TODA UNA VIDA

TODA UNA VIDA

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Reconocía la canción que escuchaba, aunque no sabía de dónde procedía. Esa melodía le reconfortaba en aquel que parecía ser el último momento de su larga vida.

Tenía los ojos cerrados. No los podía abrir aunque pusiera en ello todo el empeño. Una poderosa fuerza se lo impedía. Esta había entrado en forma de frío líquido por las venas. Notó cómo entraba y subía por el brazo. Al instante se quedó sumida en un sopor relajante y agradable. Sintió como se separaba de su cuerpo y se observó allí tumbada en la cama. Tenía el ceño fruncido, la piel con un tono azulado y la respiración lenta y dificultosa. El aire apenas llegaba a los pulmones y la garganta emitía sonidos sordos que rompían el silencio, ahora sí, sepulcral. Lo que veía era un cuerpo agonizando y en cambio ella estaba sosegada. Invadida por una paz que jamás había experimentado. No comprendía esa contradicción, aunque ya no le importaba. Esa formaba parte de un mundo del que se alejaba.

No estaba sola en la habitación. Una mujer menuda y laboriosa estaba pendiente de todo lo que allí sucedía. Era la misma enfermera que la había cuidado de forma extraordinariamente cariñosa las últimas semanas. Milagros no era un familiar, pero la quería como si lo fuera. Era como su “Ángel de la guarda” allí dentro. Sabía que hacía más de lo que le correspondía. La vio nerviosa y agitada mientras comprobaba que no era una falsa alarma. Le cogía de la mano, le susurraba cosas al oído, le secaba el sudor frió. Daba vueltas por la habitación pensado en el siguiente paso. Dudaba. Una lágrima desbordó los enormes ojos negros. No pudo reprimirla.

Aguanta un poco, Elena. Ahora vengo.

Salió a toda velocidad y se dirigió a la enfermería. Cogió su teléfono móvil y se puso a buscar una canción. Recordó una conversación que había tenido con Elena hacía poco más de un mes. Le acababan de informar de que a aquella entrañable anciana le quedaban pocas semanas de vida. Le había cogido cariño. Sobraban los motivos para ello.

Elena. ¿Qué música te gusta?

Toda. Me da mucha vida.

¿Qué quieres escuchar ahora?

Me gusta Antonio Machín.

Cada vez que tenía oportunidad, Milagros se la llevaba a su despacho y le ponía canciones de Antonio Machín. Elena respondía con agradecimiento infantil: sincero y alegre. Movía los brazos intentando coger el compás de la música. Hacía un año que la silla de ruedas le impedía bailar.

Regresó corriendo a la habitación. Elena seguía respirando aunque su lividez era ya muy evidente. Le puso el teléfono en la oreja y comenzó a sonar el famoso bolero “Toda una vida”. Le cogió la mano. Sonrío al ver que tenía las uñas perfectamente pintadas. «Elegante y presumida hasta el final», pensó. Se moría con la misma dignidad que había vivido.

Elena dejó de respirar en el mismo instante que finalizó la canción. Lo último que escuchó fue esa suave melodía. El último sentido que perdió fue el oído.

Observaba el cuerpo ya inerte. Comprobó por última vez cuánta ternura había en Milagros. Ya no sentía dolor. Pensó que pronto se reuniría con todos sus seres queridos. Un destello. Nada.

 

LA INSTITUCIÓN (capítulo final)

LA INSTITUCIÓN (capítulo final)

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Raquel entró con sigilo y con miedo. Corrían tantas historias sobre aquel lugar, leyendas urbanas según la Dra. Casagrande, que habían construído una imagen dantesca de la cuarta planta de aquella institución. Nunca antes la había visitado a pesar de estar tentada en numerosas ocasiones. Los diferentes empleados, visitantes y residentes relataban espantosos y espeluznantes sucesos. Ninguno se había podido corroborar, pero dado el delicado equilibrio emocional de los que allí moraban, era fácil aceptarlos como verdaderos porque se precibía como una opotunidad de protesta y resitencia ante la posibilidad de establecerse allí de forma permanente. Era la ocasión para reprochar las decisiones de los familiares ansiosos por quitarse el problema de encima. Era como una guerra psicológica que empezaba el mismo día que los hijos resolvían que ya no podían atender a sus padres nonagenarios en condiciones normales en su propia casa. Casi siempre se llegaba a esa conclusión después de varios meses, incluso años, de entradas y salidas del hospital como consecuencia de caídas accidentale, deterioros funcionales, inestabilidad mental, ausencia súbita de signos vitales o una simple gripe que a esas edades era capaz de provocar un quebranto definitivo.

Le sorprendió no encontrar ningún enfermo por los pasillos, con los ojos desorbitados y desgreñados, gritando y enarbolando sus batas y pijamas como armas peligrosas, mientras los celadores intentaban contenerlos y devolverlos a sus respetivas habitaciones. Se adentró por los pasillos com la misma tranquilidad que lo hacía en el primer piso. Las enfermeras que encontraba por el pasillo vestían igual y la saludaban con una sonrisa si cabe más cariñosa. Incluso los gritos sordos que salían de las habitaciones se parecían, pero en este caso no entendía nada de lo que decían. A medida que avanzaba se le desmontaba la idea preconcebida que tenía y eso la reconfortó un poco pensando que su abuela no estaría tan mal allí. Sí percibió que hacía más frío pero pensó que sería para tener más controlados los gérmenes teniendo en cuenta el delicado equilibrio de los inquilinos. Para todo encontraba una respuesta con la que pretendía calmar los remordimientos que sentía.

Cuando entró en el cuarto —no podía tener otro nombre aquel habitáculo indecente— se le vino abajo todo el optimismo que se había generado durante el trayecto inicial. Cuantro paredes, sin ventilación y sin ventanas, ocupadas por dos camas entre las que apenas quedaba un pasillo donde se tenía que entrar de perfil si no se querías quedar trabado. Aquel cuchutril no debería tener más de diez o doce metros cuadrados.

Encontró a su abuela bajo una montaña de mantas con los ojos cerrados y completamente inmóvil por el peso de aquel ropaje. La besó con cariño mientras se le derramaba una solitaria lágrima que se aposentó sobre el rostro de Elena. Esta reaccionó con una emocionada sonrisa a la vez que le indicó que se le acercara al oido.

¿Cómo estás Raquelita?

Triste, muy triste, abuela.

Estoy bien aunque no lo parezca.

¿Por qué lo hiciste?

¿A qué te refieres, hija?

Al espectáculo… A decir que habías sido tú quien había matado a tus compañeras.

En ese momento entró la enfermera con energía como dando por concluido el «modo noche» como si a la mayoría de los enfermos de allí les importara o supieran distinguir si era de noche o de día.

¿Eres familiar de Elena?

Si, soy su nieta preferida.

Pobrecilla, lo que le ha pasado.

Todavía no me lo creo.

Poco importa ya. Ahora no habla ni se comunica. Está en su mundo, en otra dimensión inaccesible para nosotros. Pero le vendrá bien tu compañía.

Vendré cada día, se lo prometí.

Puedes venir cuando quieras, pero ya ves que el espacio es muy limitado.

¿Por qué hace tanto frío aquí?

Ja, ja, ja. Ya sé a qué te refieres. Las malas lenguas dicen que para adaptarse al frío de la muerte que en muchos casos es inminente aquí.

¡Qué crueldad!

La verdad es que llevamos semanas con la calefacción averiada.

No sé qué pensar. Tiene muy mala fama esta planta.

No te precupes, bonita. Son chismes y habladurías infundadas. Tu abuela va a estar bien cuidada aquí. Ya lo verás. Ahora déjame un momento que tengo que tomarles las constantes.

Salió al pasillo y comprobó que había un poco más de movimiento. Se le ocurrió caminar por ellos para echar un vistazó al resto de habitaciones y comprobó que todas eran iguales con la diferencia que en algunas la vida exterior podía entrar todavía por unos pequeños ventanucos. Cabizbaja no podía dejar de pensar en el día anterior cuando su abuela se autoinculpó de los crímenes. No lo entendía, pero ademas sabía que era imposible, que ella no había sido. ¿Por qué lo hizo? Esa pregunta no dejaba de atormentarla.

Ya estoy aquí de nuevo. Puedes abrir los ojos.

Tenemos que ser muy discretas o nos descubrirán…

No te preocupes ahora estamos solas.

Acércate.

Elena le dio un cariñoso tirón de orejas acompañado después de un beso silencioso.

Ya sabes que no me gusta que vayas diciendo por ahí que eres mi nieta favorita.

Pero lo soy, ¿no?

Pero eso no se dice, queda mal.

Yo nunca miento y hablando de mentiras me vas a decir de una vez por qué montaste aquel drama que te ha llevado aquí.

Deberías saberlo, Raquel.

No entiendo.

Lo he hecho por ti. Para protegerte.

Protegerme a mí. ¿De qué?

De ti misma y de la justicia.

Pero ¿qué dices? ¡A ver si te has vuelto loca de verdad!

Dijiste que habías sido tú. Lo vi en tu mirada.

¡¿El qué hice yo?!

Pues eso, matarlas para evitar que me eharan de la habitación. No te culpo lo has hecho por mí, es mi culpa.

Definitivamente estás loca. ¡Yo nos las maté!

Vamos no me tomes el pelo —Elena abrió esta vez los ojos completamente.

¡Yo nos las maté, ni tú tampoco!

Entoces, ¿a qué te referías cuando dijieste que habías sido tú?

Yo presioné a la dirección y a la doctora para que no te trasladaran a otra planta. Para que te dejaran allí, para que no te dieran el alta porque aún no estabas recuperada del todo. Ellos me decían que necesitaban la cama porque había gente más necesitada esperando. Fui infinidad de veces a su despacho implorando comprensión, incluso lo perseguí hasta su casa. Y lo mismo hice con la Dra. Casagrade.

¿Qué..qué… me estás contando mu…mu…muchacha? —tartamudeó Elena.

Creí que habían decidido cerrar la habitación por culpa mía, por haberlos presionado tanto y que te enviarían a casa sin estar bien del todo. Por eso me puse histérica…

Elena ya no pudo contestar. Lloró todo lo que no lo había hecho durante años. Se derrumbó por completo cuando comprendió la dramática situación y lo que era peor: había emprendido un camino sin retorno. Pasadas unas horas dejó de llorar. Se secó las lágrimas ceremonialmente ,miró a su nieta y la abrazó como si fuera la última vez que lo haría. Se le acercó al oído y le dijo:

Quedas liberada de visitarme. Ya estoy muerta.

No dijo nada más. Se dió media vuelta en la cama y dejó que la mirada se le perdiera en la pared. Era blanca y sin ninguna decoración pero a ella ya no le importaba porque así iba a dejar su mente. También dejó de hablar. Raquel la abrazó desconsolada. Se tumbó en la cama junto a su abuela y no dejó de abrazarla hasta que las interrumpió la Dra. Casagrande.

¿Cómo está tu abuela?

Raquel se incorporó y se secó como pudo el mar de lágrimas que brotaban de sus ojos.

Vealo usted misma —contestó con cierta insolencia.

No llores, tu abuela estará bien. Yo me ocuparé de que así sea.

Mi abuela no se ha vuelto loca, ella no ha matado a las ancianas, es incapaz de hacerlo… Tiene que sacarla de aquí.

Nada me gustaría más. Todo está en manos de la policía… Pero su confesión no ayuda y además desde ayer que se ha quedado como en un esatado de ausencia total. No habla, no se comunica de ninguna manera. Siempre está con la misma postura. Está como cataléptica.

No sé que significa esa palabra, pero no es verdad. Ahora mismo está llorando.

Es una acto reflejo. Suele pasar.

La convesación fue interrumpida por una llamada que entró en el teléfono móvil de la doctora.

Debería venir a mi despacho inmediatamente —le habló al otra lado el director del centro.

Estoy con una paciente. ¿Es urgente?

Mucho. Ha vuelto a ocurrir.

LA INSTITUCIÓN (capítulo final)

LA INSTITUCIÓN (15)

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El inspector Mendoza y el director seguían en el despacho del segundo intentando establecer racionalmente lo hechos. Al director le costaba dar crédito a lo que escuchaba pero como no tenía ningún argumento en contra de las evidencias que le presentaba el policía y ante la inesperada y sorpresiva confesión de Elena, no le quedaba más remedio que admitirlo, aunque su vocación científica le empujaba a pensar que todo aquello estaba lleno de lagunas. Además conocía bien a sus pacientes y jamás hubiera pensado que Elena fuera capaz de algo así. Pero poco a poco su inicial resistencia a aceptar los hechos tal y como se le mostraban, fue cediendo ante los convincentes razonamientos del Inspector. Ahora lo que más le intrigaba no era el porqué, sino el cómo. Cómo Elena podía haber envenedado a sus compañeras. En ese momento hicieron acto de presencia en la habitación la Dra. Casagrande acompañada por el agente Fernández.

Buenos días doctora, como le dije nadie estaba libre de sospechas y las mías se han acabado confirmando.

Me cuesta creerlo.

El delito, como la estadística, es tozudo y acaba por imponerse siempre la verdad.

Nadie pasa de la noche a la mañana de tener una mente clara y provilegiada a convertirse en una enajenada asesina sin haber mediado algún trauma de por medio.

Todo apunta a Elena. Tenía motivos, oportunidad y al final ha confesado…

¿Y cómo lo ha hecho ?—preguntó el director.

El inpector Mendoza entonces adoptó la postura de ilustrado que tanto le gustaba sobre todo cuando tenia ante él a personas a las que se les suponía un nivel superior de conocimiento y en este caso, además, cinetífico. En un tono académico pasó a relatarles las conclusiones a las que había llegado, no tanto por la pruebas conluyentes, sino por lo que su olfato de sabueso y su habilidad para juntar piezas de un puzle imposible.

La autopsia dice que fueron envenenadas.

Eso es irrefutable —sentenció la doctora.

Creemos que Elena les cambio la medicación.

¿Cómo?

Cambiaba el contenido de las cápsulas por el cianuro. Ayer la señora de la impieza encontró restos de esas cápsulas en el suelo.

Pero para eso se necesita tiempo y buen tino con las manos.

Ambas cosas le sobraban a Elena.

Vamos a suponer que eso fuera así —comenzó su disertación la doctora—. Que Elena cogiera las capsulas de la medicación en un descuido de sus compañeras, que vaciara su contenido y lo substituyera por cianuro. Que esa delicada operación lo hiciera con pericia y sin derramar nada. Pero ¿de dónde sacó el veneno? Necesariamente tuvo que tener un cómplice…

Esa es la parte que nos queda por aclarar, pero le aseguro que lo haremos.

Ya me dirá cómo si Elena ha perdido la cabeza. Creo que todo son conjeturas…

Pero tenemos la confesión.

Oportuna confesión diría yo…

Y qué hacemos con los sospechosos detenidos —preguntó el agente Fernández.

Los seguiremos investigando por si eso arroja algún dato más, pero los vamos a tener que soltar.

¿Y se pueden incorporar sus trabajos? —se interesó el director.

Por supuesto, aunque yo los obsevaría de cerca…

Los policías salieron a la calle. A pesar de ser mediodía el sol seguía ocultado dentrás del manto de niebla que se había instalado y que se resitía a disiparse. Era bastante habitual en aquella ciudad que hubieran días enteros sin ver el sol. Días grises y pesados por un cielo plomizo. El frío en lugar de desaparecer cuando el día empujaba las horas, este parecía golpear con más fuerza como para asegurase que nadie olvidara aquella insoportable climatología. Se metía dentro del cuerpo y no había prenda capaz de aislarlo. Mendoza tenía ganas de jubilarse entre otros motivos para poder abandonar definitivamente aquel lugar. Nunca entendió cómo pudo aceptar el traslado allí y mucho menos que su fiel ayudante le siguiera.

Vamos a meternos en un bar a tomar un café.

¿Usted está convencido de lo que ha expuesto allí dentro?

Mira, Fernández, aquí los días en invierno son casi todos iguales. Tristes y fríos. ¿No tiene ganas de abandonar este lugar?

Pero no le he pregutado eso yo…

¿Para qué vamos a llevar la contraria a los hechos? Hay indicios, motivos y lo más importante una confesión…

Sí, no deja de repetirlo y eso es lo que no me gusta…Es demasiado evidente.

Es la realidad.

¿Pero es la verdad?

¿Y a quién le importa en este infecto lugar? Todo seguirá Igual. Elena ya estaba sentenciada en ese lugar antes de su confesión.

La llamada

La llamada

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La inesperada llamada entró pasadas las doce de la noche. Siempre había temido recibirla. El destino hasta ahora le había respetado. Se encontraba a muchos kilómetros de distancia, pero la sintió como si estuviera allí donde había sucedido.

«Uno nunca está preparado para recibir una comunicación como aquella», pensó. Y mucho menos cuando ya lo había vivido casi todo. Había puesto en riesgo su vida en innumerables ocasiones y siempre pudo salir airoso de todas ellas. Su salud parecía inexpugnable para las enfermedades. Tenía el corazón curtido y preparado para todas las adversidades, tanto físicas como emocionales. Siempre había burlado todos y cuantos peligros lo acechaban. Pero aquello era diferente. Imprevisible. No había vivido nada igual. Nunca nadie le contó algo semejante a lo largo de sus innumerables viajes por todo el planeta. No existían libros ni cursos que orientaran sobre cómo afrontar una situación como aquella.

—¡Tienes que venir!
—Ahora no puedo. Estoy ocupado.
—No te resistas.
—¿No tienes a nadie más para hacerlo?
—Solo tú puedes hacer esto.

Sentía el frío metido en el cuerpo a pesar de estar en pleno mes de agosto. Durante el viaje de regreso tuvo tiempo de repasar toda su existencia. Él consideraba que el balance era positivo. Se acordó especialmente de las personas que había amado y de aquellas que había dejado por el camino. Sonrió al recrear el nacimiento de sus cuatro hijos. Eran de diferentes mujeres y con todos ellos realizó el mismo ritual: los cogía en volandas, los miraba fijamente a los ojos y les decía:

—¡Bienvenido! ¡Vive intensamente sin pensar en el futuro!

Ahora le tocaba pasar por el peor trance que un ser humano se podía imaginar. Cuando llegó al hospital el doctor y un siniestro señor uniformado le acompañaron a la habitación.

—Tienes que reconocer el cuerpo.
—¡No estoy preparado!
—¡Es el momento!
—Nadie me dijo que sería así.
—Nadie ha vuelto para explicarlo.
—Pero es muy cruel.
—Te lo dijimos al principio de todo.

Todavía era de noche, pero allí dentro había un exuberante resplandor que procedía del cuerpo que estaba tumbado sobre la cama. Le costó adaptar la vista a aquella luminosidad. Se frotó los ojos varias veces y pudo comprobar que nadie se había confundido. Que no se trataba de un error. Se confirmaba que quien yacía allí era él.

Vio cómo el doctor lo cubría con una sábana. Entonces dirigió la mirada al guardián que lo había llamado. Su aspecto ya no era humano. Se retiró la capucha que llevaba y el rostro calavérico le dijo:

—Nadie sale con vida de este maldito viaje.

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LA INSTITUCIÓN (capítulo final)

LA INSTITUCIÓN (14)

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La despertaron los gritos provenientes de otras habitaciones y las frases inconexas de su compañera de habitación. Al abrir los ojos se encontró con el techo más bajo y una nebulosa en el ambiente más propio de la atmósfera tétrica de un cementerio que de una habitación. Miró a su compañera que emitía unos sonidos incomprensibles con la mascarilla del oxígeno puesto. Con sus incontrolados movimientos había conseguido poner a tope el suministro. Al no poder aceptarlo se intentó sacar la máscara quedándode a medio camino. El vapor se escapaba formando un neblina que flotaba sobre sus cabezas. «Bonita forma de empezar la carrera final», pensó Elena. No podía avisar a las enfermeras porque allí no había timbre ya que las inquilinas no sabrían ni cómo utilizarlo. Tampoco podía avisar de viva voz porque en teoría se había vuelo loca. Había entrado en una etapa de demenecia total habiendo, incluso, perdido el habla también.

La habitación era increiblemente más pequeña, huérfana de ventanas y la temperatura extremadamente baja. Se calentaban con montañas de mantas. Era los más parecido a una cámara mortuoria. Los enfermos que ocpupaban aquellas istancias no se movían nunca de la cama así que poco les importaban el espació o la iluminación. Hacía tiempo que habian cerrado los ojos al exterior. La vida interior tampoco les funcionaba, estaba fundida en negro, vacía, ausente de todo raciocinio y sentiniento. A Elena se le haría muy larga y pesada la estancia allí por el resto de sus días. Se consolaba con la promesa de que Raquel la visitaria todos los días aunque todavía no tenía pensado cómo se comunicarían sin levantar las sospechas de los auxiares de aquella siniestra cuarta planta.

***

Parece que el caso se ha resuelto de forma espontanea.

Verá, Sr. director, algó habrá influido la presión de mis interrogatorios —protestó el inspector Mendoza.

Nosotros estamos sorprendidos y compungidos.

Porque no son profesionales. Siempre hay que plantearse la solución más sencilla.

Pero Elena parecía tan prudente, racional y buena persona que no nos lo acabamos de creer.

Es lo que tiene la enajenación total…Son muchos años, mucho sufrimiento, desesperación, abandono…mucho tiempo pensando y esperando en la llegada de la huesuda con capucha y guadaña que sus frágiles cerebros no pueden resistirlo…

Pero Elena no era así. Era fuerte, pertinaz, luchadora, sociable, alegre, con unas ganas enormes de vivir y con una claridad de pensamiento que ya quisieran muchos de los que nos gobiernan.

Usted como médico ya debería saber lo inescrutable que es el cerebro. Yo como investgador de muchos años de experiencia y habiendo conocido a los más desalmados y sanguinarios asesinos del país, le puedo decir que el móvil y la motivación simpre es el más obvio. Lo que tenemos delante de la vista y que muchas descartamos por ser demasiado evidente, acaba siendo la pista que nos conduce al criminal.

En le caso de Elena no creo que sea así.

¿A quién beneficiaba las muertes?

Pretende decirme que a ella.

Claro. Ella quería quedarse en esa habitación a toda costa. Como tenía la amenza de abandonarla porque el centro necesitaba más camas, ella conseguía habilitar otras …

Pero tres en una semana y todas en su habitación…No parece una decisión inteligente y Elena lo era.

También se podría considerar una coartada en un psicópata, pero creo que este caso es más por necesidad imperiosa. Es el crimen de un perturbado. ¿Además quién tenía la oportunidad?

¿Ella?

Claro. Podía aprovechar cualquier despiste para envenenarlas.

Pero, ¿cómo?

                                                                             ***

Después del último juramento que le hizo su nieta, Elena se puso a gritar como una poseída. Cogía todo lo que encontraba, que era poco, y lo lanzaba contra la pared. Raquel, incrédula, no sabía qué pensar y mucho menos cómo reacionar.

¡Sacadme al demonio que llevo dentro!

¡Abuela! ¿Qué te aocurre?

Raquel salió al pasillo también gritando y llorando deseperadamente. Pedía ayuda y reclamaba la presencia de la Dra. Casagrande. Esta llegó acompañada de todo el personal disponible incluyendo dos celadores jóvenes y fuertes. Entraron en la habiatación y se encontaron a Elena totalmente enajenada. Gritaba, se autolesionaba, reía, lloraba y no dejaba de repetir:

¡Él me obligó a hacerlo! Yo no quería pero el diablo me ha poseido.

¡Elena tranquilízate! —le ordena la Dra. Casagrande.

¡Fui yo, pero no quería! Él me obligó. Yo las maté. Las envenené.

La tuvieron que reducir entre todos y la atarón a las barreras laterales de la cama. Elena notó un imneso dolor en esa maniobra, pero siguió con la representación. Nunca se había dedicado al teatro, pero viendo lo bien que lo hacía quizá no hubiera sido una mala decisión, aunque ahora ya era tarde. Notó cómo una aguja penetraba por uno de sus brazos y cómo después se le nubló la vista. Los párpados le pesaban y le costaba articular palabra. Ya no podia gritar.

A ver, ¿qué te pasa Elena?

Yo las maté.

A tus compañeras de habitación.

Sí, yo las envenené, pero no quería…

¡Elena!, no te duermas todavía…

Una fuerza que me salía de dentro me obligó a hacerlo. Era el mismísimo Demonio. Lo tenía dentro. Escuchaba voces que me decían: «acaba con ellas o ellas acabarán contigo»

Ya no pudo decir nada más. Lo próximo que recuerdó es haber amanecido en una habitación diferente. Sabía que se econtraba ya en la cuarta planta. La jugada le habia salido bien. Ahora solo faltaba confirmar que todas las acusaciones irían contra ella.

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