. Por cábala no prometieron volverse a ver, lo dejaron a la buena de Dios. Soledad fue una de las primeras en anotarse como voluntaria para ir al Almirante Irízar como instrumentista y enfermera y si le hubieran pedido que tomara un fusil y saliera a defender la patria entre el barro y la turba de nuestras Islas Malvinas lo hubiera hecho con un coraje inigualable. Esa tarde el mar estaba embravecido y el buque hospital no se podía acercar a la orilla. El bombardeo había sido espeluznante, con unos prismáticos prestados había podido ver los cascos y las ametralladoras desparramadas en la costa mientras los soldaditos se arrastraban como podían para encontrar un sitio donde guarecerse. Nunca pudo olvidarse esa imagen de aquellos héroes anónimos. De pronto pudo ver un bote que se acercaba. Al parecer llevaba alguien que estaba grave. Con desesperación trataron de subirlo con una soga que se bamboleaba al herido en medio de la terrible marejada. El soldado raso, ya en cubierta, la miró con sus ojos casi transparentes y su cara llena de escarcha salada. Ella trataba de mitigar el balanceo de la camilla soportada por un oficial enfermero y dos colimbas que estaban mas que asustados. Se llamaba Andrés, eso le había dicho en la enfermería cuando ella trataba de limpiarle las profundas heridas llenas de esquirlas de un proyectil que por poco le amputa una de sus piernas. Soledad no entendía si la adrenalina o si el miedo a entregarse y desvanecerse de este mundo lo mantenía consciente. “¿Querés casarte conmigo?” fue su segunda frase, lo que la hizo caer en la cuenta de que sin duda estaría delirando. Soledad le tocó la frente, para chequear si estaba febril y le respondió con una tierna caricia y un cómplice y motivador guiño. Ella lo dejó descansar y se fue a tomar un mate cocido, nada había probado en todo ese fatídico día. La estúpida e inoportuna pregunta le retumbaba en la cabeza mas que los ruidos de los bombarderos y las metrallas. Ese soldadito había inoculado algo en su ser. El oficial médico se le acercó y le indicó que se preparara ya que deberían operar al reciente herido en no mas de media hora. Un Dios te salve María fue su primer y único pensamiento. El buque se movía como una nuez y el estomago se le revolvía a pesar de la doble dosis de Dramamine que se había auto recetado. En la sala de operaciones tanto Soledad, como la otra asistente y el doctor se tuvieron que sujetar a la mesa de operaciones para no tumbarse. Entre oraciones, ella no dejaba de mirar el electrocardiógrafo que no mantenía una pauta cíclica. A lo lejos, a pesar de su concentración a la ordenes del cirujano pudo escuchar una terrible noticia a través de los altoparlantes del buque. Suturaron, dejaron los barbijos y se fue a descansar. Al día siguiente Soledad fue a ver a Andrés, él estaba despierto pero con los ojos perdidos en el techo del camarote. “¿Aún te querés casar conmigo?” le dijo Soledad para romper el hielo tocándole la frente. “Por supuesto” le contestó con una mueca triste. “¿Es verdad que en este momento estamos firmando la rendición?” le preguntó muy preocupado. Ella volvió acariciarlo, le besó su mano y con otro guiño cómplice pero amargo le asintió. En ese instante Andrés llevó su derecha al centro del pecho y empezó a convulsionar. Soledad, trató con todo su conocimiento y todo su ser de revivirlo. A los gritos pidió ayuda a otras enfermeras que estaban en el servicio. Todo duró algo así como dos minutos. Nada se pudo hacer, la noticia había sido mas fuerte que la balas. Ella lo abrazó y lo despidió con dolor como quien despide a un ser querido que conoces de toda la vida. Ese día fue el fin, el fin de una guerra estúpida.
Un año después, ya en Buenos Aires y lejos de la inútiles condecoraciones, Soledad estaba preparada para su noche de bodas en la Iglesia Stella Maris. Sus tías le había regalado la confección del vestido, sus suegros la fiesta en el club Naval, otras enfermeras le compraron cosas que siempre son útiles en un matrimonio que recién comienza y el oficial médico le había regalado el servicio de un coche con chofer que la llevaría al templo. Un Ford del veintinueve convertible que era una joyita y a las ocho en punto de la noche la pasaba a buscar. El chofer, un hombre de edad madura, la miraba por el espejito sin mediar palabra. Su padre la tomaba de la mano y no dejaba de acariciarla. Llegaron a la iglesia, y el chofer se apuró para abrirle la puerta. Entraron del brazo, muchos compañeros del regimiento la estaban esperando. Junto al altar estaban Juan, su futura suegra y el sacerdote. La emoción hacia que el aire fuera mas denso. Comenzó la ceremonia, se entregaron los anillos y se juraron amor eterno. Volvieron al auto para sacarse algunas fotos antes de ir a la fiesta. El chofer siguió observándola por el retrovisor, la luz de la noche dejaba ver sus ojos verdes. “¿Sabe muchacha? Muchas chicas quieren casarse conmigo…” le comentó el chofer haciéndose el simpático. “Por el Ford digo… En realidad… no casarse, sino que las lleve a casarse… siempre jorobo con este tonto juego de palabras… perdón si fuí inoportuno” agregó el señor poniéndose colorado al ver que Juan no había festejado el supuesto chiste. Soledad sin embargo le sonrió, veía algo en él que no le era inadvertido. “¿Ustedes son de la Marina?” les preguntó como para remontar una conversación. “Ella sí… yo soy contador… trabajo en un estudio contable” contestó Juan mostrando que tenía pocas pulgas. “¿Usted es oficial señorita? Seguro que no estuvo en la guerra, ¿No?” le preguntó el hombre obstinado en arrancar un diálogo. “Sí… me ascendieron a mi vuelta, ahora soy oficial de enfermería…” le dijo Soledad mientras jugaba con un rosario de perlas que enroscaba sin cesar entre sus guantes blancos. “Yo tengo un hijo que se quedó en las islas… dio la vida por la patria.” les dijo sin anestesia provocando un nudo en la garganta de la chica. “No diga, ¿en que escuadrón estaba?” le preguntó muy interesada la novia. “El era de infantería, pero según me contaron, no pudieron salvarlo después de una terrible operación… se llamaba Andrés, igual que yo” comentó el hombre haciendo brillar sus ojos claros por el efecto de sus lágrimas. La congoja inundo también a la novia, el novio miraba el resplandor de los adoquines de la ciudad indiferente, para él nada pasaba. Una dulce ironía les presentaba la vida después de tanta agonía. Soledad besó su rosario de perlas y rezó un Dios te salve María.
Fin.

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Upa la la

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Es la primera vez que me doy cuenta que el piso está tan sucio, puedo ver sin mis lentes la mugre pegada en el parquet. Es evidente que Mabel, la chica que contrató mi ahijado para que me cuide las veinticuatro horas del día, se rasca bastante con la excusa de que le doy mucho trabajo. Solo me tiene que dar cinco pastillas a la mañana, cuatro por la tarde y cinco a la noche después de cenar. Ella pone la tele, la apaga cuando se le canta, elige los programas que a ella le gustan y yo ni la jodo. Yo apenas hablo, las palabras se me fueron borrando una tras otra de mi cabeza, solo recuerdo imágenes, imágenes nítidas como películas.
Mabel, habla por teléfono, marca nerviosa, y no comprendo el porqué de su actitud, habla alto y no entiendo lo que dice. ¡A esta paraguaya nunca se le entiende nada cuando habla! Yo no pude tener hijos, quizás mi hermanita lo intuyó desde un principio por eso me condecoró como madrina de Marquitos sin dudarlo ni un segundo. Siento una corriente de aire que viene de la puerta del departamento y hace que mis ojos se llenen de polvo.
Recuerdo, cuando Marquitos era chiquito, porque ahora es un hombre, está casado con una hermosa mujer y tiene tres chiquilines bastante inquietos. A mí me encantaba llevarlo a la plaza de Villa del Devoto, a él le gustaba jugar en el arenero. Una mañana, mientras él jugaba con sus chiches en la arena, un atorrante bastante más grande que él, le quitó el baldecito y lo empujó con fuerza tirándolo de espalda, el apenas balbuceaba en esa época, veo que tiene los cachetes rojos por el sol o tal vez por la impotencia de no poder defenderse. Me estiró los bracitos y lo único que atiné a decirle fue “Upa La La” y él lo repitió con su vocecita hermosa y me abrazo con mucha fuerza, tanta fuerza que es el día de hoy que lo siento.
Mabel sigue al teléfono, corta, pasa a mi lado y va hacia el balcón, al abrir la puerta, el chiflete que viene de la puerta del departamento me deja ciega, quiero sacarme el polvo de los ojos, pero no puedo. Hace frio.
Cuantos momentos lindos y cuantos momentos tristes he tenido. Hace un tiempo escuché en la tele una parábola sobre las cebras. La cosa, mas o menos, era saber si las cebras eran caballos negros con rayas blancas o si eran caballos blancos con rayas negras, y la vida… cuando uno la ha vivido con la frente bien alta como yo la he vivido, es como las cebras, uno nunca sabes si estas rayado de tristezas o estas rayado de alegrías, pero lo importante es estar rayado, no como esa gente monótona que solo pasa por la vida como un potus esperando que lo rieguen de tanto en tanto.
Otra vez al Marquitos lo llevamos con Gervasio, mi difunto esposo, al zoológico, él estaba feliz, le compramos esas bolsitas para darle de comer a los animales y él quería, a toda costa, darle todas las galletitas a la jirafa porque decía que por ser tan altas tenían que comer más. Le encantaba estar a caballito de Gervasio y darle las galletitas en la boca. ¡Dios… que hermoso momento! Las cebras también le gustaban… eso creo… Hace mucho que no voy a misa… ¿Dios se acordará de mí?
Esta Mabel podría cerrar la puerta del balcón… sigo con los ojos llenos de tierra, la tierra que ella debería limpiar y no rascarse como se rasca. Las palabras se me fueron evaporando, y pensar que yo me pasaba la vida chusmeando con las vecinas cuando nos encontrábamos en el almacén de don Jesús. ¿Estará abierto ahora el almacén? ¿Estará vivo Don Jesús? quién sabe… era un roble ese hombre y con ese nombre seguro que Dios y la Virgen lo estarán cuidando. Recuerdo tambien los momentos feos, como la muerte de mi hermana Sara, o el accidente de Gervasio, cuando se cayó de la moto, pero también momentos lindos, como cuando Marquitos se recibió de doctor o cuando venía a visitarme esos fines de semana que mi hermana tenía algún programa con su señor esposo, el innombrable, un borracho y vago que jamás la hizo feliz.
Escucho a lo lejos una sirena. Quiero decirle a la paraguaya que cierre la puerta del balcón de una vez, pero hay momentos que quiero decir cosas y no me vienen las palabras, se me pone la mente en blanco y no sé qué decir.
¡Cuánto le había escorchado a Gervasio para que venda la moto! No había noche que no le suplicaba que la vendiera y comprara un autito, cualquiera para mí era más seguro que la moto, y él me hizo caso. Trabajo horas extras y empezó a juntar peso sobre peso para poder comprar ese dichoso auto. Ese viernes se apareció mi cuñado y le tocó el corazón al pobre Gervasio diciéndole que no tenían para comer, que leía los clasificados todos los días pero que no lo tomaban en ningún lado. Aun lo veo en la cocina sentado diciéndole si él era tan bueno como para prestarle algún dinero para que pudiese poner un local, un quiosco, algo para poder llevar el puchero a su casa con dignidad. Y Gervasio, que era un santo, desoyendo mis suplicas, agarró toda la platita que había ahorrado… ¿y que hizo? ¡Se la dio el iluso! ¿Y que pasó? No hubo negocio, ni quiosco, ni puchero, ni tampoco volvió el dinero que con tanto sacrificio mi esposo había juntado, pero bueno… era mi hermana, era Marquitos, y el siguió, y siguió yendo a todos lados con la maldita moto, hasta que un sesenta fuera de línea le pasó por arriba esa noche tormentosa. Nunca pude olvidar.
Voy a hablar con Marcos para que le llame la atención a Mabel, los muebles necesitan lustre y franela. ¡Es un asco! Qué bueno que mi ahijado sacó todas las virtudes de mi hermanita, virtudes de familia y no los vicios del innombrable, sino quizás se hubiese olvidado de mi por completo, una vieja que solo repite los mismos recuerdos una y otra vez.
Escucho llaves. Se abre la puerta del departamento. Veo de costado dos personas que entran, una tiene pantalones blancos, la otra pantalones oscuros. Una se pone en cuclillas. ¡Es Marquitos! ¡Viniste! Me extiende los brazos para levantarme. No puedo hablar. Solo quiero llorar. El me mira con ternura y me dice “Upa La La”. Yo repito balbuceando “Upa La La”. El me abraza fuerte y no necesité ninguna palabra más para decir cuanto lo amaba.
Fin.

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Las cosas podrían haber sucedido de otra manera, pero el universo dijo que no fueran de la forma que siempre había deseado. Una vez leí que conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta nuestra vida, pero para mí ese elixir era el ácido que fue disolviéndome por dentro día a día cada parte de mi ser. Yo sabía que Patricia me amaba tanto como yo la amaba, pero siempre hubo alguna razón donde mi amor debía expresarse desde un plano sobre el que no me sentía cómodo, pero sobre el cual no tenía chance alguno de cambiar. Siempre recuerdo la vez que de pequeño mi madre se cruzó con dos gitanas con polleras largas. Mi madre las rechazaba, les tenía miedo. Al no darles el dinero que nos reclamaban, pusieron su mano sobre mi hombro y mirándome fijamente me dijeron “Ojalá que te enamores”. Esa maldición se cumplió cuando conocí a Patricia como alumna, una chica aplicada, inteligente, hermosa, siempre sentí en ella ese tipo de conexión que es tan difícil de explicar. Yo dictaba Física en el Normal de Córdoba y Ayacucho, le llevaba diez años en esa época y a ella le faltarían uno o dos años para cumplir los dieciocho. Yo quería encontrar una explicación a ese extraño sentimiento que me martirizaba. Patricia era algo prohibido para mí y sobre todo para mis principios morales. Se podría decir que el comportamiento entre los átomos y su núcleo, produjeron fuerzas electromagnéticas que hicieron que las propiedades intrínsecas de la masa se viesen alterada. Y esa alteración, no fue ni más ni menos que mi deseo de no perderla a través de estos veintisiete años.
Todos somos partículas en constante cambio, quizás algunos me vean como bicho raro, una especie de genio loco, pero soy igual que cualquier hijo de vecino que se enamora de alguien y nunca encuentra el momento para decir lo que se siente y transformar de una vez por todas su patética historia. Siempre creí que no existe otra cosa más que materia y que el alma era un invento que nos vendieron para hacer que la vida tenga algún sentido, una zanahoria que nos pusieron delante de los ojos y así seguir avanzando hasta que nos convirtamos en polvo y ya nadie nos recuerde. Patricia era la alumna que mayor atención me prestaba en las clases. Ella era un ser angelical, hoy mismo a pesar de que ya hayan pasado tantos años de aquellas extensas explicaciones llenas de ecuaciones y razonamientos sigue siendo muy hermosa. El crujido de las tizas rasgando el pizarrón con mis formulas aun me conmueve. Ella era el motor para ir a la escuela de buen humor. El solo hecho de saber que iba a verla me llenaba el corazón de alegría.
Ese lunes, frente a los pupitres, hice un paneo sobre todas las filas y ella no estaba. Primero pensé que ella se hubiese cambiado de asiento, pero no… ese lunes no había venido y su ausencia colmó de pena mi ausente e inexistente alma. Yo tenía que guardar la compostura y nunca demostrar delante de las demás alumnas que yo pudiera tener algún tipo de preferencia o peor dicho, algún tipo de sentimiento inapropiado para un profesor en una escuela de señoritas. Y así fue como no pregunté nada. Completé mis explicaciones sobre los distintos estados del agua y sus transiciones y me dirigí cabizbajo hacia mi próxima clase del año anterior. Mientras cruzaba el patio para ir a la otra aula, una de las chicas me abordó y me dijo “Se enteró profe, el papá de Patricia está muy mal” y ahí entendí por qué esa chica de asistencia perfecta a las clases que tanto adoraba había faltado. Sin darme cuenta empecé a cubrir ese espacio que su padre me estaba legando y con orgullo la fui acompañando cada clase de física hasta aquel día en que llego su final. No me pareció oportuno acompañarla en el entierro, pero hice lo humanamente posible para demostrarle que estaba con ella en ese difícil momento y por siempre. Luego Patricia terminó su secundario e inicio sus estudios en Ciencia Exactas y estuve a su lado para apoyarla, para explicarle los problemas de cargas electromagnéticas, física del calor y dinámica. Durante su pasar por la universidad me transformé en su amigo, un amigo inseparable e incondicional. Pasaron los años y un día, trágico para mí, me comentó que se había enamorado de un muchacho, un chico de la facultad fue lo que me dijo. Yo no supe que contestarle, no era apropiado ningún comentario mío, no podía influirle, no podía sacarle esa idea loca de la cabeza, solo podía acompañarla y así fue como fui testigo de su casamiento por civil, y también a pesar de mi dolor participé de la ceremonia religiosa en la sinagoga de Libertad y Córdoba. El tiempo hizo lo que debía, ella tuvo su primer hijo y quiso que fuese el padrino del Brith Milah de su primogénito, un privilegio al que no me pude ni debía negarme. Creí que mi función en la tierra era cubrir todos los espacios que Patricia iba generando a través del tiempo. Yo me iba congelando, derritiendo y evaporando según mi estado y las necesidades que Patricia me iban formulando. Cuando Juancito, mi ahijado acababa de cumplir los cuatro años, su padre se borró por completo y los dejó solos. Fue el momento que tuve que cubrir el papel de hermano y de tío de forma simultánea. En el fondo de mi ser siempre revivía aquella maldición gitana “Ojalá que te enamores” y el amor, ese amor que todos buscan, fue el mayor de los males que había podido soportar. Ella no dejaba de llamarme cada semana, éramos compinches, confidentes, compañeros de salidas, hermanos, y yo era feliz con ella, junto a ella, en el roll que ella o yo definíamos para poder seguir viviendo en esa falsa armonía que pocos sin duda pueden entender.
Hoy tengo que visitar la clínica dos veces por semana para el tratamiento de diálisis, ella está conmigo, ella es mi alma gemela. Aunque nunca haya creído en su existencia la realidad desbordó mi creencia, las almas existen. Ella no deja un minuto de cuidarme y de pensar en mí, como si fuese Juancito, como si fuese su otro hijo. Pero yo sigo sublimándome, transformándome y haciendo que mis partículas sigan cambiando de forma a merced de ella, a merced del destino que me toco vivir, cambiando y volviéndome a cambiar por ese amor que jamás tuve el coraje de expresar.
Fin.

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