GOTA A GOTA

GOTA A GOTA

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GOTA A GOTA

Tu aliento gentil, sagrado, intenso, humano
se aferra sobre mi boca roja. Tus manos que me prodigan
caricias salvajes, domestican mi silueta al compás
de “Lágrimas Negras” y de la espuma en la cerveza.

En el mar de nuestra piel, los recuerdos se añejan
y en las sábanas blancas de seda, la vida camina y
se queda.
Porque nuestro amor es vida, porque no morimos al alba
porque nuestros cuerpos son gemidos , porque son antojos
que todavía no se han perdido.
Porque somos un milagro enredado en caderas
mojadas, porque gozamos de los pechos y las manos,
de los ojos y de los suspiros largos.
Porque somos también lamidos, en la oscuridad de un lecho
porque disfrutamos habitar entre piernas, brazos y besos.

Tu aliento gentil, sagrado, intenso, humano
se aferra sobre mi boca roja acompañados de “Llegando a ti.”
Y, con chupitos de vodka, bañados en espuma de cerveza
nuestras risas se trenzan
nuestros silencios hablan
nuestros deseos saltan
al encorvarse las cinturas con el roce de los cuerpos.
Gota a gota, deslizamos el placer hasta sucumbir aferrados
en un mismo latido.

1.50 Promedio (49% Puntuación) - 2 Votos
DALILA

DALILA

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El perfume de Dalila se prende a mi cuerpo como lo hacen las algas a las rocas. Dalila se niega a ser olvidada, me busca con su boca tierna y yo, como soy mañoso me dejo llevar. Dejo que sus manos acaricien mi topografía de hombre adulto.
Me vuelvo ante ella un esclavo voluntario de los aromas de su sexo, de sus piernas largas, de sus redondas nalgas, de sus caderas que como grupas de yegua fina cabalgan en mi bajo vientre disciplinadamente, de manera específica y excitante.
Me rindo siempre a su risa, disfruto de su tiempo, porque antes de ella mi vida estaba perdida en el olvido.
Sus manos delicadas acarician mi rostro. Primero los ojos, luego la nariz y por último, recorre también mi boca; su respiración me enciende y me pesa de manera deliciosa. Aspiro su aliento tibio que a la vez me excita, caigo en el abismo del deseo. Mi miembro endurece ante los movimientos de este cuerpo de diosa de ébano. Ya no hay melancolía, más bien su entrepierna es música para mí. Sus húmedos surcos me atraen hacia el disfrute de un placer largo y persistente, a la vez que me dejo llevar por sus movimientos. El niño que hay en mí actúa con impaciencia, pensando que tiene derecho a todo. La aprieto tratando de volverla uno conmigo.
Mi diosa, mi perla negra me detiene y luego se suelta libre, ardiente, jineteando. Nuestras experiencias son como si de un vendaval se tratara. Yo jadeo, ella suspira, gemimos, un grito al unísono sale de nuestras gargantas, retumbando en las paredes, en el suelo y nos golpea con fuerza aumentando la temperatura de la habitación.
Acaricio su espalda. Las líneas de su cuerpo, mejor dicho todo su contorno me despierta a la vida. La luz rojiza del atardecer se cuela por la ventana y su cuerpo que, aún sudoroso y caliente, reposa sobre el mío, trata de descansar mientras yo la venero silente y encantado. Dalila suelta una risa de niña traviesa, luego cae a un lado de la cama con los brazos en cruz y, entonces, mis dedos vuelven a pasear por sus senos bondadosos. Sus pezones se erizan, los beso y la beso y su lengua me sabe a dulce de regaliz. Respiramos al ritmo de las ansias que se avivan, nos agitamos con las danzas y los brincos de nuestras caricias nuevamente. La saliva se mezcla, los labios se mojan, los cuerpos se refriegan con avidez. Clamamos nuevamente por encontrarnos el uno dentro del otro alojando nuestras fantasías dentro del cuerpo y sobre la piel.
Dalila y yo nos recorremos con las miradas, nos enamoramos con las palabras, nos comprendemos con nuestras formas infinitas de ejecutar el amor y saciar el apetito que nos devora en la privacidad. Una descarga eléctrica nos invade, le pido más, quiero llevar sus huellas en mi carne. Ella, con sus extremidades de gacela, se aferra a mis espaldas y suplica agitada que la ame.
La amo, nos amamos, buscamos los cuellos, las orejas, bailamos en nuestras propias llamas.

Amigos, amantes, compañeros y cómplices .Estamos siempre en espera de otro encuentro más con la pasión que se queda después de las batallas corporales en la alcoba oliendo a amor del bueno, encendido y triunfante.
Mi rezo por la noches, mi alimneto durante el dia es ella, es Dalila mi reina Joven llena de soltura, locura y artificios que logra curar los achaques de este cuerpo maduro. Su presencia me santifica, es como el verso de una obra maestra donde las estrellas y el sol bailan a su alrededor. Dalila Es arte, vive para el arte de hacernos feliz. Su carne firme, su figura voluptuosa, su talle marcado se ciñe a mi cuerpo cansado. De su silueta tierna y salvaje emanan olores a flores de campo, a cilindros de canela dulce, al cardamomo del café de la mañana, al mar de la costa de Esmeraldas.
Hay mi Dios! , sus olores son cautivantes, en especial cuando nuestro amorío da rienda suelta a sus aguas que corren en mí como un riachuelo burbujeante. Ahí donde nace el placer, su olor me despierta, la exploro de maneras distintas, con mis dedos, con mi lengua y ella se deja, se deja hacer abriéndose a mí con gozo. Bebo de su intimidad la savia que me devuelve a la vida, ella se encorva y me devuelve el regalo succionando, mordiendo, acariciando trascendiendo con su habilidad y su belleza.

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EL SECRETO DEL CHOCOLATE

EL SECRETO DEL CHOCOLATE

3.83 Promedio (78% Puntuación) - 6 Votos

El recuerdo de mis abuelos propiciando un momento íntimo, sea después de la cena, en la sala de música o enrumbando sus pies hacia la huerta de la finca en sus caminatas por la mañana en la época de cosecha, me llamaba en demasía la atención. No entendía cómo la posibilidad del romance y del deseo se encendiera en una pareja de rostros ajados y carnes flácidas.
Una visión contradictoria y ambigua a la vez se creaba en mi cabeza sobre lo que era el sexo en la vejez. Para mí y para el resto de la familia, los abuelos eran dos seres que compartían una vida, intereses en común, pero, al fin y al cabo, viejos. Básicamente, eran ante mis ojos dos seres frágiles sin emociones carnales. El abuelo y la abuela habían logrado mantener su apetito sexual a base de chocolate, su secreto era ese, el chocolate que fabricaba la abuela desde sus tiempos mozos en la cocina. ¿Cómo lo supe?, mi abuela me lo contó cuando de golpe y porrazo le hice la pregunta.
−Abuela Ayumi, ¿cómo has llevado una vida sexual activa con el abuelo? ¿No están muy viejos para concertar citas a solas en la huerta o bañarse desnudos en el río, o de plano hacer el amor después del almuerzo?
Sin embargo, mientras mi abuela me arreglaba el cabello y me colocaba el velo de novia con bordados diminutos de perlas y cristales, ella sonrió de una manera muy peculiar, y me confesó que el chocolate no solo los mantenía jóvenes de espíritu, sino que había sido su incentivo a la hora de hacer el amor. Mi abuelo mexicano le había enseñado el poder del chocolate maya y ella había caído rendida ante el suave, dulce e inconfundible sabor picante de la barra oscura que se diluía caliente en los cuencos de su boca.
─ Elena, no hay alimento más sensual e irresistible que el chocolate. No solo lo digo yo, lo dicen los científicos. Nosotros hemos experimentado su poder en nuestros cuerpos, empezando con el chocolate que hago en casa.
Sacando un bombón con sal rosada del Himalaya de su pequeña bolsa bordada, lo introdujo en mi boca pidiéndome que me relajara y cerrara los ojos. Mi reacción fue de negación al principio, luego sentí que un conjunto de sabores explotaban dentro de la boca. Acentuados, armoniosos y equilibrados se adueñaban de mi cavidad, expandiendo su finura y su intensidad. Una sensación de felicidad, excitación y a la vez de calma, me arrancaron la misma sonrisa que momentos antes me dio la abuela. Mi cuerpo dejó ir a la tensión que lo ocupaba y, ligeramente, las sensaciones anteriores se fortalecieron.

Después de la ceremonia en la finca de los abuelos, cuando la última antorcha se había apagado y los pocos invitados que quedaban se dirigían a sus autos; Armando y yo nos retiramos a la cabaña nupcial a orillas del río, donde la vista de la noche, de la luna y del horizonte se dibujaba como un oasis japonés en medio de los sonidos variables de las cigarras. La cabaña resplandecía hermosa, lucía como una diminuta capilla Sintoísta al pie de rocas y arboles gigantes. Estaba toda iluminada, supe que mi abuela Ayumi y mi abuelo Mateo habían sido los responsables de tanta belleza. Los abuelos veneraban a los Kai, espíritus japoneses de la naturaleza y a Itzamná, el Dios del Cielo Maya, quienes serían testigos fieles del primer recorrido de nuestros cuerpos hacia la entrega al sexo.
Al entrar en la cabaña, las frutas naturales, las flores, los cirios aromáticos desataron las caricias reprimidas por el ajetreo de la recepción. Poco a poco, las manos de Armando desataron los pequeños lazos que cubrían los botones de nácar de mi vestido inmaculado y yo me dejé llevar por la suave respiración del hombre al que había desposado. Los besos húmedos y apasionados provenientes de su boca de miel empezaron a despertar las ganas en mí de devorar su cuerpo con mordidas ligeras, mis manos recorrían su anatomía y de un salto mis piernas se enrollaban alrededor de sus caderas como si fueran los tentáculos pegajosos de un pulpo. Mi interior empezó a sentirse agitado como el mar al percibir las caricias graves de los vientos anunciando la tormenta.
Las cariños se concentraron en los pechos y en las nalgas, luego tirados en el piso, las fresas con chocolate picante que adornaban una fuente se mostraron en la boca de Armando como flores de pétalos divertidos y llamativos. Cada fresa bañada con el líquido espeso y sedoso del cacao procesado se posaron en mis pezones, en el ombligo y en mis entrepiernas encendiendo más el deseo de los dos.
El sabor del chocolate se quedaba en mis papilas como lo hacía el deseo dentro de mi cuerpo. Cada caricia mutua era una actividad que, junto al picante del chipotle en el ganage de chocolate oscuro sobre fruta jugosa y madura, encendía las entrañas provocando movimientos sensuales y seductores hasta hacer que nuestros ojos chispeantes de deseo nos volvieran a seducir con labios que se encuentran, lenguas que se empujan, manos que se aprietan, catapultándonos hacia la calentura.
El olor fuerte del licor de chocolate del abuelo Mate, un tanto amargo, con ligeros aromas a tierra, a tostado y a almendra, cubrió mi cuerpo cayendo pesado como las gotas del almíbar y la lengua de Armando se entretuvo con el líquido que se desplazaba como lava caliente. Su lengua decidida a todo recorrió mis carnes, jugó con mi clítoris, que se abría como una ciruela madura por la excitación. Gritos de gloria rugían en las gargantas por el gozo. Los jadeos olían a luna infinita cuya sangre se vertía en nuestra sangre dulce.
La noche a través de la ventana se escurría curiosa hurgando la pasión de nuestros cuerpos sudados que a horcajadas jineteaban atractivos en sus pasos hacia el ascenso al clímax. Los olores a cacao eran demasiado estimulantes. El aroma de los cirios y el frescor de las frutas se volvieron aliados de nuestros sentidos, aprendimos a disfrutar del cuerpo y del alma liberándonos de los miedos de la primera vez. El sabor de los bombones de clavo, jengibre y azafrán enmarcaba nuestra relación y, gracias a su intensidad y persistencia, permitían que la experiencia de nuestro sexo vaya in crescendo. Con cada diminuta mordida nos penetrábamos llegando a casi adorar el poder activo de un rito que satisfacía nuestros miembros.
Nuestra hazaña duró hasta el amanecer. Envueltos con el sudor que expiraba la carne y protegidos por los Kai y por Itzamná , gozamos del sexo ardiente rodeados del secreto del chocolate.

3.83 Promedio (78% Puntuación) - 6 Votos
Muero en ti

Muero en ti

3.82 Promedio (77% Puntuación) - 11 Votos

Muero en tu virilidad y en mi respiración
muero en el placer de ahogarme en tu ser
con tus palabras en mi oído
y con tus besos en la humedad de mi boca.

Muero con tus montañas, con mis surcos,
muero temblorosa en ti
con nuestros poros que se abren por la dicha,
con nuestros rítmicos latidos
en este viaje de intimidad donde la libertad
es accesible al saciar nuestro apetito.

Sucumbo sobre el último deseo que emerge de tu
piel salada,
muero con tus caricias en mis pechos, me posees y te deleito
con mis piernas de infierno donde yace tu rosa de los vientos,
tu gruta sagrada.
Los cuerpos desnudos se abrazan, las manos se buscan
la respiración se exalta
alcanzando la dicha sin prejuicios y sin miedo.

Muero, sucumbo, descubro tus ansias voraces
me habitas, me desgarras, invades mis entrañas
con tus dedos y, con tu lengua roja como serpiente ratonera
recorres la suavidad de mis carnes.
Me rebelo, cabalgo en tus caderas, te hundes en mi cuello y
muero en ti.
Muero en la tibieza de tu savia blanca
que cual río se desborda en mi bosque oscuro.

3.82 Promedio (77% Puntuación) - 11 Votos
Sexo sin Prejuicio

Sexo sin Prejuicio

3.83 Promedio (78% Puntuación) - 6 Votos

Mi amigo Ramón se paró por el café y comenté con él mi sufrir por Mariam. Ramón, tiene meses escuchando la historia de mi pasión oculta y frustrada hacia ella, hacia la mujer que habita en un lugar lleno de obligaciones y monotonía; hacia esa morena de mediana estatura con piel de porcelana y ojos cautivadores.
La primera vez que con mi amigo incondicional de historias tomábamos un trago en el trabajo mencioné su nombre, y de ahí en adelante, sin falta, en cada una de sus visitas le detallo mis fantasías con la diosa de carne y hueso que invade mis pensamientos las 24 horas del día.
− Hoy es miércoles, así que llegará de un momento a otro − le comento a Ramón. −Vive en el edificio de enfrente, en el apartamento 305 con su madre, una anciana pretenciosa y abusiva y su esposo; un vejete gruñón que viaja todo el tiempo.
Mi amigo, para no perder la costumbre se sienta en la mesa del costado que me sirve de escritorio, ordena una botella de vino con sus usuales sanduchitos de pepino y crema agria, me mira sacudiendo su cabeza como signo de incredulidad al verme correr hacia la entrada a sostener la puerta para que mi vicio cotidiano que viste de azul esta mañana entre al establecimiento.
−Hola Mariam, qué gusto tenerla por aquí.
Le doy la bienvenida tratando de sonar natural, ella, agradece el gesto con una leve sonrisa que se dibuja amplia y transparente en sus labios. Me contesta amablemente con un: − igualmente Juan, es una delicia venir por aquí. Entonces, solo con esa frase se me enciende la sangre viéndola avanzar hacia el mostrador con su caminar seguro. La observo ensimismado estudiando uno a uno sus gestos. me gusta su cabellera color miel que deja un rastro a frutas frescas cuando la brisa de la calle se le pega para entrar, el movimiento de sus manos al sacar su monedero es siempre suave y sin prisa, admiro sus pantorrillas firmes, sus rodillas redondeadas y sus muslos torneados bajo esa falda que le arma como una segunda piel. Todo en conjunto, me despierta el instinto de una manera tal, que deseo fervientemente que el sexo sea parte de esta relación.
Continúo mi escrutinio y me fijo en sus pechos, los imagino suaves al tacto, perfumados por ese aroma a lirios que me incita a recorrer su cuello con mi boca prodigando mordidas ligeras e insinuantes. En mi cabeza la escena de un beso sobre sus labios carnosos delineados de rosa se forma como una burbuja que desencadena una atmosfera que me provoca escalofrío .Mi rostro me traiciona, lo siento, me he sonrojado como un chaval.
Mariam, pide su café francés y su pastel de chocolate sin darse cuenta que la persigo con ojos incrédulos y débiles por la ansiedad. Con la cara de borrego degollado bajo la cabeza, cierro la puerta, me dirijo al encuentro de Ramón que ríe a carcajada limpia disimulando ante los clientes que lo que le ha provocado tal risotada es una nota en el periódico de hoy. Ramón levanta la mano y pide un vaso con agua, yo me siento a su lado confesándole lo que acabo de experimentar dentro de mi cabeza.
También le digo que, cada otro sábado mi morena ordena su tarta de jamón y queso manchego, al igual que la ensalada de salmón con setas y yo, espero ansioso el poder hacer la entrega personalmente solo para verla. Fantaseo con ella, sugerente, hermosa y desnuda sirviéndome una copa de vino mientras dispone el almuerzo sobre la mesa caoba de su comedor impecable. Sin embargo, la verdad es otra, en realidad me quedo en la puerta extendiendo su pedido cuidadosamente preparado, recibiendo a cambio las que en estos casos se da, acompañados de su brillante sonrisa.
Mi amigo, me mira con la boca entreabierta. En su mirada atónita y fija puedo descifrar su interés por que le cuente más pero, a la vez leo la pena que lo invade por lo miserable de mi estado.
−Amigo del alma − continúo diciéndole−, la veo todos los días pasar y en ese momento es donde mi corazón se altera, los músculos se tensan, las manos sudan e inconscientemente empiezo a delirar sentado en este mismo rincón, aquí donde los dos estamos. La diferencia es que no hay vino, ni sanduchitos de pepino, lo que hay, es una ansiedad terrible que se calma cuando divago con su cuerpo curvilíneo amarrado en mis abrazos. – Entiende que apetezco su aroma delicadamente cítrico, dulce e intenso. Cuando se despide con esos medios abrazos, con esos abrazos políticos donde ligeramente sus hombros se pegan a mi pecho, donde puedo sentir el crujir de su blusa almidonada, tienen como resultado que, su presencia me oprima el alma y las entrañas. − Sabes? , sus ojos los llevo pintados en mis pupilas, su mirada me alborota y me calienta el cuerpo, las pasiones reprimidas se desatan en mi interior con más intensidad cuando la dejo de ver. Ramón me observa con la boca llena escudriñando mi mirada, como queriendo averiguar si estoy cuerdo o me estoy volviendo loco.
−Me reto la mayor parte del tiempo a no pensar en ella, me juro a mí mismo el recapacitar, pero cuando llega la noche y ella cruza la vereda hacia su edificio, nuevamente trago saliva y contengo la respiración para no salir corriendo a poseerla en la oscuridad de la calle. Me gusta la perfección de su rostro de pómulos prominentes y de hoyos en las mejillas. Cuando llega las 9 de la noche y ella apaga la luz de su habitación, yo, acompañado de papeles, de cuentas y de gente que limpia, escondido en esta esquina, cierro los ojos suspirando hacia mis adentros queriendo apaciguar estos deseos locos. −Esta sensación me asusta amigo, suena dramático, lo sé pero, este sentimiento me levanta con todo desordenado, tengo desordenada la vida, el sueño, los pensamientos y hasta la risa. Sólo de pensar que habla con otro, me duele hasta la respiración. A veces dejo de venir al café para no encontrarla, pero su olor me persigue, y el sonido de su voz que repica en mi cerebro provoca un encanto en mi al punto que, paso asomado en la ventana esperando volver a verla, cuando cuelga la ropa en la azotea con sus camisillas de encaje, mi imaginación trabaja a mil con su silueta prensada en mi cabeza. Así embobado, me tiene compadre. − La sueño despierto sintiendo en mi piel el olor a lirios de la suya. En ocasiones mi aventura erótica empieza con un masaje a sus delgados pies, luego, subo hasta su pubis repartiéndole besos de miel, después la enamoro acariciando sus adentros quedando sorprendidos y jadeantes al sentir la respuesta en nuestros genitales que se abren, se mojan y se inflaman llenos de necesidad y a la vez de satisfacción.

Al terminar, me doy cuenta que Ramón y yo nos hemos bebido tres botellas de Palomo Cojo. Mi amigo sostiene la mirada, asombrado y con un tono autoritario, me pide que de una vez por todas termine con esta tortura.
– Juan, tío, eres joven, apuesto, varonil y con dinero; toma el toro por los cuernos, corta rabo, corta oreja y listo.− ¡Por tu madre, joder!, o te vas al ruedo o te sales del ruedo pero, lo que es yo, no puedo seguir escuchando este soneto calenturiento.
Dicho esto, se levanta dándome unas palmaditas en la espalda y revolviendo los cabellos de mi coronilla con su palma. Yo, me quedo sentado, con todos mis miembros tiesos por la tensión de la conversación. Así, pasan unos cuantos meses más, hasta que el pasado lunes por la mañana me llené de valor e invité a Mariam al café a tomar una copa de champaña acompañada de bocadillos al momento de su recurrente visita semanal. Ella aceptó de inmediato. Quedamos de vernos el viernes de esa semana de junio, una hora antes de cerrar. Para esta cita faltan pocos días con sus noches…!puf, en que lio me he medido! – pensé− cuando Mariam se despidió.

Llega el día miércoles y Marian ordena su café y su pedazo de pastel de chocolate, se despide emprendiendo su rumbo acostumbrado, no sin antes preguntar, − Juan, sigue la invitación puesta para el viernes?, − yo puedo con gusto, eh?−
Mientras ella habla, yo la vuelvo a recorrer con mi mirada llena de ganas, sabiendo que las horas hasta el encuentro serán inmensamente largas, pero le contesto sin dejar espacio a la torpeza, − ¡Claro Mariam, faltaba más!. Llega un champaña nuevo y me gustaría que la disfrutaras. − Vamos que te espero.
Por fin el día esperado ha hecho su arribo, al estar en la trastienda acomodando la mesita y enfriando el champaña, Mariam hace su entrada triunfal. Hoy luce radiante, no es que no luce así normalmente, pero el vestido veraniego con flores diminutas, de fondo rosa como el rosa de sus labios le arma espectacular, deja ver un poco más de sus muslos, su piel morena tiene un tono brillante que la hace más seductora, sus pechos sobresalen de manera elegante del escote en v, su cabello baila al vaivén de su contoneo del cual brotan la mezcla de aromas de fruta madura y miel. No puedo articular más palabra que un seco y sus labios carnosos y húmedos se posan entre la comisura de mi boca y la mejilla, dejando un rastro de saliva. Entonces, una fuerza inmediata y apasionada se apodera de mí y la tomo entre los brazos, Mariam no opone resistencia, la apoyo en la pared y empezamos la delicia de querer descubrirnos. Sincronizados los dos, nos recorremos con devoción y entre suspiros. Nuestras miradas chocan queriendo más, me introduzco en ella con movimientos repetitivos. Con un grito silencioso sus dientes se clavan en mi carne, y me corro dentro de la musicalidad de sus piernas. Repetimos las miradas devoradoras. Asombrado todavía por su reacción, caemos al suelo, la poseo nuevamente como un desquiciado. Tengo hambre y sed de su cuerpo, y ella, ella baila mi embriaguez sexual a ritmo de dulzura. Muerdo sus nalgas duras, respingadas y tersas, siento los jugos del interior de su vulva mojar mi boca, sus manos de dedos delicados rozan mi entrepierna llegando hasta mi falo y, nos entregamos al orgasmo acompañados de gritos intermitentes. Seguimos con la tarea de practicar nuestro sexo, abandonándonos sin prejuicio, sin pesadumbres; el placer nos invade de una forma elegantemente virulenta. Escucho sus gemidos entrecortados y suaves, pidiéndome que la posea con todo el poder que me da su existencia, su olor apanelado y el mío, provoca el besarnos y lamernos iniciando nuevos recuerdos y sensaciones. Sus palabras de deseo evocaban más el gozo. ¡Follamos toda la noche!
Ramón ha llegado por el café, sentados en la misma mesa, en el mismo rincón, con los mismos sanduches y habiendo acabado ya no tres botellas de Palomo Cojo si no el doble, me descubro ante él comentándole sobre mis amores con Mariam
− ¡Vaya hombre, ya era hora tío! − dijo con su sonrisa sarcástica.
Sentados en el mismo rincón comparto la última experiencia con la mujer que me devora la piel a traves de nuestros explosivos encuentros sexuales. Le comento que recuerdo que en una de las citas, nos llevamos a envolvernos en una carrera apasionada contra el tiempo dentro del Tren hotel, llegamos al punto de seguridad y con voz muy queda, le pedí un beso, Mariam se pegó a mi cuello, me hizo cariños comentando que le gustaba mi olor a hombre, que le caminaban hormigas por todo el cuerpo cuando aspiraba mi perfume mentolado y a madera. Que al mezclarse con nuestro sudor hacia que su piel le grite al deseo. Su aroma también se me pegó al cuerpo dulcemente. Pasamos a nuestro vagón y, provocado por las ganas, la empujé hacia mí obligándola a entrar en mis fronteras con su boca; compartimos el calor humano, nos impregnamos de nuestra geografía teniendo como testigos silenciosos a los usuarios de Renfe. Sentirla ansiosa y a punto de llegar al clímax me despertó más la creatividad y, el peligro de ser descubiertos en el acto nos volvía más cachondos. Siempre llegamos al límite de la pasión, no tenemos remordimientos ni tampoco inhibiciones. Nos disfrutamos diciéndonos guarrerías, somos codiciosos con el sexo y la improvisación, nos resulta atractiva.
Un suspiro surge de improviso en Ramón, luego repite entre dientes muy sonriente, − es imposible Juan, esto es algo ya casi perverso−, ligeramente me revuelve los cabellos como es su costumbre y yo sin más replico: − Amigo de mi alma, Mariam se ha convertido en una necesidad diaria, es un vicio que estoy empezando a amar.
FIN

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