Estrenando la muerte

Estrenando la muerte

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—Hora de muerte: 20:19 —dijo el doctor mientras consultaba su reloj pulsera sin soltarme la muñeca con la otra mano.
Escuché unos sollozos contenidos. Seguramente mi esposa se apoyaba en su amiga para consolarse.
Con mi última mirada le dije que la amaba. Después alguien me cerró los párpados.
“Tengo frío, miedo… quiero llorar y gritar pero no puedo. No estoy muerto. No puede ser. ¡Estoy acá! Ahora”.
Las luces y sombras buscan atravesarme desde afuera. Me mueven. No quiero creer que esto es así.
De pronto, el nauseabundo olor a rosas embriaga el aire. Debo estar en el tanatorio. Más llantos.
“Solo espero perder la conciencia de una vez. ¡Por el amor de Dios, esto está mal!”

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Sueños húmedos

Sueños húmedos

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Despertó con el roce unos dedos húmedos cubiertos de miel sobre sus pies. Su piel de terciopelo se erizó. Con ojos ciegos buscó un cuerpo desnudo. Encontró dos. Un fuego impetuoso creció dentro suyo. Tembló. El borde del infierno se borró sobre su colchón. Rogó, gimió y corcoveó como un corcel brioso.
Su torre de bronce coronó su sueño con esos bilingües bebiendo gustosos.
Sin otro deseo por cumplir, durmió feliz.

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La pesadilla

La pesadilla

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Una vez más estaba allí, en la casa de mis abuelos. Miré para abajo y noté mis pies descalzos sobre las baldosas del living. No sentía frío. Me detuve frente a escalera. La claridad del día se colaba por la ventana del descanso. Me llamó la atención la ausencia de perros. Siempre había habido uno. No pensaba en ninguno en particular, pero esperaba escuchar ladridos.
—¿Quién anda allí? —preguntó Tatá en tono hostil.
Él estaba sentado frente al televisor del comedor. La luz amarilla sobre su cabeza lo envolvía. Se levantó del asiento y me observó directamente.
Mi sonrisa se desvaneció al instante cuando advertí en sus ojos una mezcla de temor y furia.
—¿Quién sos?
Me quedé congelada en el lugar, a escasos centímetros de él. No era broma, no me reconocía. Yo estaba en su casa y era una extraña.
Cuando él apagó la tele con el control remoto y empujó la silla, trastabillé. Aprovechó para abalanzarse sobre mí. Me sujetó con fuerza un tobillo. Entre llantos le gritaba que se detuviera.
—Tatá, Tatá. ¡Basta! Soy yo, Luli.
Logré zafarme de su agarre. Me escapé. De pronto, estábamos corriendo los dos alrededor de la escalera: cerrando y abriendo puertas, gritando y suplicando.
Cuando me desperté, seguía llorando. Mis hijos me quisieron calmar recordándome que solo había sido un sueño, que en realidad no ocurrió. Y es lógico, sin embargo, lo que sentí todavía me hace lagrimear.

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Dos menos

Dos menos

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Con mucha dificultad corrí una heladera y la coloqué ante la puerta. No iba a salir. Estaba dispuesto a morir pero, quería llevármelos conmigo.
Sabían que yo me había atrincherado aquí, en el viejo almacén de mi abuelo.
El día apenas se filtraba por las hendijas de la ventana tapiada. Respiraba toda la humedad del lugar.
Mis ojos poco a poco se fueron acostumbrando a la semipenumbra. Estaba seguro que ni siquiera había electricidad pero, de todas maneras, no intenté encender la luz. Me alumbraba con la linterna del celular. Recorrí con la vista las estanterías. Las telarañas colgaban de los rincones y cubrían las latas de galletitas. El polvo era tanto que podía escribir un mensaje sobre él. Lo hice. Después froté el dedo sobre el vaquero para quitarle la mugre. Me repugnaba esa sensación de áspera sequedad.
—Pelado, abrí. Conversemos. ¡Somos gente grande, che!
Mi corazón creció de pronto y sus golpes los sentía a flor de piel.
El Cheto embestía la puerta. Me lo imaginaba recargando todo su peso sobre el hombro.
—¡Sos un hijo de puta, basura! Hablá conmigo. Si te agarra la cana va a ser peor —dijo agitado.
Esas palabras martillaban mis oídos. El silencio que siguió fue peor. En cuatro patas me acerqué a la ventana.
Alguien me llamó y no fui capaz de silenciar el móvil a tiempo. Bang: un ruido me dejó sordo. Algo había perforado la pared y por un orificio se colaba el sol del mediodía. Era ridículo intentar taparlo con el dedo. Yo estaba tendido en el piso. Noté la remera empapada, pegada al cuerpo a la altura del abdomen y me desmayé.
Antes de volver a abrir los ojos y observar los destellos azules y rojos en el techo, escuché unas sirenas y voces.
—Oficial, ¿no van a perseguir al hombre que disparó? Le digo que se acaba de ir por allá —expresó una mujer muy indignada.
No iban a ir detrás del Cheto, un informante de la policía. Además, ellos eran socios de sus cabarets, donde explotaban a menores de edad. Yo nunca me había metido. Habíamos crecido juntos y lo consideraba mi amigo.
Todo cambió cuando desapareció mi prima. Ella se había sacado una foto frente al espejo del baño de la casa de él. La había compartido en su estado de whatsapp. Nunca más la vi. Su teléfono no volvió a encenderse. No podía ir a la comisaría.
Me moría. Sabía que estaba perdiendo mucha sangre y me costaba respirar.
Al final derribaron la puerta. Dos uniformados me estudiaban de pie.
—¿Dónde están las pruebas? —preguntó uno entre dientes.
La sirena de la ambulancia me alivió. Cuando el camillero se me arrimó, metí mi celular en su bolsillo. Allí había guardado información crucial para acabar con todos. Solo esperaba poder salir antes de la explosión.
—¿Qué significa esto? —gritó un policía.
Supuse que habría leído el mensaje que dejé sobre el mostrador: “Tic tac”.
—¡Dos menos! —grité eufórico.

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Sueños húmedos.

Sueños húmedos.

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Despertó con el roce de unos dedos húmedos cubiertos de miel sobre sus pies. Su piel de terciopelo se erizó. Con ojos ciegos buscó un cuerpo desnudo. Encontró dos. Un fuego impetuoso creció dentro suyo. Tembló. El borde del infierno se borró sobre su colchón. Rogó, gimió y corcoveó como un corcel brioso.
Su torre de bronce coronó su sueño con esos bilingües bebiendo gustosos.
Sin otro deseo por cumplir, durmió feliz.

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