FESTIN DE CUERVO

FESTIN DE CUERVO

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Porque el amor y la muerte son las alas de mi vida, que es como un ángel expulsado perpetuamente.
-Luis Cardoza y Aragón –

─La recordaré siempre tierna, incluso hoy. A pesar de que los dos somos conscientes de nuestros destinos inmediatos mantenemos un grado de estimación y respeto como veneración a aquellos tiempos compartidos.
─Su voz se quiebra en este instante por la culpa que trae el amor. Oh!, su voz sigue siendo música para mí. Si, su voz como su mirada lo llena todo. Todos los espacios son Ella, son réplicas de patrones diferentes latiendo con imitación estricta dentro de mi corazón decadente.
Cuando la conocí curaba con delicadeza extrema mis huesos astillados y yo, me veía en sus ojos. Sus ojos brillaban negros como la cobertura de mi plumaje. Su mirada clara e ingenua se encontraba con la mía, que ya había perdido su color. Sus frágiles manos, dueñas de movimientos certeros y seguros, colocaban vendas que calmaban lo incómodo de las heridas. El cabello negro y rizo caía sobre su rostro como un salto de agua gigante que, con la premura por evitar el suplicio provocado por las lesiones, danzaba de un lado al otro. Esos movimientos, tenían como consecuencia dar notoriedad a su rostro perfecto. Yo, emitía sonidos graves de dolor y luego la observaba atónito. De la misma manera, lo hago ahora mientras Ella prepara las cazuelas y cucharas.
Hoy entre nosotros se escribe otra historia. Ya no es aquella de diversión por los techos de la cabaña cubiertos de nieve deslizándonos juntos. En este momento agresivo y peligroso para mí, retengo los instantes en que me posaba en su cabello en los días de otoño, o cuando de su boca roja como las flores de granada, me alimentaba con zarzamoras. Me agrada recordar mis graznidos de gozo al escucharla entonando una canción al atardecer, para anunciar nuestra llegada a casa después de pasear por las laderas en busca de flores y hierbas dulces.
El fuego que calienta en la hornilla luce como un animal salvaje, alebrestado, cuyos miembros se extienden tratando de alcanzarme hasta el mesón de la estrecha cocina, donde siempre esperé ser rescatado para los paseos cotidianos. El fuego arde, con su vigor me consume sin siquiera tocarme.
De la manera establecida por mi amiga, mi princesa de cabellos de caracolas, de rostro angelical, de compañía mutua, estaré a merced de los calores, de los gases, de las llamas implacables e incandescentes del fuego.
─Los animales tenemos alma, si, la tenemos. Por que creen que no?─ Es que acaso no se da cuenta que puedo sentir miedo?─ que puedo sentir sus manos delicadas atando mis escuálidas patas, que puedo oler en su piel campestre la ansiedad y a través de su aliento mentolado la impotencia y la ira.
─Soy un simple cuervo con alma humana, puede ser?─sí, claro que puede ser─ puede ser, que mi alma aunque en un tiempo diferente se ha adaptado a este amor que no puede existir. Este amor melodramático que me acosa absurdo es mi verdugo.
─ No hablo pero ella entiende mis graznidos, los ha entendido desde el primer día─ ha entendido también mi absoluta devoción en mis miradas singulares como Ella lo recalcaba hasta hace poco─
Aleteo con dificultad, el fuego me hipnotiza por momentos, el miedo se calma y mi pequeño corazón late callado. Logro salir del trance y escucho el tintineo de las cucharas, el picar del cuchillo sobre la tabla, los olores se confunden. Huele a desesperación, a tristeza, a anticipación, a pena, a admiración inconsciente.
Yo, su criatura umbrátil, su acompañante curioso y agradecido acogerá la muerte por amor en cortos instantes. Si! , aunque podría atacarla y devolver el golpe por rencor, no lo hago. Sé que le pertenezco a mi amada y ella, le pertenece al señor dueño de estas tierras que hoy vendrá a cenar. Ella, pobre pero no desposeída, él atractivo amante y futuro consorte, vendrá al caer la noche a ofrecerle un lugar importante en este mundo.
Soy esclavo mudo de su sangre fría y de un arrebato ilógico, quizá de mi vida anterior. El dolor a perderme de Ella es inaguantable, insoportable, más que morir propiamente.
−Siento que el metal entra en el cuerpo, mi corazón suaviza el paso, las alas se quiebran por el espasmo, los huesos truenan. El sonido del quebranto es una expansión y contracción que genera un ruido interno inextinguible. −Nuestras vidas están atadas por alegría y la congoja─ le digo con un graznido que ella no atiende, o más bien que entiende pero ignora exprofeso.
─ Mi vida se extingue, el olor a anís, canela y cardamomo suavizan el dolor, actúan como sedante reduciendo la ansiedad, desapareciendo la tristeza. Hierbas dulces y flores secan cuelgan sobre mí. Los colores verduzcos y los vibrantes rojos y amarillos de los botones que capturamos en las laderas todavía sobreviven al tiempo mientras yo me apago, me hundo en el gris de la muerte cuya entonación se adentra en este cuerpo inhumano.
Los aromas se pasean lentamente junto con la brisa que entra por la pequeña ventana de la cocina. Esta noche el amo degustará un festín de cuervo, esta noche me convertiré en boccato di cardinale embutido con frutas y adobado con especias. Esta noche se sella el compromiso marital de mi amada, bajo la luna menguante de Grasse.
─ El fuego crece, lenguas rojas se balancean sobre la leña; suben y bajan como las tonadas de la melodía del violín de Saintes que se escuchan a lo lejos. El fuego, una paradoja destructiva, engorrosa, real, envuelve este proceso degradante en poesía de espíritus, de almas, de fuerzas persistentes.
─Soy cómplice del amor sugerente, completamente no habituales, de influencia de ecos prosaicos, soy cómplice y víctima de la vida y de su dualidad eterna. ─ Estoy muriendo con la mirada fija en la soledad del fuego, en su eternamente danza mortal de luz y oscuridad─ Veo diablos rojos, chispas candentes salpican en sus brazos, sus hombros, su cintura. Sus manos flotan en el aire intenso atisbado por la lumbre, mi dueña asesta un golpe…─Estoy muriendo ya.

Emociones Ardientes

Emociones Ardientes

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Ella posa frente a su maestro delicado y sonriente. Su cuerpo voluptuoso crece con las pinceladas sobre el lienzo de fondos amarillos. La estampa de sus brazos, caderas y espalda se disuelven dulces, delicados en un mar de colores llamativos. El hábil mentor con marcas de sudor humano en su frente, se nutre de la belleza de las carnes de una modelo dueña de una templanza sagrada, de una belleza rara. Los senos cuyos pezones se abren ante la mirada profunda del artista como flores en eterna primavera, son delineados con las alas abiertas de un pincel que no descansa. Él, se alimenta de la savia del árbol de la inspiración. Los observo, la pasión por el arte es visible en los dos. El uno, explota de emoción al delinear las curvas de su oruga que, con el milagro del tiempo se convertirá en mariposa. Las partes delanteras y traseras en el vuelo elegante de la brocha se enganchan y la hace perderse en los colores vibrantes de la paleta. Las manos del hábil guía, plasma la poesía de un romántico, cuyos ojos reproducen a su mujer amada. El otro, se deja hurgar de manera silenciosa y pura por la respiración agitada de su creador, atreviéndose a quererlo con la mirada. Una mirada que como arma poderosa de momentos lo inquieta.
Admiro como los encantos femeninos nacen de a poco, por asalto. El retratista trabaja incansable, liberando un país de curvas portentosas que a medida que se conciben contundentes sobre la tela, doblega la valentía de su sonrisa segura, por los besos en el aire y guiños seductores que le prodigan. El aire tiene el olor dulzón del amor. Nada absolutamente nada los detiene; la modelo de mejillas rojas y ojos de estrella, desprende destellos con brillos de luna lejana despertando mi envidia.
─ Pienso que a mí no me han amado tan sublime, tan sensual, como lo hacen con ella─ en ellos hay amor con lánguidos suspiros, amor formalizado por la devoción, por los entrañables sabores de la vehemencia peregrina de admiración mutua.
─Los envidio, si, definitivamente lo hago, a pesar de mi misma─ Parpadeo, entre esos escasos minutos donde los ojos se cierran, aparecen los negros ojos de la ninfa que modela. Lustrosos, moldeados con poesía a la luz de la tarde. Los dos se beben el estro que fluye de los propios sentimientos, que en el ambiente se recrea con los movimientos de los cuerpos. La modelo y el artista, danzan en los océanos de laca y tinturas. Se comunican con gestos un poco de ángeles y un poco de demonios liberando el espíritu que se convertirá en metáfora algún día. Otra vez pienso en mi vida; ─ todavía joven─ me digo en silencio─ Me toco el pecho y siento que son firmes.─ Son pequeños, pero pueden azuzarse con el roce murmuro bajo y con discreción─ entonces, sonrío.
Sigo con la mirada a estos dos que, entre pinceles, paletas, caballetes, lienzos y herramientas, se disponen a compartir la desnudes del alma y del cuerpo. Reflexiono sobre la sensualidad y la vida mientras se toman las fotos que llevaran mi nombre en la portada de la revista más famosa de arte en Nueva York. Mi mente reacciona ante la palabra Amor nuevamente. Y sobre el amor que es una historia viva de matices metálicos y notas estampadas de ámbar y turquesas se basa mi proyecto. Sobre el amor que no se toca, que no termina en sexo sino que, vive en las miradas, en las bocas que no lo nombran, en los cuerpos que lo exudan con sensualidad. Los cuerpos desnudos son tan excitantes como las calles largas y en tinieblas o, como ser famoso y desconocido o como la lectura “El Coño de Bernarda “, acompañada de un buen vino en estas noches de verano. Pienso en la vibración de los cuerpos de mis dos protagonistas y me siento como un film improvisado, en donde mi oficio lo ha ocupado todo. Admiro sus gestos de tiempos prolongados, de miradas picaras, de expresiones faciales que me enciende la curiosidad. Su lenguaje corporal consistente y perseverante me deslumbra, el contacto mínimo entre ellos, cargado de erotismo en sus dedos que no se tocan, se transcriben sensuales despertándome hacia un mundo excitante y diferente. En el arte de mi fotografía lo que me interesa, es la belleza sutil de dos cuerpos que sin acariciarse evocan placer. Mi idea de lo erótico cambia con estos dos seres benditos por excelencia, la muestra de encanto que como un juego placentero inspira la carne, es deseable. Lo considero el florecimiento de una historia poética sin imperfecciones. Las memorias de sus actos, son poesía en la obra de teatro que se juega en las cuatro paredes de esta casa. Mariposa Monarca, Perla del Sur, Mujer de Manihiki son los nombres de la beldad adulta en la boca de su amante devoto y fiel. Los aljófares que caen sobre su torso abrillantado por polvos luminosos, se adaptan tocando con libertad y con confianza la piel mediterránea de esta escultura viva y, como gotas tejidas de nácar crean efectos de caleidoscopio por la reducción de la luz natural que huye de la ventana. El curvilíneo cuerpo de la mujer frente a mí, estimula mi imaginación. Me coloco en su lugar en lo disperso de mi mente. Íntimamente experimento la visión del pintor sobre mí, mis pensamientos me acercan a su respiración automática envolviéndome de manera fiera junto con el sudor de su anatomía de tronco musculoso. Mis pechos se estimulan con el efecto que produce en su sonrisa llamativa y reluciente. Los dos me agradan, me excitan, me provocan gozo. Mis entrepiernas se mojan, pero lo dejo pasar atribuyéndolo al calor en la ciudad, aunque es mentira.
Deseo ser yo la modelo, sentir mi rostro acariciado por sus dedos que inclinados de cuando en cuando, recogen dos mechones de cabellos echándolos hacia la eternidad con minuciosidad estoica. Al posar mi vista en sus ojos quiero ahogar mis ansias en el océano de sus sombras escondidas, pero, puede más mi discreción que el deseo de seguir mirando al disimulo su bragueta. Mi corazón se agita ante su presencia, ante la paleta del hombre que tiene alma de artista. Me acomodo sobre la manta, que se ha dispuesto para cubrir el piso, a terminar mi sesión fotográfica. Dejo que las nalgas de la oruga, que se ha convertido en mariposa Monarca cautiven mi lente. El tatuaje que corre negro y elegante en sus espaldas me llama la atención, me acerco y lo enmarco, varias fotos hago de él y del trasero extravagante y llamativo. Siento, que al pintor la tentación de pintar el signo de libertad con forma de deidad de su hembra lo acribilla, lo seduce, lo convierte en un perturbado que con su excéntrico señorío y autoridad, dibuja el talle con finalidad lúdica, decorándolo con sus pigmentos vivaces y su sabor a demanda por el éxito. Orate, desenfrenado, poseído, se abalanza sobre ella, la besa. Las lenguas se enajenan con energía y vitalidad. Esta es la forma más simple y más compleja de hacerla suya. No hay tensión, pero el deseo se huele. El aroma es poderoso, profundo, instintivo, contagiante. ¡La obra ha sido terminada!, grita el pintor de torso corpulento y guapura memorable, adhiriendo: ─ El arte, encierra emociones ardientes, lo bello, es armónico y terrible─ Concuerdo con él…
La noche cae, el viento habla con silbidos ligeros, la naturaleza se pierde en su propia sinfonía en la casa y yo, recojo el erotismo sumergido en el arte, con mi Nikon D5.

*primera publicación Revista Tacluache-Mexico

GOTA A GOTA

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Tu aliento gentil, sagrado, intenso, humano
se aferra sobre mi boca roja. Tus manos que me prodigan
caricias salvajes, domestican mi silueta al compás
de “Lágrimas Negras” y de la espuma en la cerveza.

En el mar de nuestra piel, los recuerdos se añejan
y en las sábanas blancas de seda, la vida camina y
se queda.
Porque nuestro amor es vida, porque no morimos al alba
porque nuestros cuerpos son gemidos , porque son antojos
que todavía no se han perdido.
Porque somos un milagro enredado en caderas
mojadas, porque gozamos de los pechos y las manos,
de los ojos y de los suspiros largos.
Porque somos también lamidos, en la oscuridad de un lecho
porque disfrutamos habitar entre piernas, brazos y besos.

Tu aliento gentil, sagrado, intenso, humano
se aferra sobre mi boca roja acompañados de “Llegando a ti.”
Y, con chupitos de vodka, bañados en espuma de cerveza
nuestras risas se trenzan
nuestros silencios hablan
nuestros deseos saltan
al encorvarse las cinturas con el roce de los cuerpos.
Gota a gota, deslizamos el placer hasta sucumbir aferrados
en un mismo latido.

DALILA

DALILA

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El perfume de Dalila se prende a mi cuerpo como lo hacen las algas a las rocas. Dalila se niega a ser olvidada, me busca con su boca tierna y yo, como soy mañoso me dejo llevar. Dejo que sus manos acaricien mi topografía de hombre adulto.
Me vuelvo ante ella un esclavo voluntario de los aromas de su sexo, de sus piernas largas, de sus redondas nalgas, de sus caderas que como grupas de yegua fina cabalgan en mi bajo vientre disciplinadamente, de manera específica y excitante.
Me rindo siempre a su risa, disfruto de su tiempo, porque antes de ella mi vida estaba perdida en el olvido.
Sus manos delicadas acarician mi rostro. Primero los ojos, luego la nariz y por último, recorre también mi boca; su respiración me enciende y me pesa de manera deliciosa. Aspiro su aliento tibio que a la vez me excita, caigo en el abismo del deseo. Mi miembro endurece ante los movimientos de este cuerpo de diosa de ébano. Ya no hay melancolía, más bien su entrepierna es música para mí. Sus húmedos surcos me atraen hacia el disfrute de un placer largo y persistente, a la vez que me dejo llevar por sus movimientos. El niño que hay en mí actúa con impaciencia, pensando que tiene derecho a todo. La aprieto tratando de volverla uno conmigo.
Mi diosa, mi perla negra me detiene y luego se suelta libre, ardiente, jineteando. Nuestras experiencias son como si de un vendaval se tratara. Yo jadeo, ella suspira, gemimos, un grito al unísono sale de nuestras gargantas, retumbando en las paredes, en el suelo y nos golpea con fuerza aumentando la temperatura de la habitación.
Acaricio su espalda. Las líneas de su cuerpo, mejor dicho todo su contorno me despierta a la vida. La luz rojiza del atardecer se cuela por la ventana y su cuerpo que, aún sudoroso y caliente, reposa sobre el mío, trata de descansar mientras yo la venero silente y encantado. Dalila suelta una risa de niña traviesa, luego cae a un lado de la cama con los brazos en cruz y, entonces, mis dedos vuelven a pasear por sus senos bondadosos. Sus pezones se erizan, los beso y la beso y su lengua me sabe a dulce de regaliz. Respiramos al ritmo de las ansias que se avivan, nos agitamos con las danzas y los brincos de nuestras caricias nuevamente. La saliva se mezcla, los labios se mojan, los cuerpos se refriegan con avidez. Clamamos nuevamente por encontrarnos el uno dentro del otro alojando nuestras fantasías dentro del cuerpo y sobre la piel.
Dalila y yo nos recorremos con las miradas, nos enamoramos con las palabras, nos comprendemos con nuestras formas infinitas de ejecutar el amor y saciar el apetito que nos devora en la privacidad. Una descarga eléctrica nos invade, le pido más, quiero llevar sus huellas en mi carne. Ella, con sus extremidades de gacela, se aferra a mis espaldas y suplica agitada que la ame.
La amo, nos amamos, buscamos los cuellos, las orejas, bailamos en nuestras propias llamas.

Amigos, amantes, compañeros y cómplices .Estamos siempre en espera de otro encuentro más con la pasión que se queda después de las batallas corporales en la alcoba oliendo a amor del bueno, encendido y triunfante.
Mi rezo por la noches, mi alimneto durante el dia es ella, es Dalila mi reina Joven llena de soltura, locura y artificios que logra curar los achaques de este cuerpo maduro. Su presencia me santifica, es como el verso de una obra maestra donde las estrellas y el sol bailan a su alrededor. Dalila Es arte, vive para el arte de hacernos feliz. Su carne firme, su figura voluptuosa, su talle marcado se ciñe a mi cuerpo cansado. De su silueta tierna y salvaje emanan olores a flores de campo, a cilindros de canela dulce, al cardamomo del café de la mañana, al mar de la costa de Esmeraldas.
Hay mi Dios! , sus olores son cautivantes, en especial cuando nuestro amorío da rienda suelta a sus aguas que corren en mí como un riachuelo burbujeante. Ahí donde nace el placer, su olor me despierta, la exploro de maneras distintas, con mis dedos, con mi lengua y ella se deja, se deja hacer abriéndose a mí con gozo. Bebo de su intimidad la savia que me devuelve a la vida, ella se encorva y me devuelve el regalo succionando, mordiendo, acariciando trascendiendo con su habilidad y su belleza.

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EL SECRETO DEL CHOCOLATE

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El recuerdo de mis abuelos propiciando un momento íntimo, sea después de la cena, en la sala de música o enrumbando sus pies hacia la huerta de la finca en sus caminatas por la mañana en la época de cosecha, me llamaba en demasía la atención. No entendía cómo la posibilidad del romance y del deseo se encendiera en una pareja de rostros ajados y carnes flácidas.
Una visión contradictoria y ambigua a la vez se creaba en mi cabeza sobre lo que era el sexo en la vejez. Para mí y para el resto de la familia, los abuelos eran dos seres que compartían una vida, intereses en común, pero, al fin y al cabo, viejos. Básicamente, eran ante mis ojos dos seres frágiles sin emociones carnales. El abuelo y la abuela habían logrado mantener su apetito sexual a base de chocolate, su secreto era ese, el chocolate que fabricaba la abuela desde sus tiempos mozos en la cocina. ¿Cómo lo supe?, mi abuela me lo contó cuando de golpe y porrazo le hice la pregunta.
−Abuela Ayumi, ¿cómo has llevado una vida sexual activa con el abuelo? ¿No están muy viejos para concertar citas a solas en la huerta o bañarse desnudos en el río, o de plano hacer el amor después del almuerzo?
Sin embargo, mientras mi abuela me arreglaba el cabello y me colocaba el velo de novia con bordados diminutos de perlas y cristales, ella sonrió de una manera muy peculiar, y me confesó que el chocolate no solo los mantenía jóvenes de espíritu, sino que había sido su incentivo a la hora de hacer el amor. Mi abuelo mexicano le había enseñado el poder del chocolate maya y ella había caído rendida ante el suave, dulce e inconfundible sabor picante de la barra oscura que se diluía caliente en los cuencos de su boca.
─ Elena, no hay alimento más sensual e irresistible que el chocolate. No solo lo digo yo, lo dicen los científicos. Nosotros hemos experimentado su poder en nuestros cuerpos, empezando con el chocolate que hago en casa.
Sacando un bombón con sal rosada del Himalaya de su pequeña bolsa bordada, lo introdujo en mi boca pidiéndome que me relajara y cerrara los ojos. Mi reacción fue de negación al principio, luego sentí que un conjunto de sabores explotaban dentro de la boca. Acentuados, armoniosos y equilibrados se adueñaban de mi cavidad, expandiendo su finura y su intensidad. Una sensación de felicidad, excitación y a la vez de calma, me arrancaron la misma sonrisa que momentos antes me dio la abuela. Mi cuerpo dejó ir a la tensión que lo ocupaba y, ligeramente, las sensaciones anteriores se fortalecieron.

Después de la ceremonia en la finca de los abuelos, cuando la última antorcha se había apagado y los pocos invitados que quedaban se dirigían a sus autos; Armando y yo nos retiramos a la cabaña nupcial a orillas del río, donde la vista de la noche, de la luna y del horizonte se dibujaba como un oasis japonés en medio de los sonidos variables de las cigarras. La cabaña resplandecía hermosa, lucía como una diminuta capilla Sintoísta al pie de rocas y arboles gigantes. Estaba toda iluminada, supe que mi abuela Ayumi y mi abuelo Mateo habían sido los responsables de tanta belleza. Los abuelos veneraban a los Kai, espíritus japoneses de la naturaleza y a Itzamná, el Dios del Cielo Maya, quienes serían testigos fieles del primer recorrido de nuestros cuerpos hacia la entrega al sexo.
Al entrar en la cabaña, las frutas naturales, las flores, los cirios aromáticos desataron las caricias reprimidas por el ajetreo de la recepción. Poco a poco, las manos de Armando desataron los pequeños lazos que cubrían los botones de nácar de mi vestido inmaculado y yo me dejé llevar por la suave respiración del hombre al que había desposado. Los besos húmedos y apasionados provenientes de su boca de miel empezaron a despertar las ganas en mí de devorar su cuerpo con mordidas ligeras, mis manos recorrían su anatomía y de un salto mis piernas se enrollaban alrededor de sus caderas como si fueran los tentáculos pegajosos de un pulpo. Mi interior empezó a sentirse agitado como el mar al percibir las caricias graves de los vientos anunciando la tormenta.
Las cariños se concentraron en los pechos y en las nalgas, luego tirados en el piso, las fresas con chocolate picante que adornaban una fuente se mostraron en la boca de Armando como flores de pétalos divertidos y llamativos. Cada fresa bañada con el líquido espeso y sedoso del cacao procesado se posaron en mis pezones, en el ombligo y en mis entrepiernas encendiendo más el deseo de los dos.
El sabor del chocolate se quedaba en mis papilas como lo hacía el deseo dentro de mi cuerpo. Cada caricia mutua era una actividad que, junto al picante del chipotle en el ganage de chocolate oscuro sobre fruta jugosa y madura, encendía las entrañas provocando movimientos sensuales y seductores hasta hacer que nuestros ojos chispeantes de deseo nos volvieran a seducir con labios que se encuentran, lenguas que se empujan, manos que se aprietan, catapultándonos hacia la calentura.
El olor fuerte del licor de chocolate del abuelo Mate, un tanto amargo, con ligeros aromas a tierra, a tostado y a almendra, cubrió mi cuerpo cayendo pesado como las gotas del almíbar y la lengua de Armando se entretuvo con el líquido que se desplazaba como lava caliente. Su lengua decidida a todo recorrió mis carnes, jugó con mi clítoris, que se abría como una ciruela madura por la excitación. Gritos de gloria rugían en las gargantas por el gozo. Los jadeos olían a luna infinita cuya sangre se vertía en nuestra sangre dulce.
La noche a través de la ventana se escurría curiosa hurgando la pasión de nuestros cuerpos sudados que a horcajadas jineteaban atractivos en sus pasos hacia el ascenso al clímax. Los olores a cacao eran demasiado estimulantes. El aroma de los cirios y el frescor de las frutas se volvieron aliados de nuestros sentidos, aprendimos a disfrutar del cuerpo y del alma liberándonos de los miedos de la primera vez. El sabor de los bombones de clavo, jengibre y azafrán enmarcaba nuestra relación y, gracias a su intensidad y persistencia, permitían que la experiencia de nuestro sexo vaya in crescendo. Con cada diminuta mordida nos penetrábamos llegando a casi adorar el poder activo de un rito que satisfacía nuestros miembros.
Nuestra hazaña duró hasta el amanecer. Envueltos con el sudor que expiraba la carne y protegidos por los Kai y por Itzamná , gozamos del sexo ardiente rodeados del secreto del chocolate.

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