EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (2ª parte)

EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (2ª parte)

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Aquel día la noche le cayó encima sin darse cuenta. Caminó sin descanso desde bien temprano con la intención de hacerse con una buena lista de pedidos. Amaneció con el cielo despejado y así siguió hasta que sobrevino la oscuridad sin ser anunciada por el crepúsculo.

Estaba tan absorto en su tarea que no fue consciente de lo mucho que se había alejado de las zonas habitadas. El sol le había golpeado con fuerza mientras estuvo visible. Hasta que no notó su ausencia no comprobó los efectos que andar todo el día bajo él le habían dejado en su cuerpo. Estaba fatigado y sediento. Tenía la boca seca por la falta del líquido elemento y de tanto hablar.

Se sentó en un banco. Sacó la libreta del maletín y contó los pedidos. Sonrió satisfecho. Se encendió la luz del porche de la casita que tenía justo detrás. Era pequeña y coqueta. La zona estaba llena de viviendas unifamiliares casi todas iguales. Parecían clonadas. Se distribuían simétricamente de dos en dos. La que ahora tenía frente a él era diferente. Más vieja. Era como una casita Victoriana en miniatura. Desentonaba totalmente en el entorno. Decidió que sería la última visita del día. Con un poco de suerte allí le podrían dar una baso de agua y dejarlo llamar a un taxi.

Golpeó con energía tres veces. Nadie contestó. Repitió la operación y la puerta cedió abriéndose lentamente. Mientras lo hacía emitía un chirrido que le puso los pelos de punta. Se adentró con prudencia esperando encontrar a alguien detrás de ella. «Quizá sea un niño y por eso no lo veo», pensó. Ya le había ocurrido en otras ocasiones. Con todo el cuerpo dentro del recibidor se dio cuenta que sudaba y esta vez no era por culpa del astro rey.

¡Buenas noches! Suba, suba.

Alzó la vista y al final de una escalera empinada se encontraba una mujer que le hacía señas para que subiera. De repente se quedó paralizado. Los ojos se le abrieron como platos y dejó caer el maletín que llevaba.

La mujer que lo esperaba solo vestía un salto de cama de color negro con transparencias. Intentó tragar saliva pero no pudo generarla, así que se tuvo que conformar con carraspear.

Buenas noches señora. Ya sé que quizá sea un poco tarde…

¡No le escucho! Haga el favor de subir.

Aunque turbado, no pudo evitar volver a mirarla, fijándose en los pocos detalles que desde esa distancia podía apreciar. Pero su mente ya había compensado esa carencia añadiendo imaginación. Quiso convencerse de que se trataba de una mujer de mediana edad, tremendamente atractiva y con una curvas que apenas podían esconder la diminuta prenda que llevaba. Se fijó en los zapatos de tacón de aguja que llevaba y se preguntaba quién se atrevería a salir a la calle así. Pronto se daría cuenta que no era esa la intención de la anfitriona.

Comenzó a ascender torpemente mientras notaba como el corazón luchaba por salir de su cavidad. Golpeaba tan fuerte que casi podía tocarlo con las manos. Como hipnotizado prosiguió con la inspección. Recorrió con la mirada cada centímetro de sus piernas. Sobrepasadas la rodillas imaginó que al final de aquellos muslos estaría la joya de la corona protegida por unas sensuales braguitas que harían juego con el picardías. Una huérfana ráfaga de viento entró por la puerta haciendo que la falda del cortísimo camisón alzara el vuelo.

En ese momento tropezó y se dio bruces contra los escalones. Ella acudió a auxiliarlo. Se agachó para ayudarlo a incorporarse. Vicente levantó la cabeza y se encontró de lleno con un paraíso que confirmaba sus pensamientos y del que no se pudo desprender por el resto de sus días. Ni siquiera ahora, mientras se lo explicaba a su superior, podía evitar excitarse.

¡Pero sigue, sigue! No te pares ahora. No me dejes así…

«Necesito un vaso de agua»

Yo te traigo uno de vino que será más emocionante —se apresuró a contestar su jefe.

No me ha entendido. El vaso de agua se lo pedí a ella.

Sin recordar cómo, Vicente se encontró empotrado en el sofá de lo que supuso que era la sala de estar. Era tan bajo y desvencijado que las rodillas le quedaban casi a la altura de los ojos. Era imposible incorporarse sin ayuda. Hubiera estado más cómodo sentado en el suelo. Una solitaria lámpara con la pantalla de un desgastado color rojo era la única fuente de luz. Estaba sobre uno de los pocos muebles que se podían vislumbrar en aquella penumbra de burdel.

Disculpe usted. No quería molestarla a estar horas.

No me molestas. Agradezco tu visita.

Tengo la garganta seca. ¿No podría darme un vaso de agua?

¿Y tú, qué me vas a dar?

Verá, soy vendedor de libros…

Crees que voy vestida para leer algún libro.

Nada más decir esto, la mujer se aproximó a Vicente tanto que casi le puso los pechos en bandeja. Aquella visión lo volvió a perturbar de tal manera que le provocó otro intento fallido por tragar saliva. Este fue doloroso y se notaba la garganta totalmente irritada.

No sé adónde iba usted o qué pretendía hacer. No tenía intención de interrumpirla. Pero necesito beber un poco de agua…

¿Qué estás insinuando? !Soy una señora!

Verá. No quería ofenderla. Pero si hablamos de insinuación…

Quizá tú seas uno de esos…

…De esos que tienen sed. Sí.

Me refería de esos a los que les gustan los hombres .

¡Noooo!

¿No te gusta lo que ves?

¡No se puede imaginar lo que me gusta! Por eso necesito agua, para no desfallecer. No quiero perderme esta visión.

No tengo.

¿No tiene agua?

No tengo dinero.

¿Cómo dice?

Para comprarte libros.

No se preocupe por ello. Yo se los regalo todos, pero por el el amor de Dios, deme un vaso de agua.

 

4.33 Promedio (259% Puntuación) - 3 Votos
EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (primera parte)

EL VENDEDOR DE LIBROS A DOMICILIO (primera parte)

4.00 Promedio (80% Puntuación) - 1 voto

Sobrevivía con testarudez a los nuevos tiempos. Todo el mundo le decía que ya no tenía futuro, que era una reliquia del pasado y que debería estar en un museo o en los libros de historia como una más de las profesiones que habían desaparecido con la nuevas tecnologías. Pero él se empeñaba en seguir haciendo las cosas como siempre, como le habían enseñado y como las llevaba practicando desde hacía más de tres décadas.

En aquello era el mejor. Nadie le ganaba. Algunos se le aproximaron però nadie llegó a hacerle sombra. Imposible imitarlo. Él era sobre todo perseverante, constante, creativo y diferente. Unas virtudes cada vez menos valoradas. Ahora estaban de moda otras relacionadas con la espectacularidad y la velocidad. Todo tendía a ser para un consumo compulsivo y de corta duración. El éxito se alcanzaba a la misma velocidad que llegaba también el fracaso. Mantenerse arriba ya no era lo más importante. Ahora se trataba de sustituir continuamente al producto que había alcanzado la cima antes de que éste iniciara el descenso del olvido o del cansancio.

Él seguía creyendo que el placer estaba precisamente en todo lo contrario. En saborear las cosas poco a poco. En digerirlas lentamente para que se asienten bien en nuestro interior. Así lo pensaba y así lo seguía haciendo. Si permanecía en la empresa es porque su números seguían demostrando que el método que empleaba seguía estando vigente, aunque era el único que lo defendiera.

Era vendedor de libros a domicilio. Cuando entró a trabajar en la editorial más importante se sintió la persona mas feliz del mundo. Aquello colisionaba frontalmente con lo que le decían sus amigos:

¿Estás seguro?

Siempre he querido dedicarme a eso.

Es un trabajo duro y muy poco agradecido. ¡Nadie quiere ser vendedor de libros!

Pues yo sí. Me gustan los libros y poder distribuir ese placer creo que es una labor muy digna.

Naturalmente no tuvo ningún problema para obtener el trabajo. Sólo se presentaron dos personas al puesto y su entusiasmo era tal que el entrevistador no tuvo ninguna duda.

Ahora todo era diferente. La empresa había tenido que adaptarse a las nuevas necesidades y el negocio principal ya no era vender libros a domicilio. Se vendían a través de plataformas en la red y la mayoría en formato digitales.

Ya no necesitaban vendedores como Vicente. Él seguía atendiendo a su clientes de forma regular y les sugería los últimos títulos que habían aparecido en el mercado en función de sus gustos. Era lo más parecido a un médico de cabecera. Conocía tanto a sus clientes que sabía en todo momento lo que necesitaban en función de su estado de ánimo. Así cuando los hijos eran adolescentes siempre llevaba un libro de aventuras imposibles donde los protagonistas eran rebeldes y luchadores de causas perdidas. A unos recién casados les sugería un libro de cocina a él y a ella una novela donde la protagonista era una mujer fuerte y determinada. Si la confianza había sobrepasado el pasillo o la cocina y lo hacían pasar a la sala de estar, se atrevía a sugerirles un libro de contenido erótico mientra daba sorbos al café. A la abuelas les regalaba libros de viajes que nunca habían podido realizar o de jardinería. Si la vista ya no les permitía disfrutar de la lectura, él perdía diez minutos y les leía algún pasaje de un delicioso paseo en góndola por los canales de Venecia o a lomos de un camello visitando la ciudad perdida de Petra.   

Su técnica consistía en eso. En conocer a sus clientes, en relacionarse con ellos. Atenderlos y perder el tiempo que fuera necesario par crear un vínculo especial y humano. La necesidad por leer surgía de forma natural y en consecuencia ahí estaba él para satisfacerla. La personalización era tal que sus clientes no pisaban una librería desde hacía años.

Sus nuevos jefes le decían que era un especie en extinción. No porque no fuera beneficiosa su fórmula, sino porque lo que de verdad se había transformado era la forma de consumir. Los que habían cambiado eran los clientes. Vicente lo pudo comprobar con el paso del tiempo. A medida que sus compradores pasaban a mejor vida o se alejaban de ella por culpa de un cerebro ausente de memoria y razonamiento, se fue quedando sin trabajo. Los hijos preferían una tableta electrónica que un conjunto de hojas de papel encuadernadas.

¡Hasta aquí hemos llegado! Vamos a cerrar esta línea de negocio.

No me veo haciendo otro trabajo.

Tienes dos opciones: o te reciclas o te jubilas.

El reciclaje consistía en transformarse en vendedor de enciclopedias. En realidad se trataba de colocar todo tipo de artilugios y enseres para justificar la compra a plazos de una colección de tomos que nadie consultaría. El objetivo eran personas de edad avanzada que quedaban deslumbradas ante la cantidad de regalos que recibían a cambio de comprar una ristra de pesados volúmenes que ocuparían un espacio principal en la librería del comedor. Por ello se comprometían durante años a pagar unas cuotas abusivas. La casa se les llenaba de cacharros de cocina, de colchones tan duros donde era imposible soñar y de máquinas contra el dolor o para ejercitar unas piernas fatigadas de caminar tantos años por los tortuosos caminos de su existencia.

¡No me gusta engañar a la gente!

Es todo legal.

Es un atropello.

¡No te pongas puritano! ¿Acaso no tuviste problemas con la justicia por culpa por no saber frenar tu lujuria?

Aquello fue diferente. Era joven y me engatusaron.

Se refería a un episodio que sufrió al principio cuando empezaba a buscar clientes puerta a puerta. Su entusiasmo le llevaba a no seleccionar los barrios donde ofrecer sus servicios y esa imprudencia le ocasionó más de un problema.

 

4.00 Promedio (80% Puntuación) - 1 voto
Novela: Botas de hule, de Arturo Ortega

Novela: Botas de hule, de Arturo Ortega

5.00 Promedio (200% Puntuación) - 2 Votos
  • Título: BOTAS DE HULE. Tras la huella de la revolución.
  • Autor: JOSÉ ARTURO ORTEGA IBAÑEZ
  • Editorial: CALIGRAMA
  • Primera edición: mayo 2018
  • Páginas: 245

Lo peor que le puede pasar a una novela es que deje al lector indiferente. Eso no ocurre con la ópera prima de Arturo Ortega, Botas de Hule.

Cuenta la tortuosa vida de dos enfermeras españolas —que además són primas— que se dejaron seducir y formaron parte, por diferentes motivos, de los movimientos guerrilleros de la revolución sandinista y del M19 colombiano.

Se trata de una historia conmovedora y en ocasiones desgarradora. Hay pasajes tan terroríficos que se podía haber dejado llevar por un estilo sensacionalista y recrearse con escenas de sangre y violencia que gustan tanto en estos tiempos. Pero no lo hace. La forma en que escribe es directa y ausente de adornos. Parece incluso que se esfuerce en economizar palabras. A veces uno tiene la sensación de que es una narración un tanto telegráfica, pero la trama es tan interesante que una vez que te has metido dentro ya no puedes parar hasta el final. Y eso, desear acabar una novela, es una virtud que no todos los libros provocan.

Botas de Hule es también un relato profundo. Que hace pensar, aunque eso tampoco esté de moda ahora. Te hace reflexionar sobre lo fácil que es confundirse de objetivos cuando se tiene esa edad en que las injusticias provocan una rabia incontenible. Ésa, puesta en manos de líderes ambiciosos, sin escrúpulos y manipuladores, han conducido a lo largo de la historia de la humanidad a la perdición de generaciones enteras de jóvenes que buscaban «el nuevo hombre». ¿Acaso han cambiado las míserias humanas a lo largo de la evolución? En definitiva es lo que alguien dijo en alguna ocasión: «Una revolución lo cambia todo para dejarlo otra vez igual que estaba».

Por todo ello recomiendo su lectura a todo aquel que sea inconformista, que se siga cuestionándose todo de esta vida, que luche por intentar cambiar las cosas, por tener un criterio propio y no dejarse llevar por la corrientes de pensamiento dominantes… Naturalmente también se la recomiendo a aquel que, simplemente, quiera pasar un buen rato con una buena historia.

MECO JC

5.00 Promedio (200% Puntuación) - 2 Votos
QUIERO ESCRIBIR

QUIERO ESCRIBIR

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Quiero escribir. No puedo. Me pregunto el porqué. No obtengo respuesta. No hace tanto tiempo que con solo cerrar los ojos emprendía un viaje alucinante que me nutría la mente de infinitas sensaciones con las que podía escribir todo tipo de historias. Ahora los cierro y me siento seco. Creo que es por la ausencia de lubricante. Los abro y los cierro unas cuantas veces más con energía, pero no despego. Allí sigo. Yermo de ideas, que no de pensamientos. Pienso mucho. Demasiado. Pero no puedo escribir. Entonces recurro a la música. Siempre infalible. Nada. Parece haberse aliado con mi cerebro. Sigue sonando y espero que me trasnporte. Busco apoyo mirando al infinito pero los feos edificios me lo impiden. Cojo una hoja en blanco. Empiezo a escribir tonterías esperando entrar en calor. Como cualquier deportista, necesito entrenar la imaginación. Suena el teléfono. Me felicitan. Dudo. Creo que se han equivocado. Miro las noticias y me abordan con imágenes de desastres humanitarios. Son breves. La muerte siempre es así. Nos pasamos toda la vida esperándola, para que luego llegue en el momento menos oportuno. La realidad me golpea de nuevo. El fútbol se impone y el despliegue informativo es indecente. Tanto como las estupideces de los políticos. Me entra otro mensaje. También me felicitan. ¿Será verdad? No contesto, pero me distrae de mis inútiles reflexiones.

Me doy cuenta que todavía no he hablado del tiempo. Bueno eso lo dejo para las conversaciones de ascensores. Sonrío al pensar en cómo evitamos muchas veces coincidir con el vecino. En lo lentas que son las puertas cuando escuchas que se acerca. Pulsas con insistencia el botón pero la memoria electrónica sigue meditando.  Cuando lo das todo por perdido se ponen en movimiento. ¡Por fin!, suspiras en voz baja. Respiras profundamente y notas que tienes dibujada una sonrisa maliciosa. De victoria. Apoyas la espalda en la pared. En ese momento un pie bloquea el cierre total de las puertas. Te cagas en el inventor de la células fotoeléctricas. Sigues sonriendo pero ahora con hipocresía.

Muchas gracias por esperar.

Esta puertas se cierran muy deprisa. Son peligrosas —le digo.

¡Vaya tiempo que hace!

El que toca para la época que estamos.

Sí. Parecía que no iba a llegar…

Suena el aviso de que hemos llegado. Salgo cabizbajo y me despido. Noto su mirada en el cogote. «¡Cabrón! Te ha salido mal la jugada», leo en sus pensamientos.

Me entran más mensajes en el móvil. Son muchos. Ahora sí que voy a tener que contestar. Doy las gracias. Sigo sin saber qué escribir. La música continúa  y los edificios feos no se han movido de su lugar.

No es como en las otras ocasiones. He leído sobre esta falta de inspiración pasajera y le llaman «el síndrome de la página en blanco». Sonrío de nuevo. Siempre había pensado que era cuestión de constancia y dedicación, como en casi todo lo que hacemos, sea creativo o no.

Me acuerdo de mis primeros pasos en esta aventura de contar historias más allá de las la propias experiencias y situaciones personales. Al principio todo parece fácil porque tienes almacenadas en tu cerebro multitud de vivencias y necesidad de exponerlas a través de una narración para que no se note mucho que estás hablando de ti. Quieres vaciarte. Es una especie de terapia que te ayuda a ahuyentar a los fantasmas. Es mejor escribir sobre lo que piensas y sobre lo que te sucede que acudir a un psicólogo. Tienes la necesidad de comunicarte de ese modo. Sientes un placer enorme en la construcción de esos textos y piensas que eso de escribir es una cosa natural. Todo el mundo puede hacerlo. Solo hay que intentarlo.  

Pero eso se acaba o mejor dicho te das cuentas que que te repites. De que ya no hay originalidad en tus relatos. De que todos se parecen. De que ya no tienen ningún interés. Ya estás vacío. ¿Y ahora qué? Has descubierto un mundo maravilloso y no sabes cómo continuar. Has encontrado una afición impresionante que te proporciona un placer indescriptible y que te deja unas sensaciones sin las cuales ya no puedes vivir. Es entonces cuando por primera vez te planteas ser escritor. Solo pensarlo sientes vértigo. Piensas en los grandes escritores que has leído y por respeto retiras rápidamente ese pensamiento. Pero ya tienes el veneno dentro. Empiezas a soñar.

En algún lugar leí que uno no se puede sentir escritor hasta que no ha finalizado su primera novela.  Así que ese fue mi siguiente objetivo. ¿Pero por dónde empezar? ¿Por alargar tus relatos insustancialmente? ¿Por convertir tus memorias en una insípida novela? ¿Por repetir hasta la saciedad un recuerdo infantil o una anécdota? ¿Por convertir una historia sentimental en una especie de 50 Sombras de Grey? Pronto entras en una forma de ansiedad al darte cuenta de que no será nada fácil.

Es en ese momento cuando es de vital importancia encontrar a alguien que te ayude a enfocar bien. A transitar por el sinuoso y largo camino que te ha de llevar a conseguir una objetivo tan elevado. En mi caso ha habido dos personas que son responsables de que me zambullera en esta empresa. Una que me empujó sin darse cuenta y Enrique Brossa que me hizo creer que no naufragaría.   

El taller de escritura de Enrique Brossa te proporcionará las herramientas necesarias para emprender la aventura de escribir una novela y en consecuencia de convertirte en escritor. No te convertirá en ello si tú no quieres. Solo te ayudará a sacar lo que llevas dentro. Si no hay nada, nada saldrá, pero lo habrás intentado y ya no tendrás dudas. Pero si emerge una mente inquieta, una imaginación desbordante, una capacidad de observación, una habilidad para transmitir sentimientos o un sentido del humor digno de comedia, te hará creer.  

En algún otro libro leí que uno no es escritor porque así lo quiera, sino que lo es cuando los lectores así lo sienten. Para ello tienes que encontrar tu propio estilo. Tienes que saber contar historias y hacerlo bien. No todo vale. Los textos tienen que tener vida propia y transmitir emociones. El contenido es fundamental pero tampoco hay que abandonar el continente.  Hay que construir bien la estructura y los personajes. Hay que darle profundidad al argumento y documentarse convenientemente. En definitiva, una novela es como correr un maratón, hay que prepararse concienzudamente. Todo el mundo puede correr unos kilómetros pero para correr un maratón se tiene que hacer un entrenamiento especial.

Ahora que ya estoy llegando a la meta valoro todavía más el camino recorrido y sobre todo el que tengo por descubrir.

Noto que ya llega. Lo sé porque me siento liviano. La música es un rumor y los feos edificios ya no los veo.

De niño pasaba los veranos en el pueblo de mi abuelo. Cada noche nos sentábamos en una explanada que había detrás de la iglesia  alrededor de un pequeña fogata. El cementerio también estaba a pocos metros. Una maestra, que se ocupaba de nosotros voluntariamente, nos narraba todo tipo de cuentos fantásticos. Estábamos conmovidos, no se sabe si por la proximidad de la muerte o por las inquietantes fábulas que escuchábamos. En una ocasión nos contó la historia de un trovador que tenía la capacidad de viajar por todo el mundo con solo cerrar los ojos. Cuando regresaba las iba relatando por todos los rincones. A su alrededor se  arremolinaban los vecinos para escucharlas. Entonces no había cines, ni televisión ni, por supuesto, internet. La gente se quedaba boquiabierta escuchando aquellas maravillosas aventuras…

Quiero escribir. Escribo.

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TODA UNA VIDA

TODA UNA VIDA

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Reconocía la canción que escuchaba, aunque no sabía de dónde procedía. Esa melodía le reconfortaba en aquel que parecía ser el último momento de su larga vida.

Tenía los ojos cerrados. No los podía abrir aunque pusiera en ello todo el empeño. Una poderosa fuerza se lo impedía. Esta había entrado en forma de frío líquido por las venas. Notó cómo entraba y subía por el brazo. Al instante se quedó sumida en un sopor relajante y agradable. Sintió como se separaba de su cuerpo y se observó allí tumbada en la cama. Tenía el ceño fruncido, la piel con un tono azulado y la respiración lenta y dificultosa. El aire apenas llegaba a los pulmones y la garganta emitía sonidos sordos que rompían el silencio, ahora sí, sepulcral. Lo que veía era un cuerpo agonizando y en cambio ella estaba sosegada. Invadida por una paz que jamás había experimentado. No comprendía esa contradicción, aunque ya no le importaba. Esa formaba parte de un mundo del que se alejaba.

No estaba sola en la habitación. Una mujer menuda y laboriosa estaba pendiente de todo lo que allí sucedía. Era la misma enfermera que la había cuidado de forma extraordinariamente cariñosa las últimas semanas. Milagros no era un familiar, pero la quería como si lo fuera. Era como su “Ángel de la guarda” allí dentro. Sabía que hacía más de lo que le correspondía. La vio nerviosa y agitada mientras comprobaba que no era una falsa alarma. Le cogía de la mano, le susurraba cosas al oído, le secaba el sudor frió. Daba vueltas por la habitación pensado en el siguiente paso. Dudaba. Una lágrima desbordó los enormes ojos negros. No pudo reprimirla.

Aguanta un poco, Elena. Ahora vengo.

Salió a toda velocidad y se dirigió a la enfermería. Cogió su teléfono móvil y se puso a buscar una canción. Recordó una conversación que había tenido con Elena hacía poco más de un mes. Le acababan de informar de que a aquella entrañable anciana le quedaban pocas semanas de vida. Le había cogido cariño. Sobraban los motivos para ello.

Elena. ¿Qué música te gusta?

Toda. Me da mucha vida.

¿Qué quieres escuchar ahora?

Me gusta Antonio Machín.

Cada vez que tenía oportunidad, Milagros se la llevaba a su despacho y le ponía canciones de Antonio Machín. Elena respondía con agradecimiento infantil: sincero y alegre. Movía los brazos intentando coger el compás de la música. Hacía un año que la silla de ruedas le impedía bailar.

Regresó corriendo a la habitación. Elena seguía respirando aunque su lividez era ya muy evidente. Le puso el teléfono en la oreja y comenzó a sonar el famoso bolero “Toda una vida”. Le cogió la mano. Sonrío al ver que tenía las uñas perfectamente pintadas. «Elegante y presumida hasta el final», pensó. Se moría con la misma dignidad que había vivido.

Elena dejó de respirar en el mismo instante que finalizó la canción. Lo último que escuchó fue esa suave melodía. El último sentido que perdió fue el oído.

Observaba el cuerpo ya inerte. Comprobó por última vez cuánta ternura había en Milagros. Ya no sentía dolor. Pensó que pronto se reuniría con todos sus seres queridos. Un destello. Nada.

 

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