Sin garantía

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—Yo soy Dios— me dijo la licuadora. Sonreí descreído, pero solamente por cos-tumbre. La licuadora se encendió y me destrozó la mano.
Luego de curar los pedazos de lo que ahora formaba mi nueva mano, las imágenes del mundo llegaron a mí.
Vi la enorme e interminable guerra humana: hombres, mujeres, niños cuyos cadáveres amputados sólo eran ya carne sin nombres que se corrompía al sol.
Mientras el dolor iba calmándose debí reconocer que estamos hechos a su imagen y semejanza.

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De vampiros

De vampiros

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—Qué hermosos ojos tienes— le dije. La luna brillaba azul en el cielo.
—Para poco me sirven –me dijo– porque ambos son ciegos.
Cerré mis ojos para entender su prisión oscura.
—Qué hermosos ojos tienes— me dijo y escuché sus pasos alejándose en la noche, en mi noche oscura que no termina.

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